Encadenado 3 (P.2)
Muñeco by Sarae. Temporada III
Capítulo 3 (P.2)

—¿Te importa acaso?

No, pero si lo hubieras hecho ahora serías feliz, tu madre sería feliz, tu padrastro sería feliz, tus amigos serían felices, todo el mundo sería feliz… ha sido un error muy estúpido por tu parte, Bill. Un error que vas a pagar caro. Estás en la boca del lobo y aún no tienes ni idea de ello y yo te estoy dando una puñetera oportunidad para escapar airoso de todo y tú la desprecias como si no valiera nada. Nunca pensé que fueras tan gilipollas, Bill. Te creía un poco más listo y ¿Sabes qué? No voy a protegerte, Bill. No voy a dar la cara por ti. Si te quedas… vas a estar solo. ¿Cómo pretendes sobrevivir aquí estando solo, eh? ¿Cómo? — no contesté porque no tenía ni idea. Había visto cosas la noche anterior, sí… pero en Stuttgart nadie me conocía, nadie podía criticarme, si alguien me decía pervertido no lo diría con razón porque no sería plenamente consciente de ello. Comparándolo con Hamburgo… Stuttgart salía ganado por su discreción. 

Tom me zarandeó un poco. Pegó su boca a mi oreja y su nariz a mi pelo y suspiró, aspiró el olor de mi pelo como si desprendiera el olor de una flor maravillosa y lo saboreó. Se me erizó el vello de la nuca cuando sus dientes me mordisquearon el lóbulo de la oreja con saña, dejando plasmadas en ella unas marcas rojizas que luego chupó. 

—Ahh… — gimoteé, sorprendido. 

—Ahora… vas a bajar hasta mi cuarto, vas a coger la poca mierda que has traído contigo, vas a coger a tu perro, vas a coger el dinero que yo voy a darte y me vas a acompañar hasta la estación de trenes… luego, vas a coger un tren hacia Hamburgo y no vas a volver nunca más. ¿Verdad que vas a hacer eso, Bill? Dímelo… 

Pervertido… pervertido… pervertido… pervertido… pervertido… pervertido… 
Bill, eres un enfermo.
¡Pero que asco de tío!
Alguien que hace esas cosas debería estar en la cárcel. 
¡Ingresado en un manicomio!
Bill, cariño, come algo por favor. 
Bill, es tu madre, hazle caso. Solo quiere lo mejor para ti, está muy preocupada. 
¡Nada de cuchillas en casa! Es por tu bien, cielo. 
Soy tu psiquiatra, chico. Vendré a verte todos los días hasta que te den el alta y cuando salgas, tú tendrás que venir a verme a mí, así que es mejor que nos llevemos bien.
Son antidepresivos. Tendrás que tomártelos a partir de ahora. 
¿Por qué? ¿Por qué mi niño, mi precioso niño… por qué ha hecho esto? ¿No le presto suficiente atención? ¿Soy una mala madre? 
Si no comes nada te vas a morir. 
Estás en los huesos. 
¿Vas a volver hacerlo? Prométeme que no vas a volver a hacerlo. 
Bill, tío, somos tus amigos, somos tus… ¡Tus hermanos de verdad! No como ese…
Toda la culpa la tiene Tom, no tú, ¿Por qué no se lo dices a tu madre? ¡Ella lo entendería! 
Se ha estado aprovechando de ti. 
Apuesto lo que quieras a que podrías denunciarlo por agresión sexual. 
¡Ya sé que no te ha agredido, pero podrías denunciarlo igual!
Sería una buena manera de romper con todo ¿no?
Pervertido… enfermo… 
Prefiero que no salgas de casa por ahora, al menos no solo. 
¡Gordon, ayúdale a afeitarse! 
¿Podríais cuidar de él mientras yo no estoy? 
No me toques, maldito enfermo. 

Pervertido… eres un pervertido… en un manicomio…

—No… — hice acopió de valor y fuerza de voluntad para mirarle a la cara, rogarle con la mirada, buscando un ápice de comprensión en sus ojos. No vi nada. — No puedo volver, Tom… de verdad que no puedo… ¡Tú no lo entiendes! Estás aquí de lo más tranquilo sin nadie que te critique, que te eche en cara tus errores y que te ate a una vida enganchado a antidepresivos, sin salir a la calle, teniendo que ser vigilado siempre por algún desconocido. ¡A ti no te tratan como a un loco, pero a mí sí! ¡No me dejan vivir y yo solo quiero vivir, aquí, allí, dónde sea, pero quiero vivir! — y tal y como lo supuse, Tom no lo comprendió. O quizás quien no lo comprendió fui yo. Él me agarró de la barbilla y apretándome la mandíbula con los dedos hasta hacerme callar, me obligó a presentar batalla contra sus fieros y afilados ojos, iguales a los míos en forma y color, pero tan diferentes en referencia a lo que expresaban… rozó su nariz con la mía, suspirando con agresividad contra mis labios cerrados.

—Has perdido tu última oportunidad. Ahora estás solo, ahora no tienes a nadie y ahora… te voy a destruir…

—No… 

—Sí, sí… te voy a destruir, voy a hacer que te arrepientas, que llores, que desees no haber llegado nunca a parar a esta ciudad de mierda, que desees no haber conocido nunca a tu hermano, que desees estar muerto antes que tener que salir a la calle. Voy a hacerte sufrir como nunca lo han hecho en tu vida. Vas a suplicar… sí… vas a suplicarme que pare… — los sollozos empezaron a emanar de lo más profundo de mi garganta. — ¿Y sabes qué más? Voy a jugar contigo…

—No… eso no… 

—Sí, voy a jugar contigo te guste o no, quieras o no, ¡En esta puta ciudad la ley soy yo y la ley no está de tu parte, Billy, esta vez no, esta vez te toca a ti seguir mis leyes, esta vez te toca a ti obedecer y callar! Esta vez… te toca a ti ser jodido y gritar… esta vez eres tú el que está solo… y hay más…

—¡No quiero más! 

—¡Hay más! — Tom sonrió. Me restregó sus fríos y ásperos labios a lo largo de la mejilla, empapándolos con mis lágrimas. ¡Estaba sonriendo! — Por las noches… durmiendo en tu cama… ¡No, ni siquiera vas a tener cama, vas a dormir en el suelo como los perros! Aún así, no vas a poder escapar de mí… sabes que va a volver a pasar, Bill… sabes que cuando me dé la gana, volveré a follarte… — soltó, con toda la resolución del mundo, como si fuera una regla indiscutible. Sentí como se me erizaba la piel intentando esquivar su maldita boca, como un gato enrabietado. Le arañé el cuello y mis dientes chirriaron de pura rabia… 

—Te odio, te odio, te odio, te odio, te odio, te odio, te odio…

—Puedes odiarme todo lo que quieras. — y me besó, no, más bien me mordió con pura saña los labios, me los acarició con la lengua y me mordió el labio inferior hasta que sentí el maldito sabor metálico de la sangre derramarse por mi barbilla. 

—¡Hum! — me apartó a la menor muestra de resistencia empujándome con tanta brusquedad, que me tiró al suelo de nuevo, bocabajo. Y ya no me levanté. Solo fui capaz de desear su muerte a través de mis ojos y deseé que captara el mensaje de cuanto lo odiaba en aquel momento con solo mirarme a la cara. Si captó el mensaje, no pareció importarle en absoluto… y eso fue lo más doloroso de todo. 
Yo no quería, ya no era su Muñeco, ya no me dejaba manejar por él y aún así me había hecho acabar igual que siempre, bocabajo, a sus pies, con el labio partido, las lágrimas corriendo y el odio respaldado por el amor latiendo en cada parte de mi cuerpo. 

Del amor al odio y viceversa solo hay un paso… y es verdad. 
Tom dejó de sonreír al mirarme a la cara. Se levantó y me dio la espalda sin decir nada, andando hasta la puerta con pasos agigantados. De repente parecía tener prisa por largarse. 

—Lo haré solo para humillarte, Bill. 

—¿Qu-qué…? 

—Si te toco de una manera diferente a esta, si te beso, si te acarició, si te follo… solo será para humillarte. Así que… — abrió la puerta y pude ver como me mostraba sus dientes en una sonrisa resplandeciente justo antes de salir. — … no te hagas falsas ilusiones. 
Y… se fue…

No había una cosa que odiara más de mí mismo que el hecho de ser tan débil. Soy esquelético, tengo problemas alimenticios, problemas nerviosos, problemas de autoestima, problemas del corazón, problemas de falta de confianza, problemas no me faltaban… quise arrancarme la piel a tiras. No quería que Tom intentara nada conmigo. Era extraño, pero ahora que había conseguido llamar su atención, yo no la quería. Prefería pasar desapercibido, dejar de ser deseado por él, así no tendría que hacer el esfuerzo de intentar esquivarle, así no tendría la tentación cara a cara. 
De repente, no quería que Tom me tocara. Al menos no este nuevo Tom que tanto asco me daba. 

Miré mis muñecas desnudas. ¿Dónde había dejado mis muñequeras? No importaba. Intenté reflexionar sobre mi estúpido comportamiento observando las cicatrices de mis muñecas y lo único que conseguí fue sentirme culpable, miserable y horriblemente humillado. Soy estúpido. Quiero desaparecer, quiero…
Y me corté. Miré el corte limpio que acababa de hacerme en el brazo, un simple arañazo con las uñas medio estropeadas, sin querer. No me había cortado queriendo, desde luego, no era tan masoquista. Observé embobado un finísimo hilo de sangre escurriéndose por mi brazo. Era tan fino que casi era invisible y analicé su fluir a través de mi piel, esquivando los surcos de lágrimas que habían bañado mi carne. Lo miré durante un buen rato, hasta que se fundió con las lágrimas y desapareció, dejando solo una diminuta marca intacta en mi brazo. Suspiré. Las lágrimas habían desaparecido al igual que la sangre y la ansiedad. 

¿Qué debería hacer? ¿Quedarme en la habitación polvorienta y no salir fuera? No sabía con qué cara debía mirar a Tom después de eso, por mucho que mi padre estuviera delante, lo cual no era posible, porque lo había mandado a freír espárragos hacía unas horas. ¿Entonces? ¿Qué hacer? Podía bajar e ignorar a Tom simplemente, encerrarme en su cuarto con Scotty… ¡Oh, mierda, estaría muerto de hambre! Solo había conseguido ponerle un poco de agua esa mañana y nada de comida, porque no tenía nada. Podría darle las sobras pero… ¿Qué sobras? Y entonces me di cuenta de que yo también tenía hambre. Poca, pero tenía ganas de dar un bocadito a algo, aunque fuera solo eso. Debía bajar a por algo aunque a juzgar por lo vacía que estaba la nevera esa mañana… ¿Es que nadie se ocupaba de hacer la compra o qué? ¡Yo no podía hacer eso también! ¡Mierda, también tenía que llamar a mamá desde una cabina para tranquilizarla! ¿Y de dónde sacaba yo una cabina? No puedo llamarla desde el móvil por que si se da cuenta de que lo tengo encendido me lo petara a llamadas. 

Y Tom, esa noche… o cualquier otra… ¡Argg, que estrés! ¡El maldito capullo me acabará pegando el sida! 
No quiero ser tocado por él otra vez… no de momento… 
Suspiré. Mi mente era un caos total e intenté poner algo de orden de por medio. Hice mentalmente una lista de mis opciones.

Opciones

Volver a Hamburgo y enfrentarme contra toda la ciudad — ¡Descartada!
Quedarme en Stuttgart y aguantar hasta donde pueda — Acertada. 
Irme a cualquier otro sitio robándole… ¿Dinero a Tom? — Me mataría y si no me tenía a tiro, me buscaría para matarme.
Bajar a la cocina para buscar comida para mí y para Scotty, aún a riesgo de encontrarme con Tom y ser violado por él. — Hum… podía aguantarme sin comer hasta mañana. 
Esperar en esta habitación polvorienta hasta el día siguiente. — La idea no me hace ni pizca de ilusión, pero ¿Qué otra opción hay? 
Llamar a papá. — Además de que no tengo su móvil y de que poco serviría que viniera para intentar controlar a Tom, tendría que bajar a por mí móvil.
Llamar a… ¿Derek? — Oh… Derek… ¡Sí, sí! Era la persona con quién más ganas tenía de hablar pero… el móvil de Derek y el mío seguían abajo. 
Arriesgarme y desobedecer a Tom — ¿Eh? ¿Qué clase de opción era esa?

Mis ojos se cruzaron inmediatamente con la caja que había a mí izquierda, la única que no había explorado a fondo. Analicé mis posibilidades y las posibles consecuencias de las mismas, pero como inevitablemente soy un poco masoquista y la curiosidad que mató al gato fluye a través de mis venas… además, ¿Qué otra cosa iba a hacer si tenía que aguantar una noche entera encerrado en esa polvorienta habitación? Y si lo volvía a dejar todo bien colocadito antes de que Tom volviera, no tendría por qué darse cuenta ¿no? 

Observé la caja de lejos, abierta. Me estaba tentando para vaciarla sobre el suelo y ponerme a curiosear… tragué saliva. Tom me había pegado y yo ¿Me acobardaba? ¿Desde cuando? De alguna manera tenía que devolvérsela.
Me incliné hacia delante y gateé sigilosamente hasta la caja y una vez frente a ella, miré de izquierda a derecha, como si temiera encontrarme una cámara en algún rincón de la habitación. No encontré nada así que con el corazón acelerado, saqué el primer álbum de fotos. Ojeé la cubierta. No había nada escrito en él. Estaba lleno de polvo. Tragué saliva y directamente, dejando mi mente en blanco, lo abrí. Esperé encontrarme con una foto de alguna chica desnuda, atada violentamente y abierta de piernas de manera grotesca, pero en su lugar encontré algo totalmente opuesto. 

Un niño de nueve años, con el pelo revuelto, un manojo de rastas revueltas sueltas de un color entre marrón y rubio sucio que le llegaban hasta los hombros. Tenía una cara muy fina, muy femenina, muy delicada y morenita, el cuerpo pequeño y delgado cubierto con esa ropa tan ancha que siempre usaba, bastante vieja y rota. Los pantalones estaban rasgados. Tenía la mejilla un poco amoratada. Sus brazos eran como dos palillos, tan fáciles de romper… ya por esa época el piercing del labio relucía en su boca ¡Tan pequeño! Tom… inconfundible. Y una mujer de unos ¿Treinta? Pelirroja, no… su color de pelo era difícil de clasificar, de un tono rubio anaranjado parecido a la zanahoria, pero más claro, con la cara llena de pecas y los ojos relucientes, no sé de qué color. No alcanzaba a definir ese detalle por la poca claridad de la foto. Sonreía… tenía una sonrisa bonita y alegre. Lo que me pareció más impresionante de todo es que abrazaba a Tom, con total confianza, con cariño y sin miedo y Tom… parecía cómodo, con la espalda un poco tensa, pero cómodo. Tuve que fijarme mucho para analizar la expresión de su cara y diría que… ¡Se sentía hasta avergonzado! Estaba un poquito ruborizado, de manera casi imperceptible pero… ¡lo estaba! Tom no sonreía, estaba muy serio y miraba con distracción hacia otro lado. Detrás de ellos se divisaba un parque pequeño y viejo, desierto, pero parque al fin y al cabo. No tuve que comerme mucho la cabeza para averiguar quién era la mujer, solo podía ser ella. Helem, la madrastra de Tom, la que estaba muerta. Vaya… Tom parecía tranquilo con ella, parecía… el mismo Tom de siempre, el de Hamburgo. 

¡Pam! 

—¿¡Dónde mierda están las litronas!? 

—¡Ah!— la puerta se abrió de golpe, al igual que yo tiré el álbum de golpe y me levanté de golpe con las manos arriba. 

—¡Coño! — y al parecer, la persona que acababa de entrar también cayó de golpe al suelo, sorprendida por mi grito. Me giré rápidamente, pálido y con las piernas temblequeándome. 

—¡No he tocado nada, te lo juro! 

—¿¡Y tú quién coño eres!? — ah… no era Tom. 

—¿¡Y tú!? 

—¡Yo he preguntado antes! — los dos nos quedamos mirándonos con cara de “¿Qué clase de circo es este?”, y nos medio analizamos. Era un tío con cara de tía, pelo corto y castaño, ojos enormes y bonitos y unas pintas de lo más callejeras. Botas militares, pantalones cortos, camiseta de tirantes… Oh, que mono… Él también me analizó y de un salto, se levantó. Me miró de arriba abajo con los ojos entrecerrados y luego a la puerta. Sonrió. — ¿Un ladrón en casa de Tom? ¡Menudo gilipollas! — se llevó una mano a la cintura y ¡Zas! Navaja multiusos apuntándome a la de tres. 

—¡Uahhh! — corrí hacia atrás en cuanto se me lanzó encima con la navaja en la mano y en menos de cinco segundos, me la puso en el cuello, de espaldas contra la pared. — ¡Ah… ah… ah…! 

—¿Qué haces aquí, ladronzuelo? ¡Nadie te ha invitado a esta fiesta, nenaza! 

—¡No, no! ¡Nonononononono! ¡Yo no soy un ladrón! — ¡Me iba a rajar, me iba a rajar! 

—¿Y quién cojones eres entonces? ¿El cartero? Venga, suelta la pasta que hayas trincado y quizás te deje escapar por la ventana. 

—¡Que no, que no! ¡Que yo no tengo pasta! ¡No soy un ladrón! — me apretó tanto la hoja de la navaja al cuello, que tragar saliva se me hizo imposible si no quería cortarme la yugular. 

—¿Y qué eres, eh? — tenía miedo hasta de contestar por si se le escapaba la navaja. 

—Soy… soy… soy Bill…

—¿Bill? ¿Bill qué? 

—Ah… 

—¡Vamos, habla o te rajo! 

—¡Kaulitz! ¡Bill Kaulitz! 

—¿Kaulitz? — el tío pareció confuso por un momento. — ¿Intentas decirme que eres un familiar de Tom? 

—Ah… soy su… su hermano… 

—¿Su hermano? 

—¡Sí, gemelo! 

—¿Me estás tomando el pelo? — cerré los ojos con fuerza, asustado, no, ¡Aterrorizado! ¡Nunca me habían puesto una navaja en la garganta, como mucho una espada de plástico! 

—No… 

—No os parecéis en nada. — pese a lo dicho, pareció replantearse eso de mantenerme con una navaja puesta en el cuello. De repente, empezó a toquetearme. 

—¿Qué… qué haces? — empezó a pasar las manos a lo largo de mi pecho y a sobarme los bolsillos de los enormes pantalones, tanto el culo como en la entrepierna, sí, la entrepierna me la sobó especialmente bien. — ¡Oye!

—¿No tienes nada encima? ¿Una navaja, un puñal, una pistola? 

—Pero ¿Por quién me tomas? ¡No soy un delincuente! — el tío se rió y menos mal, cerró la navaja y me la apartó del cuello. 

—No puede ser que el hermano de Tom sea tan descuidado como para no llevar nada encima por aquí. — suspiré, aliviado al ver como se guardaba la navaja en el bolsillo trasero de sus pantalones e incapaz de aguantar el tembleque de mis rodillas, caí al suelo de culo. — ¿Y qué puñetas hacías espiando? 

—¡No estaba espiando! 

—¿Y esas cajas qué? 

—Eh… solo estaba…

—Fisgoneando. — me ruboricé. 

—Un poco… 

—No sabía que Tom tuviera un hermano gemelo… ¡Ah! ¡Tú eres el hermano ese de Hamburgo! ¿Verdad? 

—Ah… creo que sí. — ¿Tom había estado hablando de mí? No sabía si sentirme halagado o escandalizado. 

—El pijito ¿no? ¡Sí, tienes pinta de pijo! 

—¿Pijo yo? 

—De todas formas ¿Dónde están las litronas? 

—¿Litronas? 

—Tom me ha hecho subir a por ellas, ¿Dónde están? 

—Pues… llevo media hora aquí metido y no he visto ninguna… — Oh… ¡Será cabrón! ¿A hecho subir a este tío con su navaja y su todo para asustarme?

—Pues me cago en su estampa. — empezó a mirar por todos lados, pero por suerte o por desgracia no había mucho donde mirar. — ¿Y te tiene aquí encerrado, solo? ¿Y eso por qué? ¿Le has cabreado? 

—…Sí. 

—Que putada ser su hermano. Te compadezco. — el tío me revolvió el pelo, tan pancho. Me dieron ganas de meterle una hostia, con el coraje que me daba que me tocaran el pelo. — Pero no os parecéis en nada ¿seguro que eres su hermano? Te juro que como me hayas mentido, te la corto a cachitos. 

—¡Sí que soy su hermano! 

—¿Sí? Pues demuéstramelo ¿no? 

—¿Qué te lo demuestre? 

—¡Claro! ¿No dices que sois hermanos gemelos? — se puso de cuclillas frente a mí, sonriente. Su sonrisa me recordó a la de un duendecillo travieso. —¿Eres moreno de bote entonces? 

—¿Cómo de bote? 

—Tom es rubio. Si sois gemelos, tú también tienes que ser rubio ¿no? 

—Eh… sí, soy rubio… 

—Entonces eres un moreno de bote, bien. Demuéstrame que eres rubio.

—¿Cómo? — alcé una ceja, sin entender. 

—Que me demuestres que eres rubio. Si me lo demuestras, entonces te reconoceré como su hermano. Si no, te la corto a cachitos y tiro por la ventana. — me quedé a cuadros. 

—¿Y cómo puñetas quieres que…? — la sonrisa de duende travieso se ensanchó bestialmente y yo… me quedé a más cuadros todavía. —¡Ah, no! 

—¡Ah, sí! ¡Las cejas se pueden disimular con colorante, pero lo de abajo no! Bájate los pantalones. 

—¿¡Qué!? 

—¡Que te bajes los pantalones, a ver, enséñame qué tienes ahí debajo! 

—¡No! — me puse de pie de un salto. Él se puso de pie de un salto. — ¡No voy a bajarme nada! 

—¡Venga moreno de bote! ¡No seas vergonzoso! Si sois gemelos de verdad… ¡Seguro que no tienes nada que envidiarle a tu hermano!

—¡Eso no tiene nada que ver! 

—¡Pues lo hago yo, eh! — y el muy loco me agarró por los pantalones empezando a tirar de ellos como un bestia. 

—¡Pero de qué vas! — y en un intento desesperado por zafarme, intenté darle un empujón poniéndole las manos en el pecho. Me quedé flipado cuando noté una masa de carne bien formada ocupando toda la palma de mi mano. Pero si era… ¡Una tía! Aparté la mano enseguida, ruborizado, echando humo por las orejas. Le acababa de tocar las tetas a una tía ¡Y tan tranquilo! Esperé un bofetón por lo menos, pero como si no hubiera pasado nada o como si no le molestara en absoluto que le tocara el pecho, empezó a tirar otra vez con fuerza de mis pantalones, desencajándomelos. — ¡Aaah, no, no, no, no, no! — me lo agarré con fuerza para que no se me cayeran con tantos tirones. ¡Me estaban demasiado grandes!

—¡Gritas como una tía! 

—¡Y tú como un tío! 

—¡Gracias por el cumplido, nena! — y pegó un tirón tan fuerte, que perdí el equilibrio por completo. Caí hacia atrás y cuando me golpeé el codo contra el umbral de la puerta y me acordé de que las escaleras estaban al otro lado de la misma, mi estúpida caída se gravó para mí a cámara lenta. Vi la cara de la chica observándome caer con la boca abierta, medio riéndose, tan tranquila. Vi una telaraña colgando de la esquina del techo ¡Mierda, esa se me había pasado! Noté los pantalones bajados hasta las rodillas y entonces supe a qué venía esa expresión tan propia de una flipada de la chica que me acababa de tirar por las escaleras y en el último momento, antes de golpearme la espalda contra el pico de las escaleras, noté como se me subía todo a la cabeza y me ponía rojo hasta arderme las orejas. 

¡PAM, PAM, PAM! ¡Crack! Bajé golpeándome la cabeza con cada escalón y mordiéndome el labio y la lengua con cada dentellada que daba hasta que… ¡Plaf! Mi cabeza dio contra el suelo rebotando solo como una bola de los bolos haría. El labio me empezó a sangrar. La chica, desde lo alto de la escalera, se me quedó mirando con la boca abierta, reprimiendo una carcajada. La camiseta se me subió hasta las axilas y los pantalones hasta las rodillas y con el cuerpo ardiendo de vergüenza y la cabeza a punto de estallar, un hilo de sangre empezó a descender por mi nariz ¡Una puta hemorragia nasal ahora! Me di la vuelta, bajándome la camiseta y llevándome las manos a la nariz, chorreando un borbotón de sangre, empapando el suelo recién fregado, a cuatro patas, intentando levantarme, pero cuando alcé la cabeza… veinte pares de ojos se clavaron en mí con descaro. Veinte pares de ojos pertenecientes a veinte tíos vestidos con chaquetas de cuero, con cadenas echadas al hombro, navajas en cada bolsillo y tatuajes y piercings a diestro y siniestro plasmados en miles de kilos de grasa concentrada en prominentes músculos. Tíos con cicatrices y pantalones viejos y rasgados, tíos con la botellas de cerveza a dos centímetros de la boca y todos y cada uno de ellos, mirándome con los ojos como platos, preguntándose, ¿Quién coño es este tío que intenta imitar a una fuente sangrante con los pantalones bajados por las rodillas con semejantes boxers de niño pijo Calvin Klein? 

¿Y quién estaba en medio de todo el follón, sentando en el sofá, despatarrado, tan pancho, con las piernas abiertas y una sonrisita maliciosa horriblemente seductora? 
Tom. 

¿Y qué hice yo, Bill, con una enorme hemorragia nasal, tirado en el suelo enseñando el culo a un montón de tíos con pintas de gansters americanos? 
Subirme los pantalones.

Continúa…

Gracias por la visita. No te vayas sin comentar.

por Sarae

Escritora de Muñeco

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