Incomplete 34

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Fic TOLL de lyra

Capítulo 34

La galería aún olía a vino derramado y perfume caro cuando Tom se pasó la mano por la nuca agotado. Las luces tenues dejaban sombras alargadas sobre las paredes, y los camareros, ya sin chaquetas ni sonrisas, recogían copas vacías, platos usados y servilletas arrugadas con una eficiencia silenciosa. David con las mangas remangadas se movía entre ellos como un capitán en plena retirada.

—¿Puedes encargarte de los centros de mesa? —le pidió a Tom sin mirarle, concentrado en apilar bandejas.

Tom asintió y se acercó a una de las mesas, donde las flores comenzaban a marchitarse bajo el calor de los focos. Mientras retiraba los jarrones, no pudo evitar mirar hacia la puerta por donde Bill había desaparecido horas antes. Algo en su pecho se apretó, pero lo ignoró. No era momento para pensar en lo que no había pasado y nunca pasaría.

—¿Todo bien? —preguntó David al notar su distracción.

—Sí, solo estoy cansado —respondió Tom forzando una sonrisa.

David lo observó un segundo más de lo necesario, como si pudiera leer entre líneas, pero no dijo nada. En cambio, se acercó con una caja de cartón y empezó ayudarle a guardar los restos de la decoración.

—Es una pena tirar las flores—comentó Melissa echándoles una mano.

—Podéis coger lo que queráis—dijo David—Y las bandejas con los canapés que no se han servido, llevárosla para la cena.

—Cuando terminemos de recogerlo todo—murmuró Tom suspirando.

Tom se agachó para recoger una servilleta arrugada que había quedado bajo una de las mesas mientras Melissa empezaba a separar las flores que aún conservaban algo de frescura. Había lirios, rosas y algunas peonías que pese al calor de los focos seguían luciendo orgullosas entre los restos de copas vacías.

—Estas aún aguantan —dijo ella, haciendo un pequeño ramo improvisado—Me las llevo para mi bungalow, así al menos no se pierden del todo.

David sonrió mientras cargaba una bandeja con copas hacia la cocina improvisada en la parte trasera de la galería.

—Si no fuera por vosotros, esto sería un campo de batalla —comentó, dejando escapar un bostezo.

Tom se apoyó en el borde de una mesa, observando cómo el espacio que horas antes había sido un escenario de luces, música y secretos, ahora se transformaba en un lugar casi íntimo, donde solo quedaban los que realmente habían estado presentes.

—¿Sabes qué es lo peor? —dijo de pronto Melissa—Que después de todo lo que ha pasado esta noche, siento que nada ha cambiado. Que seguimos recogiendo los mismos restos, como si todo lo demás hubiera sido solo un espejismo.

—A veces los cambios no se ven en el momento—comentó Tom en un susurro—Se sienten después, cuando ya no estás en medio del ruido.

—Vamos, que aún queda mucho por recoger—dijo Melissa con una sonrisa—Suerte que mañana David nos ha puesto turno de tarde a algunos y otros lo tenemos libre.

Tom se enderezó, tomó aire y volvió al trabajo. Pero algo en su mirada había cambiado.

Tal vez no todo había sido un espejismo, después de todo.

&

Casi una hora después la galería estaba recogida. Las mesas vacías, las luces apagadas, y el eco de los pasos se había convertido en un susurro lejano. Solo quedaba barrer y fregar los suelos, pero eso ya era tarea del equipo de limpieza que llegaría al día siguiente.

David se detuvo en el centro del espacio observando el trabajo terminado. Luego se giró hacia el grupo de camareros, con una expresión de gratitud sincera.

—Gracias a todos —dijo con voz ronca por el cansancio—Ha sido una noche larga, pero lo habéis hecho increíble. Podéis iros a descansar, la furgoneta os espera fuera.

Hubo un murmullo de alivio entre el grupo. Melissa se estiró los hombros, Tom se pasó la mano por la cara, y Víctor se dejó caer en una silla por un segundo antes de levantarse de nuevo. Nadie tenía energía para hablar demasiado. Solo querían llegar a casa, quitarse los zapatos y dormir.

Salieron en fila arrastrando los pies con las flores rescatadas en brazos y las bandejas de canapés envueltas en papel aluminio. La madrugada envolvía el exterior con una calma casi irreal. El cielo aún oscuro, el aire fresco, y la furgoneta plateada brillando bajo una farola como un último vestigio de la noche.

Tom se sentó junto a la ventana, apoyando la cabeza en el cristal con Andreas a su lado. Melissa se acomodó en otro asiento con el ramo en el regazo y un somnoliento Víctor acomodado sobre su hombro. Nadie hablaba, pero el silencio compartido tenía algo de consuelo.

David cerró la puerta trasera, dio unas palmadas suaves al lateral de la furgoneta y se quedó mirando cómo se alejaban por la carretera vacía. Luego se giró hacia la galería ya en penumbra suspirando.

La noche había terminado. Pero las historias que se habían tejido entre copas, miradas y silencios apenas comenzaban a desplegarse.

El motor de la furgoneta zumbaba suavemente mientras avanzaba por la carretera desierta. El ambiente era relajado, casi íntimo, como si la madrugada les envolviera en una burbuja de complicidad.

—La fiesta estuvo increíble —comentó Andreas desde su asiento—Aunque algunos vestidos parecían más diseñados para una pasarela que para moverse entre mesas.

Melissa soltó una risa suave, acomodando el ramo en su regazo.

—Hubo momentos surrealistas—empezó a decir—Yo me escapé un momento al baño y… bueno, digamos que no todas las cabinas estaban vacías.

—¿Qué quieres decir?—preguntó Tom levantando una ceja intrigado.

Melissa se inclinó un poco hacia el grupo, bajando la voz con tono travieso.

—Escuché claramente a una pareja… haciendo el amor—soltó al tiempo que sonreía—No sé quiénes eran, pero no se molestaron en disimular demasiado.

Hubo un silencio breve seguido de algunas risas contenidas. Víctor, que hasta entonces había estado medio dormido sobre el hombro de Melissa, abrió los ojos y se incorporó ligeramente.

—Pues probablemente hayan sido los que mejor se lo han pasado en toda la fiesta —dijo con tono neutro, aunque en su mirada había una chispa de certeza.

Melissa lo miró de reojo como si intentara leer entre líneas, pero no insistió. Tom se limitó a sonreír, sin saber si reírse o fingir sorpresa. Andreas soltó un silbido burlón.

La conversación siguió entre murmullos y risas apagadas, mientras la furgoneta se perdía entre las calles dormidas. Nadie preguntó nada más, pero Víctor sabía perfectamente que los protagonistas de aquel encuentro furtivo habían sido Gustav y Natalie. Y aunque no lo dijo, tampoco le sorprendía.

En esa fiesta, cada uno había buscado su forma de escapar.

&

La casa estaba en silencio cuando Bill y Alexander cruzaron el umbral. Las luces del recibidor estaban encendidas, pero no había señales de vida. Ningún saludo, ninguna pregunta. Solo el eco de sus pasos sobre el mármol pulido.

— ¿Tus padres ya han llegado?—preguntó Alexander mirando hacia la escalera.

Bill asintió sin decir nada. Sabía que su madre estaría en su habitación dejando el vestido que había llevado perfectamente colocado sobre el respaldo de su butaca para que Alice se encargara al día siguiente de mandarlo a la tintorería. Ya estaría metida en la cama revisando correos en su portátil o planificando la próxima reunión social antes de irse a dormir.

Su padre quizás se habría encerrado en su despacho como siempre para comprobar el trabajo que tenía pendiente antes de acostarse mientras se tomaba un whisky que le ayudase a conciliar el sueño.

Ninguno se había molestado en esperarle, ni siquiera en comprobar si había vuelto a casa sano y salvo.

Alexander lo observaba con atención. Había algo en la forma en que Bill caminaba, en sus hombros caídos y en la mirada perdida que le hizo compadecerle.

—Te acompaño a la habitación—dijo con suavidad.

Bill no se negó, subieron juntos las escaleras en silencio como si el peso de la noche aún se aferrara a sus espaldas. Al llegar a la habitación Bill empujó la puerta con desgana y se dejó caer sobre la cama sin quitarse siquiera los zapatos.

Alexander cerró la puerta tras de sí y se sentó a su lado, sin invadir el espacio pero sin alejarse.

—Esta noche ha sido… intensa —murmuró Bill cerrando los ojos.

—Y reveladora —añadió Alexander—Pero lo importante es que tú y yo seguimos aquí.

Bill se cubrió el rostro con las manos como si quisiera borrar todo lo que había sentido esa noche. Las palabras de su madre, la indiferencia de su padre, el esfuerzo constante por encajar en un molde que no era suyo.

—No tienes que decir nada —dijo Alexander—Solo quiero que sepas que estoy aquí.

—Es como si no importara—susurró Bill con la voz quebrada—Como si lo único que les preocupara fuera cómo me ven los demás. No cómo me siento ni quién soy.

Alexander se inclinó hacia él apoyando la frente contra la de Bill con ternura.

—A mí si me importas—susurró con firmeza Alexander—Conmigo no tienes que ser nadie más que tú mismo.

Bill abrió los ojos y se le quedó mirando fijamente, sintiendo por primera vez en toda la noche que podía respirar.

Y por primera vez en su vida, tomó la iniciativa. Alzó la cara y se apoderó de los labios de Alexander empezando a besarle con una pasión nunca antes sentida. Alexander la sintió y le estrechó con fuerza entre sus brazos rodando por la cama para dejarle bajo su cuerpo mientras le iba desnudando con las manos.

Y Bill se dejaba hacer mientras le ayudaba a que le desnudara. Fue el primero en quedarse sin ropa que en esos momentos yacía esparcida por el suelo sin importarle en absoluto. Alexander se incorporó para desnudarse él también viendo con sorpresa como las manos de Bill no se quedaban quietas y recorrían su desnudo cuerpo acariciándose ante sus ojos, lo que le provocó una erección que dolía mantener.

Era la primera vez que le veía así de dispuesto y entregado, siempre era él quien lo empezaba pero esa vez Bill se le había adelantado. Esa noche, algo había cambiado para siempre en él y Alexander podía notarlo.

Se acostó de nuevo sobre él una vez liberado de todas las prendas que llevaba se acomodó entre sus piernas alzadas y sin espera un segundo más entró en su cuerpo sin delicadeza alguna, pero esa vez fue distinto. Bill parecía haberlo disfrutado porque de sus labios se escapó un gemido prolongado.

Alexander sonrió al escucharlo y empezó a embestirle una y otra vez sintiendo como le recorría su desnuda espalda con sus uñas afiliadas, bajando por ella hasta sus nalgas que apretó con firmeza mientras continuaba gimiendo y jadeando contra sus labios.

Se apoderó de ellos y sin dejar de besarle en ningún momento continuó entrando y saliendo de su cuerpo hasta que no pudo resistirlo más y se derramó en su interior soltando un profundo jadeo.

Bill no se había quedado atrás, había bajado una de sus manos y se estuvo tocando hasta que sintió esa calidez de Alexander explotar en su interior, lo que hizo que él también explotara derramándose entre sus dedos contra el agitado vientre de Alexander.

Una vez ambos saciados se quedaron en silencio por unos segundos mientras recuperaban el aliento, Alexander aún en su interior mientras jadeaba con una sonrisa amplia iluminando su cara.

—Esto era justamente lo que necesitaba—confesó Bill en un susurro.

Pero no se refería al orgasmo que había tenido como Alexander se imaginaba, sino a que había sido la primera vez que había disfrutado haciendo el amor con él. Siempre había sido cuando y como él quería. Pero esa vez él había llevado el control y puesto todos su cuerpo y alma logrando disfrutar como nunca antes había hecho.

Y lo más importante, durante todo ese tiempo su mente había estado únicamente centrada en Alexander. Tom no se había colado ni una sola vez entre sus pensamientos, lo que le confirmaba que en el fondo no era alguien que realmente le gustara. Solo había sido una persona que había despertado en él una ilusión que le hacía sentirse deseado.

Quizá incluso confundido, pero no amado.

—Vaya, ¿quieres repetir tan pronto?—preguntó de repente Alexander en un susurro.

Bill no entendía a qué se refería hasta que bajó la mirada y notó avergonzado que se estaba de nuevo empalmando. Y solo por pensar en Tom y que no era él con quien había estado haciendo el amor.

—Dame unos minutos para recuperarme y seguimos—suplicó Alexander moviéndose.

Salió con suavidad de su cuerpo y se tumbó a su lado en la cama recuperando el aliento. Bill se levantó con rapidez y caminó desnudo por la habitación camino del baño donde se encerró procurando no dar un portazo.

Se encerró en el y no salió hasta que su cuerpo se hubo calmado, odiándose a sí mismo por haber traicionado a Alexander en una fracción de segundo cuando tan bien se había portado con él esa noche.

&

La furgoneta se detuvo en el parking del club con un leve chirrido de frenos. Melissa, Tom y Andreas se bajaron en silencio, intercambiando miradas somnolientas mientras Víctor permanecía dentro, esperando que el vehículo lo llevara hasta su casa. Se despidieron con un gesto de mano sin palabra alguna como si el cansancio hubiera borrado la necesidad de hablar.

El aire fresco de la madrugada les envolvió mientras atravesaban el camping en dirección a sus respectivos bungalows. Las luces tenues de los faroles dibujaban sombras largas sobre la grava, y el silencio era absoluto roto solo por el crujido de sus pasos.

—Buenas noches chicos—dijo Melissa al llegar a su puerta, con el ramo de flores aún en brazos.

—Que descanses —murmuró bostezando Tom.

Andreas se acercó y se despidió de Melissa con un beso en la mejilla antes de seguir caminando junto a Tom hacia el bungalow que ambos compartían. Al entrar el interior les recibió con la misma penumbra que habían dejado horas antes. Tom dejó caer la bandeja de canapés sobre la encimera y se desplomó en el sofá con un suspiro.

—Ese sofá no es lo más indicado tras una noche como esta —comentó Andreas quitándose los zapatos—Ya sabes que en mi cama hay sitio de sobra. Para dormir, aclaro.

Tom lo miró de reojo con una mezcla de ternura y cautela. Andreas siempre había sido generoso, atento, y esa oferta no era nueva. Pero Tom sabía que, aunque se lo había dicho con naturalidad, aún albergaba la esperanza de que algo más pudiera surgir entre ellos.

Y él no quería tentar a la suerte ni darle falsas esperanzas.

—Gracias, pero estoy bien aquí —respondió Tom acomodándose en el sofá.

Andreas se quedó en silencio unos segundos, luego asintió con una sonrisa forzada.

—Como quieras—susurró—Pero si cambias de idea, ya sabes dónde estoy.

Tom cerró los ojos fingiendo que el sueño lo vencía, aunque en realidad lo que lo agotaba era la carga emocional de la noche. No quería herir a Andreas, pero tampoco podía seguir alimentando una ilusión que él no compartía.

Mientras Andreas se metía en su habitación, Tom se quedó en el sofá escuchando el leve crujido del colchón al otro lado de la pared. Y aunque el cansancio lo envolvía, sabía que esa noche ninguno de los dos dormiría del todo tranquilo.

Se levantó del sofá suspirando y se acercó a la barra americana que separaba la cocina del salón. Cogió la bandeja de canapés que había dejado sobre ella y empezó a comerse varios sin preocuparse por el orden ni la elegancia. Queso brie con mermelada y tartaletas de salmón, pequeños bocados que en esos momentos sabían a gloria tras tantas horas de pie trabajando.

Justo entonces, Andreas apareció en la cocina ya con su pijama puesto y el pelo revuelto. Se había metido en la cama pero tras dar varias vueltas sintió protestar su estómago y se acordó de los canapés que se habían traído de la fiesta.

—Sabía que tú tampoco ibas a poder dormir —murmuró con una sonrisa ladeada acercándose a la bandeja.

Tom se encogió de hombros, masticando sin culpa.

—Después de todo lo que hemos trabajado creo que nos lo hemos ganado—comentó con la boca llena.

Andreas tomó una tartaleta y se sentó en la encimera observando a Tom con una mirada tranquila casi cómplice. El silencio entre ellos ya no era incómodo, sino el tipo de silencio que se comparte cuando no hace falta decir nada.

Tom se relamió los dedos tras comerse también una tartaleta de salmón y asintió con una sonrisa ladeada.

—Están muy ricos, como se nota que cuando hay dinero no se mira el precio —comentó cogiendo una servilleta de papel.

Andreas soltó una risa suave mientras se servía otro canapé.

—Totalmente—murmuró mientras comía a dos carrillos.

Se quedaron un momento en silencio, saboreando los últimos restos de la fiesta como si fueran un lujo robado. El contraste entre el glamour de la noche y la sencillez del bungalow les hacía sentir como si estuvieran en dos mundos distintos, unidos solo por el cansancio y la complicidad.

—¿Sabes? —dijo Andreas, mirando la bandeja—A veces me pregunto cómo sería vivir en ese otro mundo. El de los vestidos caros, las conversaciones vacías y los baños ocupados por amantes furtivos.

—Supongo que también tiene su precio—murmuró Tom encogiéndose de hombros sin dejar de masticar—No es oro todo lo que brilla.

Andreas lo miró con una expresión que mezclaba admiración y resignación. Sabía que Tom tenía los pies en la tierra, y quizá por eso le gustaba tanto. Aunque también sabía que esa misma firmeza era lo que lo mantenía lejos.

La bandeja quedó vacía poco después, y con ella se desvaneció el último vestigio de la fiesta. Solo quedaba el silencio del bungalow y la noche que, por fin, les dejaba descansar.

—Voy al baño —anunció Tom levantándose con cierta pesadez.

Andreas asintió sin decir nada aún sentado en la encimera, terminando de comer el último canapé que quedaba. Observó cómo Tom se alejaba hacia el pasillo con los hombros ligeramente encorvados por el cansancio pero también por algo más difícil de nombrar.

El sonido de la puerta del baño cerrándose suavemente dejó a Andreas solo en la cocina rodeado por el silencio del bungalow y el eco lejano de una noche que parecía no querer terminar del todo.

Se bajó de la encimera y empezó a recoger los restos de la bandeja sin prisa. Mientras lo hacía no pudo evitar pensar en Tom. En su forma de evitar miradas largas y en cómo esquivaba las palabras que podían abrir grietas. Andreas sabía que no debía esperar nada, pero aún así cada gesto amable y cada sonrisa compartida le hacía preguntarse si quedaba alguna posibilidad.

Suspiró y dejó la bandeja en el fregadero. Luego se apoyó en la encimera, mirando hacia el pasillo como si pudiera mirar a través de la puerta cerrada.

Tom, mientras tanto, se miraba en el espejo del baño. Se lavó la cara intentando despejarse. No era solo el cansancio físico. Era esa sensación persistente de estar en medio de algo que no sabía cómo manejar. Andreas era importante para él, pero no de la forma en que él deseaba.

Y eso le dolía más de lo que quería admitir.

Se quedó un momento más allí respirando hondo antes de abrir la puerta y regresar al salón.

—Creo que me voy ya a dormir—murmuró Tom esperando que Andreas entendiera su mudo mensaje.

Se iba a quitar la ropa y prefería no hacerlo con el delante mirando.

Andreas se le quedó mirando captando al instante el tono bajo y la mirada esquiva de Tom. No hizo ningún comentario, solo asintió con un gesto leve respetuoso, como si entendiera que las palabras no eran necesarias.

—Claro —dijo simplemente—Yo también debería irme a la cama.

Tom se dirigió hacia el sofá con pasos lentos sintiendo el peso de la noche en cada músculo. A su espalda escuchaba los pasos de Andreas recorriendo el pasillo hacia su habitación y cerrando la puerta tras de sí con suavidad. Agradeció mucho su discreción. No era que tuviera vergüenza pero había algo en la intimidad de desvestirse que no quería compartir.

No con él.

No cuando sabía que Andreas aún guardaba una esperanza que Tom no podía corresponder.

Se quitó el uniforme dejándolo bien colocado sobre uno de los taburetes de la cocina. Lo llevaría al club al día siguiente para que fuera lavado y lo dejaran listo para ser usado en otra ocasión que lo requiriera.

Se quedó en ropa interior y se sentó en el borde del sofá frotándose la cara con ambas manos. No era solo el cansancio físico. Era esa tensión invisible que se había instalado entre él y Anderas desde que había vuelto a su vida, esa línea que él no quería cruzar pero que Andreas parecía seguir dibujando con cada gesto amable.

Al otro lado del bungalow, Andreas apagó la luz de la mesilla y se metió en la cama mirando al techo, preguntándose si había hecho bien en ofrecerle su cama otra vez. Sabía que Tom no lo había rechazado por desprecio, sino por cuidado.

Pero eso no hacía que doliera menos.

Ambos se quedaron en silencio, separados por una pared delgada y por una distancia emocional que ninguno sabía cómo acortar sin romper algo en el proceso.

&

Salió del baño cuando sintió que ya se había calmado, se había lavado la cara y cogido su albornoz no solo para cubrir su desnudez sino también pera protegerse de sí mismo. Caminó lentamente por la habitación evitando mirar directamente a Alexander que seguía acostado en la cama completamente desnudo y una expresión serena en el rostro.

—¿No íbamos a repetir? —preguntó Alexander en tono suave ladeando la cabeza con una sonrisa que intentaba ser ligera.

Bill negó con la cabeza sin detenerse.

—La noche ha sido intensa—murmuró mientras se sentaba en el borde de la cama sin deshacer el nudo del albornoz—Necesito descansar.

Alexander lo observó en silencio, captando algo en su mirada que no encajaba del todo con el cansancio físico. Había una sombra, una duda de algo que no se había dicho. Pero decidió no presionar.

Ya había aprendido que con Bill, las palabras llegaban cuando él estuviera listo.

—Está bien—respondió simplemente, acomodándose en la cama—Solo quería que supieras que no tienes que fingir nunca conmigo.

Bill apretó los labios, sintiendo cómo esa frase le golpeaba más de lo que esperaba. No era fingir lo que le dolía, era haber sentido algo que no debía. Haberse encendido por un pensamiento ajeno, por alguien que no estaba allí justo después de haber compartido algo tan íntimo con Alexander.

Le sintió levantarse en silencio y recoger sus ropas del suelo para vestirse con rapidez. Aprovechó entonces para meterse en la cama aún llevando el albornoz, como si le diera miedo a quitárselo y despertar de nuevo el interés de Alexander.

Le vio terminar de vestirse y caminar en su dirección para inclinarse sobre él.

—Que descanses—susurró Alexander.

Separó los labios por instinto dejando que dejara un breve beso sobre ellos.

—Mañana nos vemos en el club—dijo Alexander incorporándose.

Bill asintió con la cabeza y se acomodó en la cama acostándose de lado viendo como Alexander apagaba la luz sin decir nada más y dejaba que la oscuridad envolviera la habitación. Le escuchó salir de la habitación y cerrar tras él con suavidad la puerta.

En el silencio Bill se sintió dividido. Por un lado, agradecido por la ternura de Alexander. Por otro, culpable por la traición fugaz de su mente. Sabía que no podía seguir así mucho tiempo.

Que tarde o temprano tendría que enfrentarse a lo que sentía.

O a lo que no sentía.

Continúa… 

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por lyra

Escritora del Fandom

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