
By Bill
—Chico… oye, chico… — mi cabeza chocó contra la ventana del camión, sin recibir un golpe muy duro, pero lo suficiente como para dejarme aturdido, ¿O eso era porque me había quedado frito y me estaba despertando a regañadientes? Quería dormir más, pero en cuanto Hank me sacudió el hombro con fuerza para despertarme, abrí los ojos de golpe, observando todo lo que me rodeaba.
Oh, ya era de noche.
—Chico, aún queda un rato largo para Nümberg y a partir de aquí ya no pararemos hasta llegar, así que te aconsejo que vayas al baño antes de seguir. Aún quedan dos horas y media. — asentí con la cabeza por inercia, sin ni siquiera contestarle. Estaba muerto de sueño y bostecé varias veces antes de abrir la puerta del camión y saltar fuera. — ¡Y saca al perro, chico, que también se estará meando!
—¡Vale! ¡Gracias por parar! — un descanso no me vendría mal, aunque llevaba a saber cuanto tiempo totalmente roque. El caso era que sentía el culo cuadrado de estar tanto tiempo sentado y en cuanto bajé del camión, lo primero que hice fue estirar brazos y piernas. Me llevé una buena sorpresa al ver árboles por fin. Un frondoso bosque se hallaba a mi derecha, algo sombrío por la oscuridad que lo rodeaba, pero al fin algo de vegetación. Había empezado a preocuparme pensando que nos habíamos cargado el planeta, y yo sin saberlo.
Abrí la puerta de atrás y Scotty saltó sobre mí como si hubiera sido empujado por un resorte.
—¡Ahh, Scotty, Scotty, no! — me tiró al suelo, ladrando y gruñendo, echándose encima de mí y empezando a chupetearme toda la cara con su enorme lengua. — ¡Argg, Scotty, que asco, que asco!
—¡Te lo mereces, mal dueño! ¡Sabandija, marica desagradecido! ¡Tienes suerte de que me gusten las perras, que si no montaba tu pierna, canalla! — me gruñó. (En realidad, dijo ¡Guau, guau, grrr!) y salió corriendo como alma que lleva el diablo hacia los árboles, dispuesto a marcar territorio. Suspiré, asqueado con toda su baba recorriéndome la cara. Me la limpié con el brazo. ¡Qué asco! Oí a mi perro ladrar a lo lejos, levantando la pata frente a unos árboles. Parecía estar riéndose. ¡Maldito chucho! Se parecía demasiado a su segundo dueño…
En fin, yo también me acerqué a los árboles, alejándome del camión de Hank para echar una meadita. Menos mal que había parado, porque ahora que me daba cuenta, iba a estallar de las ganas que tenía. Debía de ser por la cerveza.
Me desabroché la bragueta, me la saqué y empecé a descargar mientras soltaba un bostezo. Hum… dos horas y media todavía para llegar, ¿Pero cuánto había dormido? Había subido al coche sobre las cuatro y ya era de noche, así que serían más de las siete, quizás las ocho o más. El cielo estaba totalmente oscurecido. ¿Tanto se tardaba de Leipzig a Nümberg? Hacía rato que deberíamos haber llegado…
Fue entonces cuando lo vi, y si no fuera porque lo vi cuando ya estaba descargando, seguramente me hubiera meado encima. Creo que la meada incluso se me cortó cuando vi aquel enorme cartel frente a la carretera, esperando a ser leído, delante de mis narices.
Stuttgart 3 Km
Me quedé petrificado. ¿Cómo que Stuttgart? Y mirando por encima del cartel, a lo lejos, incrédulo, pensando que quizás alguna panda de graciosillos había borrado dos ceros a la derecha de ese enorme tres descolorido, me encontré con las luces encendidas de una enorme ciudad que se avecinaba al final de la carretera.
¿Cómo? ¿Có… mo? ¿CÓMO?
Me puse blanco, como la cera, antes de ponerme verde y las manos me temblaron tanto, que sentí como acababan siendo salpicadas por mis propios fluidos impuros.
—¡Ah, joder, que asco! — grité en cuanto me di cuenta, sacudiendo la mano de un lado para otro mientras me volvía a abrochar la bragueta.
Stuttgart, tan cerca, a solo media hora andando. No podía ser ¿verdad? Pero… ¿Cómo? ¡Pero si Hank me llevaba a Nümberg! ¿no?
Estaba contrariado, así que me di la vuelta para pedirle explicaciones al gordinflón cuando de repente, el camión arrancó delante de mis narices. Observé con las cejas muy alzadas como el camión cogió velocidad enseguida y salía espantado de allí.
—Pero… ¿Qué demonios…?
—Grrr… — gruñó Scotty a mi lado, y de repente salió escopeteado detrás del camión. «¡Corre imbécil, que se va sin nosotros!». Estaba totalmente absorto, sin reaccionar, y solo oyendo los profundos ladridos de mi perro me hice una ligera idea de lo que pasaba.
¡Me cago en ti, gordo de mierda!
¡No, no, no, no, no, no! Salí disparado detrás del camión gritando como un loco, híper-ventilando en menos de setenta metros.
—¡Hank! ¡HANK! ¡Para, para, no me dejes atrás, joder! ¡HANK!
—¡Corre gordo de mierda, porque como te pille te voy a meter tal bocado en los huevos que los vas a tener que usar para jugar a las canicas! — ladraba Scotty, mucho más amenazador que yo.
Entonces, el cabrón de Hank, al cuál no se le puede atribuir otro nombre que mamonazo astuto, sacó el brazo por la ventanilla y me hizo un corte de manga mientras su risa estridente retumbaba a lo largo y ancho de la carretera.
—¡Vuelve a casa con tu padre, pringado! ¡Y dale las gracias por tu maleta y tu mochila! — y se reía el cabrón. Es decir, que yo… yo…
¡Me han timado!
Y en ese momento tan crucial, pisé mal la mal trecha carretera, me doblé el tobillo y caí al suelo de boca. Me hice daño, sí. Sentí la boca pastosa llenándose de arena y el óxido de la sangre.
—¡Puag, puag…! — escupí asqueado y con la respiración acelerada y el corazón a ciento cincuenta, alcé la cabeza y observé como el camión desaparecía a lo lejos, rumbo a Stuttgart, adentrándose en ella en un abrir y cerrar de ojos. Y yo me quedé solo, en la oscuridad de la carretera, en el suelo arenoso, con la mirada clavada en la ciudad de las tinieblas gobernada por el demonio más feroz y temible que alguna vez había podido pisar la tierra. En menos de un minuto, Scotty volvió a mí, resoplando y un escalofrío me subió por la espalda al darme cuenta del lío en el que me había metido.
Acabo… acabo de… de quedarme solo.
Estoy solo en el mundo y me han robado mis únicas pertenencias y mi dinero. La comida de Scotty y el agua. Solo tengo cincuenta euros en un bolsillo del pantalón y dos móviles. El mío en el bolsillo delantero y en el trasero… el de Derek.
Las manos me temblaban por el simple hecho de saberlo. Me había quedado solo y no tenía muchas opciones. No tenía ni comida ni agua y el dinero me escaseaba. Ahora sí que era pobre ¿Verdad? Todo el dinero que prácticamente le había robado a mamá para ir tirando, en metálico, estaba dentro de mi mochila y en la maleta, las cuales había dejado en el asiento del copiloto del camión de Hank, y era mucho, mucho dinero. Ahora estaba en la calle. No podría pagarme ni un hostal con lo que llevaba en los bolsillos. Tendría que dormir en la calle como un vagabundo. Yo nunca había dormido en la calle como un vagabundo y aunque fuera verano prácticamente, por las noches hacía frío. Yo tenía frío.
Y empezaba a tener hambre.
—Scotty… ¿Qué hacemos? — Scotty sacudió la cabeza y se sentó en el suelo, con la cabeza muy alzada.
—¿Y a mí qué me cuentas? ¡Si solo soy un perro! — pareció querer decirme con ese simple gesto y por supuesto, tenía razón. Era yo el que se había escapado de casa arrastrándolo conmigo. Tenía que decidir yo, no él. ¡Si solo era un perro!
Suspiré. Tenía miedo. Nunca me había sentido tan indeciso, sin saber qué hacer, hacia dónde ir, cuál debería ser mi próximo movimiento para no… no morir. Nunca había tenido que hacerme esas preguntas y, al hacérmelas, sentía miedo, porque eran la prueba de que ahora estaba solo y debía tomar mis propias decisiones completamente solo.
Eché de menos a mamá en esos momentos, pero enseguida me olvidé de ello. Saqué el móvil que Derek me había dado y observé la pantalla. Vaya… un gran dibujo la iluminaba por completo.
Ánimo, marica.
Estaría hecho por ordenador, repleto de colores vivos y aunque fuera por un detalle tan simple como ese, sonreí. Ya no me sentía tan solo.
—Vamos Scotty. — me levanté del suelo, sacudiéndome la arena del cuerpo y mi perro me miró con curiosidad. — Iremos a Stuttgart, recuperaremos el dinero aunque tengamos que desinflar a ese gordo de toda su grasa como a un saco de boxeo y luego… nos iremos de allí cagando leches. — Scotty ladró, conforme, poniéndose a cuatro patas y moviendo la cola, deseando entrar en acción. — Lo único que tenemos que hacer es esquivarle a él, a tu segundo dueño. No podemos dejar que el diablo nos cace. — y dicho esto, tragando saliva, nos dirigimos hacia Stuttgart con decisión… la cual nos duraría poco.
.
By Tom
Pasear con el coche por una ciudad como Stuttgart a esas horas de la noche podría considerarse peligroso, aunque para mí no había peligro, al menos mientras yo estuviera dentro del coche. Todo el mundo sabía que el único Cadillac todoterreno de todos los barrios bajos era mío, que me costó años conseguirlo y que si alguna vez le ocurría algo, no solo moriría la persona que yo relacionase con ser la posible causante de su destrozo, si no también la gente que la rodeara y sus propias propiedades, su casa, sus muebles, su ropa… lo cierto es que en los barrios bajos de Stuttgart uno no podía presumir de tener mucho más que eso, pero fuera lo que fuera a lo que le tuviera el más mínimo aprecio, desaparecería. Incluidas sus pelotas.
Pese a que era casi inmune allí, no me gustaba sacar mi coche a relucir en los barrios bajos, porque por muy controlado que lo tuviera todo, algo siempre podría descontrolarse. Así que si encontraba a Bill pululando por allí, lo mataría yo mismo por obligarme a pasearme por esos barrios de mierda montado en mi coche para buscarlo.
Por un momento se me pasó por la cabeza la posibilidad de pedirle a Ricky y compañía que se organizaran para ayudarme a buscar, pero enseguida se me fue de la cabeza. Si alguien que no debía se enteraba de que buscaba a una persona en concreto, podría armarse una cacería en toda regla y si Bill estaba aquí de verdad, desentonaría demasiado. Sería el objetivo de cualquiera, hasta de los miembros de mi propia banda. Se lo comerían en cuestión de segundos.
Pensar en eso solo conseguía ponerme tenso y me impedía pensar con claridad. ¿Qué debería hacer en semejante situación?
—Irhggg… jum… ju-ju… jum… jijiji… — apreté el volante con fuerza. Si hacía rato que había empezado a perder la paciencia, ahora simplemente se había desvanecido.
—¿Qué debería hacer, eh? — le pregunté, a él. El Muñeco macabro, de pesadilla, no se había desvanecido ni un momento, no, claro que no. En ese instante se hallaba sentado a mi lado, en el asiento del copiloto, y los hilos que ataban su boca deforme se contraían con cada risita que soltaba, obviamente burlesco. — Tú lo sabes. ¿No tienes boca para hablar? Oh, claro… más que boca tienes una alambrada entera. — gruñí, y el Muñeco siguió riéndose, con más fuerza esta vez. — Bill podría morir. — él se encogió de hombros, con indiferencia, pero dejó de reírse. Giré en una rotonda, adentrándome en el barrio pijo, el alto y cuando volví a mirar al Muñeco, notando como su mano destrozada me agarraba de la camiseta intentando atraer mi atención, él me señaló mi móvil, solitario sobre el salpicadero. Suspiré. — ¿Qué lo llame, eso quieres? — el Muñeco se me quedó mirando en silencio, como si no hiciera falta respuesta a esa pregunta, y lo cierto es que desde luego, no. No hacía falta una respuesta.
Yo sabía muy bien lo que tenía que hacer, pero había preferido no recurrir a ello. Sabía que marcando un simple número de móvil conseguiría toda la información que quisiera, porque estaba casi seguro de que el propio Bill no me la negaría. Al menos, no a mí.
Le di dos vueltas enteras a la ciudad antes de decidirme. Si estaba en Stuttgart, así no conseguiría encontrarlo nunca y si no me daba prisa, puede que para entonces fuera demasiado tarde. Acabé deteniéndome en un aparte del barrio pijo, justo al lado de un grupo de unas diez o doce personas que montaban una pequeña fiesta de alcohol sobre el césped artificial del parque. Me bajé del coche para que me diera un poco el aire, cansado del climatizador del coche. Salí con el móvil en la mano y acabé apoyando la espalda sobre la puerta delantera, cansado, pensando.
Nunca había estado tan indeciso como en ese momento.
—Oye, oye… ¿Ese de ahí no es…?
—¿Tú eres tonto? ¡No lo señales!
—Es de los barrios bajos, ¿Verdad? ¿Qué hace aquí?
—Igual viene a atracarnos, se nos acerca y nos saca una navaja. ¿Por qué no nos vamos?
—No parece muy peligroso.
—¿Bromeas? ¿No lo conocéis? ¡Es Tom!
—¿Quién?
—¡No me jodas! ¿Ese? ¡Qué mal royo!
—Ahora sí que creo que deberíamos largarnos.
—¡Bah, que gilipollez! ¿Ese es el que arma tanto barullo en los barrios bajos, el que todo el mundo teme? ¡Yo puedo con ese y dos más como él!
—Te aplastaría con un solo dedo.
—¡Que lo intente!
—¡No habléis tan alto, a ver si se va a enterar y va a venir buscando camorra! — esa era la conversación que tenían los ebrios chicos y chicas de los barrios altos durante una fiesta de alcohol, o al menos esa era la conversación que tenían cuando me veían desde lejos.
Yo podía estar pendiente de las dos cosas. En pensar si hacer caso del Muñeco y llamar a Bill, y a la vez, ser consciente de lo que tramaba la pandilla que tenía en frente. Cuando aprendías a dormir con un ojo abierto por si acaso alguien se te avecinaba encima mientras dormías, tener la mente en dos lugares al mismo tiempo no te resultaba un gran problema. Un simple instinto básico de supervivencia que solo algunos poseían y que, por ejemplo, los niños de los barrios altos ni sus familias nunca alcanzaría a dominar.
—Pero para ser de los barrios bajos está muy bueno ¿No crees?
—¡Tía, que tienes novio!
—¿Y? Eso no cambia que esté como un queso. ¿Crees que si le digo algo me prestará atención?
—No sé. Puede. He oído que se ha follado a media ciudad.
—¡Pero no te arriesgues idiota! Es un tío muy chungo.
—Oh, ¿pero tú no decías que podrías con él y con dos más iguales?
—Sí, pero…
—Oye ¿Y si le invitamos a que venga a tomarse algo con nosotros?
—¿Qué? ¿Te has vuelto loca? ¿Hoy te ha dado por regalar o qué? Con el otro del perro también…
—¡Oh, ese también estaba bueno!
—Era una monada.
—¡Sí, una nenaza!
—¡Pero qué dices! ¡Era guapísimo y tenía un pelazo precioso!
—Y esa carita tan mona, así, maquilladito y todo.
—Sí, parecía un muñeco…
¿Muñeco? Alcé la cabeza enseguida, como si la palabra mágica para hacer reacción con el mecanismo cansado de mi cuerpo me hubiera despertado. Los miré, acaparando al grupo entero entre ceja y ceja y centrando toda mi atención en él.
—Oye, está mirando hacia aquí.
—¿Qué hacemos? ¿Querrá algo?
—No sé. No lleva ninguna navaja ni nada ¿no?
—Mientras no se acerque… ¡Mierda!
—¡Viene hacia aquí!
—¿Qué hacemos? ¿Nos vamos?
—¡Idiota! ¿No eras tú el valiente?
—Sí, pero…
—Es guapísimo…
—¡No me jodas ahora tía, que viene!
—¿Y si viene buscando pelea?
—¡Yo no tengo ahí nada que ver, eh! — y en menos de siete pasos largos, ya se habían puesto histéricos y se habían apiñado unos encima de otros mirándome como si les fuera a amenazar con una bomba. Los efectos secundarios de ser capaz de sobrevivir en un ambiente inadecuado, supongo.
Me planté frente a ellos, que se habían quedado mudos de repente y me miraban como si fuera la personificación del diablo. Los chicos delante de las chicas, intentando protegerlas de un ataque que consideraban inminente. Al menos crecía algo de nobleza entre tantos lujos.
—Estoy buscando a alguien. Un chico… y creo que vosotros lo habéis visto. — solté, sin más. Se miraron unos a otros desconcertados y yo me saqué las manos de los bolsillos, guardando mi móvil dentro de ellos, con las manos vacías, solo para que no se pusieran nerviosos creyendo que tenía algo afilado en ellas.
—¿Un… chico? ¿Qué clase de chico? — se atrevió a preguntarme una de las chicas. Sus guardaespaldas le dirigieron una mirada furibunda, como si acabara de cometer un gran error.
—Más o menos de mi estatura, muy delgado, con el pelo largo y negro y probablemente maquillado. Es posible que su forma de vestir resulte algo extravagante. Es muy blanco de piel y tiene la cara muy fina. Puede que también llevara las uñas pintadas de negro. ¿Os suena? — las chicas se miraron entre sí, un poco confundidas. Los chicos se mantuvieron bien alerta. — Ah… y puede que os recuerde a un muñeco por su… llamémoslo fragilidad.
—¿Un muñeco? — las chicas asintieron al unísono.
—Tiene que ser el chico de antes, no puede ser otro. Era demasiado único. — si lo consideraban único además de un muñeco, no cabía duda de que solo podía ser él.
—Iba con un perro grande, un labrador creo que era, y nos preguntó si sabíamos dónde descargaban los camiones sus mercancías en Stuttgart. Una pregunta muy rara ¿no? — ¿Un labrador? ¿Se había traído a Scotty?
—¿Y vosotros le dijisteis dónde descargan?
—Sí. Al final de la calle Schriftsteller ¿No? — hice una mueca con la boca.
—Eso está al lado de la estación de trenes, casi al final de los barrios bajos. ¿Lo habéis mandado para allá? — las chicas volvieron a mirarse y asintieron con la cabeza, tan tranquilas. — ¿Y no le habéis advertido ni siquiera cómo son los barrios bajos? — ellas se miraron por un momento con el ceño fruncido, tragando saliva. Parecieron darse cuenta en ese instante del error tan funesto que acababan de cometer al no advertirle.
Suspiré, con los ojos en blanco y di media vuelta, andando de nuevo en dirección al coche.
—Tenéis suerte. Tengo prisa, si no la tuviera, igual os destriparía por anormales. — nadie se atrevió a replicar, al menos no hasta que creyeron que no podía oírles. Me metí en el coche y saqué el móvil de los bolsillos de los pantalones. Sentí mi cuerpo estremecerse al abrir el teléfono y ver el fondo de pantalla que hacía meses que no veía. Bill y yo. Él rodeándome el cuello con los brazos, recostando su cuerpo sobre mi espalda, con la cabeza apoyada en mi hombro y nuestras mejillas muy pegadas, con un gesto totalmente meloso, sonriendo a la cámara. Yo intentaba fingir distracción, aunque la sonrisa seguía ahí, plasmada, delatándome como un estúpido sentimental. Estábamos compartiendo la misma bufanda y casi el mismo abrigo. Se veían algunos copos de nieve cayendo sobre nosotros y empañando la cámara. Recuerdo perfectamente ese día sobre todo porque hacía un frío de cojones y yo quería quedarme en casa, probando mi guitarra nueva, calentito por el calor de la calefacción, pero Bill me pidió, casi me suplicó que lo llevara en coche al centro para comprar los regalos de Gus, Georg y Simone. ¿De dónde había sacado el dinero para más regalos? Todo un misterio, pero sospechaba que con esa carita de muñeco podía obrar milagros aunque fuera pidiendo limosna.
Lo llevé, y fue la tarde más agobiante de mi vida. Ni siquiera tras tres días de incontrolada juerga sin descanso había acabado tan agotado y mareado, con tantos escaparates y tanta ropa y complementos, y bolsos, y zapatos y botas y… buff… Bill no iba de compras solo para comprar lo que tenía previsto llevarse consigo. Si no veía a fondo todas y cada una de las tiendas que había a su alrededor cinco o seis veces y no volvía locos a los dependientes probándose esto y lo otro y pidiéndoles eso otro, no se quedaba tranquilo. Ese día hubiera jurado que cuando entramos en las tiendas y los dependientes se fijaban en Bill por un instante, se ponían blancos como la cera y enseguida corrían hasta la otra punta de la tienda. La primera vez me mosqueó esa actitud tan poco profesional, después, los compadecí sinceramente.
Nos hicimos las fotos fuera del centro comercial, por fin, después de invitarle a comer, cargados los dos con bolsas de no recuerdo exactamente qué. Esa tarde me pareció toda una novedad. Ir de compras, hincharnos de hamburguesas en el Mcdonald, (atragantándonos en una competición por ver quién de los dos comía más deprisa), más compras, fotos y cine que pagamos para nada, pues en cuanto nos sentamos en las butacas, casi al principio de la película, Bill se quedó completamente frito sobre mi hombro. Yo no, era una de las películas de acción que tantas ganas tenía de ver, con mafias, gente peligrosa, negros chungos con pistolas, un prota seguro de poder acabar con el rey del crimen fácilmente con su enorme pipa quitándose de en medio a todos los que se interponían en su camino, y una morena explosiva, provocativa y enigmática que acompañaba al bueno con una pipa más pequeña, pero igual de efectiva.
En realidad no vi casi nada de la película, porque Bill se despertaba cada dos por tres y me empezaba a preguntar como un niño chico cuánto quedaba para el final, que le aburría, que estaba cansado y quería irse a casa, que tenía sueño y que las tetas de la tía buena eran de silicona pura.
Al salir del cine, nevaba. Bill tenía puesta una bufanda enorme que se había comprado esa misma tarde y me rodeó el cuello con ella en los jardines del centro comercial, pegándome a él con la excusa del frío que pasaría tan desabrigado, y lo cierto es que me estaba congelando, aunque no tuviera por costumbre quejarme. Acabamos despatarrándonos en el césped de los jardines, viendo los copos de nieve caer con las bolsas desperdigadas a nuestro alrededor y entonces, Bill empezó a sacar fotos con el móvil, pillándome desprevenido. Las primeras habían sido una bazofia, un revuelo de caras y extremidades en movimiento mal enfocadas. Después de hacer un video de lo más cutre pero divertido en el que aprisioné a mi Bill debajo de mi cuerpo, forcejeando de broma, gravándole revolviéndose debajo de mí y gritando «¡Violador, que me viola, que me viola, pervertido!», empezó la sesión de fotos de verdad. Creo que Bill está hecho para la cámara de tan fotogénico que resulta.
Nos hicimos alrededor de cincuenta fotos en los jardines, abrazados o poniendo caras divertidas y raras. También teníamos algunas fotos besándonos al lado de la fuente que con el frío que hacía, no funcionaba, intentando imitar la escena final de la película que habíamos visto a la mitad, donde los protagonistas acababan besándose apasionadamente frente a una fuente que lanzaba chorros plateados bajo la luz de la luna llena.
Nuestro escena no fue tan espectacular, pero al menos podíamos decir que no estábamos actuando frente a una cámara mientras nos comíamos la boca. Recuerdo que Bill incluso salía con una pierna levantada hacia fuera para hacer la gracia, burlándose de la tetona de silicona protagonista.
Esa fue nuestra película… una lástima que no tuviera un final feliz y lo cierto es que aunque uno de los protas necesitara la ayuda del otro de nuevo, yo no estaba dispuesto a comenzar una segunda parte.
Por eso, en lugar de marcar su número de teléfono para contactar directamente con él, simplemente escribí un mensaje.
No quería escuchar su voz por nada del mundo.
Continúa…
Gracias por la visita. No te vayas sin comentar.