II Tom 1

II Tom 1

Tom. Temporada II

Capítulo 1 (P.2)

Por Bill

Vi salir del apartamento a Tom y a William, y me devolví a mi madre.

No podía creer que la tuviera frente a frente, así, de un día para otro, como si nada de su abandono hubiera ocurrido jamás. Era una completa extraña, ya que yo nunca la había visto en mi vida. Mi padre la odiaba tanto por haberlo dejado por su hermano, que ni siquiera había conservado una foto suya para enseñármela y darla a conocer. Aun así, su presencia se sentía familiar.

—¿A qué te refieres con que está en los genes de papá? —pregunté quebrando el silencio en el que la ausencia de nuestras parejas nos había envuelto—. Estoy estudiando medicina y créeme que he visto muchas cosas en los libros, pero esto… esto no tiene sentido. Estoy a punto de recibirme y, al menos en estos años de carrera, no encuentro fuente científica que me explique algo tan impactante como que un tío y su sobrino sean como gemelos nacidos en épocas distintas.

—¿Así que estudias medicina? El mundo de la Salud, evidentemente, lo llevamos en la sangre. Yo soy enfermera —dijo ignorando mi pregunta. Parpadeé abofeteado por lo que decía—, ejerzo cuando William no consigue mucho dinero con la música; pero, en fin.

Me quedé viéndola un momento en silencio. ¿Compartíamos algo?

—Qué bien —contesté sin mucho entusiasmo—. ¿Podrías responderme, por favor?

—¿Qué cosa?

—Lo que acabo de preguntarte sobre el insólito parecido que tengo con mi tío y que no he leído sobre ello en los libros ni en… —me interrumpió.

—Bueno, cariño. Déjame decirte que los libros solo te enseñarán la teoría. La vida te da la práctica y, créeme tú a mí, nada se parece a lo que ves en un libro —fue su respuesta y sacó un cigarro electrónico de su bolso—. ¿De este sí puedo fumar o tu novio va a decirme algo? No expulsa más que vapor. No afectará a sus preciados muebles, si es eso lo que lo preocupa —añadió con un sarcasmo que combinaba con su expresión desdeñada.

—No, mamá. Tom no se molestará por ese cigarro.

Llamarla mamá me sabía aciago.

—Se molesta a menudo, ¿no es cierto? —cuestionó después de dar la primera calada y se tocó los senos como si estuviera acomodándoselos. Fruncí el entrecejo ante su insolencia—. Fue muy violento allá afuera con William. ¿Te golpea mucho? Tu padre lo hacía conmigo.

—Oh, no… —la interrumpí de inmediato—, Tom es un hombre muy dulce y tranquilo.

—No fue lo que vi hace un rato.

—Pues, él reacciona así cuando algo excede los límites.

—¿Los límites? —enarcó una ceja y le dio otra calada a su cigarro de vapor—. ¿Cuáles límites? Bill solo le hizo una estúpida broma.

Que llamase a su esposo por su apodo, que era el mismo que el mío, me hizo sentir enfermo. Mi mente me jugó muy sucio en una fracción de segundo y me hizo imaginarla a ella teniendo sexo con un tipo que llevaba la misma cara que su propio hijo; o sea yo. Sentí náuseas, entonces, tragué saliva y sacudí un poco la cabeza en el intento de ahuyentar esos pensamientos.

—Me pusiste el mismo nombre que mi tío, el hombre por el que, más tarde, dejaste a mi padre —dije tratando de huir del tema, aunque no del todo—. ¿Por qué?

Expulsó el vapor.

—Oh, cariño, fue para fastidiar a Jörg —rio con cinismo y la miré sin comprender—. El hijo de perra me maltrató psicológicamente siempre, entonces, como la policía no hacía nada porque decían que “solo eran palabras y que no le hiciera caso y ya” —hizo comillas con sus dedos poniéndolos en forma de garras con el pitillo electrónico en su mano derecha—, decidí ponerle el nombre de su hermano, con quien siempre se llevó muy mal, y por el cual después yo iba a dejarlo y a dejarte a ti con él. Así serías el clavo de su ataúd.

Culminó sin pizca de tacto en su discurso, como si no estuviera hablando con su hijo, sino manteniendo una charla casual mientras esperaba el metro. Necesité respirar, ya que sus palabras las sentí como un montón de ladrillos arrojados directo a mi cara. Apoyé la espalda en la silla y tragué saliva.

—Entiendo… —susurré cuando fui capaz de dar una respuesta—, pero ¿cómo explicas nuestro parecido tan impresionante? Es mi tío…

—Ohh, es que… —hizo una mueca con los labios y respiró profundamente, aunque nada de su lenguaje corporal me daba señales de que sería cordial con lo próximo que me diría—. Ay, ya. Es que William no es tu tío.

—¿Cómo dices?

—Yo me acostaba con él mientras estaba con Jörg —fruncí ambas cejas y ella se reacomodó más sobre la mesa, como si quisiera acercarse a mí, ya que yo me mantenía reclinado en mi asiento.

.

Por Tom

Subimos a la terraza.

Aspiró el humo en la primera calada tras encender el cigarro y lo miró un momento para luego fijarse en mí y soltarlo.

—Así que le dices pequeño —dijo con una mueca en sus labios y yo lo miré con recelo—. ¿Qué edad tienes, Tom?

—¿Es importante para ti saber mi edad al relacionarlo con el apodo que empleo para llamar a Bill?

—Oye, relájate, hombre —rio meciendo su cabeza levemente—. Parece que estás a la defensiva todo el tiempo.

—Pues tengo mis razones.

—¿Cuáles razones? —indagó dándole una nueva calada a su cigarro.

—Tu sentido del humor no me resulta gracioso.

—Ohh, es por el chiste de hoy —rodó los ojos—. Anda, tío. Ni que hubiera dicho algo tan fuera de lugar.

—Lo hiciste. No es forma de hablar de tu sobrino, ni de ningún otro hombre al cual le gusten los hombres —solté aún irritado por aquel comentario suyo. Había sido una primera impresión de ese tipo, bastante desagradable.

—Ya; lo siento. ¿De acuerdo? No creí que fuera a ofenderte tanto.

—Ofendiste a mi pequeño. Meterte con él, es alcanzar mi límite.

Tras quedarse viéndome unos segundos, rio en tono grave, y a la vez suave, desde su garganta.

—¿Cuántos años tienes, Tom? —volvió a cuestionar y yo hice mi rostro a un lado de manera efímera antes de responder.

—En un par de semanas cumpliré cuarenta.

Lo vi alzar ambas cejas.

—Ohh… pero te ves mucho más joven.

—Gracias —contesté sin mucho énfasis, ya que su cumplido me recordó a que mi pequeño me había dicho algo similar cuando hablamos a solas por primera vez.

—¿Qué edad tiene Bill?

La mandíbula se me tensó y tragué saliva algo incómodo. Esperaba que no hiciese ninguno de sus desubicados chistes al respecto en cuando le respondiera, o me sería imposible continuar reteniendo mi ira.

—Cumplirá veinticinco años el próximo mes.

—Ohh… ahora entiendo por qué le llamas pequeño —sonrió y el tono de voz empleado no lo percibí como burlón esta vez; algo me decía que iba a continuar hablando—. Os lleváis quince años de diferencia —agregó asomándose un poco al borde de la terraza para ver parte de la ciudad—, igual que Heidi y yo.

Ahora quien alzó ambas cejas, asombrado, fui yo.

—¿Cómo has dicho?

—¿Qué edad crees que tengo, Tom? —interrogó y su mirada me resultó de lo más extraña.

—Honestamente, no lo sé. Tengo entendido que la madre de Bill es mayor que yo y ahora que tú me digas que os lleváis quince años de diferencia, me ha hecho dudar acerca de tu edad.

Rio dando otra calada a su pitillo.

—Tengo cuarenta y un años —me quedé viéndolo incrédulo—. Tenemos casi la misma edad, ¿puedes creerlo?

—La verdad, no. A pesar de mis dudas, jamás hubiera imaginado que fueras mayor que yo.

—¿Es acaso eso un problema para ti, Tom? —indagó y no supe en qué contexto ubicar su pregunta.

—¿Disculpa?

Miró lo poco que quedaba de su cigarro y sonrió de lado otra vez.

—Olvídalo —aspiró de nuevo su tabaco y colocó su mano libre en el bolsillo de su ajustado jean negro. Escaneó mi cuerpo de arriba abajo con su cabeza en cruz—. ¿A qué te dedicas? Por lo que veo, te ejercitas.

—Soy Couch de los CS Tasmania Berlín; baloncesto.

—Wow… no me van mucho los deportes, pero he oído de ellos en la TV de algunos sitios en donde toco con mi banda.

—Tu esposa dijo hoy que el lunes probablemente tendrías un concierto. Entonces, eres músico.

—Así es —arregló su cabello al echarlo hacia atrás con su mano y lo vi jugar con uno de los piercings de su labio inferior. No pude evitar evocar a mi pequeño. Eran perturbadoramente idénticos, solo que con dieciséis años de diferencia—, toco la guitarra y canto desde hace diez años.

—¿Aquí en la ciudad?

—En bares o teatros pequeños de los sitios a los que puedo ir —«¿Sitios a los que puede ir?»—. Demanda mucho tiempo y no me gusta que la gente esté encima de mí. Disfruto hacer lo que me gusta, no de la atención que me prestan.

Me quedé en silencio, observándolo. Mi pequeño tenía un pensamiento similar, aunque en una vida totalmente distinta. Él disfrutaba mucho de todo lo que hacía, sin embargo, siempre trataba de llamar la atención lo menos posible. Le gustaba pasar desapercibido.

Como me resultó extraño que dijera “sitios a los que puede ir”, iba a preguntarle sobre ello, no obstante, él continuó hablando.

—Entonces, ¿qué hay entre tú y Bill? —cuestionó de repente, cambiando de tema, y yo lo miré molesto. Era una nueva absurda pregunta dado que conocía perfectamente su respuesta.

—Es mi pareja —contesté en tono firme y con el ceño fruncido.

—Oye, oye, tranquilo. Solo fue una pregunta.

—Bastante obvia, ¿no crees? Tú mismo dijiste hace unos momentos que habías investigado el perfil de Bill y habías encontrado fotos de nosotros juntos. Mi pequeño sube fotos de nosotros dos besándonos o abrazados, lo cual no deja dudas de qué somos. Ya lo sabías.

—Solo quería saber qué es lo que piensa de Bill el hombre con el que está viviendo. No siempre se comparte el mismo criterio por más que seáis una pareja.

—Llevamos dos años juntos, ambos sabemos perfectamente lo que queremos como pareja.

—¿Estás seguro de eso, Tom? —indagó acercándose a mí y me cogió por el abrigo con fuerza. Abrí mis ojos, desconcertado, y exhaló en mi cara el humo que había inhalado previamente de su cigarro antes de tirarlo al suelo.

( PLAY Babel – Gustavo Bravetti)

—¿Qué…?

—Hace años estoy con Heidi y ella jamás supo lo que yo realmente quería.

Lo empujé inmediatamente y lo miré sin comprender nada de lo que estaba ocurriendo.

—Entonces, ¿te gustan los hombres? —cuestioné aún absorto y sin saber cómo reaccionar en realidad—. Pero tú no quieres a los homosexuales…

Rio de lado.

—Veo que Bill y yo compartimos el gusto por el mismo tipo de hombres —paseó sus ojos por mi cuerpo. Pestañeé confundido—. Al parecer, eso sí se lleva en la sangre.

—¿A qué te refieres? ¿Lo dices por ser su tío?

Volvió a reír, ahora un poco más fuerte y llevó ambas manos a sus bolsillos. Echó levemente su cabeza hacia atrás, como si descansara parte de ella sobre sí mismo para seguir hablando.

—Bill no es mi sobrino, Tom.

—¿Cómo dices?

Mi móvil sonó en el bolsillo de mi chaqueta. Lo cogí y miré la pantalla. Era mi pequeño, así que atendí sin vacilar.

—Pequeño.

Tom… —sollozó y mi estómago se contrajo.

—Mi amor, ¿qué pasa? ¿Por qué lloras? —indagué poniéndome muy tenso de repente intuyendo que Heidi le había dicho algo que había conseguido lastimarlo.

Mi padre… su voz se oyó distorsionada e inhaló por su nariz—. Tom…, él es mi padre…

—¿Qué? —pregunté e inmediatamente hice una pausa—. ¿Tu padre? ¿Quién, pequeño? —continué totalmente descolocado y el sujeto que tenía enfrente fijó su mirada en mí para enseguida enarcar una ceja. Bill volvió a sollozar. Fue entonces que algo en mi interior pudo predecir aquella respuesta—. Pequeño…

William… —contestó al fin y me quedé pasmado—. William no es mi tío, sino… mi verdadero padre.

Continúa…

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2 comentario en “II Tom 1”

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