Visita conyugal 2

Visita conyugal 2

Fic Toll de Namyukaulitz

Capítulo 2

Bill apretó la navaja suiza, el metal estaba caliente por haber estado dentro del canal vaginal de Tom, no era la de su padre, pero Tom se había esmerado en buscar una igual, roja y que tuviera grabado el nombre Caleb, aunque del otro lado también tenía el nombre de Bill.

—¿Está bien…? —preguntó Tom en voz baja, ante el silencio casi eterno de su esposo.

Unas lágrimas rebeldes hablaron por Bill antes que su boca, a lo que Tom besó los surcos que quedaban en sus mejillas.

—Es perfecta —susurró Bill antes de besarlo.

Tom correspondió al beso mientras se frotaba contra la pierna de Bill, moviendo su pelvis hacia adelante y atrás para estimular su vulva.

Por el momento Bill guardó la navaja en el bolsillo de su pantalón blanco, bajando su rodilla, mientras con sus manos recorría los laterales del cuerpo de Tom, hasta llegar a las aberturas de su vestido, tomándolo por el trasero, jalándolo, haciendo que Tom envolviera sus caderas con sus piernas.

Bill lo sostuvo por la espalda, frotando su creciente erección contra su coño.


Tom lo abrazó fuertemente con las piernas. —Te necesito, Bill… Adentro —suspiró de manera entrecortada, aferrándose a su cuello, acercando sus labios a su oreja. —Todas las noches, todas las mañanas, todo el tiempo te necesito. 

—Yo también, todo el tiempo, cada día, cada hora, cada minuto, cada maldito segundo —respondió Bill, mordiendo el costado de su mandíbula con suavidad, sacando un suspiro gustoso por parte de su esposa.

Bill caminó hasta la cama, acomodando a Tom sobre el colchón.

Claro, no era la elegancia superficial de uno de los moteles en los que antes iban a pasar sus momentos de amatoria, ni su habitación matrimonial donde tenían hasta un sillón tántrico.

Pero eso no bajaba la intensidad de sus cuerpos.

Tom se sentó sobre el colchón, poniendo sus manos sobre el pecho de su esposo y haciendo que se parara a pies de la cama, Bill se enderezó en medio de sus piernas, sacándose la camiseta para poder estar a piel a piel con su esposa.

Las manos de Tom  bajaron por el torso tatuado de su esposo, hasta llegar al borde su pantalón, el cual bajó junto a la ropa interior, liberando su erección.

Subió su mirada, recibiendo una dulce acaricia en el cabello por parte de Bill, antes de comenzar a masturbarlo, para después llevarse su pene a la boca.

Mientras su esposa le daba un oral, Bill no pasaba de acariciar su cabello, entrelazando sus dedos con las hebras, hasta llegar a sus hombros aperlados por el bronceado.

Bill gimió mientras sus labios se curvaban en una sonrisa destensada, bajando la mirada para ver cómo su miembro tenía rastros de gloss brillante, debido a cómo Tom lo succionaba, ahuecando sus mejillas.

Movió suavemente su pelvis en un vaivén, para llegar más al fondo de su boca, disfrutando de como la garganta de Tom lo apretaba por la gargantilla.

Tom cerró los ojos, disfrutando del sabor salino de su marido, con la garganta apretada y llena, delineando sus venas con la lengua.

Quería hacer sentir bien a Bill, que por esas tres horas que estuvieran juntos pudiera soltar todo el estrés de estar encerrado.

—Qué rico mamas cuando traes el chocker —halagó Bill, con una sonrisa de suficiencia y amor, haciendo que Tom abriera sus ojos cristalizados.

Tom se sacó el miembro de Bill de la boca, dándole una sonrisa, volviendo a acercar sus labios a su falo, besado el costado de su longitud, hasta llegar a la pelvis, rozando juguetonamente su nariz y pegando su mejilla al pene de su marido.

—Cuando salgas de aquí prometo darte de comer mucha piña —comentó Tom, pasando su lengua por su tronco hasta el glande, succionando su punta.


El gesto hizo que Bill hiciera la cabeza hacía atrás, aferrando sus manos a la cabeza de Tom, para hacerlo moverse.

Tom abrió la boca cuando sintió sus venas tensarse aún más, metiéndose todo su miembro para que se viniera en su garganta.

El semen de Bill salió caliente, y se deslizó por su garganta, Tom lo tragó de inmediato, quedando con un brillo que no era del gloss en los labios cuando se sacó su pene para poder respirar.

Bill se rió de manera nasal al ver sus labios hinchados y brillosos, con sus ojos de ciervo, se inclinó sobre Tom, poniendo el cabello detrás de sus orejas, empujándolo hacía el colchón, para que se acostara, y poder quedar encima de él.

Tomó a Tom por las rodillas y lo hizo flexionar las piernas y abrirlas para poder acomodarse, frotando su pene todavía erecto directamente contra el encaje de la braga que ya estaba húmeda por el flujo ligoso de su esposa.

—Estás tan mojado, mi amor —Bill besó desde su mandíbula hasta llegar a su gargantilla, mirando orgulloso sus iniciales en el cuello de Tom, mordiendo sin presión su manzana de Adán.

El coño de Tom palpitaba contra su pene, lo cual era el mejor halago que podía tener Bill, saber que era tan deseado por él.

—¿Eres perfecto, sabes? El ser más perfecto de esta mundana creación, tu vagina es lo mejor que me paso, mi lugar favorito… —declaró Bill meloso. —Eres tan maravilloso que me diste dos preciosos hijos y un ancla a tierra.  

Si existía una definición de hacer el amor, ese era todos sus encuentros, desde lo más suaves hasta los más bruscos.

Aunque la primera vez de ambos siempre iba a hacer especial, aunque estuvo lleno de inseguridad por parte de Tom, creyendo que Bill se arrepentiría de estar con él debido a la anomalía de su cuerpo, pero Bill se encargó de reafirmarle todas veces desde adentro lo mucho que lo apreciaba desde la punta de los dedos de los pies hasta la punta más larga de su cabello.

Tom acariciaba a Bill con sus piernas, pasando sus manos por su espalda descubierta, ruborizándose por sus palabras tan honestas y cargadas de un amor que lo hacía sentir que le faltaba el aire y que todo cuerpo se ponía inquieto.

—Bill, bebé… Los condones —le recordó Tom, antes de que su juicio se terminará de nublar por Bill.

No podía tener relaciones sin látex de por medio, aunque se muriera por sentirlo en su totalidad, pero su piercing Christina tenía apenas dos semanas, y aunque no dolía mucho, debía ser cuidadoso, y también porque no quería quedar encinta nuevamente, al menos no todavía.

No habían hablado de tener más hijos, pues después de la pérdida a sus diecinueve años, Tom había creído que no podía tener más bebés e incluso Bill se había convencido de eso, por lo que a veces usaban condón y a veces no, además de que la regla de Tom era muy irregular consecuencia también de su pasado consumo de drogas, por lo que fue una sorpresa pero al mismo tiempo no, cuando Tom de repente se dio cuenta que su vientre estaba grande.

Al ir al médico se enteraron de que tenía cuatro, casi cinco meses de embarazo, y como un milagro, como Bill lo llamó, el feto estaba sano y el embarazo era críptico por eso no había notado nada, pero estaba bien, aunque debía empezar a tener un seguimiento, Tom estaba feliz aunque también se sintió culpable porque no se había cuidado, hacía muchas cosas bruscas o que requería que cargara cosas pesadas. 

Así que su hijo Caleb no había sido planeado, y aunque tampoco estaban preparados, por los cuatro meses restantes antes de parto, Tom se había asegurado de que fueran a cursos para padres, pues quería darle unos buenos padres a su bebé, aunque no todo fue perfecto, pero intento hacer las cosas lo mejor que podía, siendo casi hasta sobreprotector y muy apegado a su bebé los primeros meses.

Después de tener a Caleb la idea de que tenían que cuidarse volvió a la mesa, pues querían disfrutar de la paternidad con su primer bebé, hasta que después de unos años, con Caleb de cuatro años, Tom le preguntó a Bill si quería tener otro hijo, y Bill admitió que sí, quería tener una familia amplía con Tom.

Así que buscaron tener otro hijo, cosa que tardó unos meses, pero finalmente se dio, y fue cuando consiguieron tener a Charlotte.

La idea de ponerle el nombre de sus padres a sus hijos no fue de Bill, sino de Tom, que quería que su esposo pudiera honrar a sus padres, ya que sabía lo importante que eran para él. 

Bill se apartó con cuidado de Tom, buscando el bolso marrón para sacar los preservativos, sonriendo al ver las cerezas y fresas, aunque frunciendo el ceño al ver las rojas manzanas mientras tomaba los condones y el lubricante que Tom también había llevado.

Al girar la cabeza para cuestionar a su esposa, encontrando a Tom acostado de forma prona, cruzado de brazos contra el colchón, con moviendo de manera coqueta sus piernas, todavía con los tacones puestos, pero con su vestido levantado hasta la espalda baja, dejando al aire su trasero, sabía lo que estaba haciendo, apoyando su mentón sobre su hombro bronceado con una sonrisa ladina y cabello despeinado.

Bill apretó los preservativos y lubricante en su mano, arqueando una ceja, con la comisura de su lado izquierda levantada.

—Qué obra maestra, a Dios felicito —manifestó Bill. —Soy un maldito, ¿qué he hecho para merecerte?

Tom simplemente se rió, moviendo su dedo índice, para que se acercara, cosa que Bill hizo de inmediato, casi lanzándose a él, pero deteniéndose para pasar su mano por sus piernas.

Acariciando desde sus tobillos, pantorrillas y muslos.

—Mírate, te ves tan precioso… Siempre vienes a verme te vistes así —dijo el azabache, quitándole los tacones, aún le quedaban bien, sabía que Tom no era muy fanático de usarlos, pero lo hacía por y para Bill.

Recordaba que Tom normalmente usaba ropas holgadas, su estilo adoptado de raperos que le gustaban no cambiaba con los años, aunque a veces se dejaba ver con vestidos y tacones, o simplemente ropa más sencilla, pants y camisetas un poco holgados, fáciles para maternar a dos niños pequeños.

—¿Te molesta mucho que otros me vean? —preguntó Tom, dejando que Bill le retirara el calzado.

—Me molesta… Pero también me hace sentir orgulloso, me recuerda a cómo te veían en los clubs, aunque tuvieras mi brazo en la cintura, algunos tipos no disimulaban sus miradas cuando bailabas para mí —Bill subió su mano hasta el trasero de su esposa, rozando sus dedos por su hendidura.

Era una braga de hilo negro, las favoritas de Bill, pues no eran necesario retirarlas para el acto, pero esta vez la bajo, dejándola a un lado, para después subirse a la cama.

No era difícil mantenerse erecto por Tom, ni siquiera en esa situación donde se sentía como un perro encerrado.

Se puso sobre Tom, viendo su espalda perfecta, aunque tuviera algunas cicatrices de los castigos que recibió en la casa hogar en la que creció.

Abrió uno de los preservativos y se lo puso, se inclinó sobre la espalda de Tom, apoyando una mano sobre el colchón, tomando el lubricante y vertiendo una buena cantidad sobre el trasero de su esposa.

Tom se estremeció ante la sensación del líquido frío, arqueando ligeramente la espalda.

Con Tom lubricado, Bill deslizó sus dedos desde su trasero, por el perineo hasta el inicio de su vagina, acariciando los labios hinchados.

Observó el voluminoso coño de su esposa, tomando con su otra mano la cadera de Tom para que la alzara.

Bill curvó la espalda hacia adelante, tomando su miembro y frotándose contra su culo, deslizándose lentamente hacia su vagina, ingresando con facilidad gracias a la lubricación natural que Tom producía. 

Tom tomó la única almohada de la cama y la apretó con los brazos, dejando su rostro de lado contra la suavidad blanca, jadeando al sentir a su esposo ingresar en su interior. 

Sus paredes abrazaron el grosor de Bill.

Su marido se quedó quieto por unos segundos, con la respiración contenida, paladeando la suavidad y abrigo ajustado de su vagina.

Dejó de sentir que Bill lo tomaba con firmeza por la cadera, y de pronto, sintió contacto en su cavidad trasera, haciendo que se hundiera más en la almohada y alzara más la cadera contra Bill.

Detrás de su oreja escuchó y sintió la risa cantarina y caliente de Bill.

—Yo disfruto de todos tus lugares, mi amor —susurró Bill, con los párpados caídos por la picardía.

Bill introdujo sus dedos lentamente en el interior de Tom, tomando al mismo tiempo un vaivén lento para estimular el punto dulce de su vagina.

Los dedos de Bill se curvaron en su interior, haciendo que Tom pusiera los ojos en blanco, sintiéndose acariciado por sus dos agujeros inferiores.

Tom buscaba más contacto con cada penetración con movimiento riguroso, con sus muslos tensos.

La almohada estaba totalmente prensada en sus brazos.

Bill deslizaba la mirada entre sus hombros, espalda, hoyuelos de venus y la unión de sus cuerpos, metiendo con fuerza su pene en el interior de su esposa, hasta casi ver como su falo era completamente tragado por los labios rojizos e hinchados.

Tom giró el rostro hacia enfrente, perdiéndose entre la pared blanca de ladrillos y el placer.

Hasta que sintió a Bill salirse abruptamente de su vagina, el vacío repentino de su coño se sintió horrible, hasta que las manos de Bill lo tomaron bruscamente por las caderas y lo hicieron hacia atrás, obligándolo a flexionar sus rodillas, quedando más abierto.

Por encima de su hombro, con el rostro sonrojado, volteó a ver a Bill, que de inmediato lo penetró por detrás, empujando a Tom hacia adelante con los ojos abiertos.

Bill hacía que se moviera hacia adelante y atrás, mientras él también movía su pelvis, haciendo que el sonido de sus pieles rebotara en las paredes.

—B-Bill —exclamó Tom, con su coño chorreando por su orgasmo, percibiendo como sus jugos salpicaban el colchón y se deslizaban por el interior de sus muslos.

—Te voy a coger tanto que vas a durar días sintiendo que todavía estoy contigo —gimió Bill de manera ruda.

Esta vez las estocadas no fueron suaves ni cariñosas, sino desesperadas.

Las manos callosas de Bill debido a los trabajos que los hacían hacer en el penitenciario, maltrataban la piel de Tom, dejándola rojiza y con posibles marcas que después serían moradas por la fuerza que ejercía.

—¡Ahg! 

El interior anal de Tom apretó el miembro de Bill, en una embestida más lenta, y el condón se lleno con la venida de Bill.

El azabache se quedó quieto, mientras depositaba su semilla en el condón, intentado imaginar que lo hacía directamente en el interior de Tom.

Tom se dejó caer contra la almohada y el colchón, dejando su trasero abierto al deleite de Bill.

No le importaba cuando Bill lo tomaba con esa violencia, como si fuera su puta personal, le gustaba sentirse de Bill de esa manera obscena y poco respetuosa.

A pesar de sentirse cansado, Tom quería seguir disfrutando de tener el pene de su marido tocando su cuello uterino.

Así se dio la vuelta, Bill creyó que quería hacerlo cara a cara, pero Tom lo jaló por un brazo, haciendo que cambiarán de posición. 

Dejando a Bill debajo suyo, y Tom rápidamente se acomodo sobre su regazo.

Bill sonrió acariciando los muslos gruesos de Tom, levantando su vestido para ver su coño brillante por su corrida, el piercing era demasiado sexi y su esposa demasiado listo.

Admiro su torso, desde los hombros sosteniendo las tiras finas del vestido hasta el escote en v.

Subió una mano acariciando por encima del pecho de Tom.

Con sus embarazos y época de lactancia, sus pechos dejaban de ser planos, masculinos, para volverse tan pesados como los de una mujer.

Bill no negaba que le gustaba esas etapas, pues aparte de que adoraba ver como Tom disfrutaba de alimentar a sus hijos y hacerlo sentir importante, también encontraba su propio placer en los pechos lechosos de su esposa.

Pero eran etapas cortas, eventualmente sus hijos dejaban de lactar y los pechos de Tom volvían a su normalidad.

Mientras Bill lo observaba con esa mirada de tonto enamorado que nunca bajaba de intensidad a pesar de los años, Tom le quitó el condón y le puso uno nuevo, dejando el anterior en una esquina de la cama.

La nostalgia erótica de Bill se vio interrumpida cuando Tom se giró y le dio la espalda, acomodándose mejor en su regazo, levantando el trasero y ante la vista de Bill guió su miembro de nuevo a su coño.

Bajando lentamente por el falo hasta tenerlo por completo en su interior. 

Tom hizo las manos hacia atrás, iba a apoyarse del colchón, pero Bill lo agarró por los brazos haciéndolos hacia atrás y por naturalidad que arqueara la espalda hacia adelante

El movimiento de caderas de Tom no se hizo esperar, haciendo círculos que subían y bajaban, apretando sus paredes hasta que descendía apretando el pene de Bill.

Bill quedó hipnotizado por cómo su vestido se levantaba con sus movimientos, permitiendo ver su culo por unos instantes.

Apoyándose de la fuerza de sus muslos, Tom dio brincos sobre Bill, gimiendo de manera gutural y viendo el rostro de su marido.

No era necesario que se tocara el clítoris para poder llegar a su orgasmo y venirse, bastaba con una mirada de Bill para que Tom ya sintiera que su coño se volvía agua.

El cosquilleo en su vientre le indicó que iba a venirse, y volvió a mover sus caderas con movimientos de las olas en el mar.

Chillando de placer cuando llegó, dejando el miembro de Bill en el fondo de su vagina, manchando a Bill con su venida mientras sentía el semen caliente de su marido nuevamente depositándose en el condón, frunciendo el ceño con frustración por no poder sentirlo llenándolo con su semen.

Descansaron un poco, pero no tenían mucho tiempo por lo que supieron aprovecharlo, aunque Tom sintiera el coño y el culo entumecidos al igual que las piernas, y Bill quedaba como trapo, totalmente exprimido.

Dejando condones usados alrededor de la cama.

Al final, quedaron totalmente desnudos y rendidos, abrazados sobre el colchón. 

Con Tom dándole cerezas y fresas a su marido en la boca.

El brazo de Bill abrazaba tiernamente su cadera maltratada, y Tom no podía evitar estar contento, al menos por ese momento, donde estaban en su burbuja.

Tom tomó una manzana y le dio un mordisco.

Mientras comían, y hablaban de sus hijos, cualquier detalle que hiciera sentir a Bill al menos un poco presente de alguna forma.

Bill observó cómo su esposa le daba una mordida a la manzana, quedándose pensativo.

Tom notó su mirada y su repentino silencio.

—¿Quieres? —preguntó Tom, con una sonrisa socarrona, pues sabía muy bien que a Bill no le gustaban las manzanas, las detestaba tanto que decía ser alérgico.

Bill se rió y negó, apartando su brazo de la cadera de Tom para tomar otra manzana.

El rostro de Bill se tornó serio, calculador, y Tom dejó se comer, quedándose expectante al entender que su esposo estaba tramando algo, pues sabía leer esos momentos donde Bill se quedaba callado y con la mirada dura.

—Aquí no nos permiten fruta… Algunos se mueren por tan siquiera una manzana y yo no las como aunque estén perfectas, rojas y dulces… —divago Bill, sin verlo. —¿Cuántas manzanas trajiste?

—Están recién cortadas —informó Tom. —Son unas cinco, sin contar esta —levantó la manzana que se estaba comiendo.

—Una manzana recién cortada dura fresca entre tres y cinco días… —musitó Bill, bajando la mirada.

Después de unos segundos, Bill la levantó, viendo el reloj en la celda.

Había un reloj que indicaba meticulosamente el tiempo que les quedaba.

Les quedaban al menos treinta minutos antes de que algún guardia viniera por Bill y Tom tuviera que irse.

Bill dirigió la mirada a Tom, tomando la manzana que tenía en su mano, con una sola mordida.

Tomando su navaja suiza, Bill peló y cortó la manzana en trocitos para Tom, dándole pedacitos en la boca.

Tom se mantuvo en silencio, abriendo los labios para que Bill lo alimentará.

Al terminar la manzana, Bill se quedó con el corazón de la fruta en la mano, sacando las semillas.

Ambos vieron las semillas y sus miradas se conectaron a los segundos.

Bill sonrió y tomó a Tom por el rostro.

—Busca a Andreas, me debe un favor —susurró Bill contra sus labios. —Y diles a nuestros bebés que su papá los verá pronto, y tú… Espero me hagas esa pasta que tanto me gusta.

&

Las tres horas llegaron a su fin.

La puerta de la celda se abrió, y Gustav junto a Georg entraron.

Bill se levantó de la cama, ya vestido, con el cabello recogido en una coleta, que parecía más un chongo.

Gustav sacó las esposas y mientras se las ponía en los pies y las manos, examinó a Bill.

Georg estaba ahí para ayudar, pero su mirada no estaba en examinar al preso, sino en la esposa que estaba cerca de la cama, con el cabello despeinado y el vestido, acomodado, con su bolso cubriendo su regazo.

Gustav revisó a Bill, palmeando por encima de la ropa en busca de que tuviera algo escondido.

Hasta que observó su cabeza y su peculiar recogido, parecía que tenía más cabello.

—Su cabello está demasiado largo —comentó Gustav. 

Bill estaba quieto, con sus hombros nuevamente dóciles.

—Me gusta llevarlo así —respondió el azabache.

Gustav volteó a ver a la señora de Kaulitz.

—¿Usted le proporcionó un accesorio para el cabello? —cuestionó el guardia. 

—Sólo una liga para que pudiera recoger su cabello —Tom hizo un mohín, viendo de reojo a Georg. —Sé que los reos no tienen permitido tener nada como accesorios, pero mi marido ya tiene el cabello muy largo y sé que es terco en tenerlo largo… Por favor, permítanle tener aunque sea una liga.

Gustav estaba por negar, pero Georg se adelantó. 

—Sólo es una liga para el cabello, no es un broche o algo así, así que está bien, no se preocupe, señora —respondió Georg.

—¿De verdad? —Tom abrió sus ojos, totalmente agradecido y dio un pasó hacia el guardia castaño. —Muchas gracias.

Georg sonrió, y asintió. —Usted sólo se preocupa por su esposo.

Gustav notó el acercamiento entre el guardia y la señora de Kaulitz, reprochando en silencio esa actitud del novato.

—Yo seré quien la escol- 

La oración de Georg quedó en el aire pues Gustav lo interrumpió. 

—Listing, es tu turno de llevar al reo a su celda, yo lo traje, yo escoltare a la señora a la salida —dictaminó Gustav, dirigiéndose a Tom. —Por favor, acompáñame.

Tom asintió y volteó a ver a su marido.

Georg suspiró, decepcionado por no poder acompañar a la esposa de Kaulitz, pero no podía desobedecer una orden de un mayor.

Tom se acercó a Bill para despedirse, pero el azabache se inclinó y le dio un beso efímero en los labios mientras el guardia Listing lo jalaba del brazo para sacarlo de la celda de visita conyugal para llevarlo a la de su celda designada como reo, celda la cual compartía con un compañero. 

El matrimonio se dio una última mirada antes de que Bill fuera arrastrado por Georg, que le daba miradas de aborrecimiento cada tanto.

Mientras Tom también era escoltado por Gustav.

Continúa…

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por Namyukaulitz

Escritora del Fandom

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