
«Te equivocas» (Fic de Earisu)
Capítulo 6
Billy se despertó temprano esa mañana porque, usando sus propias palabras, »se estaba haciendo pipí».
Así que se levantó de la cama. La noche anterior se había tenido que poner lo primero que pilló en el armario de su cuarto, que resultó ser una camiseta de propaganda que le iba enorme como un vestido y que dejaba uno de sus hombros al descubierto.
Sus pelos estaban hechos una maraña por haberse acostado con ellos mojados.
Iba frotándose la carita bostezando y cuando entró al cuarto de baño descubrió que su madre estaba en la bañera.
Kasandra estaba sentada en la tina, desnuda y con el agua de la ducha cayéndole sobre la cabeza. Estaba abrazada a sus rodillas y sollozaba en silencio.
El pequeño Bill la miró unos instantes. Ella no parecía haberse percatado siquiera de su presencia.
-…¿Mami?…
Pero la mujer no se movió ni una pizca.
-…¿»Po» qué lloras…? – Su madre nunca le contestaba a ninguna de sus preguntas y menos cuando éstas eran de ese tipo. Pero igualmente él tenía que intentarlo.
-…Fuera de aquí. Esfúmate. – Escupió la mujer, tajante.
Billy se quedó plantado en el mismo lugar. Y entonces él también empezó a sentir ganas de llorar… Sus ojos se aguaron.
-…Mami…¿’Po’ qué me odias tanto?…
En ese momento Kasandra le lanzó una mirada ausente a su hijo.
Aunque no parecía haberse ni inmutado ante la dureza de la pregunta.
-…Te pareces tanto a él…A Robert… – Las lágrimas de Kasandra se confundían con el agua del grifo.
-…¿A papi?
La mujer explotó dejando de mirar al niño para hundir su cara en sus rodillas.
-…Rob… – El tono de voz de la mujer era suplicante.
Billy tenía dos grandes lágrimas surcándole los mofletes.
Suponía que su mamá debía de echar de menos a su papá. Y lo entendía. Él también le echaba de menos, a veces…Aunque de últimas no pasaba tanto tiempo en casa…Y cuando estaba ahí…Él y mamá se gritaban…Y eso le asustaba mucho.
Billy se acercó a la bañera y dio un pequeño beso a un brazo de la madre, que era la parte que le pillaba más cerca.
-…¿No te he dicho que te vayas de aquí, niño del demonio?…
La criatura iba a obedecer, pero cuando iba a alcanzar la puerta, la mujer volvió a hablar.
-…¿Quieres que te dé un consejo, mocoso?…
El pequeño la miró.
-…No te enamores nunca de nadie…Porque te romperán el corazón…
&
La fiesta (la oficial y luego la ‘privada’ en el hotel) había terminado.
Era temprano por la mañana del día siguiente y Bill todavía no se había acostado, a dormir al menos.
De hecho, no se había ni dirigido a su casa.
Impulsado por una fuerza o una voluntad que ni siquiera parecía provenir de él, dejó que sus pasos le llevaran al lugar donde, fuera por la razón que fuera, tenía que ir. Le nació de dentro.
Ahí estaba. Plantado en medio de la calzada de aquella urbanización en la que se había criado.
Estaba parado como una estatua ahí en medio, mirando su antiguo hogar, aunque llamar hogar a esa casa fuera un chiste que a él le resultaba especialmente bueno.
Llevaba la misma ropa que había lucido en la fiesta: Una chaqueta torerilla negra bajo la cual tenía una camisa del mismo color y unos vaqueros… Llevaba botines , el pelo liso y unas grandes gafas de sol…Todo de firma.
Antes de salir se había retocado el maquillaje, por lo que sus labios brillaban perfectos, como al comienzo de la noche.
Colgado a un hombro, un enorme bolso…
Se cruzó de brazos sin despegar los ojos de la fachada de su antigua casa.
El césped del jardín estaba amarillento, muerto. Los cristales algo sucios y la pintura carcomida.
Tan triste como la recordaba.
No sabía por qué coño había ido allí.
Supuso que debía ser una de esas reacciones absurdas del ser humano…
Últimamente se le venían a la cabeza demasiadas reminiscencias de su pasado, recuerdos que le atormentaban y le daban un miedo atroz. Y cuanto más intentaba dejar de pensar en ellos, quitarles importancia, más se volvían a aparecer.
Puede que hubiera ido hacia allí porque ese lugar era la raíz. Y de algún modo necesitaba volver a verla con sus propios ojos, aunque fuera por asegurarse de que no era un producto de su imaginación y que no se estaba volviendo loco.
Absurdo.
Como cuando tienes miedo de que bajo la cama de tu habitación haya un monstruo y tú lo que haces es asomar la cabeza y mirar, a riesgo de que te la arranquen…
Sí…Era una estupidez…Regresar ahí después de tantos años había sido una solemne tontería.
Bill trasteó en su bolso para coger un cigarro.
¿Qué buscaba?…¿Qué pretendía encontrar?…
¿El cariño de una madre?… No lo había tenido nunca y nunca lo tendría.
Y no es que le importara ya… Su cariño habría sido importante para él cuando era más pequeño…Ya no lo necesitaba…Era demasiado tarde…
Había salido adelante, se las apañaba y ya le daba igual…Suena duro, pero no podía echar de menos algo que nunca había conocido.
Se llevó el cigarrillo a la boca y lo encendió, inhalando una profunda calada.
Su antigua casa en la actualidad era prácticamente suya.
Su madre la estuvo manteniendo a duras penas durante su infancia…Cuando Bill fue haciéndose mayor y más razonable se empezó a dar cuenta de ello.
Se fue de allí cuando ni siquiera era mayor de edad, cuando consiguió un contrato discográfico…Kasandra no le puso ningún impedimento.
Pero muy poco tiempo después Bill contaría con una fortuna y aunque no tenía contacto alguno con su madre empezó a mandarle dinero para cubrir los gastos… El suficiente para que ella dejara de »trabajar» incluso: Con ese dinero tenía para pagar facturas, para sus cosas y en definitiva para vivir sin pasar apuros y sin miedo a que la embargaran.
No había dejado de mandarle esa ‘paga’ ningún mes desde entonces…Seguía haciéndolo de hecho.
No hablaban ni se veían…Pero Kaulitz se mantenía fiel en eso. No tenía por qué hacerlo y ella nunca se lo había pedido.
No era una obligación… Quizá tampoco algo que ella mereciera.
Pero…
En el mundo, existir existen malas madres, y esa es la verdad… Las hay que abandonan a sus bebés recién nacidos tirándolos a un contenedor de basura. A algunos los encuentran. Otros mueren.
De entre todo lo malo, Kasandra al menos le dio un techo a Bill cuando éste no podía valerse por si mismo…Y le dejaba la comida justa y necesaria para que no se muriera de hambre.
Bill estaba, simplemente, haciendo lo mismo.
Devolviendo el favor.
No esperaba nada a cambio tampoco.
…Dio otra calada a su cigarro.
En fin…Era un buen momento para marcharse de una vez.
No pintaba nada ahí y ya lo había confirmado.
-…¿Billy?…
El chico se dio la vuelta frunciendo el ceño, extrañado. Aquella había sido una voz que no reconocía y que además le había llamado de un modo que hacía años que no oía.
Se encontró con una señora entrada en años cargando un montón de bolsas del supermercado…
-…¿Eres tú?…
-…Em…Sí… – Bill no terminaba de ubicar a esa señora en su memoria y así lo reflejaba su tono de voz, prudente…Colocó sus gafas de sol a modo de diadema para observarla mejor…Tenía que tener mala cara: No había dormido nada…Pero en ese momento no pensó en ello.
Mucha gente se acercaba a él llamándole por su nombre. Gente que le conocía »por la tele». Es asombrosa la cantidad de »familiares» y »amigos» que le salen a uno cuando eres famoso.
»Yo era amigo, casi un hermano, de tu padre»…»Yo iba a tu clase, ¿recuerdas?» … Y Bill a veces no tenía ni idea de quién se trataba y estaba seguro de que sólo era una excusa o una mentira para acercarse a él y si se podía, sacar provecho.
Otras sí que recordaba a la persona en cuestión y no sólo eso… »Sí, ibas conmigo a clase y me llamabas maricón, que no se te olvide»… Pero nunca llegó a decirlo en voz alta.
Bill seguía haciendo su ‘scanner’ sin mucha fortuna…Ante el gesto que puso, la mujer sonrió.
-…No te acordarás de mi…Eras muy pequeño…Pero cuando eras muy chiquitín eras amigo de mi hijo…¡Anda que no has merendado tú veces en mi casa!…
Kaulitz tiró la colilla de su cigarro y la aplastó en el suelo. Sus cejas fruncidas.
-…¿Tu hijo?… – Preguntó algo desganado.
-…Nathan…
Entonces sus cejas se alzaron ante la revelación. Abrió un poco la boca y después soltó una risita, cayendo en la cuenta.
-…¡Ah, sí! Ya sé quién eres…Me acuerdo…Y también me acuerdo…De Nathan.
Vaya si se acordaba. Sobre todo recordaba todo lo que lloró por él.
Un par de años después de hacerse »amigo» suyo, Nathan se marchó. Se fue al extranjero para estudiar en una importante universidad…
No volvió a verle más…
La mujer soltó las bolsas en el suelo y fue a darle dos besos a Bill.
Éste no se esperaba tanta efusividad.
-…¡Me alegro de verte! Fíjate, cómo has crecido…
-…Sí, bueno… – Bill estaba algo incómodo. No estaba acostumbrado a esta clase de muestras de afecto.
-…Mi hijo estuvo muchísimo tiempo preguntándome por ti…Cuando se fue a Estados Unidos, digo.
-…¿En serio?… – Bill no lo creía, lo diría para quedar bien, pero…
-…Sí, me preguntaba si te veía por el barrio, que cómo te veía, si te veía bien porque por aquella época…Bueno, da igual…Te tenía muchísimo cariño. Más que eso, te quería un montón…
-…
-…Y hace unos años, la primera vez que te vi en la tele, que casi me caigo de la impresión… ¿Quién lo iba a decir?…Pues le llamé por teléfono, le dije que a que no sabía quién se había hecho cantante y cuando le dije tu nombre, todavía te recordaba y ¡tampoco se lo podía creer…!
Bill se rascó el cogote, sonriendo algo avergonzado…Decidió preguntar algo aunque fuera por cambiar de tema y no hablar de si mismo.
-…¿Le llamaste? ¿Es que no volvió?…
-…Oh, ya sabes cómo son las cosas. Terminó la carrera, pero se enamoró allí, se buscó un trabajo y bueno… Se asentó, hizo su vida ahí…Sólo venía en fiestas…Pero…¡Precisamente!…Hoy vuelve a Alemania.
-…¿Ah, sí?…
-…Sí…Él no me lo ha dicho, pero yo soy su madre y lo sé: Se ve que la relación que tenía ha hecho aguas y él ha puesto tierra de por medio. Ya se ha buscado un apartamento aquí, va a montar su propio negocio y es definitivo… Por un lado me da pena por él, pero por otro…Pues es mi hijo, me alegro de tenerle cerca de nuevo…Precisamente… – La mujer señaló sus bolsas. – Esta noche haremos una cena para celebrarlo, aunque creo que llegará antes…¡Estoy contentísima!…
Bill sonrió…Le hacía gracia la buena señora. En dos minutos y medio le había contado la vida y milagros de su hijo a alguien que hacía años que no veía y que por lo tanto, era casi un completo desconocido.
Pensó que eso debía ser »marujear», en toda regla.
-…¿Y a ti qué tal te va?… – Preguntó la mujer.
Bill se puso en alerta al instante. Esa es la condición de la ‘maruja’: Yo te cuento mi vida y la de mis allegados, pero tú me cuentas la tuya, no te escapas.
-…Bueno, no me quejo…Esto…Yo ya me iba…Pero, si quieres te puedo ayudar con eso. – Refiriéndose a las bolsas. Kaulitz no es que fuera de natural cortés, pero tampoco era cuestión de ser grosero con una mujer que en el pasado se había portado bien con él. Por otro lado, era una buena estrategia para cambiar de tema.
-…Ay, pues te lo agradecería mucho. Aunque estás muy enclenque, hijo mío…¿Es que no comes?…
Kaulitz achinó la mirada.
-…Si lo llego a saber, no me ofrezco. – Soltó el chaval medio en serio, medio en broma y fue cogiendo las bolsas.
-…¡Jajajaja!…
-…Yo no me río. Dios señora, aquí hay cena para media Alemania occidental. – Se quejó al comprobar lo pesadas que eran las compras.
Los dos se pusieron en camino.
-…Llámame Simone.
-…Bonito nombre. ¿Pero no es de hombre? – Bill vio ahí una buena oportunidad para vengarse. Simone lo captó y le siguió el juego.
-…Dijo el que lleva brillo labial y más rimel que yo…
-…Touché.
Los dos sonrieron y llegaron a su destino.
Simone abrió la puerta y Bill no soltó las bolsas hasta que no estuvo en la cocina.
-…Bueno, pues nada…Si no necesitas nada más…
Ambos se volvieron a dirigir a la puerta de entrada…Iban saliendo cuando…
-…Oye, Billy, si quieres puedes venir esta noche. Provisiones como ves, hay.
-…
Bill iba a contestar cuando un coche, más concretamente un BMW negro, se plantó frente a la entrada.
El chico y la mujer lo contemplaron unos segundos.
Tras aparcar, alguien trajeado salió del interior.
Kaulitz abrió la boca sin posible disimulo y sin poder hacer nada por evitarlo.
Era Nathan.
Él le recordaba guapo ya en sus años de adolescente imberbe…Había sido una belleza casi angelical, con ese cuerpo todavía terminándose de moldear y esa cara de niño bueno.
Ahora era diferente. Seguía siendo increíblemente hermoso, pero sus facciones se habían endurecido con la edad… La atracción que irradiaba era muy distinta…Más interesante.
Todo él, en conjunto, había mejorado. Ahora era…Más hombre.
-¡NATH!…¡Ya has llegado!… – Simone fue corriendo a abrazar a su hijo que hacía mucho que no veía.
Bill se mantenía congelado en su postura anterior. Nathan todavía no había recaído en su presencia y abrazaba a su madre riéndose.
El chico seguía con la boca abierta, mudo y con un extraño sentimiento de opresión en su pecho.
-…Dios, madre…¡Me ahogas! Jajaja… – Ambos empezaron a susurrarse distintas cosas, llenas de cariño y alegría.
Cuando madre e hijo se separaron, sólo entonces, los ojos de Nathan dieron por casualidad hasta la entrada de la casa donde se encontró con Bill.
Kaulitz cerró la boca como si esos ojos le hubieran sacudido…Los suyos abiertos como platos.
Sus miradas se clavaron la una en la otra y por un momento fue como si lo demás desapareciera.
Todo era silencio mientras se examinaban con curiosidad, con interés.
Bill no sabía el tiempo que había pasado perdido en esa mirada, pero tras un rato inconcreto para él, sacudió la cabeza, con el pulso muy acelerado carraspeó e incómodo volvió a hablar.
-…Ahm…Yo ya me iba…Adiós, Simone.
Kaulitz empezó a poner los pies en polvorosa en ese momento.
-…¡Pero no me has contestado! ¿Vienes esta noche o no?…
Bill tuvo que girarse de nuevo: Tanto la mujer como Nathan le miraban.
Se regañó a si mismo por su actitud y se obligó a hacer lo correcto. Con firmeza y cortante.
-…No creo que pueda. Lo siento. Adiós. – Contestó al final con frialdad.
Y se puso en marcha. A sus espaldas oyó un »Pues si cambias de idea…»…
Pero se negó a oír el resto y siguió caminando sin pararse.
No iba a cambiar de idea.
No PODÍA cambiar de idea…
Continúa…