Vampiro 1

Vampiro 1

Fic TOLL de Leonela

Capítulo I

Un año después

Por Bill

—Como te expliqué por mensaje, a Pumba le gusta salir en la mañana a dar un paseo breve y, a última hora en la noche, un paseo extenso. Tienes recipientes con fruta, preparados específicamente para él, que puedes darle como premio luego de que termina toda su comida o si no esconde sus juguetes en mi guardarropa. Aún estoy educándolo.

Explicó mi hermano mientras terminaba de meter el resto de su equipaje en el baúl de su Chevrolet Suburban 0 KM. Me había dado miles de indicaciones respecto a cómo cuidar de su mascota y yo no veía la hora de que finalmente emprendiera viaje y nos dejara a Pumba y a mí a solas, ya que nos entendíamos mucho mejor sin él. Según lo que me venía contando de los últimos días, el pobre cachorro no obedecía a nada de lo que él le indicaba, pero, hombre, ¿cómo iba a obedecer a algo de todo lo que le decía, si no le daba respiro alguno?

—¿Has entendido, Bill?

—Sí, Gustav, ya cálmate y ve o se te hará tarde —respondí con mi mejor falsa sonrisa luego de bufar para mis adentros.

—Nada de fiestas ni reuniones nocturnas. ¿Queda claro?

—¿Te calmas? —expuse con el cabreo astillando mi paciencia.

Ser el hermano menor podía ser tan bueno como desesperante. Sobre todo, cuando tu única familia presente es este hermano mayor sobreprotector y estricto, ya que tus padres son pilotos de avión —sí, nuestros padres son dos hombres—, por lo tanto, es muy difícil encontrarlos en un mismo sitio por más de dos horas seguidas; y con suerte llegaban a dos horas.

Mi hermano Gustav tenía treinta y cuatro años, vivía solo con su cachorro de Bulldog francés que había adoptado hacía un mes sin tener en cuenta que ese año era el último de su carrera, por lo que se ausentaría sin remedio y el pobre can debería pasar cuatro meses sin su compañía. Por suerte me tenía a mí, viviendo a un subte de distancia, y amaba a los animales, así que, por obviedad no presentaría objeciones para cuidarlo. Además de que Pumba era un cachorro muy bien portado cuando su dueño no estaba cerca.

Gustav se había mudado solo, hacía poco más de dos semanas y, como era un tipo extremadamente perfeccionista y obsesivo, no quiso invitarme a su apartamento hasta que lo tuvo todo ordenado y decorado como él quiso. La realidad era que poco me importaba cómo luciera el sitio, yo solo quería verlo a él y a Pumba, ya que, desde el momento en el que me atacaron —como mi hermano lo denominó— habíamos estado viviendo juntos en mi departamento.

Ambos trabajábamos. Él había estudiado algo relacionado a la informática, por ende, trabajaba desde su computadora en cualquier lugar adonde fuera, lo cual le permitía estudiar la carrera que había escogido, también relacionado a ese tema. Si no recordaba mal, era Ingeniería en informática o algo así. Como dije antes, mi hermano era un perfeccionista obsesivo, así que, no le fue suficiente el conocimiento que le habían dado los miles de cursos que había hecho referidos a su futura profesión, sino que, además, él necesitaba hacer la carrera universitaria de manera presencial, porque, paradójicamente, no confiaba en la virtualidad. Solo él se entendía.

Respecto a mí, podría decir que yo era mucho más relajado en la vida en general. A mis veinticuatro años, me encontraba estudiando la carrera a distancia de Ciencias del Comportamiento, pero mis días y horarios eran totalmente distintos a los de mi hermano, ya que, cada nuevo cuatrimestre, tenía la posibilidad de elegir las materias que deseaba cursar de ese año, y de allí acomodar mis horarios sin que interfirieran con los de mi empleo; y, como este era de call center, solo seis horas diarias, mi tiempo libre era bastante amplio.

—Me calmaría si tú no fueras tan sociable. Siempre tienes a alguien con quien pasar el tiempo y no quiero que lo hagas en mi apartamento. Un año atrás, despertaste en el tuyo con esa extraña cicatriz en el cuello y no tienes ni puta idea de cómo te la hiciste. Dedujimos que alguien te había atacado —fue su respuesta y rodé los ojos mientras me agachaba a coger a Pumba del suelo, debido a que acababa de saltar del asiento trasero de su camioneta. Le gustaba mucho estar allí y mi hermano se lo permitió mientras cargaba su equipaje y hablábamos—. De seguro, alguno de tus ligues te la hizo mientras intimaban estando ebrios.

Acomodé al can entre mis brazos y comencé a acariciarlo.

—Ya te he dicho que yo no bebo; y lo de que me atacaron, lo dedujiste tú —alcé una ceja—. Luego hablaste con nuestros padres para decirles eso y ellos decidieron que te mudaras conmigo para cuidarme. Esta herida sí es cierto que quizá me la hizo un ligue mientras nos besábamos en algún Club, pero yo no estaba ebrio.

—Si no estabas ebrio, entonces, ¿por qué no recuerdas lo que te sucedió?

—No lo sé… eso pasó hace un año y aún todo es muy confuso.

—Y “tus amigos” —hizo comillas con sus dedos índice y mayor—, se desentendieron de esa noche alegando que te habían visto con un tío apuesto, entonces te dejaron disfrutar a solas. Seguro ese tipo del cual no te acuerdas, te drogó para follarte duro y luego te dejó menuda cicatriz, para marcar territorio, que debiste cubrir con un tatuaje —soltó molesto.

—Aish. Tranquilízate, Gustav. Hemos dejado lo de mi cicatriz en el pasado —acabé con el tema para no volver a discutir por lo mismo—. Respecto a tu comentario sobre mis amigos… ellos no tenían por qué cuidarme como a un niño chiquito. Soy un adulto y, claramente, cometí un error esa noche, pero ellos nada tienen que ver —expliqué con determinación—. Y, lo de que soy sociable: sí, lo soy, pero no soy un inconsciente que deja pasar a cualquiera a un hogar que no es el suyo. Despreocúpate, no traeré a ninguno de mis amigos aquí. Y si quiero follar me iré a un hotel o a mi casa —bromeé luego de dejar un beso en la tibia cabeza de Pumba.

—Más vale que te cuides, William, y que no traigas a ninguno de tus ligues a mi departamento —expuso en tono molesto y serio a la vez, a lo que yo me mordí el labio inferior cansinamente.

—Solo fue una broma. Estoy con las cosas de la Uni. Debo estudiar para un par de exámenes finales que me quedaron, no tengo interés en conocer gente por ahora. De hecho, desde que terminé con Darry, no he vuelto a acostarme con nadie.

—Por tu seguridad, espero que así sea. Tus estudios son más importantes que salir de fiesta o el sexo.

—Tú tienes tu modo de dedicarle tiempo a tus estudios y yo el mío. Además, yo no me acuesto con cualquiera, sabes cómo soy. He estado con el imbécil de Darry por dos años y fue mi primer novio y el único hasta ahora. Luego, no he estado con nadie más. Ya hemos hablado de eso, Gus… no quiero que peleemos por lo mismo otra vez —dije en tono calmo, a causa de que ese era un tema que me cargaba bastante. A mi hermano le costaba horrores aceptar que yo, su hermano menor, no tenía las mismas prioridades que él—. Y no quiero que te vayas enfadado ni mucho menos preocupado. Serán cuatro meses fuera de la ciudad y yo sí quiero volver a saber de ti al menos un par de veces en la semana.

—Está bien, Billy. Tienes razón —espetó con tranquilidad luego de suspirar largamente—. Ven aquí.

Estiró sus brazos para que yo me hundiera en ellos y así abrazarnos a Pumba y a mí con calidez. Siempre que hacía eso, me imaginaba de espectador ante la escena y, como mi hermano medía 1.95 m., en comparación conmigo que apenas llegaba al metro setenta y seis, sumado a que él era corpulento como lo eran los patovicas que estaban en la entrada de los clubes a los que antes frecuentaba por las noches junto a mis amigos, y mi estructura era híperdelgada, imaginaba que quedaba como un fideo.

—Cuida bien de Pumba y de ti mismo, por favor —agregó al separarse. Acarició por última vez la cabeza de su mascota y, tras dejar un beso en mi mejilla, se subió a su vehículo—. Cualquier cosa que pase o que necesites, no dudes en llamarme, ¿de acuerdo?

—No te preocupes, estaremos bien. Conduce con cuidado —sonreí saludándolo al coger la patita del can con una de mis manos para hacer el gesto, ya que nos veía a través de la ventanilla baja—. Éxitos con la Uni., hermano.

Se colocó sus gafas y encendió el motor.

—Muchas gracias, Billy. Te llamaré mañana, porque ya es bastante tarde y es un viaje largo. De seguro llegaré en la madrugada.

Asentí y echó a andar.

Me quedé unos minutos con Pumba entre mis brazos hasta que la camioneta de mi hermano se perdió tras girar en la esquina siguiente. Miré la hora en mi móvil y suspiré. Eran las 07:20 p. m. El sol se había escondido hacía un rato, por lo que ni rastros de él quedaban. A Gus le molaba mucho conducir por las noches, qué locura.

—Bueno, Pumbi —expresé cambiándolo de posición para alzarlo levemente en el aire y enfrentarlo a mi rostro—, por cuatro meses, solo seremos tú y yo, así que, vayamos a ver qué cenar en nuestra primera noche juntos —bromeé y el can ladró juguetonamente al tiempo en que movía su parte trasera —ya que no tenía rabo—, como si me hubiera entendido.

Gracias a lo patológicamente obsesivo que era mi hermano, debo admitir que lo había entrenado muy bien desde que lo adoptó, por ende, lo dejé en el suelo para que caminase a mi lado mientras volvíamos a ingresar al edificio.

—Vamos, amiguito —le dije tras abrir la puerta del edificio y eché un rápido vistazo al pasillo escasamente iluminado. Completa soledad. Comencé a correr por allí, en dirección a la escalera que nos llevaría al apartamento de Gustav, en plan de juego con Pumba—. ¡Corre, corre, corre!

Pumba ladró acelerando su paso al seguirme con cierta desesperación juguetona, hasta que de pronto…: ¡PUM! Todo mi cuerpo impactó contra otra figura que estaba en el lugar.

—¡Mierda!

—¡Guau, guau, guau! —comenzó a ladrar más fuerte mi compañero canino.

—¡Demonios! —exclamó aquel sujeto tratando de reacomodarse en el suelo, debido a que yo había caído sobre él. Mis manos estaban apoyadas en el frío mármol del piso y tenía la respiración muy acelerada a causa de los metros corridos, junto a la adrenalina del menudo golpe.

—¡Guau, guau, guau, guau!

—Lo siento, amigo, juro que no te vi —me disculpé y giré mi cabeza hacia Pumba para callarlo—. Shhh, Pumba, por favor…

Escuché que aquel muchacho inhalaba con fuerza y, consecutivamente, su mano rozó mi cuello justo donde tenía la cicatriz. Me aparté de inmediato y me puse de pie en dirección a Pumba.

—¿Qué haces? —pregunté alzando en brazos a la mascota para que dejara de ladrar.

—Tranquilo… creí que te habías lastimado el cuello tras el golpe, pero veo que tienes un tatuaje.

—Ahh, sí… —respiré más calmado. Su acción me había desconcertado, así que reí para liberar mi tensión.

—Es un colibrí…

—Sí, un colibrí negro con pronunciados detalles en rojo. Como primera impresión, la gente suele creer que tengo lastimado allí hasta que lo ven con detenimiento.

—Ohh… ¿y por qué te tatuaste un colibrí en el cuello? —preguntó terminando de sacudir su ropa después de levantarse. Traté de prestarle atención para identificar mejor su rostro, pero la poca iluminación del edificio no me lo permitía desde mi lugar.

—Porque los colibríes me resultan aves muy tiernas e inocentes, al igual que libres.

—¿Tú lo eres?

—¿Qué cosa? —fruncí el entrecejo sin comprender.

—Algo de todo eso…

—Me considero una persona libre. Respecto a lo otro, no lo sé —respondí sin darle mucha importancia.

—¿Y por qué en el cuello? —continuó preguntando, a lo que yo lo miré de soslayo por un momento, ya que no tenía una respuesta con información concreta de lo ocurrido la noche de la cual nada recordaba. Además de que él era un completo extraño indagando sobre algo personal.

—Tiempo atrás, me lastimé justo en esa porción del cuello, no sé cómo, sinceramente, pero me quedó una cicatriz extraña, así que resolví tatuarme allí para cubrirla.

—¿Te lastimaste y no sabes cómo?

—No —contesté para ponerle fin al tema. Carraspeé—. Oye, siento mucho haberte hecho caer, juro que no te vi. Estaba jugando con Pumba y, en un previo vistazo rápido que le eché al pasillo, lo vi vacío. ¿Estás bien?

—Sí, estoy bien —dijo y se aproximó para acariciar a Pumba, quien de inmediato le gruñó.

—Hey, Pumbi, tranquilo —lo reacomodé en mis brazos con miedo a que lo mordiera—. No suele reaccionar así. Le gustan las personas, él es tan sociable como yo —reí algo extrañado por la reacción del can.

—A mí también me gustan las personas, amiguito —dijo acercándose un poco más al rostro de Pumba al tiempo en que pasaba su mano por la cabeza de este y, cuando le sonrió viéndolo fijo a los ojos, el can simplemente se calmó y permitió que lo acariciara sin gruñirle—. Creo que ya nos vamos entendiendo.

Yo alcé las cejas, asombrado. Ambas reacciones en Pumba habían sido totalmente extrañas.

—Debió haberse puesto nervioso del susto…

—¿Así que eres muy sociable? —cuestionó de pronto. Cuando nuestros ojos se encontraron tras él alzar levemente la cabeza pese a la posición, sentí que su mirada me absorbía el alma.

—Mmm, sí… ahh, ahh, ahh… —gemí sintiendo que su miembro me rompía deliciosamente. Su boca se apegó a mi oído y gruñó cuando sus huevos impactaron rudo contra mi trasero; entonces, grité.

—Dios mío… —exclamé tras parpadear y me eché un poco hacia atrás, golpeado por las imágenes que abusaron de mi mente al verlo a los ojos. Eran las mismas que tenía desde hacía meses en mis sueños sin saber por qué… «Creo que debo retomar mi terapia para hablar de esto…», me dije confundido. Sin embargo, de inmediato mi atención se fijó en su boca—, estás sangrando —señalé el lugar con cierto horror en mi rostro, debido a la culpa por haberlo chocado con mi cuerpo. Al parecer, lo había lastimado.

Inmediatamente, se llevó la mano allí para tocar el sitio y se la miró.

—Ohh… —exclamó y su asombro demoró un poco en adueñarse de su expresión—, creo que sí salí herido.

—Lo lamento tanto… —volví a clisar mi mirada en la suya—. Permíteme ayudarte. Ven con nosotros, puedes…

—¡Bill! —me interrumpió una voz. Enseguida ambos miramos en dirección hacia donde provenía. Alcé ambas cejas sin creerlo.

—¿Gustav? ¿Qué haces aquí? Creí que…

—Olvidé algo en mi apartamento —dijo volviendo a interrumpir lo que estaba a punto de decir y me tomó por ambos lados de los hombros, obligándome a voltear hacia las escaleras.

—Oye, aguarda, me choqué con ese chico y se lastimó el labio por mi culpa. Iba a ayudarlo.

—No. Camina —fue todo lo que dijo sin siquiera mirar al joven de negro del cual le hablaba y comenzamos a subir las escaleras.

Entramos a su departamento. Dejé libre a Pumba.

—¿Pasa algo, Gus?

—No quiero que te acerques a ese sujeto. Mucho menos que permitas que él se te acerque —lanzó de repente y mis cejas se alzaron hasta el cielo.

—Espera, pero, ¿por qué? ¿Te has liado con él?

— Es el rarito del edificio. Desde que me mudé, solo me lo he topado por las noches y su ropa no ha cambiado.

—¿Y eso qué tiene que ver? Tal vez tiene gusto por la ropa negra al igual que yo, pero él solo compra prendas de un mismo tipo.

—¿Y anda por las noches nada más?

—Quizás sí, si es alérgico a la luz solar, o tal vez trabaja durante la noche y duerme en el día —respondí con inocencia a lo que él me miró con seriedad—. ¿Qué?

—No me importa. Es un tipo muy raro que vive en el edificio y sé tú eres un joven muy sociable: Una de las peores combinaciones, si me lo preguntas.

—Pues, no te lo pregunto —dije por inercia y su mirada se endureció.

—No quiero que le permitas entrar a mi casa, ¿escuchaste?

—¿Por qué? Es un vecino y todo eso que me cuentas es absurdo. Tú eres muy observador y cuidadoso con la gente, pero a veces dejas el sentido común a un lado. Las personas son distintas a ti, a mí, a todos entre sí. Cálmate. ¿Encasillarlo como un tipo raro solo porque las veces que lo has visto, fue por la noche y porque viste de negro?

—¿Qué pasó allí afuera? —cuestionó sobre otro tema, aunque relacionado con el mismo joven.

—Te fuiste y con Pumba ingresamos al edificio. Como vi que estaba el pasillo vacío, quise hacerlo correr el trecho hasta las escaleras. Al parecer, el chico salió de alguna de las puertas del pasillo, porque choqué contra él y caímos al suelo.

—En el pasillo no hay puertas ni habitaciones. Es un pasillo largo y solitario hasta dar con las escaleras y los ascensores —expuso de inmediato, viéndome con seriedad, y yo me quedé un instante en silencio sin apartar mis ojos de los suyos.

—Bueno, no sé. Entonces, tal vez solo salió de uno de los ascensores y por eso apareció de repente. Además, las luces eran muy tenues, no se veía con claridad. Mañana hablaré con el administrador para ver qué puede hacerse con la iluminación. Parece el pasillo de la casa de Drácula —resoplé hastiado de su inquisitiva investigación, aunque con cierto humor para que la conversación no deviniera en discusión.

—¿Que harás qué? —abrió los ojos como platos—. No hablarás con el administrador ni con nadie. Deja de hablar con todo el mundo.

—Te recuerdo que estudio Ciencias del comportamiento, por ende, sé que, para conocer a las personas, debes relacionarte con ellas y observarlas, al menos, por un tiempo para tratar de entender su modo de actuar. Solo así, luego puedes establecer un vínculo y llevarte bien o alejarte. Eso quiero que ocurra con el administrador para llegar a un acuerdo y que repare las luces del pasillo principal.

—No eres inquilino en este edificio, tampoco vivirás aquí por más de unos meses para cuidar de Pumba y mi apartamento, no necesitas relacionarte con nadie.

—No discutiré eso contigo, Gus… porque ahora estás muy enfadado y no quiero que peleemos —suspiré—. Volviendo al tema del “rarito del edificio” —hice comillas con mis dedos—, como tú le llamas, por lo que has dicho, poco es lo que sabes de él. Si vuelvo a verlo, le hablaré para preguntarle un par de cosas así te quedas más tranquilo.

Me miró por largos segundos sin decir nada, con su expresión seria y, por alguna razón, creí que dentro de su cabeza estaba luchando por no darme una hostia.

—¿Qué?

—No entendiste nada, ¿cierto, William? Dije que no quiero que le hables. No quiero que entre a mi apartamento. No lo repetiré.

—De acuerdo, es tu casa, no lo invitaré a pasar, pero dime, por favor, que no es por ese concepto absurdo que te has hecho de él sin siquiera conocerlo. Acabo de chocarlo, de hecho, se lastimó el labio por mi descuido… —pensé un momento percatándome de que, tras la aparición de mi hermano, fui un desatento y no lo saludé antes de marcharme—. Ahora que me doy cuenta, fue muy descortés de mi parte el haberlo dejado allí solo en el pasillo luego de lo que le hice…

—No quiero que te relaciones con él. Soy tu hermano mayor y cuido de ti. Ese tipo no me genera nada bueno. ¿Viste su cara? Es muy pálido y tiene unas ojeras desde acá hasta allá. Pareciera que vive drogado.

—Oh, Gus, no exageres. No pude verlo bien a causa de la poca iluminación que hay en ese jodido pasillo, sin embargo, a juzgar por cómo me habló después de menudo accidente, no parece peligroso. Al contrario. Incluso se acercó a acariciar a Pumbi, que estaba entre mis brazos, a pesar de que le gruñía.

—¿Pumba le gruñía? —frunció el entrecejo totalmente extrañado.

—Sí, eso fue extraño… y también ladró bastante.

—Él no le ladra a nadie; mucho menos gruñe. Le encantan las personas.

—Sí, lo mismo pensé y por eso me extrañó. Quizás se asustó por el impacto entre ese joven y yo, y luego el susto le duró, por ello pudo haber quedado algo cabrón.

Me miró con recelo antes de hablar.

—¿Ya ves? Algo anda mal con ese tío. Pumba no reacciona así con ninguna persona, solo con los animales. No quiero que te acerques a él. ¿Has entendido, Bill Kaulitz?

—Pero Gustav…

—Pregunté: ¿Has entendido?

Bufé mirando hacia mi derecha y me crucé de brazos. No era ninguno de mis padres para hablarme de esa manera.

—Sí, ya entendí. No me acercaré a ese chico.

—Espero que así sea —me tomó por ambos lados de los brazos, ya que yo los mantenía cruzados y me hizo verlo a los ojos—. Confío en ti.

Asentí resignado y me abrazó.

—No quiero que te pase nada malo, hermanito, entiéndelo —dijo con voz calma y respiré con profundidad.

«Exageras todo demasiado, Gustav. Estoy seguro de que no hay nada de malo con ese joven».

.

Por Tom

—Por favor, amigo… no lo hagas.

—¿Amigo? —alcé una ceja al tiempo en que sonreía, sintiendo que mis colmillos crecían y, cuando sus ojos se abrieron de par en par, supe que acababa de verlos.

—Dijiste que no me matarías… —expuso luego de ponerse de pie. Colocó sus manos estiradas por delante de su pecho, en dirección hacia mí, como si hacer aquello lo ayudase a detener mi próxima acción, y comenzó a temblar.

—¿Cuándo acordamos eso?

—En la mañana, cuando te pedí que habláramos de hombre a hombre.

—Ohh… —fingí sorpresa—, pero yo no soy un hombre, querido Terry. ¿Acaso no estás viendo mis colmillos? —sonreí con malicia y él tragó saliva cuando mis ojos se inyectaron en sangre—. Yo soy un animal.

Agregué y con mi poder sobrenatural de la velocidad, en menos de un microsegundo, lo tenía cogido en mis brazos con mis colmillos clavados a su cuello. Succioné toda la sangre de su cuerpo y lo dejé caer al piso en cuanto dejó de servirme. Eché mi cabeza hacia atrás al abrir la boca, manifestando mi deleite tras haberle arrebatado la vida a mi víctima, entonces, oí algo. Me trasladé hacia una de las ventanas que daban al frente —de donde provenían las voces—, y vi partir a la camioneta de aquel vecino con el que me había topado un par de veces desde que puse mi atención en Terry para poder entrar a su apartamento y apropiarme de él. Ese tío no me veía nada bien, aunque tampoco me interesaba.

Yo solía frecuentar ese edificio, ya que muchas de mis víctimas vivían allí y eran mi fuente de alimento de los últimos meses. El edificio estaba ubicado en uno de los barrios de clase media de Alemania, lo cual no coincidía con ese tipo y su camioneta 0KM y era la primera vez que lo veía con alguien. ¿Quién era ese jovencito de cabello negro y mechas blancas que acababa de quedarse con su perro?

—Bueno, Pumbi, por cuatro meses, solo seremos tú y yo, así que, vayamos a ver qué cenar en nuestra primera noche juntos —mi oído agudo captó una voz suave y llena de energía que le resultó familiar.

—¿Por cuatro meses estarás solo con tu mascota, dulce y tierno bocadillo? —dije en voz baja mientras, desde la ventana del primer piso, lo veía ingresar con entusiasmo al edificio. Me relamí los labios e inhalé con profundidad para detectar mejor su fresco aroma, entonces, lo supe. Fruncí el entrecejo de inmediato y me trasladé al pasillo sabiendo que podía controlar su mente para que no me viera, porque… era él.

—Vamos, amiguito —espetó y apresuró el paso con la atención puesta en el perro—. ¡Corre, corre, corre!

No podía creer que al fin hubiera regresado a mí.

Me paré en el centro del pasillo para tomarlo por sorpresa al permitir que me viera, sin embargo, la sorpresa me la llevé yo, ya que jamás se volteó a ver por dónde iba, entonces, pasó lo inevitable.

—¡Mierda! —exclamó y el cachorro empezó a ladrarme.

—¡Demonios! —grité con cierta molestia, a causa de que el choque no había sido nada sutil.

Intentó enderezarse un poco tras apoyar ambas palmas en el piso, a los lados de mi cuerpo, entonces lo olí. Su corazón bombeaba sangre con brusquedad debido a su acción previa y no pude evitar olfatearla caliente y fluida desplazándose por todo su sistema.

—Lo siento, amigo, juro que no te vi —dijo antes de dirigirse a su mascota—. Shhh, Pumba, por favor…

Inhalé profundamente tras tener su vena yugular tan próxima a mí, por la cual su sangre corría una carrera al compás de los acelerados latidos de su corazón y divisé un tatuaje negro con detalles en rojo en la zona donde yo lo había mordido un año atrás, por lo que necesité tocarlo.

Como era de esperar, se devolvió a mí de manera fugaz y se levantó para coger en brazos a su perro que no paraba de ladrarme. El can sabía perfectamente que yo no era humano.

—¿Qué haces?

—Tranquilo… creí que te habías lastimado el cuello tras el golpe —mentí al hablar con suavidad—, pero veo que tienes un tatuaje.

—Ahh, sí… —rio un poco.

—Es un colibrí…

—Sí, un colibrí negro con pronunciados detalles en rojo. Como primera impresión, la gente suele creer que tengo lastimado allí hasta que lo ven con detenimiento.

—Ohh… ¿y por qué te tatuaste un colibrí en el cuello? —interrogué al percibir que sus latidos disminuían la intensidad, lo que me anoticiaba que estaba más tranquilo. Sacudí mi ropa a modo de distracción.

—Porque los colibríes me resultan aves muy tiernas e inocentes, al igual que libres —fue su respuesta y supe de inmediato que en su mente habían quedado rastros de mis últimas palabras antes de volverlo a la vida la única vez que nos vimos. Dos de sus características más fuertes eran la ternura y la inocencia… y también sabía que su carne era igual de tierna.

Necesité tragar con disimulo la saliva que se había acumulado en mi boca del simple hecho de imaginar mis colmillos atravesando ese inocente colibrí.

—¿Tú lo eres?

—¿Qué cosa?

—Algo de todo eso…

—Me considero una persona libre. Respecto a lo otro, no lo sé —contestó y su desinterés en mi pregunta, me gustó.

—¿Y por qué en el cuello?

Me miró con recelo un momento antes de contestar.

—Tiempo atrás, me lastimé justo en esa porción del cuello, no sé cómo, sinceramente, pero me quedó una cicatriz extraña, así que resolví tatuarme allí para cubrirla.

—¿Te lastimaste y no sabes cómo? —entrecerré los ojos. Eso me confirmaba que él no me recordaba en absoluto, aunque mi sangre corriendo por su interior, sí se lo recordaría muy pronto.

—No —respondió de inmediato y cambió de tema tras carraspear un poco—. Oye, siento mucho haberte hecho caer, juro que no te vi. Estaba jugando con Pumba y, en un previo vistazo rápido que le eché al pasillo, lo vi vacío. ¿Estás bien?

—Sí, estoy bien —respondí e intenté acariciar al can, pero, como era de esperar, este comenzó a gruñir.

—Hey, Pumbi, tranquilo —lo alejó un poco—. No suele reaccionar así. Le gustan las personas, él es tan sociable como yo.

—A mí también me gustan las personas, amiguito —expresé poniéndome a la altura del rostro del animal para verlo directo a los ojos y acaricié su cabeza para poder calmar su mente, ya que, al ser un animal como yo, podía controlarlo con solo tocar su cabeza. Era obvio que a ambos nos gustaban las personas; al perro quizás por simpatía, a mí, por su sabor—. Creo que ya nos vamos entendiendo.

—Debió haberse puesto nervioso del susto…

—¿Así que eres muy sociable? —indagué tras alzar la mirada con la intención de atrapar la suya e hipnotizarlo para no dilatar más el encuentro y hacer que me invitara a pasar a su casa o llevarlo a la mía. Ahora que volvía a tenerlo frente a mí después de tanto tiempo, me urgía sentirme dentro suyo otra vez, pero, en esta ocasión, esperaba que sí lo recordase. Para mi sorpresa, se echó hacia atrás como si mis ojos lo hubieran golpeado, cuando en realidad fue golpeado por el recuerdo de nosotros juntos que solté en su mente para seducirlo —aunque sin permitirle ver mi cara—, pero esto no salió como yo esperaba. Inmediatamente, se fijó en mi boca.

—Dios mío… estás sangrando —espetó señalando el sitio y me toqué allí para averiguar a qué se refería; de forma instantánea conecté aquello con mi reciente cena tras asesinar a Terry.

Qué descuido… no me había limpiado.

—Ohh… —lo miré mientras pensaba una mentira lo más rápido que pude al darme cuenta de mi extraño descuido—, al parecer, sí salí herido.

—Lo lamento tanto… permíteme ayudarte. Ven con nosotros, puedes… —mis colmillos comenzaron a prepararse al percibir que estaba a punto de invitarme a su hogar, lo que haría mucho más sencilla mi tarea y finalmente volvería a probarlo… No obstante, de manera inesperada, una voz evitó que completara la frase.

—¡Bill!

Me volteé para ver quién diablos era y se trataba de aquel vecino corpulento al cual, al parecer, no le caigo bien.

—¿Gustav? ¿Qué haces aquí? Creí que…

—Olvidé algo en mi apartamento —se apresuró a decir y vi que lo cogió con firmeza para llevárselo de allí. Entrecerré los ojos.

—Oye, aguarda, me choqué con ese chico y se lastimó el labio. Iba a ayudarlo.

—No. Camina.

Fue lo último que escuché y desaparecieron por las escaleras. A paso felino, caminé hacia ellas.

«¿Por qué la prisa, Gustav? ¿Acaso sabes algo sobre mí e intentas prevenir del mal a mi colibrí?», cavilé sin apartar la vista de las escaleras y sonreí de lado. «Tus cuidados no serán protección suficiente contra mis afilados dientes durante tu prolongada ausencia. Como lo hice mío una vez y le perdoné la vida, podré hacerlo de nuevo…, aunque no te garantizo que mi lado compasivo siga intacto», reí macabro desde mi garganta mientras acariciaba el barandal de las escaleras por las que acababan de subir.

Olfateé un poco más el aire percibiendo su tibio aroma aún impregnado en él y mis ojos se oscurecieron al rememorar todo lo que había conseguido despertar en mí la noche que lo hice mío.

—Volvemos a vernos, amor de mi oscuridad.

Continúa…

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