Incomplete 40

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Fic TOLL de lyra

Capítulo 40

Después de que su hijo le confesara que era él quien conducía la lancha, Jörg se le quedó observando en silencio con los brazos cruzados y la mirada fija en su él, que le devolvía la mirada con una mezcla de ansiedad y determinación. No estaba gritando ni suplicando, pero había algo en su suplicante mirada que Jörg no podía ignorar.

—No puedo quedarme aquí esperando —dijo Bill, con la voz firme pero quebrada por el cansancio—No quiero enterarme del estado de Alexander por segundas personas. Quiero estar allí aunque sea en la sala de espera porque no me dejen entrar.

Jörg suspiró se pasó una mano por la nuca y se acercó a la ventana. Fuera el jardín comenzaba a llenarse de luz, pero dentro de la habitación el aire seguía denso.

—Está bien —dijo al fin, volviéndose hacia su hijo—Pero antes, dúchate y baja a desayunar. Yo haré unas llamadas y veré si puedes ir al hospital sin interferir.

Bill asintió de inmediato como si esa pequeña concesión fuera un salvavidas. No preguntó más ni discutió. Se dirigió al baño con pasos rápidos, y Jörg lo observó desaparecer tras la puerta con una mezcla de alivio y preocupación.

Mientras escuchaba el agua de la ducha empezar a correr, salió de la habitación y se dirigió a su despacho mientras sacaba el móvil del bolsillo y marcaba primero el teléfono de su mujer para explicarle la decisión de su hijo y que debía ser respetada. Luego llamó al médico que llevaba el caso de Alexander y por último llamó a David para hablar con él.

Porque si Bill iba a estar cerca de Alexander todo debía estar controlado. No solo por el estado del chico, sino por lo que podía surgir si las piezas empezaban a moverse demasiado rápido.

En el baño, Bill se apoyó contra los azulejos, dejando que el agua caliente le golpeara la espalda. No era solo para despejarse. Era para prepararse. Porque si Alexander estaba despierto entonces las preguntas ya no podían esconderse.

Y él, por primera vez, tendría que enfrentarlas cara a cara.

Se dio prisa en ducharse y vestirse, salió de la habitación sin molestarse en secarse el pelo y bajó al comedor donde Greta le había preparado un copioso desayuno para que le diera fuerzas, incluida sus natillas caseras que no pudo probar la noche anterior.

Estaba terminando de desayunar cuando su padre entró en el comedor y tomó asiendo mientras que Greta aparecía de nuevo y le servía otro café bien cargado.

—Está todo preparado —dijo sin rodeo mirando fijamente a su hijo—Arthur te llevará en coche, sales en veinte minutos.

Bill asintió en silencio sintiendo cómo la ansiedad se transformaba en movimiento. Ya no era solo quedarse en casa a esperar, era ir al lugar donde todo había empezado a cambiar.

— ¿Podré entrar a verlo?—preguntó mirando ansiosamente a su padre.

—No todavía —respondió Jörg con firmeza—Pero estarás cerca de Alexander y te mantendrán informado. Y si los médicos lo permiten quizás puedas verlo más tarde.

Bill terminó el desayuno y se levantó con decisión. Desde que había recibido la noticia de que Alexander había despertado la opresión que llevaba días sintiendo en el estómago se había disipado, como si por fin pudiera respirar con algo más de claridad.

Jörg lo observaba en silencio atento a cada movimiento, viendo como se tomaba casi todo su desayuno con ganas y se levantaba con rapidez y decisión. Le notaba nervioso pero en sus ojos veía algo que nunca había visto en ellos. Sabía con certeza que algo en su hijo había cambiado y estaba preparado para enfrentarse a lo que viniera.

Arthur ya esperaba en la entrada de la casa bayeta en mano mientas sacaba más brillo al coche reluciente que Jörg Kaulitz usaba cuando le llevaba al trabajo. Su gesto sereno, como si entendiera que ese trayecto no era uno cualquiera.

Entonces Bill salió por la puerta, había subido a su habitación para coger una chaqueta, las gafas de sol y comprobar que la ropa que llevaba era la adecuada y recoger su pelo, no quería que su madre al verle soltara uno de sus comentarios hirientes al ver su aspecto aunque sabia que encontraría el mínimo error para echárselo en cara.

Jörg lo acompañó hasta la puerta sin decir mucho más. Le había dado espacio pero también había marcado los límites. Bill se lo agradecía, aunque no lo dijera. Sabía que su padre estaba haciendo malabares entre protegerlo y no interferir en lo que debía enfrentar.

—Recuerda lo que hablamos —dijo Jörg antes de que subiera al coche—No presiones, escucha y observa en silencio. Si te dejan entrar a verlo no le fuerces a hablar y mucho menos a recordar. El médico ha dicho que es mejor no contarle nada del accidente para ver si lo puede ir recordando por sí mismo.

Bill asintió, sabía que el estado mental de Alexander podía ser muy frágil en esos momentos y él solo quería ver con sus propios ojos que estaba bien. Y si Alexander lo miraba y lo reconocía, si decía su nombre con una amplia sonrisa entonces él ya se podía dar por satisfecho.

Arthur abrió la puerta trasera con un gesto cortés y Bill se acomodó en el asiento tras saludarle con una leve sonrisa. El coche arrancó con suavidad y mientras se alejaban de la casa Bill se puso a mirar por la ventanilla.

Ahí estaba el lago a lo lejos.

El mismo lago.

La misma superficie tranquila que había ocultado tanto.

El trayecto fue breve pero cada minuto se sintió eterno. Arthur no hablaba y Bill lo agradecía. El silencio era lo único que podía sostener sus pensamientos sin romperlos.

Al llegar al hospital Arthur se detuvo frente a la entrada principal. Antes de bajar Bill se volvió hacia él.

—Gracias por traerme—dijo mientras abría la puerta él mismo.

—Suerte, chico—contestó Arthur mirándole por el retrovisor, con una expresión que no necesitaba palabras.

Bill bajó del coche, se colocó la chaqueta y entró al edificio con el corazón latiendo como si sintiera que iba a ver a un nuevo Alexander. Se imaginaba que estaría muy cambiado tras lo sucedido, que sería una nueva persona y quizás de esa manera podía tratar de olvidar todo lo ocurrido.

Porque aún se avergonzaba de los pensamientos que había tenido en la lancha y que desembocaron en el accidente, ver tan cercano a Alexander con Gustav le hizo replantearse que podía haber algo entre ellos y los celos y la rabia pudieron con él haciéndole acelerar la lancha y girar bruscamente para tirar a Alexander de ella.

Porque era algo que ya había asumido en esa noche en vela.

Había tomado una firme decisión, si Alexander no cambiaba en su forma de ser mucho se temía que tendría que romper con él. No solo porque sería lo que a sus padres les pareciera bien dado su estatus social, sino porque era lo que más le convenía a él.

&

En la cocina del club, Tom estaba sentado en su sitio tomándose una taza de café recién hecho que Rose le había servido junto con un plato con tortitas con nata y chocolate.

—El azúcar ayuda a levantar el ánimo—había dicho Rose con una amplia sonrisa antes de volver a su trabajo.

Mientras que Tom desayunaba en silencio, Rose se movía con soltura entre los fogones empezando a preparar la comida que se iba a servir ese día, pero con el rabillo del ojo estaba pendiente de él.

—¿Estás bien? —preguntó al fin con voz suave sin dejar de cocinar.

Tom tardó un segundo en responder. No porque no supiera qué decir, sino porque no quería mentir.

—Estoy… aquí —dijo encogiéndose de hombros—Que ya es algo.

Rose se volvió, se sirvió un poco de café y se apoyó en la encimera frente a él mientras se lo timaba. No quiso insistir. Sabía que hablaría cuando estuviera listo, no antes.

—¿Y Víctor? —preguntó Tom de pronto, desviando la conversación—Anoche se marchó de repente. ¿Está bien?

Rose se detuvo un instante, frunciendo el ceño como si la pregunta le rozara una herida que no había terminado de cerrar.

—Víctor va a su ritmo —dijo al fin sacudiendo la cabeza—Anouk y yo intentamos que se enfoque en el trabajo, que se mantenga presente, pero hay días en los que parece estar en otro lugar. Y la verdad a veces me da miedo preguntarle por qué.

—Son cosas de la edad —murmuró Tom llevándose la taza a los labios—Le falta perspectiva. Tiene que madurar.

Rose se quedó pensativa un momento mirando el vapor que salía de su taza como si ahí pudiera encontrar las respuestas que estaba buscando.

—Eso mismo me dice él —respondió con un suspiro—Pero yo solo quiero que sea alguien con futuro. Sé que por nuestras circunstancias ni él ni Anouk lo han tenido fácil. No pudieron terminar sus estudios, y eso pesa. Me hubiera gustado verlos en la universidad con una carrera, no aquí trabajando desde tan jóvenes como si no tuvieran otra alternativa.

Tom bajó la mirada, sintiendo el peso de esas palabras. No eran quejas, eran deseos no cumplidos. Y también una forma de protegerlos, aunque ya no fueran niños.

—Víctor tiene talento —dijo al fin—Pero está en guerra consigo mismo y eso no se arregla con horarios ni con tareas. Se arregla cuando alguien le escucha de verdad.

—Ojalá lo escuche alguien antes de que se cierre del todo—susurró Rose mirando a Tom con una mezcla de gratitud y tristeza.

Tom terminó de desayunar y viendo lo atareada que estaba Rose se levantó decidido a echarle una mano.

— ¿Por qué David no te pone un ayudante?—preguntó colocándose a su lado y recogiéndose el pelo—Tú sola no puedes con todo.

—Ya estoy acostumbrada—contestó Rose sonriendo—Y ya tuve un ayudante, era Anouk hasta que se cansó de estar entre fogones y encontró trabajo en el Club Sisyphos. Llena el lavavajillas, por favor.

Tom asintió con la cabeza y se puso manos a la obra con gesto ágil, como si el movimiento le ayudara a despejar la cabeza.

—¿Y le va bien allí? —preguntó mientras enjuagaba una taza antes de meterla—Estuvimos una noche de fiesta, Víctor no dejaba de hablarme maravillas del club.

—Dice que sí, que es más dinámico—contestó Rose sin perder la sonrisa—Pero yo creo que a veces echa de menos la calma de esta cocina aunque no lo quiera admitir.

—¿Y tú la echas de menos?—quiso saber Tom, aunque sabía de sobra cual iba a ser su respuesta.

—Claro que sí—contestó sin pensar Rosa—Pero los hijos crecen y se van, y uno aprende a seguir cocinando con menos manos y más recuerdos.

Tom sonrió reconociendo en esas palabras algo que iba más allá de la cocina. Algo que hablaba de cambios, de aceptar que las personas que queremos también necesitan alejarse para encontrarse.

—Pues hoy tienes dos manos más —dijo siguiendo con su trabajo—No pienso dejarte sola con todo esto.

—Creía que hoy era tu día libre—comentó Rose agradecida por su gesto—Y además necesitas descansar.

—He pasado una buena noche y ya me encuentro mejor—murmuró Tom.

Sabía que ese día iba a estar en bocas de todos sus compañeros, de cómo le había salvado al vida la tarde anterior a Alexander y lo orgulloso que tendría que estar de ello. Pero también querrían escuchar su versión de los hechos, qué pasó realmente en la lancha para que se cayera y qué sintió al salvarlo con sus propias manos.

Sin buscarlo, se había convertido en el héroe del club. Y eso le abrumaba.

—Todos van a querer hablar contigo—soltó Rose de repente como si le hubiera leído el pensamiento—Pero tú no tienes que contar nada que no quieras.

—Lo sé, pero tampoco quiero esconderme—murmuró Tom resoplando—Solo quiero hacer mi trabajo sin ser molestado, y mucho me temo que David me va a mantener alejado de la playa y el embarcadero hasta verme del todo repuesto.

—Puedes quedarte aquí conmigo—dijo Rose con una de sus cálidas sonrisas—Esta cocina siempre ha sido buen refugio.

Tom le devolvió la sonrisa y se mantuvo a su lado ayudando en lo que podía mientras la cocina recuperaba su ritmo. Esta vez fue él quien llevó la conversación, curioso por conocer más sobre Rose y sus hijos. Poco a poco fue descubriendo retazos de su historia.

Anouk era una apasionada del baile. Tenía talento, disciplina, y soñaba con dedicarse a ello. Pero una lesión en la rodilla la obligó a abandonar esa ilusión antes de tiempo. Víctor por su parte tenía una habilidad innata para el dibujo. Pasaba horas con sus cuadernos creando mundos propios hasta que la realidad se impuso.

Ambos habían tenido que dejar sus sueños en pausa o quizás enterrarlos del todo cuando su padre desapareció de sus vidas siendo aún niños. Rose se encontró sola se vio obligada a sacar adelante la casa como pudo, y sus hijos empezaron a ayudar cuando pudieron sin que nadie se lo pidiera.

—No fue justo —comentó Rose en voz baja mientras cogía una sartén—Pero hicimos lo que había que hacer. Y eso también los hizo fuertes.

Tom asintió, sintiendo que detrás de cada gesto de Rose había una historia de resistencia.

Y sintiendo también que en esa cocina no solo se preparaban platos.

También servía de refugio y era donde las vidas encontraban calor.

&

Bill entró al hospital con el corazón latiendo con fuerza guiado por el recepcionista hacia la zona de observación. Le explicaron que Alexander seguía bajo vigilancia médica, aún sin visitas permitidas pero estable. No era lo que deseaba oír pero al menos confirmaba que estaba vivo, consciente, y cerca.

Al girar por el pasillo que llevaba a la sala espera se detuvo en seco al ver a Louise y Georg sentados juntos, ambos con los rostros tensos pero atentos. Louise fue la primera en levantarse y Bill corrió hacia ellos sin pensarlo envolviéndolos en un abrazo que parecía contener horas de miedo, culpa y esperanza.

—¡Estaba segura de que vendrías! —exclamó Louise, con los ojos brillantes— ¿Cómo estás? ¿Has dormido algo?

Bill asintió con una sonrisa leve sin saber muy bien qué responder. No quería hablar de la noche en vela, ni del nudo que había llevado en el estómago hasta que supo que Alexander había despertado.

Louise rebuscó en su bolso y le tendió el móvil.

—Lo dejaste en la playa junto a tu mochila—explicó Louise por encima—La tengo en el coche, por si la necesitas.

—Gracias —susurró Bill cogiendo el teléfono como si fuera un ancla.

Georg se levantó con calma, más contenido pero con una mirada que decía mucho.

—Las cosas de Alexander se las hemos dado a sus padres —explicó él también—Incluido su móvil. Así si no puedes entrar a verle, al menos podrás llamarle o escribirle.

Bill asintió apretando el móvil entre las manos. No sabía qué iba a decirle o si debía hablar con él en esos momentos. Pero tener esa posibilidad era más de lo que había tenido en horas.

—¿Sabéis si ha preguntado por mí?—preguntó en voz baja.

—No lo sabemos, nadie no quiere contar nada—contestó Louise negando con la cabeza—Solo que está despierto. Y eso ya lo cambia todo.

El silencio que siguió fue cálido, distinto al que había sentido en casa. Allí en la sala de espera, Bill no estaba solo. Y aunque el miedo seguía presente, también lo estaba la esperanza.

Tomaron asiento de nuevo con el murmullo del hospital como único sonido constante. Pasó media hora, cada minuto se hizo eterno ya que nadie hablaba porque no sabían qué decir y estaban esperando noticias desesperados. Bill no dejaba de mirar la puerta, esperando ver aparecer a alguien que le dijera qué hacer, qué pensar y qué sentir.

Finalmente el médico apareció por ella seguido de su madre, que caminaba con paso firme haciendo resonar sus tacones por el pasillo. Bill se puso en pie de inmediato al verla con el cuerpo tenso, preparado para una reprimenda suya o que lo mandaran de vuelta a casa por haberse presentado sin avisar. Pero su madre lo miró con una expresión era serena, casi fría.

—Bill —llamó deteniéndose frente a él—El médico ha dado permiso para que entres a ver a Alexander. Está despierto y ha pedido verte.

— ¿Quiere verme?—repitió Bill pestañeando, como si no hubiera entendido bien.

—Pero solo unos minutos—intervino el médico—Está débil, y no queremos que se agote.

Bill sintió que el suelo bajo sus pies se afianzaba de golpe. No era solo que Alexander estuviera despierto. Era que quería verle. Que había pronunciado su nombre. Y que después de todo, aún había un puente entre ellos.

Louise se levantó y le apretó el brazo con suavidad, como si le pasara parte de su fuerza. Georg le dio una palmada en la espalda, sin decir nada pero con una mirada que lo acompañaba.

Simone frunció el ceño y se giró hacia el médico, dirigiéndose a él con tono serio sin prestar atención a Bill ni a los chicos que lo acompañaban.

—No estoy segura de que sea prudente permitir visitas todavía—dijo con frialdad.

El médico mantuvo la mirada firme, sin vacilar.

—Los padres han dado su consentimiento—respondió con claridad—Y desde que recuperó la conciencia, Alexander no ha dejado de preguntar por su hijo. Verlo, aunque sea unos minutos, puede ayudarle a tranquilizarse. Será beneficioso para su recuperación.

Bill se quedó quieto, como si las palabras del médico hubieran detenido el tiempo por un instante. Alexander había preguntado por él nada más abrir los ojos. No era solo que estuviera despierto. Era que lo había nombrado.

En medio de la confusión y el dolor, su primer pensamiento había sido para él.

La ilusión se le instaló en el pecho como una ráfaga cálida, desplazando por un momento el miedo, la culpa y el temblor que lo había acompañado desde el accidente. Miró a su madre esperando que le dijera algo más pero se mantuvo en silencio cruzándose de brazos, aún molesta con la idea de tenerle allí en el hospital montando una escena que la dejaba a ella en evidencia.

En ese instante, Simone no veía a Bill como su hijo sino como un chico angustiado que, al borde del colapso emocional, parecía capaz de derrumbarse si no le dejaban ver al paciente. Y esa imagen, tan cargada de vulnerabilidad, la colocaba a ella en una posición incómoda, casi embarazosa.

—Estaré en la cafetería haciendo compañía a sus padres—murmuró Simone viendo que sus órdenes no eran obedecidas.

—Bill, ven conmigo—dijo el médico ignorando la fulminante mirada de Simone.

Bill no se hizo de rogar y echó a andar tras él ignorando él también la mirada de su madre por primera vez. Recorrieron el mismo pasillo que la noche anterior y antes de abrir la puerta de la habitación el médico se volvió para hacerle unas últimas recomendaciones.

—No le hagas preguntas ni intentes explicarle nada de lo que ha ocurrido, solo lograrás confundirle más de lo que está—dijo el médico con firmeza—Está cansado pero tranquilo. No te quedes mucho tiempo y si ves que se agita, sales y llamas a una enfermera.

Bill asintió en silencio sin poder hablar. Se quedó mirando la puerta cogiendo aire antes de abrirla y enfrentarse a Alexander sin poder evitar pensar en como le iba a encontrar.

Abrió la puerta con suavidad. La habitación estaba en penumbra con la luz filtrándose por las cortinas. Alexander estaba recostado en las almohadas, con la cabeza girada hacia la ventana y los ojos abiertos. Al oír la puerta, giró lentamente.

Sus miradas se encontraron.

Y Bill por primera vez desde el lago, sintió que algo en él volvía a encajar.

&

Tom seguía ayudando a Rose en la cocina pelando patatas con ritmo pausado mientras ella terminaba de cocer la pasta que serviría de segundo plato. La cocina olía muy bien y Tom sentía protestar su estómago.

—He adelantado más de lo que pensaba gracias a ti—dijo Rose mirando a Tom con una sonrisa satisfecha—Vete a dar un paseo, o si te apetece, báñate en el lago. El agua está tranquila esta mañana.

Tom se quedó quieto un instante con el cuchillo en su mano. Lo del paseo le sonaba bien, pero lo del lago no tanto.

Ese había sido su plan como hacía todas las mañanas antes del accidente y que el lago se convirtiera escenario de algo que no podía borrar. Volver a meterse allí aunque fuera solo para nadar le provocaba una incomodidad que no sabía cómo explicar. Como si al meterse en el lago algo pudiera volver a arrastrarlo hacia aquella tarde.

—Quizás solo de un paseo—dijo al fin carraspeando—No me apetece mucho nadar en el lago.

—Ahora es normal que lo veas así —comentó Rose sin presionarle—Es pronto aún, con el tiempo volverás a nadar en el disfrutándolo como antes.

Tom asintió agradeciendo que lo entendiera sin necesidad de dar más explicaciones. Se quitó el delantal que se había puesto y se pasó una mano por el pelo soltándoselo. La cocina contaba con una puerta trasera y salió por ella rumbo al sendero que bordeaba el club y le alejaba del lago.

No tenía intención de acercarse al agua y caminó bordeando la orilla con la mirada fija en el horizonte y la mente aún dando vueltas a la conversación que había mantenido con Rose. Había algo en ella que le removía por dentro y pensó por primera vez que le habría gustado tener una madre así.

Nunca fue adoptado.

Su infancia transcurrió entera en el hogar de acogida, entre normas impersonales y afectos fugaces que nunca llegaron a cuajar.

Por suerte en aquel entorno difícil había conocido a Andreas. Al principio fue solo un compañero más, alguien con quien compartir silencios y rutinas. Pero con el tiempo se convirtió en su mejor amigo, el único que sabía leer en su alma sin que Tom tuviera que explicar nada, el que le ofrecía compañía sin condiciones.

Y más adelante, cuando la confianza se volvió refugio y el afecto empezó a desbordar los límites de la amistad, también fue su amante. No duró mucho pero dejó una huella profunda en ambos. No por lo que fueron, sino por lo que se permitieron ser en medio de una vida que no siempre ofrecía espacio para la ternura.

Tom pensó en él mientras caminaba junto al lago preguntándose si Andreas podría entender lo que significaba volver a ese lugar después del accidente. Porque si alguien podía entenderlo, era él.

Y mientras que él paseaba junto al lago dejando que la brisa le despeinara el pelo y le despejara la mente, a lo lejos desde la ventana de su despacho David lo observaba en silencio. Tenía el móvil pegado al oído con la mirada fija en la silueta de Tom que se recortaba contra el agua.

— ¿Crees que es buena idea que Bill vea a Alexander?—preguntó con tono bajo.

—Ha sido decisión del médico—contestó Jörg Kaulitz al otro lado de la línea— Y Alexander lo pidió. No podemos negárselo.

David se apoyó en la ventana sin dejar de mirar a Tom, que se había detenido junto a una roca y parecía absorto en sus pensamientos.

—Pero Bill está al límite—empezó a decir David—Si Alexander dice algo que lo descoloque o si recuerda más de lo que debería no sabemos si sabrá manejarlo.

—Lo sé—respondió Jörg suspirando—Pero también sé que mantenerlos separados no ayudará mucho tampoco. Alexander quiere que vaya y Bill necesita ver que está bien con sus propios ojos. Y solo me preocupa el bienestar suyo.

David no respondió de inmediato, seguía observando a Tom alejándose del lago con pasos lentos pero decididos. Luego volvió a mirar el teléfono.

—Pero que sea rápido—murmuró— Y que alguien esté cerca, por si se derrumba.

—Simone sigue en el hospital—comentó Jörg arrugando la frente.

David puso los ojos en blancos, Simone no era la persona adecuada para cuidar de Bill en esos momentos y Jörg lo sabía. Su mujer era todo lo contrario a lo que él estaba pensando, Bill necesitaba un hombro sobre el que llorar y un abrazo que le consolara. Y Simone le reñiría por llorar y no le daría un abrazo, jamás lo había hecho.

—Sé lo que estás pensando—dijo Jörg al otro lado de la línea—Pero no he podido acompañar a Bill yo mismo, estoy hasta arriba de trabajo atrasado.

—Lo entiendo —respondió David con el tono cargado de frustración—Pero ya te lo he dicho muchas veces, estás dejando a Bill desatendido y no merece cargar con todo lo que Simone le está haciendo pasar.

—Y yo te dije que haría todo lo posible por reparar eso —replicó Jörg con firmeza—No pienso volver a fallarle otra vez.

David asintió en silencio, despidiéndose de Jörg con una leve frase de despedida antes de colgar. No quiso añadir nada más, sabía que tenía mucho trabajo y que la situación ya estaba suficientemente cargada.

Se quedó un momento en la ventana con el móvil aún en la mano observando cómo Tom desaparecía de su vista por por el sendero que bordeaba el lago. Su silueta se iba haciendo más pequeña, pero su presencia seguía pesando en la mente de David.

«Él podría ser ese apoyo que Bill necesita en estos momentos»,—pensó sin poder evitarlo.

No por lo que había hecho en el accidente, sino por cómo había reaccionado después. Por su calma y por su capacidad de escuchar sin juzgar, por esa forma de estar presente sin invadir.

En el hospital Bill iba a enfrentarse a algo que no se podía prever. Y David sabía que más allá de médicos y padres, lo que podía marcar la diferencia era tener a alguien cerca que no le pidiera explicaciones y que no lo empujara a hablar, pero que tampoco lo dejara solo.

Tom, con su historia silenciosa y su lealtad discreta, era ese tipo de amigo. El que no hace ruido, pero sostiene cuando todo tiembla.

David se volvió con decisión y salió del despacho regresando al club con una idea clara en mente. Haría todo lo posible para que Tom estuviera cerca de Bill en ese momento tan delicado. Sabía que tenía esa rara habilidad de estar presente sin invadir, de escuchar cuando hacía falta y guardar silencio cuando el dolor no necesitaba palabras.

Porque lo que Bill necesitaba en esos momentos no eran explicaciones ni consejos. Era alguien que supiera sostenerlo sin exigirle nada.

Y David intuía que ese consuelo, discreto pero firme, solo Tom podía ofrecérselo.

Cogió el móvil de nuevo y realizó una llamada cerrando los ojos y cruzando los dedos.

Continúa… 

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por lyra

Escritora del Fandom

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