Encadenado 1 (P.3)

Encadenado 1 (P.3)
Muñeco by Sarae. Temporada III
Capítulo 1 (P.3)

By Bill

La casa de Tom era… ¿Cómo describirla en una sola palabra? ¿Imprevisible quizás? Desde luego, yo no me había esperado para nada que Tom viviera en un… lugar como ese. ¿Todo el mundo vivía así en los barrios bajos? El olor mejoró bastante nada más entrar, pero cuando pasé cerca de la cocina, me entraron arcadas, y eso que la puerta estaba cerrada. Se me pusieron los pelos de punta y Scotty encogió el hocico, incluso sollozó un poco, sacudiendo la cabeza, molesto. 

—Oh, lo siento. Huele un poco mal ¿Verdad? Tom no habrá tirado la basura todavía. Este chico… — tragué saliva. ¡Pero que asco! — Será mejor que no entres en la cocina y te recomiendo que no andes descalzo por casa. Hay… muchas cosas por el suelo, aunque tú no las veas. — estaba de acuerdo con eso. Acababa de ver una botella de cerveza rota tirada en el suelo. 

¿Cómo describir la casa de Tom? Para empezar la moqueta estaba tan llena de porquería que los zapatos se pegaban a ella, como si hubieran desperdigado un montón de líquido pegajoso por todo el suelo aposta y no le hubieran pasado una fregona en meses. Por ese simple hecho ya era imposible que ningún bicho caminara por allí sin quedarse pegado y eso, lo agradecí en el alma. Las paredes necesitaban un buen repaso de pintura ya que estaban llenas de desconchones enormes. Entré en el salón. Un montón de ropa sucia estaba apilada en una esquina. Olía raro… solo había un sofá de color marrón y estaba horriblemente manchado de cosas que no sabría identificar, aunque juraría que la mancha enorme del reposacabezas era de Ketchup. La televisión era antigua, aunque no en blando y negro, por suerte. Una consola, una play station 2 descansaba a los pies de la tele, junto con el DVD, en el mismo suelo. Los muebles debían de tener sus añitos. Una mesa de simple madera repleta de instrumentos, los cuales no supe identificar ni la mitad, ni lo que eran ni su utilidad. Había una estantería, pero estaba vacía. Mentira, estaba ocupada por varios pares de telarañas y pude ver algunas de sus dueñas de ocho patas correteando por la madera. De acuerdo… ¿Qué más había? Nada más, aparte de unas cuantas sillas que hacían juego con la mesa de madera. 
Miré a mi padre en silencio. Él sonrió, ruborizado. 

—Lo siento, sé que es una vergüenza. Tu madre debe tener la casa impecable pero nosotros… bueno, ninguno de los dos pasa mucho tiempo en casa así que cuesta un poco ponerse al lío. 

—Sí, ya veo. Sobre todo si dejáis tantas cosas por medio. — estaba cansado. Me hubiera sentado en el sofá de no ser porque… me daba asco. — Tom… ¿No está? — mi padre negó con la cabeza. 

—No, hoy no viene a casa. — sentí un azote de preocupación en cuanto lo oí, pero al recordar ese dibujo en la comisaría de policía en el que ponía «Tom os declara la guerra», me relajé. Por supuesto, Tom no corría ningún peligro en la calle, al contrario que yo. Me pregunté por qué preferiría estar en la calle que venir aquí, a verme, y la respuesta obvio me dolió, demasiado. 
No quería verme. 
—Bueno, puedes darte una ducha en el baño que hay al final del pasillo, a la izquierda. La habitación de Tom está justo en frente. Dormirás allí, en su cama. Te dejaré algo de su ropa. — miré de reojo la pila de ropa sucia y mi padre se puso aún más rojo, cortado. — Ropa limpia, recién lavada, ¿Vale? 

—Vale. 

—Las toallas deberían estar en el último cajón del mueble del baño. Yo te haré algo de comer mientras. 

—Oh, no, no hace falta. No tengo hambre. 

—¿No? 

—No. — mi padre asintió con la cabeza. 

—De acuerdo. Si quieres algo puedes cogerlo, estás en tu casa. — sonreí. Al menos mi padre no era como mi madre con respecto a la comida. Sería un desastre para la casa, pero era bueno haciendo sentir cómoda a la gente. No me sentía para nada presionado a hablar con él. Se veía que, o estaba cortado o era poco hablador, al contrario que yo. 
Estaba en la casa de Tom. Todavía no me lo creía. 
Era obvio que la casa necesitaba un buen arreglo, una limpieza a fondo, diez kilos de desinfectante y lejía pura, un repaso de pintura, una buena colada para la ropa y un ambientador potente. Muy potente. Pero por supuesto, si alguien no estaba pendiente de que las cosas se recogieran y se limpiaran con regularidad, la casa volvería a ser en cuestión de semanas la misma pocilga que ahora. Quizás…

—Papá… — le llamé, retrocediendo en mis pasos. Mi padre ya se había sentado sobre el sofá y me miró con curiosidad. 

—¿Sí? 

—Yo… ¿Puedo quedarme aquí? 

—Ya estás aquí, Bill. 

—Quiero decir… — suspiré hondo. Ni yo mismo estaba seguro de lo que decía pero de lo que sí estaba seguro era de que… deseaba que fuera así. — Quiero quedarme aquí. No quiero volver a Hamburgo. — mi padre se quedó literalmente pasmado. 

—¿C-cómo? 

—Quiero quedarme. Sé que no tengo derecho a pedírtelo, esta es tu casa pero… ¡Por favor, no llames a mamá para decirle que estoy aquí! ¡Haz como si no me hubieras encontrado y déjame quedarme aquí un tiempo, por favor! — Le pedí. Al ver su expresión pasmosa, estuve a punto de tirarme al suelo para suplicarle. 

—¿Aquí? Pero… ¿Por qué? Tú tienes una casa estupenda en Hamburgo, Bill. Una familia que te quiere, amigos, no sé… cosas importantes. Allí está tu universidad ¿no? — negué con la cabeza de manera frenética. 

—¡No, allí no tengo nada! 

—Pero… 

—¡Quiero quedarme aquí, por favor! ¡No puedo volver! — mi padre no sabía qué hacer. 

—¿Por qué no puedes volver? — tragué saliva. Me mordí el labio, pensativo, recordando aquellas burlas en la universidad, en la calle, en todas partes. ¡Llevaba pintado pervertido incestuoso en la cara! 

—Porque… yo… me metí en un lío… y no puedo volver. 

—¿Qué clase de lío? 

—¡Uno muy grande y si vuelvo, me crucifican vivo papá! ¡Por eso me escapé de casa! Además… ya no estoy a gusto con mamá. Es una mentirosa y una hipócrita. Yo… ¡La odio! — grité. Aquello no era del todo cierto pero solo así conseguiría darle el realismo necesario a la escena. — No puedo volver a casa. 

—Bueno… pero no puedo dejar a tu madre en vela habiéndote encontrado. Está muy preocupada. — mi padre se levantó del sofá y se llevó la mano a los bolsillos de los vaqueros. Me mostró el móvil. — Llamaré a tu madre, le diré que estás aquí y le preguntas a ella si te puedes quedar, ¿De acuerdo? 

—¡No! — grité. — ¡Si la llamas vendrá aunque sea arrastrándose! ¡No puedes hacerlo! 

—Bill, estás muy alterado, no piensas con claridad. Este sitio… no es para ti. 

—¿Y sí lo es para Tom? — eso pareció dolerle. Encogió la cara y suspiró, empezando a marcar el número. 

—Voy a llamar a tu madre, Bill. Tienes que entenderlo. — y si llevó el teléfono al oído. La histeria trepó por mi estómago al instante. Empecé a negar con la cabeza como un idiota, como un descerebrado, un psicótico.

—No, por favor, no… — rogué, y aunque mi padre suspiró apesadumbrado, no soltó el teléfono. 

—Si lo haces… si llamas… — y en un arrebato completamente desesperado, me arranqué las muñequeras dejando a la vista mis muñecas rajadas y se las puse en la cara, frente a sus ojos, mostrándole las cicatrices. Mi padre se puso blanco. — ¡Si llamas lo vuelvo a hacer! ¡Me mataré! — él se quedó paralizado y un silencio inquietante se extendió por la casa. 

—¡Jörg! — oí gritar a mi madre al otro lado de la línea. — ¡Dios mío, dime que lo has encontrado, dímelo! — mi padre se quedó callado. — ¡Jörg! ¡Jórg! ¿Estás ahí? ¡Contesta! — él y yo nos miramos a los ojos y… no hubo palabra alguna que decir. 

—No. Lo siento Simone, pero no lo he encontrado. No creo que esté en Stuttgart. — Y colgó.

Me tumbé en la cama media hora después, tras darme una ducha en el amarillento cuarto de baño, desordenado, sucio y por suerte, sin ningún pelo en la bañera gracias a que Tom tenía rastas, de no ser así lo habría pasado bastante mal a la hora de ducharme. Me había secado con unas toallas limpias (también por suerte) y papá me había dado vía libre al cuarto de Tom y a su armario. Cuando entré en la habitación se me vino el mundo encima y no porque supiera que esa habitación era de la persona de la que estaba enamorado, si no por el desastre catastrófico que era. No tuve que rebuscar mucho para encontrar algo de ropa. Me puse lo primero que encontré. Una camiseta enorme que le había visto puesta una vez y los primeros pantalones vaqueros que encontré, como no, anchos en lo extremo. Se me caían y eran incómodos para dormir, así que me los acabé quitando. La camiseta me llegaba un poco más arriba del medio muslo y llevaba los boxers (de Tom) debajo, así que no me preocupé demasiado. 

Ordené un poco la habitación ya que era imposible echarse en la cama y cuando cogí toda la ropa y la llevé al armario, doblándola con cuidado, me percaté de dos cosas. 
La primera… que no tenía perchas o, más bien, no las utilizaba. La segunda y la que me provocó la más dolorosa de las sensaciones… la guitarra Gibson que le regalé en navidad estaba ahí, escondida en un rincón del armario, lejos de la ropa y de cualquier cosa que pudiera hacerle compañía. Estaba intacta, nuevecita. Ni siquiera tenía polvo, ni una mota de polvo. No sé porque me imaginé a Tom sacándola del armario día tras día, pasándole un trapo con cuidado para quitarle el polvo, sosteniéndola en su regazo, observándola con ojos vacíos, deseando tocarla, pero en cuanto terminaba de limpiarla, la volvía a meter en el armario para no tener que verla y recordar… cosas. 

Yo tampoco quería recordar esas cosas, así que metí la ropa y cerré la puerta de inmediato. 
Observé la habitación de Tom en silencio. Era tan simple que me molestaba. Era amplia, pero el espacio no servía de nada cuando no sabes en qué emplearlo. Scotty se hizo su hueco en una esquina cercana a la cama, acurrucándose allí, bostezando. Yo me dejé caer en el colchón, al cual una finísima sábana estaba atada sin la menor gracia. Me tumbé a lo largo de ello, bocabajo, hundiendo la cara en la almohada. 
«Por hoy está bien, Bill. Mañana hablaremos del asunto cuando Tom vuelva. A mí no me importa que te quedes pero tu hermano… eso ya no puedo asegurártelo. Supongo que ya conoces su genio, de hecho estoy seguro de que cuando nos vea mañana aquí y no de camino a Hamburgo, se pondrá hecho una fiera, claro que… si os lleváis tan bien como dices, no habrá de qué preocuparse.»

Eso había dicho mi padre media hora atrás. A él no le importaba que me quedara, podía verlo en su cara, pero Tom… eso era otra cosa. 
Cogí aire, agotado, demasiado acalorado como para echarme una sábana por encima. Papá me daba un poco de lástima. Solo había una habitación en casa y era la de Tom. Papá dormía en el sofá, ¿Por qué? Estaba seguro de que Tom lo obligaría a ello y mi padre no era capaz de replicarle, nada más. 
Hum… hundí la cabeza aún más en la almohada, olfateando. Luego me subí la camiseta que llevaba puesta hasta mi nariz, olisqueándola en profundidad… Oh… 
Huele a mi Amo. 

.

By Tom

Me había despertado a las seis de la mañana, bueno… en realidad no había dormido nada así que el término despertar no poseía ningún significado en esa frase. Aaron dormía como un tronco, relajado después de haber estado haciéndome preguntas llenas de celos hasta las tantas. Por supuesto, no habíamos hecho nada. Tenía un nuevo muñeco y eso significaba que no había necesidad de ir detrás del culo de nadie más… de momento. Así que a las seis, aburrido y harto de la cama, me levanté, cogí mis zapatillas y salí de allí por la puerta de atrás sin hacer ruido, como un astuto ladrón. Di una vuelta por los barrios altos antes de coger el coche, observando el amanecer. Desde el descampado que se escondía a lo lejos se veía toda la ciudad o bien, podías optar por ver una pradera y el principio del arrollo que corría por las calles de Stuttgart, contaminado y gangrenoso. Pero desde el descampado el agua era limpia y transparente. Antes de irme a Hamburgo cogí la costumbre de ir allí todos los fines de semana, solo, con mi perra Guetti, subiendo la maltrecha caminata hasta arriba del todo. Allí ella podía correr por donde quisiese y yo podía tumbarme con la guardia baja sobre la hierba fresca y echarme una siesta sin temor a que alguien se me echara encima con una navaja. Luego… dejé de ir. Ya no había motivos para ir. 

Cogí el coche sobre las diez y conduje hasta los barrios bajos de nuevo. Ya no había peligro, mi viejo solía levantarse a las siete todos los días y seguramente, ahora estaría con Bill en su furgoneta de regreso a Hamburgo a toda pastilla. Además… así se lo había exigido yo. Temprano, fuera, los dos. No quería verlos cuando regresara y por eso, porque a mí no me desobedecía nadie, no dudé ni por un instante que quizás pudiera cruzarme con ellos. 
Mierda… nunca debería haber olvidado que Bill era la excepción a esa regla de obediencia. 

Llegué a mi barrio, aparqué el coche en el garaje y salí de allí rumbo a la puerta de mi casa. Estaba demasiado cansado como para fijarme en la furgoneta de mi padre, todavía aparcada frente a la puerta de casa. Entré sin problemas con la llave de la nueva cerradura y caminé bostezando hasta mi cuarto. Tampoco me fijé en el cuerpo de mi viejo, tumbado sobre el incómodo sofá, durmiendo sin hacer el menor ruido. Ojala lo hubiera hecho, porque no estaba preparado para lo que iba a encontrarme, no. Para nada preparado. Era lo que había estado intentando esquivar durante todo el día y lo que, por idiota, me encontré delante de mis narices. 

Abrí la puerta de mi cuarto, sin sospechar nada. ¿Quién sería tan estúpido como para pensar que alguien se había colado en el cuarto de un delincuente con mala fama? Desde luego, yo no. Y esa fue mi perdición, quedando más que demostrado que mi precioso hermano gemelo me incitaba a cometer estupideces una tras otra. 
Lo primero que sentí al abrir la puerta fueron dos patas con uñas puntiagudas chocar poderosamente contra mi pecho. Bajé la cabeza enseguida, sobresaltado y un calorcito agradable me recorrió la espina dorsal al ver a Guetti, tan feliz, tan contenta, de pie, moviendo la cola y apoyando las patas delanteras en mí, sollozando de alegría, soltando ruiditos lastimeros al verme. 

—Guetti… — susurré. Y ella dio un ladrido… pero no sonaba como los ladridos de Guetti, sonaba diferente. Sonaba… más grave. Más demandante, más arisco. Mi mirada recorrió todo su largo lomo hasta la cola, entera, no amputada como la cola de mi perrita. Miré a Guetti a los ojos. — No… tú no eres Guetti. — el animal desconocido ladeó la cabeza, con gesto confuso y se apartó de mí, sentándose en el suelo más tranquilo, con la lengua fuera, sin dejar de mirarme. Ladró dos veces más, feliz y entonces… me di cuenta de que el perro no era el único individuo que se había hecho dueño de mi habitación en mi ausencia. 

—Hum… — un bulto enredado en las sábanas de mi cama se movió y ronroneó. Fue un ronroneo que me provocó una fuerte sacudida en el estómago, como si acabaran de pegar un puñetazo en él. El perro corrió hasta el borde de mi cama y apoyó las patas delanteras en ella, moviendo la cola, dándole algún que otro empujoncito al bulto con el hocico, como si le estuviera llamando para despertarle, pero este se negaba en rotundo a moverse de su sitio. El animal giró la cabeza y me miró a mí, otra vez. Parecía estar esperando que me acercara con gran impaciencia, a que le imitara para intentar sacar de la cama a ese sospechoso bulto, aunque fuera a patadas. 
Por alguna razón, le hice caso. Mi estómago se sacudía violentamente con cada paso que daba hacia delante, pero por extraños motivos desconocidos, no tuve lo que siempre había presumido tener para dar marcha atrás y salir por la puerta. 

Me acuclillé frente a la cama, al lado del perro alegre que se apartó y se sentó obediente a mi lado, como si pretendiera darme algo de intimidad. No lo entendía. Me temblaban las manos, empapadas en sudor. Alcé un brazo, guiándolo torpemente hacia el bulto sospechoso envuelto en sábanas y cuando lo toqué, un chispazo me hizo apartar la mano de inmediato, no por la sorpresa o el dolor, si no por el miedo. El miedo a ese calambrazo, esa toma de contacto entre ese cuerpo y el mío, ese intercambio de energía que había sentido solo una vez, aquella noche, tan lejana y oscura. De repente, se volvió mucho más clara. Recordé a un chico sentado frente a la barra de un pub, solo, tranquilo, tomando una simple bebida con sabor a limón. Recordé que al principio pensé que era una chica, porque era precioso. Me acerqué a curiosear, arrastrado por mi cuerpo y posé mi mano sobre su hombro, intentando llamar su atención. Eh, le dije… solo eso. Y él me miró… y yo pensé… ¿Qué pensé? 

Tiré de la sábana y el bulto quedó al descubierto, vulnerable frente a mí. 
Su cuerpo, tan frágil, tan blanquito, tan delgado y perfecto se encogió sobre la cama. La escasa ropa que ocultaba su cuerpo de miradas ajenas ascendió hasta su cadera por el brusco movimiento, dejando al aire libre todo lo demás. Mis pies no aguantaron la presión y caí al suelo, de rodillas frente a esa divinidad. Él encogió los brazos sobre su pecho, buscando el calor humano. Se ocultó tras sus largas piernas, haciendo ruiditos molestos con la boca. Veía su cara, ¡La veía! Los ojos cerrados sin rastro de maquillaje, puros como siempre se mostraban ante cualquier circunstancia. Los labios brillantes y húmedos, de un color poco más oscuro que la piel. Parecían estar suaves y ser dulces al contacto de otros. Mi mente, tambaleándose peligrosamente no hizo nada para impedir que mi mano temblorosa se permitiera el lujo de rozar con la yema de los dedos esos labios… mojados… los acaricié y el perfecto portador de esa deliciosa boca arrugó la nariz que tan atractiva me parecía, quejándose en sueños. Varios mechones de pelo descendieron hasta su rostro. No pude evitar llevarme el dedo que acababa de disfrutar del tacto de sus labios a mi boca. Lo besé y lo lamí como un desesperado, intentando saborear parte de su dulzura. Quería más… más de Bill… de mi Muñeco…

¿Cómo has llegado aquí, pequeño? He hecho tantas cosas para no tener que volver a verte en mi cama y aquí estás otra vez. ¿Por qué? ¿Qué haces aquí? ¿Has venido a verme? Por favor, no digas que sí. Dí que no, que me odias, que soy despreciable porque es lo que soy. Un despreciable lobo abandonado y herido incapacitado para volver a morder. Por favor, dime que no me quieres, que me aborreces, porque si no me lo dices ahora voy a caer otra vez en un juego que soy incapaz de controlar y eso es lo último que quiero…

El animal, el perro parecido a Guetti empezó a ladrar en la lejanía de mi mente. Apenas lo oía, pero el hermoso ser durmiente sí que era consciente de su fiero gruñido. Lo observé embobado cerrar los ojos con fuerza, arrugando los párpados… y abrirlos con lentitud, despertando de su letargo, por fin… 
El resplandor de sus ojos me atravesó con saña el pecho, dejándome momentáneamente sin respiración. Me observó durante segundos eternos en los que mi mente se ahuecó, dando paso a la blancura de la nada y él alzó la cabeza por encima de la mía, sin dejar de observarme fijamente, como si fuera lo único capaz de ver. Su pelo largo se escurrió por la piel de su cuello. Ondulado y negro como el ala de un cuervo, despeinado, adorable…

—¿Tom…? — preguntó, y yo no supe qué contestar. 

¿Qué haces aquí, Bill? Debería preguntar. 
¿Es posible que esto sea lo que llaman destino? Si creyera en el destino, si creyera en Dios, si creyera en el karma, si creyera en algo, sin duda ese algo sería el culpable de nuestro reencuentro, pero como no creía en nada, le atribuí el mérito a las cadenas que nos mantenían encadenados el uno al otro. Unas cadenas que nos arrastraban a un cruel lugar llamado infierno, donde yo era rey y tú, un simple súbdito, un simple juguete sexual, un Muñeco encadenado a su sádico Amo…
Y ese hecho es algo que pienso demostrarte a base de dolor, porque el juego… Ha vuelto a empezar…

Continúa…

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por Sarae

Escritora de Muñeco

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