Acabado 10
Muñeco by Sarae. Temporada IV
10: Resumen Parte 2

Adam no opone resistencia cuando Tom le apunta a la cabeza con la pistola y accede a ir con él de buena voluntad. Sin embargo, cuando Tom lo mete en el coche, Kam le llama por teléfono y le explica que han logrado contactar con Gore y ver a Bill. No le cuenta que le han metido una paliza delante de sus narices, pero cuando Tom oye a Ricky llorar, pide hablar con ella.

—¿Has visto a Bill? —le pregunta.

—Sí —contesta ella, sollozando.

—¿Y cómo estaba?

—Ellos… yo creo que… Bill… le estaban… —Ricky rompe a llorar otra vez.

—¿Le estaban, qué?

—No lo sé, no… Tom, tienes que acabar con esto ya. Le van a matar.

—¿Le estaban haciendo qué, Ricky? —insiste él, con los nervios a flor de piel.

—Antes de que se cortara la línea… Gore le pegó muchas veces y… le iba a… le iba a… penetrar… —Ricky aúlla de rabia y los ojos de Tom se dilatan cuando la oye—, Bill consiguió soltarse y rompió la cámara antes de que… siguieran… no sé qué le habrán hecho… después… ¿Tom? ¿Sigues ahí? —él no contesta y apaga el teléfono.

Suspira varias veces antes de arrancar el coche.

—¿Bill está bien? —le pregunta Adam, sinceramente preocupado. Tom no contesta—. Tom, yo no quería hacerlo, de verdad que no. Mi hermano… él me obligó, yo no quería… Bill es mi amigo… él me gusta mucho, de verdad que no…

—¿Te gusta? —le pregunta él. Adam se muerde el labio inferior, sin responder—. ¿Te gusta? ¿Por eso se lo has entregado a tu hermano, para poder disponer de él cuando te diera la gana? ¿Para poder jugar con él cuanto quisieras?

—No, no… yo no quería quitártelo, Tom…

—Me viste meterle la lengua en la garganta ¿no?

—Sí, pero…

—Y hablas de quitármelo. ¿Le has contado a tu hermano que es mi amante?

—¿Sois… amantes?

—Sí, lo somos.

—Yo no he dicho nada.

—¿Estabas celoso, es eso?

—Yo no entregaría a Bill solo por eso.

—Le están violando.

—¿Qué?

—¡Que tu hermano le estaba metiendo su jodida polla por el culo para cabrearme, eso! —Tom golpea el volante del coche con los puños mientras conduce, sobrepasando con creces el límite de velocidad hacia Stuttgart.

—No… no me jodas. Yo no quería… yo no…

—Está asustado. Se siente humillado y tiene miedo. ¡Está acojonado, puedo sentirlo! Le están haciendo más daño del que puede soportar. ¡Lo están manchando con sus sucias manos!

—Lo siento, Tom… lo siento, de verdad —Adam rompe a llorar de impotencia. Por un momento, se le pasa por la cabeza acabar con todo y tirarse del coche en marcha a la carretera. Abre la puerta del copiloto y está a punto de saltar, pero antes de que lo haga, un dolor punzante le hace volver a su asiento y cerrar la puerta con fuerza.

Tom le ha atravesado una mano con su navaja, hasta el mango, y la ha dejado clavada en el asiento del copiloto. Adam rompe a llorar de dolor.

—La próxima vez te atravieso la polla, hijo de perra. —Le amenaza y durante todo el camino de vuelta, mantiene el mango de la navaja bien agarrado, para que Adam no pueda escapar.

Por su parte, Bill es arrastrado hasta los calabozos de nuevo. Esta vez es Gore quien lo lleva, agarrado del pie derecho. Toro observa la tosca escena con la boca abierta, e intenta intervenir.

—Como vuelvas a entrar en los calabozos para ayudar a este hijo de puta, le corto la cabeza a Aaron en su propia cama —tras esta advertencia, Seiler traga saliva y se aleja despacio.

Bill araña el suelo hasta que le sangran los dedos, pero nada impide que Gore lo encierre en los calabozos y cierre la puerta cuando los dos están dentro. Antes de hacerlo, le quita la cadena que ata el cuello de Bal y se la lleva con él.

—¡No te me acerques! —le grita, arrastrándose hasta una esquina. Gore se pasa un brazo por la nariz rota, limpiándose la sangre. Va hacia Bill e ignorando la roca con la que él intenta golpearle, le rodea el cuello con la cadena de su perro y tira de ella, apretando hasta que Bill empieza a toser.

—Cuanto más te muevas más tiraré y ¿sabes? Me importa una mierda si te estrangulo hasta matarte, así que será mejor que te estés quietecito de una vez. —Bill intenta quitarse la correa, pero es inútil y empieza a faltarle el oxígeno. Finalmente, se rinde y se queda quieto—. Buen chico. —Gore se sienta encima de su abdomen, provocándole tos y una sensación asfixiante con su peso—. Dame el brazo. —Le ordena. Bill no obedece y Gore tira de la correa. Él alza el brazo y Gore lo observa con interés.

Las cicatrices que Bill siempre ha intentado esconder quedan al descubierto. Gore sonríe al verlas.

—Una de dos; o te lo haces tú mismo o te lo hacen. En cualquiera de los dos casos, eres un jodido masoquista. —Gore saca a relucir su navaja y corta la piel de Bill, justo encima de viejas cicatrices.

—¡No hagas eso! —le grita. Bill recuerda que a Tom no le gusta que se corte; le repugna que lo haga y le castiga por ello, pero a Gore no parece importarle.

—¡Pero qué egoísta! Te gusta cortarte pero no que te corten. —Él ignora sus súplicas y empieza a cortar la blanca piel del brazo hasta el hombro. Cuando termina, sigue con el otro. Bill empieza a gritar, pero al cabo de los minutos empieza a acostumbrarse a los tirones de la cadena y se muerde el labio para callar ante el dolor. Gore sigue cortándole la clavícula, el pecho, el abdomen—. Si te mueves demasiado, te abriré el canal. —Le amenaza y Bill calla, sintiendo que se está quedando inconsciente.

Gore sigue cortándole con saña las piernas, que tiemblan llevadas por ligeros espasmos de dolor. Finalmente, termina en un zona concreta, observando la entrepierna dormida de Bill. La roza con la navaja ensangrentada y Bill rompe a temblar.

—Vaya, qué aburrido… esperaba que te excitaras con esto, ya que te gusta tanto cortarte. Quizás si corto aquí…

—¡No, por favor! —le suplica entre gritos ahogados.

—Llora. —Le ordena. A Gore le parece muy raro que Bill no haya derramado una sola lágrima durante semejante tortura.

—¿Qué…?

—Llora —vuelve a ordenarle, apretando la cadena en torno a su cuello—, llora fuerte, que te oiga tu amigo Toro. —A Bill no le salen las lágrimas hasta que Gore vuelve a dirigir la navaja a su entrepierna. Entonces, todo lo que intenta contener, toda la impotencia, el dolor y la vergüenza, estallan en miles de lágrimas y sollozos.

Toro lo oye todo desde el exterior y muy a su pesar, hace oídos sordos tapándose los oídos, intentando pensar solo en Aaron.

Gore oye a Bill en silencio, hasta que este deja de llorar de puro cansancio y se limita a jadear.

—¿Sabes por qué te hago esto, Muñeco? Puedo llamarte Muñeco, ¿verdad? —Bill asiente al ver como Gore agarra la cadena otra vez, en señal de aviso— Te pareces muchísimo a tu hermano, tanto, tanto, que casi puedo verlo a él en tu lugar, humillado y sumiso. Eso… me excita muchísimo. —Bill desvía la mirada al suelo, previendo lo que va a venir a continuación. Sin embargo, Gore sólo le agarra de la barbilla y le obliga a mirarle a los ojos, hundiendo los dedos en sus mejillas hasta hacerle daño. Le aparta el pelo de la cara con un brazo.

—En realidad, tienes carita de muñeco, puro e inocente. Siendo así, no debería molestarte que te llamaran Muñeco. ¿Por qué no te gusta que te llamen Muñeco? Tengo entendido que sólo le permites a Tom que te llame así. ¿Por qué? —Bill no contesta, demasiado asustado como para idear una respuesta. Es incapaz de apartar la mirada de la navaja de Gore sobre su cabeza—, ¿es un juego que tenéis o algo así? —Gore acerca la hoja a su cara.

—Sí… —tartamudea Bill—, es un juego.

—¿En serio? ¿y de qué va el juego?

—Yo… sólo soy… un juguete y… hay que averiguar cuánto aguanto… sin romperme.

—Oh… qué masoquista. No sabía que a Tom le fuera ese rollo. Y dime… ¿cuánto tiempo lleváis jugando?

—Un… casi un año.

—Y no te has roto todavía.

—No.

—Aguantar las putadas de Tom un año entero es toda una proeza. Te admiro por ello… sin embargo… respóndeme a esto… —Gore se acerca hasta que Bill puede sentir su aliento colándose entre sus labios. Su sangre se mezcla con la suya y por un momento, piensa que va a morderle los labios—. Tom es posesivo ¿verdad? ¿Lo es?

—Sí… mucho…

—Y tú eres su hermano pequeño y, por lo tanto, tiene que ser muy posesivo contigo. ¿Me equivoco?

—No.

—¿Y si fuera yo el que te rompiera? ¿Tom se enfadaría mucho, Muñeco? —Bill intenta no contestar, pero el tirón de la cadena sobre su cuello le obliga a abrir la boca. Su cuello empieza a sangrar por el roce.

—¡Sí! ¡Se enfadaría muchísimo y querría matarte! —grita, con la voz desgarrada.

—Oh, eso es exactamente lo que quería oír. —Gore afloja el agarre, consciente de que le está haciendo auténtico daño y de que Bill no opondrá más resistencia—. Ahora dime ¿Qué te hacía para probarte? El juego consistía en putearte, ¿verdad? En romperte. Sin embargo, estoy confundido. Cuando entraste aquí, salvo por los cortes de los brazos, estabas totalmente entero. No había ni rastro de golpes, por lo que supongo que Tom no te pega. Hasta hace una hora, parecías muy decidido, deseando volver a casa. Deduzco que Tom no te hiere psicológicamente para romperte. Entonces, ¿qué te hace?

Bill palidece más de lo que está. La hemorragia nasal, que hace rato que ha parado, desentona un poco sobre su piel blanca.

—Muñeco, no tengo paciencia para aguantar tu silencio. ¿Qué te hacía exactamente? Dímelo o apretaré la cadena y esta vez, te juro que no la aflojaré.

—Él… tenía que seducirme. Tan sólo eso…

—¿Seducirte? —Gore se ríe—, pero ¿no sois hermanos acaso?

—Nos separaron… no sabíamos que lo éramos… cuando nos volvimos a ver —Tantea Bill, hipando y deseando no tener que decir nada más detallado.

—Hum… no me lo creo —se burla Gore de nuevo—. Tom no se liga a las chicas. Se las folla directamente. ¿Cómo iba a intentar seducirte a…? —entonces, Gore lo entiende.

Entiende por qué Tom ha revuelto cielo y tierra para buscar a Bill, por qué se arriesga tanto haciendo que el tráfico de droga, el alcohol y demás, se vendan como rosquillas desentonando tanto. Entiende por qué Bill es su punto débil y por qué algunos Encadenados lo llaman la puta masculina de Tom.
Lo entiende todo cuando ve la afirmación de la pureza en sus ojos aguados, asustados y suplicantes.

—Sí… —murmura—, no hay duda alguna de que Tom ha tenido que fijarse en tu pureza, tan perfecta, tan blanquita, tan atrayente… conociéndole, no me extrañaría nada que le faltaran escrúpulos suficientes que le impidieran acostarse con un hombre, aunque este sea su hermano. Dímelo claramente… Tom se te folla, ¿verdad?

—No… —gimotea él.

—¡Oh, venga, Muñeco! Cuando me hablaron de ti, ya me lo avisaron. Todo el mundo lo sabe, todo el mundo sabe que se te folla, ¿verdad? Aunque seáis hermanos… ¡qué guarrada!

—¡No es una guarrada! —no puede evitar decir Bill, afirmando la situación. Gore sonríe.

—Lo hace de verdad, eh. Admítelo. Dímelo. La verdad. Si no… —Gore lo empuja contra el suelo y se le echa encima, aplastándolo con su peso y tapándole la boca con una mano, apretando hasta hacerle sangrar por el labio de nuevo—. Sino, lo haré yo. Lo cierto es que nunca lo he hecho con un hombre, pero teniéndote a ti como referencia… —Gore araña las piernas ensangrentadas de Bill y asciende por sus muslos, hasta colar la mano entre sus piernas. Aprieta justo entre las nalgas, buscando el agujero de salida que tantas veces Bill ha usado como una entrada. Él se escandaliza y se sacude violentamente, apartándose la mano de Gore de la boca.

—¡No hagas eso! —grita.

—¿Por qué no? ¿Te duele o te gusta?

—¡Si tocas eso, Tom te matará! —grita al fin— ¡te arrancará la piel como a un cerdo y te colgará del edificio más alto de toda esta jodida ciudad para que todo el mundo pueda ver cómo te desangras lentamente por ello! —Gore se sorprende al ver cómo el Muñeco le grita a pesar de todo, hecho una rabia.

—¿Tom me matará? —se ríe—. ¿Y eso por qué?

—Porque lo que estás tocando ahora mismo, es suyo. Y ya deberías saber lo poco que le gusta que toquen sus cosas.

Gore siente intensas ganas de pegar a Bill, pero sus ojos fieros e intimidantes, asesinos y callejeros se lo impiden. Tiene los mismos ojos que su hermano y presiente que si intenta ir más allá, el Muñeco le atacará aunque sea a mordiscos. Podría arrancarle una oreja cuando menos se lo espere. Se siente tan intimidado, que retrocede.

Bill no era un chico de ciudad, como le habían dicho. Era un Encadenado hecho y derecho que, aunque llorara y sufriera los golpes y las humillaciones de muchos, se llevaría indiscriminadamente a alguien por delante si le daban la más mínima oportunidad.

Gore supo con esa mirada que le convenía ir con cuidado con él.

Antes de salir de la celda, Gore le da un último golpe por haber roto su portátil. Le da una patada brutal en el torax y Bill siente el dolor de las costillas rotas. Cae destrozado al suelo, cubierto de heridas y dolor. Llega a la conclusión de que tiene que salir de allí cuanto antes si no quiere que le maten y, a pesar de todo, se traga las lágrimas que le quedan y empieza a trazar un plan, ignorando el dolor y la inconsciencia a la que se ve arrastrado debido a la escasez de sangre que le queda en el cuerpo.

Cuando Tom llega a Stuttgart, saca a Adam a la fuerza del coche y lo aprieta contra su pecho, situando la navaja a la altura de su cuello. Lo pasea por los barrios bajos durante una hora aproximadamente antes de dirigirse a casa de Aaron, donde los demás le esperan con los nervios a flor de piel.

Alguno de los seguidores de Gore le han visto con Adam durante ese paseo de una hora; ya sólo es cuestión de tiempo que Gore entre en contacto con ellos para establecer el intercambio.

Toro se asoma a la celda de Bill cuando no ve a nadie cerca. El muchacho se mantiene en la inconsciencia debido a la pérdida de sangre, si bien no la suficiente como para matarlo pero sí la necesaria como para incapacitarlo. No puede abrir la celda y Bill se arrastra hasta su altura para poder tener contacto. Toro le entrega sus pantalones y Bill se los pone a duras penas.

—¿Qué te pasa en el estómago? —le pregunta al notar la extraña forma de moverse de Bill. El moratón violáceo que le rodea casi todo el torso lo delata.

—Creo que Gore me ha roto una costilla… o dos… me duele a rabiar.

—Acércate. —Toro palpa el torso de Bill y él se encoge de dolor cuando toca ciertos puntos—, creo que son dos, puede que tres. Pero no sabría decirlo con exactitud. Quizás alguna sólo sea una fisura. Me resultaría raro que fuera una fractura en toda regla ya que no te veo gritar de dolor. ¿Has probado a orinar? Si orinas sangre, puedes tener una hemorragia interna. No puedo saberlo sin el equipo médico apropiado. Si de verdad se te ha roto una costilla y la fractura es grave, puede haber dañado algún tejido interno.

—¿Sabes lo que haré cuando salga de aquí?

—¿Qué?

—Echar un polvo para compensar tanto sufrimiento. Chicas, chicos, como si es con animales, ¡me da igual! Pero necesito algo placentero para restaurar el jodido karma de mis huesos —Toro se ríe. Naturalmente, Bill no lo dice en serio. Sólo puede pensar en Tom, pero decir tonterías le hace sonreír aunque sea un poco y olvidarse del dolor.

—¿Implicándote emocionalmente con el prisionero, Toro? —ronronea una voz suave, pero venenosa. Esme emerge de entre las sombras y se acerca a Seiler, moviendo su cuerpo con ese característico movimiento felino suyo.

Seiler la mira con asco y Bill encoge la cara, recordando su forma de manejar a Gore para que se le echara encima momentos antes. También se acuerda de Ricky, furiosa como nunca, insultándola y arañando el aire.

—¿Quién eres tú? —pregunta, más curioso que enfadado.

—Vaya… creo que Gore se ha ensañado contigo. Me alegro de que no haya herido tu preciosa carita de muñeco, aunque deberías mirarte esa nariz. Si está rota y no la curas a tiempo, te estropeará la cara.

—Lárgate, Esme. —Le amenaza Toro.

—Bien, me iré. Así podré avisar a Gore de que vuelves a desobedecer sus órdenes. Quizá el Príncipe no tenga tanta suerte esta vez.

—Puta…

—¿Quién eres tú? —vuelve a preguntarle Bill, ignorando el cabreo de Toro y las respuestas sarcásticas de la chica. Ella le mira con mala cara, como si le considerara un bicho insignificante que no merece sus respuestas.

—¿Eres amigo de Ricky y el hermano pequeño de Tom, y no sabes quién soy? —Bill se mantiene en silencio, observándola de arriba abajo. Localiza en su tobillo una dolorosa cicatriz hecha con algo afilado donde pone “puta” —, ¿miras esto, bonito? —le sonríe ella con falsa dulzura—. Me lo hizo tu hermano, sí. Igual que Gore te ha marcado a ti. Eso hizo él. Sin embargo, claro, yo pude eliminar las huellas con cirugía, salvo esta —Le señala la cicatriz del tobillo—. Esta decidí conservarla para acordarme siempre de él.

—¿Mi hermano te hizo esto? —Bill se refiere a sí mismo y a las cientos de heridas que Gore ha extendido por todo su cuerpo. Esme sonríe y asiente.

—Por todos lados, incluso en el pecho. Temí que quisiera cortarme uno, pero no lo hizo. Me dejó herida y llena de horribles cicatrices. No quería que nadie me tocara por ello. Quería que todo el mundo supiera lo que había hecho gracias a esas secuelas.

—¿Y qué hiciste, si se puede saber? Parece ser que aquí todo el mundo ha hecho algo que merezca el castigo de Tom.

—Déjalo, Bill. Esta tía es repulsiva y se siente muy orgullosa de ello. —Le advierte Toro, pero Bill insiste.

—Quiero saber por qué Ricky se puso tan furiosa cuando la vio.

—Ricky… Richelle… hum, mi vieja amiga. Cuánto la odiaba. —Ronronea ella, dando vueltas alrededor de la celda— ¿estáis muy unidos ella y tú?

—Es mi mejor amiga, sí.

—Hum… entonces supongo que te habrá hablado de su desliz. —Bill no dice nada, sabiendo a qué se refiere; aunque él utilizaría la palabra desgracia y no desliz—. Bueno, verás… por aquella época Ricky y yo éramos algo así como amigas. Nos conocimos en el instituto y congeniamos rápidamente, aunque claro; yo quería ser su amiga para ganar popularidad entre los chicos de los barrios altos y ella, entre los chicos de los barrios bajos. Así que se podría decir que todo era una amistad de conveniencia.

—¿Por qué no me sorprende? —murmura Bill, pensando en lo rastrero de la situación.

—Esto te sorprenderá más. Como ya sabrás, tu hermano era todo un ligón y tenía a todas las chicas locas; al menos, las que no le temían. El caso es que a mí también me tenía engatusada, igual que a Ricky. Las dos éramos guapas, hablábamos de vez en cuando con él y le adorábamos en silencio… sin embargo, fue ella quien se lo tiró y no yo. —Bill puso los ojos en blanco, sintiendo náuseas al pensar en la escena. Quería a Ricky, sí, pero no podía negar que sus celos le impedían ver aquella relación de antaño con un poco de repelús—. A partir de entonces, empecé a odiarla con fervor. Sí, sé que es un tanto exagerado, pero no tienes ni idea de lo que tiene que sufrir una chica por gustarle a un chico y cuando su mejor amiga se lo levanta… puede tener serios problemas.

—Ricky no te levantó nada. Tom no era nada tuyo.

—Cierto, nunca ha sido de nadie. Pero eso no cambia nada. Como te decía… la odié. Estaba muerta de celos y al cabo de unos meses, ese odio se me hizo insufrible —una sonrisilla sardónica se dibujó en su cara— Ella tonteaba constantemente con los barrios bajos y tenía contactos en ellos gracias a mí. Decidí que no estaría mal enseñarle a no tontear con esa clase de gente, a enseñarle una pequeña lección… échale imaginación al resto.

Bill piensa que su mente está sucia al pensar que pueden existir personas tan rastreras y vomitivas. Quizás esté malentendiendo lo que Esme quiere decirle, pero su mirada provocativa le deja muy claro lo difícil que no es así.

—Es exactamente como lo piensas. Soy mala, no te cortes al decirlo y sí, probablemente me merecía el castigo de Tom, pero me da igual. No acostumbro a perder, ni aunque tenga la culpa de lo sucedido.

—Oye… —Esme mira a Bill con una sonrisa, como si esperara ansiosa un comentario desagradable hacia su persona. Él puede olerlo y detecta enseguida la gran necesidad que siente la chica de llamar la atención. Probablemente espera un insulto, rabia hacia ella, justo lo que Bill siente en ese momento al pensar en su querida Ricky.

En cambio, suspira repetidas veces e intenta relajarse aunque sienta un dolor cegador con cada suspiro.

—Te vistes con buena ropa, te maquillas bien y andas como una modelo. Eres guapa… —Esme ladea la cabeza, curiosa ante esa afirmación inesperada—, pero Ricky te da mil vueltas sin maquillaje, con ropa barata, andares de macho y voz de camionera. Ella es guapa por dentro y tú, el bicho más feo que he visto en mi vida y, eso, nena, no se puede disimular ni con el mejor cirujano plástico.

La sonrisa se le borra de la cara al momento. No dice nada, pero le fulmina con la mirada antes de salir de la sala.

—Creo que mi percepción sobre los chavales de Hamburgo ha cambiado completamente. —Se ríe Toro, y aunque le cuesta horrores y un par de mareos, Bill le sigue con una pequeña carcajada.

Bill intenta pegar ojo el resto de la noche, pero el dolor se lo impide. Cada vez que se mueve siente como si algo se moviera en su interior, intentando atravesarle la carne para salir fuera. Las heridas, aunque han dejado de sangrar, le pican y escuecen a rabiar. Necesita beber agua y comer algo, o se desmayará en cualquier momento.
Bill empieza a pensar que su fin se acerca cuando Toro entra en la celda con la cara descompuesta, jadeando.

Continúa…

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por Sarae

Escritora de Muñeco

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