
Fic TOLL de lyra
Capítulo 36
Las horas habían volado. Cuando Tom quiso darse cuenta David ya le estaba dando una palmada en el hombro y anunciando el fin de su turno inesperado. Había tenido su descanso para comer y después de eso había vuelto con más energía, moviéndose entre mesas, bandejas y pedidos con la eficacia tranquila que lo caracterizaba. Pero en esos momentos por fin podía respirar con tranquilidad.
Se dirigió a los vestuarios y se quitó el uniforme con movimientos lentos como si cada prenda pesara más de lo habitual. Se soltó el pelo dejándolo caer sobre sus hombros y se puso las gafas de sol. Vestido de nuevo con su bañador y camiseta ambos oscuros salió del club con la idea clara de regresar al bungalow, ducharse y dejarse caer en el sofá sin pensar en nada más.
Pero al pasar por la zona de tumbonas de nuevo los vio.
Bill y sus amigos charlando con Peter, Helen y otros rostros nuevos que no conocía. Algunos tomaban el sol en sus tumbonas mientras que otros estaban de pie charlando animadamente entre ellos haciendo planes para esa tarde. El grupo parecía flotar en una burbuja de energía que contrastaba con el agotamiento que Tom arrastraba.
—¡Tom! —lo llamó Peter al verlo pasar—Ven con nosotros, estamos planeando qué hacer esta tarde.
Tom se detuvo pensativo. Su primer impulso fue negarse en rotundo, estaba reventado con los pies doloridos y la cabeza aún zumbando por el ritmo del día. Pero la alternativa era volver al bungalow y pasar la tarde él solo en silencio con el eco de pensamientos que no quería escuchar.
Suspiró y se acercó al grupo, alzando una mano como si pidiera tregua.
—Vale, de acuerdo—dijo con una sonrisa cansada—Pero solo si prometéis no echar una partida a voleibol. Estoy para el arrastre.
Las risas estallaron en el grupo y Tom echó a andar hacia ellos viendo como a Bill parecía desagradarle la idea de que pasara de nuevo la tarde con ellos.
—Trato hecho—dijo Peter estrechando su mano cuando se acercó—Solo charlaremos, tomaremos el sol y comeremos algo de fruta. Nada de actividades físicas.
Tom se dejó llevar sintiendo que aunque el cuerpo pedía descanso, había algo en esa compañía que lo reconectaba. Y a veces, eso era más reparador que cualquier siesta.
Se dejó caer suspirando en una de las tumbonas y estiró las piernas sobre ellas mientras se acomodaba como quien por fin encuentra un rincón de tregua. Helen se inclinó hacia él con una sonrisa cálida.
—Tom, te presento a mi hermano James —dijo señalándole al chico que se había sentado justo a su lado.
James le tendió una mano que Tom estrechó al momento notando su firmeza, ese tipo de apretón que no busca impresionar pero sí dejar claro que está presente. Tenía una mirada curiosa, directa, y una voz grave que contrastaba con su juventud.
—Encantado —dijo Tom sonriendo con cortesía.
La conversación entre ellos fluyó con naturalidad. Hablaron del club, de la fiesta, de los turnos interminables y del lago como refugio. James parecía genuinamente interesado en lo que Tom contaba, y Tom, a pesar del cansancio, se sorprendió disfrutando del intercambio.
A unos metros Bill se mantenía de pie junto a Alexander rodeado por el grupo que seguía haciendo planes para la tarde. Pero algo en su postura había cambiado. Aunque intentaba mantener la sonrisa sus hombros estaban tensos y sus dedos jugueteaban con el borde de sus gafas de sol.
Alexander a su lado no decía mucho tampoco. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada clavada en Gustav que reía con Natalie mientras comía algo de fruta de una bandeja. La complicidad entre ellos era evidente con gestos compartidos, risas que se encadenaban con naturalidad y una cercanía que no necesitaba explicaciones. Tal vez estaban recordando lo bien que se lo habían pasado en los lavabos de la galería, ese momento fugaz y clandestino que Alexander no había olvidado aunque preferiría hacerlo.
Y sin embargo, lo que más le molestaba no era el recuerdo.
Era el presente.
Porque por primera vez Gustav no le buscaba con la mirada.
No había ese gesto sutil, esa pausa en medio de la conversación que solía reservarle. Era como si finalmente hubiera entendido que lo suyo no podía ser. Que Alexander no iba a ceder.
Que no iba a volver.
Y en lugar de dolerle, lo enfadaba.
Le enfadaba que Gustav pudiera reír con tanta soltura y que se permitiera ignorarlo con tanta elegancia. Que hubiera aprendido a seguir adelante sin él.
Apretó la mandíbula fingiendo indiferencia, pero Bill a su lado lo notó de inmediato. Sintió el cambio en su postura, el modo en que sus ojos se endurecían y el silencio que se volvía más tenso.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja, sin mirarlo directamente.
Alexander tardó en responder. Luego asintió, sin convicción.
—Sí, solo estoy cansado—contestó en un susurro.
Pero Bill sabía que no era eso. Y aunque no dijo nada más se quedó a su lado, como si su presencia pudiera suavizar el filo de ese enojo que Alexander no sabía cómo nombrar.
Alexander se volvió de golpe como si el calor del sol y la tensión acumulada le hubieran empujado a moverse sin pensarlo demasiado.
—Voy al club—anunció sin mirar a nadie en particular—Me voy a pedir algo en la barra.
—Te acompaño— se ofreció Bill al momento.
—No, quiero estar solo—negó con firmeza Alexander—Necesito pensar.
La frase cayó como una piedra, Bill se quedó quieto sin saber si insistir o dejarlo ir. Al final solo asintió tragándose la incomodidad que le provocaba esa distancia repentina.
Alexander se alejó con paso rápido cruzando la playa sin mirar atrás. Gustav, desde su tumbona lo siguió con la mirada. Sabía perfectamente lo que le pasaba, entendía lo que estaba sintiendo. Y aunque se había prometido a sí mismo no volver a mirarle, no pudo evitar hacerlo.
Minutos después se incorporó con gesto casual y se dirigió hacia Natalie que estaba tumbada con los ojos cerrados y una rodaja de pepino sobre cada párpado.
—Voy al baño—dijo sin querer dar más explicaciones.
Natalie levantó una ceja apartando uno de los pepinos con elegancia.
—¿Quieres repetir lo de anoche?—preguntó con tono juguetón.
Gustav sonrió, pero su mirada estaba perdida en la lejanía.
—No, solo me estoy meando—murmuró con sequedad.
Y se alejó dejando a Natalie con todas sus ganas y una pregunta sin respuesta flotando en el aire.
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Alexander se apoyó en la barra del club con los codos y la mirada perdida en las botellas alineadas tras Melissa que secaba copas con gesto mecánico. El interior estaba fresco en contraste con el sol que ardía fuera y el murmullo de conversaciones lejanas apenas rompía el silencio que él necesitaba.
—Ponme lo más fuerte que tengas —pidió sin rodeos.
Melissa lo miró de reojo alzando una ceja y sin decir nada le sirvió un vaso de limonada casera. El líquido brilló bajo la luz de la tarde y soltando un suspiro resignado Alexander cogió el vaso y echó un trago largo como si quisiera borrar eso que no podía nombrar.
Minutos después Gustav entró en el club. No lo buscó con la mirada, simplemente lo vio y se acercó.
— ¿Estás ahogando tus penas en limonada?—preguntó apoyándose también en la barra.
—¿Y qué si lo hago?—respondió Alexander sin mirarlo.
—Entonces me quedo a hacerte compañía—dijo con firmeza Gustav mientras le hacía un gesto a Melissa.
Melissa le sirvió una vaso de limonada también sin preguntar. La tensión entre ellos era distinta, como si ambos supieran que el juego que había entre ellos había cambiado y aún no sabían cómo jugarlo.
Mientras hablaban, Víctor pasó tras ellos apresuradamente camino de la cocina pero se detuvo en seco al ver una figura sentada en una de las mesas del fondo.
Anouk.
Con su largo pelo rizado recogido en un moño desordenado y una taza de café entre las manos, como si fuera una clienta más.
Se acercó de inmediato, con el ceño fruncido.
— ¿Qué haces aquí?—susurró agachándose junto a ella—No puedes estar en el club, Anouk.
—Solo estoy tomando un café—contestó Anouk con calma sin inmutarse.
—No me tomes por imbécil, sabes a lo que me estoy refiriendo—murmuró Víctor.
Porque al lado de Anouk estaba su famosa mochila, la misma que había llevado a la hoguera la otra noche repleta de porros y más sustancias.
—No puedes pasar en el club, es muy peligroso—dijo con firmeza Víctor—Si David te descubre es capaz de despedirme a mí y a mamá también. Lo sabes.
Anouk bajó la mirada a la taza como si el café fuera más importante que cualquier amenaza.
—Solo necesitaba descansar unos minutos—murmuró sin levantar la mirada—No estoy molestando a nadie.
—Unos minutos pueden costarnos todo—dijo Víctor resoplando— Por favor, vete. Te lo pido en serio.
Ella lo miró por fin, y algo en su expresión cambió. No era desafío. Era cansancio. Se levantó sin decir nada, dejó la taza sobre la mesa y salió por la puerta del club sin mirar atrás.
Víctor se quedó allí unos segundos respirando hondo antes de seguir su camino a la cocina.
Mientras tanto en la barra Alexander y Gustav seguían bebiendo en silencio, cada uno atrapado en su propio laberinto. Pero Gustav había visto salir a Anouk, se levantó sin decir nada y fue tras ella alcanzándola en el parking.
— ¿Qué llevas?—preguntó en voz baja.
—Depende de lo que busques—contestó Anouk de la misma manera.
Gustav bajó la mirada a la mochila, esa misma que había visto junto a la hoguera. Sabía lo que podía haber dentro. Y también sabía que Anouk no era de las que dejaba escapar una oportunidad si se le presentaba.
—No deberías estar aquí —empezó a decir Gustav—Si David te ve…
—Ya me lo ha advertido Víctor, no hace falta que tú también me lo repitas—interrumpió Anouk— ¿Querías algo o solo me has parado para echarme la charla?
Gustav asintió con la cabeza y vio como Anouk abría la mochila y sacaba un par de bolsitas con una sustancia blanca.
—Me he dejado la cartera en la tumbona—empezó a decir Gustav.
—Ya me lo pagarás cuando sea—dijo Anouk tendiéndole las bolsitas—Tú y Alexander sois de mis mejores clientes, y sé que pudo confiar en vosotros.
Gustav tomó las bolsitas con gesto rápido. No hubo palabras de agradecimiento, ni miradas prolongadas. Solo ese silencio tenso que se instala cuando lo que se hace no se quiere nombrar.
Anouk volvió a cerrar la mochila con calma sin prisa, como si el mundo no estuviera a punto de estallar a su alrededor.
—No te quedes aquí mucho rato —murmuró Gustav, sin saber si lo decía por ella o por él mismo.
—Tranquilo—respondió Anouk encendiéndose un cigarro con la misma indiferencia con la que se había marchado del club—Sé cuándo estorbo y debo irme.
Gustav se quedó unos segundos más observando cómo el humo escapaba de sus labios y se elevaba en espirales lentas. Era inevitable fijarse en Anouk, era una chica muy guapa y atraía todas las miradas. La suya y la de Alexander, ambos tenían pareja pero aún así le era imposible no fijarse en Anouk cuando estaba cerca y en pensar si algún día podrían tener una posibilidad con ella, por remota que fuera.
Se dio cuenta de que Anouk le observaba con una ceja alzada mientras fumaba y solo entonces dio media vuelta regresando al club con las bolsitas bien guardadas en el bolsillo trasero de su bañador y la cabeza llena de pensamientos que no se disipaban.
Anouk por su parte se sentó en el bordillo del parking, mirando el cielo como si buscara en el una señal que nunca llegaba.
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Gustav regresó al club con paso firme como si no hubiera pasado nada y el breve encuentro en el parking no le hubiera removido por dentro. Se apoyó de nuevo en la barra junto a Alexander, que seguía con la mirada perdida en el fondo del vaso de limonada.
—¿Me acompañas al baño? —preguntó en voz baja con tono casual, como si fuera una invitación inocente.
Alexander giró la cabeza hacia él frunciendo el ceño.
—No pienso hacer nada ahí contigo —dijo con firmeza.
Pero la voz empezó a temblarle, no por duda sino por deseo contenido.
Gustav lo miró sin sorpresa como si ya esperara esa respuesta.
—No te estoy pidiendo eso —respondió con una amplia sonrisa—Solo quiero que compartamos algo que sé que te va a levantar mucho el ánimo.
Alexander lo observó unos segundos más intentando leer entre líneas. Sabía que Gustav no hablaba por hablar. Y aunque su cuerpo le pedía distancia, algo en su interior que no había logrado apagar del todo lo empujaba a seguirle.
Sin decir nada se levantó del taburete y lo siguió con el corazón latiendo más rápido de lo que quería admitir.
La tarde seguía su curso, pero en ese rincón del club, el aire parecía cargado de algo más que calor. De algo que ninguno de los dos sabía si estaban listos para enfrentar.
El pasillo que conducía a los baños del club estaba en penumbra, fresco y silencioso, como si el bullicio del exterior quedara suspendido al cruzar esa frontera. Gustav caminaba delante con paso firme pero contenido seguido de Alexander.
Entraron al baño de hombres. Las luces blancas parpadeaban levemente sobre los espejos y el eco de sus pasos resonó en el espacio vacío. Gustav se apoyó en el lavabo, sacó del bolsillo trasero del bañador las dos pequeñas bolsitas que Anouk le había dado minutos antes y las dejó sobre la cerámica con gesto casi ceremonial.
—No quiero que pienses que te he traído aquí para lo de siempre—empezó a decir Gustav.
—¿Y para qué entonces?—quiso saber Alexander desde la puerta sin atreverse a entrar.
—Para que te relajes de otra manera—contestó Gustav—Para que dejes de pensar en mí, en lo que no tienes y en lo que no puedes controlar.
Alexander bajó la mirada a las bolsitas. Sabía perfectamente lo que eran y también sabía lo que implicaban. Pero en ese momento lo que más le dolía no era el contenido sino la intención. Que Gustav lo conociera tan bien como para saber que estaba al borde.
Que lo ofreciera no como tentación, sino como consuelo.
—No sabes de lo que hablas—dijo al fin, con voz baja pero firme.
—Lo sé perfectamente—murmuró Gustav—Te jode verme feliz al lado de Natalie, te pone enfermo de celos que haya podido superar lo nuestro.
—Tú jamás vas a superar lo nuestro—dejó Alexander bien claro.
—Vaya, al menos te he hecho admitir que hay algo entre nosotros—dijo Gustav sonriendo—Y mira, no ha hecho falta que te metas una raya.
Empezó a guardar las bolsitas de nuevo, sin prisa pero Alexander entró del todo en el baño y cogió con firmeza de la muñeca. No hacía falta que dijera nada, Gustav sacó las bolsitas de nuevo y abrió una de ellas metiendo el dedo para coger una cantidad que puso ante Alexander, que se inclinó sin dudar mientras aspiraba con rabia.
—Verás como dentro de poco ves las cosas más claras—dijo Gustav sin perder la sonrisa que iluminaba su cara—Verás que no necesitas a Bill para ser feliz, que conmigo es suficiente.
—Bill te supera en todo con creces—murmuró Alexander pasándose la mano por la nariz.
— ¿Ya ha aprendido a chuparla?—quiso saber Gustav.
Alexander no se dignó en contestarle, dio media vuelta y salió del baño dejándole a solas. Gustav se echó a reír y tras coger un poco más de cocaína de la bolsita la esnifó antes de volver a guardarla.
Salió del baño silbando por el camino mientras sonreía sin poder evitarlo. La reacción de Alexander había sido todo lo que necesitaba para confirmar lo que ya intuía. Por más que intentara convencerse de lo contrario, Alexander no podía borrarlo de su vida.
No del todo.
No aún.
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Alexander regresó a la playa con el paso algo errático, los hombros tensos y la mirada vidriosa. Se colocó junto a Bill justo cuando el grupo terminaba de organizar los planes para la tarde, iban a alquilar una lancha y James, como único mayor de edad con licencia, ya se dirigía a hablar con David.
Bill lo observaba de reojo. Alexander se frotaba la cara con insistencia, como si intentara despejarse o borrar algo que no quería mostrar.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja, con ese tono que usaba cuando no quería incomodar pero tampoco podía ignorar.
—Sí, es que estoy cansado —repitió Alexander, usando la misma excusa de antes, pero esta vez con menos convicción.
Bill no respondió. Solo se le quedó mirando con preocupación. Y entonces vio a Gustav que regresaba también y charlaba con Natalie y Louise con una energía desbordante. Su expresión era pletórica, casi eufórica. Y lo que más inquietó a fue ver cómo minutos antes Gustav y Alexander apenas se habían dirigido la palabra y en esos momentos compartían miradas cómplices como si hubieran estado bebiendo juntos o compartido algo más que una conversación.
Entonces Bill empezó a atar cabos.
Recordaba los comentarios que había escuchado en reuniones y fiestas, en susurros entre amigos de que Gustav le era infiel a Natalie, y que incluso había dejado embarazada a una de las camareras del club. Que siempre encontraba la forma de salirse con la suya y en esos momentos viendo la forma en que Alexander lo miraba con una mezcla de rabia y necesidad contenida no pudo evitar preguntarse si había algo entre ellos.
Algo que no se decían.
Algo que se escondía detrás de las excusas, de los silencios y de los gestos que no cuadraban.
La sensación le caló hondo. No era celos, era esa punzada de incertidumbre que aparecía cuando todo lo que creías estable empezaba a tambalearse.
Se pasó la mano por los brazos como si necesitara anclarse a algo real, mientras el grupo seguía hablando de rutas, chalecos salvavidas y música para la lancha.
Alexander a su lado reía compartiendo la conversación de Gustav con las chicas. Y Bill, sin saber por qué, sintió que algo se estaba rompiendo.
Después de hablar con David, James les hizo una señal para que se acercaran. El grupo, aún disperso entre toallas y tumbonas, se reunió en torno a ellos con expectación. Había conseguido alquilar dos lanchas, dado el numeroso grupo que eran y ya estaba todo organizado- El pilotaría una y Michael se encargaría de la segunda, al ser otro de sus amigos también mayor de edad y con licencia.
—Prométeme que podrás controlar a los otros—pidió David en voz baja con ese tono serio que usaba cuando sabía que algo podía salirse de control.
James asintió con una sonrisa tranquila, pero sus ojos mostraban que entendía perfectamente la responsabilidad.
—Lo prometo, no vamos a hacer el idiota—dijo con firmeza James—Solo queremos pasar una tarde tranquila.
David le sostuvo la mirada unos segundos más, luego le dio una palmada en el hombro y se alejó hacia el embarcadero dejando que el grupo se organizara.
Mientras tanto, Bill observaba cómo Alexander se mantenía cerca de Gustav, riendo con una energía que no encajaba con su estado de hace apenas media hora. Algo en su forma de moverse, en la rapidez de sus gestos y en la forma en que se frotaba la nariz con disimulo, le hizo sentir que no todo estaba bien. Y Gustav, por su parte, parecía más brillante que nunca, como si se hubiera quitado un peso de encima o como si hubiera ganado algo.
Se quedó unos pasos atrás fingiendo que se ajustaba el cordón de su bañador pero en realidad observando y seguía atando cabos. Y aunque no tenía pruebas, la intuición le hablaba con claridad.
Mientras, Tom permanecía en silencio, con los brazos cruzados y el gesto cansado. La idea de subir a una lancha, rodeado de conversaciones que no terminaba de entender y tensiones que flotaban en el aire no le entusiasmaba demasiado. Había pasado parte del día trabajando, y lo único que deseaba era un rincón tranquilo lejos del ruido.
—Creo que me voy a quedar en tierra —empezó a decir con tono suave pero firme.
Pero James no le dio opción. Se acercó con una sonrisa decidida mientras negaba con la cabeza.
—Ni hablar, irás en mi lancha —dijo—Con Helen, Alexander, Bill, Gustav y Natalie. Ya está todo organizado.
Tom frunció el ceño, pero Helen le guiñó un ojo desde el embarcadero, como si supiera que él no iba a resistirse del todo. Y Bill aunque distraído le lanzó una suplicante mirada que parecía pedirle que no se alejara porque algo le decía que le necesitaba cerca de él en esos momentos.
—Está bien —cedió Tom al fin con un suspiro—Pero si alguien se pone a hacer acrobacias, me tiro al agua y nado de vuelta.
James soltó una carcajada y le tendió un chaleco salvavidas.
—Prometido. Solo paseo y buena música—dijo con firmeza.
Mientras Tom se lo ajustaba, echó una mirada rápida a Alexander que reía con Gustav como si no existiera el mundo más allá de ellos. Y aunque no dijo nada, Tom sintió que el trayecto en lancha iba a ser cualquier cosa menos tranquilo.
Subieron a la lancha entre risas y empujones suaves, acomodándose en los asientos mientras James se sentaba a los mandos con gesto seguro. Al principio avanzaron despacio respetando la zona del embarcadero con el motor apenas murmurando bajo el agua. Pero en cuanto se alejaron lo suficiente James aceleró y la lancha cortó la superficie del lago con una energía vibrante que arrancó gritos de emoción y carcajadas.
El viento les golpeaba el rostro, el agua salpicaba los bordes y la música que Helen había puesto desde su móvil flotaba entre ellos como una banda sonora improvisada. Todos parecían disfrutar del paseo. Natalie se reía con la cabeza echada hacia atrás, Tom se sujetaba con una mano al borde mientras fingía que no le gustaba y Gustav hacía bromas que Alexander celebraba con entusiasmo.
Todos menos Bill.
Sentado en uno de los laterales con la mirada fija en el horizonte, Bill sentía cómo la distancia entre él y Alexander se volvía más real que nunca. Alexander apenas le dirigía la palabra. Reía con Gustav y le seguía el juego entre risas a Natalie, a quien Bill sabía que Alexander no soportaba.
Observaba cada gesto, cada mirada compartida y cada carcajada que no entendía. Y aunque intentaba convencerse de que no pasaba nada, de que era solo una tarde más, no podía ignorar la punzada que le atravesaba el pecho. Esa sensación de estar fuera del cuadro, de haber sido desplazado sin que nadie lo dijera en voz alta.
La lancha seguía avanzando veloz y alegre, pero para Bill el paseo se había vuelto un escenario incómodo. Y mientras los demás disfrutaban del sol y del agua, él se preguntaba si lo que estaba viendo era solo una coincidencia o el principio de algo que no quería descubrir.
—¿Puedo conducir? —preguntó Natalie, con una sonrisa traviesa y el pelo alborotado por el viento.
La lancha avanzaba ya lejos del embarcadero, el club quedaba atrás como una postal borrosa entre los árboles y David no podía ver ni oír nada desde allí. James giró la cabeza hacia ella con una ceja levantada. Había prometido mantener el control pero también sabía que no podía pasar nada por dejar que Natalie llevara la lancha.
—Solo un rato —dijo al fin soltando el volante con gesto teatral—Pero prométeme que no harás ninguna locura.
—Lo prometo —respondió Natalie ya colocándose en su sitio con los ojos brillantes de emoción.
Tom se sujetó con más fuerza al borde murmurando algo sobre arrepentirse de haber subido mientras Helen se reía y Gustav le lanzaba una mirada cómplice a Alexander, que seguía con la sonrisa tensa y los gestos acelerados.
Bill desde su asiento observaba la escena sin intervenir. Natalie al mando, James relajado, Alexander riendo con Gustav como si fueran adolescentes en una película de verano. Y él cada vez más fuera del cuadro.
La lancha giró suavemente bajo las manos de Natalie que parecía disfrutar del poder más que de la velocidad. El grupo celebraba cada movimiento como si fuera una pequeña victoria, pero Bill no podía dejar de preguntarse qué más se estaba celebrando en ese momento.
Pasados unos minutos, Natalie se cansó de conducir. Soltó el volante con un gesto teatral y se giró hacia el grupo aún con la sonrisa traviesa en los labios.
—¿Alguien más quiere probar? —preguntó alzando la voz por encima del viento.
Gustav se ofreció al instante, como si lo hubiera estado esperando. Se colocó a los mandos con aire confiado y durante unos minutos manejó la lancha con soltura, haciendo giros suaves y aceleraciones que arrancaban risas del grupo. Pero pronto se aburrió. El entusiasmo se le desinfló y su mirada se deslizó hacia Bill que seguía sentado en el borde con los ojos perdidos en el horizonte y el cuerpo rígido, como si no estuviera realmente allí.
—Te toca, Bill —dijo Gustav—Así te animas un poco, que estás muy decaído.
Bill levantó la mirada sorprendido por la invitación pero negó con la cabeza al instante.
—Prefiero no hacerlo —respondió sin dar más explicaciones.
Natalie, que no perdía oportunidad de intervenir con sus frases afiladas, se inclinó hacia él con una sonrisa que no era del todo amable.
—Nuestro Bill siempre tan contenido—soltó haciendo chasquear la lengua— ¿No te cansas de ser el espectador de tu propia vida?
La frase cayó como un golpe seco. Helen frunció el ceño, Tom se puso tenso y Alexander aunque no dijo nada dejó de reír por un instante. Bill apretó los labios, sintiendo que no solo lo estaban empujando a coger los mandos sino también a una posición que no había pedido ocupar.
—No es eso —dijo al fin con voz baja—Solo estoy bien aquí.
Natalie no se detuvo. Su tono, afilado y provocador se colaba entre las risas del grupo como una aguja que no dejaba de pinchar.
—Vamos, Bill —insistió— ¿O es que tienes miedo de perder el control por una vez en tu vida?
Bill apretó la mandíbula sin responder. Alexander seguía riendo con Gustav y Tom lo observaba desde el otro lado de la lancha con una expresión que mezclaba incomodidad y atención. Helen fingía mirar el agua pero estaba claramente pendiente.
—Es solo conducir—añadió Natalie, con esa sonrisa que no pedía sino que exigía—No te estamos pidiendo que salves el mundo. Solo que hagas algo, lo que sea.
Bill tragó saliva. No quería hacerlo, no le apetecía. Pero la presión, la mirada de todos, el tono de Natalie que parecía querer desmontarlo pieza por pieza lo empujaron a levantarse y coger los mandos de la lancha solo para que Natalie le dejase en paz y se callase.
Natalie se echó hacia atrás con una carcajada satisfecha, como si acabara de ganar una apuesta silenciosa. Gustav le lanzó una mirada divertida y Alexander por primera vez en minutos, centró su mirada en Bill con una expresión que no supo interpretar del todo.
Bill cogió los mandos con con manos firmes. No era entusiasmo lo que lo movía, era dignidad. Era el deseo de no seguir siendo el blanco fácil.
La lancha siguió su curso, pero algo en el aire había cambiado. Y aunque nadie lo dijo en voz alta, todos lo sintieron.
—¡Venga, Bill, que me duermo!—soltó Natalie desde su asiento con ese tono burlón que usaba como aguijón.
—Sí Bill, que no estás paseando a Miss Daisy—añadió Alexander sin mirarle siquiera, mientras se echaba a reír abrazado a Gustav.
Bill se volvió de inmediato indignado por sus palabras viéndolos abrazados con sus caras demasiado cerca y sus risas demasiado sincronizadas. Y compartiendo una mirada que fue como una bofetada silenciosa para Bill.
Alexander se dejaba abrazar por Gustav riéndole las gracias a Natalie, parecía haberse deslizado fuera de todo lo que habían sido y compartido. Apretó los mandos con fuerza, sintiendo cómo la presión se acumulaba en el pecho, cómo las palabras no dichas se convertían en nudos en la garganta.
Y entonces aceleró.
El rugido del motor se mezcló con los gritos de júbilo del grupo que celebraba la velocidad como si fuera una victoria. Alexander soltó a Gustav y se colocó en uno de los laterales de la lancha gritando y riendo con los brazos abiertos como si fuera el rey del mundo y el viento le perteneciera.
Y entonces Bill no lo soportó más.
La presión, la humillación y la sensación de estar fuera de lugar, de ser empujado al margen una y otra vez… todo se condensó en un solo gesto. Giró el volante con demasiada fuerza y demasiada rabia, y la lancha dio un giro brusco que desestabilizó a Alexander, lanzándolo por la borda.
El silencio fue inmediato.
Alexander quedó un segundo suspendido en el aire antes de caer al agua con un chapoteo seco, y Bill en lugar de entrar en pánico, sintió algo que no esperaba.
Un gran alivio.
Como si por fin hubiera roto algo que llevaba demasiado tiempo conteniéndose.
Los demás se levantaron de golpe gritando su nombre y buscándolo con la mirada. James se inclinó por el borde mientras que Tom se quitaba el chaleco para lanzarse si hacía falta y Gustav se quedó paralizado con los ojos muy abiertos.
Bill soltó los mandos de la lancha temblando.
No por miedo.
Por todo lo que acababa de entender.
Continúa…
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