
Fic TOLL de lyra
Capítulo 18
Bill entró en la silenciosa casa cerrando con suavidad tras él la puerta, no fuera a despertar a sus padres. Se quedó unos segundos en el vestíbulo escuchando cómo el coche de Alexander se alejaba gran velocidad.
«Gracias por esta noche»
Era lo que le había dicho Alexander tras despedirse con un breve beso y luego había salido huyendo de su lado a para continuar la fiesta en el Keller con sus amigos pero sin el soso de su novio que tenía que estar pronto en su casa.
Subió las escaleras resignado con pasos lentos, sintiendo cómo cada peldaño parecía pesar más que el anterior. Se dirigió a su habitación y dio la luz antes de cerrar la puerta. Se quedó observándola con ortos ojos, reinaba un orden demasiado organizado para alguien de su edad. Los libros estaban perfectamente alineados y la cama hecha con precisión casi militar.
El reloj de la mesilla marcaba las 2 de la madrugada. Era hora de irse a dormir si al día siguiente quería estar descansado para enfrentarse a sus padres en el desayuno.
Se quitó la ropa con desgana y se acordó de dejarla bien doblada en el cesto de la ropa sucia que tenía en el baño. Sabía que Alice se encargaría al día siguiente de lavarla y por la noche volvería a estar colgada en su armario como si aún no hubiera sido estrenada.
Se lavó la cara despojándose todo el maquillaje que su madre no se había enterado que se hubiera puesto y saliendo del baño se metió bajo las sábanas mirando al techo. La música del Keller no llegaba hasta allí pero en su mente podía imaginarla con sus amigos bailando a su compás entre risas y con ellos estaría ya Alexander.
Y él… él estaba atrapado en una rutina que no había elegido.
Pensó en su madre, en sus horarios estrictos y en el desayuno familiar obligatorio a las ocho en punto. En el padre que apenas le dirigía la palabra o mirada. En la sensación de estar encerrado en una jaula de oro preciosa por fuera pero muy triste por dentro.
—No es justo —susurró al techo.
No era justo tener que elegir entre la libertad y la paz. No era justo que Alexander pudiera moverse por el mundo como si todo le perteneciera, mientras él tenía que pedir permiso para respirar.
Cerró los ojos, pero el sueño no llegó. Solo el eco de lo que se estaba perdiendo.
Y Tom.
Abrió los ojos de golpe.
¿Por qué se ponía a pensar en él en esos momentos?
No tenía sentido, Tom no era parte de sus planes ni de sus problemas y sin embargo ahí estaba, apareciendo en su mente como una sombra inesperada. Tal vez era por la forma en que lo miraba, con esa mezcla de curiosidad y distancia. O por cómo parecía entender cosas que nadie más notaba.
Se dio la vuelta en la cama buscando una postura que le permitiera escapar de sus propios pensamientos. Pero Tom seguía ahí, como una pregunta sin respuesta.
¿Le gustaba?
¿Le molestaba?
¿Quizás le intrigaba?
No lo sabía.
Solo sabía que cuando Alexander lo dejaba atrás, cuando el Keller se convertía en un mundo al que él no podía acceder, Tom aparecía como una alternativa silenciosa. Como alguien que no jugaba ni mentía, que no lo hacía sentir como un simple accesorio.
Suspiró hundiéndose más en las sábanas. No quería pensar en eso ni quería pensar en nada. Pero su mente no obedecía.
Y en algún rincón de su corazón, una idea empezó a florecer.
¿Y si era Tom el único que realmente lo veía?
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Mientras tanto en el Keller, Georg y los demás llevaban ya un rato disfrutando del lugar. El club no era precisamente glamuroso, pero tenía ese aire decadente que lo hacía perfecto para otro tipo de encuentros con sus techos bajos, luces rojas, paredes cubiertas de grafitis y un olor persistente a tabaco y cerveza vieja. El DJ pinchaba música electrónica con un ritmo hipnótico que se mezclaba con las conversaciones y las risas.
Estaban en un rincón, cada uno con una copa en sus manos. Los ojos de Georg no dejaban de mirar la puerta con atención a la espera de ver si el resto de sus amigos se decidían a ir o no. Llevaban ya más de media hora cuando vio que el portero abría la puerta de nuevo y entraban Gustav y Natalie, cuyo aspecto parecía un tanto desordenado pero luciendo una amplia sonrisa en los labios sintiéndose la ganadora de una íntima batalla.
Levantó una mano para que los vieran y al momento ya estaban a su lado copa en mano. Natalie echó un vistazo a su alrededor arrugando la frente, allí no había un cómodo sofá donde sentarse y sentía que aún le temblaban las piernas. Odiaba tener que permanecer de pie toda la noche más con sus altos tacones.
—¿Y Alexander? —preguntó Georg acercándose todo lo que pudo a Gustav.
La música estaba muy alta y apenas se podía conversar.
—Ha ido a llevar a Bill a casa pero tranquilo, que ya estará en camino —explicó Gustav con aire satisfecho—Y viene con ganas.
Georg frunció el ceño al escuchar sus palabras. Sabía que cuando Alexander llegaba con esa energía era porque algo había pasado o estaba a punto de ocurrir. Algo que podía cambiar el equilibrio del grupo.
Siguieron con la fiesta hasta que pasada otra media hora la puerta del Keller se abrió de nuevo y Alexander entró por ella con paso firme, los ojos encendidos y la camisa ligeramente arrugada.
Por un momento los ojos de Georg buscaron a Bill en vano, en el fondo había pensado que quizás había cambiado de idea y se había unido con ellos a la fiesta pero una vez más no había sido así. Sabía que su madre siempre le exigía que no llegara tarde entre semana ya que en su casa se seguían unos horarios muy estrictos como levantarse todos los días a las 8 y desayunar todos juntos en familia sin importar que la noche anterior Bill hubiera salido a tomar algo con sus amigos.
Y más le valía no estar con resaca, Bill apenas bebía pero las veces que lo hacía se le subía enseguida y al día siguiente no estaba en condiciones para enfrentarse a nadie. Pero eso no le salvaba de tener que madrugar para desayunar con un padre que le ignoraba y una madre que le agobiaba.
Y por eso tanto él como Louise le tenían mucha lástima.
Pero no, esa noche Bill había decidió retirarse a tiempo y era Alexander el único que entraba por la puerta del Keller. Una vez más levantó su mano para llamarle y le vio caminar hacia ellos colocándose a su lado para observar el ambiente.
Gustav y Natalie bebían y bailaban a un lado, Louise conversaba con Andreas animadamente y Víctor bailaba mientras hablaba con una persona que le daba la espalda pero al que reconoció de inmediato.
Era Tom.
No sabía que iba a estar allí, Natalie le había dicho que se había ido hace tiempo con Melissa seguramente a disfrutar de una cama cómoda y blanda mientras echaban el mejor polvo de su vida, y ahí le tenía delante de sus ojos. Por suerte no estaba Bill para distraer su atención y hacerle sentir incómodo.
—¿Todo bien? —preguntó Georg con tono neutro.
Alexander asintió en silencio pero su mirada se dirigió directamente a Gustav. No hubo palabras, solo una sonrisa cargada de significado. Gustav la devolvió con un gesto de cabeza mientras seguía bailando con Natalie como si nada.
El duelo silencioso entre ellos seguía vivo.
—¿Dónde está Bill? —preguntó Louise buscando a su amigo con la mirada.
—En su casa —respondió Alexander sin dar más detalles.
Georg no podía dejar de tener la sensación de que algo se estaba gestando. El Keller con su música envolvente y luces tenues parecía el escenario perfecto para que las tensiones se desataran de nuevo. Y él, como siempre, estaba en medio, observando, esperando el momento justo para intervenir.
Pasaron los minutos y la música seguía retumbando en las paredes del Keller como un pulso constante. Alexander se movía entre la gente con una seguridad que rozaba la arrogancia, saludando con gestos mínimos cuando se encontraba con alguien conocido como si el mundo girara a su ritmo. No dejaba de observar cada movimiento de Gustav tratando de que se olvidara de Natalie y le hiciera caso de una maldita vez. Observó que llevaba la camisa un tanto arrugada y desordenada por lo que había ocurrido en el coche con Natalie.
Porque cuando sus miradas se cruzaron cada uno en su coche, se había fijado que la tenía cómodamente sentada en su regazo y ya se hacía una idea de lo que había pasado. Justo lo mismo que él y Bill en su propio coche, solo que ellos habrían ido más lejos ya que Natalie era más lanzada y si a Bill ya le incomodaba que le besaran en público, tener sexo ya era pedir demasiado.
A lo lejos notó que Tom le observaba en silencio. Ya se había dado cuenta de su presencia y no parecía haberle gustado mucho, parecía muy incómodo y diría que incluso cortado.
Pero eso a Alexander no le preocupaba lo más mínimo, ni estaba de humor para dirigirle una frase llena de su habitual sarcasmo. No quería perder el tiempo con más tonterías, lo que necesitaba en esos momentos era coger a Gustav y perderse con él en un lugar más intimo.
Se terminó de un trago la copa que se había pedido y tras dejarla sobre uno de los altavoces del Keller se acercó a Gustav con paso decidido quien al ver sus intenciones dejó de bailar con Natalie y se quedó esperándole.
—Alexander, no nos había dado cuenta que habías llegado—se burló Natalie con una sonrisa— ¿Bill ya está soñando con los angelitos?
Alexander la ignoró por completo y se quedó mirando fijamente a Gustav.
—¿Te apetece ir a hablar a otro sitio? —preguntó en voz alta, aunque lo que de verdad le estaba ofreciendo no era precisamente mantener una conversación.
Gustav se le quedó mirando con una ceja alzada, sabiendo exactamente cual había sido el tono exacto de esa invitación. Alexander no quería irse a otra parte del Keller para hablar, quería empezar uno de sus famosos jugar. Y después de su escenita con Natalie, Gustav no estaba en condiciones de negarse.
—¿Dónde quieres ir? —preguntó sin rodeos.
Alexander hizo un gesto con la cabeza hacia el pasillo que llevaba a los baños del Keller. No era el lugar más glamuroso, pero tenía la privacidad suficiente para lo que él tenía en mente y tampoco iba a ser la primera vez que se lo montaba con Gustav en un baño.
Gustav asintió con la cabeza y se inclinó hacia Natalie para poder hablar con ella mientras que Alexander daba media vuelta y echaba a andar camino de los baños.
—Me voy a mear—soltó con toda su educación.
— ¿Y te tiene que acompañar Alexander?—preguntó Natalie alzando una ceja— ¿Es que te la tiene que sujetar?
Gustav se mordió el labio para no echarse a reír en su cara, era justamente al revés lo que iba a suceder y Natalie era tan tonta e inocente que no se daba cuenta que muchas veces lo que ella soltaba con sarcasmo como una de sus ironías era la pura verdad.
—Es que él también se mea—contestó Gustav al cabo de unos minutos—Y quiere que hablemos, a lo mejor quiere disculparse por lo mal que te ha tratado esa noche.
¿Alexander pidiendo disculpas por algo?
Natalie lo dudaba, Alexander jamás se rebajaría a hacerlo ni por todo el oro del mundo. No sabía qué juego se traía entre manos, pero esa noche estaba ya muy cansada para tratar de adivinarlo.
—Pues que se disculpe aquí mismo, y conmigo que soy la víctima—murmuró Natalie resoplando.
—Deja que hablemos, y luego te explico—dijo Gustav sabiendo que nunca jamás le daba explicación alguna de cada uno de sus actos.
Se despidió de ella con un breve beso en los labios y fue tras los pasos de Alexander.
Tom lo vio desaparecer entre la gente y apretó los labios. Había algo no cuadraba. Alexander allí de fiesta sin Bill, Gustav con esa expresión de haber sido arrastrado por una corriente que no controlaba… y él sin poderse estarse quieto sin intervenir.
Se dirigió a Georg que bailaba muy acaramelado con Louise entre sus brazos.
—¿Le ha pasado algo a Bill? —preguntó con tono casual, como si fuera una curiosidad pasajera.
Georg se le quedó mirando de reojo, sabiendo que la pregunta no era inocente.
—No ha podido venir, ya se le hacía tarde—respondió sin más explicaciones.
Tom asintió, pero no se tragó la respuesta. Había algo en el tono de Georg, en la forma en que evitaba su mirada, que le decía que la historia era más complicada.
—¿Tarde para qué? —insistió, fingiendo indiferencia.
Georg suspiró. Sabía que Tom no iba a olvidar tan fácilmente el tema y quizás él no debería ser quien le hablara de Bill pero algo le decía que Tom era de las personas con las que puedes hablar y que nunca van a decir nada, y que si había algo que él pudiera hacer para ayudar lo haría encantado.
Por eso y pensando únicamente en el bienestar de Bill, intercambió una mirada silenciosa con Louise y empezó a relatarle por encima su triste historia.
—Para estar en casa —explicó en voz baja—Sus padres son muy estrictos y Bill no puede quedarse hasta muy tarde y menos entre semana.
—Y no puede saltarse el desayuno familiar, jamás—intervino Louise—Es como vivir en un internado con fachada de mansión.
Tom frunció el ceño procesando toda la información.
—¿Y eso le pasa siempre?—quiso saber.
—Siempre —confirmó Georg—Bill vive sumergido en una rutina que no eligió con todo medido y controlado. Desde la ropa que usa y los libros que puede leer hasta las personas con las que se junta. Y si se sale un poco del guion su madre ahí está para recordárselo con frialdad.
Tom se quedó en silencio observando la pista de baile sin verla realmente. De pronto la ausencia de Bill ya no parecía una simple decisión.
Era una renuncia.
Una forma de sobrevivir.
—Debe ser agotador —murmuró.
Georg y Louise se le quedaron observando con mucha atención, notando como su expresión había cambiado.
—Lo es, pero Bill nunca lo admitirá ante ti ni ante nadie—dijo Georg suspirando.
—El solo lo aguanta como bien puede—apuntó Louise—Aunque muchas veces se le nota en los ojos que la situación le está superando.
Tom apretó los labios. Esa noche más que nunca deseó poder hacer algo. Aunque fuera solo estar ahí cuando Bill sintiera que ya no quería seguir aguantando.
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El pasillo que llevaba a los baños del Keller estaba apenas iluminado por luces rojas intermitentes. La música quedaba amortiguada por las paredes, y cada paso que daban Alexander y Gustav parecía resonar con una intención que no necesitaba palabras.
Alexander empujó la puerta del baño con el hombro sin mirar atrás y Gustav lo siguió al momento cerrando la puerta tras ellos. El lugar era estrecho con espejos empañados y un olor a humedad que no lograba apagar la electricidad que se había encendido entre ellos.
Y por suerte estaba completamente vacío.
—¿Esto es lo que llevas toda la noche buscando? —preguntó Gustav sonriendo mientras se apoyaba contra el lavabo.
Alexander se acercó sin responder. Lo miró con esa intensidad que no pedía permiso, que simplemente tomaba. Sus dedos se deslizaron por la tela de la camisa arrugada de Gustav desabrochando con lentitud, como si cada botón fuera una provocación.
—Quería perderte de vista —susurró Alexander—Pero no del todo.
Gustav soltó una risa baja, casi un gruñido. Sus manos buscaron la cintura de Alexander tirando de él hasta que sus cuerpos se rozaron. El calor entre ellos era insoportable, como si el aire se hubiera vuelto más denso de repente.
Alexander bajó la cabeza y rozó con sus labios el cuello de Gustav pero sin llegarlo a besar, solo dejando que su aliento marcara el camino. Gustav cerró los ojos por un segundo, sintiendo cómo cada roce encendía algo más profundo.
—No me provoques si no vas a terminar lo que empiezas —suplicó Gustav.
—¿Y si lo empiezo todo de nuevo?—preguntó Alexander mirándole con una sonrisa peligrosa.
Sus manos se deslizaron por debajo de la camisa abierta, recorriendo el torso de Gustav con una mezcla de firmeza y cuidado. Lo empujó suavemente contra la pared y sin más preámbulos se apoderó de sus labios. Fue un beso intenso sin contención, como si el deseo hubiera estado esperando demasiado tiempo.
Gustav respondió con la misma fuerza con sus manos enredándose en el pelo de Alexander, tirando de él para marcar territorio. El sonido de sus respiraciones llenaba el baño, mezclado con el eco lejano de la música.
Alexander bajó las manos hasta el cinturón de Gustav y lo desabrochó con destreza sin romper el contacto visual. Gustav lo observaba con los labios entreabiertos y los ojos encendidos.
—¿Esto es solo por diversión? —preguntó, con voz rasposa.
Alexander se detuvo un segundo, sus dedos aún en el borde del pantalón.
—No lo sé —admitió—Pero ahora mismo no quiero pensar.
Y con esa frase ambos se dejaron llevar convirtiendo el baño del Keller en su refugio clandestino, donde el deseo no pedía permiso y el pasado quedaba fuera, al otro lado de la puerta.
Sin dejar de besar a Gustav, Alexander lo guio hasta una de las cabinas del baño. Cerró el cerrojo con firmeza, buscando un refugio donde el mundo quedara fuera. Sus labios no se separaban, y sus manos, impacientes, se deslizaron hasta los pantalones de Gustav, desabrochándolos y dejándolos caer hasta las rodillas.
—Dime que has traído condones—susurró Gustav contra sus labios.
Alexander gruñó, asintiendo con la cabeza. Con Bill nunca los usaba, pero Gustav era inflexible con eso.
— ¿Tienes miedo de que te deje embarazado?—preguntó soltando una risa seca.
—Es la única condición que me ha puesto Natalie—contestó Gustav sin rodeos.
Alexander detuvo el beso al momento y se le quedó mirando con los ojos abiertos como platos.
— ¿Le has contado lo nuestro a esa…esa imbécil?—gritó sin poder contenerse.
— ¡Por supuesto que no!—replicó Gustav al momento—Se piensa que me estoy tirando alguna puta que otra.
Alexander no daba crédito a lo que estaba oyendo, ¿Natalie le permitía que le hiciera eso? ¿Es que era tonta o simplemente ciega?
— ¿Y por qué demonios le hablas de algo así?—interrogó Alexander con la voz cargada de rabia.
—Por culpa de tus malditas indirectas—soltó con cansancio Gustav—Natalie es más lista de lo que te piensas y no tuvo que andar muchos cabos, además de que ya había escuchado rumores y solo faltaba que alguien que los confirmara.
Y esa persona había sido Alexander, por su estúpido juego de no dejarse ganar por alguien como Natalie. Por culpa de su orgullo y de su necesidad de demostrar que nadie podía manipularlo se había delatado él mismo. Gustav lo sabía y aunque no lo dijera en voz alta lo sentía en cada mirada que Alexander le lanzaba cuando Natalie estaba cerca.
Alexander cogió aire, lo soltó en un suspiro profundo, y se apoderó de nuevo de los labios de Gustav. Esta vez no había rabia, ni reproche, solo una urgencia feroz por borrar las palabras que acababan de pronunciarse. Sus manos volvieron a recorrer el cuerpo de Gustav con una mezcla de desesperación y ternura, como si quisiera reafirmar que pese a todo seguía siendo suyo.
Gustav respondió con la misma intensidad. Lo agarró por la nuca y lo atrajo más cerca, dejando que sus cuerpos se fundieran en un fuerte abrazo que les robaba parte de su aliento. El cerrojo de la cabina seguía echado aislándolos y protegiéndolos del mundo que les rodeaba.
Solo quedaban ellos dos, y el eco de sus respiraciones aceleradas.
— ¿Seguimos discutiendo…o follamos?—murmuró Alexander contra sus labios.
Un profundo gemido de Gustav fue toda la respuesta que buscaba. Sus manos ya estaban en su espalda bajando lentamente marcando el camino. El deseo había vuelto a tomar el control, y esa vez no había condiciones, ni nombres ajenos, ni reglas impuestas por terceros.
Solo eran ellos.
Solo importaba ese momento.
Sin dejar de besarse por un solo segundo siguieron desnudándose y la siguiente ropa que tuvieron a la altura de sus rodillas fue su ropa interior.
Empezaron a frotarse el uno contra el otro hasta que ambos portaban unas erecciones que costaba mantener. Solo entonces Alexander hizo que Gustav se girara y quedase mirando la pared del baño mientras sacaba del bolsillo de sus pantalones un condón que abrió y se puso con destreza.
Se colocó a su espalda y tras frotarse por unos momentos contra sus nalgas se las separó con una mano y tras pasar la lengua por una de sus manos se acarició para lubricarse y entonces entró en Gustav con una fuerte embestida.
— ¡Más suave, demonios—gruñó Gustav apretando los dientes—Recuerda que yo no estoy tan acostumbrado como Bill lo está.
— ¿Y tú qué demonios sabes a lo que está acostumbrado Bill?—murmuró Alexander empezando a embestirle a un ritmo lento—Pues que sepas que a él le gusta hacerlo así, con cierta brusquedad y rápidamente…
Gustav apretó los dientes, conteniendo un gemido que se mezclaba con la frustración.
—No me interesa saber cómo le gusta follar a Bill —escupió con rabia—No estoy aquí para competir con él.
Alexander se detuvo por un instante con sus manos aún aferradas a la cadera de Gustav. Lo miró con una mezcla de sorpresa y desafío.
—¿Entonces por qué siempre lo nombras cuando no es necesario? —susurró con los ojos encendidos—¿Te molesta que se te haya adelantado?
Gustav lo empujó con fuerza separándose apenas unos centímetros. Su respiración era agitada, no solo por el deseo sino por la furia contenida.
—Me molesta que sigas comparándonos —dijo con voz baja pero firme—Yo no soy Bill ni quiero serlo. Y si estás aquí conmigo, más te vale que lo sepas.
Alexander bajó la mirada como si algo dentro de él se hubiera quebrado un poco.
—Lo sé —admitió—Pero a veces… no sé cómo dejar de pensar en él.
Gustav tragó saliva. No era la respuesta que esperaba, pero era honesta. Y eso, viniendo de Alexander, ya era mucho.
—Entonces empieza por dejar de hablar de él cuando estás conmigo —dijo acercándose de nuevo—Porque si no puedes hacer eso, entonces abre la puerta y vete.
Alexander lo miró fijamente. Luego, sin decir nada, volvió a acercarse y lo besó. Esta vez con una suavidad que no había mostrado antes. Como si por fin entendiera que Gustav no era un reemplazo, ni una comparación. Era otra historia.
Una que aún estaba por escribirse.
Volvió a moverse de nuevo, entrando y saliendo con rapidez de Gustav, sintiendo una rabia que iba creciendo por momento y que se iba a correr de un momento a otro. Dejó de pensar y enterrando la cara en la curva de su cuello empezó a besarle y pasarle por el la lengua mientras bajaba una mano y la ponía sobre su erección para masturbarle.
Y cerrando los ojos no dejó de embestirle hasta que obtuvo su segundo orgasmo de esa noche, sin pensar en Bill en ningún momento mientras sentía una corriente eléctrica recorrerle por dentro.
Continúa…
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