
Fic TOLL de lyra
Capítulo 7
Bill se alejó en silencio. Necesitaba alejarse de todo y de todos, dejar atrás el murmullo de la gente que tomaba el sol plácidamente. Fue a la orilla del lago y fue entrando lentamente en el dejando que la frialdad del agua relajara cada músculo de su cuero que notaba tenso.
Con cada paso que daba sentía como el peso de los últimos minutos se disipaba poco a poco, como si el lago pudiera absorber todo el dolor que Alexander le había infligido.
No solo por sus actos y palabras, sobre todo el dolor físico que sentía cada vez que se acostaban juntos. Era como si Alexander usara el sexo para castigarle obteniendo el doble de placer por sentirle sufrir entre sus brazos.
Rara vez se acostaban de mutuo acuerdo, siempre era Bill quien terminaba cediendo a sus deseos fingiendo que él también disfrutaba cuando no era cierto.
Cerró los ojos y cogiendo aire se sumergió del todo en el lago quedándose unos minutos bajo el agua sintiéndose aislado del mundo que le rodeaba, de los recuerdos que aún permanecían en su memoria y del ese dolor que parecía no cesar nunca.
Permaneció bajo la superficie durante minutos que se hicieron eternos, hasta que el ardor en los pulmones se volvió insoportable, como si el cuerpo le gritara que ya no podía seguir huyendo.
Entonces salió a la superficie de nuevo entre profundos sollozos, sentía el aire quemarle los pulmones con cada aliento que tomaba. Sentía sus lágrimas bajar por las mejillas y mezclarse con el con el lago para formar parte de el para siempre.
Dejaría ahí parte de su dolor, como si de esa manera pudiera quitarse algo de peso encima, de liberarse de todo aquello que lo estaba destruyendo desde dentro.
Permaneció así unos minutos hasta que sintió que su mente se despejaba y el llanto cesaba. Solo entonces salió del lago dispuesto a reunirse con sus amigos como si nada hubiera pasado, como si la vida fuera maravillosa y él pudiera sonreír sin preocupación alguna.
Porque eso era lo que se esperaba de él. Una sonrisa perfecta, una actitud despreocupada, una versión de sí mismo que no mostrara grietas.
Nadie debía saber que bajo esa fachada se escondía un alma atormentada.
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Sentado ante la barra Alexander miraba su refresco con una expresión aburrida. No quería una coca cola, lo que realmente necesitaba en esos momentos era una copa hasta arriba de alcohol. Algo fuerte que le quemara la garganta y le nublara la mente, que le hiciera olvidar aunque fuera por unos minutos la humillación que acababa de sufrir.
No soportaba sentirse vulnerable, y mucho menos frente a alguien como Tom. Ese golpe, esa mirada desafiante, esa negativa a estrechar su mano con sinceridad… todo eso le había calado más hondo de lo que estaba dispuesto a admitir.
Alexander no perdonaba.
Y mucho menos olvidaba.
— ¿Hacemos algo esta noche?—preguntó Gustav, sentado en un taburete a su lado.
— ¿Cómo qué? ¿Venir al club a tomar algo?—inquirió Alexander resoplando—Nos pasamos el día aquí metidos.
—Si venimos aquí no podremos tomar ni una gota de alcohol, y es lo necesitas en estos momentos—apuntó Gustav.
—Lo que necesito es que alguien me recuerde por qué sigo aguantando todo esta mierda—murmuró Alexander—Una copa hasta arriba de whisky no arreglará nada, pero al menos me hará olvidar por un rato.
Gustav se le quedó mirando en silencio. Conocía esa expresión, la había visto antes en noches donde Alexander se perdía en sí mismo y en el fondo de cada botella.
Sabía que no era solo por Tom.
Era por Bill.
Y por el hecho de que por primera vez alguien le había hecho sentir vulnerable.
Y Alexander odiaba sentirse vulnerable.
—Ya me da igual todo—murmuró Alexander encogiéndose de hombros—No me importa si la gente que me rodea me odia, y disfruto provocándolos hasta que explotan.
Gustav le dejaba hablar, su amigo necesitaba desahogarse y sabía que hablaba así por la rabia que sentía en esos momentos.
—Lo que necesitas es una noche de juerga, pero no aquí—dijo Gustav tratando de animarle—Vayamos al Sisyphos, allí no nos piden la documentación y podemos tomar todo el alcohol que queramos sin que nadie nos moleste.
Alexander soltó un suspiro asintiendo lentamente. La idea le parecía perfecta, necesitaba alejarse de ese maldito club. Nada había salido como esperaba ese día.
— ¿Entonces, nos vamos al Sisyphos?—preguntó Gustav viéndole encogerse de hombros— ¿Tú y yo… solos?
Alexander carraspeó antes de contestarle, poniéndose tenso. Sabía perfectamente lo que Gustav estaba insinuando y no era precisamente lo que él quería escuchar.
No esa vez.
—Sabes que no puede ser—contestó en un susurro.
— ¿Por qué? ¿Porque amas a Bill?—inquirió Gustav—Vamos Alex, que soy el que mejor te conoce. Estás con él por las apariencias al igual que yo estoy con Natalie. No le amas, solo lo utilizas. Como a mi…
—No te confundas —siseó Alexander con firmeza—Lo nuestro fue un error que no pienso volver a repetir.
—Ha sido más de un error, ¿o es que acaso se te ha olvidado cómo contar?—apuntó a su vez Gustav—Reconócelo de una vez, te encanta follar conmigo de vez en cuando.
—Solo cuando estoy hasta arriba de cocaína, sino no te toco ni con un palo—soltó Alexander levantándose con brusquedad—Lo que pasa entre nosotros es una maldita ruina, Gustav. Y tú lo sabes.
—¿Entonces por qué siempre vuelves? —replicó Gustav levantándose también—¿Por qué me buscas cada vez que te sientes roto?
—Porque tú estás igual de roto que yo —soltó Alexander con rabia—Y a veces, dos personas rotas creen que pueden arreglarse entre sí. Pero no funciona. Nunca funciona.
—No funcionará, pero a mi eso me vale—dijo Gustav encogiéndose de hombros—Solo sé que cuando estamos juntos, aunque sea por un momento, todo lo demás desaparece. Y es justo lo que necesito ahora mismo.
—Ni de coña—se negó Alexander tajantemente—Y si estás desesperado, vete al baño y métete una raya.
—Prefiero que me acompañes y me metas tú otra cosa—murmuró con picardía Gustav.
Alexander puso los ojos en blanco y dio media vuelta saliendo del club antes de que Gustav hiciera o dijera algo que al final le convenciera de ir con él al baño y empotrarle contra la pared una y otra vez.
— ¡Cobarde!—rio en voz alta Gustav al verle huir de su lado.
Pero en el fondo sabía que el cobarde era él, por no tener el valor de decirle que lo necesitaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Cada vez que Alexander se alejaba, sentía que algo dentro de él se rompía un poco más. Y no le importaba quedarse esperando que volviera.
Aunque solo fuera para romperle el corazón una vez más.
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Regresó a las tumbonas y por suerte solo estaban Louise y Georg hablando con las manos entrelazadas. Los miró con cierta envidia, se les veía muy enamorados y eso era lo que Bill quería. Encontrar a la persona adecuada con la que poder pasar una tarde agradable a orillas del lago, poder charlar con las manos entrelazadas y besarse sintiendo que el aliento les faltaba.
Se dejó caer en su tumbona y recuperando las gafas de sol se las puso de nuevo suspirando.
— ¿Qué tal está el agua?—preguntó Louise.
—Muy buena—contestó Bill suspirando.
Antes de que pudiera seguir hablando apareció Gustav que se quedó de pie echando un vistazo a su alrededor, como si estuviera escaneando el lugar con la mirada en busca de eso que le faltaba.
—Natalie está dando un paseo— informó Georg al ver su gesto.
Pero no era a Natalie a quien Gustav buscaba, sino a Alexander. ¿No había regresado a las tumbonas? ¿Dónde demonios estaba?
—Ya volverá —murmuró encogiéndose de hombros con fingida indiferencia.
Se dejó caer en su tumbona y se cruzó de brazos, intentando aparentar calma. No iba a salir corriendo a buscar a su novia, no era ella quien le preocupaba. Lo que realmente le inquietaba era Alexander. Su ausencia le pesaba más de lo que quería admitir.
No era solo por lo que había pasado en el club.
Era por todo lo que no se habían dicho.
Gustav sabía que cuando Alexander regresara no podría evitar mirarle o tratar de provocarle ya fuera con una frase casual, con una de sus sonrisas o con una mirada que durara un segundo más de lo necesario.
Porque a Gustav no le gustaba picarle por diversión.
Le gustaba hacerlo porque era la única forma que tenía de acercarse a él sin confesar ante los demás lo que realmente sentía.
Y cuando Alexander no estaba receptivo, cuando se cerraba en sí mismo o se refugiaba en Bill, desviaba su rabia hacia Natalie. Ella era el blanco perfecto, siempre dispuesta a hablar más de la cuenta queriendo ser el centro de atención. Bastaba con soltar un comentario sarcástico sobre su «no relación» con Bill para hacerla saltar y que soltara alguna de sus ironías que hacía que todos se rieran, y así él podía desahogarse sin que nadie notara que, en realidad, lo que le dolía era otra cosa.
Cada vez que Alexander se alejaba, Gustav sentía que perdía un poco más de sí mismo. Y si no podía tenerle al menos podía hacerle reaccionar ya fuera con una mirada de fastidio o con una maldita discusión que Alexander siempre ganaba.
Porque Gustav siempre le dejaba hacerlo…
Porque perder una pelea con Alexander era menos doloroso que perder su atención. Porque en el fondo, cada palabra cruzada era una forma de tocarle sin hacerlo. Y aunque Alexander se marchara, Gustav se quedaba ahí, esperando.
Esperando que volviera.
Incluso si era para romperle el corazón de nuevo.
Minutos después apareció Alexander y Gustav sintió un extraño alivio al verle, que se desvaneció al momento al ver que se sentaba al lado de Bill y se le quedaba mirando con una ceja alzada sin decir nada como si le estuviera retando a que dijera o hiciera algo.
Y sabía que eso jamás iba a pasar, porque Gustav tenía muchos oscuros secreto y que se hubiera enamorado ciegamente de alguien de su mismo sexo era uno de ellos. Jamás admitiría delante de sus amigos que no amaba a Natalie, que era Alexander el único dueño de su roto corazón.
Y Alexander lo sabía, y se burlaba de sus sentimientos cada vez que podía como en esos momentos que poniendo una mano sobre el desnudo muslo de Bill le dejaba bien claro con quien estaba él y a quien era quien amaba.
Pero Bill no parecía compartir su opinión en esos momentos, y no pudo evitar ponerse tenso bajo su contacto. Alexander lo notó y entonces centró su atención en él dejando a Gustav en el olvido.
— ¿Pasa algo?—preguntó en voz baja.
—Me has asustado—contestó Bill esbozando una sonrisa.
—¿Te asusté? —repitió Alexander devolviéndole la sonrisa— ¿O es que pensabas que era otra persona quien te tocaba?
Bill se puso aún más tenso. Sabía que Alexander estaba jugando, como siempre. Pero esta vez, el juego le dolía. Porque sí, al sentir la mano de Alexander sobre su muslo era en Tom en quien había pensado sin poder evitarlo.
—No estoy pensando en nadie —mintió, apartando su mano con suavidad—Solo quiero disfrutar de lo que queda de la tarde.
Alexander lo observó en silencio, como si pudiera leerle la mente llegando hasta su alma.
—Entonces sonríe con más ganas—dijo mirándole fijamente—Hazme creer que aún te gusta estar conmigo.
Bill no le quiso obedecer, desvió la cara y se quedó esperando a que Alexander hiciera o dijera algo. Pero por suerte llegó Natalie y una vez más quiso ser el centro de toda la conversación.
— ¿Vamos a pasarnos el puto día aquí tirados?—soltó Natalie sentándose al lado de Gustav en su tumbona—Porque no hemos parado en toda la tarde, cuando no desaparecían unos lo hacían los otros, o a otro le daba por pelearse y luego hacer las paces…
— ¿Qué quieres hacer, cariño?—preguntó Gustav, no pudiendo evitar mirar de reojo a Alexander.
—Son casi las 7, si vamos a salir esta noche será hora de irnos a cenar, arreglarnos…—murmuró Natalie.
—Podíamos cenar aquí—intervino Georg.
—No salimos del club ni para mear—soltó Natalie con toda su delicadeza.
—Alexander y yo queremos ir esta noche al Sisyphos—apuntó Gustav mirando de reojo a Alexander.
Como ya se imaginaba, le estaba fulminando con la mirada. ¿Para qué le nombraba? ¿Por qué hacía creer que ellos ya habían hecho planes sin contar con sus amigos? Sabía que odiaba sentirse expuesto, y más aún cuando no era él quien controlaba la conversación.
Pero la idea pareció ser muy buena, no había más que ver el entusiasmo de Natalie.
— ¡Ay, si! Me apunto—dijo con alegría Natalie—Al fin alguien dice algo sensato, normal que me tengas tan enamorada.
Gustav sonrió, aunque por dentro se revolvía. Natalie se aferraba a él con esa dulzura que a veces le resultaba asfixiante. Y esa manía que tenía de de apropiarse de sus labios sin previo aviso como si fueran suyos por derecho.
Allí, delante de todos sus amigos Natalie se lanzó a besarlo con entusiasmo como si el mundo no existiera más allá de ellos dos. Gustav se dejó hacer suspirando no por placer sino por resignación con la mirada fija en Alexander que se removía en su tumbona con una incomodidad apenas disimulada.
Estaba celoso, Gustav lo pudo reconocer al momento al verle fingir que miraba al horizonte cuando en realidad no apartaba los ojos de ellos
Era celos, sí pero también rabia.
Porque Gustav no le pertenecía, y sin embargo lo sentía suyo.
Y Gustav lo sabía.
Y por eso se dejaba besar.
Porque en ese juego silencioso de miradas y gestos, cada beso público era una provocación. Una forma de recordarle a Alexander que él también sabía jugar.
Y mientras que la parejita daba rienda a la pasión sin inmutarse ser vistos , los demás charlaban sin darse cuenta de la tensión que flotaba en el ambiente.
—Parece que esta noche ya tenemos plan —comentó Georg, girándose hacia Louise con una sonrisa cómplice— ¿Te apetece ir?
Louise asintió sin dudarlo con sus ojos brillando con entusiasmo. El Sisyphos era uno de sus lugares favoritos, con luces vibrantes, buena música y ese aire de libertad que tanto le gustaba.
—Una buena ocasión para estrenar mi vestido nuevo—comentó Louise suspirando.
— ¿El rojo que me enseñaste en fotos?—preguntó Georg viéndole negar con la cabeza.
—No, el verde que me compré la otra tarde cuando me fui de compras con Bill—apuntó Louise esperando que su amigo se uniera a la conversación.
Pero la mente de Bill estaba en otra parte, no estaba para hablar precisamente de modelitos o lo que estaban planeando hacer esa noche.
—Cuando me dejaste plantado…si, me acuerdo—murmuró Georg fingiendo estar dolido.
—Sé que odias ir de compras y Bill tiene un gusto excelente, ¿verdad?—insistió Louise mirando de nuevo a su amigo.
Pero Bill seguía sumergido en su mundo, y Louise soltó un suspiro resignada. Ya conocía esa versión ausente de él, cuando había algo que le preocupaba y no podía sacárselo de la cabeza.
Y sabía de sobra de qué se trataba, o más bien de quién…
—Dejaremos el vestido rojo para otra ocasión—murmuró Georg guiñando un ojo a su novia.
Louise le contestó con una amplia sonrisa mientras que Bill divagaba perdido en su mundo y Gustav y Natalie seguían inmersos en su propia burbuja como si el mundo a su alrededor se hubiera desvanecido.
En cambio, Alexander no pudo contenerse por más tiempo. Como siempre pasaba cuando algo escapaba de su control, la rabia le brotaba sin filtro como una tormenta que arrasaba con todo a su paso. Esa vez no sería diferente. Los celos le quemaban por dentro al ver cómo Gustav se entregaba a los labios de otra persona que no era él.
No importaba cuántas veces se dijera que aquello no significaba nada. No importaba cuántas veces fingiera indiferencia. Ver a Gustav con alguien más era como una herida abierta que nunca terminaba de cerrar. Y Alexander, fiel a su naturaleza, no sabía sufrir en silencio.
Él explotaba.
Siempre lo hacía.
— ¿Qué tal si dejáis de dar el espectáculo?—soltó sin quererse contener—Hay menores de edad cerca.
Gustav se separó lentamente de Natalie, no se había dado cuenta que aparte de besarla sus manos se habían perdido por su cuerpo y tenía una de ella metida bajo el bikini de su novia, apretando con firmeza uno de sus pechos ante la atenta mirada de Alexander cargada de rabia.
Y no fueron los únicos en en regresar al mundo real, las palabras cortantes de Alexander parecieron despertar a Bill que alzó la vista y se quedó observando en silencio sin saber porque estaban de nuevo discutiendo sabiendo que por el tono usado por Alexander estaba a punto de desatarse una tormenta
— ¿Celoso, Alex?—replicó Gustav con una sonrisa cargada de veneno.
—No confundas la decencia con los celos —murmuró Alexander con frialdad—Pero claro, tú nunca has sabido dónde está el límite.
—¿Y tú sí lo sabes? —replicó Natalie mientras se acomodaba de nuevo el bikini en su sitio—Porque si hablamos de límites, te recuerdo que tú los cruzaste hace rato. No sabes parar una broma a tiempo, y terminas pegándote con todo el mundo por tu maldita arrogancia.
—¿Podemos dejar ya ese tema, por favor? —intervino Bill con cansancio—Ha sido suficiente por hoy.
No quería volver a recordar todo lo que había pasado esa tarde, cosa que a Natalie parecía no importarle.
—Cálmate Bill, solo estamos jugando—dijo Gustav mirando fijamente a Alexander—Aunque parece que a algunos no les gusta perder.
Alexander se le quedó mirando esbozando una amplia sonrisa.
—Yo nunca pierdo, Gustav—dejó Alexander bien claro—Solo dejo que los demás se crean ganadores… por un rato.
—Haya paz, chicos—intervino Georg, viendo que de nuevo una simple conversación iba a desembocar en otra pelea—Si vamos a salir esta noche nos vamos moviendo.
Ahí estaba Georg, como siempre, ejerciendo de mediador con su eterna sensatez.. Era él quien siempre lograba frenar cualquier tipo de discusión con su calma y serenidad. Lo que le convertía en un soso y aburrido, según palabras de Natalie.
—Un soso de manual —solía decir con una sonrisa burlona—Tan equilibrado que da sueño.
Le costaba entender qué había visto Louise en él. Tal vez fuera increíble en la cama, aunque con ese aire de monje zen, lo dudaba. O quizás simplemente se quedaba dormido de aburrimiento y Louise lo usaba como si fuera su muñeco personal vistiéndole a su gusto, , siempre disponible… un accesorio emocional con piernas.
Porque Georg era sólo eso, el chico que siempre hacía y decía lo correcto, que nunca levantaba la voz, que apagaba incendios antes de que ardieran. Y aunque eso podía parecer admirable, a Natalie le parecía insoportablemente predecible. Louise, en cambio, parecía encontrar en esa calma una especie de refugio.
O tal vez fuera que solo necesitaba a alguien que no le hiciera sombra…
Uno a uno, los chicos se pusieron en pie ajenos a los pensamientos de Natalie. Recogieron sus toallas y demás pertenencias y se dirigieron al parking del club donde sus coches esperaban como testigos silenciosos de una tarde que había sido cualquier cosa menos tranquila.
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Los coches aguardaban estaban perfectamente aparcados bajo la sombra del parking del club. Todos de alta gama, por supuesto porque para sus padres el dinero no solo se gastaba, se exhibía. Para ellos el lujo era una extensión de su reputación y sus hijos debían reflejarlo con la misma precisión. Un gran coche de marca decía mucho, incluso antes de que abrieran la boca.
Dejaron sus pertenencias en los maleteros y se despidieron hasta la noche haciendo planes de encontrarse más tarde en la puerta del Sisyphos.
—Quedamos a las 11—dijo Georg mientras que Louise se despedía de Bill con un fuerte abrazo.
—Que nadie se retrase o se queda fuera—apuntó Gustav.
Georg asintió con la cabeza y subiéndose a su Porsche blanco regalo de cumpleaños por parte de su padrastro arrancó y se alejó del parking llevando a Louise con él.
—Menos mal que somos Vips, detesto hacer cola—murmuró suspirando Natalie.
Mientras los demás hablaban con entusiasmo sobre la noche que les esperaba, Bill se sentía ajeno a la conversación. No tenía ganas de salir, el día había sido un desastre y aunque sabía que si se echaba atrás le lloverían las críticas no podía evitar sentir el deseo de quedarse en casa, lejos del ruido y lejos de todos.
— ¿No te apetece ir?—preguntó Alexander al al notar la expresión apagada en el rostro de Bill.
—Ya está Bill rajándose, ¡qué sorpresa!—contestó por él Natalie—Eres un puto aburrido.
Bill se le quedó mirando herido por sus palabras. ¿Y esa era la Natalie que había llorado sobre su hombro cuando él le dio calabazas? ¿Quién le había suplicado una oportunidad, llegando incluso a meterse desnuda en su piscina para que probara al menos una vez como sería acostarse con una chica?
Lo estaba tratando como si nunca hubiera significado nada. Como si aquel momento de vulnerabilidad no hubiera existido. Y eso dolía más que cualquier insulto
—Bill no es para nada aburrido—soltó Alexander en su defensa—Solo necesita que alguien le recuerde cómo divertirse.
Y sin más palabras se inclinó sobre él cogiéndole con suavidad de la barbilla. Bill alzó la mirada y separando los labios dejó que le besara en ellos de una manera feroz como si quisiera borrar de él cada duda que había podido sentir ese día.
Alexander esperaba encontrar resistencia, pero en su lugar sintió cómo Bill se aferraba a su cuerpo respondiendo con una pasión desbordante, como si ese instante fuera lo único que importara. Como si al fin se permitiera el lujo de poder sentir sin miedo.
Porque Bill ya se había cansado de las indirectas de Natalie, de sus juegos pasivo-agresivos y sus gestos calculados. Si lo que ella quería era venganza la iba a tener. Alexander le estaba besando solo para que Natalie viera que sabía divertirse cuando quería, y Bill le estaba devolviendo el beso con todas sus ganas para que Natalie entendiera que jamás sería suyo y nunca iba a serlo.
Natalie se les quedó mirando cruzada de brazos, no era la primera vez que presenciaba uno de sus patéticos besos, ni sería la última.
—Qué romántico—murmuró resoplando—¿No os falta música de fondo y fuegos artificiales?
—No hace falta, tú ya haces suficiente ruido—apuntó Gustav en voz baja.
Estaba observando la escena en silencio. No estaba para nada celoso, sabía que ese beso no significaba nada. Era otro juego más de Alexander, queriendo defender a su amado de las pullas que Natalie siempre le lanzaba.
Lo conocía demasiado bien. Alexander no besaba por amor, sino por estrategia. Y Gustav había sido parte de ese juego más veces de las que quería admitir.
— ¿Vamos a quedarnos toda la tarde mirándolos?—preguntó Natalie mirando a Gustav con una ceja alzada.
Gustav negó con la cabeza y abriéndole la puerta de su Lamborghini a Natalie dejó que se montara con su habitual elegancia ocupando él el asiento del conductor. Arrancó y salió del parking derrapando, dejado a la pareja de tortolitos sumidos en un beso que parecía no querer terminar nunca.
Era un beso largo y desafiante, que les demostraba a los que se acaban de ir que estaban sobrando, que ese era su momento y ellos estaban estorbando.
Bill continuaba aferrado con fuerza a Alexander, quien como siempre supo convertir ese beso en una declaración.
No era amor.
Era poder.
Y venganza.
Una forma de decir: «Aquí estoy. Y puedo hacer que me desees cómo y cuando yo quiera».
Continúa…
Gracias por la visita 😉