Incomplete 25

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Fic TOLL de lyra

Capítulo 25

El sol comenzaba a descender tiñendo el cielo de tonos dorados mientras el grupo regresaba poco a poco a las tumbonas. Tom y Georg se reunieron con Bill y Louise que les esperaban recostados cada uno en su tumbona envueltos en esa calma que solo se encuentra después de una tarde intensa. Peter decidió quedarse con ellos y pedir algo fresco para beber justo cuando Gustav y Natalie se acercaban también aún con el cabello mojado y las mejillas encendidas por el juego.

Se dejaron caer en las tumbonas, aún con el cuerpo vibrando por la energía del juego. Al divisar a Alexander en la distancia Natalie alzó una mano con su impecable manicura y lo llamó con una sonrisa amplia casi desafiante. Él se acercó con el ceño fruncido y ella supo que no podía dejar pasar la oportunidad.

—Estamos sedientos —dijo con tono juguetón—Queremos algo bien fresco. ¿Qué nos recomiendas de la carta?

Alexander la miró con una mezcla de incredulidad y fastidio. No tenía ni idea de lo que se ofrecía exactamente y nadie le había hecho una pregunta así antes. Pero Natalie parecía disfrutar al máximo del juego y él sabía que no podía permitirse perder el control, menos cuando había logrado llegar tan lejos.

—Rose ha hecho limonada casera—contestó Tom por Alexander

Alexander lo miró de reojo sin saber si agradecerle o fulminarlo con la mirada también. Pero su contestación había servido para aliviar un poco la tensión y Natalie asintió encantada con la idea.

—Perfecto. Que sea limonada entonces—dijo Natalie acomodándose en su tumbona—Y que venga con hielo… mucho hielo.

Todos asintieron con la cabeza conforme y Alexander dio media vuelta para ir a la barra a por el encargo, siendo parado de nuevo por el camino por otro grupo que también querían pedir algo.

—No deberías provocarlo tanto —dijo Tom de repente dirigiéndose a Natalie.

—¿Y por qué no?—replicó ella, divertida—Con lo divertido que es.

—Ten en cuenta que él va a traerte la bebida—empezó a decir Tom—Y si sigues pinchándole, quién sabe cómo podría vengarse.

Natalie se le quedó mirando en silencio procesando sus palabras.

—¿Vengarse?—repitió alzando una ceja—¿Cómo exactamente?

Tom sonrió con malicia recostándose en su tumbona.

—Bueno cuando un cliente se pone demasiado pesado a los camareros siempre se nos pasa por la cabeza algunas ideas—murmuró encogiéndose de hombros fingiendo inocencia—Desde echarle sal al café hasta cosas menos agradables como escupir en su bebida.

La expresión de Natalie se congeló por un segundo entre la incredulidad y el horror, mientras los demás estallaban en carcajadas incluido Bill. Nadie sabía con certeza si Tom hablaba en serio o simplemente estaba bromeando, pero lo que sí quedó claro era que Natalie no iba a probar ni una gota de su limonada.

Mientras esperaban el regreso de Alexander con las bebidas comenzaron a hacer planes sobre qué hacer esa noche. Peter ya tenía una propuesta en mente que despertó el entusiasmo general.

—Helen y yo hemos quedado con unos amigos para tomar algo aquí después de cenar —explicó con naturalidad—Luego iremos al camping a encender una hoguera y seguir la fiesta sin tantas normas ni restricciones.

Todos entendieron al instante a qué se refería. En el club, el alcohol estaba fuera del alcance para ellos, pero en una fiesta improvisada bajo las estrellas, nadie les impediría divertirse a su manera.

—Me parece un plan perfecto —dijo Georg estirándose con aire satisfecho—Después de lo de esta tarde, nos lo hemos ganado.

—¿Te apuntas, Tom? —preguntó Peter lanzándole una mirada cómplice.

—Por supuesto —respondió Tom sin pensarlo sintiendo que cada vez encajaba más en el grupo.

—Invita también a tus amigos —añadió Louise—Que vengan Andreas, Víctor y Melissa. Y si alguien más quiere apuntarse será bienvenido.

Peter asintió con la cabeza sin dudar al igual que Georg. Solo Gustav parecía menos convencido. La idea de compartir otra noche de fiesta con los camareros del club no encajaba del todo con su concepto de diversión.

Natalie, al igual que Bill, permanecía en silencio. Aunque en su caso, el motivo era otro, seguía dándole vueltas a la posibilidad de que Alexander pudiera añadir algún «ingrediente extra» a su limonada.

La duda la mantenía alerta y sabía que cuando regresara con las bebidas su copa se mantendría intacta sobre la mesa aunque se estaba muriendo de sed.

Justo entonces, Alexander regresó con la bandeja cargada de limonadas, cada una servida en copas altas rebosantes de hielo. Su rostro, aunque intentaba mantener la compostura, dejaba entrever el agotamiento acumulado. En su interior estaba deseando que se terminara de una vez el maldito juego y todo volviera a la normalidad. El volvería a ocupar el sitio que le correspondía allí entre las tumbona y Tom regresara a su papel de eficiente y discreto camarero.

A regañadientes, Alexander tuvo que admitir que no era tan fácil como parecía desde fuera. El ritmo, la exigencia, la atención constante… Tom y los demás camareros se estaban ganando cada céntimo con mucho esfuerzo, y él lo había al fin entendido esa tarde.

Aunque no lo dijera en voz alta, empezaba a comprender que detrás de cada sonrisa servida había horas de trabajo que no se veían.

—Aquí tenéis lo que habéis pedido—murmuró dejando las copas sobre la mesa con precisión—¿Algo más?

—Sí —intervino Peter con una sonrisa—Que te sientes un rato con nosotros y te tomes algo.

Estaba al tanto del pequeño juego que él y Tom habían ideado, y aunque al principio le pareció una broma estupenda en esos momentos lo veía con otros ojos. Sabía que su amigo estaba agotado después de pasarse toda la tarde recorriendo de arriba abajo la playa del lago con aquella bandeja que parecía pesar más con cada pedido.

—Todavía no he terminado mi turno —resopló Alexander secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano—Pero más tarde cuando acabe me apunto a esa copa.

—Hemos quedado con Peter y sus amigos aquí en el club después de cenar—explicó Georg—Y luego iremos al camping a encender una hoguera y seguir la fiesta sin reglas ni horarios.

Alexander asintió con un gesto breve, como quien toma nota mental de una promesa. Luego se giró para seguir con su trabajo mientras el grupo volvía a sumergirse en su burbuja de risas y planes para la noche brindando con sus copas recién servidas, excepto Natalie. Ella tomó la suya con delicadeza, la observó durante unos segundos y luego dirigió una mirada fija a la copa que sostenía Gustav.

—Cámbiamela —ordenó con voz firme sin dejar lugar a discusión.

Gustav la miró con una amplia sonrisa sabiendo que le estaba hablando muy en serio y no era otra de sus excentricidades.

—¿Qué pasa? ¿No te fías de Alexander?—preguntó alzando una ceja.

—Yo de ese no me fío ni estando dormida—murmuró Natalie aún esperando a que Gustav obedeciera.

Gustav soltó una carcajada pero al ver que Natalie no apartaba la mirada de su copa comprendió que hablaba completamente en serio. Con un suspiro teatral, le tendió su bebida como si estuviera entregando un trofeo.

—Aquí tienes, reina paranoica—bromeó, aunque en el fondo le divertía verla tan determinada

Louise soltó una risita intentando disimular detrás de su copa mientras que Tom se recostaba en su tumbona con una sonrisa traviesa.

— ¿Y si Alexander ya se imaginaba que ibas a querer cambiar la copa con Gustav y fue precisamente en esa en la que escupió?—soltó sin poder contenerse.

Natalie lo fulminó con la mirada, la copa suspendida a medio camino entre sus labios y la mesa. Por un instante, todos contuvieron la respiración hasta que ella la volvió a dejar suavemente sobre la mesa como si fuera una bomba desactivada.

Se cruzó de brazos observando con expresión indescifrable cómo Louise hablaba en voz baja con Bill. Él, distraído, tomó su copa y bebió un sorbo de limonada sin prestar demasiada atención al entorno.

—Claro, tú si que puedes beber tranquilamente—soltó Natalie al ver su gesto—Con la de cosas que te habrás tragado procedentes de Alexander.

La frase se clavó en el aire como una daga. El silencio que siguió fue inmediato, denso e incómodo. Bill sintió cómo el calor le subía por el cuello hasta las orejas, y deseó que la tierra se lo tragara. Louise giró el rostro hacia Natalie con una mirada que podría haber encendido fuego, mientras Tom no pudo evitar mirar discretamente a Gustav con una expresión inquisitiva, como si intentara confirmar una sospecha sin palabras.

«¿Y tú no?»—quería saber en silencio con una amplia sonrisa en la cara.

Gustav bajó la mirada incómodo porque casi podía saber con exactitud lo que estaba pensando Tom. Cuántas veces y qué cosas que al igual que Bill se había tragado procedentes de Alexander con una amplia sonrisa en los labios.

—Natalie, cuando quieres puedes ser realmente desagradable—resopló Peter rompiendo el silencio.

—Eso ha sido innecesario —añadió Georg, con el ceño fruncido.

Bill se incorporó ligeramente, clavando los ojos en Natalie con una calma que contrastaba con el temblor que sentía por dentro.

—No importa—dijo con voz firme—Lo que pasa es que estás celosa. Y como no sabes cómo manejar la situación, prefieres atacar como siempre haces para no admitir delante de todos lo que realmente eres. Una miserable.

El grupo se quedó en silencio, no por falta de palabras sino porque era la primera vez que veían a Bill responder a una ironía de Natalie sacando toda la rabia que llevaba dentro.

Incluso la miraba fijamente a la cara como si pudiera atravesarla con su mirada mientras que por su cabeza pasaba lo que realmente pensaba de ella y por educación y para no herirla callaba.

«Estás celosa de algo que nunca tuviste. Porque por más que lo has intentado y por más que finges que no te importa, nunca has podido aceptar que yo jamás te iba a elegir. No porque no fueras suficiente para mi sino porque nunca fuiste lo que yo buscaba. Y eso querida Natalie, es lo que realmente te destroza»

Natalie apretó los labios, pero no quiso responder. Por primera vez en mucho tiempo, parecía no tener una réplica lista. Lo único que hizo fue levantarse con decisión de la tumbona para hacer como si las palabras de Bill no hubieran sido pronunciadas nunca y seguir con la broma de la limonada que Alexander les había servido.

—Me voy a pedir la barra y que me sirvan otra limonada delante de mis propios ojos—murmuró dando media vuelta—No me fío ni un pelo, a partir de ahora todo lo que vaya a beber quiero ver cómo lo preparan, desde el hielo hasta la última gota.

Todos estallaron en carcajadas sin poder evitarlo rompiendo el tenso silencio de segundos antes mientras que Natalie echaba a andar hacia el club con paso firme dejando su limonada sobre la mesa intacta, brillando bajo la luz dorada del atardecer como un símbolo de su desconfianza… y del humor retorcido de Tom que cogiendo su copa en alto brindó con los demás terminándosela de un trago.

El ambiente era ligero, casi mágico, como si ese día no se quisiera terminar nunca. Y mientras las risas volvían a llenar el ambiente empezó a pensar que quizás ese verano le iba a cambiar la vida sin que él pudiera hacer nada por impedirlo.

&

Después de dejar las limonadas sobre la mesa viendo con extrañeza que Natalie se mantenía callada y no soltaba una de sus habituales frases venenosas, Alexander se giró sin decir nada y volvió a su rutina. El sol seguía bajando pero él sentía que la jornada estaba lejos de terminar. Mientras cruzaba el embarcadero rumbo a la zona de servicio, escuchó su nombre resonar con firmeza

—¡Alexander!

Era Paul, su compañero de turno que le llamaba desde la caseta de mantenimiento con una expresión que no prometía nada bueno. Alexander se acercó con paso firme intentando no mostrar el cansancio que ya se le colaba por los hombros.

—David quiere que limpies una de las lanchas—informó Paul yendo directo al grano—La que está al fondo a la derecha.

Alexander frunció el ceño pero no dijo nada protestó. Sabía que parte del trabajo de los camareros era la revisión y mantenimiento de las lanchas que se alquilaban, y si el encargo venía directamente de David no podía negarse a cumplirlo.

—En la caseta tienes cubos, bayetas y una fregona—explicó Paul—Esto te llevará media hora, al parecer uno de los clientes…se ha mareado y la ha dejado perdida.

Alexander maldijo al escucharlo y estaba ya a punto de negarse a realizar esa tarea cuando Paul habló de nuevo sin poder evitar lucir una amplia sonrisa en la cara. Estaba disfrutando mucho del momento.

—Y cuando termines David quiere que le vayas a ver al despacho—añadió Paul—Dice que tiene que hablar contigo.

Alexander asintió sin decir palabra. El calor, el trabajo acumulado, las bromas de sus amigos y luego eso… Todo se le estaba haciendo cuesta arriba. Pero si algo había que estaba aprendiendo esa tarde era que en el club no se sobrevivía con quejas, sino con resistencia.

Le entregó a Paul su bandeja y entró en la caseta a coger todo el material que iba a necesitar para dejar reluciente la lancha sin poder dejar de pensar en qué era lo que le querría decir David. Intentaba convencerse de que sería algo rutinario, pero no podía evitar que una ligera inquietud se le instalara en el pecho.

Quizás había cometido un error imperdonable. O tal vez alguien había presentado una queja ya fuera real o inventada que pendía en esos momentos sobre él como una amenaza silenciosa.

Y el trabajo de David era informar directamente a Jörg Kaulitz.

Bastaba una nueva decepción para que Jörg hiciera todo lo posible por alejarlo de Bill, como ya le había dejado bien claro la noche anterior.

Y Alexander no podía permitirse que eso ocurriera.

Bill era su escudo y su tapadera.

Lo necesitaba cerca, no solo para satisfacer sus deseos cuando la necesidad lo arrastraba, sino también para cubrirle las espaldas cada vez que sus padres intentaban reconducirlo por ese camino recto que él había abandonado hacía tiempo sin culpa ni arrepentimiento.

Sabía que estaba al límite, que cada paso podía ser el que lo delatara. Pero mientras Bill estuviera a su lado ayudándole a mantener esa fachada intacta, aún tenía margen para moverse en las sombras.

Y mientras se dirigía a limpiar la lancha tal y como David como le habían ordenado, sentía que algo se estaba gestando.

Algo que podía cambiar el equilibrio que había logrado mantener con tanto esfuerzo.

Llegó a la lancha y estuvo a punto de dar media vuelta al ver en el estado en el que estaba. Pero sabía que era la última prueba a la que tenía que enfrentarse para demostrar a todo el mundo que era una persona totalmente diferente de lo que se pensaba.

Cogió aire profundamente y se subió a la lancha. El olor era insoportable cuando se inclinó con la bayeta empapada en desinfectante intentando no pensar demasiado en lo que estaba limpiando. Cada vez que el trapo rozaba la lancha una arcada le sacudía el cuerpo. El calor, el cansancio y el asco se mezclaban en una tormenta que le hacía sudar más de lo que ya estaba. A su alrededor el lago parecía ajeno a su miseria brillando tranquilamente mientras que los últimos rayos del sol se deslizaban sobre la superficie como si nada hubiera pasado.

Cuando por fin terminó tiró la bayeta y los guantes al cubo con un gesto de derrota y dejó de nuevo todo donde estaba en la caseta. Se dirigió al club y fue directamente al despacho de David que sabía de antemano que estaba al fondo del almacén sintiendo que necesitaba darse un baño con urgencia al sentir la camiseta totalmente pegada a su cuerpo de todo lo que había sudado en esa maldita tarde.

Llegó al despacho y llamó con suavidad a la puerta. David lo recibió con una sonrisa breve al abrirle y le indicó que entrara y tomara asiento.

—Tengo que reconocer que hoy has hecho un buen trabajo—empezó a decir David—Al principio te ha costado un poco pero luego te has desenvuelto con soltura e incluso te he visto en más de una ocasión disfrutando mientras atendías a los clientes y charlabas con ellos animadamente.

Alexander tuvo que darle la razón, se había dejado llevar dejando a un lado su orgullo y tenía que aceptar que no se lo había pasado del todo mal.

—Tu turno ya ha terminado y puedes marcharte—dijo David para alegría suya—Y ahí tienes tu parte de las propinas que como verás han sido más que generosas.

Alexander asintió sin decir nada viendo como David sacaba un fajo de billetes del bolsillo y se lo tendía.

—Toma, te lo has ganado con creces—murmuró agitando el dinero ante sus ojos.

Alexander los miró durante unos segundos tentado de coger el dinero, pero sin pensarlo demasiado negó con la cabeza para sorpresa de David.

—Dáselo a Tom y a los demás camareros—dijo con voz firme—Ellos se lo merecen más que yo.

David no se esperara ese gesto suyo, nunca jamás se le habría pasado por la cabeza el pensar que Alexander pudiera rebajarse y dejar a un lado todo ese orgullo que le carcomía por dentro en más de una ocasión.

—¿Seguro?—insistió por última vez.

Alexander asintió con la cabeza.

—Hoy he aprendido que esto no es tan fácil como parece—dijo con firmeza—El ritmo, la presión, las exigencias… no es solo servir copas. Es aguantar miradas, bromas y silencios incómodos. Es estar ahí sin perder la sonrisa en ningún momento aunque se sientan rotos o vacíos por dentro. Y ellos lo hacen cada día, yo solo estuve unas horas.

David lo miró en silencio por unos segundos, luego asintió con respeto.

—Está bien—murmuró guardándose de nuevo el dinero—Lo tendré en cuenta.

Alexander se giró para marcharse, pero antes de salir del despacho se detuvo un instante.

—Gracias por permitirme vivirlo desde dentro —murmuró sin volverse—Me hacía más falta de lo que me imaginaba.

Y sin esperar respuesta, salió al pasillo con paso lento, sintiendo que algo dentro de él había cambiado. No sabía si era respeto, humildad o simplemente cansancio.

Pero por primera vez en mucho tiempo, no se sentía el centro de nada.

Solo una pieza más en un engranaje que funcionaba gracias al esfuerzo de muchos.

&

En las tumbonas el ambiente era de lo más tranquilo, compartiendo confidencias y risas. Natalie había regresado con una nueva limonada esta vez servida ante sus ojos y la tomaba con calma saboreando cada sorbo como si fuera una declaración de principios. A su alrededor, el grupo hablaba animadamente sobre la hoguera que planeaban encender esa noche en el camping.

—Podríamos llevar sacos de dormir —sugirió Georg estirándose con aire soñador—Pasaremos la noche bajo las estrellas disfrutando de la compañía y contando historias de miedo.

La idea fue recibida con entusiasmo. Louise ya hablaba emocionada sobre qué música llevar para crear el ambiente perfecto, mientras Gustav con una sonrisa traviesa sugería juegos «con consecuencias», como una partida de cartas en la que cada derrota implicara perder una prenda. Las risas no tardaron en estallar aunque Natalie seguía fiel a su estilo y no dejaba de quejarse por tener que dormir sobre el suelo, recordando a todos que en su casa tenía la mejor cama que existía en el mundo y que no pensaba renunciar a ella por una noche de postureo campestre.

Bill por su parte escuchaba todo con una sonrisa tranquila, como si por fin el día empezara a tener sentido.

Fue entonces cuando Alexander regresó. Su camiseta aún mostraba rastros del esfuerzo, pero su expresión era distinta. Más serena y más humana.

—Ha terminado mi turno —anunció dejándose caer en una tumbona.

Tom se incorporó al instante como si esa frase hubiera activado un resorte en él.

—Entonces yo también he terminado mi parte del trato —dijo con firmeza—Es hora de que me convierta en calabaza, que vuelva a ser un camarero más del club.

Pero la voz de Alexander lo detuvo inesperadamente.

—Quédate—pidió con firmeza para sorpresa de todos—Por una tarde, te has ganado ser uno más de nosotros.

Tom se quedó quieto donde estaba desconcertado. No por las palabras, sino por el tono. No había sarcasmo, ni superioridad. Solo reconocimiento. Y eso viniendo de Alexander era casi un milagro.

Antes de que pudiera replicar Alexander se puso en pie y se quitó la sudada camiseta dejándola caer sobre la arena antes de volverse y mirar fijamente a Bill.

—Necesito refrescarme en el lago—dijo con una sonrisa—¿Me acompañas?

Bill asintió con la cabeza y se levantó encantado como si hubiera estado esperando esa invitación todo el día. Se cogió de su mano y juntos echaron a andar hacia el lago mientras que los demás seguían haciendo planes para esa mágica noche.

Pero Tom no prestaba atención alguna, se había quedado de pie sin poder apartar los ojos de la pareja que caminaba por la orilla y entraba al agua con lentitud. Alexander se zambulló por unos segundos para luego salir del agua con una amplia sonrisa antes de abrazarse con fuerza a Bill y apoderarse de sus labios.

El beso fue breve, pero suficiente para que Tom sintiera cómo algo dentro de él se deshacía.

Natalie se levantó de su tumbona y se le acercó con paso lento y llevando su limonada en una mano.

—Duele, ¿verdad? —susurró Natalie, con esa suavidad punzante que solo ella sabía usar— Ver a Bill en brazos de otro..

Tom no respondió de inmediato. Se quedó inmóvil, como si las palabras se le hubieran clavado en la espalda. Luego giró apenas el rostro hacia ella, sin apartar la vista del lago donde las siluetas de Bill y Alexander se fundían con el reflejo del atardecer.

—Dímelo tú —murmuró con voz contenida—Tú llevas más tiempo acostumbrándote al dolor de ver que Bill está cada vez más lejos de tu alcance.

Porque todo ese tiempo que llevaba conociendo a Bill y su pandilla, Tom había percibido esa tensión invisible entre ambos. A veces Natalie lo atacaba con sarcasmos afilados, sobre todo cuando se trataba de su relación con Alexander. Otras, lo observaba en silencio, con una luz temblorosa en los ojos.

Como si esperara que de pronto Bill se diera cuenta de todo y entendiera cuánto lo amaba.

Que dejara a Alexander y eligiera compartir el resto de su vida con ella.

Pero Bill nunca lo haría.

Y Natalie, pese a todo, seguía esperando.

Natalie no pudo replicar a sus palabras. Solo bajó la mirada avergonzada, como si por primera vez alguien hubiera dicho en voz alta lo que ella llevaba tiempo intentando ocultar.

El sol comenzaba a esconderse detrás de los árboles, tiñendo el cielo de tonos cálidos. Y mientras las primeras estrellas asomaban tímidas, el grupo seguía allí, cada uno con sus pensamientos, sus deseos y sus heridas.

Porque esa noche, más que ninguna otra, prometía ser inolvidable.

Continúa… 

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por lyra

Escritora del Fandom

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