Encadenado 17 (P.2)

Encadenado 17 (P.2)
Muñeco by Sarae. Temporada III
Capítulo 17 (P.2)

—Ahora estamos en igualdad de condiciones. — asentí con la cabeza y los dos, a la vez, miramos hacia abajo. Observé el triángulo oscuro que tenía entre las piernas, luego, recordé el de Natalie. El de ella era rubio… y quizás por eso me había parecido más bonito. O quizás se debía sencillamente a que no me gustaban los triángulos, daba igual el color que tuvieran.

Alcé la cabeza cuando noté que ella también lo hacía y volvimos a mirarnos, muy seriamente.

—No parece muy impresionante. — habló.

Y entonces… ¡Una flecha anti-orgullo voló por el aire y se me clavó de lleno en todos los huevos!

—¡Pues menos mal que odiabas el pelo, porque tú tienes ahí dentro un nido de cuervos! — Ricky abrió la boca de par en par, indignada.

—¡Pero… pero… pero tú quién te crees para meterte con mi vello púbico! ¡Que soy una mujer, capullo! ¡Tengo lo que hay que tener!

—Sí, ya… y te falta cera. — murmuré.

—¿Qué has dicho?

—¡Nada! — Ricky y yo nos fulminamos y los dos nos llevamos las manos a la entrepierna, ocultando nuestras vergüenzas.

—Pichacorta.

—¡Mi picha es estupenda y funciona de PM! Lo que a ti te pasa es que tienes envidia de pene, lesbiana. ¡Qué eres una lesbiana!

—¡Habló el maricón, al que le gusta que le peten! Dime la verdad, ¿en serio has usado esa cosa alguna vez en lugar del vibrador de tu novio?

—¡Muchas veces! ¡Centenares de veces!

—¿En serio?

—¡Sí! — casi… — Y soy una máquina, nena. No me subestimes.

—¿Una máquina, tú? ¡Pues no lo pareces!

—¡Pues lo soy! ¡Tom siempre ha dicho que tengo un aguante sobrenatural!

—¿Ah, sí? ¡Pues seguro que Tom…! ¿Y cómo sabe tu hermano el aguante que tú tienes? — un silencio fúnebre acompañó a mi notable tensión.

—Son… cosas de hombres. Tú eres una tía ¡no lo entiendes!

—Machista pichafloja.

—Pecho plano.

—Tengo unas tetas perfectas.

—Y yo un nabo genial.

—Eso no te lo crees ni tú. Dudo que eso se pueda poner en pie. — ¿Quién había dicho que mi orgullo crecería? Ah, sí, había sido yo.

—Pues igual contigo no, tía lista.

—¡Ja, dame cinco minutos con él y lo conseguiré!

—¡Pues vale, inténtalo!

—¡Vale!

Cinco minutos después, mi orgullo había crecido considerablemente.
El móvil de Ricky empezó a sonar de repente, pero tras varios minutos en suspense, lo apagó sin contemplaciones.

.

By Tom

—¡Ricky, hija de puta! — me había colgado y lo había apagado. ¡Sería zorra! Apreté el móvil y estuve a punto de lanzarlo por los aires, pero me contuve. Eran las tres y media y a ella no le tocaba patrullar ninguna zona esa noche, así que seguramente estaría durmiendo. La habría despertado.
Llamé a Andy. Él no se molestó en disimular. Descolgó el teléfono.

—Andy, tengo un problema, necesito que… — no me dejó terminar.

—¡Me importa una mierda, déjame en paz, capullo! — gritó de repente, con voz gangosa y ruda. Me aparté el teléfono del oído, sorprendido y cuando fui a llevármelo a la oreja de nuevo, Andreas ya había colgado.

—Oh. — recordé que después de gritarme a lo lejos que Bill se había ido a trabajar a la pastelería, él se había largado muy cabreado… y con razón, para qué negarlo.
Suspiré.

Probé con Black… Comunicaba. Probé otra vez.

—¿Sí? ¿Quién es? — me contestó. Me lo imaginé frotándose la cara y bostezando, adormilado. Lo había despertado, no hacía falta nada más que oír ese tono medio ido.

—¿Black?

—¿Tom?

—¿Dónde estás?

—¿Qué dónde estoy? ¡Pues en mi puñetera casa! ¡Son las tres y media de la mañana y tengo que trabajar mañana! — oí un gemidito de fondo. Una voz femenina.

—¿Quién es? — preguntó la que supuse que sería Sabela. Si no, alguien se quedaría sin sus negros huevos.

—Tom.

—¿Qué quiere ahora? Son las tres y pico. ¿Te necesita como guardaespaldas otra vez o qué? ¡Dile que aprenda a defenderse solo, que se le va la fuerza por la boca! — Sí, estaba comprobado. Era Sabela.

—Tom, Sabela dice…

—Ya lo he oído, Black y no tengo ganas de picarme. Necesito que me eches una mano con algo.

—¿Ahora? ¡Tom, por favor! ¡Qué tengo sueño!

—¡No tienes que moverte de casa si no quieres! Solo tienes que hacer un par de llamadas. Tengo que saber quién estaba hoy de guardia y dónde. Necesito que me ayuden a buscar algo.

—¿El qué?

—A mí hermano. Se ha perdido otra vez. — oí un gruñido, un carraspeo y un nuevo bostezo, todo seguido.

—¿A tu hermano? ¿A Bill, dices? — murmuró Black. Apenas se le entendía con esos bostezos de camionero. Me dieron ganas de reventarle la boca de un guantazo. ¡Yo subiéndome por las paredes de la preocupación, bajo una lluvia torrencial y él, durmiendo!

—¡Sí, mi hermano, Black, coño, mi hermano!

—Pero ¿qué dices? Si Bill está en casa de Ricky. Se ha quedado a dormir. Normal, con la que está cayendo. — un ligero espasmo me sacudió el brazo con el que sujetaba el móvil.

—Que… ¿Qué?

—Pues eso, tío. Si hace unas horas hemos estado viendo una peli juntos y todo. ¿No lo sabías? Pensaba que te habría llamado… eh… ¿Tom? ¿Qué haces? ¿Y ese ruido? Tío… ¡Tío! ¿Qué coño le estás haciendo a la farola? Oigo como se zarandea desde aquí… Ah… ¡No, el contenedor de basura no tiene la culpa, tío! ¡Tom…! ¡TOM! ¡Que te conozco! ¡Suelta el mechero ahora mismo, que te vas a hacer daño! ¡No te acerques a la vara de hierro! ¡Suéltala! ¡Tom! ¡TOOOM!

Pi… pi… piiiiiii…

.

By Bill

—¡Me estás aplastando las tetas, Bill!

—¡Pues no me tires del pelo!

—¡Ah, ay! ¡Bestia!

—¡No te muevas tanto, que no entra!

—¡Pero qué torpe eres!

—¡Si te estuvieras quieta!

—¡Cómo si fuera fácil estarse quieta cuando intentas empalarme!

—¡No lo toques, no tires, que se baja, eh!

—No lo creo. No puedes ser tan sensible.

—¡Que no tires, que no es de goma!

—¡Mierda!

—¿Lo ves? ¡Ya se ha bajado! ¿Contenta? ¿Sabes el trabajo que me ha costado levantarla? — ¡Me estaba entrando claustrofobia entre las sábanas! Me ahogaba con las mantas y con Ricky encima, aplastándome mi parte más sensible con los dedos de una mano. ¡Había que ser basta de huevos, nunca mejor dicho!

Por fin, tras mucho forcejear y gritar, nuestras cabezas emergieron de entre el lío de sábanas. La frustración nos estaba poniendo cada vez más irritables, por lo menos a mí, que ya había tenido tres empalmes y los tres habían acabado cediendo por la barbarie de Ricky. Ella no parecía para nada complacida. ¡Pero es que era tan burra!

Un trueno sonó a lo lejos, alejándose poco a poco de la ciudad. La auténtica tormenta seguía en la habitación de mi anfitriona, que tras varios segundos de pequeños gruñidos, se giró hacia mí con mala cara, bien dispuesta a reprochármelo.

—Lo que yo decía. Eres un puñetero picha floja.

—Pues no me tires de la polla y me la agarres como si estuvieras amasando pan, joder. Luego la culpa es mía.

—¡Pero si es que es tuya! ¡Con Tom nunca ocurrió nada parecido!

—¡Pues si tan orgullosa estás de mi hermano, tíratelo a él! — Ricky y yo nos lanzamos una última mirada helada, antes de suspirar y dejarnos caer derrotados sobre la almohada. Me rendía. Mi orgullo tendría que esperar a otra ocasión especial. — Será mejor que lo dejemos. Ninguno de los dos está preparado para esto. No hay compenetración.

—Hablando de penetración…

—He dicho compenetración.

—Vale. Pues dejémoslo. Será lo mejor. — no contesté a eso. Cerré los ojos e intenté dormir.
Debía reconocer que estaba agotado, hecho polvo. Las piernas seguían doliéndome después de todo el día yendo de abajo para arriba, atendiendo clientes. La mano golpeada me seguía doliendo. Quería lavarme los dientes, sintiendo aún el sabor de la cena en el paladar, pero por supuesto, no tenía nada con lo que cepillarme.

Me di la vuelta en la cama y me puse boca arriba. Sentí como Ricky se movía a mi lado, imitando mi postura. Pestañeé durante varios segundos y luego volví a cerrarlos. Acabé con los párpados alzados, mirando el techo. Cada vez que los cerraba, la imagen de Tom se colaba en ellos, como un salvapantallas. Pensé en qué me diría al día siguiente. Estaría muy enfadado, muchísimo. No le había llamado y tampoco le había dicho que empezaría a trabajar en la pastelería. Quizás me pegara. Quizás no haría nada porque tal vez, ni siquiera se habría dado cuenta de que no estaba, de que me había ido. No sabía cuál de las dos opciones prefería. Que no se hubiera dado cuenta de que me había largado y no me cayera ninguna bronca, o que se hubiera dado cuenta y me amenazara con matarme por idiota. Al cabo de unos minutos recapacitando, decidí que prefería la segunda opción. Quería que se diera cuenta de que no estaba. Quería que se preocupara o que al menos, lo fingiera, que se enfadara. Quería que me gritara y así conseguir que él tuviera consciencia que existía en su mundo, que ahora había un Bill estúpidamente sumiso en su vida. Ahora formaba parte de la vida de Tom, aunque él se negara.
Quería llamar su atención, que preguntara por mí, que temiera que me había ocurrido algo. Quería importarle un poco, sólo un poco.

—Bill. — oí murmurar a Ricky, a mi izquierda. Eso me hizo contener las lágrimas y el escozor que me atacaba los ojos. — ¿Estás despierto?

—Sí. — susurré.

—¿Puedo preguntarte algo? Quizás es demasiado personal, pero no tienes porque contestar si no quieres.

—…Pregunta.

—Las personas con las que has salido… ¿tenías mucho sexo con ellas? — bufé. En otra ocasión hubiera sentido vergüenza, pero a esas alturas me parecía algo imposible de poseer. No estando los dos desnudos bajo las sábanas, esquivando el contacto físico, ella en una esquina y yo en otra.

—Con mi novia tuve poco. Con To… quiero decir, con mi primer novio, era un no parar.

—¿Un no parar? ¿Tenías mucho sexo?

—Todos los días, un par de veces. Rara era la vez que no nos acostábamos ni siquiera una vez al día.

—Vaya, eso es mucho. ¿Vivíais juntos?

—¿Cómo lo sabes?

—Porque dudo que pudierais tener tanto sexo viviendo separados. Y… a ti ¿alguna vez te han…?

—¿Me han…?

—Penetrado, digo.

—Hum… — me reí. De repente, me sentí casi orgulloso. — Sí, claro.

—¿Y no te duele?

—Las primeras veces siempre eran dolorosas y la sangre estaba por todas partes, sobre todo después del sexo. Luego, me acostumbré. Ya apenas lo siento, pero a veces la sangre vuelve. Supongo que con las chicas es igual. — Ricky vaciló. — ¿No lo es?

—Las mujeres están preparadas para la penetración por naturaleza. Los hombres, no.

—Supongo que no.

—¿Y te llevabas bien con él? Con tu novio, digo.

—Sí… — qué sorpresa descubrir que estaba diciendo la verdad. — Es raro, ¿sabes? Él y yo éramos completamente diferentes, pero supongo que teníamos algo en común que nos unía.

—¿El qué?

—No lo sé. Creo que todavía estoy tratando de averiguarlo. La confianza, quizás… el sexo. — la sangre, pensé.

—¿Los sentimientos?

—No. Eso no. — me costó tanto admitirlo… Se me hizo un nudo en la garganta.

—¿Eso es doloroso para ti? — decidí no contestar. Si intentaba hablar me pondría a llorar y Ricky no se merecía eso. La que había sufrido era ella, no yo. Mi tristeza se debía al sendero empinado de un camino con pequeñas piedras que debía cruzar con chanclas de verano. Su melancolía se debía a un acantilado de afiladas rocas escurridizas por las que debía cruzar con los pies descalzos. — Puede que suene cruel, pero… me alegro de que sea así. — la miré. La oscuridad difuminaba su figura, su pequeña nariz, pero sabía que ella también me observaba. — A nosotros sí que nos une un sentimiento, aunque no sea el que deseamos, ¿verdad?

Cuando conocí a Tom, la primera vez que me tocó, sentí una potentísima descarga eléctrica que me paralizó el cuerpo entero. Con Ricky, solo se me paralizaron los labios y también, ese pequeño sentimiento que compartíamos en distintas cantidades.

La lombriz que a veces me oprimía el corazón y me hacía llorar pensando en mi desgracia, no solo dejó de avanzar, si no que desapareció. Chocó contra la lombriz de Ricky y ambas se neutralizaron, dejándonos libres de toda cárcel sentimental. Otra lombriz se escapó de entre las barreras que imponían las hormonas y el deseo y avanzó tanto, que acabó ocupando el espacio del gusano anterior.

El gusano del dolor.

Una de mis manos viajó hasta el vientre de Ricky y mis dedos pudieron sentir la dureza de aquellos abdominales casi inexistentes que se ocultaban bajo la piel. Me di la vuelta y exploré. Acaricié las blanditas piernas que formaban los muslos de una chica y esperé un golpe. Sin embargo, ella no se movió un centímetro. Mis dedos dieron vueltas y vueltas sobre esas curvas, rozando con la yema de los dedos los poros de su piel. Bajé hasta la rodilla y Ricky se movió, estirando las piernas sobre la cama. Dejó escapar un suspiro cuando ascendí por el interior de sus muslos.

—Hum… — su pecho se hinchó bajo las sábanas. Sentí la suavidad del vello cuando palpé la zona y tragué saliva cuando me dispuse a ir más allá. Mis dedos lo tocaron, superficialmente. Ricky hundió el estómago cuando rozaron esa parte tan sensible. Al tacto de mi mano eso sí que le parecía goma. — Bill… — me llamó. Yo me apoyé sobre un codo y me acerqué, pero no tanto como para que nuestros cuerpos quedaran pegados. Seguí tocando, nunca intentando bajar para introducir los dedos en ella. Tenía las uñas rotas y un poco afiladas y me daba miedo arañarla. Intenté localizar con el tacto la fuente de placer de Ricky, recordando una ocasión en la que la había catado con la lengua, estando con Natalie. No estaba seguro de dónde situarla exactamente, pero tras concentrarme en ese pequeño y pringoso bulto de goma, tras empezar a frotarlo con ahínco y aplastarlo entre los dedos, empecé a notar esa humedad viscosa empapándome la mano. — Oohh… — ella gimió de gusto.

Dejé de apoyarme sobre el codo y con la otra mano, aparté las sábanas que nos cubrían de un tirón, hasta la cintura. Ricky se dio la vuelta casi enseguida, dejándose caer sobre el costado y cuando fui a retirar la mano, esperando alguna réplica, algún indicio de que estaba yendo demasiado rápido, ella me agarró del brazo y tiró de mí otra vez hasta su entrepierna mojada.

—No. No la apartes. Sigue… — seguí. Ahora estábamos cara a cara y cuando un último rayo iluminó el cuarto a través de la ventana, pude detectar sus ojos resplandecientes. No me había dado cuenta del color tan bonito que tenían. — ¿Estás llorando, Bill?

—¿Eh? No… ¿por qué?

—Parecía que estabas llorando.

—No lo hago. — no lo hacía ¿verdad que no, Amo? ¿Dónde estaba mi Amo? ¿Qué era lo que estaba tocando? ¿Por qué no era mi Amo? Preguntas fuera de lugar que intenté eliminar con hechos.
Alzando la mano, toqué el pecho de Ricky, lo agarré y lo apreté, sin intención de causar daño. Sentí los pezones endurecidos frotándose contra mi palma, la piel de gallina y el vello erizándose. Lo aplasté, lo acaricié y lo pellizqué. Sentí el acelerado ritmo de su corazón chocar contra mi mano como el aleteo de un pájaro.

—Bill… ¿es—estás bien? — volvió a preguntar.

—Pero ¿por qué no iba a estarlo? ¿No querías hacerlo conmigo?

—Sí, pero…

—Pero ¿qué? — no la dejé responder. Aparté la mano de su pecho y acariciándole la clavícula, la posé sobre su mejilla. Era tan suave, tan diferente… me incliné y junté nuestros labios. Ricky se dejó caer sobre la cama conmigo encima y nuestras bocas se vieron consumidas por la voracidad del beso. No hubo contacto entre nuestras lenguas, solo roces húmedos y suspiros entrecortados. A veces dejaba que ella me guiara. Otras, ella se dejaba. Acabamos jugando a atrapar uno de los labios del otro entre los propios y cuando ella se declaró ganadora, se los lamí. Ella se rió. Su risa era aguda, pero por un momento creí escuchar un tono grave y pícaro muy conocido para mí. Tragué saliva.

—¿Bill? — forcé una sonrisa y seguí. Volví a apoderarme de uno de sus pechos y lo manoseé. El otro me rozaba el torso y la forma en la que el pezón duro se frotaba contra mi pectoral me estaba provocando cierta excitación. Le mordí la barbilla, sintiendo que estaba empezando a ocurrir lo que había estado intentando mantener toda la noche. Mi pequeño “orgullo” se estaba empezando a endurecer. — Eh… — murmuró Ricky. Alcé la cabeza y la miré. Ella me apartó el pelo de la cara con una caricia suave y sonrió. — Se está poniendo de pie otra vez.

—Sí… — Richelle y yo nos observamos en mitad de la oscuridad. Mis manos se detuvieron en distintos lugares de su anatomía y se alejaron un poco. Ella se quejó con un bufido cuando aparté mi mano de su entrepierna y agarré su brazo derecho. Tenía los dedos empapados y pringosos, provocándome una sensación no del todo desagradable. — ¿Sabes una cosa? Hace dos horas me percaté de algo. — Ricky ladeó la cabeza, curiosa.

—¿De qué? — jugueteé con los dedos de su mano, alzándola entrelazada con la mía.

—Creo que a veces, cuando nos asustamos por algo o nos hacen daño, cuando tenemos un problema, lo primero que pensamos y deseamos es eliminar esa carga, da igual como. Queremos deshacernos de ella, ya, al instante. — guié su mano hasta mi pecho, dejé que lo tocara, que se sintiera segura y sonriera. Luego, arrastré sus dedos hasta más abajo, descendiendo por mi cuerpo y su muñeca temblequeó. Miró hacia mi entrepierna escondida aún bajo las sábanas y giró el cuello, vacilando. — Richelle. — volvió a centrarse en mis ojos cuando la llamé por su nombre de pila. Su nombre de mujer. — Y entonces, nos precipitamos y cortamos el problema tan rápido y con tanta espontaneidad, que a veces nos dejamos las raíces atrás. — me rozó. Sus dedos se encogieron cuando se encontraron con la base de mi pene. Parecía temer tocarlo, sentir asco de él, sentir desprecio por la manera en la que encogió la cara. — Richelle… quizás, si en lugar de cortar el problema tan repentinamente, se tratara con paciencia y tranquilidad, tal vez… puede que el sufrimiento se reduzca. Puede que resulte más fácil eliminarlo todo poco a poco, hasta las raíces. Puede que incluso… que incluso nazca algo nuevo de todo eso que queremos dejar atrás. — como si quisiera respaldar mis palabras, mi miembro despierto se alzó en su totalidad ante el leve tacto de porcelana de sus dedos. Richelle lo tocaba con un pulso tenue, sin apartar su mirada de la mía. Otro rayo, a lo lejos ya, me dejó ver por una milésima de segundo su cara. Me pareció ver unos ojos brillantes y húmedos que pestañeaban intentando librarse de esas molestas lágrimas de consuelo.

—Bill, si alguna vez me enamoro de un chico… espero que sea como tú. — y su mano, dejando de temblar, consiguió acariciar sin miedo el instrumento más preciado para el hombre. Un instrumento de tortura o de placer, según quien lo utilizara.

Nos tumbamos en la cama y tras media hora de besos y toqueteos, de frases graciosas y actos aún más divertidos y placenteros, Ricky se durmió entre mis brazos.
No hubo penetración. Era innecesaria para los dos. Además, mi pobre mente no estaba preparada para eso.

Intenté dormirme, convencido de que esas voces e imágenes que se me presentaban eran solo producto de mi imaginación. Veía a Tom. Lo veía en la habitación, sentado encima de la cama, mirándome con mala cara. También oía su respiración.
Me dolía la cabeza y la espalda y aún estando muerto de sueño, no conseguía cerrar los ojos. Me sentía mal. Raro. Así que al cabo de unos minutos, intentando no despertar a Ricky, me levanté de la cama, me coloqué los bóxers y fui al baño.

Aunque me sintiera mal y me tambaleara al andar, estaba casi seguro de que no se debía a ninguna enfermedad. Era algo externo, un sentimiento desagradable me golpeaba la cara como una ola de calor en mitad del verano. Sentí escalofríos cuando localicé esa oleada de intensa rabia.

Alguien estaba enfadado, muy enfadado. Y lo peor era que sabía quién era… y a quién le dirigía esa cólera irracional.

.

By Tom

No me molesté en llamar al timbre. Heidi no me dejaría entrar si no la derribaba de un puñetazo. Directamente, caminé hacia la parte trasera del edificio hasta situarme bajo la ventana de Ricky. Había trepado varias veces hasta su cuarto, ya que su familia nunca me había dejado entrar, ni a mí ni a ningún otro chico que no fuera Andreas o Black. Ni siquiera me pregunté cómo era posible que le hubieran permitido el paso a Bill, pero me lo imaginaba. Era difícil desconfiar de alguien que te miraba con la ingenuidad de un niño de nueve años.

Me quité la camiseta y la dejé colgando de un saliente del edificio. No podía trepar con el peso de la ropa mojada. Ya sería lo bastante difícil con los pantalones empapados.

Me escupí en las manos para eliminar los restos de sangre y favorecer la cicatrización de las heridas. Esa clase de cura animal bien efectiva en los perros y gatos, al igual que el meado, también servía para la mayoría de mis heridas. Alcé la cabeza y encontré el canalón que conducía el agua hasta el suelo. Me encaramé a él y empecé a subir, sirviéndome de los constante salientes de ladrillo que estropeaban la fachada, junto a los grafittis y a los restos de humedad. Las heridas se abrieron todavía más y la sangre me dificultó la subida, junto al tembleque constante del canalón. Finalmente, conseguí llegar hasta la ventana de Ricky con ciertas dificultades, pasando antes por la terraza de un vecino. Estuve a punto de caer varias veces por el agua, que me provocaba torpes pasos en falso, pero dando un último salto, conseguía agarrarme al alfeizar de su ventana, quedándome colgando de ella. Inmediatamente sentí dolor en hombros y brazos y busqué otro saliente donde poder apoyar los pies. Solo pude encontrar uno que se movía y crujía, pero a falta de nada más, me apoyé en él e intenté empujarme hacia delante para intentar ver más allá de la oscuridad de la habitación.
No fue necesario. La luz de la lámpara que colgaba de un par de cables de la pared se encendió, dejándome paralizado.

Alcé la cabeza y vi aquello que me había causado tanta rabia ciega como para hacer que me golpeara la cabeza contra un muro de piedra y me dejara los nudillos en una pared, y en la cara de un par de camellos desconocidos.

Bill estaba allí, casi desnudo, sentado en la cama y mirando a Ricky dormir con ojos brillantes. Ojos que había creído que solo me miraban a mí. Arañé la pared de granito y ladrillo con las uñas, dejándomelas atrás y mi hermano se levantó de la cama con una mano en la cabeza, suspirando, con expresión de dolor. Estaba pálido y casi podía describir cada uno de los movimientos de su piel cuando recibía esos espasmos causados por el frío… o el miedo.

Deseé que fuera miedo, que pensara en mí y temblara de pánico, porque tenía grandes motivos para temerme. Mi pecho se aceleraba pensando en la traición y la pérdida de tiempo y dinero que habían supuesto esas compras, en el enfado de Andreas, en la noche lluviosa y en todas las manzanas que había recorrido para encontrarme a ese cerdo revolcándose con otra cerda.

Bill se tambaleó y se apoyó en la estantería cuando empezó a andar. Parecía costarle trabajo mantenerse en pie y deseé que se cayera al suelo, se desnucara contra la mesa y no despertara jamás del golpe. No lo hizo, sin embargo. Empezó a buscar algo entre la ropa, dejándose caer al suelo de rodillas. Apartó las prendas de Ricky y se concentró en las suyas. Retiró su camiseta, no, ¡mi camiseta! Y cogió sus pantalones, metiendo las manos en los bolsillos.

Alcé un brazo para llamar a la ventana. Quería darle un susto de muerte, hacerle ver mi cara y luego, largarme sin decir nada. Provocarle un temor que no le dejara dormir a sabiendas de que sabía todo lo que había hecho esa noche y de que lo mataría por ello. Lo mataría.
Mi dulce hermanito pequeño estaba muerto, ¡muerto! Y a punto de golpear la ventana con el puño hasta romperla estuve cuando sacó algo del pantalón que me desconcertó.

Su navaja. Mi regalo.

—Grrruummmgchhh. — gruñó el Muñeco, sentado al borde del alfeizar, conmigo. No le dirigí especial atención y observé como mi hermano abría la navaja y la miraba con cierto regocijo. Suspiraba y suspiraba, como si el solo hecho de tenerla entre sus manos le tranquilizara.

Y luego… el brazo.

Y mis piernas quedándose sin fuerzas para seguir apoyándose en la pared, junto a mis manos. Quedé colgando del alfeizar con la única ayuda de mis brazos quejumbrosos y los deseos de observar y catalogar aquel destroce que se dibujaba en la piel de mi hermano. Uno, dos, tres, cuatro, cinco… nueve cortes, algunos profundos, otros superficiales. Unos a la altura del codo, otros, a la de la muñeca. Unos de un color amarillo verdoso, otros ocultos bajo una fea costra marrón. Luego estaban los arañazos.

Y tras eso, estaban las muñecas.

Una gruesa cicatriz rosácea cruzaba las dos muñecas de parte a parte, horizontalmente. Enseguida, mi cabeza empezó a sacar provecho de mi escasa imaginación. Alguien podría haberle arañado la piel con un rastrillo para recoger las hojas muertas del suelo, pero eso no explicaría la irregularidad de los cortes, el por qué unos parecían más recientes y otros casi cicatrizados. ¿Una caída? Bill era torpe de constitución y por tener las piernas tan largas y un peso muy por debajo de lo normal, el suelo le había acompañado durante toda su vida. Pero tantos cortes en los dos brazos y solo ocupando el espacio que se situaba desde la muñeca hasta el codo era demasiada casualidad, además, todos los cortes eran horizontales y parecía ser presentados con el mismo patrón de mutilación.

Daba igual por dónde lo mirara. Estaba claro que alguien había hecho esos cortes adrede y regularmente durante un corto periodo de tiempo. Una semana quizás… pero los cortes de la muñeca eran otra historia. Esos tenían meses y a juzgar por la cicatriz, el corte había sido profundo. Intenté pensar en alguien capaz de hacer eso, en alguien que había intentado matar a Bill de una manera que hiciera creer a todo el mundo que había sido un suicidio. Mi mente no dio con nada, aunque imágenes de mi madre, Georg, Gustav, Gordon, Natalie, Sparky y todas las personas a las que había conocido en Hamburgo me vinieron a la cabeza.

No pude localizar al asesino entre ellos por muchas vueltas que le diera, hasta que una última imagen cruzó fugazmente mi cerebro.

Y cuando vi a Bill dirigirle una mirada insegura a Ricky y, tras asegurarse de que dormía, aproximar la afilada hoja de la navaja hacia su brazo mutilado, descubrí al asesino en esa imagen borrosa que tantas veces había descubierto en un espejo y que ahora mismo, localizaba en el reflejo que me devolvían los cristales de la ventana.

—¡NO! — grité. El órgano dormido y lleno de telarañas palpitó con una fuerza repentina y me llevó a gritar y a arañar la ventana con manos torpes, dejando un rastro de sangre en ella. Entonces, apoyándome en un solo brazo, debido al agua que caía en cascada sobre mí, por causa del peso de mi cuerpo y al abandono de mis fuerzas, me escurrí.

Me vi flotando en menos de un segundo sobre una nube oscura y el viento, en lugar de ayudarme a volar y sostenerme, me empujó hacia abajo, contra el suelo.

Antes de recibir el tremendo golpe contra el asfalto desde una altura de siete metros, vi su cabeza alzándose con sorpresa al otro lado de la ventana al escuchar mi grito. Nuestros ojos se cruzaron, separados por una fina capa de cristal transparente.

Cuando me golpeé la espalda y la cabeza contra el suelo y grité de dolor, encogiéndome y retorciéndome sobre el barro intentando controlar el bestial desgarre de mi brazo, tuve la certeza de dos cosas.

Una de ellas era que Bill me había visto, y esto se verificó en el momento en el que escuché en la lejanía el ruido de una ventana abriéndose y vi la cabeza de alguien asomándose por ella. No tardé en descubrir, entre estrellas y visión borrosa, además de un sonido desconocido y un pitido constante, que la cabeza que había emergido del interior de la casa era la de mi hermano, aunque no logré descubrir su expresión.

—¡TOM! — le oí gritar, pero solo desde el oído izquierdo y como si éste hubiera sido taponado por un trozo de esparadrapo. Intenté levantarme y descubrí que aunque la espalda me dolía horrores y crujía, no estaba rota. Mi brazo era otra historia. Desencajado, colgaba de mi hombro y el dolor era tan grande, que apenas noté la sangre emanando de mi oído a borbotones. Supuse que, que una hora antes me hubiera medio roto la cabeza contra un muro de piedra, no ayudaba.

Me levanté del suelo pese a todo y estiré la espalda. Oí un crujido desagradable, pero tras efectuar el movimiento, el dolor remitió. Eché a andar.

—¡Tom, espera! ¡Tom! — oí gritar, como si Bill estuviera a cien metros de distancia. Algo raro le había ocurrido a mi oído, una sordera que quizás se curara o quizás, no. Poco importaba ahora.

Bill me había visto. Esa era una de mis certezas. La otra certeza era que… el asesino de Bill era yo.

Seguí caminando bajo la lluvia, dejando el brazo inerte y apretándome la oreja sangrante con una mano. Aunque el dolor de mi cuerpo era grande, había otro que pocas veces había experimentado, mucho peor que el dolor exterior. Y supe que se haría aún más patente cuando me deshiciera del aturdimiento de la caída.

—¡Tom! — escuché desde mi oído embotado. — ¡TOM! — pensé que sería una alucinación. Había dejado atrás la casa de Ricky con paso lento y Bill se había quedado en ella. Quizás las ganas de verle y abrazarle eran demasiado grandes como para mantenerlo al margen de mis pensamientos, y la imaginación me jugaba una mala pasada aprovechándose de mi debilidad. — ¡AMO! — no. Eso no había sido ninguna alucinación.

YouTube — Britney Spears — Everytime (Spanish Subtitles)

Me volví y me encontré a mi Muñeco, abandonado en mitad de la calle, empapado como una fregona, con el pelo tapándole la cara casi por completo, las largas pestañas con gotitas de lluvia atrapadas entre ellas, el torso y el estómago consumido como el de un niño hambriento, desnudo y vulnerable ante la intemperie… la navaja en su mano izquierda. Había salido corriendo con apenas los pantalones puestos.

—¡Tom! — me llamaba, al borde del llanto. ¿Qué debía decir yo ahora, que había sido su asesino? La excusa de que ni tan siquiera me había percatado de ello no era válida en este caso.

“Yo lo sabía ¿verdad?” pregunté al Muñeco de mis visiones, que en lugar de responderme corrió hasta Bill, pisando los charcos y dando grandes saltos sobre ellos, jugando con el agua.

—¿Qué haces aquí? — creo que grita Bill, por la forma en la que mueve la boca, pero yo solo oigo un murmullo difícil de detectar entre millones de gotas diminutas impactando contra el suelo.

—Buscarte. — digo, pero como apenas oigo mi propia voz, grito. — ¡Te estaba buscando!

—¡Lo siento! Quería llamarte, pero… — creo que no dice nada más. Disimuladamente, esconde los brazos tras la espalda junto con la navaja cuando se da cuenta de que estoy mirando sus manos. — ¿Te has hecho mucho daño?

—¡No! — vuelvo a gritar. Bill encoge la cara. Las voces parecen asustarle y retuerce los pies con nerviosismo por la acera embarrada.

—¿Estás… muy enfadado conmigo?

—¡¿Qué?!

—Qué si estás muy enfadado conmigo. — me cuesta trabajo entenderle, pero tras hacerlo, le doy la espalda. Empiezo a sentir dolor en la oreja herida. — ¿Tom?

—¡No estoy enfadado!

—¿Y por qué gritas? — no respondo enseguida.

—¿Y Ricky? — pregunto, intentando desviar su atención de mi sospechoso brazo en posición siniestra. Bill agacha la cabeza, incómodo. — ¡Lo he visto, no hace falta que finjas o lo niegues!

—¿Por eso me buscabas? ¿Por si sucedía algo así? ¿Quién te ha dicho que estaba con Ricky? — pregunta, con ojos desilusionados.

—¡No te buscaba por eso! ¡Estaba preocupado por ti, no por lo que podías hacer con otra persona! — el Muñeco sigue bailando bajo la lluvia. Se me acerca y empieza a dar vueltas a mí alrededor.

—¿De verdad?

—¡Sí! — aunque la rabia sigue ahí, ésta se ha sosegado y ha dejado paso a un sentimiento de mayor calibre. Nunca pensé que habría algo más potente que el odio y por lo tanto, nunca había existido nada que consiguiera tranquilizarme una vez me cabreaba de verdad, pero ese algo existía y había llegado hasta mí a través de personas en contables ocasiones. La mayoría de las veces, por no decir todas, en lo referente a mi auténtico Muñeco. — ¿Te has acostado con ella? — pregunto y él, con expresión melancólica, encoge el cuello.

—No hasta el final.

—Pero lo has hecho ¿no? ¡La has tocado y has dejado que te tocara! — Bill acaba asintiendo con pesadez. — ¡Me has traicionado! — le culpo.

—¡No! ¡No lo he hecho!

—¡No tenías derecho a hacerlo con ella!

—¿Y tú sí con Andreas? ¡No te he traicionado, no estamos juntos!

—¡No como pareja, pero si como Encadenados! — Bill abre mucho los ojos. Se me queda mirando con la boca semi abierta. — ¡Hay reglas, Muñeco y tú has roto una!

—¿Cuál? — no contesto, ya que no hay ninguna regla. Me lo estoy inventando.

—¡Me has traicionado, ya no puedes ser un Encadenado!

—Pero ¿por qué no?

—¡Porque no! ¡Has roto una regla y aquí no hay segundas oportunidades, me da igual que seas mi hermano! ¡Ya no eres de los nuestros, ya no eres de los míos! ¡Ya no puedes seguir aquí! — Bill está desconcertado, pero también asustado. Creo que consigo entender su miedo. No tiene nada en Stuttgart, solo me tiene a mí y a los Encadenados a los que les cae bien, a mis colegas. Si se queda sin ellos, estará solo. Y eso es precisamente lo que quiero que ocurra.

—¿Por qué no puedo seguir aquí? ¿Tampoco puedo ir a tu casa? — no respondo. Eso basta para que a Bill le entre la histeria. — ¡Tom, no puedo irme de aquí! ¿Qué hago entonces? ¿A dónde voy? ¡No sé a dónde ir! ¡Sólo te tengo a ti!

—¡Ya no, estás fuera!

—¿Qué? ¡Pero… pero… Tom!

—¡Me has traicionado! ¿Es que no lo entiendes? ¡No puedes seguir aquí! ¡Ahora mismo debería hacerte daño, pero te estoy dando una oportunidad para que puedas largarte ileso! ¡Acéptala, joder! — a Bill le tiembla todo el cuerpo, pero veo que hace todo lo posible por no echarse a llorar. Sorbe por la nariz, desesperado y alza un brazo. Da un paso adelante. Se tambalea peligrosamente. Parece muy mareado.

—¿Y a dónde voy entonces? — me pregunta. Y es el momento ideal para decir…

—¡A Hamburgo! De dónde no tendrías que haber salido. — Bill no puede más. Unas lágrimas silenciosas se escurren por sus mejillas y se confunden con la lluvia.

—Pero no puedo volver allí. — murmura.

—Ese no es mi problema. — me doy la vuelta y echo a andar rumbo a casa. Ya está, no ha sido ni de lejos tan difícil como pensaba. Aunque oigo gritar a Bill “¡Perdóname, Tom, perdóname, por favor!” desde la lejanía, sigo caminando hacia delante sin girar la cabeza.

En Hamburgo, lejos de su asesino, se curará de lo que sea que mi presencia le provoque. Estaba claro que él no estaba hecho para Stuttgart y conforme avanzo, siento que el dolor del oído y del hombro empiezan a desaparecer. El problema es que viene otro mucho mayor.
De repente, siento los pulmones pesados y la respiración se me corta. Siento que me estoy ahogando. Me giró, buscando al Muñeco de trapo que siempre me acompaña, pero no lo veo.

Entonces, me doy cuenta de que ya no oigo a Bill, y me doy la vuelta completa. Encuentro al Muñeco de trapo allí, a lo lejos, junto a un bulto tumbado sobre el suelo. Me lo señala y empieza a dar saltos, alzando las manos, buscando llamar mi atención.

Bill se ha caído al suelo, logro adivinar, y pienso en su dramatismo, allí tumbado, sin voluntad para sobrevivir. Niego con la cabeza, sintiéndome un poco decepcionado, pero cuando espero durante casi medio minuto que se levante y veo que no lo hace, al sentir mis pulmones cada vez más cargados, al ver al Muñeco dando botes cada vez más histérico, yo también me pongo nervioso y camino hacia mi hermano, por última vez. Doy pasos lentos para no parecer preocupado, pero cuando descubro la postura de Bill, su cabeza hundida boca abajo en un charco de agua helada y su cuerpo inmóvil, me doy cuenta de que el dramatismo en público no es lo suyo.

Sí. Bill es torpe por naturaleza, recuerdo. Demasiado torpe.

Corro hasta él, apartando al Muñeco de trapo a un lado y levanto a Bill usando un solo brazo. Me resulta difícil y cuando intento usar los dos, dejándome llevar por un miedo irracional al verle ahogándose de una manera tan estúpida, grito de dolor. Consigo levantarlo y apoyarlo en mi regazo boca arriba. Tiene la cara llena de barro y se lo limpio con la mano rápidamente.
Aunque hay poca luz, veo que está tan pálido como un muerto.

O quizás esté muerto, porque mi Muñeco no respira.

Continúa…

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por Sarae

Escritora de Muñeco

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