
Fic TOLL de Myla Near
Capítulo 8
– ¡¿Que él te hizo qué?! – gritó Simone, exaltada y tomándose la frente con una de sus finas manos.
– Estoy seguro de que no fue a propósito. Además yo lo dejé hacerlo, así que no es su culpa.
– ¿Cómo que no? Le dijiste que se detuviera y aún así no lo hizo. Tengo que hablar con ese bastardo. – el pelinegro tomó de su refresco mirando fijamente a su madre. – ¿Qué miras?
– Ya lo conversé todo con él. Si hubieras estado en casa el día en que te grité, te hubieras enterado de todo a tiempo. Ahora está todo igual que antes, incluso yo diría que mejor. – la mujer se acabó su refresco sin dejar de lamentarse no haber estado ahí, pero a los segundos se decía que ella también tenía derecho de salir y toda esa mierda.
– O sea que ahora me lo contaste solo para mantenerme al tanto. – el chico asintió y apretó los labios.
– Ya me tengo que ir. Ahora que estamos bien puedo ir a terminar el libro. Me carga el compra-venta. – dijo poniéndose de pie bajo la mirada de su madre, que no entendía de qué mierda hablaba.
– Ehh, si. Cuídate y de ahora contéstame de nuevo. Te quiero, hijo. – le besó la frente y lo dejó ir. Mientras caminaba a su auto recordó que tenía que ir a la casa de Gustav para hablar con Georg. A la mierda se habían ido sus ganas de terminar el libro. Miró a la casa de al lado y vio el auto, su corazón saltó dentro de su pecho y pensando en que Georg le puso haber contado al de trenzas, corrió a su auto y partió a la casa de su rubio amigo. Casa que también era la de su amiga, la de complejo de Hayley Williams, por el pelo claro está.
– ¡Chancho con chaleco! – gritó la chica del complejo y el pelinegro puso su cara de extrañeza.
– ¿Qué mierda es eso de «chancho con chaleco»? Yo no soy un chancho y no uso chalecos. ¿O sí? – la chica solamente se rio y lo hizo pasar.
– ¿Eso importa? Ven, entra. Te esperamos. – lo tomó de la mano y lo llevó a la sala en donde estaba su hermano y Georg. La chica lo único que quería era que llegara Bill, pues con el castaño en la sala de su casa se ponía muy nerviosa y más nerviosa se ponía al saber que ya no tenía novia y que era una muy buena oportunidad para ella.
– Hola. – saludó animadamente a sus amigos, ellos le devolvieron el gesto asintiendo con sus cabezas.
– Bill, he cumplido con mi parte del trato, ahora estoy libre de culpas.
– No sé de qué trato hablas, pero sí, estás un poco libre de culpas, solo un poco. – el pelinegro se sentó al lado del rubio, obligando a su amiga a sentarse al lado de Georg, quien no entendía una mierda de qué hablaban los otros dos.
– No seas así, lo traje aquí para que hablaras con él, eso me libera completamente.
– Ni en tus sueños más salvajes…
– Son complicadísimos estos dos. – le dijo el castaño a Leah, refiriéndose obviamente a Gustav y Bill.
– Lo sé, ni que lo digas. Pero sean o no complicados son adorables, míralos. – los dos desviaron sus miradas a los otros dos, quienes hacían gestos raros con sus manos y se hacían burla con la cara, aún discutiendo el hecho de si Gustav estaba o no libre, totalmente, de culpas.
– Adorable… – el castaño se quedó mirando a Leah sin que ella se diera cuenta, ella solo se reía de que sus «hermanos» discutieran entre ellos, sin imaginarse lo que acontecía a su lado.
– Hemos llegado a un acuerdo. – dijo el pelinegro de rastas luego de discutir más de 15 minutos con el rubio.
– ¿Cuál es su magnifico acuerdo? – preguntó Georg acomodándose en su asiento.
– Que Gustav está libre de culpas, hasta nuevo aviso. – dijo el rubio hablando en tercera persona, lo que hacía a todos reír.
– ¿Es eso cierto, Bill? – preguntó la chica al ver la no muy feliz cara de su amigo.
– Por suerte para este idiota, sí. Pero yo no vine por este idiota, no señores. Yo vine por ese idiota. – dijo apuntando a Georg y cambiando de lugar con su amiga. El castaño solo lo miraba extrañado.
– Que yo sepa, Bill, no te he hecho nada. – dijo levantando las manos a la altura de su pecho.
– No lo has hecho, ni lo harás nunca.
– Eso suena tenebroso, pero viniendo de cualquier otra persona. Viniendo de Bill suena ridículo. – dijo la chica dejando indignado al pelinegro.
– ¡Hey! No me defiendas tanto, gracias.
– Bill, por favor rápido, tengo que terminar muchas cosas en casa. – le apuró el castaño.
– Bien, bien. Lo que pasa, es que cierto bocón aquí presente, te dio información confidencial, que no debe ser revelada jamás nunca. Pero lo que es nunca. – el de rastas quería darle un toque de seriedad, pero como había dicho Leah, a él le salía ridículo.
– ¿Qué cosa? ¿Que te acostaste con alguien? Oh, por favor, no le digo a nadie solo si nos dices con quién fue.
– ¡Cómo no se me ocurrió eso a mí! – se lamentó el rubio tirándose al suelo, la chica de pelo naranjo se reía de su hermano y de la cara de estúpido que había puesto su pelinegro amigo.
– ¡¿Qué?! Claro que no, es mi vida privada y ustedes no tienen por qué saber. – se cruzó de brazos y trató de parecer muy, pero muy enojado. Aunque sí estaba enojado, pero no tanto como lo quería demostrar.
– Entonces lo siento, pero la única persona que no sabe que conocemos y que le pueda importar, que es Tom, se va a enterar si no me dices. – Georg sonrió de medio lado ante la cara de indignación del pelinegro.
– ¿Cómo se llama esto? ¿Extorción? ¿Chantaje? Díganme cómo, para demandarte. – aún no mostraba una sonrisa que dijera que le causaba gracia y eso estaba llamando la atención de los hermanos.
– No sé cuál es la diferencia entre chantaje y extorción, pero puede que lo que te está sucediendo tiene un poco de las dos. Ahora… me dices o le digo a Tom. – el de rastas se tomó el cuello y suspiró.
– Antes de cualquier cosa… ¿por qué tanto interés en saber quién es? ¿Desde cuándo les interesa lo que hago? Respóndanme porque de verdad que no entiendo por qué quieren saber con quién me acosté. – el palabrerío, aprendido de su madre, dejó a sus amigos callados y pensando en lo que el pelinegro había dicho. ¿A ellos les importaba con quién lo había hecho? ¿De verdad les importaba? Y si era así, ¿por qué?
– Ya sé con quién fue. – dijo el rubio devolviéndose a su puesto en el sofá, junto a su hermana. – Fue con ese compañero de trabajo tuyo, ¿cómo es que se llama?
– Chris. – dijo Leah antes de ganarse el golpe más fuerte en su brazo que en su vida había recibido. Y por parte de la persona que menos esperó. Su amigo de verdad se estaba enojando y no solo con los idiotas hombres, sino que con ella también.
– Si no hubiera sido con él, no te hubieras enojado tanto. Así que me doy por pagado. Yo no le diré a nadie que te acostaste con ese compañero tuyo, me gustaría conocerlo si. – el de rastas se puso de pie enojado y caminó a la puerta. El cabreo ahora si era como él quería.
-¡Váyanse a la mierda! ¡Tú también, Leah! – les gritó y después de eso cerró la puerta de entrada de un portazo, dejando a los tres adentro de la casa con la duda en la cara y el sentimiento de culpa comiéndoles el alma. Nunca habían hecho enojar tanto a su pelinegro amigo, nunca.
– No me gustó eso. – dijo Leah y los otros dos asintieron sintiendo la misma pena que la chica.
– Estúpidos entrometidos. – decía entre dientes mientras caminaba a su auto. Estaba que echaba humo por las orejas. Se había arreglado con su madre para pelearse con sus amigos. ¿Qué más tenía que pasar? ¿Enojarse con Tara y con Chris?
Se fue a su casa y como pudo, con el cabreo rondándole el sistema, terminó lo que le quedaba del estúpido librito. Cuando lo terminó se fue a su cama y sólo se sacó los zapatos para dormirse, no tenía intenciones de sacarse la ropa. – ¿Cuándo será el día en que todo sea perfecto? – se dijo mientras la baba se le empezaba a caer y ensuciaba la almohada, pero no tenía intensiones de limpiarse.
En la mañana siguiente, despertó con un ánimo de perros. Se puteó él mismo por haberse dormido con la ropa, después se maldijo por no haber querido bañarse con agua caliente y cuando manejaba hasta su trabajo se maldijo nuevamente por no haberse comido una naranja para estafar el hambre que lo corroía.
Si no hubiera sido porque lo saludaban, él no hubiera saludado a nadie, pero lo que se llama nadie. Ni a la portera, ni a la recepcionista y menos a la diseñadora de la portada, que ni tan bien le caía. Pero como era la costumbre, había que saludar. Cuando llegó a su oficina vio dos cafés encima de sus escritorios y a la pelirroja prendiendo su laptop con un café en frente.
– ¿Y esto? – dijo apuntando los cafés.
– Son para ti, como no traje ayer. – ella sonrió, pero no le hizo gracia alguna al pelinegro.
– ¿Pretendes que me tome los dos hoy? – la mala leche se le notaba a kilometros.
– Perdón, no pensé que te enojaría tanto. Se lo daré a alguien más si quieres. – y entonces ella se puso de pie, tomó uno de los cafés y salió de la oficina. El de rastas la observó y vio que le daba el café a Chris, que venía recién llegando. Seguramente le había dicho algo de él, porque el castaño miró a la oficina y sus miradas se encontraron. Pero para evitar tener conflictos con otra persona miró sus zapatillas mientras se sentaba en su escritorio, sacaba su laptop y ponía frente a sí el libro terminado. Era hora de devolvérselo a Alexis.
Tomó el libro en sus manos y se puso de pie. Suspiró antes de salir de la oficina. Caminaba mirando el suelo hacia la oficina de Alexis, cuando sintió unos brazos rodearle la cintura. –¿Ya no me saludas? – miró a Chris y este logró sacarle una pequeña sonrisa, pequeña, pequeñísima.
– Hola. – le dijo y el otro se rió, le dio un beso, de los «legales», que dejó al pelinegro descolocado. Nunca se habían besado de esa forma en la oficina (solo se habían dado uno pequeño) y por eso, todos se los quedaron mirando.
– Un pajarito pelirrojo me contó que Alguien se levantó con el pie izquierdo, ¿es eso verdad, Alguien? – esta vez el pelinegro se rió y el otro apretó el agarre en su cintura.
– Puede ser. Me haces tanto reír. – Chris lo soltó y caminaron juntos a la oficina en donde el de rastas tenía que entregar el libro.
– ¿Por qué tan enojado? – preguntó después de que Bill entregara el libro. El de rastas no quería contestar, pero el otro consiguió llevárselo a un rincón en donde no andaba nadie. Lo acorraló ahí. – Vamos, dime. ¿Qué te hace estar tan enojado?
– Es que mis amigos, se ponen un tanto cargantes. No entienden cuando les dices que no.
– Oh, ya veo. Y eso molestó al señorito.
– Jaja, no me llames así. – apoyó sus manos en el pecho del otro y lo besó. Al parecer el castaño era el único que no lo hacía enojar. El beso se les estaba yendo de las manos, pero por suerte el de rastas supo controlarse. – Hay… que volver. – dijo respirando agitadamente.
– ¿Por qué no nos escapamos al baño? – apegó su cuerpo al de Bill y juntó sus frentes.
– Tentador, pero tengo mucho que hacer y estoy seguro de que tú también. ¿El sábado?
– El sábado, será perfecto. – se besaron de nuevo antes de volver a la vista de todos. El pelinegro volvió con una sonrisa plasmada en el rostro y eso a Tara, que andaba bien arreglada y sin ojeras, le gustó.
– Cierto administrador es el solucionador de tu mal día, ¿o me equivoco? – se rieron antes de volver al trabajo. Al parecer la pelirroja tenía razón, un par de besos de Chris y anduvo todo el día feliz y ni se acordó del problema con sus amigos.
Al final de la jornada sí se encontró con Tara y se despidió de ella como se debía. También se encontró con Chris, quien no lo dejó ir sin antes besarlo en la puerta de su auto, a la vista de los que se iban. Con un último beso que lo dejó casi tonto, se subió a su auto y manejó a su casa. Puso la radio y cantó las canciones que conocía, con un inglés muy suyo y que solo él podía apreciar y entender.
Cuando llegó a su edificio Jorge, el portero, le dijo que habían ido unas personas a verlo, pero que como él no estaba le dejaron una nota. La recibió y le agradeció, después de eso subió a su departamento. Miró la nota por encima, era de tigger y supo que había ido Leah con Gustav, si habían ido con alguien más, después lo sabría. Cuando entró al departamento dejó su bolso encima de uno de los sofás pequeños, luego él se acostó el el grante para leer la nota:
«Sabemos que somos unos entrometidos sin vida, pero por favor, te pedimos de todo corazón que nos perdones. No podemos vivir sabiendo que estás enojado. Nunca te habías enojado de verdad con nosotros y vaya que duele. Eres nuestro Bill, nunca querríamos hacerte daño, eso ni pensarlo. Preferiríamos morir primero, ‘a Bill no se le toca un pelo’, ese siempre ha sido nuestro lema. Trajimos esta nota escrita por si no querías recibirnos, pero no estás, es mejor que ser rechazados. Sabemos que es de tigger y que probablemente te enojes, pero Leah no tiene más cosas para escribir que estas mierdas. Por favor Bill, no importa si no quieres hablar aún, pero nos alegraría por lo menos un mensajito que diga que nos perdonas. No te queremos, te amamos, Bill. Por eso… te rogamos nos perdones.
Mandarina llorona…
Leah, Gustav & Georg <3
– Malditos idiotas. – dijo sonriendo y limpiando unas lágrimas que luchaban por salir de sus ojos. Tomó su celular y se fue a la parte de los mensajes.
«Ya dejen de meterse en mi vida. Si yo quiero contarles algo lo haré. Yo también los amo. Naranjas molestosas… Bill.»
Le mandó el mensaje a los 3, después fue a la cocina por una naranja y se comió unas tostadas que preparó, sí, las hizo sin quemar nada. Se tomó un café y le llegaron justo 3 mensajes. La respuesta de sus amigos.
«Deja de llorar. Te espero en mi casa mañana. Leah <3»
«Sabía que no podías enojarte enserio. Cuídate, nos vemos. Geo 😀
«Idiota, supe que Leah te invitó a la casa, nos vemos. Gustav, tu martirio xd»
Se rio de los mensajes y después de ver la televisión por algunas horas se fue a dormir, esta vez si se puso la pijama y durmió cómodamente.
Su día laboral fue bastante interesante, cada vez que salía de su oficina, el administrador encontraba la forma de llevárselo a un rincón y acorralarlo para besarlo y plantarle una sonrisa en la boca. La pelirroja se daba cuenta y se lo hacía saber, diciéndole bromas.
– Cualquier día te despedirán por repartir besos y no rendir como contador. – el de rastas se rió antes de volver al trabajo.
El resto del día transcurrió normalmente, en el almuerzo se sentó solo con Chris, se besaron un poco y se rieron también. Cuando terminó la jornada laboral se despidió de su amiga y después se fue a despedir de Chris. Igual que el día anterior, con besos apasionados.
– ¿Estás listo para el sábado? – preguntó el de rastas entre medio de los besos.
– Por supuesto que sí, no puedo esperar para tenerte tan solo para mi entre medio de tanta gente. – Bill se sonrojó levemente, le dio un último beso a Chris y se fue a su auto.
Al llegar a su casa, vio la nota con la imágen de tigger y se acordó de Tom. Pensó en qué estaría haciendo, hacía días que no lo veía y que no hablaba con él. Le gustaría verlo, pero no quería llamarlo para decirle que se junten. Podría llamar a su amiga para que le dijera a Tom que fuera a su casa, sí, eso haría… no, no lo haría. Sí, lo haría. Tomó su teléfono y llamó a su amiga.
– ¿Estás seguro? – preguntó Leah desde el otro lado de la línea.
– Por supuesto que si. Ya me voy para allá, nos vemos. – la chica se despidió e hizo lo que su amigo le pidió. Un tanto nervioso el de rastas fue al baño y se mojó la cara con agua fría.
Se retocó el maquillaje y se fue a la casa de su amiga. Al llegar vio 2 autos afuera, el de Georg y el de Tom, pero pensar que este último había venido con la rubia esa, lo enojaba un poco. Aún así, con o sin rubia, vería a Tom igual.
Se bajó del auto y cantando una canción de Britney se acercó a la puerta. Fue Georg quien le abrió la puerta y lo abrazó antes de dejarlo entrar, obviamente supo la razón. Al entrar y ponerse a la vista delos demás, Gustav se puso de pie con los brazos abiertos y se acercó al pelinegro de rastas.
– Este Bill me gusta a mi, el que no deja de sonreír. – el pelinegro sonrió más y le devolvió el abrazo. Leah también lo abrazó. Ashley y Tom sólo miraban la escena extrañados. Bill se les acercó y los saludó a ambos con un beso en la mejilla, notó algo en la rubia, ya no sonreía tontamente como siempre lo hacía cuando la veía. Esta vez estaba seria y miraba al pelinegro con una mirada indescifrable para él.
Estuvieron hablando de variados temas, tratando de no tocar el tema que los había puesto en conflicto para que el de trenzas no se enterara. Gustav y Georg estaban dispuestos a arrodillarse frente a Bill para pedirle perdón, pero no contaban con la presencia de su trenzudo amigo. Aún así, siempre que podían le decían un ‘lo siento’ que pasaba desapercibido. Leah con la mirada le pedía perdón de todas las maneras posibles y eso ya empezaba a incomodarlo, pero solo un poco.
El de trenzas se puso de pie e informó que iría al baño, todos asintieron y siguieron con lo suyo, hasta que la rubia se puso de pie también. – Bill, ¿puedo hablar un momento afuera contigo? – el aludido dejó de reírse de lo que Gustav había dicho y miró a la chica un poco extrañado, aún así asintió.
Miró a Leah y ella le hizo un gesto con su mano, simulando que era un cuchillo que le cortaba el cuello, no pudo contener la risa y siguiendo a Ashley, salieron de la casa.
Quedando completamente solos, la rubia no dejaba de mirarlo y el pelinegro no tenía ni una puta idea de lo que le diría.
– Y bueno, tú dime ¿qué necesitas hablar conmigo? – el de rastas entrelazó sus dedos adelante de su cuerpo y se movió un poco en su lugar.
– Escúchame bien, porque no te lo diré de nuevo. Me he hecho la estúpida por mucho tiempo, de que me caes bien y no tengo problema en que veas a Tom, pero se acabó. Quiero que te alejes de él, es mío ahora. Tu tiempo ya pasó, pero parece que no tuviste suficiente.
Desde que apareciste de nuevo en su vida él y yo hemos tenido más peleas que nunca. Así que métetelo bien en tu cabeza de bonitas rastas: no te metas con lo que es mío.
¿Escuchaste bien? – el pelinegro quedó sorprendido, pero medio sonrió. Aunque no se lo esperaba precisamente ese día, sabía que la rubia le diría algún día eso. En otras palabras, sí se lo esperaba. Ensanchó la sonrisa mientras se cruzaba de brazos.
Continúa…
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