Muñeco 3 (P.2)
Fic TWC de Sarae
Capitulo 3 (P.2)

Lo siento…

¿Lo siento? ¿¡Lo siento!? ¿¡Cómo que lo siento!? ¿¡Que quería decir con eso!?

¿Por qué? 

Lo envié.

—¿Quién es? — preguntó Georg a mi lado.

—Nadie importante. — mi mirada estaba fija en el móvil. Era incapaz de apartarla de él en ese momento aunque el tiempo se me hiciera eterno esperando su respuesta.

Un mensaje nuevo.

Mostrar.

Me pasé y tenías razón. Es tu vida, no la mía. Tampoco quería hacerte daño.

Claro que tenía razón pero…

Yo tampoco quería hacerte daño a ti. También me pasé con lo último que dije. 

—Pues para no ser nadie, te veo muy entretenido.

—¡Georg, esto es muy importante!

—¡Joder Bill, que somos amigos! ¿No puedes decírmelo?

—¡No!

—¡Venga ya!

Un mensaje nuevo.

¡Mostrar!

Pero tenías razón. No soy nadie para meterme en tu vida y echarte en cara con quien pasaste la noche el sábado. 

Ya, bueno, si. Yo tenía razón y él no.

Lo sé. Me molesta que lo hagas, lo odio. 

—Georg, deja de mirar. — intentaba ver que escribía de reojo y a ese paso acabaríamos estrellándonos.

—No estarás hablando con la puta de Natalie ¿no?

—No, ni hablar… y no es una puta porque cortáramos. Las cosas no salieron bien.

—¡Siempre la misma excusa!

Un mensaje nuevo.

¡Mostrar!

¿Me odias a mí? 

Esa pregunta me dejó descolocado unos segundos. ¿Qué si lo odiaba? ¡Pues claro que si! ¿Por qué le enviaba mensajes entonces? ¿Por qué me preocupaba por si se había ido o no? Era una buena pregunta. En realidad… no quería que se fuera.

No te odio. Das miedo cuando te enfada
s. 

—Natalie no era trigo limpio Bill, deja de engañarte.

—No estoy hablando con ella, Georg. Déjalo ya.

Un mensaje nuevo.

Mostrar.

No quiero que me tengas miedo. No quiero que me odies. 

Suspiré. No pude evitar que una sonrisa se dibujara en mis labios mientras escribía las palabras.

Y yo no quiero que te vayas. Quédate. 

A los veinte segundos exactos llegó un mensaje nuevo.

¿Por qué quieres que me quede después de todo?

No creo que seas tan malo y yo aún quiero conocerte.

¿Quieres psicoanalizarme, aspirante a loquero?

Si me deja
s… 


Solo si me dejas analizarte a ti. 


Tú no eres un aspirante a loque
ro.

No. Pero te quiero para mí.

Esas palabras me pusieron nervioso y las manos empezaron a temblarme compulsivamente.

¿En que sentido?

¿En que sentido quieres verlo tú? 

—Bill ¿Estás bien? Tienes pulso de abuela.

—Georg, estoy concentrado y, por favor…

—Si, si, lo sé. Ya me callo.

Otro mensaje nuevo. Ni siquiera me había dado tiempo a contestar.

Seré un buen hermano mayor a partir de ahora, lo prometo.

Confiaba en su palabra aunque fuera escrita, aunque no estuviera cara a cara frente a mí. Quizás era que deseaba creerlo más que nada en el mundo.

Gracias por lo de esta mañana.

Fueron mis últimas palabras y relajé el cuerpo.

De nada.

Sonreí. Tom no era tan malo después de todo.

—¡Georg! — una de las manos de Georg se cerraron sobre mi móvil, tirando hacía él, intentando quitármelo.

—¡Dámelo!

—¡Imbécil, que nos la pegamos! — la bocina de un camión hizo a Georg soltar mi móvil y, en un volantazo, esquivó al enorme camión que casi se nos hecha encima. Mi cuerpo salió disparado hacía la izquierda y, de no ser por mis manos hubiera roto el cristal de la ventana con la cabeza. Georg frenó el coche en mitad de la autopista. Cuando separé la cabeza de la ventana, mi cuerpo temblaba. Georg seguía mirando al frente con los ojos muy abiertos, apretando el volante con fuerza.

Nos miramos.

—Ge-Georg…

—¿Qué?

—Creo que mañana… cogeré el autobús. — el asintió lentamente con la cabeza y arrancó despacio. Mi móvil había caído a mis pies y me agaché, cogiéndolo como si fuera un enfermo de parkinson.

Un mensaje nuevo.

Pulsé el botón muy lentamente.

Tienes el cuerpo tan helado como un muerto por la mañana ¿lo sabías? Tenías los labios como cubitos de nieve y, como buen hermano mayor, debía calentártelos. Creo que lo hice bien, ni siquiera te diste cuenta cuando te calenté el pecho. Pensé en llegar a más, pero como ahora soy un buen hermano mayor… No hace falta que me des las gracias, de nada, no hay de qué, muñeco. Un beso. 

Fue entonces cuando el cuerpo se me deshizo como si fuera de barro. Miré de reojo a Georg, con cuidado, por si miraba en el momento menos apropiado y al percatarme que ahora, después de estar a punto de desparramar nuestros sesos por la carretera, sólo tenía ojos para ella, me levanté la camiseta.

Me ruboricé, acariciándome los pequeños puntos rojos que tenía repartitos por todo el pecho. ¿Cómo no me había despertado mientras me lo hacía? Mientras me acariciaba con sus labios, succionaba mi piel con su boca y me besaba mientras yo dormía profundamente, me besaba y recorría mis labios con su lengua, me mordía el pecho. También tenía suaves marcas de mordiscos alrededor de los pezones.

¡Oh, Dios, no podía imaginarlo! ¡Me estaba calentando de sólo pensarlo!

Los puntos rojos acababan en una parte medio oculta de mi ingle y, de repente, vi unas palabras justo encima de mi estrella, de mi tatuaje con forma de estrella del que mi madre no sabía nada y hacía casi tres años que me lo había hecho, junto con el de la nuca y el del brazo, y más valía que no lo viera.

Intenté leer el mensaje a través de retrovisor.

Propiedad de Tom Kaulitz. 

El nombre del dueño del muñeco.

Me bajé la camiseta, totalmente abochornado, deseando llegar a un lugar privado, encerrarme en un baño, meter la mano bajo mis pantalones y acabar con el calor que dominaba mi cuerpo en esos instantes.

También era él quien deseaba que me tocara por atreverse a plasmar algo así en mi piel.

Ahora si que era su maldito muñeco oficialmente y… no estaba seguro de que me disgustara del todo.

Continúa…

Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 😉

por Sarae

Escritora de Muñeco

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!