Encadenado 8 (P.2)

Encadenado 8 (P.2)
Muñeco by Sarae. Temporada III
Capítulo 8 (P.2)

By Bill

—Ah… uff… dios… — mis manos contra el frío muro de ladrillo aún temblaban y las piernas me ardían por el carrerón. Había corrido tanto o incluso más que el primer día que llegué a Stuttgart. Ni yo mismo sabía que podía alcanzar semejante velocidad. Era consciente de que en el agua, era el mejor de todo el país, pero ¿En tierra? Bueno, las pocas veces que corría en atletismo siempre llegaba el primero. ¡Tendría que haberme apuntado al maldito club de atletismo! Si lo hubiera hecho, en ese momento no estaría con un pulmón fuera y el otro peleándose con mis tripas. Suspiré, dándome aire con una mano. El frío se me había quitado de golpe, ahora estaba sudoroso y acalorado. Maldito fuera el maldito bicho que me había dado un susto de muerte. Me preguntaba qué demonios había sido eso y dejé caer mi espalda exhausto sobre la pared. No había sido una persona, era demasiado pequeño, pero fue tan rápido y yo había salido corriendo tan apresurado, que no ni me había parado a ver qué era ese bicho. Otra rata quizás o un mapache asesino. Maldecía una y otra vez a esa cosa, más relajado y en plena maldición mental, oí los quejidos agudos de alguien revolcándose en el suelo. Giré la cabeza muy lentamente y miré las bolsas de basuras rotas esparcidas por el suelo. ¡Pero bueno! ¿es que en cada esquina del barrio había basura? La gente era tan guarra… el significado de higiene no se conocía todavía, por lo visto.

—¡Iauuuurggggh! — me tensé como un palo. No tenía ni idea de a donde daba el callejón donde me había metido, pero sin mirar atrás, retrocedí, otra vez asustado, escapando de ese ruido espeluznante que venía de la basura. Otro chillido agudo y un montón de latas vacías y algo más chocando contra el suelo. Dios mío, estaba demostrado. Óscar el Gruñón me seguía. El vello de la nuca se me erizó. — ¡Mauuurgg! — tragué saliva. Algo pequeño que era incapaz de ver chocó contra una caja de metal y maulló con fuerza. ¿Maulló? El corazón se me aceleró y fui incapaz de dejar a Óscar el Gruñón allí solo, quejándose y sacudiéndose como un loco. Me acerqué dubitativo, nervioso, dando pasos muy cortos. ¿Y si era un mutante? Con toda la mierda que había por allí no sería de extrañar encontrar un poco de materia radiactiva. Empezaba a pensar que la ciudad entera podría ser un enorme basurero nuclear.

Me asomé muy despacio por encima de la basura, estirando el cuello e inclinando la espalda. Algo negro se movía violentamente y enseguida me eché hacia atrás. ¡Se parecía increíblemente a aquel bicho que me había saltado encima en la puerta de casa! ¿Me había seguido? ¿Era una rata mutante gigante? El bicho maulló, amenazante. Las ratas no maullaban ¿no? Y unos ojos amarillos, afilados y enormes, me miraron. ¿¡Una serpiente!? No…

—¡Miaurrr! — ¡Un gato!

—¡Maldito seas, bola de pelos! — grité.

—¡Shhhhhiisshh! — me chistó, con el vello erizado, enseñándome los dientecitos.

—¡Y encima me amenazas! Tú tienes mucha cara. — el gato alzó una patita e hizo un movimiento agresivo, como si intentara arañarme o advertirme. — Vale, ¡Vale! Ya me voy. ¡No pensaba quitarte tu basura! — le di la cara y empecé a andar hacia el final del callejón, por donde había entrado, ¿O había entrado por el lugar contrario? Me quedé paralizado. Oh, dios mío, oh, dios mío, ¡Oh, dios, mierda! ¿¡Pero por dónde se volvía a casa!? ¿Dónde estaba? ¿Qué camino había cogido? ¡No, perdido otra vez no! ¡NO!

Me entró vértigo. Quería vomitar. ¡Y Tom no se daría cuenta de que me había ido! Y aunque se diera cuenta… seguramente pasaría de buscarme. Eso era lo que quería, que me fuera. Precisamente eso. Me tapé la cara con las manos. ¿Y qué debería hacer? ¿A dónde iba? ¿Qué hacía? ¿Dónde dormiría? ¿Y si alguien me atacaba?

El miedo empezó a poseerme otra vez.

—¡Miaaurrgg! — el gato maulló, no. Prácticamente chilló. Lo miré arrastrarse fuera de la basura, detrás de mí, con una pata alzada, cojeando.

—¿Estás herido? — el gato no contestó, obviamente. Me miró fijamente con sus penetrantes ojos amarillos. Tenía algo atado a la pata, un hilo. Me acerqué y el gato no se movió. — Oye, no me arañes, eh. Voy a intentar curarte. — me agaché, lejos, y esperé a que el animal hiciera algún gesto agresivo, pero siguió inmutable. Me acerqué y estiré una mano hasta su cabeza. Él solo me miró y con cuidado, precavido, posé mi mano sobre su cabecita peluda. Sus orejas se agacharon y entrecerró los ojos, dejándose acariciar. — Bien, muy bien. — estiré la otra mano hasta la pata que mantenía alzada y agarré el hilo. Estaba atado. Tiré un poco, intentando desatarlo y el gato volvió a abrir los ojos y abrió la boca, enseñándome los dientes. — ¿Te duele? — solté el hilo. No podía quitárselo desde tanta distancia. — ¿Me dejas que te coja? — y como no dijo nada, lo intenté. Seguramente sería doméstico, porque se dejó coger con suma tranquilidad. Lo apoyé sobre mi regazo, alzando su cuerpo un poco y agarrándole la pata atada. — ¡Oh, mierda! — no era un simple hilo. Tenía un anzuelo clavado en la planta de la patita. — Pobrecito… — agarré el anzuelo y al no notar ninguna reacción extraña en la actitud del gato, se lo arranqué de un tirón. El animal ni se inmutó, a pesar de las gotitas de sangre que mancharon mi mano. — Ya está. — tiré el anzuelo, lanzándolo lejos y luego me pregunté si estaría oxidado. ¿Los gatos también sufrían el tétano? Quizás debería llevarlo a un veterinario. — ¿Debería llevarte a un veterinario, gatito? — él se limitó a maullar y empezó a lamerse la pata. — De todas formas no creo que aguantes mucho en la calle tú solo y herido, así que… — me levanté del suelo, con el gatito en brazos. — Te llevo conmigo. Aunque quizás yo tampoco aguante mucho.

No sabía si lo había cogido por pena o por tener algo de compañía en mi odisea a través de los barrios más peligrosos de Alemania, pero sin duda resultaba tranquilizante tener a alguien al lado en los momentos más tenebrosos.

—Yo me llamo Bill. ¿Y tú? — empecé a entablar una conversación con el tranquilo animal, o más bien, conmigo mismo en mi locura. Me estaba volviendo loco definitivamente. — ¿No tienes nombre? ¿Quieres que te ponga uno? — el gato ni me miraba, sin dejar de lamerse la pata con tranquilidad, a lo suyo. Era un gato precioso, totalmente negro, con el pelaje brillante y era pequeño, quizás una cría todavía. Calculé que tendría bastante menos de un año. Salí del callejón y tiré calle abajo, por donde más me sonaba haber estado. No se escuchaba ni un alma, estaba todo desierto. — ¿Te gusta Kasimir? Mi vecina tenía un gato que se llamaba así. — giré en una esquina, con el vello de punta. Volvía a tener un poco de frío. — Vale, te llamaré Kasimir. ¿Sabes dónde estamos, Kasimir? — el gato dejó de lamerse la pata y me miró. Maulló. — Eso no me ayuda mucho, ¿sabes? ¿Tú tienes dueño o casa? — esta vez no maulló, solo me miró. — Pues… igual que yo. — me reí, sin ganas, con ironía. — A mí me han echado de casa. Mi dueño… ya no me quiere. — y como si entendiera el dolor que decir eso me suponía, se escapó un poco de entre mis brazos y apoyó las patas en mi pecho. Me dio un pequeño lametón en la barbilla, con su pequeña lengua. — ¿Intentas consolarme, bicho? Eres una monada. — el gato maulló de nuevo y decidió mantenerse firme y alzado sobre mi pecho mientras andaba, preparado para lamerme la cara otra vez. — Tú y tu raza tenéis mucha suerte. A vosotros no os dicen nada si os acostáis con vuestros hermanos. Supongo que es lo normal para los animales. Si mi perro hubiera crecido con alguno de sus hermanos o hermanas, seguramente habría hecho lo mismo… y si los animales lo hacen, supongo que no puede ser tan malo, ¿no? ¿Tú qué crees? Si la fauna lo hace, ¿Por qué nosotros no podemos hacer lo mismo? Al fin y al cabo, venimos de los monos, somos tan animales como vosotros, pero bastante más tontos. Nos creemos más listos porque somos capaces de razonar y controlar los instintos básicos y la gente no se da cuenta de que precisamente eso nos está matando poco a poco y arrastramos a animales y flora inocente en nuestra propia decadencia. ¿Qué absurdo, no? Nunca había pensado esto hasta ahora. Supongo… que nunca había tenido necesidad de pensar en ello. Yo era feliz con los ojos cerrados en mi mundo superficial hasta que Tom me despertó y la gente me rechazó por abrir los ojos.

—¡Miauuuuhh!

—¿Qué quién es Tom? Tom era mi dueño. Era. Ahora es el dueño de otro. Se llama Andreas ese otro, ¿Sabes? Y parece buena persona… seguro que es buena persona y es el mejor amigo de Tom, así que seguramente, lo comprenderá mucho mejor que yo. Creo que se conocen desde hace más tiempo que él y yo, así que seguro que lo sabe todo de él y sabrá ayudarle cuando lo necesite, y complacerle, y tranquilizarle cuando se ponga furioso y… snif… seguro que lo hace mucho mejor que yo. También es guapo y no está… no está enfermo… ni tiene el cuerpo amorfo y… snif… seguro que come bien y… snif… snif… ¡Y no es su hermano! — Kasimir me lamió la cara otra vez, maullando y ronroneando, bebiendo de mis lágrimas. ¡Estaba llorando de nuevo! No podía aguantar ni tres horas sin ponerme a llorar. Era insoportable.

Me pellizqué el brazo. Volvía a picarme.

—¿Sabes? Podrías arañarme. Sé que es raro pero… creo que necesito algo de dolor para espabilarme y quitarme tantas tonterías de la cabeza. — el gato no se movió y siguió lamiéndome la cara. Yo suspiré y dejé de caminar. El callejón por el que caminaba finalizaba en dos caminos. Uno bajaba por unas escaleras hasta lo que deduje sería un parque abandonado, destrozado y desierto. Un parque que los niños ya no podrían usar por las botellas rotas y los columpios desmantelados. El otro camino subía en cuesta hasta un lugar mas iluminado e igual de solitario. Me decidí por el camino en cuesta, pero antes de encaminarme hacia él… observé los cristales esparcidos por el suelo de las botellas de alcohol destrozadas.

Tragué saliva. Una idea poco higiénica y sana se me cruzó por la cabeza y la sacudí. No. Esos cristales podían tener cualquier cosa. A saber de quienes eran y cuanto tiempo llevaban allí. No. Si pudiera limpiarlos con agua…

Empecé a respirar de manera agitada.

—Mierda, Kasimir… se me están pasando unas ideas tan raras por la cabeza… que empiezan a darme miedo. — el gato ronroneó, apartándose de mi cara cuando me limpié los ojos con un brazo. El solo imaginarme esa escena, el dolor, mi propia sangre… me tranquilizaba un poco. — Será mejor que nos vayamos de aquí. No quiero acabar haciendo cosas raras. — di media vuelta y me encaminé hacia la cuesta cuando de repente, el lomo de Kasimir se erizó violentamente. Abrió la boca, amenazante. Un sonido agudo salió de su boca. — ¿Qué te pasa? Tranquilízate. — el gato gruñó y de repente, haciéndome daño, arañándome con las uñas, saltó de mis brazos al suelo y salió corriendo, desapareciendo al instante en la oscuridad del callejón. — ¡Eh! ¿A dónde vas? ¡Kasimir! ¡Gatito!

—¡No! ¡No! ¡No, por favor! — un grito agudo y femenino me puso el corazón a cien. Pegué un salto y estuve a punto de salir corriendo otra vez por la cuesta, sobresaltado, pero tropecé con una piedra medio despegada del suelo y me tambaleé. Me dejé caer al suelo de culo, detrás de la verja oxidada desde la que podía ver el parque desierto. Me tapé la boca con las manos, intentando hacer el menor ruido posible. Genial, ¿Y ahora qué? Cerré los ojos y los gritos se convirtieron en pasos acelerados retumbando sobre el suelo de piedra.

—¡No me toques! ¡No! — los gritos se acercaron con rapidez y escuché una risa desagradablemente masculina. Estaba sobrecogido. ¿Alguien necesitaba ayuda? Me di la vuelta lentamente y miré a través de la verja de reojo. No había nadie y antes de que pudiera suspirar de alivio, una figura femenina salió corriendo como alma que lleva el diablo, atravesando el parque con rapidez. La miré con los ojos muy abiertos cruzar de cabo a rabo aquel lugar oscuro, pero antes de que pudiera llegar hasta lo que quedaba de los columpios, alguien se le echó encima. La mujer gritó. Vi claramente como alguien le tiraba del pelo con tanta violencia que la tiró al suelo de cara y se le echó encima, dándole la vuelta y sentándose a horcajadas sobre su estómago. La mujer empezó a moverse con agresividad, gritando como una loca, moviendo manos y pataleando contra el suelo. Miré a la persona que se le había echado encima, encapuchada. Era un hombre, estaba seguro, veinte años o treinta como poco. — ¡Suéltame! ¡SUÉLTAME! — el hombre le pegó un guantazo tan fuerte que el sonido llegó hasta mí. Sacó algo brillante que no pude ver y se lo puso debajo de la garganta.

—Cierra la boca o te abro el cuello. — la mujer empezó a llorar. Me di la vuelta sobre la verja y aparté los ojos de la escena, temblando como una hoja. Me llevé las manos a los oídos, aterrorizado. No tenía mi móvil para llamar a la policía. No tenía ni un arma con la que atacar o intentar defenderla. Estaba demasiado shockeado como para actuar y hacer algo. Había oído y visto escenas de películas de violaciones en la tele, en series de detectives, en CSI o Mentes Criminales, pero… eso era tan diferente. Podía oír los gritos desde aquí, los sollozos aterrorizados, las amenazas del violador, la ropa siendo desgarrada, el cinturón siendo abierto y los pantalones bajados… la mujer pidiendo ayuda en voz baja, casi inaudible…

Apreté tanto las manos contra mis oídos que sentí las uñas clavándose en mi sien. Algo de dolor, que como si fuera el motor de mi existencia, me despertó. Aparté las manos de mis oídos y las moví a tientas por el asfalto de piedra. Encontré una lo suficientemente suelta como para poder arrancarla de la tierra, la que me había hecho tropezar y la cogí. No era muy grande, pero sí lo suficiente como para poder causar cierto daño si la lanzaba con fuerza. Me levanté del suelo con las piernas como flanes, apoyándome en la verja y alcé la piedra por encima de mi cabeza.

—¡EH! — grité, y la lancé con todas mis fuerzas. No llegó a darle, pero cayó justamente a su lado, lo suficientemente cerca como para hacerle detenerse de golpe y girar la cabeza de inmediato hacia mí. No le veía la cara con la capucha puesta. La mujer también me miró, con los ojos alegados de lágrimas, muy abiertos. — ¡Déjala en paz, cerdo! — el hombre se quedó quieto, mirándome. Aguardé con el corazón en un puño a que se apartara y saliera corriendo. Por suerte, Georg me había explicado algunas cosas que había dado en cursos superiores y había hecho hasta un trabajo sobre las mentalidades enfermas. Había mencionado a violadores en él. Ellos no se arriesgaban, por eso atacaban a mujeres despistadas y solitarias, más débiles, por eso, si alguien los pillaba en pleno acto, saldrían huyendo escopeteados.

Pero este no lo hizo. Y eso me descolocó por completo.

Este sonrió y como si no hubiera pasado nada, se inclinó sobre la mujer y le rajó con el objeto punzante la camiseta, dejando al aire libre su pecho. Ella gritó desesperada otra vez.

—Pero… — apreté los dientes, enfebrecido. ¿Y era con esa clase de escoria con la que me habían comparado en la universidad? Todas las chicas que había conocido a lo largo de mi vida aparecieron en mi cabeza. Algunas dulces, otras bordes, amables, cariñosas, promiscuas, pasionales, preciosas, sentimentales, sensibles y fuertes a la vez, hermosas y siempre más comprensivas que cualquier hombre. Algunas me habían decepcionado, pero otras eran dignas de princesas de cuentos de hadas. Ellas eran nuestras madres y esposas y sin ellas, no éramos nada.

¿Pero cómo se atrevía a tenerle tan poco respeto y hacerle semejante abominación a una de nuestras madres, hermanas y esposas?

Bajé a todo correr por las escaleras hacia el parque y antes de que ni yo mismo fuera consciente de donde me metía, los alcancé y alcé una pierna. El violador alzó la cabeza, sorprendido y justo en ese momento, la emprendí a patadas contra él.

—¡QUITA! — y el cerdo se apartó, cayendo a un lado de la arena del parque, con las manos en la cabeza, gruñendo, aturdido. La mujer se levantó enseguida, tapándose el pecho con los brazos, llorando a borbotones. — ¿Estás bien? — ella no me contestó, demasiado asustada como para hablar. Vi al violador removerse sobre la tierra y empezar a levantarse con rapidez. — ¡Corre, corre, vete! — y la mujer salió corriendo, cojeando, con un zapato perdido y sin dejar de llorar, aterrorizada. Suspiré y miré al hombre. La capucha se le había caído y pude ver la cara rechoncha y barbuda de una persona gruesa, horrenda. Miró el callejón por donde ella se había ido y rojo de rabia, acabó clavando su mirada en mí.

Ver el objeto afilado que llevaba en su mano, un simple cuchillo de cocina, me bastó para salir corriendo antes de que él reaccionara violentamente y se me echara encima. Corrí en dirección opuesta al callejón por el que ella había desaparecido. Subí las escaleras por las que había bajado de tres en tres y pude ver de reojo a través de la verja que él había emprendido la marcha detrás de mí, pero no era muy rápido Me embalé por la cuesta que iba hacia la calle iluminada.

¡Estupendo! ¡Otra maratón!

Mientras corría en pos de la luz, los lugares más iluminados, empecé a pensar en las tácticas que recordaba haber leído en el trabajo de Georg en la sección de violadores en serie. A la más mínima sospecha de acoso, correr hacia un lugar iluminado y concurrido, gritar, llamar la atención de otras personas, incluso correr hasta la casa más cercana y tocar el timbre, tirándote un farol. Hacer mucho ruido, defenderte con un arma que pueda parecer amenazante, llaves no sirven. ¡Si tuviera alguna navaja! Intentar disuadir al violador advirtiéndole de cosas que puedan hacerle cambiar de opinión, como que tienes la regla, que estás embarazada… Genial, ¡Pero eso a mí no me servía! Quizás no se había dado cuenta de que era un chico. Quizás eso le hiciera cambiar de opinión. Pensar en ello me hizo tranquilizarme gradualmente. Miré hacia atrás, al final de la calle, todo el recorrido que había hecho, por lo menos doscientos metros del tirón. El hombre había desaparecido. ¿No había podido seguirme el ritmo? No me extrañó. Ni siquiera los chicos que me siguieron aquella noche pudieron seguirme. Un tío grueso entre treinta y cuarenta años mucho menos. Suspiré.

Dios mío… ¿Y Kasimir? Volví a suspirar. Habría huido espantado. Quizás le ocurriera algo. Estaba herido y en esas calles horribles… pero no me atrevía a retroceder para buscarle y me sentí mal por ello. Miré a derecha y a izquierda, arriba y abajo, en las ventanas de las casas que formaban la calle y en los coches casi hechos chatarra que reposaban de forma desordenada en la carretera y, aún así, no eran muchos. Estaban pintarrajeados y rallados, muy boyados, como si todo el barrio se hubiera ensañado con ellos. Miré al frente de la calle.

—Pero ¿dónde está todo el mundo? — murmuré. Si hubiera alguien, si pudiera preguntarle a alguien… y fue en ese momento, en el silencio de la noche, cuando me percaté de aquel sonido. El sonido de algo veloz pasando sobre el asfalto. Unas ruedas rozando con el mismo. Estaba tan acostumbrado al ruido de los coches pasar frente a mi casa, que ni siquiera le había dado importancia en aquel barrio, pero la tenía. Me centré en el final de la calle, iluminada por algunas farolas, otras rotas y pude ver, entrecerrando los ojos, un coche pasando velozmente por la carretera. ¿La autopista quizás? ¡Menos mal! ¡Algo a lo que atenerme! Eché a correr hacia allí, emocionado. ¡Iba a salir de ese maldito nido de escoria y volvería a casa con Tom! O eso esperaba, porque tampoco tenía ni idea de donde estaba la casa de Tom. Estaba cansado, destrozado, hecho polvo de tanto andar y correr. Nunca imaginé que echaría tanto de menos una cama caliente, ¡Solo una cama caliente bajo un techo en el que mantenerme seguro! Me pregunté si habría sido esto lo que Tom habría deseado de pequeño más que nada en el mundo, en lugar de un nuevo videojuego o unos patines. En cuanto llegara a casa, se lo preguntaría.

YouTube — Life OST — 02.Kairou

Estaba a punto de llegar a la autopista, a la que conforme más me acercaba, más me daba cuenta de que solo era una simple carretera, más ancha y mejor pavimentada, pero una carretera como cualquier otra. ¡Me daba igual! Mientras pasaran coches no me importaba nada y, cuando di la última carrera para alcanzarla, débil y más que cansado, con las piernas ardiendo por el trabajo que me suponía tener que moverlas, algo me dio un tremendo empujón por la espalda que me hizo caer al suelo de boca. Apoyé las manos sobre el asfalto y me giré, sorprendido y dolido. Los ojos se me desorbitaron al verlo allí, de pie frente a mí, con el cuchillo de cocina en la mano y la capucha otra vez tapando su cara. Intenté levantarme rápidamente, retrocediendo y esta vez… esta vez fue él el que me pegó una patada en el estómago, tan fuerte, que sentí la comida trepando hasta mi boca. Tosí y me convulsioné, retrocediendo, arrastrándome por el suelo. Gateé, intentando alejarme todo lo posible de él, que avanzaba con pasos pequeños, como si pretendiera hacerme entrar en pánico a base de lentitud en sus movimientos… y lo estaba consiguiendo.

De repente, se detuvo, quieto como un palo, mirándome serio, observando como yo seguía retrocediendo, alejándome cada vez más. ¿Me dejaba escapar? ¿Se quedaba quieto y se largaba, así, sin más? Pero en cuanto noté aquella luz dándome de golpe en la cara, cegándome momentáneamente, lo comprendí.

Estaba en mitad de la carretera y algo estaba a punto de echarse encima de mí.

Cerré los ojos con fuerza y me encogí todo cuanto pude, aterrado. Ni siquiera me dio tiempo de ponerme a temblar muerto de miedo cuando aquello que iba directo hacia mí, hizo un extraño ruido. El ruido de unas ruedas intentando frenar a tiempo… pero no lo consiguieron. Vi como la moto se desviaba en el último momento y pasaba a mi lado a velocidad luz, rozándome el brazo. ¡Rozándome! Observé boquiabierto el enorme monstruo de acero derrapar sobre la carretera, con el conductor encima, perdiendo el control de su transporte y cayendo al suelo, derrapando junto a su moto varios metros más allá, saliéndose de la carretera y levantando una humareda de tierra. La moto chocó contra una montaña de tierra y piedra y pude ver como varios pedazos de ella saltaban por los aires. El conductor volcó a su lado, dando vueltas sobre sí mismo por la tierra hasta detenerse, más lejos incluso que su vehículo.

Dios…

Me levanté con las piernas temblequeando, sin ser capaz de apartar la mirada de los restos del accidente. El conductor no se movía. No… ¿Se había matado? No…

—Joder… ¡Joder! — intenté correr hasta él, entrándome el pánico. Si se había matado sería mi culpa, ¡Mi culpa! ¡Había matado a una persona! Crucé la carretera rápidamente, pero antes de que pudiera poner un pie sobre la arena, alguien tiró de mí con una violencia tremenda. Miré al hombre, al violador, agarrándome del brazo con fuerza y tirando de mí hacia el otro lado de la vía. — ¡No! ¡Suéltame! ¡Soy un chico, soy un chico! — grité, intentando zafarme de él. — ¡Estoy enfermo, tengo sida! ¡Te contagiaré! ¡Suéltame! — escupí varias veces para intentar repugnarle. Me llevé los dedos a la garganta para provocarme el vomito y vomitarle encima, para darle tanto asco que acabara alejándose de mí, pero no me dejó vomitar. Me agarró por las muñecas. — ¡Tom! ¡TOM! — grité. Gritar el nombre de alguien conocido para intimidarle venía en el trabajo de Georg, pero no grité por eso. Grité su nombre porque estaba asustado y quería verle. Porque esperaba que en cualquier momento él apareciera como siempre había hecho y me lo quitara de encima, reclamando lo que era suyo. Pero no venía yo tenía que defenderme.

Intenté pegarle una patada en la entrepierna, pero él se apartó y solo pude pegarle en la pierna. No me dejaba utilizar las manos para golpearle y pataleé como un loco, gritando y gruñendo hasta que me enseñó el cuchillo de cocina y me lo puso frente a la cara.

—Cállate y estate quieto. — me amenazó. Me quedé estático.

—…Soy un chico. Y estoy enfermo, de verdad… te contagiaré si me haces algo… — pero no pareció importarle. Se inclinó sobre mí y me besó en la boca, agarrándome por el pelo y apretándome el brazo con fuerza. Intentó meter su lengua en mi boca y estuve a punto de vomitar, entrándome arcadas al notar su asquerosa boca intentando succionar la mía con lametones y succiones.

Intenté vomitar, olvidándome por completo del trato que había hecho con Tom horas antes, pero solo pude hacer el intento y eso bastó para que el violador se apartara de mí al hacer el amago de ir a echar la pota. Solo por eso, me pegó con el mango del cuchillo en la sien. Caí al suelo de espaldas, aturdido y vi con puro terror y grima como se bajaba los pantalones y se sacaba su duro y gordo miembro delante de mí, sacudiéndoselo con una mano.

Me agarró del pelo.

—¡TOOOOOM!

—¡ME CAGO EN LA PUTA! — y… él apareció. O eso quise creer cuando vi, a varios metros de nosotros, como el conductor de la moto que había rodado por tierra, se levantaba del suelo, sacudiendo la cabeza. Se arrancó literalmente el casco desencajado y lo lanzó con toda su fuerza a la carretera, haciéndolo rebotar con rabia, destrozándolo y pude ver su cara y su pelo despeinado, su expresión furiosa, roja de rabia, su respiración entrecortada, sus gritos… — ¡¿QUIÉN COÑO ESTABA EN MITAD DE LA CARRETERA?! — gritó… y nos miró. Y yo la miré.

No era Tom, pero por suerte o por desgracia, la conocía.

—Ricky…

Continúa…

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por Sarae

Escritora de Muñeco

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