
—¿Cómo que follar con él otra vez?
—Ah, bueno… supongo que ya sabrás que a tu hermano le va de todo desde que volvió de tu ciudad y por lo visto pilló a Aaron con todo el calentón una vez y follaron en mitad de la calle. Solo fue eso, un polvo y al día siguiente, si te he visto no me acuerdo pero claro, el Príncipe quiere más y Tom no está muy dispuesto a dárselo. Así que para desahogar su amor no correspondido, la toma con todo ser viviente cercano a Tom que no le caiga muy allá. A mí ya me ha puesto la zancadilla tres veces hoy. — no me lo podía creer… bueno, en realidad sí que me lo creía. Tom se lo había montado con otros tíos como si nada después de dejarme tirado, mientras yo posiblemente me acostaba con Sparky pero ¡Esa no era excusa!
Fulminé a ese Aaron con la mirada y él me fulminó a mí. Saltaron chispas entre nosotros. ¡Arggg, qué mal me caía! Y eso que ni siquiera lo conocía pero… era un celoso por naturaleza, no podía negarlo.
—Pero que cerdo… — murmuré. De repente, Andreas posó su mano amigablemente sobre mi pierna.
—Pero no te preocupes, ahora mismo Tom está… digamos que comprometido.
—¿Ah, sí?
—Sí. — hum… decidí no creérmelo. ¿Tom comprometido? ¡Ja, solo sabía jugar a los muñecos!
—Pues bien por él.
—¿Vas a pasar mucho tiempo aquí?
—Supongo. — encogí las piernas y las rodeé con mis brazos, ignorando adrede al Principito aquel. La verdad es que tenía ganas de que se acercara para tener una excusa con la que descargar mi ira acumulada. Todo el trabajo que había hecho ese día, a la mierda.
—Creo que estaría guay, me caes bien y además, eres precioso.
—Gracias. — solté, sin pensar. Luego me acordé de su mano sobre mi rodilla y caí en la cuenta de que un tío, llamando precioso a otro en su cara no era algo que se veía todos los días. — Oh… quiero decir… ¡Gracias! — él se rió de mí por mi fingido entusiasmo que había sonado tan falso…
—¿Te gustan los…? — señaló con la cabeza al frente, al borbotón de tíos que gritaban y reían como locos.
—Sí… bueno… Creo que se nota.
—Sí, se nota. — por lo menos era sincero, aunque quizás hubiera preferido una mentira. ¿Tan obvio era? Oh, dios…
—¿Y a ti?
—Creo que también se nota un poco. — a simple vista… era menos obvio que yo. ¡Argg! Reservaría el numerito de loco histérico intentando arrancarse los pelos de la cabeza para más tarde, en soledad. — Ten cuidado por aquí. En Stuttgart la gente no es muy liberal precisamente.
—¿Por qué no me sorprende?
—¿Piensas quedarte mucho tiempo? Hoy se han metido contigo pero estoy seguro de que si te das un buen corte de pelo y empiezas a hacerte el simpático, tu hermano podrá llevarte con nosotros por ahí. — suspiré. ¿Cómo debería decirle que no me interesaba salir por ahí con semejante gentuza?
—Oh, pues… seguro que estaría guay. Quizás lo haga.
—¡De puta madre! Lo primero es buscarte un buen mote, aquí todos tienen mote.
—¡No hace falta, ya tengo uno! ¡El maricón!
—¡No, hombre, no! Eso no se lo dirían a nadie a no ser que tuvieran unas cuentas pendientes con él. Es un claro insulto para ellos.
—¿Y qué nombre tienes tú?
—Andy. Andy a secas o rubia, pero eso solo me lo dice la machorra de Ricky. Andy para los amigos.
—¿Yo también puedo llamarte Andy?
—Claro moreno. ¿Qué mote te gustaría a ti?
—Pues… no sé…
—De todas formas da igual. Te lo pondrán de un momento a otro, ehm… hostias… llevo un buen rato hablando contigo y todavía no sé cómo te llamas. — me miró con los ojos brillantes y una enorme sonrisa en la boca. Alegre, divertido, guapo y gay, tolerante además. Sí, sin duda entre todos esos bestias, nosotros podríamos llevarnos bien. Le devolví la sonrisa casi sin necesidad de forzarla. Sería por el absenta quizás, pero de repente, estaba contento otra vez.
—Bill. Me llamo Bill.
Y la sonrisa desapareció de su cara con tanta facilidad con la que había aparecido minutos antes. Se puso tan blanco que pude ver perfectamente las venas azules que circulaban por su sien tras la piel, ¡Si casi juraría que el pelo se le destiñó del susto! Pero ¿Susto por qué? Me analizó de arriba abajo. Desde luego, allí todo el mundo era un descarado. Luego, volvió a mirarme a los ojos.
—¿Perdona? ¿Cómo… cómo has dicho que te llamas? — casi me lo pensé más de una vez después de ver su expresión enfermiza. ¿Me vomitaría encima de repente?
—Bill, eso he dicho. ¿Por qué? — no me contestó, creo que hasta se puso más blanco aún.
—Andy. — y el capullo número uno entre toda aquella mugre apareció por proa. Tom se acuclilló ante nosotros, con ojos horriblemente calculadores y agudos. Conocía esa maldita expresión en él. La empleaba mucho cuando Natalie se me acercaba para intimidarla. Me dirigió una mirada furibunda, maléfica antes de concentrarse en mi nuevo amigo. — Tienes mala cara ¿Necesitas ir al baño? Yo te acompaño, no vaya a ser que alguien te ponga la zancadilla otra vez. — por un momento me alegré cuando el Principito, que estaba justamente detrás de Tom, captó el mensaje. Al menos mi hermano hacia algunas cosas bien.
—Pe… pero… — Andy volvió a mirarme, boquiabierto.
—Sí, sí, ya sé que está muy bueno, es mi hermano después de todo, pero disimula un poco ¿no? — Tom prácticamente lo levantó a pulso y empezó a arrastrarlo fuera del salón cogiéndolo por el cuello, como un animal, como él era simplemente. Andreas me observó como si fuera un fantasma antes de desaparecer tras la puerta del salón y Tom… Tom me sacó la lengua, juguetón. No lo entendía. ¿Me pegaba y me gritaba hacía una hora, me esquivaba hacía media y ahora, se me insinuaba? ¡Uff, pero qué quería de mí! Y lo peor fue que yo sentí el calor otra vez, ese calor que me decía a gritos, ¡No lo niegues, sigues enamorado gilipollas! ¿Enamorado? Oh, sí… quizás debería aprender a vivir con eso metido en la cabeza. Nunca volvería a enamorarme, siempre tendría en mente a Tom, siempre estaría sufriendo… me entraron auténticas ganas de cortarme las venas otra vez.
Cerré los ojos unos segundos, fantaseando con que aquello no duraría para siempre, intentando engañarme a mí mismo. Inútilmente, claro. Volví a abrir los párpados… Oh…
De nuevo, más de media docena de ojos se me quedaron mirando fijamente y, peor aún, con el entrecejo fruncido. Entonces caí en la cuenta. Tom acababa de largarse. Andreas con él. Yo estaba solo. Oh, Oh…
—¡Tío! — Ricky, de repente, con una sonrisa enorme que me provocó el pánico al instante, me dio un toquecito suave en el brazo y se sentó a mi lado, justo en el mismo lugar en el que Andreas había estado sentado momentos antes. — ¡Hermanito pequeño de Tom, eh! Siento haber desconfiado de ti allí arriba pero ya sabes, uno no se puede fiar de nadie, la próxima vez seré más benevolente. ¿Qué me cuentas, colega? — y hablando de fiarse de nadie. — ¡Qué cara más larga has puesto al verme! No me digas que me guardas rencor. — preferí no contestar a eso y poner los ojos en blanco. Ella no pareció ofenderse en absoluto, es más, me rodeó los hombros con un brazo con total confianza y me pegó a ella. Me quedé a cuadros cuando sentí su pecho chocando contra mi mejilla, botando alegremente. ¡Joder, si es que encima ni sujetador llevaba la tía! — Ya veo que la rubia se ha hecho amiguita tuya. ¡Genial, pegáis mucho, en serio! Aunque nosotros hayamos empezado con mal pie, espero poder llevarme muy, muy, muy bien contigo también eh. — me apretó más contra su pecho, prácticamente intentó ahogarme con él. — ¿¡Eh!? — me puse rojo. ¡Pero bueno, que hubiera cambiado de acera no significaba que fuera frígido!
—¡Sí, sí, vale! ¡Suéltame! — me soltó y me aparté de ella todo lo posible. Quería escapar de allí y de esas miradas de desdén que la gente me dirigía. Estaba acostumbrado a esa clase de miradas ¡Pero normalmente no provenían de tíos extremadamente musculosos e intimidantes!
—He visto que Andy te ha ofrecido una copita, ¡Qué mal educada, yo no lo he hecho! ¿Quieres un poco? — Ricky me ofreció una botella de cerveza que me esforcé por ignorar. Seguía estando muerto de sed, con la garganta rajada pero muerto aún.
—No, gracias.
—Bebe, anda.
—No.
—¡Pero no te cortes, bebe!
—Que no quiero.
—¡Que bebas, coño! — y alzó el brazo. Casi me tiro al suelo pensando que me iba a pegar, con los ojos como platos. Joder, a la tía le faltaba un tornillo. — ¿Bebes entonces? — y sonrió amigablemente otra vez en cuanto vio como me alejaba, indeciso. Todo el mundo me miraba y no quería crearme más enemigos. En esos instantes, todos en Stuttgart me odiaban así que…
—Vale. — le cogí la botella a Ricky sin ocultar mi desconfianza. ¿Por qué era el centro de atención de todas las miradas? Eso no significaba que no me gustase pero…
—Bebe. — me dijo. Cuando sonreía parecía más chica, más mona.
—Pero es que no tengo sed.
—¿No? ¡Qué lástima! Nosotros damos la bienvenida a alguien ofreciéndole algo de beber, ya es como una costumbre. ¿De verdad que no quieres? — ¿Cómo una costumbre? Eso quería decir que si bebía ¿me aceptarían? ¿O que al menos no me mirarían con tanto odio? Dios mío, quería salir de allí. Me sentía acosado. Tantos ojos mirándome esperando que diera un sorbo de… ¿Pero por qué sonreía el Principito? Aaron… ¿Aaron era? Daba igual. El rubio sentado en el sofá me observaba aún, sonriendo. Parecía retarme con la mirada. ¿Se creía que no era capaz de beber? ¡Ja! Me llevé la botella a los labios dispuesto a darle un buen sorbo cuando un olor amargo me llegó a la nariz. El líquido me rozó los labios y enseguida escupí y casi vomité del asco ¡Pero qué cerdos!
—¡Arg!
—¡Pero bebe!
—¡Es meado! ¡Seréis guarros! — y todo el mundo empezó a reír como completos desquiciados. Ricky se descojonaba sobre el suelo, pataleando incluso. El rubio de las narices ensanchó la sonrisa, divertido. — ¡No tiene gracia! ¡Buag! — volví a escupir y dejé caer la botella sobre el suelo. Se derramó entera. Mierda, otra cosa que debería limpiar al día siguiente.
—¿Qué tal está la especialidad de la casa?
—Meado calentito recién sacado de una polla.
—¡Hum, que rico!
—Tiene pinta de gustarte ese rollo.
—Como uno de los putos del Pich.
—¡Le iría bien trabajando allí!
—¡Ya ves, fíjate qué pelo, qué carita, qué cuerpo! — me encogí sobre el suelo, avergonzado y totalmente ruborizado hasta la raíz del pelo. Todos me miraban con esas sonrisitas tan burlonas. No les gustaba mi cuerpo ¡A mí tampoco me gustaba mi cuerpo!
—¡Oh, no os riáis, que se pone a llorar!
—¡No, va a llamar a su hermano mayor para que nos dé nuestro merecido!
—¡Callaos! — grité.
—Uuuuhhh… ¡Que se nos pone chulo el mariquita!
—La nenaza quiere guerra.
—¡Yo también quiero guerra!
—¡Te voy a romper las piernas, niñita!
—¡Le amarraremos la polla a la moto y lo arrastraremos por toda la ciudad para que todo el mundo pueda escuchar bien sus gritos de nena! — se me erizó el vello de la nuca y me levanté apresurado del suelo, con la cabeza baja, sintiendo un vértigo horrible atrapado en la boca del estómago. Me temblaban las piernas recordando el momento en el que me habían abucheado mis compañeros de clase en la universidad hacía semanas. ¿Dónde estaba Tom cuando le necesitaba? ¿Era esto a lo que se refería cuando dijo que desearía volver a Hamburgo porque haría de mi vida un infierno? Me giré, dándole la espalda al borbotón de gallos que me rodeaban como si estuviera en un corral y me encaminé a la puerta con rapidez. De repente, el hippie que hacía un momento había conseguido atraer la atención de todos esos energúmenos con una historia divertida, se me puso delante, frente a la puerta de salida.
—¡No te vayas, si todavía no hemos empezado con lo divertido!
—Quítate de ahí. — le dije. Se me estaba poniendo el corazón a cien.
—¡De eso nada! — ciento diez.
—¡Vuelve con nosotros, cariño! — ciento veinte.
—¡Aún no hemos empezado a jugar! — ciento treinta.
—¡Guau, guau! — el temblor empezó a extenderse de las piernas, hasta la espalda, luego, por los brazos. Ciento cuarenta.
—¡Iros a la mierda!
—¡No me vaciles, moreno!
—¡Que te muerdo!
—¿Has visto qué uñas? ¡Uñas de gata salvaje!
—¡Uooooooohhh! ¡Qué sexy!
—¿Arañas con eso a los perros que te montan, gatita? — Ciento cincuenta… estaba a punto de ponerme a llorar de frustración y pánico. Me di la vuelta otra vez y me encontré con unos ojos lejanos, verdes y afilados que disfrutaban con la tortura psicológica de lo lindo. No conocía de nada al Príncipe, pero ya lo odiaba tanto como a la mentirosa de mi madre y lo peor era que igual que yo no tenía ni idea del por qué el solo verle me causaba tanta grima, tampoco tenía ni idea de qué veía en mi cara que a él le causara tanta repugnancia.
Alguien me tiró una botella de cerveza vacía a la cabeza. Me dio. ¡Era vergonzoso tener que soportar tantas burlas e insultos de personas desconocidas! Deseé salir de allí en cuanto el griterío empezó a hacerse insoportable para mis oídos.
Lo gracioso era que a pesar de los gritos, nadie estaba dispuesto a acercarse a mí para atizarme. ¿Por qué? Me sentí aún más humillado al darme cuenta de que la influencia de Tom tenía mucho que ver en ello.
Ciento sesenta, ciento setenta, ciento ochenta, ciento noventa…
—¿Qué pasa? ¿No sabes devolvérmelas? ¿No sabes defenderte?
—Tu hermanito no está para ti ahora ¿eh?
—Te vamos a destrozar.
—Te vamos a hacer pedazos.
—Te vamos a hacer llorar y gritar como a una niña a la que le han robado su juguete preferido.
—Y después… — me mordí el labio inferior. Observé en silencio y con convulsiones cada vez más fuertes a Aaron, al Príncipe, tranquilo y en silencio en una esquina de la habitación. Sonriendo. — Te vamos a romper… Muñeco.
¡Doscientos!
Me agaché y cogí la botella derramada aún llena de meado del suelo entre mis manos ¿Muñeco? ¿Muñeco yo?
—¡No… — lancé la botella con toda mi fuerza — ¡…Me llames…! — todos los amigos de Tom, toda esa escoria se giró rápidamente, intentando esquivar el botellazo con repentinas expresiones de pánico — ¡…MUÑECO…! — y la botella se estrelló contra la pared haciéndose pedazos. Miles de cristales saltaron por los aires, volando como flechas puntiagudas transparentes por toda la habitación. Pude apreciar claramente como algunos caían al suelo, como otros rozaban la piel de los allí presentes provocándoles superficiales cortes. Un cristal grueso se clavó en el suelo después de volar por todo el salón, a mis pies. Algunos se cubrieron la cabeza con las manos, encogiéndose contra la pared. Otros ni siquiera reaccionaron. Un movimiento demasiado rápido como para apreciarlo. Una cosa era segura… por las caras de aquellos que habían acabado con un cristal entre los poros de la piel, podría considerarme hombre muerto. Retrocedí. Ricky, una de los que no habían reaccionado, se me quedó mirando con la boca abierta.
—No puede ser… — tragué saliva. ¡Hasta parecía divertida! — Serás una nenaza pero cuando te pones nervioso le echas los cojones de tu hermano.
—¡Sí, así que aléjate si no quieres recibir una paliza! — se me quedó mirando en silencio con las cejas alzadas. Luego, empezó a reírse… de mí.
—¡Pero mira que eres imbécil! ¡Estás muerto, tío! — por suerte, ella, partiéndose de risa en el suelo no parecía tener intención de participar en la matanza. Clavé la mirada directamente en el público masculino. Aquellos que iban a mutilarme con esas enormes navajas que escondían tras la chaqueta.
—¡Tú!
—¡Yo no!
—¡Te voy a rajar la garganta! — un gorila, arrancándose un cristal enorme del brazo tatuado asomó una larguísima y fina navaja.
De acuerdo, había llegado la hora de que cundiera el pánico.
—¡TOM! — grité. ¿Por qué había gritado llamando a Tom? ¡Maldita costumbre! Y sin embargo funcionó. Todos los que se habían llevado las manos a la espalda en busca de armas blancas se pusieron serios de repente y sus expresiones se tornaron cautelosas. Solo el gorila tatuado, el que más miedo daba con esa navaja que me colocó justo bajo la nuez, rozándome el cuello, se mantuvo firme. Me puse tan tenso como un palo y sin percatarme de ellos siquiera, dejé de respirar.
—¡Tío, déjalo anda!
—Tom se va a cabrear.
—¿¡Y a mí qué coño me importa!? ¡Tom no me da miedo, vosotros sois unos cagados!
—¡No es por Tom, sabes que como le cabrees te echa y tendrás que buscarte otra banda!
—¡Me da igual! — presionó la punta sobre mi piel. Creo que esa era una de las escenas de película en la que el blandengue personaje secundario se mea en los pantalones del susto, ¡Y yo estaba a punto de hacerlo!
—Bárbaro… — pero salvándome el pellejo, como siempre alguien hacía en la película con el pobre personaje secundario, un tío enorme, negro y con unas pintas incluso más peligrosas que el que portaba una navaja, hizo acto de presencia. Black, el gigante negro, agarró el brazo que sujetaba la hoja afilada y lo apartó de mí sin aceptar una negación. — Solo es un crío asustado, no sabe dónde se ha metido ni lo que hace. Lo habéis provocado, estaba en su derecho ¡Así que dale una tregua, tío!
—¡Pero me ha rajado el brazo!
—¡Y tú le has dicho nenaza! Es el hermano de un colega, ¡Respétalo hermano! — los dos se miraron a los ojos, intercambiando rabia y tranquilidad con la mirada — ¡Respeto!
—¡Arg, vale, está bien! ¡Siempre en medio, Negro! — y pude respirar al fin, con cada fibra de mi cuerpo temblequeando como una hoja en invierno. Apartó la navaja de mi cuello muy lentamente, haciéndome sentir el frío roce de la hoja provocándome pavor. Finalmente, la apartó de mí tras los momentos más angustiosos de mi vida, gruñéndome en el proceso enseñándome todos los dientes podridos propios de unas encías igual de podridas.
Definitivamente, esa especie de camada de lobos no estaba hecha para mí. Tom me lo había dicho y yo no lo había creído pero es que… ¡Era imposible no hacerlo! Yo solo era un perro herido, pequeño y domesticado en medio de una camada de lobos enormes, en forma, hambrientos, con unas fauces tremendas y que, además, se comían la carne humana como si estuviera a la orden del día, totalmente salvajes. Me sentía tan frustrado, tan… débil.
Me dirigí a la puerta con el pulso aún acelerado. Solo quería alejarme de esos endemoniados psicópatas sin vergüenza alguna capaz de vender a su propia madre por un paquete de tabaco, pero el hippie, que aún se mecía frente a la puerta, me miró y negó con la cabeza entre risas, mordiéndose el labio en señal de burla.
—No, no, no, no… ¿A dónde vas, copito de nieve? — puse los ojos en blanco y paseé la mirada por todo el salón al borde de un ataque de histeria. Seguían mirándome, riéndose. El acoso volvería a empezar pronto y ¡No! ¡No estaba dispuesto a soportarlo por nada del mundo! Y, sin pensarlo si quiera, harto de toda aquella jerga y de todos esos estúpidos motes, con cada parte de mí suplicando escapar de allí fuera como fuera, me acerqué a él, apretando los dientes, agarrándolo por los hombros y le regalé un maldito rodillazo en las pelotas. El hippie abrió la boca de par en par, sin emitir sonido alguno. Los ojos se le llenaron de lágrimas en cuestión de segundos.
—¡Aahh!
—¡Uuuhhh…! — otra vez empezaron a gritar como locos. Decidí dejarlo pasar.
—¡No soporto los motes! — lo solté por los hombros y abrí la puerta, quitándomelo de encima al momento. Él tío cayó al suelo con las manos en la entrepierna y todos empezaron a gritar, estallando en carcajadas y vitoreos, otra vez. No lo soportaba. Cerré la puerta de un portazo, con las lágrimas en los ojos y los nervios a flor de piel. Quise romper a llorar por la manera tan cobarde en la que el cuerpo me delataba, taponándome los bronquios, dificultando mi respiración, provocándome hipo, ahogándome en un mar de agonía imparable que me tragaba y me engullía por las olas oscuras provocadas por el miedo y la angustia.
Stuttgart… casi era peor que Hamburgo.
Necesitaba hablar con alguien. No. Necesitaba las pastillas para tranquilizarme. ¿El psiquiatra había tenido razón respecto a eso? “Tarde o temprano acabará siendo él quién pida ayuda y cuando eso ocurra, habremos dado un gran avance.” Eso había dicho el muy capullo. ¡Y tenía razón! Necesitaba ayuda.
De repente, eché de menos a mamá. Ella me habría atosigado, pero al menos habría estado ahí. Yo… ahora estaba solo.
Tal y como Tom había dicho.
“Llamarás a Derek si ocurre algo, sea lo que sea. Dilo”
Derek… mi rubio enamorado. Me acordé de sus palabras, zumbando alrededor de mi mente y mi cuerpo, tranquilizándome.
Necesitaba hablar con Derek.
Me aparté de la puerta del salón y limpiándome las lágrimas con el brazo, anduve hacia el cuarto de Tom dispuesto a coger mi móvil y hacer la llamada que tanto necesitaba. Hablar con él de cualquier cosa, porque obviamente, no pensaba contarle nada sobre Stuttgart. Solo quería oír su voz y ser consciente de que, aunque lejos, alguien me apoyaba.
Me detuve frente a la puerta del cuarto de Tom y no pude ir más allá. Se me paralizaron las piernas al oír algo que prefería no escuchar. Tom estaba allí, dentro. Oía sus pasos aplomados retumbar contra el suelo y su voz dura quejándose por algo. Otra voz se hizo presente al otro lado de la puerta.
—¡…Pero que es tu hermano, joder! — gritó la voz contraria a la de Tom y al momento supe a quién pertenecía. El rubio amigo de mi hermano, su mejor amigo mejor dicho. Andreas, aquel que supuestamente, ahora también era amigo mío. — ¡Podrías habérmelo dicho, no sé, coño! ¡La de veces que te he preguntado por él y no me cuentas lo más importante!
—¿Lo más importante por qué? Buah, no es para tanto.
—¡Que es tu hermano! ¿Cómo quieres que te lo diga? ¡Sabía que estabas loco pero no tanto!
—Ya sabes que la moralidad no es lo mío. Simplemente él estaba allí, me gustó y lo cogí, eso es todo.
—¡Sí, convertiste en un juguete sexual a un tío de tu propia sangre! ¡Es lo más normal del mundo, claro!
—Tampoco es muy normal tener una madre puta y la tuya lo es. Igual te has tirado a un hermano ilegítimo tuyo y no te has dado ni cuenta.
—¡Por lo menos lo mío sería excusable, pero es que tú te lo has seguido tirando aun sabiendo que es tu hermano! — apreté el picaporte de la puerta, estrujándolo. Si hubiera sido un limón le hubiera sacado todo el jugo.
Se lo estaba contando. ¿Por qué? ¿Por qué le estaba hablando de nuestras intimidades? Me daba igual que fuera su mejor amigo. ¿Quién se creía que era para hacerlo?
—Lo hecho, hecho está ¿no? El problema es que está aquí y quiere quedarse.
—¿Y tú quieres que se quede?
—¡No! — tragué saliva, dolido. Ya lo sabía pero que me lo recordara constantemente no me aliviaba en absoluto.
—¡Genial!
—¿No te gusta? — oí reír a mi hermano, dejando de pasearse por la habitación. Pude escuchar los chirridos de los muelles de la cama y mi corazón se tambaleó repleto de envidia y rabia controlada.
—¡Sí me gusta! Es simpático y además, está buenísimo. Es una preciosidad, uno de esos tíos que a todo gay le gustaría tener ¡Precisamente por eso me preocupo!
—¿Por qué? No lo entiendo.
—Dime una cosa, Tom. ¿Qué sientes por él? — un sudor frío me recorrió las palmas de las manos y entonces supe que no podía simplemente darme la vuelta, encerrarme en el baño y olvidar aquella conversación. Quise saber más, mucho más. Acabé apoyando prácticamente la oreja en la puerta porque los gritos de los amigos de Tom se oían por todo el pasillo, haciéndome más difícil poder centrarme en la conversación.
—¿Sentir? ¡Nada! Bueno… sentía lo mismo que siento ahora contigo. ¡Que tiene un buen agujero que es mi deber taponar! — tuve ganas de tirar la puerta abajo a patadas al oír eso. ¡Maldito cerdo! Y súbitamente, me di cuenta del mensaje oculto de esa frase. ¿Cómo que “sentía lo mismo que siento ahora contigo”?
—Muy gracioso… sé que no es verdad, Tom. A mí no puedes engañarme. Sé que había más de lo que me quieres hacer creer.
—¡Ja! ¿Y según tú qué había entre nosotros?
Buena pregunta.
Andreas se quedó callado. Yo cogí aire. Ahora sí que no quería oír más. Empecé a girar el picaporte…
—Tom… tú estás totalmente enamorado de él. — y nuevamente, mis sentidos se entumecieron, me estremecí por completo. Un cosquilleo conocido me recorrió el estómago de abajo arriba, mariposas… vértigo…
La esperanza que me hacía fantasear con la posibilidad remota de que Tom volviera a ser mi dueño, despertaba dulcemente desde el rincón más lejano de mi ser. Una esperanza vana, pero real.
¡Pum, pum, pum, pum, pum, pum…! Latidos acelerados. La resignación tras la que me había ocultado durante el último vez se hacía pedazos ante esa afirmación: “Tom, estás enamorado de él.”
¿Es eso verdad, Tom? Sabes que si dices que sí, simplemente con que un sí salga de tu boca, volverás a tenerme en la palma de tu mano. Yo te odio porque tú me odias. Te volveré a querer si me dices que me amas.
Por favor, Tom… por favor…
¿Por qué estoy llorando otra vez por ti, rogando en silencio?
—…¿Enamorado? ¿Yo? ¿¡Qué dices!? Yo no creo en el amor. Andy, a veces dices unas cosas tan estúpidas… — y otra vez, una vez más, como si el mundo creyera que soy una roca anclada a la costa que aguanta sin dolor alguno el azote del mar una y otra vez, sin cansarse nunca, la decepción y el dolor me engulle. El deseo por tenerle se hace más fuerte y la resignación se evade en el aire como si nada.
Lo intentaba con todas mis fuerzas, ignorar cada una de sus palabras hirientes pero estás, una vez más, habían podido conmigo.
—Tom, yo… no puedo competir contra él ¿Lo entiendes? ¡Es demasiado! ¡Dios, cuando me hablabas de él nunca llegué a pensar que fuera un hombre así! Y encima si estás enamorado de él no tengo nada que hacer.
—¡Qué no estoy enamorado ni ninguna mierda de esas! ¿¡De dónde cojones te sacas eso!? ¡Bill era mi Muñeco, ya no! ¡Ahora mi Muñeco eres tú! — y los chirridos de los muelles atravesaron la puerta tras la que yo me encontraba, haciendo mella en mi cabeza junto a las palabras más crueles e inhumanas que había escuchado en mi vida.
“A peor ya no puede ir,” había pensado en incontables ocasiones tras la marcha de Tom de Stuttgart. Mentira como tantas otras cosas. A peor… a mucho peor. Al infierno, donde se abrasan las lenguas y te cosen la boca para que no puedas gritar ni compartir con nadie tu dolor. ¿Había oído bien? Por favor, ¿He oído bien? Por supuesto, en el infierno no te abrasan también las orejas, es mejor tenerlas para escuchar todas aquellas palabras que más dolor puedan causarte.
“¡Bill era mi Muñeco, ya no! ¡Ahora mi Muñeco eres tú!”… la resignación total. La eliminación de toda esperanza. Estoy solo, en un sitio que desconozco, cuyas personas me aborrecen, me insultan y me escupen. La persona más cercana a mí me aborrece, no tengo lugar a donde ir, elección.
Y ya no soy un Muñeco. ¿Qué soy entonces? Un fracaso. Un fracaso como Muñeco y como persona. Un total fracaso, un nadie.
Yo ya no soy su Muñeco, nunca más… ya no…
Me derrumbo sobre el suelo, de rodillas, llorando en silencio, rogando aún más mudo, chillando de dolor sin voz.
Tom me ha usado, me ha roto, me ha tirado y finalmente, ha hecho lo que le faltaba por hacer para acabar conmigo para siempre, lo que nunca pensé que se atrevería a hacer, para lo que aún no estaba preparado. Pero eso a mi Amo le da igual, por supuesto porque… Yo soy el Muñeco viejo y… Me ha sustituido por un Muñeco nuevo.
Este es el fin para el Muñeco.
Continúa…
Gracias por la visita. No te vayas sin comentar.