Incomplete 39

Incomplete 39

Fic TOLL de lyra

Capítulo 39

La partida de Víctor había dejado un hueco extraño en el ambiente como si se hubiera llevado consigo algo más que su presencia. Tom lo notó apenas se cerró la puerta del bungalow pero no dijo nada.

No era el momento.

Se dispusieron a cenar sacando de las bolsas lo que Rose había metido en con algo de prisa. De nuevo tenían hamburguesas recién hechas con patatas fritas y ensalada. Todo un manjar para Tom que a pesar de lo sucedido notaba como su estómago se despertaba con el olor de las patatas.

Tomaron asiento en la barra y cenaron mientras conversaban inevitablemente del accidente.

—No me entra en la cabeza —murmuró Melissa tras dar un bocado a su hamburguesa— ¿Cómo pudo tomar cocaína Alexander? Es que no tiene sentido.

—Pues porque es un niño rico que lo tiene todo—dijo Andreas, como si eso lo explicara—Tiene dinero y puede comprar lo que se le antoje, y no será el primero que vemos puesto hasta las cejas sin que la policía haga nada. Sus padres se encargaran de taparlo pagando lo que sea.

Tom se removió en su asiento algo incómodo con la crudeza de Andreas y porque la conversación se había vuelto más áspera.

—No es tan simple —empezó a decir sin levantar la voz—Alexander no es así como lo estás pintando.

Andreas se encogió de hombros, como si no le importara matizar.

— ¿Y tú cómo lo sabes? ¿Porque ahora ya te cae bien?—soltó sin poderse contener—Has pasado dos tarde con ellos y ya piensas como ellos.

—No te pases, Andreas—intervino Melissa.

Pero Andreas no se quería contener, había estado viendo como Tom disfrutaba de sus nuevas amistades mientras los demás trabajaban. Se había vuelto el camarero más popular del club y no podía evitar sentir cierta envidia.

—Mira Tom la gente con dinero hace cosas que nosotros ni imaginamos—siguió diciendo—Y cuando se meten en líos tienen los mejores abogados, médicos y padres que compran silencio.

Melissa lo miró con el ceño fruncido, dejando la hamburguesa sobre el plato.

—Eso no significa que se merezca lo que le ha pasado—dijo Melissa con firmeza—No sabemos nada de Alexander más que lo que él deja ver cuando aparece por el club con su altanería y grosería, pero no tenemos ni idea por lo que está pasando para haber tomado esa mala decisión.

—Exacto —intervino Tom con más firmeza—Y hasta que no lo sepamos no podemos opinar de él, no sabemos cuándo va a despertar si es que lo hace. Tenemos que esperar y dejar de especular, Alexander no es el único implicado.

Andreas se le quedó mirando en silencio, sabía que lo decía por Bill. Otro niño rico que quiso conducir una lancha cuando sabía que no podía pero es a él le daba igual. No tenía ni idea de las consecuencias que podía traer al club si se llegara a saber la verdad.

—Pues yo no voy a llorar por él—dijo Andrea cruzando los brazos—Si se ha metió algo de cocaína que asuma las consecuencias de eso y del accidente, pero que no se quede callado como si no tuviera nada que ver. Porque el único culpable de todo es él, del accidente y de las consecuencias que va a traer.

El silencio que siguió fue tenso, como si de repente el bungalow se hubiera encogido. Melissa bajó la mirada, Tom apretó los labios y Andreas se quedó mirando por la ventana como si estuviera en otro sitio.

La noche avanzaba, pero la conversación no.

Porque lo que había ocurrido en el lago no era solo un accidente.

Era una grieta.

Y cada uno de ellos estaba empezando a caer por ella a su manera.

Terminaron de cenar en silencio y Melissa se retiró a su bungalow despidiéndose de Tom con un fuerte abrazo haciéndole prometer que si necesita hablar o solo compañía contara con ella.

Tom se quedó en la puerta del bungalow viendo cómo Melissa se alejaba bajo la luz tenue de las farolas del camping. El abrazo aún le pesaba en los hombros no por su fuerza sino por lo que contenía. Era preocupación, lealtad y miedo. Melissa no había dicho mucho, pero el gesto lo decía todo.

«No te encierres. No te hundas solo»—le había dicho con la mirada.

Él asintió cuando se lo pidió prometiéndolo con una voz que apenas salió. No sabía si podría cumplirlo, pero en ese momento necesitaba que alguien creyera que sí.

Volvió al interior del bungalow ayudando a un silencioso Anderas a recoger los platos con movimientos lentos y cuando hubieron terminado negó con firmeza cuando Andreas le pidió que pasara la noche en su cama y él en el sofá como habían quedado horas antes.

—Prefiero dormir en mi sofá—dijo con calma—Ya me he acostumbrado a el.

Quería liberar algo de la tensión que flotaba en el ambiente, no quería pasarse la noche enfadado con su amigo solo porque no compartía su mismo punto de vista.

Andreas se le quedó mirando en silencio durante unos segundos, como si evaluara si insistir o dejarlo estar. Al final se limitó a asentir con un gesto breve casi resignado y se dirigió al dormitorio sin añadir nada más.

—Andreas por favor, no te enfades conmigo—casi suplicó Tom queriendo hacer las paces con su amigo.

Escuchó como Andreas soltaba un suspiro y regresaba de nuevo al salón. Su gesto había cambiado, Tom notaba cómo sus hombros se habían relajado apenas un poco, como si su súplica hubiera atravesado la coraza que Andreas había llevado puesta desde la cena.

—No estoy enfadado —dijo Andreas sin mirarlo—Solo es que no entiendo por qué todo tiene que cambiar de golpe.

Tom se acercó despacio sin invadir su espacio.

—No ha cambiado todo—respondió con voz baja— Solo necesito que entiendas que yo veo las cosas desde otro punto de vista y no quero que te enfades por ello.

—Puedo tratar de comprenderlo—dijo Andreas cediendo un poco—Pero me duele que seas a veces tan cabezota como siempre, no te dejas ayudar cuando más lo necesitas y esta noche lo mejor es que la pases en mi cama porque necesitas descansar.

—Tú también lo necesitas—apuntó Tom—Llevas toda la tarde trabajando y yo mañana tengo el día libre.

Andreas asintió resignado, el silencio entre ellos ya no era tan tenso sino frágil. Como si ambos supieran que estaban al borde de algo que podía romperse pero también reconstruirse.

—Está bien —cedió Andreas al fin—Pero si me necesitas llámame a mi, no a Melissa. No quiero que me dejes fuera. No ahora.

—Nunca lo haré—prometió Tom con firmeza.

Y en ese momento, sin necesidad de más palabras ambos entendieron que la amistad no se medía por las noches compartidas, sino por las veces que uno decidía quedarse, incluso cuando no entendía del todo lo que le pasaba al otro.

Andreas le dio las buenas noches y se fue a su habitación dejando a Tom en el salón recogiendo los últimos restos de la cena con movimientos lentos. El aire estaba cargado, no por lo que se había dicho sino por lo que ambos habían decidido no decir.

No quería discutir.

No esa noche y menos con Andreas.

No después de todo lo que había pasado.

Prefería que el silencio fuera una tregua, no una distancia.

No se molestó en quitarse la ropa que llevaba y se metió en la cama que era su sofá. Encendió la lámpara de pie que tenía al lado, la luz cálida le dio algo de consuelo como si pudiera contener el peso de las horas anteriores.

Desde el dormitorio no llegaba ningún sonido. Andreas se habría acostado ya cansado de discutir y Tom lo entendía. A su manera, también estaba procesando todo lo que había sucedido esa tarde.

Tom cogió el móvil y se lo quedó mirando sin encender, no tenía el número de Bill y en esos momentos se moría por mandarle un mensaje de ánimo o preguntarle simplemente si se encontraba bien.

Dejó de nuevo el móvil en su sitio suspirando y se acomodó en el sofá. No sabía si podría dormir, pero al menos había conseguido algo. No romper lo que aún quedaba entre él y Andreas.

Aunque fuera frágil.

Aunque estuviera lleno de grietas.

Porque a veces, ceder no era rendirse.

Era cuidar.

&

El sol inundaba la habitación con una luz blanca y despiadada colándose por las cortinas como si quisiera arrancarlo de la cama a la fuerza. Bill abrió los ojos y se incorporó de golpe con el corazón acelerado y la boca seca. Tardó unos segundos en ubicarse, en recordar dónde estaba, qué día era y por qué sentía ese vacío en el pecho.

El reloj de la mesilla marcaba las nueve y media.

«Demasiado tarde»—pensó resoplando.

Se pasó una mano por el rostro aún aturdido y se dejó caer de espaldas sobre las sábanas revueltas. No tenía su móvil consigo, no había una alarma ara despertarle ni nadie lo había hecho al ver que no bajaba a desayunar, lo que le había extrañado mucho pero después de lo sucedido era normal que le hubieran dejado descansar.

Había pasado una mala noche, dando vueltas en la cama atrapado entre el insomnio y los recuerdos hasta que su cuerpo cedió y cayó rendido por el agotamiento sin ponerse su pijama, llevando al ropa cómoda que le había elegido Alice cuando llegó a casa.

Con la camiseta que llevaba arrugada y pegada al cuerpo por el sudor nocturno se levantó con torpeza sintiendo las piernas entumecidas y caminó hacia la ventana. La abrió del todo dejando que el aire fresco le golpeara la cara. El jardín estaba en calma y solo se oía el canto de los pájaros en los árboles. Agudizó el oído por si escuchaba la voz de sus padres ya fuera en la casa o en el jardín, pero nada. Ni voces ni pasos.

«¿Se habrán ido al hospital de nuevo? ¿No han querido molestarle?»—pensó suspirando.

Se dio la vuelta buscando algo que le diera una idea pero no había ninguna nota o mensaje alguno de sus padres, aunque no eran de hacer precisamente eso. Solo había silencio y un maravilloso sol que seguía entrando como si no le importara lo que había pasado la tarde anterior.

Se sentó en el borde de la cama con los codos apoyados en las rodillas y dejó que el silencio se instalara de nuevo. Sabía que no podía quedarse ahí todo el día, además necesitaba tener noticias de Alexander.

Entonces la puerta de su habitación se abrió y su padre se asomó por ella con sigilo pensando que estaba aún dormido, pero al verle sentado sobre la cama se detuvo en seco con la mano aún en el pomo y la expresión congelada entre la sorpresa y la preocupación.

—Ah, estás despierto—dijo Jörg en voz baja como si temiera romper algo frágil en el aire—No quise molestarte.

Bill levantó la cabeza despacio sin responder de inmediato. Su padre entró con cautela cerrando la puerta tras de sí. Vestía de traje como era habitual en él y al ser lunes Bill pensó que ya debería estar trabajando aunque fuera en casa en su despacho. Entonces se fijó en su rostro marcado por el cansancio, no sabía cuanto tiempo habían permanecido él y su madre en el hospital acompañando a los padres de Alexander.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó Jörg acercándose con pasos medidos.

Bill se encogió de hombros sin mirarle directamente. No estaba acostumbrado a la atención que le estaba prestando su padre ni a que se preocupara por su estado.

—Estoy bien—respondió al fin—No creí que pudiera pero he logrado dormir un poco, aunque no descansar.

Jörg asintió y se sentó en la silla junto al escritorio que tenía Bill bajo la ventana, y se quedó en silencio unos segundos. Luego con tono neutro empezó a hablar.

—Alexander ha despertado—dijo para alegría de su hijo—Fue de madrugada y desde entonces los médicos no han parado de hacerle pruebas para confirmar que está bien.

Bill se quedó inmóvil, como si las palabras de su padre tardaran en asentarse dentro de él.

Alexander ha despertado.

Era lo que había deseado, temido e imaginado en mil versiones durante parte de la noche que había pasado en vela. Pero en esos momentos que lo estaba escuchando, no sabía cómo reaccionar. El alivio le golpeó primero, como una ráfaga cálida en el pecho, seguida de una punzada de ansiedad.

—¿Está consciente? ¿Ha dicho algo?—preguntó sin aliento sin poder contenerse.

Jörg levantó una mano para pedirle que se calmara y así poder él contestar a cada una de sus preguntas formuladas.

—Sí, está lúcido pero confundido—empezó a decir—Ha respondido a todas las preguntas lo que los médicos le han hecho. Reconoce a sus padres y recuerda su nombre. Está cansado, pero estable.

—Quiero ir a verle—susurró Bill poniéndose en pie de inmediato.

—Ahora está descansado—dijo Jörg con firmeza negando con la cabeza—Aún no han terminado con las pruebas y de momento no puede recibir visitas.

—¿Recuerda lo que pasó? —preguntó mordiéndose el labio.

Jörg dudó un instante.

—Dice que recuerda caer al agua, nada más—contestó Jörg mirando fijamente a su hijo—No ha mencionado la lancha ni quién la conducía.

Bill asintió con la cabeza, sabía lo que eso significaba. Que la verdad seguía siendo una posibilidad, no una condena.

—¿Sus padres siguen con él?—quiso saber.

—No se han movido de su lado y tu madre tampoco—contestó Jörg—Yo vine hace un par de horas a ver cómo estabas, te vi dormido y no quise despertarte.

Bill agradeció su gesto, si hubiera sido su madre ya llevaría tiempo sentado en el comedor desayunando mientras escuchaba alguna frase punzante disfrazada de preocupación. Quizás incluso le reñiría por mostrarse débil al llorar pensando en Alexander, diciéndole que el mundo no se iba a detener por una de sus crisis.

Pero su padre era distinto. Más silencioso y más considerado con sus gestos y sus palabras. Y aunque no siempre sabía cómo acercarse, al menos sabía cuándo no empujar.

Le vio levantarse y caminar hacia la ventana echando a un lado las cortinas para dejar entrar el aire fresco. El gesto era simple pero Bill lo interpretó como una forma de despejar la atmósfera y de invitarlo a respirar.

—Tu madre volverá más tarde—explicó Jörg sin volverse—Quiere quedarse en el hospital hasta saber el resultado de la última prueba, además Eleonore está destrozada y no quiere dejarla sola.

«Ni siquiera para saber si su hijo está destrozado también»—pensó Bill sin poderse contener.

—Por eso, si hay algo que debas contarme ahora es el momento—dijo Jörg volviéndose y mirándole fijamente.

Bill se le quedó mirando fijamente también, comprendiendo en ese instante que su padre no le estaba preguntando qué tal estaba por solo cortesía.

Lo sabía todo.

O al menos lo intuía.

Y estaba dándole una oportunidad de hablar.

Una sola.

— ¿Eras tú quien conducía la lancha, si o no?—preguntó Jörg con firmeza.

Bill sentía que estaba en un juicio y su padre le estaba interrogando como el buen abogado que era, y aunque no había jurado decir la verdad y nada más que la verdad, sabía que tenía que hacerlo pues su padre no era fácil de engañar. Era muy bueno en su trabajo y detectaba las mentiras al segundo de haber sido pronunciada.

Tragó saliva antes de contestar sintiendo cómo se le secaba la garganta. El tono de su padre no dejaba espacio para evasivas. No había ira en su voz pero sí una precisión quirúrgica, como si cada palabra estuviera diseñada para cortar la niebla que él había intentado mantener alrededor de los hechos.

—Sí —dijo al fin sin levantar la mirada—Era yo quien conducía la lancha cuando Alexander cayó de ella.

Jörg no reaccionó de inmediato. No se movió ni suspiró, ni siquiera cambió de expresión. Solo se quedó observando como si esperara que Bill añadiera algo más.

Pero Bill no lo hizo.

Porque no había nada que pudiera suavizar esa verdad.

—¿Y por qué no lo dijiste a la policía? —preguntó Jörg con la misma firmeza de antes.

Bill levantó la mirada con los ojos enrojecidos por el sueño y la tensión acumulada.

—Porque James dijo que asumiría la culpa, que era mejor así—contestó Bill—Que si yo decía lo que realmente había pasado todo se complicaría más.

Jörg se acercó un paso sin levantar la voz.

—¿Complicarse para quién?—quiso saber.

—Para mí para empezar, soy menor de edad y no debería haber conducido la lancha—contestó Bill en un susurro—Para Alexander porque como ya sabrás han encontrado cocaína en su cuerpo. Y si la policía empieza a investigar a fondo todo esto será perjudicial para la reputación del club, y esto nos atañe a nosotros.

Jörg se lo quedó observando en silencio sin moverse. El susurro de Bill había llenado la habitación con una verdad incómoda pero inevitable. No era solo una confesión, era una advertencia.

Una súplica.

Una forma de decir «No me protejas, pero tampoco me expongas.»

—Lo sé —dijo al fin con voz grave—Sé lo de la cocaína, el médico nos informó de todo tras tu marcha. Gordon y Eleonore no se sorprendieron mucho al saberlo, llevan tiempo luchando para que Alexander sea más prudente con sus decisiones y en el fondo se esperaban que algún día ocurriera algo así.

Bill asintió con la cabeza, sabía por Alexander que desde que descubriera que era adoptado no se había portado tan bien como sus padres esperaba y les había dado más de un disgusto.

— ¿Tú has tomado algo alguna vez? —preguntó Jörg sin poder evitar que la ansiedad se colara en su voz.

—El médico de Alexander me hizo ayer la misma pregunta y te voy a responder igual que a él—dijo Bill con firmeza con la mirada fija en su padre—Nunca la he probado y jamás lo haré.

Jörg asintió con la cabeza, le creía. Sabía que nunca les había mentido a él o a su madre y podía confiar en su palabra. Se movió con lentitud por la habitación como si el peso de la conversación le hubiera calado hasta los huesos.

— ¿Qué piensan hacer los padres de Alexander?—preguntó Bill en voz baja.

—Todavía no lo han decidido—contestó Jörg suspirando—Están esperando a ver cómo evoluciona Alexander.

Bill bajó la mirada sabiendo lo que eso significaba. Que estaban en pausa, en una tregua frágil. Que cualquier movimiento en falso podía desencadenar una investigación, una denuncia y una caída en cadena.

—¿Y tú qué vas a hacer?—quiso saber tragando con esfuerzo.

Jörg se acercó, se agachó frente a él y le sostuvo la mirada con una firmeza que no admitía evasivas.

—Voy a protegerte, Bill—dijo Jörg con firmeza—Como he hecho toda tu vida aunque tenga que mentir por ello. Pero si todo esto sale a la luz quiero que estés preparado. Que sepas que no estás solo, pero que también que hay consecuencias. Y que esconderse detrás de otros no va a salvarte.

Bill asintió con los ojos llenos de lágrimas. Aunque no era tristeza lo que sentía.

Era algo más crudo y más real.

Era el vértigo de saber que el mundo que conocía podía desmoronarse en cualquier momento.

&

El amanecer se filtraba por las cortinas del bungalow tiñendo el salón de un tono ámbar que parecía demasiado cálido para lo que Tom sentía. Estaba tumbado en el sofá con las sábanas arrugadas sobre las piernas y los ojos abiertos desde hacía horas.

No había dormido, no realmente.

Cada vez que cerraba los ojos, la imagen volvía una y otra vez a su cabeza. Alexander flotando en el lago, su cuerpo inmóvil y el silencio que lo rodeaba como una sentencia. Y Bill de pie en la lancha con la cara desencajada, como si acabara de perder algo que no sabía cómo recuperar.

Se incorporó con lentitud sintiendo la espalda rígida y los músculos entumecidos. El aire del bungalow era denso, cargado de lo no dicho. Andreas seguía dormido en su habitación o al menos eso creía. No se oía nada. Solo el canto lejano de los pájaros y el zumbido de una lancha cruzando el lago, como si el club intentara volver a la normalidad por pura inercia.

Se levantó y caminó hacia la ventana. El camping estaba en calma pero Tom no sentía paz sino vértigo. Como si el día que empezaba fuera una continuación del anterior, sin tregua ni respiro. Apoyó la frente contra el cristal, cerró los ojos suspirando y dejó que el frío le despejara un poco la mente.

Pensó en Melissa. En el abrazo que le dio la noche anterior y en su promesa de estar ahí si lo necesitaba.

Pensó en Andreas, en su rabia contenida yen su miedo disfrazado de juicio.

Y pensó en Bill, en cómo no había podido hablar con él para saber si estaba bien, si había podido dormir o si había pasado toda la noche en vela llorado.

Se apartó de la ventana, fue a la cocina y se sirvió un vaso de agua. Lo bebió despacio como si cada sorbo pudiera devolverle algo de equilibrio.

Pero no lo hacía.

Porque el equilibrio se había roto en el lago y nadie sabía aún cómo repararlo.

No podía quedarse allí por más tiempo. El bungalow se le hacía pequeño, cargado de silencios y miradas que no terminaban de decir lo que pensaban. Necesitaba aire fresco y sumergirse en su habitual rutina.

Algo que le devolviera una mínima sensación de control en su vida.

Fue a la cocina, arrancó una hoja del bloc que Andreas guardaba junto al microondas, y escribió con letra rápida una nota para que no se asustara cuando despertara y viera que no estaba.

«He ido al club a desayunar y nadar un rato. No te preocupes por mi, solo necesito despejarme. Nos vemos luego. «

La dejó sobre la mesa, bien a la vista y se dirigió al baño para lavarse la cara. Entró con sigilo en la habitación de Andreas comprobando que estaba profundamente dormido y abriendo el armario sacó un bañador y una camiseta nueva que se puso en el baño.

Al salir del bungalow el aire fresco le golpeó la cara como una bienvenida silenciosa. Caminó por el sendero de grava que llevaba al club con las manos en los bolsillos y la mirada fija en el suelo. A lo lejos, el lago brillaba con una calma engañosa, como si no hubiera sido testigo de nada.

Al llegar al club entró en el sin detenerse mucho para conversar con sus compañeros que empezaban el turno de mañana. Echó a andar hacia la cocina para desayunar con Rose como hacía todas la mañanas, pero vio salir a David del almacén y supo de inmediato que algo había pasado.

— ¿Qué ha pasado?—preguntó Tom sintiendo la garganta reseca.

—Alexander ha despertado—dijo David sin rodeos.

Tom se quedó sin aliento como si las palabras le hubieran golpeado en el pecho. El murmullo del comedor y el olor a café recién hecho se desvaneció por un instante.

—¿Cuándo?—preguntó sin poder ocultar la urgencia en su voz.

—De madrugada —contestó David—Los médicos lo han tenido en observación desde entonces. Está consciente, responde bien y por ahora no hay complicaciones graves.

Tom sintió que el aire volvía a sus pulmones. No era solo alivio. Era una especie de vértigo, como si el mundo que había estado suspendido desde el accidente comenzara a moverse otra vez.

—¿Ha dicho algo? ¿Recuerda lo que pasó?—quiso saber Tom.

—Solo fragmentos—contestó David negando con la cabeza— Nada significativo y los médicos no han querido presionarlo. Están centrados solo en su recuperación.

Tom asintió, procesando cada palabra. Sabía lo que eso significaba, que Alexander no recordaba sobre todo quien conducía la lancha y que Bill seguía en el centro de una tormenta que aún no había estallado.

—¿Y el club?—preguntó Tom de repente—¿Va a hacer algo al respeto?

David bajó la voz mirando alrededor.

—Por ahora no—explicó en un susurro—Nadie quiere mover ficha hasta que Alexander esté más fuerte. Pero esto no puede quedarse así. Lo sabes, ¿verdad?

Tom lo sabía.

Lo había sabido desde el momento en que había visto a Bill temblando en la lancha.

Desde que Melissa le abrazó como si fuera a romperse.

Desde que Andreas empezó a hablar como si ya supiera quién debía pagar.

—Gracias por decírmelo —murmuró al fin.

David le dio una palmada en el hombro, breve pero firme.

—Ve a desayunar, Rose te está esperando—dijo David esbozando una débil sonrisa—Pero mantente cerca, hoy todo puede cambiar en un pestañeo.

Tom asintió y siguió su camino hacia la cocina con el corazón latiendo más rápido que antes.

Alexander estaba despierto.

Y eso significaba que las preguntas ya no podían esconderse detrás del silencio.

Continúa… 

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por lyra

Escritora del Fandom

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