Acabado 3 (P.1)

Acabado 3 (P.1)
Muñeco by Sarae. Temporada IV
Capítulo 3 (P.1)

Mi torpeza habitual, que se había mantenido durante todo el verano conmigo en Stuttgart, me pinchaba las costillas cuando eché a correr a toda velocidad hacia el bosque de enormes árboles oscuros y la lluvia empezó a salpicarme la cara, las piernas y el pecho desnudo, además de ablandar la arena, convirtiéndola en barro. ¡Nunca había corrido descalzo bajo la lluvia! Y si no fuera porque Tom me perseguía gritando que iba a matarme, me hubiera detenido para poner más énfasis en la deliciosa sensación que me estaba recorriendo las piernas.

No hacía frío ni aún lloviendo, al menos no para mí al dar semejante carrera.

Cuando llegué a la línea en la que empezaban a formarse los árboles, me introduje entre ellos de un salto y seguí corriendo todo recto, sin mirar atrás.

—¡Bill, idiota! — escuchaba a mi espalda. Quizás no era buena idea corretear de esa guisa por el bosque de noche y lloviendo. Quizás podría atacarme un oso (¿habría osos?) o picarme una serpiente, pero yo seguí corriendo. Y no solo porque mi hermano me siguiera de cerca, si no por el tacto y la situación mágica de correr en mitad del bosque sin más ropa que un bañador aún húmedo. El olor era increíblemente puro, la brisa cálida y aromática y el terreno, irregular e impredecible. ¡Siempre me había gustado el senderismo, el bosque y los árboles! De pequeño tenía la costumbre de subirme a ellos, pero el día que me caí sobre un montón de estiércol de caballo, mamá me prohibió trepar más, aunque en realidad ya lo había hecho años antes, pero yo nunca le hice caso hasta entonces.

Hacer una locura, algo inesperado e indescriptible, algo que no debería hacerse, algo peligroso. ¿Cómo no me había dado cuenta antes de lo gratificante que eso era? Al menos, hacer algo difícil de creer en lo cual nunca habías pensado.

Correr por el bosque en mitad de una tormenta era una de esas acciones que nunca habías imaginado hacer, pero una vez hecho, el recuerdo perdura eternamente, alimentándose de los deseos de repetir esa experiencia única jamás soñada. Pensándolo bien, esa sensación ya la había experimentado incontables veces con el bárbaro que corría detrás de mí.

Correr por el bosque fue fantástico, pero como decía, mi torpeza habitual me había seguido hasta allí. De repente, empecé a confundir los árboles con la oscuridad del lugar y comencé a chocar contra sus fríos troncos de madera, raspándome brazos y cara. Reduje la velocidad para detenerme, pero sentí un pinchazo en la planta del pie e inclinándome por el dolor, choqué contra una raíz y caí de lado al suelo, que para colmo, se inclinaba en una cuesta empinada.

En resumen, empecé a dar vueltas como una peonza humana sobre el suelo enlodado y pegajoso, haciéndome daño en cada parte del cuerpo y rezando por no chocar contra un árbol y romperme la columna de un mazazo.

“Me mato… ¡Arggg, qué me mato! ¡Moriré en mitad de un bosque, devorado por gusanos y lobos por intentar defender mi dignidad! Maldita sea, ¡está claro que nací para ser un maldito esclavo masoquista!”

¡Mierda, es que morir así era tan patético!

Pero por supuesto, no la palmé. Después de dar giros y giros y amenazar con echar la pota, me detuve sobre un llano boca abajo, con un montón de hojas secas atascadas entre mis dientes.

—¡Puajj! — las escupí, tosiendo muerto del asco ¡para que me hubiera tragado un bicho o algo así! Estornudé y me rasqué la nariz antes de comprobar si me había roto algo. Como no sentí dolor alguno salvo el de las piedras que se me habían clavado a la espalda y los arañazos, supuse que sobreviviría.
O no…

—¡Muñeco! — escuché gritar desde lo alto de la cuesta. Divisé la figura de mi hermano moviéndose entre los árboles, intentando localizarme sin mucho éxito. — ¿Te has caído, pedazo de memo?

—¿Es que no lo ves? ¡Casi me mato! — grité en respuesta.

—¡Argg! Espera ahí, voy a bajar.

—¡No me he roto nada, gracias por preguntar!

—Si has sobrevivido en Hamburgo y a un viaje en solitario atravesando toda Alemania hasta Stuttgart, no creo que una caída tan tonta te mate. — seguí escupiendo hojas e intenté limpiarme las manos llenas de barro en el bañador. Por suerte, las gotas de lluvia me ayudaron en el trabajo. — Pero será mejor que te escondas, Muñeco, porque si el suelo no te ha matado, lo haré yo. — me amenazó Tom. Pensé en replicar, pero al levantarme del suelo y sacudirme un poco la suciedad, al alzar la cabeza por fin para ver donde estaba, al aventurarme a observar el lago que se extendía a mi izquierda, descubrí algo inesperado. Un paisaje oscuro y remoto, amenazador pero precioso.

La luna, enorme y resplandeciente, casi estaba oculta tras las nubes y eso me dificultó la visión, pero los escasos rayos de luna que se filtraban en la estratosfera me permitían ver el lago a mis pies, a escasos siete palmos de la roca sobre la que me mantenía en aquel momento. A mi espalda se extendían los árboles, formando el bosque y delante de mí había una pendiente sumamente empinada formada por rocas cubiertas de hierba escurridiza. El agua del lago, un poco embravecida por el tiempo, chocaba contra las piedras. A mi izquierda pude oír el arroyo, cuya agua saltaba por encima de piedras formando unos increíbles rápidos que se deshacían en una pequeña cascada que acababa expulsando en el lago.

Me dirigí al arroyo, bastante ancho, e introduje la mano en los rápidos. Tenían mucha fuerza y no fui capaz de captar su profundidad ni siquiera cuando introduje el brazo hasta el hombro. Me costaría mucho nadar a través de ellos, pero estaba seguro de que podría hacerlo en las condiciones propicias, hacia arriba.

Oía el croar de las ranas, muy cerca de mí y los grillos cantando entre los árboles, formando una perfecta armonía con el susurro del agua, los truenos y la lluvia.

Algo me pinchó la espalda de repente, haciéndome pegar un bote y casi caerme al agua.

—¡Aaah!

—Te dije que tuvieras cuidado conmigo. — habló Tom. Al darme la vuelta detecté la extensión de su brazo. Me había pinchado la espalda con un largo palo de madera, una rama posiblemente.

—¿Qué haces con eso? ¿Vas a azotarme?

—Esa era mi intención.

—Creo que prefiero un guantazo. Eso duele. — Tom bufó y se volvió. No podía verle bien, pero sus rastas seguían el movimiento de su cuerpo. — ¡Mira qué paisaje! ¿A que es increíble?

—Hum…

—Aquí hay un arroyo. Mira, mete la mano, verás qué guay. ¡Se te lleva la corriente!

—Hum…

—De día tiene que ser una pasada.

—Ajá.

—Eres realmente expresivo, eh.

—¿Y qué quieres que te diga? Pareces un puñetero niño de diez años que acaba de descubrir un parque nuevo. ¿Qué pasa? ¿Ya te has olvidado de que me has pegado una buena hostia ahí fuera? Debería darte una paliza, Muñeco. Tus cambios de humor no son normales. — gruñó como un ogro y yo me encogí, un poco cortado.

—Perdón. Creo que me he pasado.

—¿Qué problema tienes ahora? Intento decirle a mis colegas que me gustas y te quejas. Debería gustarte. ¡Joder, pensaba que iba a gustarte! — Tom se había agachado a los pies de un árbol. Cogía cosas del suelo y las lanzaba lejos entre bufidos de molestia. — Pero veo que no. ¡Pues tranquilo, no diré nada! Total, hay que ser muy gilipollas como para no darse cuenta de qué iba la cosa. — tragué saliva. Eso era una mala noticia.

—¿Crees que… se han dado cuenta?

—Si no lo han hecho con el numerito de “es mi hombre”, tendré que follarte a lo voyeur para que se enteren de que no se te toca sin mi permiso.

—Ja-ja-ja, muy gracioso, Tom. En serio, en realidad quería hablar contigo sobre eso.

—¿Y por eso me has pegado, para llamar mi atención?

—No, es solo que… — de repente, una rama de árbol voló hasta mis pies, cayendo sobre estos. Me hizo un poco de daño, pero no me quejé. Tom se levantó del suelo, blandiendo el palo con el que me había pinchado la espalda y con un movimiento veloz, lo zarandeó como un espadachín y me apuntó con la punta del mismo. — Tom, ¿qué haces?

—¿Quieres hablar conmigo, Willian Garfio? Tendrás que derrotarme primero si de verdad deseas que te conceda un minuto de mi valioso tiempo. Aunque no crezca, soy un niño muy ocupado ¿Sabes? — me quedé mirando su porte arrogante durante un rato hasta que descubrí a qué venía ese jueguecito tan extraño. Me reí.

—Va, Tom, en serio. Odio que me defiendas como si fuera una damisela en apuros, de verdad. ¡Soy un hombre! No hagas que…

—¿Un hombre? ¡Todos los hombres son piratas y yo mato a los piratas! — y con un golpe certero en la cabeza con aquel duro trozo de madera, me quedé fuera de juego.

—¡Auch!

—¡Desenvaina la espada, bacalao! Echaré tus restos al cocodrilo, igual que hice con la mano de tu padre.

—¡Serás…! — divertido y he de admitir que un poco picado por ese golpe, agarré el palo que había acabado en mis pies y me levanté de un salto, preparado para una batalla encarnizada contra el valiente Peter Pan de largas rastas. — Vengaré las humillaciones que tú, esa maldita hada y tus patéticos amigos habéis arrojado sobre la figura de mi padre.

—¡Tu padre es un cobarde sin honor!

—¡Y tú eres un niño sin escrúpulos! ¡En guardia! — blandiendo mi “espada”, ataqué primero al rápido Peter, que me esquivó con habilidad hacia la izquierda. Había renunciado al vuelo para mantener un combate justo entre ambos, pero aun así no me fiaba de sus tácticas.

El choque entre las espadas provocaba chispas que salpicaban el cielo. Peter era lento, no poseía una gran rapidez, pero su fuerza era bestial y calculé que si su espada me rozaba lo más mínimo, me tumbaría en el húmedo suelo del País de Nunca Jamás, en medio de la selva. Esperaba que los Niños Perdidos no hubieran dejado ninguna trampa de por medio para cazar animales, o sería mi fin.

En cambio, aunque mi fuerza era más bien floja y utilizaba la gravedad para dejar caer la espada sobre la suya, era más rápido y con mejores reflejos. ¡Ahí estaba mi oportunidad! Mantuve la espada baja en todo momento, apuntando a su pecho en lugar de a su cara. No sería justo sacarle un ojo. El juego perdería toda su gracia. Pero él interponía su espada a todas las embestidas, desviando mi hoja afilada hacia otro lado.

—Eres rápido, niño. — sonrió con burla, dando varios pasos hacia delante y atacándome sin piedad por arriba. Interpuse mi espada a sus golpes, directos a mi cabeza en una ocasión, lograron atinarme en pleno frontal.

Pero yo, quejándome con un gruñido por su brutalidad, no me dejé intimidar. Con el siguiente movimiento ataqué directamente su espada y dirigí la afilada hoja hasta la mano con la que la agarraba, atizándole en ella.

Peter soltó un gruñido de dolor y soltó la espada que cayó al suelo.

—¡Ajá! ¿Quién es el niño ahora? — me burlé al verlo desarmado, apuntándole al pecho. Peter puso mala cara.

—No te aproveches, enclenque. — y de un manotazo, apartó mi espada de su pecho.

—¡Eh, eso no vale! Se supone que el palo es una espada y si la tocas, te corta.

—Tú lo has dicho. Se supone. ¡Un juego es un juego, Willian! — de un salto al suelo, agarró la espada que recientemente se le había escurrido de las manos y con ella, me regaló un bestial golpe por debajo de la rodilla que me hizo doblarme de dolor y caer al suelo.

—¡Serás animal! — él estalló en carcajadas y salió corriendo hacia un árbol cercano cuando me levanté con la espada en alto, dispuesto a devolverle el golpe. Rodeamos el árbol por un lado y por otro, estirando los brazos para atacarnos sin mucho éxito, dándole latigazos a la pobre madera empapada. No nos dimos cuenta de que había pasado de chispear a diluviar y los truenos acompañaban a los rayos cada vez más seguidamente, encima de nosotros.

—¡No puedes atraparme ni con dos manos, pobre pirata! Garfio tiene que estar muy decepcionado contigo. — le escuché decir, alejándose por entre los árboles. Solo los rayos me permitían ver algo y detecté como Tom corría y se escondía detrás de un ancho tronco retorcido. Era silencioso. Ni siquiera había escuchado sus pisadas sobre las hojas del suelo embarrado. Intenté imitarlo, andando despacio detrás de los árboles para pillarlo desprevenido. — Eres un pobre ingenuo si crees que puedes ponerte al nivel del gran Peter Pan.

—¡Ja! Hablas como un adulto, Peter.

—¡Mentira, pirata!

—Peter, vamos a jugar a algo.

—¿A qué? ¿No estamos jugando ya a algo?

—¡Venga, va, sé que te encantan los juegos! — me sentía un auténtico pirata intentando provocar a mi enemigo mientras buscaba la manera de alcanzarle por la espalda, sin que se diera cuenta. Con las piernas embarradas, pisaba despacio y con mucho cuidado, dirigiéndome al árbol bajo el cual sabía que estaba escondido.

—¿Qué…? — un trueno silbó en ese momento y yo avancé más depresiva aprovechándome del ruido. Estaba calándome hasta los huesos y tuve que apartarme el pelo empapado de la cara para ver por dónde iba. — ¿Qué clase de juego?

—Uno de tus favoritos. — su silencio me dio a entender que estaba interesado y yo, ya pegado al árbol que ocultaba su cuerpo, sonreí con la espada en alto.

—Hum… ¿Al juego del Muñeco?

—Sí, al juego del… — entonces, salté dispuesto a atacarlo por sorpresa, dando la vuelta al árbol alzando mi espada con fiereza y gritando — ¡Muñeco!

Pero una vez di la vuelta al árbol, no encontré nada. Observé el tronco al cual Tom debería estar pegado, escondiéndose de mí, pero no lo estaba. Pestañeé.

—¿Eh? — un golpe que me hizo polvo la cabeza me hizo exhalar un grito. — ¡AH!

—¡Jajajajaja, Muñeco idiota! — alcé la cabeza, entre rayos y truenos y pude ver la figura de Peter Pan subida al árbol, balanceando el pie de izquierda a derecha y partiéndose de risa.

—¡Eso duele! — refunfuñé y me rasqué la parte que había recibido el golpe, sintiendo como me crecía un buen chichón. — ¿Cómo te has subido ahí arriba?

—¡Volando!

—Yo también quiero subir.

—¡Tú no sabes volar!

—¡Quiero subir! — le agarré del pie y tiré de él hacia abajo con brusquedad. Peter estuvo a punto de caerse.

—¡Eh, me vas a tirar!

—Déjame subir. — pero aún riéndose, en lugar de echarme una mano para volar hasta allí arriba, apoyó el pie que sujetaba en mi hombro y me empujó con él hasta tirarme al suelo de culo. Lo observé reír con rabia. — ¡Muy gracioso! Pues ahora me enfado y no respiro.

—No te enfades, Willian. Se supone que somos amigos.

—Se supone. ¡Pero no me quieres enseñar a volar! — no estaba enfadado, claro, pero decidí que el juego había terminado, así que lancé mi espada a lo lejos y me senté en el suelo, bajo el árbol. Bostecé. — ¡Argg, estoy empapado!

—¿Quieres volver?

—¿A dónde, a casa?

—Si quieres volver a casa… — insinuó y noté un tono resignado en su voz, casi de decepción.

—No. Estoy bien aquí. Me lo he pasado muy bien.

—¿En serio? Hemos estado todo el día separados.

—¡No te lo tengas tan creído! Puedo ser perfectamente feliz sin ti. — Tom no respondió y cuando alcé la cabeza para buscarle entre la oscuridad del árbol, él se inclinó, agarrándose a una rama para no caerse. Se puso de rodillas sobre el tronco y acercó la cara a la mía.

—¿En serio puedes? — preguntó. Yo no respondí para no mentir. — ¿Por qué estás aquí entonces?

—Hum… no lo sé. ¿Por qué estás tú aquí, conmigo?

—Porque a diferencia de ti, yo sí te necesito para ser feliz. — dos rayos seguidos alumbraron el bosque. Tom estaba colgado como un mono, manteniendo el equilibrio con facilidad. ¿Estaba serio o bromeaba? Eso no fui capaz de detectarlo.

—¿De verdad?
Si dices la verdad, yo también te diré la verdad.

Tom se descolgó con dos movimientos rápidos y cayó al suelo de un salto. Empezó a andar hacia el lago otra vez, alejándose de la zona de árboles con porte misterioso.

—No. No es verdad. — se burló. — Puedo ser perfectamente feliz sin ti. — repitió y no supe si eso lo decía por puro orgullo o porque le había molestado mi actitud distante. Se llevó las manos a las rastas y se las echó hacia atrás, apartándoselas de la cara. Me hubiera gustado que fuera de día para poder ver claramente como la lluvia salpicaba su cuerpo y se deslizaba desde sus rastas mojadas hasta los pies. Debía ser muy erótico.

—Tom… de verdad quiero aprender.

—¿Aprender a qué?

—A volar.

—Ah.

—Enséñame.

—Ven. — cuando salí de entre la maleza y los árboles, la lluvia cayó sobre mí como si fuera un torrente. Tuve que sacudirme el pelo como un perro para que no me cayera en la cara. — Pero ven rápido, Muñeco. — obedecí y eché a correr hasta él. Entre rayos y escasa luz de luna, su silueta se dibujaba más grande y ancha que nunca. Los músculos se veían tan exagerados, el pelo tan largo y suelto y las piernas tan hinchadas por la tensión, que en lugar de Peter Pan, vi uno de esos bárbaros tan bestiales de las películas de guerreros griegos y caballeros de la edad media. Quise empujarlo, tirarlo al suelo para medir fuerzas, empezar un juego de dominación que probablemente, perdería.
Me pregunté qué vería él en mí. ¿Un débil arquero, un mago que lanza hechizos por la espalda, un perro? Los papeles de guerreros y luchadores ya estaban cogidos.

Alcé los brazos. Quería hacerle caer al suelo de un golpe, tumbarlo. Quizás así yo también ganaría el papel de letal guerrero que tanto deseaba. Porque aunque quería a Tom, había salido de Hamburgo para convertirme en un hombre y me había jurado no volver hasta haberlo conseguido… y quería volver. Quería ver a mamá, a Georg, a Gus, a Gordon, a Derek y, aunque parecía extraño, quería volver a la universidad. El miedo había sido sustituido por rencor y ganas de probarme a mí mismo.

Continúa…

Gracias por la visita. No te vayas sin comentar.

por Sarae

Escritora de Muñeco

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