
By Bill
El panorama, las circunstancias y la escena me sorprendieron bastante cuando llegué a la puerta de la pastelería, puesto que no era una pastelería en realidad como me lo habían pintado.
Ya me había parecido raro que hubiera una pastelería en los barrios bajos ya que si la gente no tenía dinero para comprar comida decente, carne o pescado, fruta, menos iba a tener para pasteles.
La pastelería del tío de Andreas era… ¿cómo debía describirla? Multiusos, quizás. El local era grande viéndolo desde fuera, a través de los cristales limpios. Fuera del mismo, a ambos lados de la puerta abierta, una hilera de mesas y sillas formaban un pasillo entre ellas por las que deberían pasar los camareros. Una chica las colocaba en orden con temple concentrado. Vestía un uniforme bastante provocativo, negro y blanco. La falda era corta, a la mitad del muslo, con un bonito vuelo, de color oscuro y encajes claros. Un delantal atado a la cintura adornaba la falda y un lacito azul oscuro decoraba su cuello. El traje era sin mangas ni tirantes, apretado a la parte superior del pecho, cosa que me preocupó bastante. Deseé en silencio que mi uniforme tuviera manga larga.
Finalmente, el pelo de la chica (de un color rubio platino con mechas rosas recogido en dos coletas, bastante divertido), estaba decorado con un pañuelo blanco a modo de felpa. Sus zapatos tenían plataforma, y calcetines altos del mismo color que el pañuelo le llegaban a las rodillas.
Era el típico traje de sirvienta que vendían para carnaval o cosplay atrevido para esas ceremonias de frikis de manga y japonés.
—Andreas… — murmuré. Él me dirigió una mirada feliz.
—¿Sí?
—Yo no tendré que llevar un uniforme como ese ¿verdad? — señalé a la chica y Andy rodó las pupilas por la cuenca de sus ojos.
—¿Quieres el trabajo o no?
—Sí, pero…
—¡Pues aguántate con lo que haya! — me golpeó la espalda con una mano y estuve a punto de vomitar en mitad de la calle. Había conseguido reprimir el vómito sobre aquella moto, pero no me fiaba de poder aguantar mucho más si se me zarandeaba. — Venga, vamos dentro. Deben estar esperando. — se adentró en la pastelería con aire optimista, pero antes, saludó a la chica del traje de sirvienta con una mano. Ella ni se dio cuenta de su presencia.
Entramos, y yo analicé la estancia con ojo crítico. Hum… limpieza. Mesas brillantes y sillas aún más relucientes, de una forma un tanto extraña, originales. El lugar era grande y el estante estaba lleno de pasteles, tartas y chucherías de toda clase y formas. Uff, pasteles de crema. Se me hacía la boca agua. Desgraciadamente, estaban ocultos tras una fina pared de cristal. Sobre la repisa había pan tierno en una cesta, flores que olían a campo, algunos platos recientemente fregados, de cristal y cartas donde venía el menú. Cogí una y me sorprendí al descubrir que no solo preparaban dulces. También vendían pan y a la vez, hacían de las suyas como bar con cerveza, vinos y demás. Tapas variadas, desayunos y almuerzos. Hum…
—¡Andreas! — un grito ronco me sobresaltó. Dejé la carta sobre la repisa de nuevo con rapidez y me volví enseguida.
—Ya estamos aquí, tío. — ¿tío? Observé detenidamente a sobrino y tío. No se parecían en nada y tampoco me hubiera esperado que el dueño de tanto azúcar fuera semejante hombre. Era más bajo que yo, con pelo canoso, mirada exigente y poco tolerante, arrugas alrededor de los ojos y dueño de un cuerpo tan musculoso, que daba grima. Fumaba puros… y era feo. Solo le faltaba el bigote y menos musculatura para encajar con mi imagen mental del jodido Hitler.
—Llegas tarde. — gruñó. — ¡Tres minutos tarde! ¿Es que pretendías hacerme esperar toda la mañana, nenaza?
Hostias… el presidente del Daily Planet.
—Lo siento, tío. Ha habido un… pequeño contratiempo y…
—¡No quiero excusas! — volvió a gritar. Sus pequeños y agudos ojos se clavaron en los míos. — ¿Este es tu amigo?
—Sí, es este. — me analizó de arriba abajo con esos pequeños y feos ojos y volvió a gruñir.
—Demasiado flacucho. — ¡Ja! En eso le daba la razón. — Pero es alto. No me gustan las personas demasiado altas. Parece un palillo, tu amigo. — me callé, poco dispuesto a empezar una pelea con ese enano musculoso. Le dirigí una mirada interrogativa a Andy. ¿En serio tenía que lidiar con ese elemento? — ¿Cuál es tu experiencia, mister anorexia?
—¿Anorex…? ¿Perdón? — ¿Me había insultado?
—¡Tu experiencia en el trabajo! ¿Con quién has trabajo antes, de qué?
—Ehm… — me lo planteé. El tío me estaba poniendo nervioso. Gritaba mucho, como mis profesores de primaria intentando controlar a una jauría de niños alocados. — Una vez vendí papeletas y publicidad como Santa Claus en el centro de Hambur… ¡Ahh! — Andreas me pisó el pie, despiadado y me fulminó con la mirada. — Ehm… he trabajado en bares y tabernas… por la noche.
—¿Por la noche? — preguntó el jefe, alzando una ceja con incredulidad. Yo asentí con la cabeza. — ¿Y de qué te ocupabas?
—Pues… de todo un poco. A veces llevaba pedidos a los clientes, otras veces cobraba y otras veces limpiaba. — me inventé.
—Es un maestro de la limpieza. — añadió Andy.
—¿En serio? ¿Sabes planchar?
—Sí.
—¿Barrer y fregar?
—Sí, claro.
—¿Limpiar cristales y recoger, ordenar, fregar los platos?
—Por supuesto.
—¿Y los baños?
—¡Los deja como los chorros del oro! — gritó Andy. El jefe asintió con la cabeza lentamente, con una mano en la barbilla.
—¿Y eres bueno en matemáticas?
—¡Claro! ¡Siempre he sacado sobresaliente! — sonreí. No. Nunca había sacado sobresaliente en matemáticas. De hecho, había suspendido incontables veces y me habían acabado aprobando por pena. Casi había olvidado cómo se dividía por dos cifras.
—¡Perfecto, te contrato! — asentí con la cabeza, efusivo.
—¡Genial!
—Ocho horas diarias. De lunes a viernes, de nueve a una y por la tarde, de cinco a nueve de la noche.
—¡Sí, sin problemas!
—¡Puntualidad! — añadió y yo asentí, repentinamente feliz. ¡Tenía trabajo! ¡Había encontrado trabajo! ¡Me había hecho independiente! — El sábado harás solo el turno de mañana y por la tarde, después de la una, podrás irte a casa hasta el lunes siguiente.
—¡Me parece bien!
—Las horas extras no se cobran y las propinas, la mitad van para mí. ¡No se te ocurra quedarte con nada ni coger ni un euro de la caja, porque lo sabré y te mandaré a la puta calle! — me gritó, pero yo estaba tan feliz que ni lo tuve en cuenta.
—¡De acuerdo!
—¡Bien! Este chico me gusta, Andreas, aunque sea un palillo. — Andy y yo nos miramos, con una sonrisa de oreja a oreja. Tenía ganas de darle un abrazo de oso allí mismo.
El que a partir de hoy sería mi jefe, anduvo hasta detrás del recibidor, hacia la caja, abriéndola con una llave diminuta que llevaba atada al cuello, sacando papel y bolígrafo. Extendió el papel hasta mí.
—Firma ahí. Es un contrato de prueba de dos semanas. Si me convences, me quedo contigo. Si no haces bien tu trabajo, irás fuera. — cogí el bolígrafo sin rechistar y fui directo a firmar sin leer nada más, mucho menos la letra pequeña. Empecé a firmar cuando de repente, el jefe preguntó:
—Bueno, ¿y cómo te llamas, chaval? — yo alcé la cabeza y le sonreí.
—Bill. Bill Kaulitz.
Y al instante, el ambiente de buen rollo, la sonrisa, al igual que el color de su cara, desapareció.
—¿Perdón? ¿Cómo has dicho que te llamas? — fruncí el ceño y fui a contestar, extrañado por su repentina reacción despreciativa, pero Andy me pellizcó el costado, haciéndome encoger la cara en una mueca de dolor. Le miré de reojo. Negaba con la cabeza fuertemente. “Ni se te ocurra”, murmuraba. ¿Qué pasaba ahora? ¿Cuál era el problema? ¿Mi apellido otra vez? La gente se ponía pálida cuando se enteraba de que era el hermano de Tom y muchos, salían corriendo. ¿Qué tendría mi hermano para provocar semejante reacción? Porque por mucho que me hiciera, yo no sentía la necesidad de salir corriendo, como mucho, de evitarlo.
En fin…
—Bill… Bill a secas. — murmuré y el jefe asintió con la cabeza, no muy convencido.
—De acuerdo, Bill a secas. Empiezas a trabajar hoy. — firmé el contrato con rapidez y se lo entregué. — ¿Cuántos años tienes?
—Dentro de unos meses cumpliré veinte.
—Lo suponía. ¿Y tu talla es la…? — ladeé la cabeza y levanté un poco la enorme camiseta de Tom hasta mi cintura. Estiré un poco de los pantalones y miré la talla de mi hermano. ¿Las cuarenta y cinco? No, imposible. Me sobraba mucho de cintura.
—Hum… no estoy seguro. Creo que es una treinta y seis o treinta y siete. — los dos, sobrino y tío, me miraron con una ceja alzada.
—Joder, pues sí que eres delgado, chaval. No quiero a nadie consumido mientras trabaja, no quiero ningún escándalo en este sitio, ¿entiendes? Así que como primera tarea, mejora tu peso. No sé, come muchos dulces, engorda y luego, apúntate a un gimnasio. — sentenció. Yo asentí. Otra mentira más no haría daño a nadie. — El uniforme de mi sobrino te estará grande de cintura y corto de largo, pero mejor que lo que llevas puesto… quizás tenga algo una talla más pequeña. Miraré por ahí… ¡ADAM! — tronó y el pestazo a puro viajó hasta mi cara. ¡Urgg, qué asco! ¿y durante cuánto tiempo tendría que aguantar semejante vocerío y olor? Por un lado esperaba que durara y por otro, que no fuera por mucho tiempo. Andreas y el jefe, Habermman, supuse, se giraron hacia la puerta de salida, esperando algo o a alguien, pero nadie apareció. — ¡Maldita sea! ¿Dónde cojones se ha metido este tío?
—Estoy aquí. — otra voz desconocida para mí saltó a mis espaldas. Me volteé y casi choqué de cabeza contra otro tío unos centímetros más bajo que yo. — Oye, ten cuidado. — se quejó.
—Lo siento. — me aparté un poco y pude ver el que supuse sería mi uniforme de trabajo. Lo primero que pensé, fue… ¡Oh, mierda, debía llevar corbata!
—¡Adam! ¿Dónde coño estabas? — gritó mi jefe al chico, Adam. Hum… como la familia Adams.
Le miré a la cara descaradamente, curioseando. Tenía pinta de tener unos veinte y dos por lo menos, bastante alto, teniendo en cuenta que yo lo era demasiado y él se mantenía en una estatura ideal. Delgadito como yo (bueno, no como yo, pero no estaba corpulento desde luego), con el uniforme negro y blanco de la pastelería (no estaba mal salvo por la corbata) y con una musculatura no muy marcada en los brazos. Me recordó a Andy y los miré alternativamente. Tenían un cuerpo muy parecido. Era moreno, con el pelo revuelto, un poco puntiagudo, ojos grandes y de un color azul claro resaltaban en su tez morena. Tenía perilla, poca, pero tenía. Como Sparky antes de que empezáramos a enrollarnos.
Debía llamarle pronto para que no se preocupara. Empezaba a sentirme culpable por haber evitado sus llamadas.
—Estaba fuera, colocando sillas. — murmuró él. Su voz era un poco más aguda de lo que me hubiera esperado, como la de un niño al que aún no le ha cambiado la voz, aunque su tono serio compensaba con creces esa falta.
—¡Mentira! — le gruñó Habermman. — ¡Heidi está colocando las sillas! ¡Tú estás haciendo el vago, como siempre! — él puso los ojos en blanco, sin rechistar. — ¡Venga, haz algo de provecho y lleva a este chico a los vestuarios! Dale un uniforme, vamos. — por primera vez después del estúpido golpe, pareció reparar en mí. Alzó una ceja.
—¿Nuevo? — preguntó.
—¡Sí, es el nuevo! Así que ya sabes lo que quiero. Enséñale el oficio. — Adam asintió, suspirando. Se le notaba molesto. — Bill, quiero que te pegues al culo de este tío todo el día, durante esta semana. No le quites la vista de encima. Te enseñará lo que hay que hacer.
—Hum, vale.
—¡Pues venga, a trabajar! Los clientes deben estar a punto de llegar para desayunar. ¡Vamos! — me gritó y de un empujón, Andy me encaminó hacia el otro lado de la recepción, junto a Adam.
—¡Ánimo, Billy! Paciencia, despacito y con buena letra. ¡Nos vemos luego! Le diré a tu hermano que venga a recogerte después. — añadió y me guiñó un ojo. Yo palidecí. ¡Idiota de mí!
—Sígueme. — me llamó mi nuevo compañero de trabajo y obedecí con sumisión. Abrió la puerta que había detrás del mostrador y nos adentramos por un pasillo largo y ancho, lleno de puertas cerradas a ambos lados del mismo, tabú para un principiante como yo.
El corazón me latía fuerte. Estaba nervioso.
—¿Cómo te llamas? — me preguntó con tono seco.
—Bill Ka… bueno… Bill a secas. — e incomprensiblemente, sonrió con unos dientes cargados de ironía y limpieza.
—Adam… Adam también a secas. — quizás era cortito, pero no entendía dónde estaba la gracia del comentario.
.
By Tom
Bourjois… Maybeline… Guyliner… Artistry… Channel… Max Factor… Lancome… hum… nunca hubiera imaginado que elegir un maldito lápiz de ojos y polvos para la cara fuera tan difícil. Habían miles de marcas, a cada cual con un nombre cada vez más extravagante. Bourjois… ¿Qué se suponía que significaba esa palabra que sin duda, sería francesa? ¿Significaría que era la mejor marca? ¿La más destacable de entre todas las demás? ¿Por qué olía tanto a flores y a colonia cara? Me iban a empezar a lagrimear los ojos con tantos olores fuertes.
—Esto… señor… ¿desea algo? — la dependienta de aquella tienda de cosméticos se me acercó con una sonrisa de oreja a oreja. Me daba la extraña sensación de que se estaba burlando de mí.
—Sí. ¿Sabes cuál de estas marcas es la mejor? — la chica observó los siete lápices de ojos que había arrancado de sus respectivos lugares. Agarró uno y lo observó con curiosidad. Hizo lo mismo con los demás.
—Pues son todos muy buenas marcas. No sabría decirle.
—Hum… ¿y el más barato o el más caro?
—Pues… Channel quizás, o Artistry, los más caros. — asentí con la cabeza.
—Yo solo quiero que pinte bien y que dure mucho.
—Pero ¿de qué color lo está buscando? Los que ha cogido son de colores muy diferentes. Este es azul oscuro, por ejemplo.
—¡Hostias, no jodas! ¿También hay de diferente color? — ella sonrió aún más. Parecía orgullosa.
—Tenemos una gama muy completa. ¿De qué color lo quiere?
—Negro, muy negro. Cuanto más negro, mejor.
—Pues mire, éste de Maybeline por ejemplo, pinta muy bien. Además, está en oferta. Con este lápiz, le regalamos el rímel de la misma marca. ¡Muy bueno, por cierto!
—Ah, rímel… ¿y eso qué es? — lo cierto es que no tenía mucha idea de maquillaje, y eso saltaba a la legua. Seguramente, me la colarían por todas partes por tener tan escasa información sobre el tema, pero joder… nunca hubiera pensado que yo algún día, vagando por ahí, acabaría en una puñetera tienda de cosméticos.
Todavía no sabía muy bien qué hacía allí, pero el escaparate lleno de esmalte de uñas de todos los colores, maquillaje con pinta cara, exuberantes carteles de chicas maquilladas perfectamente y ese olor tan dulzón, me había atraído como la miel al oso. También los recuerdos. Nada más ver los pintauñas me había acordado de mí Muñeco, de su cara repleta de concentración mientras se pintaba y se limaba con cuidado sus bonita y largas uñas, las cuales ahora tenía destrozadas y sin ningún color.
Había entrado guiado por la molesta sensación de los pinchazos en la nuca y porque el Muñeco se había detenido justo delante del escaparate, bailando dance. Difícil de creer, ¿no? Pues lo había hecho. Cuando me resigné y entré, tanteando el terreno, arrugando la nariz al pasar por delante de la sección de perfumes y yendo con decisión hasta la de maquillaje, ya era demasiado tarde. El Muñeco se había puesto a mirar lápiz de ojos de tonalidades oscuras y me los señalaba con los brazos descosidos y yo, como un idiota, le había seguido el juego pensando en Bill. Hacía una semana que no se maquillaba ni se arreglaba las uñas porque no tenía maquillaje ni lima. Tampoco se alisaba el pelo y se lo dejaba suelto y ondulado, cosa que sabía que le molestaba y sin embargo, rememorando momentos pasados, me percaté por primera vez de que no se había quejado de ello todavía y sospechaba que no lo haría.
Vaya… había tenido una noche entera en la calle para pensar en los últimos acontecimientos, en la última pelea y quizás, ignorando el gran cuerno que me crecía en la frente, me había pasado con él. Solo quizás.
Pero eso no quitaba que me molestara mucho, muchísimo, más que ninguna otra cosa que me rechazara. Le odiaba por ello pero… había tenido sus razones para hacerlo ¿no? Al fin y al cabo, había hecho trizas nuestra tregua.
—Este está bien. ¿Cuánto vale el esmalte?
—¿Cuál, el negro?
—Y el blanco.
—Pues cinco euros cada uno.
—¿Cada uno? — bufé. El puto maquillaje era caro de huevos. — ¿Y la lima?
—Esta de metal, tres.
—Hum… ¿tenéis de eso que se echa en los ojos, lo oscuro, lo que se pinta en los párpados?
—¿Te refieres a sombra de ojos?
—Sí, supongo.
—¡Claro! ¿De qué color lo quieres?
—Oscuro. Del más oscuro que tengas. — la mujer empezó a sacarme sombras y sombras con diferentes tonalidades de oscuro. Esperé en silencio, entre aburrido y cansado a que terminara de soltarme el rollo sobre la amplia gama de colores, del morado, del azul noche, del negro… mis ojos se desviaron, divagando por los alrededores sin prestar mucha atención e inocentemente, acabaron en la sección de utensilios para cocina y baño. Lavavajillas, detergente, pañales para bebés, compresas, champú, espuma de afeitar, jabón…
Jabón…
De repente, sentí la imperiosa necesidad de tragar saliva. Había tirado el jabón con el que Bill me había roto la cabeza a la basura a causa de la rabia y ahora no teníamos jabón para lavarnos. Bueno, yo no lo necesitaba. Utilizaba el gel, pero Bill… por lo visto, Bill prefería disfrutar con el jabón…
Sacudí la cabeza, intentando deshacerme de la erótica y casi pornográfica escena de su cuerpo bajo la ducha, del jabón en su mano siendo paseado y restregado por su torso desnudo, haciendo espuma, acariciando su cuello, sus pezones, su ingle, la entrepierna, su…
—¿Qué te parece ésta?
—¿Eh? — la mujer me plantó en la cara una cajita trasparente y fina, con varios círculos repletos de pintura de diferentes tonos oscuros. No me detuve a mirar ninguno más. — Sí, esa misma.
—De acuerdo. Rímel, lápiz de ojos Maybeline, dos esmaltes de uñas, lima, sombra de ojos… ¿algo más?
—Hum… — suspiré, resignado y un poco tenso. — Y… uno de esos paquetes con pastillas de jabón, de los azules. — y la mujer me los echó, la mar de sonriente. ¡Menuda compra de mierda! ¿Y por qué cojones tenía que comprar el jabón que Bill me tiraba a la cabeza y con el que hacía a saber qué? Luego le olía la entrepierna a limpio… y eso era bueno ¿no? Me imaginé de pasada lo que haría con ese gran trozo duro y azulado, como jugaría con él y solo se me ocurrió una escena posible en el que la dichosa pastilla de jabón acababa entre sus piernas, perforándole el recto, dentro, muy dentro…
“Uhmm… ah… un poco más… más a dentro… quiero estar muy limpio para mi Amo… ¡Ahhh!”
—¿Algo más, señor?
—¡Pañuelos! — grité, con la voz enronquecida. La dependienta se me quedó mirando con una ceja alzada. — Sí, pañuelos… muchos pañuelos. — asentí y ella, encogiéndose de hombros, metió los pañuelos en la bolsa.
—¿Para tu novia? — preguntó de repente.
—¿Qué?
—El maquillaje. ¿Es para tu novia?
—Claro. ¿Para quién iba a ser si no?
—Pues son cuarenta y dos euros con sesenta, señor. — ¡joder, lo que me iba a costar el maquillaje de mi novia! Y mis pañuelos… ¡y el jabón! Agarré la bolsa con una mano y pagué en efectivo con cincuenta euros. Me dirigí hacia la puerta en cuanto me fue devuelto el cambio y eché a andar, con el Muñeco colgándose de la bolsa y balanceándose en ella de atrás hacia delante, sonriente. Parecía un poco más animado.
Bueno, ¿y ahora qué haría? Después de estar toda la noche fuera y haber dormido lo justo en el coche, había acabado comprando maquillaje en los barrios altos. Tenía ganas de fumar algo, me daba igual el qué. Tenía hambre y sueño, así que decidí que volvería a casa, dejaría salir a Bill del baño a regaña dientes y le tendería el maquillaje, haber si así no me rechistaba por gruñón y aprovechado.
Pero un grito agudo captó toda mi atención y se cargó mis planes, derrumbándolos como un castillo de naipes.
—¡TOM! — me giré. Aquella cabeza rubia platina corría como un rayo hasta mí y se me tiró encima prácticamente, colgándose de mi cuello de improviso y haciéndome perder el equilibrio.
—¡Eh!
—¿Dónde coño estabas? ¡Habíamos quedado! — reconocí a Andy en cuanto mis ojos detectaron su inconfundible pelo. Bufé. Mierda… ¡con las pocas ganas que tenía de marcha!
—Hola, Andy.
—¡Adiós, Tom! ¡No me jodas! ¿Y me saludas así, con esa cara de muerto? ¿Sabes qué hora es? Te llevo esperando horas, tío, ¡horas! ¿qué haces en los barrios altos?
—Paseaba.
—¿Paseabas? ¿Por aquí? — Andy entrecerró los ojos, desconfiado. Su mirada automáticamente viajó hasta mi bolsa, la cual escondí tras mi espalda enseguida. Empezaría a preguntar por el maquillaje, por los pañuelos y también ¡por el jabón! Y yo acabaría soltando que todos y cada uno de esos objetos tenían intenciones obscenas que no le incluían. — ¿Qué es…?
—¿Quieres dar una vuelta conmigo? — le corté y Andreas me observó con detenimiento la cara, intentando captar la mentira o la incomodidad. Mi nuevo Muñeco era un puñetero detector de mentiras andante, pero esa vez pareció pasársele por alto la más importante. Sonrió.
—Claro. — y me dio un breve besos en los labios. Fingí una sonrisa amplia y le rodeé los hombros con un brazo, más amistosamente que de otra manera. Cuando empezamos a andar le dediqué una última mirada al escaparate de la tienda de cosméticos. La mujer que me había atendido se me había quedado mirando con sorpresa y cierta pálidez.
¿Maquillaje para mi novia? Sí, claro… ni en mis mejores sueños.
—¿A dónde quieres ir? — me preguntó Andy, caminando por la calle principal repleta de tiendas de ropa, zapatos, bares y sitios así. Todo muy caro, por supuesto. Para algo estábamos en Stuttgart, una de las ciudades más populares de Alemania (hablando de los barrios altos, de los bajos nadie se acordaba).
Me lo pensé. Estaría bien ir a uno de esos moteles de carretera o de los barrios bajos, porque en los altos solo encontrabas hoteles caros. Haríamos guarradas, follaríamos (cosa que no habíamos hecho nunca, al menos no habíamos llegado jamás hasta el final) y luego, podría dormir, echarme una siesta larga y descansar. No había hecho nada la noche anterior, pero por algún motivo inconcreto me sentía desfallecido y cansado. Sí, ese sería un buen plan. No tendría que moverme mucho salvo en la cama y…
Me detuve. Una tienda cara, repleta de ropa cara, complementos caros, zapatos caros, marca, moda… pantalones y camisetas para hombre, oscuras. Zapatillas de deporte. Estilo ingenioso y hasta un poco violento. Cadenas colgando de la ropa…
—Andreas… — lo llamé. Él se había detenido a mi lado y contemplaba con gesto confuso la tienda de ropa. — ¿Crees que aquí venderán ropa de una talla treinta y seis o treinta y siete?
—¿De pantalón? Supongo…
—¿Y la S o M? Cuarenta de pie, tal vez…
—Tom, tú no bajas de la XL. ¿Para qué quieres saberlo? — ladeé la cabeza. Bueno, éramos hermanos gemelos. Tendríamos una talla muy parecida. Al menos tenía mi mismo número de pie.
—Voy a entrar.
—¿Para qué?
—Para comprar, joder, ¿para qué otra cosa iba a entrar? — Andy frunció el ceño, no muy convencido. Le dediqué una mirada complaciente. — Si entras conmigo y me ayudas a buscar, te invitaré a pasar la noche a uno de esos hoteles tan caros que hay por aquí. — los ojos se le encendieron, brillantes como el diamante.
—¡Vale! ¡Voy! — y entró corriendo como un torbellino.
Yo esperé fuera unos segundos, pensativo. Bill siempre se ponía mi ropa desde que había llegado a Stuttgar. Siempre mis camisetas, mis pantalones e incluso ropa interior. No había visto ninguna maleta por la casa y Bill era demasiado coqueto y detallista como para no traerse ni maquillaje ni ropa a sabiendas de que iba a pasar un tiempo fuera de casa. ¿Qué le había pasado a su ropa? ¿Por qué no se lo había preguntado todavía?
Me molestaba no saberlo. Había tenido que esperar a que estuviera drogado para enterarme del acoso sufrido en Hamburgo. ¿Por qué no había insistido en que me lo contara, igual que con la ropa? Me percataba de las cosas pero las dejaba pasar, como si no me importaran y me importaban, en parte o, al menos, seguro que le importaban a Bill. También me pregunté por qué no me había dicho nada, que necesitaba ropa y maquillaje, algo, y recordé cómo le había quitado el dinero para reparar la vitrocerámica y como le había echado las cosas en cara la mañana anterior, restregándole el secreto de por qué había ido a parar a Stuttgar, utilizando lo que más le dolía en su contra. ¿Cuántas veces había hecho eso desde que lo conocía? Utilizar los secretos que me confiaba en su contra… miles.
Claro… Bill ya no se atrevía a contarme nada estando lúcido porque había traicionado tantas veces su confianza, que ésta ya no existía. Y… ¿Por qué demonios había tardado tanto tiempo en percatarme de ello? Claro. Porque eres idiota, Tom.
Le dirigí una breve mirada al Muñeco, sintiendo sus ojos de botones clavados en mi nuca y éste, sonrió. No sonría con maldad.
Era la primera vez que el Muñeco parecía feliz.
.
By Bill
No. No. No… yo no estoy listo para esto. ¡Es estresante! ¿De dónde puñetas habían salido esas veintenas de personas? ¿Y por qué la mayoría estudiantes? ¿No deberían estar en el instituto o trabajando? ¿No deberían los empresarios estar estresados encerrados en su maldita empresa? ¿No debería yo estar en casa limpiando el baño y preparando la comida?
Salí del vestuario, de detrás de la repisa y anduve hasta Adam despacio. Estaba atendiendo a unas adolescentes que parecían no decidirse por el qué tomar. Le di un golpecito en el hombro y se giró enseguida. Fue a hablar pero se calló repentinamente, como un muerto.
—Bueno, yo ya estoy… ¿qu—qué hago? — murmuré. Él pareció encogerse un poco de hombros, desviando la mirada. Parecía incómodo.
—Atiende a los clientes que te lo pidan. Creo que se te dará… bien. — dijo y me tendió una libreta de papel llena de tachones con un bolígrafo. Pero bueno, ¿eso de apuntar a mano los pedidos de la gente no había pasado a la historia? ¿Dónde estaba la agenda electrónica y todo eso? La cogí a regaña dientes y nuestros dedos se rozaron. Adam apartó el brazo con brusquedad, como si temiera que le contagiara algo. Pero ¡Qué poca educación! — Puedes empezar por esta mesa, te dejo a ti a cargo de ésta sección y… ah… Bill…
—¿Qué?
—El pañuelo de la cabeza… no hace falta que te lo pongas.
—¡Ah, bueno, ya! Pero así me quito un poco el pelo de la cara. La coleta no me recoge el flequillo y eso. — me había recogido el pelo en una coleta alta, ¡con lo que lo odiaba! Pero tampoco podía permitirme llenar de pelos los pasteles de los clientes. Me había puesto la corbata, pero no alrededor del cuello de la camisa, si no del cuello directamente y me había abierto ésta un poco, acalorado. Hacía un calor de mil demonios y yo, con manga larga, aunque fina, por suerte.
Adam se me había quedado mirando.
—Hum… ¿me dejas que tome la cuenta o la tomas tú? — pestañeó, me dio la espalda sin decir nada y anduvo hasta la mesa de al lado. Supuse que me dejaría al cargo de su mesa y di un paso al frente. — ¿Qué vais a tomar? — pregunté a las adolescentes.
—¡Ya era hora! ¡Sois lentos de huevos! — gruñó una que ni siquiera me miró a la cara, rebuscando entre su bolso de Prada. Anda, si las pijas también existían en Stuttgart.
—¡Llevamos esperando más de diez minutos y tenemos que volver al insti! ¡Venga, rápido, quiero un…! — chilló otra con agudeza, pero se detuvo en el momento en que alzó la vista. Me miró. Me miraron. Cuatro. Y silencio.
—¡Eh! ¿¡Dónde está mi batido de cereza!? — la del bolso de Prada encontró por fin su espejo de mano y me lanzó una mirada cargada de cabreo que se esfumo en cuanto pareció percatarse de mi presencia. Eran cinco… y las cinco parecieron quedarse con la boca abierta.
—Bueno… ¿vais a pedir algo o no? — pregunté, extrañado. Parecían tontas de remate.
—¡Ah, sí, sí, ponme un batido de chocolate!
—¡Y a mí un pastelito de crema!
—¡Yo quiero un batido de cereza!
—Yo un helado de vainilla. — lo apunté todo a la velocidad de la luz. Uff, tener las uñas rotas lo hacía todo mucho más fácil.
—¿Algo más? — insistí, dirigiéndome directamente a la chica del bolso. Ella ni se lo pensó. Cruzó las piernas y los brazos, poniendo la espalda recta y sacudiéndose la larga melena rubia, habló.
—¿Puedo pedirte a ti, muñeco?
—…¿Perdona?
.
By Tom
—Esto… no… me entra… ¡Arrrg! — como consiguiera abrocharme el maldito botón del pantalón, me estallaría un riñón, seguro.
—Tom, que te estás probando una treinta y seis, tío. ¿Cómo quieres que te entre? Si no sé ni cómo te han podido entrar esos muslacos que tienes sin haberte roto un hueso. — escuché a Andreas al otro lado de la cortina de los probadores.
—¡Arg, cállate, rubia! — me puse de pie y los pantalones me dieron semejante tirón de la entrepierna que vi las estrellas. ¡Pero cómo podía ponerse mi hermano estas cosas sin quedarse estéril! — ¡Ah, no lo aguanto más! — me los quité a mala hostia, o lo intenté. Se me habían quedado medio atascados en el culo. — ¡Joder!
—¿Te traigo una cuarenta y dos mejor?
—¡Que no, coño! ¡Trae una treinta y siete!
—¡Pero Tom, que tú eres muy ancho de cintura y de hombros, tío! ¡Que ya te has cargado dos camisetas de la talla S! Que por cierto, me acabo de dar cuenta ahora de que son de tía. Ya decía yo que te veía raro con ellas…
—¡Está bien, está bien! ¿Cuál crees que es la talla ideal para mi hermano?
—¿De tu… de Bill?
—No, de mi otro hermano, el que mi viejo encerró de pequeño en el monasterio del Escorial, ¡no te jode!
—Pero, un momento… ¿te estás probando toda esta ropa para Bill? Pero, ¿tú eres tonto? ¡Si tú le sacas por lo menos dos tallas más!
—¿Dos tallas más? — de acuerdo, eso tenía sentido pero… ¿cuál era mi talla? Siempre le añadía unas cuatro tallas más a la ropa. — Andreas… ¿tú sabes cuál es mi talla?
—La cuarenta de cintura y una M más o menos de hombros… bueno… una XL quizás. Estás más corpulento.
—Ah… ¿sabes tú mi talla y yo no?
—Tom, llevo flipado por ti desde los nueve años.
—Joder, y a mí me flipa Angelina Jolie y no me sé su talla de sujetador.
—Entonces, ¿esa ropa es para tu hermano?
—Sí. — conseguí sacarme los pantalones metidos a presión y por fin pude respirar. No había querido decírselo. Ir de compras en nuestra “cita” para comprarle la ropa a mi ex Muñeco no debía ser muy halagador y el silencio de Andy al otro lado del probador me lo demostró con creces. Suspiré. — Bueno, experto en moda, tú que lees muchos libros, ¿te sabes también la talla de Bill?
—¿Qué tiene que ver que lea muchos libros con saberme la talla de tu hermano?
—Pues que si me ayudas a buscar ropa de su estilo y talla, podrás revolcarte como un cerdo entre unos pocos libros más en el hotel donde pronto pasaremos la noche.
—¿Me estás diciendo que si te ayudo, me comprarás libros? — uff, dicho así, sonaba muy cutre.
—Si los quieres… — de repente, tiró de la cortina y la abrió. Se metió en el probador conmigo y la volvió a cerrar. —Andreas, ¿qué haces? Que aquí no podemos follar, ¿no ves que nos tapa una cortina de mierda jodidamente amariconada? — me tendió varios pantalones, entre ellos unos oscuros de pitillo, otros con rasgones por la rodilla, un chándal para mi gusto, de lo más hortera y varios pares de camisetas con abundancia de color negro y dibujos oscuros y chulos, de los que les había visto llevar a Bill en más de una ocasión. Una chaqueta de cuero muy macarra acabó entre mis manos. — Joder, eso es rapidez, Muñeco. — Andreas me sonrió y alzó una mano de las que colgaban unas bambas de color negro y blanco, del número cuarenta. Le encantarían a Bill. Me gustaban hasta a mí.
—¿Podemos ir ya a la librería?
.
By Bill
—¡No, no, tú no! ¡Quiero que me atienda el camarero ese!
—¡Heidi! ¿Cómo se llamaba el nuevo?
—¡Que me sirva el moreno, que está muy bueno!
—¡Un cuarto de tarta de fresa!
—¡Quiero una batido de helado!
—¡Pues yo quiero ese culo, moreno!
—¡Jajaja!
—¡Rápido, rápido!
—¡Biiiiiiill! ¡Atiende a los clientes, vamos, rápido! ¡Qué levantas pasiones y lo que no son pasiones, chaval! ¡Me vas a hacer de oro!
—Bill, te quieren por allí.
—Chico milagroso, te reclaman en mi puesto. Los clientes solo te quieren a ti.
—¡Arrrrrrrggg! ¿¡Quién me ha tocado el culo!? ¡Ya vale! ¿No? ¡Que no me metáis propina en los bóxers, joder!
—¡Moreno, date prisa, que he pedido hace media hora!
—¡Deberías ser más rápido con esas piernas tan largas!
—Toma, veinte euros y lo que sobre para ti. ¡Por guapo!
—Pero si le tengo que cobrar cinco euros, señora.
—¡Moreno!
—¡Moreno!
—¡Piernas largas!
—¡Muñeco!
—¡Culazo!
—¡Un café por aquí, por favor!
—Sí… ¡Y la jubilación para mí! — me estaba volviendo loco. ¡Eso era peor que trabajar en un bar de putas! ¿Me veían cara de puta de barra? ¿Veían que iba vestido con ropa corta enseñando carne e insinuándome? ¡Porque no! ¡Iba vestido de camarero de toda la vida! ¿Pero qué problema tenía la gente en Stuttgart con los morenos de pelo largo y piernas largas? ¡Que yo era alto sin quererlo!
—Tomad, aquí. Vuestros helados y batidos y… ¿era para vosotras, verdad? ¿O me he vuelto a equivocar? — las chicas a las que estaba atendiendo se miraron las unas a las otras, cómplices.
—No, no, esto está bien, pero ha habido un pequeño problema. — Dejé la bandeja cargada sobre la mesa, repartiendo los pedidos en desorden, cansado. Serían puercas… ¡pero si les había traído lo mismo que al principio! Me habían hecho dar vueltas y vueltas para nada.
—¿Qué problema? — la chica del pelo corto sonrió y apartó la silla de su mesa, mostrándome su escote con una gran mancha de agua empapando su ropa.
—Se me ha caído el agua encima y me he manchado, ¿podrías limpiármelo? — observé las gotitas de agua que se escondían entre sus pechos, descendiendo entre ellos que causándome dolor a la vista, estaban repletos de estrías de un color rojizo sangrante.
—¡ADAAAAM!
—¡Bill, muy bien hecho, chaval! ¡Te has portado! ¡Joder que si te has portado, me vas a hacer rico, tío! ¡Eres una mina de oro, Bill! ¡UNA MINA! ¿Quién iba a decir que eras el terror de las nenas con eso cuerpo tan flacucho? ¡Olvida lo del gimnasio! Puedes irte a casa a comer. ¡Te espero aquí a las cinco para la tarde, no te retrases! Y para que veas que me has hecho feliz con tu deslumbrante entrada en mi negocio, ¡te dejaré que te quedes con la propina que te han metido en los gallumbos! ¡Tú sí que eres un tío, chaval! ¡Hasta luego!
Salí de la pastelería con los pulmones abarrotados por el estrés. Estaba sudando y mi corazón parecía ahogarse con mi propia sangre con cada suspiro que daba. Empecé a abanicarme con una mano, exhausto y me dejé caer al suelo de culo, apoyándome en la pared que daba a la salida trasera de la pastelería. ¡Qué agotador y obsceno! Nunca había pensado que unos pocos pasteles y batidos de helado podrían parecerme tan puercos, pero habían salido cada lindeza de la boca de aquellas adolescentes que… uff… y tenían fuerza las cabronas. Tom nunca me había dado azotes tan fuertes en el culo como habían hecho ellas.
—¡Argg, qué calor! — el sol estaba en lo alto, anunciando el mediodía y me golpeaba la cara con todo su resplandor, abrasándome el cuerpo. El verano empezaba a notarse y también mi manga larga, que comenzaba a angustiarme.
Mi primer día de trabajo (mañana, mejor dicho) había resultado angustiosa y estresante, pero me había proporcionado una sensación totalmente nueva. Tenía hambre. Y sed. ¡Mucha hambre y mucha sed! Y no uno de esos apetitos que me entraban de repente, que me hacían cebarme de lo lindo para luego vomitarlo. No. Tenía hambre de verdad. Tenía ganas de carne o quizás un pescado rebozado… no, no… pescado no. ¡Algo con mucha grasa! Bueno, había ganado treinta euros en propinas, así que podría comprarme un par de hamburguesas en un McDonal´s cercano, pero primero…
Miré de lado a lado la parte trasera de la pastelería, comprobando que no había nadie en los alrededores y me alcé las mangas de la camiseta de Tom hasta los hombros, todo lo que pude. Mis brazos cubiertos de vendas quedaron al descubierto, vendas que debería cambiar pronto. Empezaban a picarme, aunque no porque quisiera cortarme. Sentir a mi Muñeca en el bolsillo delantero de mi pantalón me hacía relajarme. No tenía ninguna necesidad de momento, así que dejé caer la cabeza hacia atrás, estirando el cuello y…
Mis ojos se cruzaron con los de Adam, mi superior, por así decirlo. Se había acuclillado a mi lado y me observaba con una ceja alzada y una bolsa de basura en la mano.
—¡Ahhh! — grité. Él se sobresaltó y se apartó.
—¿Qué?
—¿Qué de qué? ¡Me has asustado!
—Ah. Lo siento.
—La próxima vez dame un toquecito en el hombro por lo menos.
—Hum… vale. — apreté los brazos contra mi estómago, intentando alejarlos de su vista, cosa que no resultó demasiado difícil ya que me dio la espalda y fue hasta el contenedor de basura, arrojando en él la bolsa. Aproveché para volver a ocultar mis brazos con las mangas y cuando se giró, le sonreí con nerviosismo. Hizo un gesto extraño con la boca, como de represión. — El primer día… es duro.
—Uff, sí, mucho.
—Aunque lo has hecho bien. — sentenció.
—Oh… gracias. — Adam bajó la cabeza y empezó a jugar con una piedrecita del camino con el pie. Él aún iba vestido con el uniforme. — ¿Tú no tienes hora libre? — negó con la cabeza.
—Yo soy el encargado de limpiar y todo eso, de servir a los pocos clientes que aparezcan ahora. Por la mañana y a media tarde todo está mucho más concurrido, por eso necesitábamos a alguien más.
—Ya veo.
—¿No vas a volver a casa? — lo dudé. No me acordaba del camino de vuelta, al menos no entero. Prefería no arriesgarme.
—Me quedaré por aquí y comeré algo hasta que sea la hora de volver a entrar.
—Ah, guay. — nos quedamos en silencio y eso me hizo sentir incómodo.
—¿Cuántos años tienes? — pregunté.
—Veinticuatro. Tú veinte, ¿no?
—Los cumpliré dentro de poco.
—¿Cuándo?
—El uno de septiembre.
—Hum… ese día suelen hacer una fiesta muy grande por ahí abajo. — señaló con la cabeza la carretera que iba directa a los barrios bajos, por donde yo había venido.
—¿Ah, sí? ¿Por qué? — Adam se encogió de hombros.
—Bueno, es el cumple de otro tío, creo. Un tío… peligroso. — vamos, no me jodas. Mi boca se curvó. ¿Hasta aquí llegaba el mito de Tom?
—Tom Kaulitz, ¿por casualidad? — el chaval me miró a la cara, extrañado.
—¿Eres un Encadenado como Andreas?
—Sí. Creo que sí.
—Creo que ahora entiendo lo de Bill a secas.
—¿Sí? ¿Por qué? ¿Se puede reconocer a los Encadenados solo por su apellido? — Adam se cruzó de brazos y cansado de estar de pie, supuse, acabó por sentarse a mi lado.
—¿No has firmado nada? — negué con la cabeza. — Bueno, creo que para ser Encadenado se tiene que firmar algo, no estoy seguro. Lo que sí sé es que hay una lista donde están todos los apellidos y los nombres de los miembros de la pandilla, ya sabes, para asegurarse y reconocerlos a todos. Hay mucho dinero en juego.
—¿Dinero en juego? A mí no me han pedido dinero.
—No, no. Los Encadenados actúan como en una sociedad obrera o algo así. Cobran su pasta al mes en efectivo, pero cada uno debe poner una parte para ingresarla en el banco, en una única cuenta que el líder lleva. Ese Tom Kaulitz. — pronunció el nombre de mi hermano con asco e incluso desprecio. No parecía tenerle mucho aprecio.
—¿Una cuenta bancaria para todos los Encadenados? ¿Para qué?
—Para emergencias, creo. Como te he dicho, se parece un poco a una sociedad obrera, de las primeras que hubo durante las primeras revoluciones. Una parte la meten en el banco para ocuparse de los Encadenados que necesiten dinero con urgencia por algún tema familiar o económico chungo, pero el tema debe ser comprobado antes de que se suelte la pasta. Los Encadenados son la pandilla mejor distribuida y la más “civilizada” que hay o ha habido jamás. El líder anterior y el nuevo consiguieron establecer casi una democracia entre animales, es muy ingenioso y tiene un gran mérito.
—¿Quién fue el líder anterior? — pregunté, curioseando. Parecía saber bastante del tema.
—Kam… pero enloqueció. Ahora, lo es Tom. Creo que fue él el que creó el sistema.
—Ajá. — vaya, vaya, ¡pero qué listo! No me esperaba que Tom fuera un hacha en los negocios, de hecho, dudaba que supiera contar sin usar los dedos de las manos. — ¿Tú también eres un Encadenado? — el brazo de Adam pareció sufrir un ligero calambre en cuanto oyó la pregunta. Alzó la cabeza y suspiró.
—No. Ya no.
—¿Ya no? ¿Lo eras antes?
—Lo era… pero me largué.
—¿Por qué? ¿No te trataban bien? — sonrió, como si le hiciera gracia mi pregunta.
—El nuevo líder no me cae bien. Le odio bastante. Es un hijo de puta. — ahí le daba toda la razón.
—Oh… lástima.
—¿No le has conocido todavía? Si es así, mejor. Es un cabrón. — ups, la conversación se estaba poniendo difícil. — Perdona por lo de esta mañana, lo del choque.
—No pasa nada, no me hiciste daño.
—Mi nombre completo es Adam Lambert. — me tendió la mano y yo se la estreché enseguida. ¿Debía decirle mi nombre? ¿Mi apellido verdadero? ¿O debería inventármelo? ¡Bah, al cuerno, estaba harto de ser juzgado por mi puñetero apellido!
—Yo soy Bill… Kaulitz. — murmuré, encogiendo la cara con una mueca que pretendía decir “lo siento”, pero a Adam no pareció servirle de mucho. Se le fue el color de la cara al segundo.
—¿Cómo… qué?
—Bill Kaulitz. — repetí. — Soy un… un poco familia del líder hijo de puta de los Encadenados. — Adam pareció espantarse y me soltó la mano enseguida.
—¿Un poco familia? ¿Cómo de familia?
—Bueeeeno… soy su hermano… gemelo. ¿Eso es mucho de familia? — intenté quitarle peso al asunto poniendo caras raras que pretendían resulta más o menos graciosas, inocentes tal vez, pero no funcionaron con él. Se levantó de golpe, me dio la espalda y abrió la puerta trasera. — Oye, no sé qué te habrá hecho mi hermano para que lo odies tanto, pero yo no te he hecho nada para que… — no me dio tiempo a excusarme. Entró en la pastelería y salió medio corriendo por el pasillo, sin pararse a cerrar la puerta ni siquiera. — ¡Yo no soy como él! — grité, pero Adam ya había desaparecido.
¡Estupendo! Me sentía como en una película. Era el hermano de un mafioso de pura cepa conocido en todo el país y la gente me repudiaba y se moría de miedo nada más oír mi apellido. Nadie intentaba conocerme por cómo era, si no por el hermano de quien era. ¡Menuda mierda!
Decidí que sería una tontería perder el tiempo siguiéndole para darle explicaciones y entorpecer el trabajo de mi compañero. Además, volvería a trabajar con él dentro de unas horas, así que tampoco tenía sentido. Intentaría ganarme una amistad fuera del entorno de mi hermano, aunque por la cara que había puesto… me costaría lo suyo.
Salí de detrás de la pastelería, rodeándola y emergiendo de un callejón estrecho, me planté delante de la misma. Memoricé el lugar y el nombre de la avenida, los callejones, la forma de los edificios e incluso las personas que por allí discurrían y cuando empecé a andar dispuesto a encontrar un McDonal´s o algo parecido donde comer, reconocí a alguien. Increíble pero cierto. En aquella ciudad donde estaba solo, ¡reconocía a la gente por la calle!
Ella estaba asomándose al interior de la pastelería. Heidi, mi compañera de trabajo con la que apenas había cruzado palabra hablaba con ella. Parecían conocerse. Ella preguntaba por algo o alguien y Heidi negó con la cabeza. Sonrió pícaramente y le dio un codazo en el estómago, pero ella se encogió, molesta, poco dispuesta a seguirle la gracia. Parecía un poco… deprimida.
Decidí acercarme.
Ricky se alejó de la puerta con los puños en los bolsillos de sus pantalones anchos y desgastados y yo me puse delante suya. Casi choca conmigo por despistada.
—¡Hola! — la saludé. Ricky se sobresaltó y dio un salto atrás.
—¡Joder!
—¿Qué?
—¡Que he estado a punto de meterte una patada en los huevos por ponerte en medio! No vuelvas a hacer eso. — me ordenó.
—¡Ah, lo siento! ¿Qué haces aquí? — Ricky desvió la mirada y me dio la clara impresión de que daría lo que fuera por eludir mi pregunta.
—Nada interesante. ¿Y tú?
—Hoy he empezado a trabajar ahí. — señalé la pastelería. — Y creo que tú lo sabías, no sé por qué.
—¿Qué yo lo sabía? ¡Ni zorra!
—Pensaba que eras la mejor amiga de Andreas. — ella se encogió de hombros.
—No me ha dicho nada.
—¿Y por quién preguntabas entonces? — la pillé. Ella se me quedó mirando y sus mejillas empezaron a enrojecerse.
—Quería encargar algo… para mi hermana.
—Ya, ya. Seguro. Apostaría todo lo que tengo a que Tom te ha enviado a vigilarme.
—¿Tom? No le haría caso a ese capullo. — parecía indignada y ahora que me fijaba, la piel que rodeaba los ojos estaba morada e hinchada. Tenía mala cara, como si hubiera dormido poco o pasado una mala noche. Me decanté por el razonamiento más sencillo. Estaba deprimida. Y la solución más rápida (y estúpida también) era la que yo podía proporcionarle.
—¿Tienes algo que hacer ahora? — le pregunté. Ella ni se lo pensó.
—No.
—Te invito a un helado, o a un batido, o a una hamburguesa… o a algo que no supere lo que he ganado en propinas esta mañana. — eso sí que pareció pensárselo. ¿Era cosa mía o estaba incómoda conmigo? Estaba haciendo movimientos raros con las manos y las piernas, gesticulando como nunca la había visto hacer.
—¿Por qué quieres invitarme? — preguntó y yo fruncí el ceño, confuso. No parecía la Ricky de siempre, ella hubiera soltado algún comentario soez por la propuesta.
—Pues… no sé, porque me apetece.
—Ya. — soltó y sin decir nada más, echó a andar, pasando por mi lado e ignorándome, como si no me hubiera visto pasar.
—Esto… ¿Ricky? ¿A dónde vas?
—A la mierda. Allí me voy. ¡A la mierda! — gritó. Encima de deprimida, malhumorada. Uff, eso me ponía la cosa más difícil, pero no estaba en condiciones como para dejar escapar un amigo, así, sin más. Corrí hasta ella y la agarré del hombro, dándole un leve tirón y ella se volvió con brusquedad, con expresión de cabreo total. — No quiero que me invites a nada. No quiero tu caridad ni tu pena, ¿me has oído, pijo de mierda? — tronó y dándome un empujón que casi me tira al suelo, echó a andar otra vez. La observé sin entender. ¿Se había enfadado conmigo? ¿Por qué, qué había hecho?
—¡Ricky, espera! ¿He hecho algo malo? — pregunté, corriendo detrás de ella. La escena me recordó un poco a la ruptura entre mi novia y yo. Natalie llorando, corriendo y gritándome que la dejara en paz y yo, impaciente, siguiéndola para suplicarle una explicación. Por supuesto, la escena no me agradaba, pero tenía la esperanza de que Ricky no era como Nat.
—¡Sí! ¡Existir! — oh, no, otra vez no.
—Tía, no me jodas. ¿Qué he hecho? — me estaba preocupando por su repentino arranque de mal genio y por la razón del mismo, que parecía residir en mí.
—Déjame en paz.
—Pero Ricky…
—¡Qué me dejes, coño!
—¡No! ¡Dime qué te pasa conmigo! ¿Qué he hecho mal? ¿Qué te he hecho yo a ti? No nos vemos desde lo de la droga… oh, no me jodas… ¿dije algo raro? ¡No me acuerdo, de verdad que no! ¡Lo siento si dije algo que no debía pero explícamelo al menos, dime sí o no, tía! ¿Dije algo? — pregunté, esta vez quedándome en el sitio con los brazos a medio alzar esperando a que ella volviera. No creí que fuera a hacerlo cuando se detuvo y con aspecto resignado, suspirando, reuniendo aire y diría que hasta fuerzas, se giró. La mandíbula casi se le desencaba por la tensión.
—¡No puedo tener hijos! — chilló en mitad de la calle, furiosa y mi espalda se irguió como si hubiera recibido un latigazo.
Inmediatamente, mi mente relacionó esa idea con otra, y luego con otra, y con otra, y otra. Hombre, mujer, hombre con pene y mujer con vagina… muchos hombres y una única mujer… violencia, humillación y fluidos… igual a… violación… igual a… ¡No puedo tener hijos!
Igual a… Bill, cállate como un muerto.
—Oh… — fue el único sonido que consentí a mis cuerdas vocales que formaran, pero a ella no le pareció suficiente. Se había serenado, pero respiraba fuerte, como un toro preparándose para embestir. Si hubiéramos estado en invierno hubiera podido ver el vaho simulando humo emanando de su nariz.
—No dices nada, ¿no? — me encogí. ¿Y qué se suponía que tenía que decir? ¡No se me daba bien consolar a las personas y no era el más indicado para hacerlo! ¿Tenía que enseñarle los brazos para demostrárselo? — ¿No preguntas por qué? — tragué saliva.
—¿Por… qué? — y al fin pareció sentirse satisfecha con esa simple muestra de curiosidad fingida.
—¡Porque tu hermano es un hijo de puta y te ha contado lo de mi maldito mete saca involuntario! — bajé la cabeza. ¿Mete saca involuntario? ¿Se te estaba refiriendo a lo que yo creía? — ¡Y no lo niegas! — volvió a gritar. Seguí callado, un poco intimidado, la verdad. — ¡DI ALGO, BILL! — retrocedí cuando se me acercó como si me fuera a morder.
—¿Y… qué quieres que diga? — me iba a pegar un guantazo, lo veía venir. De hecho, hasta levantó la mano para romperme la boca de un garrotazo y yo cerré los ojos guiado por el instinto.
No me pegó.
—Creía que te gustaba, ¿sabes? Podrías haberme dicho desde un principio que tu hermano te lo había contado y que sentías pena por mí. Así yo no hubiera hecho el gilipollas y tú te habrías ahorrado tus palabras de niño bueno. — sus palabras me hirieron y me chocaron. ¿Cómo se había enterado de que yo sabía lo de la violación? ¿Y por qué me decía que podría haberme ahorrado mis palabras de niño bueno? Oh, no.
—Pe-pero Ricky… ¡si yo nunca he dicho que me dieras pena o que no me gustaras! — creo que cualquier otra chica, en esa situación, se habría puesto a llorar. Yo seguramente estaría llorando, pero claro, ella era Ricky, Richelle. Era una chica de los barrios bajos y por mucho que hubiera sido violada, humillada o torturada, sacarle una pequeña lagrimita costaría más que matar a un león sin arma alguna, utilizando solo las manos.
Intenté tocarla, pero se apartó y me pegó un manotazo en el brazo que hasta me hizo daño.
—¡No, escúchame tú a mí! No me conoces, no tienes ni zorra idea de quién soy o de lo que soy capaz de hacer. Hubiera sido una amiga estupenda, te hubiera ayudado y enseñado como sobrevivir aquí, pero no sé por qué cojones los hombres lo tenéis que poner tan difícil. ¿Me entiendes? No, ¿verdad? Simplemente, no quiero tu caridad. No quiero que te acerques a mí por pena. ¡No quiero la compasión de nadie! ¡Así que te puedes ir a la mierda o a follarte a una tía de verdad, sin complejo de macho y sin necesidad de fingir que te gusta porque… oh, joder, ha sido violada, pobrecita, ningún hombre la querrá nunca por eso!
—¿Qué? Yo nunca he pensado eso. Nunca he…
—¿Sabes qué? No quiero oírlo. Guárdatelo para tu novia. ¡Yo me las piro! — ahora sí que no sabía qué decir. Me descoloqué. No sabía de dónde había salido el dichoso numerito, a qué venía y mucho menos como solucionarlo principalmente porque me estaba acusando de algo que no sentía. Vale, era cierto que me había sentido en un compromiso cuando me había besado, pero no por pena… ¿o sí? ¿O por qué me gustaba?
Para variar, estaba confundido otra vez.
—¡Ricky! — le grité, pero esta vez no se detuvo. Cruzó la carretera a toda velocidad y yo me vi obligado a echar a correr. Por mucha prisa que se diera, la alcanzaría en segundos y ella se percató de ello. Me lanzó una mirada ofuscada.
—¡No me sigas, plasta!
—¡Pues escúchame, capulla!
—¡Qué te jodan, maricón! — alargó las piernas. Corrió a más velocidad, pero yo le ganaba terreno sin dificultad. Siempre se me habían dado muy bien los deportes, entre ellos el atletismo, algo muy extraño dada mi penosa condición alimenticia y mi cuerpo estirado y consumido.
Tras recorrer dos manzanas y mitad, ella empezó a aflojar el paso, al igual que yo, pero no porque estuviera cansado, si no por dejarle cierta ventaja. Parecía faltarle el aire. ¡Pero qué pronto se había cansado! Claro, los porros no podían ser buenos.
Y sin embargo, como esperaba que hiciera, siguió corriendo, cada vez más despacio, haciendo un esfuerzo vano por seguir. Miró hacia atrás para ver si la seguía y yo, desde lejos, pude ver como una pandilla de tíos, charlando y riendo, salían de una bocatería, interponiéndose en mitad de la calle, en medio del trayecto de Ricky.
—¡Ricky, cuidado! — la llamé, pero cuando volvió la vista al frente, chocó de lleno con el que estaba en medio del grupo. El golpe fue grande. Ella cayó al suelo de culo y el chico se tambaleó con piernas temblorosas.
Hice un sprint rápido, mi especialidad.
—¡Qué coño haces, puta! — oí que le gritaba el capullo y en lo que tardé en llegar junta a ella, escasos segundos, algo ocurrió.
Algo indescriptible.
Solo pude cerciorarme de lo que mi vista captó. Una mirada entre ellos dos, el chico contra el que había chocado y Ricky. Una mirada cuyo contenido yo fui incapaz de ver, solo pude encontrar reconocimiento. Un flash en ambos, un… “yo te conozco”. Sí, ambos se reconocieron de manera instantánea y, aunque yo no supiera quién era ese chico, me detuve a escasos pasos… reconocí la situación, pero hasta que no vi los ojos de Ricky brillar como diamantes y dilatarse como los ojos de un gato, hasta que no vi como se encogió en el suelo y como intentó arrastrar pies y manos hacia atrás, efectuando un amago de huida inútil por su parálisis cerebral y móvil… hasta que no alcé la cabeza hasta el chaval y me jacté de la sonrisa bobalicona en su cara, no até cabos.
—¿La conoces? — le preguntó uno de los que iban con él. El chico (no tan chico, de unos veintiséis o más) se rió.
—Sí. La conozco. Nada interesante, unas copitas, unas tapas… y un postre. — se burló como un gilipollas y sin darle más importancia a aquel encontronazo, pasó por su lado. Los otros dos lo siguieron y a mí me pareció ver el brillo de los dientes puntiagudos, bestiales del hombre… al cruzarse conmigo.
Le sacaba cabeza y media y quizás eso o mi instintivo movimiento al llevar la mano al bolsillo delantero de mi pantalón y sacar a mi Muñeca a la luz, lo espantó.
Me observó, como por casualidad, descubriendo el movimiento de mi mano derecha y se apartó alzando un brazo, intentando protegerse de una posible cuchillada en el pecho. Cruzamos miradas y algo debió de ver en mi cara que le provocó horror.
Y antes de que diera un paso hacia él, ya corría calle arriba a la desesperada, en dirección a los barrios altos.
—¡Eh, tío! ¡Espera! ¿A dónde vas? — sus amigos avanzaron, extrañaros. Agarré a uno por el hombro y tiré de él hacia mí, obligándolo a mirarme.
—¿Cómo se llama tu amigo? — pregunté. El tío parecía confuso, al principio molesto. Luego, su expresión cambio y tragó saliva, empalideciendo.
—David Mollterng. — habló con claridad y casi gritando. Parecía que quería hacérmelo saber a toda costa. — Tom… no… no me hagas nada, tío. Yo solo lo conozco de unas semanas, no tenemos relación con él. — lo solté y estuve a punto de preguntar qué cojones veía en mí que le hiciera confundirme con mi hermano, siendo totalmente opuestos, pero me acordé de Ricky, que no se había movido ni un centímetro del suelo.
—Vale. — murmuré. Me guardé la navaja en el bolsillo y corrí hasta Ricky, consumido por la indecisión. ¿Qué debería decirle? ¿Qué debería hacer? Mi madre seguramente habría llamado a la policía o habría ido a poner una denuncia u orden de alejamiento, pero ese tío, después de años, seguía suelto. Había chocado con Ricky y se había reído.
Estaba claro que algo fallaba en Stuttgart y no era precisamente el sistema educativo o el asfalto levantado de la calle principal.
—¿Estás bien? — le pregunté, agachándome hasta ponerme a su altura. Ella contestó meneando la cabeza afirmativamente, ida. Luego, se retractó y negó. — Ricky… venga, vamos a casa, te llevo ¿quieres? — negó otra vez, sin hablar. Se encogió y se ruborizó hasta la raíz del pelo. No se atrevía a mirarme a la cara. Diría que estaba avergonzada y al dirigirle una mirada rápida para ver si se había hecho daño al caer, descubrí sus brazos temblorosos intentando ocultar la entrepierna mojada de los pantalones. El suelo estaba empapado.
Se había hecho pis encima.
A cada segundo que pasaba en Stuttgart me sentía más afortunado y… más hijo de puta y egoísta por ello.
Continúa…
Gracias por la visita. No te vayas sin comentar.