
Fic TOLL de lyra
Capítulo 23
Tom y Alexander llegaron a la caseta donde David controlaba el alquiler de las lanchas que olía a madera vieja y protector solar. David estaba sentado detrás del mostrador revisando una hoja de reservas con gesto distraído.
—David —llamó Alexander con voz firme—Necesitamos que nos dejes hacer una cosa.
David alzó la mirada, arqueando una ceja al verlos juntos.
—¿Qué ocurre?—preguntó preocupado.
—Quiero sustituir a Tom durante el resto de su turno —explicó Alexander como si fuera una idea perfectamente razonable—Solo si tú estás de acuerdo, claro.
David los miró a ambos, luego echó un vistazo por la playa hacia las tumbonas donde el grupo seguía observando con expectación. Natalie agitaba la mano como si animara desde la grada, y Gustav aún se reía disfrutando del caos que habían provocado.
—¿Es una broma o vais en serio? —preguntó David aunque su tono no era del todo incrédulo.
—Es en serio —intervino esa vez Tom totalmente de acuerdo con la idea—Si tú lo apruebas yo no tengo problema.
David se quedó en silencio unos segundos, evaluando la situación. Luego se encogió de hombros.
—Está bien —cedió finalmente—Si queréis jugar a los relevos, adelante. Pero Alexander si vas a trabajar quiero que lo des todo, nada de pasearte con la bandeja como si fuera un desfile.
Alexander asintió sonriendo, aunque su sonrisa era más de desafío que de compromiso.
—Lo haré incluso mejor que Tom—prometió con una seguridad que no convencía del todo.
David lo miró con escepticismo cruzando los brazos.
—¿Y tú qué vas a hacer mientras tanto, Tom?—quiso saber.
—Ocupará mi sitio en las tumbonas—contestó Alexander por él—Dale el resto de la tarde libre. A partir de ahora, yo seré el camarero y dejemos que Tom disfrute fingiendo por unas horas que es un cliente más.
David frunció el ceño, pero no discutió. Solo dejó caer su veredicto con la firmeza de quien no tolera juegos mal llevados.
—Haced lo que queráis pero no quiero ni una sola queja, Alexander—dijo David con firmeza—Todo lo que hagas mal será sólo responsabilidad tuya. Atiende a los clientes con educación y sin contestaciones. Ya sabes que tengo ojos en todas partes. Me entero de todo lo que pasa en el club y luego informo.
No hacía falta que dijera nada más. Alexander comprendía con total claridad el mensaje implícito. Lo que sucediera en ese lugar no quedaría entre ellos dos. Tarde o temprano, todo llegaría a los oídos del padre de Bill, quien ya le había dejado muy claro su punto de vista la tarde anterior.
Y, por lo que parecía, David también estaba al tanto de esa conversación.
Aun así, Alexander no pensaba echarse atrás. Estaba decidido a demostrar que si se lo proponía podía desempeñar el trabajo que fuera con responsabilidad. Cambiaría la percepción que Jörg Kaulitz tenía de él, le convencería de que era el mejor novio que su hijo iba a poder encontrar.
—¿Puedo quedarme con las propinas que me den? —preguntó de pronto rompiendo el silencio.
—Hay un bote común —respondió David con firmeza—Déjalas ahí, y al final del turno decidiré si te corresponde quedártelas o no.
Alexander asintió con la cabeza y sin añadir una palabra más dio media vuelta seguido de Tom y se alejaron juntos escuchando a los lejos los aplausos de Natalie y las risas de Gustav. Dejaron atrás la caseta y la conversación, cada uno con pensamientos que pesaban más que cualquier bandeja.
Al llegar al club fueron directamente hacia la barra. Tom no quiso perder más tiempo y le entregó la bandeja a Alexander, que la recibió con una mezcla de curiosidad y orgullo mal disimulado. Antes de soltarla por completo, Tom le dio unas últimas indicaciones.
—Agárrala con firmeza —le advirtió en voz baja—Si se te vuelca, puedes hacerte daño… o algo peor.
Alexander la sostuvo con ambas manos notando el peso real del objeto que hasta entonces solo había visto como parte del decorado.
No era solo una bandeja.
Era responsabilidad, equilibrio y una exposición constante ante todos los ojos del club.
Tom lo observó por un segundo más, luego se apartó un paso con discreción como si le cediera el escenario. Pero en su mirada había algo más.
Era una advertencia silenciosa, una certeza de que aquello no iba a ser tan fácil como Alexander pensaba.
—Yo también tengo que darte mis indicaciones —dijo Alexander con voz baja pero firme— No te acerques a Bill. No lo mires ni le hables.
Las palabras cayeron como una losa entre ellos. No eran una sugerencia ni una petición. Era una orden. Una línea trazada con precisión quirúrgica, como si Alexander intentara blindar algo que sentía que ya se le escapaba entre los dedos.
Tom lo observó en silencio, sin responder de inmediato. Sabía que esa frase no hablaba solo de celos.
Hablaba de miedo.
De control.
De una tensión que se había ido acumulando desde hacía tiempo y que con su llegada al club se manifestaba en forma de prohibición.
Alexander sostenía la bandeja con firmeza, pero en sus ojos había algo más, una súplica disfrazada de orgullo. Como si al imponer distancia, intentara protegerse de una verdad que no quería enfrentar.
Tom no dijo nada.
Solo se giró y se alejó dejando que Alexander se quedara a solas con la bandeja y con sus propias reglas.
Se dirigió al vestuario para cambiarse. Por un instante la idea de marcharse al bungalow a descansar le tentó, pero la posibilidad de disfrutar de una tarde libre en el club rodeado de buena compañía terminó por convencerlo.
A excepción de Gustav y Natalie, los demás le resultaban agradables, gente con la que se podía conversar sin esfuerzo. Solo necesitaba hacer oídos sordos a los comentarios sarcásticos de Natalie siempre impregnados de una malicia sutil.
Se puso uno de los bañadores de Andreas que había llevado con la intención de darse otro chapuzón en el lago al terminar el turno. Luego se enfundó una camiseta blanca de algodón, se calzó sus zapatillas deportivas y tras soltarse el pelo salió del vestuario silbando con el ánimo ligero y la tarde por delante.
Desde la barra Melissa le vio salir del almacén. Su mirada se quedó fija en él desconcertada, sin entender del todo qué estaba ocurriendo. Tom se acercó con aire despreocupado dispuesto a ponerla al tanto.
—Alexander ha decidido jugar a ser camarero —comentó con una sonrisa.
—¿Y David lo ha permitido?—preguntó Melissa alzando una ceja.
—Le pedimos permiso antes, por supuesto—contestó Tom de inmediato—Si Alexander se divierte con esto, no soy yo quien se lo va a impedírselo. Y como tengo la tarde libre voy a aprovechar para tomar el sol.
—Con Bill—apuntó Melissa, con tono insinuante.
—Y con Louise, Georg y la pareja maldita —apuntó a su vez Tom sin perder el sentido del humor.
—Ten cuidado con todos ellos—susurró Melissa frunciendo el ceño—Pueden parecer encantadores, pero no dejan de ser parte de ese mundo.
Tom sabía exactamente lo que le quería decir sin palabras. Eran hijos de las mejores familias de Berlín, criados en la idea de que no debían mezclarse con quienes no pertenecían a su clase.
—Deberías haberte quedado con nosotros en el Keller —añadió Tom—Habrías visto con tus propios ojos que en el fondo todos somos iguales.
—Con la diferencia de que algunos están forrados gracias a sus padres, y otros tenemos que ganarnos la vida —replicó Melissa con firmeza—Solo te estoy pidiendo que recuerdes cuál es tu sitio y no te dejes engañar por sus falsas sonrisas.
Tom asintió en silencio y se puso en marcha saliendo del club hacia el embarcadero. A su derecha divisó a Alexander atendiendo una mesa con el ceño fruncido y una expresión de confusión evidente. Parecía no recordar del todo bien lo que le habían pedido.
—¿Era un café corto y otro con leche caliente? —preguntó dudando.
—Un café largo y otro con hielo —corrigió uno de los chicos visiblemente cansado—. ¿Quieres que te lo apunte, Alex?
Tom no pudo evitar sonreír al ver la mirada furiosa que Alexander le dirigía. Sabía que se estaba conteniendo, que no podía permitirse una respuesta grosera sin que David lo supiera y pusiera fin al juego, dejando claro que Alexander no servía ni para un trabajo sencillo.
Siguió su camino saludando con la cabeza a Paul que le interrogó con la mirada señalando a Alexander. Tom solo se encogió de hombros como respuesta y bajó a la playa para reunirse con el resto del grupo que descansaba en las tumbonas con el sol acariciando la superficie del lago y el murmullo lejano de conversaciones dispersas.
Georg y Louise lo recibieron con sonrisas sinceras haciéndole un hueco entre ellos como si su presencia fuera esperada. Bill, como era habitual, permanecía en silencio con la mirada perdida en algún punto indefinido ajeno a la efusividad que lo rodeaba.
Natalie por su parte no podía ocultar su entusiasmo. Estaba encantada de que Tom hubiera aceptado su idea como si aquello confirmara que su influencia seguía intacta. Le dedicó una mirada cómplice y satisfecha.
Gustav, en cambio, no compartía el mismo entusiasmo. Lo observó con escepticismo, frunciendo el ceño.
—Pensé que estabas bromeando —dijo con tono seco— ¿No tienes otro sitio donde estar que no sea aquí, con nosotros?
La pregunta flotó en el aire cargada de una incomodidad que contrastaba con la aparente armonía del grupo. Pero Tom no se inmutó. Se acomodó en la tumbona con calma como si aquel espacio le perteneciera tanto como a los demás.
No necesitaba justificar su presencia.
Al menos no ante Gustav.
—Vamos, Gustav —intervino Natalie con una sonrisa divertida—Solo está siguiendo las reglas del juego. Ahora Alexander es el camarero, y Tom tiene que ocupar su lugar.
Lo dijo como si fuera la cosa más natural del mundo, como si todo estuviera perfectamente orquestado en su mente. Su tono tenía ese matiz encantado de quien ve cumplirse su propia idea, y no podía ocultar el brillo de satisfacción en los ojos.
Gustav sin embargo no parecía convencido. Frunció el ceño y se cruzó los brazos mirando a Tom con recelo, como si aún dudara de sus intenciones o simplemente no le gustara compartir espacio con él.
—Pues si va a hacer de Alexander que saque el talonario y pague una ronda—soltó Gustav con sarcasmo.
La frase cayó como una piedra en el agua, rompiendo el ambiente con su tono punzante. Natalie se limitó a sonreír como si la provocación fuera parte del espectáculo que ella misma había ideado. Louise y Georg no sonreían, el comentario les había parecido de lo más inapropiado.
Y Bill como siempre sin reaccionar. Permanecía en su silencio habitual, observando sin intervenir.
Tom no respondió de inmediato. Se limitó a mirar a Gustav con una mezcla de paciencia y resignación, como si ya supiera que cualquier gesto suyo sería interpretado como una provocación más.
Pero en su interior, la frase le había calado.
Porque aunque fuera una broma, no dejaba de recordarle que en ese grupo todo tenía un precio.
Tom no respondió de inmediato. Se limitó a mirar a Gustav con una mezcla de paciencia y resignación, como si ya supiera que cualquier gesto suyo sería interpretado como una provocación más. Pero en su interior, la frase le había calado. Porque, aunque fuera una broma, no dejaba de recordarle que en ese grupo, todo tenía un precio.
Se acomodó en la tumbona con aparente tranquilidad cruzando una pierna sobre la otra, y dejó que el silencio se asentara unos segundos antes de hablar.
—Si tanto te molesta mi presencia puedo irme a otro sitio —dijo con aparente calma, aunque su voz tenía un filo apenas disimulado—No sé… los baños del club, por ejemplo.
Gustav lo miró con una mezcla de sorpresa y desconfianza, pero Tom no se detuvo ahí.
—¿Has estado alguna vez en ellos, Gustav?—preguntó mirándole fijamente—Son pequeños, bastante íntimos aunque no están insonorizados. Y a veces se escuchan cosas que no se olvidan jamás.
Gustav lo miró de reojo poniéndose tenso de repente, mientras que Natalie se incorporaba ligeramente divertida por el giro inesperado. Louise y Georg intercambiaron miradas, incómodos pero atentos. Bill, como siempre, permanecía en su mundo, aunque sus dedos se tensaron sobre el brazo de la tumbona.
Tom no añadió nada más. Su tono había sido lo suficientemente ambiguo como para no acusar directamente, pero también lo bastante claro como para que Gustav entendiera que no se trataba de una simple observación.
Era una advertencia. Una revelación velada. Y sobre todo, una forma de recordarle que no todo lo que ocurría en la oscuridad quedaba oculto.
—A veces el eco engaña —respondió Gustav al cabo de unos segundos con una sonrisa forzada—Uno cree oír cosas que no están pasando.
—Puede ser —concedió Tom sin apartar de él la mirada—Aunque hay ecos que no se olvidan tan fácilmente.
El ambiente se tensó por un instante, como si el sol hubiera perdido parte de su calidez. Bill seguía en silencio, pero sus ojos se movieron brevemente entre Tom y Gustav, captando el cambio sutil en la atmósfera.
Natalie, por supuesto, disfrutaba cada segundo del intercambio.
—¿Alguien se anima a darse un baño?—intervino Georg, con tono conciliador, consciente de que era el momento perfecto para calmar las aguas.
Louise no lo pensó dos veces. Se incorporó con gracia y dejó caer su vestido blanco sobre la tumbona, revelando un bikini de flores amarillas que resaltaba cada curva de su cuerpo con natural elegancia. Tom no pudo evitar fijarse en ella, y en cómo su conjunto combinaba perfectamente con el de Georg, como si fueran una pareja sacada de una postal veraniega.
—¿Tom, te vienes? —insistió Georg mirándole fijamente.
Quería sacarlo de allí antes de que Gustav volviera a provocar algo que sabía que iba a terminar mal. Sabía que si le dejaba a solas con él tendría otra pelea en su segundo día de trabajo y esa vez David no sería tan comprensivo.
Tom captó el mensaje al instante. Asintió con discreción, se descalzó y se puso en pie. Se quitó la camiseta con lentitud sin intención de impresionar pero su cuerpo bien formado no pasó desapercibido. Natalie lo observaba con deleite incapaz de apartar la vista de su pecho musculoso, como si cada movimiento fuera parte de un espectáculo privado.
Y no era la única. Detrás de sus gafas de sol, los ojos de Bill estaban fijos en él. Algo en su expresión cambió, como si el calor del ambiente se hubiera vuelto más intenso de repente. Sintió que la garganta se le secaba y casi sin pensar se llevó el vaso de agua a los labios buscando alivio en medio de una sensación que no sabía cómo nombrar.
Tom se puso en marcha, siguiendo los pasos de Louise y Georg, que caminaban cogidos de la mano con una naturalidad que parecía ensayada. Tras él Natalie se quedó suspirando con los ojos clavados en su espalda como si fuera una escena sacada de una película que no quería que terminara.
Bill estaba en la misma situación, aunque mucho más discreto oculto tras sus gafas de sol.
Y Gustav le miraba también pero con el rostro endurecido por la humillación, sintiendo cómo la rabia le subía por dentro como una ola que no podía contener.
—Me voy a dar un paseo —murmuró poniéndose en pie con brusquedad.
—¿Vas al baño? —saltó Natalie con una sonrisa afilada.
No había captado del todo la insinuación que Tom había hecho minutos antes, pero al ver la reacción de Gustav no dudó en lanzar su propia indirecta, sabiendo que iba a golpear justo donde más dolía.
Gustav se detuvo un segundo como si la frase le hubiera cortado el paso. No respondió. Solo la miró con una mezcla de desprecio y advertencia, y luego se alejó con pasos tensos, dejando tras de sí un silencio incómodo que contrastaba con la brisa ligera del lago.
Natalie se recostó de nuevo satisfecha.
No necesitaba entenderlo todo para saber cuándo había ganado un punto.
&
La bandeja parecía tener vida propia.
Alexander la sostenía con rigidez como si temiera que cualquier movimiento pudiera desencadenar un desastre. Los vasos tintineaban con cada paso, y su ceño fruncido revelaba que no estaba disfrutando precisamente del reto. Paul trabajaba con él en la playa y cada vez que le veía pasar con la bandeja temblando entre sus manos no podía evitar mirarle con una mezcla de paciencia y diversión.
Igual que Melissa cada vez que iba a la barra a por una nueva consumición que cogía con manos temblorosas.
—Relájate —le pidió Melissa mientras colocaba unas bebidas sobre la barra—No estás transportando dinamita.
Alexander no respondió, pero sus hombros se aflojaron apenas un poco.
A medida que pasaban los minutos empezó a encontrar un ritmo. Aprendió a esquivar sombrillas, a sonreír sin parecer forzado y a recordar los pedidos sin tener que hacer que se los repitieran tres veces. Incluso muchos de los clientes, algunos de los cuales eran amigos suyos, empezaban a mirarlo con curiosidad como si no esperaran que con lo altivo que era se pudiera desenvolver con tanta soltura.
Fue entonces cuando Andreas apareció caminando por el embarcadero cargando una montaña de toallas usadas entre sus brazos. Al ver a Alexander con la bandeja entre sus manos se detuvo sorprendido.
— ¿Se puede saber qué demonios estás haciendo?—soltó sin poderse contener.
Alexander giró la cabeza sin perder la compostura.
—Sustituyendo a Tom, ¿no lo ves?—respondió con tono firme.
— ¿Está indispuesto?—preguntó Andreas con preocupación.
—Ha sido una especie de apuesta entre Natalie y yo—explicó Alexander por encima—Yo estoy haciendo su trabajo y él está tomando el sol tan cómodamente sentado en mi tumbona.
Alexander señaló con la cabeza hacia las tumbonas al tiempo que hablaba. Desde allí se veía claramente a Tom con aire relajado riendo junto a Georg y Louise. Natalie gesticulaba con entusiasmo, y Bill permanecía en su silencio habitual, observando todo desde detrás de sus gafas de sol.
—Tranquilo, que David está de acuerdo—dijo Alexander para tranquilizarle—Y ahora si me disculpas, la bandeja pesa y mis clientes están esperando.
Andreas se echó a un lado y le dejó pasar observando que se movía con seguridad como si hubiera estado llevando una bandeja en sus manos toda la vida.
—No se te da tan mal como me esperaba —comentó Andreas sin poder contenerse.
Alexander sonrió al escucharle sin interrumpir sus pasos. Por primera vez en mucho tiempo sentía que estaba haciendo algo útil. Y aunque el trabajo no era glamuroso, había algo en esa rutina que le daba una extraña sensación de control.
Como si por unas horas pudiera demostrar que no todo en su vida era caos y contradicción.
Alexander dejó las consumiciones en la mesa de los chicos que esperaban en la playa, con una sonrisa que ya no parecía forzada. El sol le golpeaba la nuca, pero no le molestaba. Se sentía útil, casi parte de algo.
Al entrar de nuevo al club el murmullo del ambiente lo envolvió como una ola cálida. Se acercó a la barra para recoger un nuevo pedido descubrió a Gustav allí sentado con los codos apoyados y la mirada clavada en el vaso medio vacío frente a él.
Se acercó a él dejó la bandeja sobre la barra esperando que Melissa terminara de atender y le hiciera caso.
—Tom está en las tumbonas con los demás—explicó Gustav sin levantar la vista—Yo paso de compartir mi tiempo con él.
Alexander frunció el ceño al escucharlo pero no podía hacer nada por evitar esa situación, era parte del trato que había aceptado en ese estúpido juego de Natalie. Gustav alzó la cabeza y se le quedó mirando con una expresión que mezclaba hastío y algo más difícil de descifrar.
—¿Podemos hablar un momento a solas?—preguntó en voz baja.
Alexander dudó por unos segundos pero finalmente asintió con la cabeza. Melissa aún no había terminado de preparar uno de los pedidos de Paul y en ese momento entraron más clientes que se sentaron en la barra esperando a ser atendidos por Christine que una vez más compartía turno en la barra con Melissa.
Se apartaron de la barra y fueron a un rincón del club donde la luz era más tenue y las voces no llegaban con claridad.
—Tom sabe lo del baño del Keller—soltó Gustav sin rodeos.
Alexander se quedó inmóvil. No era una pregunta, ni una suposición. Era una afirmación cargada de peso.
—¿Y tú qué le has dicho?—preguntó con la voz tensa.
—Nada—contesto Gustav con rapidez—Tom solo lo insinuó, lo dejó caer delante de los demás que por suerte no se dieron cuenta a lo que se estaba refiriendo.
Alexander se pasó la mano por la nuca, visiblemente incómodo.
—Ya sabíamos que había estado en el baño y nos pudo escuchar—explicó en un susurro Gustav—Y lo está usando. No directamente, claro pero sus palabras y su tono… Me está diciendo que lo sabe y seguro que piensa utilizarlo cuando más le convenga.
Alexander apretó los labios. El eco de aquella noche en el Keller volvía como una sombra alargada. No era solo el recuerdo, era la amenaza de que todo saliera a la luz.
—¿Y Bill sospecha algo? —preguntó en voz baja.
—No y Natalie tampoco—respondió Gustav—. Pero si Tom sigue jugando así, no tardarán en descubrirlo y yo no puedo hacerle eso a Natalie.
Alexander se quedó en silencio, mirando hacia la playa donde Tom estaría tomando el sol entre risas con los demás. Podía verle desde donde estaba, cómodamente recostado en su tumbona como si era algo que hiciera todos los días, como si nada en el mundo pudiera tocarle.
Pero Alexander sabía que sí podía.
Que Tom tenía una carta que aún no había jugado del todo.
—Tenemos que hablar con él —dijo Alexander con firmeza.
—¿Para qué?—replicó Gustav—¿Para rogarle que no cuente nada? Querrá algo a cambio, dinero seguramente.
«Como Víctor»—no pudo evitar pensar Gustav.
Otro que también sabía su secreto y que le había chantajeado con más sutileza. Solo que Víctor era mucho más discreto, él también tenía un secreto que mantener bien oculto. Una sola palabra de Gustav y sería despedido del club por prostitución arrastrando a su madre con él de paso para evitar escándalos.
—Hablaremos con Tom para recordarle que no todo se puede usar como arma—dijo Alexander con firmeza—Y que si quiere jugar sucio, nosotros también sabemos cómo hacerlo. Y mucho mejor que él.
Gustav se quedó en silencio pensando en sus palabras. No era una alianza, pero sí una tregua. Una de esas que se hacen cuando el enemigo común es más peligroso que las diferencias personales.
Pero por otro lado… ¿qué sentido tenía remover lo pasado? Tom lo había soltado son sutileza debido a una provocación suya, si no hubiera abierto la boca seguiría en silencio sin decir nada. Y quizás deberían hacer eso, no hurgar en la herida.
—Mejor no digamos nada de momento—murmuró Gustav—Veamos como se comporta y si no dice nada más estamos a salvo. Pero si vuelve con sus indirectas le dejamos claro quienes son los que mandan.
Alexander asintió con lentitud, sin apartar la vista de Gustav.
—Está bien —cedió en voz baja—Pero si vuelve a insinuar algo, no pienso quedarme callado.
Dieron la conversación por finalizada y regresaron a la barra donde Alexander le pidió a Melissa su siguiente encargo y esperó a que se lo preparara. Gustav cogió de nuevo su bebida y se la terminó de un trago dejando el vaso sobre la barra con un golpe seco.
—Tom juega a ser sutil, pero no sabe con quién se está metiendo —murmuró con un tono más frío—Si quiere guerra, la va a tener.
Alexander se apoyó en la barra fingiendo indiferencia aunque por dentro sentía cómo la tensión le recorría el cuerpo. No era solo por Tom. Era por todo lo que estaba en juego.
Era por Bill.
Y por esa sensación de que cada paso que daba podía desencadenar algo más grande.
—¿Te preocupa que Bill se entere?—preguntó Gustav de repente— ¿Qué Tom diga algo delante de él y termine atando cabos?
Alexander bajó la mirada. El miedo a perder a Bill se mezclaba con la rabia de sentirse expuesto. Lo del baño del Keller había sido un error que no debería volverse a repetir. Pero Tom lo había convertido en una amenaza constante.
—Llevo tiempo engañándole y nunca jamás ha sospechado nada—contestó sonriendo a medias—Pero Tom es diferente, sé que le gusta Bill y quiere hacerle suyo a toda costa, lo veo en sus ojos cada vez que lo mira. Que lo intente, nunca podrá conseguirlo. Y más le vale no decir nada, no le conviene.
—A Tom no le importa lo que le convenga—dijo Gustav mirándolo de reojo— Es como tú, solo le importa lo que le divierte y si hacer pierdas el control es su pasatiempo favorito y lo va a seguir haciendo sin importarle las consecuencias.
Alexander apretó los puños sobre la barra. La bandeja que había dejado a un lado parecía en esos momentos más pesada que nunca, como si cargara con algo más que vasos y copas.
—Entonces que se prepare —murmuró con rabia—Porque si vuelve a jugar con fuego, esta vez se va a quemar.
Gustav sonrió levemente con una expresión que no era del todo aprobación, pero sí complicidad.
—Eso es lo que quería escuchar—dijo muy satisfecho—Te dejo que sigas trabajando, yo iré a la playa a tratar de descansar mientras.
Dio media vuelta y se alejó de la barra dejando a Alexander sumido en sus pensamientos mientras planeaba su venganza.
Continúa…
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