Incomplete 20

Incomplete 20

Fic TOLL de lyra

Capítulo 20

El despertador sonó a las 7:30 en punto como cada mañana. Bill abrió los ojos lentamente sin sobresaltos, como si su cuerpo ya supiera que debía obedecer. La luz que se filtraba por las cortinas era suave y la casa tenía estaba en completo silencio. Alice llevaría levantada desde las 6 y habría empezado con la limpieza sin hacer ningún ruido mientras que Greta estaría en la cocina preparando el desayuno.

Se incorporó con lentitud estirándose al tiempo que bostezaba y se frotaba los ojos. Salió de la cama y no pudo evitar echar un vistazo a su habitación tan perfectamente limpia y ordenada gracias a Alice. No gozaba de la intimidad necesaria, Alice sabía lo que había encada uno de sus cajones y aunque nunca le haría comentario alguno fijo que si hubiera algo que contradijera las normas de su madre, esta sería informada de inmediato y él recibiría su merecido castigo.

Entró en el baño suspirando tras desnudarse y dejar la ropa en el cesto de la ropa sucia entró en la ducha. Cerró los ojos y se dio prisa en ducharse, evitando no pensar en lo ocurrido la noche anterior en su cama. Cómo no pudo conciliar el sueño hasta que no hizo lo necesario para sentirse totalmente relajado sin dejar de pensar en Tom en ningún momento.

Sacudió la cabeza al volver a pensar en él, no quería perder la noción del tiempo y que empezaran a desayunar en su ausencia, lo que le acarrearía un duro toque de atención de su madre.

Faltaba menos de un minuto para las ocho, pero Bill ya estaba sentado en su lugar habitual del comedor impecablemente vestido para la ocasión. Ni en sus peores días se le ocurriría bajar en pijama, su madre probablemente se desmayaría de la impresión y no por dramatismo sino por protocolo.

Se quedó observando la elegante mesa que Greta había aprendido a poner siguiendo las estrictas órdenes de su madre utilizando la vajilla destinada únicamente para ser usada en el desayuno, las servilletas de lino perfectamente dobladas y el mantel bordado a mano por su orgullosa madre.

Todo en esa casa tenía su estricto lugar.

Todo debía mantenerse intacto.

A las ocho en punto su madre cruzó la puerta del comedor con la precisión de un reloj suizo. No saludó ni sonrió, se sentó en su sitio con las manos juntas sobre el regazo como si estuviera esperando que oficialmente comenzara el día.

Un minuto después su padre apareció también y ocupó la cabecera sin decir palabra cogiendo el periódico que Greta había dejado en su sitio y comenzando a leerlo ignorando a su mujer e hijo.

Solo entonces entró Greta empujando el carrito con el mismo desayuno de siempre que consistía en café recién hecho para su padre, un té para su madre, leche para él, croissants, tostadas, mantequilla y mermelada de todos los posibles sabores.

Bill bajó la mirada hacia su vaso de leche sintiendo que el día había comenzado pero que él seguía atrapado en la noche anterior.

Simone cogió con delicadeza su taza de té y tomó un sorbo antes de dejarla de nuevo sobre el plato sin hacer el mínimo ruido. Entonces alzó la mirada sin dirigirla directamente a Bill para hablarle con ese tono frío que usaba cuando quería dejar claro que no estaba preguntando sino evaluando.

— ¿A qué hora llegaste anoche? —preguntó, como si la pregunta fuera parte del protocolo matutino.

Bill mantuvo la vista en su vaso de leche. No necesitaba mirar a su madre para saber que su expresión era la misma de siempre. Impecable, severa e impenetrable.

—Tarde, lo siento—contestó Bill en un susurro.

Simone asintió con lentitud como si confirmara una sospecha que ya tenía anotada en su libreta mental.

—Espero que no haya habido incidentes con la bebida—siguió diciendo Simone—No toleraré que empieces a comportarte como esos chicos que no saben mantener la compostura. No en esta casa.

Su padre no levantó la vista del periódico. Greta retiró el carrito con la misma discreción de siempre. Y Bill atrapado entre el mantel bordado y la mirada invisible de su madre sentía que el día apenas había empezado y ya estaba siendo juzgado.

—Que no se vuelva a repetir—murmuró Simone cogiendo de nuevo su taza de té— ¿Ha quedado claro, Bill?

Bill asintió con la cabeza y el desayuno continuó en el habitual silencio ceremonial. Cada movimiento estaba medido y cada gesto tenía su lugar. Nadie hablaba sin permiso, y mucho menos sin propósito alguno.

—¿Hoy también vas a pasarte todo el día en el lago con tus amigos?—preguntó Simone antes de autorizar su retirada.

—Iremos a comer, como siempre —respondió Bill en voz baja sin levantar la mirada.

—Te pasas todo el día fuera de casa sin hacer nada útil ni aportar nada—soltó Simone dirigiéndole una fría mirada a su hijo mientras hablaba— ¿Eso es lo que quieres ser, Bill? ¿Uno más del montón?

Bill no se atrevía a alzar la mirada de la mesa, sabía que si lo hacía su leería perfectamente en su rostro cada pensamiento que intentaba esconder.

—No estás en edad de pasearte por ahí como si fueras un turista —continuó diciendo Simone—Tus amigos no tienen tus responsabilidades y tú no eres como ellos. Y si no lo entiendes ahora, lo entenderás cuando ya sea demasiado tarde.

Mientras su madre le estaba riñendo, su padre seguía desayunando como si la conversación no fuera con él sin desviar los ojos del periódico que estaba leyendo.

—Necesitas ropa nueva—comentó Simone cambiando de tema—Tenemos la inauguración en la galería de arte de Eleonore y tu aspecto debe ser impecable. Aprovecha mañana para ir de compras y no lo dejes para más tarde, sabes que tengo que dar mi opinión antes.

Bill asintió con la cabeza, siempre que iba de compras por un evento debía llevar a casa varios modelos que su madre estudiaba con atención desechando casi todos de ellos mientras comentaba que no tenía gusto para la moda.

—Y por favor, nada de esas camisetas con dibujos absurdos ni pantalones que parecen sacados de una tienda de segunda mano —añadió Simone sin mirarlo—Quiero verte con algo que diga «elegancia», no «rebeldía adolescente».

Bill apretó los labios. Sabía que cualquier intento de expresar su gusto personal sería descartado como una provocación. En esas reuniones él no era un invitado, era una extensión decorativa de su madre. Un accesorio más que debía combinar con el mantel, la vajilla y el tono de conversación.

—Y recuerda—continuó diciendo Simone—Eleonore es una mujer muy observadora. No quiero que piense que no hemos sabido educarte. Ya bastante tiene con su propio hijo como para que tú parezcas uno más de esa generación perdida.

Bill sintió cómo se le encogía el estómago no por la crítica, sino por la forma en que su madre hablaba de él como si fuera un proyecto fallido que aún podía corregirse con suficiente esfuerzo.

Como si su valor dependiera de la opinión de los demás.

Y ya sabía lo que iba a pasar en esas reuniones a la que le obligaban a asistir sus padres, en cuanto cruzara la puerta de la galería su madre lo escanearía de arriba abajo ajustándole el cuello de la camisa y corrigiendo su postura para lanzar alguna frase punzante que aunque disfrazada de broma dolía más que cualquier reproche directo o hacer algún comentario que lo hacían encogerse por dentro.

«Está tan delgado que parece que vive a base de aire «—dijo una vez su madre con tono ligero, mientras los demás sonreían sin saber si debían o no hacerlo.

«A ver si esta vez no se excede con los canapés»—comentó en otra ocasión como si su hijo fuera un niño sin control.

Bill había aprendido a sonreír en esos momentos con una sonrisa sin alma que solo servía para evitar que Simone le lanzara otra mirada fulminante.

En esas reuniones, él no era Bill.

Era «el hijo de Simone», un reflejo que debía brillar sin opacar.

Destacar sin incomodar.

Existir sin molestar.

No pudo evitar que los ojos se le llenaran de lágrimas al pensar en esa reunión a la que no quería asistir y en lo mal que lo iba a pasar.

—Y no se te ocurra poner esa cara de hastío—murmuró Simone tras dirigirle brevemente una mirada—Pareces un alma en pena. ¿Quieres que Eleonore piense que te obligamos a ir?

Al momento Bill cambió la expresión de su cara por otra que no incomodase tanto a su madre.

—Quiero que hoy aproveches bien el tiempo —añadió Simone con tono cortante—Ordena tu habitación, no le des más trabajo a Alice del que ya tiene. Y luego ponte a estudiar hasta que llegue la hora de irte. Quiero que el próximo curso sea excelente, no mediocre como el anterior.

Bill volvió a asentir y al ver el leve movimiento de la mano de su madre que funcionaba como una látigo invisible se levantó con rapidez de la mesa caminando hacia la puerta del comedor tragándose las lágrimas que sentía acumuladas en sus ojos.

No por lo que le había dicho, sino por lo que nunca decía.

Nunca nada de lo que hiciera era suficiente para su madre. Había terminado el curso con las mejores notas de su clase, pero para ella eso solo significaba que aún podía hacerlo mejor. Incluso estando como estaba de vacaciones le imponía dos horas de estudio cada mañana incluidos los fines de semana.

No por disciplina, sino por control.

Iba a subir a su habitación cuando la voz de su padre lo detuvo en seco. No por el tono usado, sino por las palabras.

—¿No crees que te has excedido con Bill?

Se volvió con rapidez y aunque sabía que lo que iba a hacer sería considerado por su madre como imperdonable, se acercó de nuevo al comedor y se quedó espiando tras la puerta esperando la respuesta de su madre que no tardó en llegar.

—Recuerda nuestro pacto—murmuró Simone con frialdad—Yo soy la única que me encargo de su educación. No me meto en sus turbios asuntos ni tú en los míos.

El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier discusión. Bill no se atrevía a moverse de donde estaba imaginándose que su padre había vuelto a la lectura de su periódico y su madre terminaría de desayunar con su calma habitual.

Estaba a punto de marcharse a su habitación cuando la voz de su padre lo detuvo por segunda vez. Esta vez no fue el tono lo que lo paralizó, sino el contenido.

No sonaba como él.

No era la neutralidad habitual.

Era algo más profundo y más humano.

—No le estás educando Simone, lo estás castigando—dijo con firmeza Jörg dejando a un lado el periódico—Bill no se merece todo el daño que le estás infringiendo.

Simone se irguió en su silla con la espalda tan recta como su tono. No alzó la voz, pero su frase cortó el aire como una cuchilla bien afilada.

—¿Y yo sí me merezco todo el daño tuyo? —espetó sin mirar a su marido, con la mirada clavada en el vacío como si hablara con él desde una distancia calculada.

Jörg no respondió de inmediato, se que observando a su mujer con una mezcla de cansancio y contención. No era la primera vez que convertía una crítica en una acusación. Pero esta vez algo en su voz sonaba más quebrado que afilado.

—No estoy hablando de ti—dijo al fin Jörg con calma—Estoy hablando de nuestro hijo. De lo que necesita y de lo que siente.

Simone apretó los labios, como si esa frase le resultara ofensiva. Luego tomó su taza de té y bebió con lentitud como si el gesto le devolviera el control.

—Lo que siente no es relevante si no sabe cómo comportarse —murmuró sin levantar la mirada—No voy a permitir que se convierta en alguien débil como lo es su padre.

Jörg se quedó inmóvil con los ojos clavados en ella. No por sorpresa, sino por la crudeza con la que había pronunciado algo que hasta entonces solo se intuía en sus gestos.

No era solo una crítica hacia su hijo.

Era una sentencia contra él mismo.

Se puso en pie con gesto contenido alisando la chaqueta con una lentitud y tirando su servilleta de lino usada sobre la mesa. No miró a su mujer al hablar, como si el peso de la conversación le impidiera sostenerle la mirada.

—Se me hace tarde, voy a trabajar —dijo con tono seco, dando la conversación por finalizada.

Simone no se inmutó. Continuó sentada con la taza de té entre las manos como si la escena fuera parte también de la rutina.

—Céntrate en tu trabajo como siempre has hecho—respondió sin levantar la vista—Te recuerdo que ese era el pacto.

La frase no sonó precisamente como un recordatorio sino como una advertencia. Como si el equilibrio de la casa dependiera de que cada uno se mantuviera en su rincón sin cruzar ninguna de las líneas que había invisiblemente marcadas.

Jörg echó a andar recorriendo el comedor con paso firme sin mirar atrás. Al cruzar la puerta se detuvo un instante al descubrir a Bill tras ella con los ojos muy abiertos y la expresión congelada entre la sorpresa y el miedo.

No hacía falta preguntar nada.

Estaba claro que había escuchado todo.

Y durante un segundo, padre e hijo se miraron sin palabras.

Jörg inclinó levemente la cabeza como si ese gesto contuviera todo lo que no podía decir en voz alta. Luego siguió su camino sin volver la mirada con la certeza de que el tiempo se les estaba agotando.

Bill necesitaba saber ya toda la verdad.

Y cuanto antes lo hiciera, mejor.

&

Bill se quedó quieto en su sitio hasta que los pasos de su padre se apagaron al fondo del pasillo. Solo entonces reaccionó huyendo a su habitación con el corazón acelerado. No podía permitirse que su madre lo descubriera allí espiando, no iba a ser tan comprensiva como lo había sido su padre.

Cerró la puerta se su habitación con cuidado de no hacer ruido y se sentó ante el escritorio abriendo uno de sus libros de estudio como si estuviera repasando, cosa que le iba a ser imposible después de lo que acababa de escuchar.

Había sido testigo de una conversación que lo había dejado desconcertado. Su madre había repetido dos veces la palabra pacto y no era una palabra que se usara a la ligera en esa casa.

Su madre nunca hablaba de acuerdos.

Dictaba normas.

¿De qué pacto entonces estaban hablando?

Bill se quedó mirando la página abierta del libro sin leerla. Sentía que algo se movía bajo la superficie, algo que llevaba tiempo ahí oculto entre silencios y rutinas.

¿Era ese pacto el motivo por el que su padre nunca intervenía?

¿Por qué siempre parecía ausente como si viviera en otra casa dentro de la misma?

Por primera vez, Bill sintió que no conocía del todo a sus padres, no como él creía y esa idea más que miedo le provocó una extraña sensación de vértigo.

Sus padres guardaban un secreto.

Lo sentía con una certeza que no sabía explicar, como si las palabras que había escuchado esa mañana hubieran encajado en un puzle como una pieza que llevaba años sin encontrar su lugar.

Quizás esa era la razón por la que dormían en habitaciones separadas. Lo había asumido como parte de la normalidad como tantas otras cosas pero en esos momentos y con la conversación aún resonando en su cabeza, empezaba a preguntarse si esa distancia física era el reflejo de algo mucho más profundo.

Algo que llevaba años gestándose en silencio.

Se levantó del escritorio y caminó hacia la ventana. El jardín estaba bañado por la luz suave de la mañana y todo parecía en orden. Pero él ya no lo estaba.

Había algo que no encajaba.

Algo que no le habían contado.

Y por primera vez en la vida, no quería seguir obedeciendo sin entender.

Tenía que averiguar la verdad.

Aunque doliera y lo cambiara todo.

&

Pasó el resto de la mañana sentado ante el escritorio con el libro abierto por la misma página, no podía concentrarse en lo que leía y solo estaba haciendo tiempo hasta que alguno de sus amigos se hubiera levantado ya después de la fiesta de la noche anterior.

El reloj marcaba las once y media cuando el teléfono vibró sobre el escritorio. Bill lo cogió con rapidez esperando que fuera alguno de sus amigos.

Era un mensaje de Louise.

«¿Te apetece que hablemos? Podíamos dar un paseo antes de reunirnos en el lago con los demás. Te paso a recoger en media hora»

Bill sintió una punzada de alivio. No solo por el plan sino por la posibilidad de que escapar aunque fuera por unas horas de la atmósfera asfixiante de su casa. Le envió un mensaje a Louise con su afirmativa respuesta y cerró el libro sin haber leído una sola línea. Se levantó con rapidez y se cambió de ropa eligiendo una camiseta sencilla y unos vaqueros que sabía que su madre desaprobaría pero que le hacían sentir más él mismo.

Recogió su bolsa de mano donde ya tenía preparado una toalla limpia, un par de bañadores y crema solar. Entró rápidamente al baño para peinar su pelo y cogiendo su neceser se dio un toque de rímel a sus pestañas y aplicó brillo a los labios. Salió del baño con el neceser en las manos y lo metió en la bolsa también que se colgó del brazo mientras se acordaba de coger sus gafas de sol y el móvil.

Salió de la habitación sin hacer ruido alguno y bajó las escaleras con suavidad. Antes de salir de casa echó un vistazo al largo pasillo que daba a las dependencias privadas de su madre. Sabía que estaría en su despacho revisando alguna de sus interminables listas, preparando la comida de ese día o llamando a alguna de sus amistades para comentar algún asunto o quedar con ellas ya fuera para merendar o pasar una velada agradable.

Caminó con sigilo hasta la puerta principal que abrió con cuidado y salió al jardín. El aire fresco le golpeó el rostro como una caricia inesperada. Y por primera vez en el día pudo respirar profundamente.

Echó a andar por el camino de tierra que le llevaba lejos de esa casa que más que una mansión era una jaula y no tuvo que esperar mucho hasta que apareció Louise en su bicicleta, con el pelo recogido en una coleta desordenada y una sonrisa que parecía ajena a cualquier protocolo.

Se bajó de la bici y entonces se saludaron un fuerte abrazo y un beso en la mejilla. Siguieron caminando juntos por el sendero que bordeaba el barrio residencial donde Bill vivía y que llevaba hasta el lago. No había prisa alguna, estaban disfrutando del paseo y dejando atrás el silencio inicial Louise se dispuso a romperlo.

—¿Estás bien? —preguntó al cabo de unos minutos sin mirarlo directamente.

Bill tardó en responder. No sabía cómo resumir todo lo que sentía sin sonar tan dramático como siempre.

—Más o menos —dijo al fin—Esta mañana ha sido… intensa.

Louise asintió, como si entendiera sin necesidad de entrar en más detalles.

—Ayer te perdiste una buena fiesta—empezó a decir Louise—Y fue una lástima, Georg y yo nos fuimos al Keller con Víctor y Andreas, aunque nos encontramos a Tom en el parking del Sisyphos y se nos unió.

Bill se quedó sin aliento al escucharlo, la última noticia que había tenido suya fue lo que le había dicho Natalie de que se había ido del Sisyphos con Melissa. Y después de lo que había presenciado en la pista de baile, ya se imaginaba que se habría ido para terminar con más intimidad eso que había empezado delante de sus propios ojos.

Y él no había podido evitar pasarse toda la noche pensando en él, en lo que significaba su presencia y en lo que había sentido al verlo en brazos de otra persona.

—El Keller tiene mejor ambiente que el Sisyphos—siguió diciendo Louise ajena a sus pensamientos—Aunque Tom se tuvo que ir antes, dijo que se encontraba mal y no sé si fue por la bebida o por otra cosa. Se le notaba raro, como si de repente se sintiera incómodo con nosotros y con todo.

Bill bajó la mirada sonriendo sin poder evitarlo. Algo en esas palabras le hizo sentir que no estaba solo en su confusión, que quizás Tom también estaba lidiando con algo que no sabía cómo expresar.

—Podíamos preguntar por él en el lago—dijo Louise más animada al ver de reojo la sonrisa que iluminaba su cara—Aunque creo que no trabaja hasta la tarde, podíamos averiguar donde vive y hacerle una visita.

Bill se negó de inmediato, no podía presentarse en la casa de Tom sin previo aviso y sin saber qué decirle exactamente. Y no quería que se enterara Alexander.

—Seguro que estará descansando—comentó Bill mientras negaba con la cabeza—Ayer tuvo un día muy movido y no le quiero molestar.

— ¿No le quieres molestar a él, o a Alexander?—preguntó Louise con cautela.

Bill no quería abrir esa puerta, pero tampoco podía fingir que no había tensión. Alexander era el tipo de persona que siempre sabía más de lo que decía, y si se enteraba de que había ido a ver en persona a Tom, las consecuencias podrían ser incómodas.

O peores.

—Es complicado —respondió al fin bajando la mirada—Prefiero no meterme en líos ni arrastrar a Tom conmigo.

Louise asintió lentamente, respetando su respuesta.

—Entonces iremos al lago y preguntaremos discretamente por él—dijo Louise empeñada en que no se olvidara de Tom—Solo pensaba que… no sé, a veces ayuda hablar con alguien. Tom parecía afectado, y tú también lo estás.

Bill se detuvo un momento, observando cómo la luz de la mañana se filtraba entre los árboles. El aire olía a verano, a tierra caliente y agua cercana. Todo parecía en calma, pero dentro de él, las emociones se arremolinaban como una tormenta contenida.

—No sé qué me pasa —confesó en voz baja—Desde que le he conocido siento que todo está cambiando. Como si algo se hubiera roto y no supiera cómo arreglarlo.

Louise se acercó un poco más para pasarle un brazo sobre los hombros y darle un sincero abrazo que Bill tanto necesitaba y apenas recibía.

Porque cuando se sentía mal no había nadie a su lado para abrazarle y consolarle, ni siquiera Alexander por no hablar de su madre que lo vería como un signo de debilidad y no perdería el tiempo en echárselo en cara con su frialdad habitual.

—Quizás no tienes que arreglarlo tú solo —dijo Louise con suavidad—Quizás solo necesitas entenderlo primero.

Bill se la quedó mirando con ojos llenos de gratitud. No por las respuestas, sino por la compañía.

Por no tener que fingir.

Siguieron caminando hasta que llegaron al lago, donde el aire comenzaba a llenarse de voces y risas suaves. Louise aparcó la bicicleta con cuidado, sacó su bolsa de la cesta y se dirigió al club con paso decidido mientras Bill la seguía en silencio.

El lugar ya empezaba a animarse, era el punto de encuentro perfecto para desayunar antes de disfrutar de una agradable velada a orillas del lago o para tomarse un ligero almuerzo a esas horas de la mañana.

Al entrar, se dirigieron directamente a la barra. Fue entonces cuando Bill descubrió a Melissa tras ella atendiendo con la misma soltura de siempre con una sonrisa serena. Bill se quedó quieto por un instante. No podía evitar mirarla, sintiéndose incómodo por lo que había presenciado la noche anterior. Pero sabía que ella no había hecho nada malo y no tenía la culpa de nada. En el fondo, le caía muy bien.

Y quizás por eso le dolía más.

Louise siguió caminando y Bill fue tras ella, pero antes de que ocuparan una de las mesas que había libre descubrieron que ahí estaba Tom también, sentado en la barra con total naturalidad desayunando como si el mundo no pesara sobre sus hombros. Llevaba bañador y una camiseta, y el pelo medio húmedo sin recoger como si acabara de salir de la ducha o se hubiera dado un baño en el lago. Su expresión era tranquila, casi serena.

A Bill se le encogió el corazón. No por la sorpresa de verlo, sino por lo que despertaba en él esa imagen, el recuerdo de la noche anterior que aún le quemaba por dentro. No sabía qué hacer, si volverse y salir huyendo del club o quedarse y fingir que no lo había visto pero sus ojos se habían quedado fijos en él y parecía que su cuerpo no quisiera obedecer la orden de echar a correr.

Tom no parecía haberlo presentido que estaba allí. Seguía desayunando como si nada, tomándose un zumo de naranja mirando distraídamente hacia el ventanal que daba al lago.

Y Bill de pie junto a Louise sintió que todo eso que había intentado enterrar desde la fiesta volvía a la superficie con una fuerza inesperada.

Continúa… 

Gracias por la visita. Si te ha gustado, comenta y regresa, porque pronto tendremos más 😉

por lyra

Escritora del Fandom

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