
Fic TOLL de lyra
Capítulo 48
Tal y como había prometido, una vez vestido Tom esperó en el porche de su bungalow a que Melissa terminara de arreglarse. Fueron juntos hacia el club, caminando en silencio al principio hasta que Tom se atrevió a romperlo.
—Cuando salí de tu bungalow Andreas estaba en tu porche—explicó arrugando la frente—Ya te dije que me había parecido escuchar que nos llamaba, debió de entrar y escucharnos en la ducha porque estaba llorando.
Melissa se detuvo un instante como si las palabras le hubieran golpeado en el pecho. Luego reanudó el paso más despacio.
—¿Estaba llorando?—repitió en voz baja.
—No me lo dijo directamente, pero lo vi—contestó Tom suspirando—Estaba intentando disimular pero era imposible. Se le notaba en los ojos y en la forma en que respiraba. Estaba hecho polvo.
Melissa apretó los labios sintiendo una punzada de culpa que no esperaba. Habían querido proteger a Bill y quizás tanto Tom como ella habían llevado demasiado lejos su coartada sin calcular el daño que le podían causar a Andreas.
—No quería que se sintiera herido ni traicionado—murmuró soltando un suspiro largo—Hablaré con él. Intentaré que lo comprenda, al menos.
Tom negó despacio con la cabeza con la mirada perdida en el suelo.
—Soy yo el que más daño le ha hecho —dijo con voz apagada—Andreas al fin se ha dado cuenta de que lo nuestro jamás podrá ser. Y por eso lloraba. No por la mentira, ni por tu traición. Solo por haberme perdido.
Melissa lo miró en silencio sin saber qué decir. Había algo en la forma en que Tom lo decía que dolía más que cualquier reproche.
No era culpa.
Era duelo.
—Entonces habla tu también con él—dijo Melissa suspirando—Para que no se quede con la idea de que todo fue una farsa.
—Ya lo he intentado y pedido perdón pero creo que ahora mismo Andreas necesita tiempo y espacio—murmuró Tom.
—Si quieres puedes instalarte en mi bungalow—empezó a decir Melissa—Quiero decir para darle a Andreas ese espacio que necesita, no para nada más.
—Así solo le haría más daño—negó Tom con la cabeza—Que piense que me voy porque que hay algo entre nosotros.
Melissa asintió en silencio comprendiendo la lógica de Tom aunque le doliera. No había nada entre ellos, solo habían sido dos polvos maravillosos. Pero sabía que Andreas no estaba en condiciones de distinguir entre gestos inocentes y amenazas emocionales.
—Tienes razón —admitió con dolor—No quiero que se sienta desplazado ni confundido.
—No quiero que piense que lo estoy borrando para siempre de mis recuerdos—dijo Tom en voz baja—Solo que estoy intentando ser honesto por primera vez con mis sentimientos. Con él y contigo.
Melissa lo miró con una mezcla de respeto y tristeza. Había algo en Tom que estaba cambiando, algo que lo volvía más transparente y más vulnerable.
—Entonces quédate en el bungalow de Andreas —sugirió—Pero si en algún momento necesitas aire, sabes que puedes venir. Sin necesidad de dar explicaciones.
Tom asintió, agradecido por la oferta y por el cuidado implícito en ella. Sabía que podía acudir a ella con intención de hablar y aclarar ideas, pero nada más. No podía hacerle lo mismo que a Andreas, darle falsas esperanzas cuando lo que había ocurrido entre ellos no era lo que él había deseado.
Ocurrió sin más, y no se tenía que volver a repetir.
—Gracias —murmuró.
Siguieron caminando en silencio hasta que llegaron al club. Entraron juntos sabiendo que el día no sería fácil, pero que al menos habían empezado a decir las cosas en voz alta.
Sin cruzar más palabras cada uno se dirigió a su vestuario para ponerse el uniforme. El ambiente del club era más tranquilo de lo habitual, como si todos intuyeran que algo se estaba moviendo bajo la superficie.
Tom apenas había terminado de abrocharse los pantalones cuando escuchó que llamaban a la puerta y entraba David por ella.
—Ven un momento al despacho, por favor—le pidió con voz seria.
Tom asintió en silencio viendo como David cerraba de nuevo la puerta y llamaba a la de al lado pidiéndole lo mismo a Melissa sin llegar a abrir la puerta.
—Tu también Melissa, venid los dos al despacho—dijo David con firmeza.
—Salgo en un minuto David—contestó Melissa desde el otro lado de la puerta.
David asintió con la cabeza y fue a su despacho donde los esperó con la puerta entreabierta y el rostro serio, aunque no hostil. No tardaron en aparecer y les indicó que pasara y cerraran la puerta tras ellos.
El despacho estaba ordenado, como siempre, pero el aire tenía algo distinto. David se apoyó en el borde del escritorio cruzando los brazos y se les quedó mirando con mucha atención.
—No voy a dar rodeos —empezó a decir—Lo que pasó ayer ha removido muchas cosas. Y aunque no estoy aquí para juzgaros, sí necesito saber si estáis preparados para seguir trabajando aquí con la cabeza clara.
—David —empezó a decir Tom con voz firme pero sincera—Quiero pedirte disculpas por todo lo que ha sucedido. Por el caos y por la tensión que hemos traído al club.
—Sé que no ha sido culpa de nadie —dejó David bien claro con tono firme pero sin reproche—Todos queríamos proteger a Bill, y lo entiendo. Pero ahora ya se ha terminado y lo que importa ahora es que os concentréis en vuestro trabajo.
Tom asintió de inmediato sintiendo que a su lado Melissa también lo hacía.
—No quiero más rumores, ni más tensiones —añadió David—El club necesita estabilidad y vosotros también. Y si hay algo que debáis resolver, hacedlo fuera. Aquí quiero profesionalidad.
—La tendrás —respondió Tom con convicción—Lo prometo.
David los miró a ambos, luego se incorporó y abrió la puerta del despacho.
—Entonces id a trabajar —les pidió David con un gesto que indicaba que la conversación había terminado.
Tom salió el primero con paso firme dejando atrás el despacho y la tensión acumulada. Melissa, sin embargo, se quedó un instante más con la necesidad de cerrar algo que le pesaba.
—Te prometo devolver las horas que te debo de ayer —empezó a decir con tono serio.
—Ya lo hablaremos más adelante —murmuró David negando con la cabeza—Ahora daos prisa. Vuestro turno ya ha empezado y dentro de poco se llenará el club.
Melissa asintió comprendiendo que no era momento para ajustes de horarios ni disculpas. Salió del despacho con la sensación de que todo estaba en pausa, pero no olvidado.
El club comenzaba a despertar, con los primeros clientes entrando por la puerta y el murmullo habitual creciendo poco a poco. La jornada apenas empezaba, y cada uno llevaba consigo más de lo que mostraba.
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Sentado en la sala de reconocimiento vistiendo nuevamente un camisón de hospital y el brazo aún marcado por el último pinchazo, Alexander esperaba pacientemente a saber los últimos resultados antes de que le dieran oficialmente el alta. El hospital tenía ese olor a desinfectante y café recalentado que le resultaba insoportablemente familiar. Y frente a él su madre le miraba de brazos cruzados.
—En cuanto nos den el resultado la analítica, te darán el alta—explicó Eleonore—El médico ha dicho que el resto de las pruebas han salido bien.
Alexander asintió sin entusiasmo. No le gustaba estar allí, pero tampoco tenía fuerzas para discutir de nuevo con su madre.
—No sirve de nada castigarte —dijo Eleonore para sorpresa suya—Siempre acabas haciendo lo que quieres de una forma u otra.
—¿Entonces para qué insistís tanto?—quiso saber Alexander mirando a su madre.
—Porque necesitamos creer que podemos protegerte —respondió Eleonore—Que si te ponemos límites, evitarás hacerte daño. Aunque sepamos que no funciona del todo.
Él bajó la mirada, jugando con el borde de su camisón.
—No lo hago para heriros —murmuró con sinceridad—Es solo que a veces necesito respirar.
—Y eso incluye escaparte del hospital en tu estado y no dar señales de vida—soltó Eleonore sin poderse contener—Y encima arrastrando contigo a Bill.
—Los dos necesitábamos un respiro de todo—soltó Alexander a su vez—Y nos ha venido muy bien, hemos hablado y dejado muchas cosas claras.
—Y también habéis pasado la noche juntos—apuntó Eleonore—Sabes que en ese tema no puedo meterme, pero lo haré si le afecta a Bill. Tienes que tener mucho cuidado con él, es muy frágil.
Alexander frunció el ceño y resopló con incomodidad desviando la mirada hacia el suelo. No le apetecía en absoluto hablar de sexo con su madre, y mucho menos en ese tono protector que le hacía sentir como si fuera el único responsable de todo.
—No es tan frágil como creéis —murmuró—Bill sabe lo que quiere y también sabe decir que no.
Eleonore se le quedó observando con atención, había algo en la forma en que su hijo hablaba que le recordaba al niño que siempre había querido demostrar que podía con todo incluso cuando no podía.
—No estoy cuestionando lo que siente —dijo con suavidad—Solo quiero que seas consciente de lo que puede arrastrar. Tú tienes una forma de vivir las cosas muy intensamente y él, a veces, se deja llevar por lo que cree que tú necesitas.
Alexander apretó los labios sintiendo que esa frase le golpeaba más de lo que esperaba.
—No lo arrastro—dejó bien claro—Lo acompaño, y él me acompaña a mí.
Eleonore no quería de nuevo discutir con su hijo, pero en sus ojos había una advertencia silenciosa y una preocupación que no se apagaba del todo.
—Solo cuídalo como se merece—le pidió a su hijo con suavidad—No por mí, sino por él.
—Entonces no le hables de nada de esto a su madre—pidió con firmeza Alexander a su vez—Bill no ha contado aún nada en casa y y lo último que necesitamos es que Simone se entere por otra persona. Ya sabes cómo es, capaz de llevarlo al médico para que le certifiquen que está bien y a mí es capaz de mandarme castrar sin pestañear.
—No hace falta ser tan vulgar —murmuró Eleonore molesta con sus palabras.
Aunque en el fondo no pudo evitar reconocer que su hijo tenía razón. Conocía demasiado bien a Simone como saber que había veces que reaccionaba de manera desproporcionada.
Alexander solo se encogió de hombros sin disculparse con su madre, sabía que entendía lo que quería decirle aunque sus palabras no hubieran de su agrado.
—Solo quiero evitarle a Bill un mal rato —confesó en voz baja Alexander—Ya bastante tiene con lo que le espera en casa.
Eleonore asintió en silencio. Había cosas que ninguno de los dos podía controlar, pero al menos podían intentarlo por el bien de Bill.
Continuaron esperando en silencio envueltos en esa calma tensa que suele instalarse entre las paredes del hospital. Finalmente la puerta se abrió y el médico entró con una carpeta en la mano y una sonrisa profesional.
—Todo está en orden —anunció con tono tranquilo—Los resultados han salido bien y puedes marcharte a casa. Solo te recomiendo mucho descanso y nada de esfuerzos ni sobresaltos durante unos días.
Alexander respiró por fin aliviado, aunque sabía que la noche anterior ya había hecho un gran esfuerzo y llevado un buen sobresalto cuando Bill se le echó encima en mitad de la noche, y el fue incapaz de rechazarlo.
—Gracias—dijo Alexander levantándose con lentitud de la camilla.
—¿No tienes que decirle nada más al médico? —intervino Eleonore fulminando a su hijo con la mirada.
Alexander resopló en silencio. Sabía que aún había un tema pendiente y que no podía esquivarlo del todo.
—Siento mucho haberme escapado del hospital —dijo al fin con tono correcto, aunque en el fondo no se arrepentía realmente.
El médico lo miró con seriedad, sin levantar la voz pero con firmeza.
—Podría haberte pasado algo muy grave—empezó a decir—Tenías una conmoción cerebral que ha estado sin vigilancia. No es solo una cuestión de irresponsabilidad, Alexander. Es peligroso. Podrías haber perdido el conocimiento, sufrir una recaída o incluso algo peor.
Alexander bajó la mirada apretando los labios. No era que no entendiera el riesgo que había sumido al marcharse, lo entendía perfectamente. Pero en ese momento el impulso de escapar había sido más fuerte que cualquier advertencia médica.
—Lo entiendo—murmuró—No volverá a pasar.
—Espero que así sea, por tu bien—dijo el médico asintiendo con cierta resignación—Ahora vístete mientras preparo los papeles del alta, os espero en recepción.
—Muchas gracias por todo—se despidió Eleonore.
El médico salió cerrando la puerta con suavidad y el silencio volvió a instalarse en la sala. Alexander se quitó el camisón con movimientos rápidos casi bruscos, como si cada prenda de ropa que se ponía lo acercara un poco más a la libertad.
Eleonore lo observaba en silencio sin intervenir. Sabía que su hijo no soportaba los hospitales, pero también intuía que aquella prisa no era solo por el lugar sino por todo lo que había removido en él.
—No hace falta que corras tanto—comentó al fin con tono neutro—No te van a retener.
—No quiero estar aquí ni un minuto más —murmuró Alexander sin mirarla mientras se abrochaba los pantalones—Ya he tenido suficiente.
Eleonore asintió, aunque en su mirada había algo más que comprensión. Había una preocupación que no se disipaba con el alta médica.
Alexander se calzó los zapatos, recogió la bolsa de Rose que aún no había abierto y se acercó a la puerta.
—Vamos —dijo sin esperar respuesta.
Eleonore se movió con lentitud y fue tras su hijo sabiendo que aunque su cuerpo estaba listo para salir, su mente aún llevaba consigo más peso del que quería admitir.
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Después de haberse dado una rápida ducha que no había logrado disipar la tensión que se le había instalado en el pecho, Bill se sentó frente al escritorio con los libros abiertos tratando de repasar tal y como le habían ordenado pero las palabras se le deslizaban por su mente sin dejar huella. Era como si su cerebro se negara a colaborar, como si todo lo vivido el día anterior hubiera dejado una niebla espesa que le impedía concentrarse en nada más.
A mediodía escuchó unos pasos suaves en el pasillo. Sabía que no era su madre, sus tacones hubieran resonado por toda la casa. Era Greta que entró con una bandeja entre sus manos que dejó sobre la mesa sin decir mucho, aunque su mirada era más cálida que de costumbre.
—Tu madre ha ordenado que no salgas de la habitación para nada—dijo con voz neutra—Así que aquí tienes la comida, regresaré a por la bandeja en media hora.
—Gracias, Greta—murmuró Bill sin levantar la mirada.
Ella dudó un segundo antes de salir como si quisiera decir algo más, pero finalmente se marchó en silencio.
Bill se quedó a solas con la bandeja a un lado y los libros abiertos como testigos mudos de su encierro.
El castigo no era solo físico.
Era emocional.
Y lo sabía.
Empezó a comer en silencio empujando el tenedor por el plato más que llevándoselo a la boca. No tenía hambre, no de comida al menos. Lo que tenía era un nudo en el estómago que no se deshacía, una mezcla de ansiedad y nostalgia que lo mantenía atrapado en el recuerdo de la cocina del club. Del olor a pan recién hecho, del cariño con el que siempre le trataba Rose y de la mirada tranquila de Tom mientras le servía un poco más de pasta.
Ese momento había sido perfecto.
Pero se encontraba encerrado en su habitación con la bandeja sobre la mesa y con Greta como única conexión con el mundo exterior.
Todo lo demás le parecía lejano.
Irreal.
Se preguntaba qué estaría haciendo Tom en ese instante. Seguro que trabajando con el uniforme puesto, saludando a los clientes con esa sonrisa que sabía usar cuando quería parecer que todo iba bien.
¿Pensaría en él?
¿Se preguntaría si lo vería más tarde, aunque fuera solo un momento acompañado por Alexander o por Louise y los demás?
Dejó el plato a un lado sin terminarlo y se levantó del escritorio. Caminó hacia la cama y se tumbó en ella cerrando los ojos mientras se imaginaba estar en la cocina del club, podía escuchar el sonido de los cubiertos y la voz de Tom diciéndole que se relajara, que allí estaba a salvo.
Pero en esos momentos no lo estaba.
No del todo.
No mientras su madre siguiera sin saber comprenderle.
No mientras Alexander no estuviera a su lado cuando más lo necesitaba tal y como le había prometido.
No mientras que él y Tom tuvieran que fingir que entre ellos no pasaba nada cuando así no era.
Se sentían atraídos el uno por el otro sin poder evitarlo, y por mucho que Bill se esforzara en ver a Alexander con otros ojos, sabía que lo que había entre Tom y él no era una farsa.
Era real.
Aunque doliera.
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En el club Tom trabajaba con la eficiencia que le caracterizaba saludando a los clientes con una amplia sonrisa, revisando los pedidos y asegurándose de que todo estuviera en orden. Pero por mucho que intentara concentrarse, no podía ignorar la tensión que flotaba en el ambiente.
Melissa estaba en la barra preparando pedidos con gesto serio. No había habido roces entre ellos, pero tampoco complicidad. Era como si ambos hubieran pactado una tregua silenciosa que necesaria pero resultaba incómoda.
Andreas por su parte evitaba cruzarse con Tom. Se mantenía ocupado en la zona de la playa atendiendo mesas y tumbonas pero cada vez que Tom se acercaba demasiado donde él estaba Andreas encontraba otra mesa que atender mucho más lejos y no dudaba en marcharse dejándole plantado.
No había reproches, ni miradas duras.
Solo distancia.
Y eso le dolía más a Tom que cualquier enfrentamiento.
Y Víctor tampoco estaba en su mejor día. Solía ser el alma ligera del grupo, el que soltaba bromas incluso en los momentos más tensos. Pero ese día estaba callado concentrado en su trabajo con una seriedad que no le era habitual. Tom lo observó de reojo mientras organizaban juntos unas botellas en el almacén esperando algún comentario sarcástico que no llegó.
—¿Todo bien? —preguntó al fin, en voz baja.
—Supongo —respondió Víctor encogiéndose de hombros—Solo que hoy el ambiente está raro. Y no me gusta cuando todo el mundo parece estar guardando algo.
Tom asintió sin saber qué decir.
Porque sí, todos estaban guardando algo.
Y él, quizás, más que nadie.
—Ayer Andreas se quedó en tu casa a dormir—empezó a decir Tom—Estaba preocupado por ti.
Víctor se detuvo un instante mirándolo con atención. No era el tipo de comentario que esperaba de su parte, apenas se conocían y no sabía nada de él.
— ¿Va todo bien?—insistió Tom al ver que no contestaba—Si te puedo ayudar en algo, no tienes más que decirlo.
—Todo está bien, gracias—murmuró Víctor—Ayer no pasé un buen día y Andreas solo quiso animarme.
— ¿Y lo ha logrado?—preguntó Tom de nuevo, viéndole asentir con la cabeza—Pues no lo parece porque se ve que tienes la cabeza en otro lado, y estás muy serio.
Víctor se quedó en silencio un momento más como si estuviera decidiendo hasta dónde abrirse. Finalmente dejó la botella que tenía entre las manos y se apoyó contra la estantería.
—No es culpa de Andreas —dijo al fin—Lo ha intentado con todas sus fuerza. Me ha escuchado e incluso se quedó a dormir para que no estuviera solo. Pero hay cosas que no se arreglan con compañía.
Tom lo observó con atención percibiendo que había algo más detrás de esa tristeza contenida.
—¿Quieres hablar de eso? —preguntó con cautela.
—No ahora—contestó Víctor negando con la cabeza—Solo necesito tiempo y que no me miren como si fuera a romperme en cualquier momento.
—Está bien—asintió Tom respetando su decisión— Pero si en algún momento quieres hablar, aquí estoy. No como compañero de trabajo, como amigo tuyo.
Víctor esbozó una sonrisa leve, la primera del día.
—Gracias, Tom—dijo Víctor esbozando su primera sonrisa del día—Eso sí ayuda.
El silencio que siguió fue menos tenso. No cómodo del todo, pero al menos sincero.
— ¿Y ha pasado algo entre tú y Andreas?—preguntó de repente Víctor—Porque esta mañana cuando hemos llegado al club estaba bien, luego se ha ido a buscaros al bungalow y cuando ha regresado parecía estar hecho polvo.
Tom suspiró al escucharlo, estaba claro que no podía contestarle con evasivas ya que Andreas era también amigo suyo y estaba preocupado por su estado.
—Andreas y yo tuvimos algo en el pasado—empezó a relatar Tom—Y es una herida que aún no ha cicatrizado, y esta mañana se ha vuelto a abrir cuando me ha escuchado en la ducha con Melissa.
Víctor casi dejó caer la botella que tenía en las manos al escucharle.
—Así que al final has caído con Melissa—murmuró sonriendo—Sabía que iba a pasar, hacéis muy buena pareja. Pero lo siento mucho por Andreas.
—Entre Melissa y yo no hay nada, ha sido solo una vez—dijo Tom con firmeza—Pero ha bastado para que Andreas se dé cuenta por fin que lo nuestro jamás podrá ser. Y por eso me siento como un cabrón. No quería hacerle daño, pero se lo hice igualmente.
—Entonces no lo dejes así —le animó Víctor—No lo ignores aunque no sepas qué decirle y no puedas darle lo que él quiere.
Tom asintió, guardando silencio. Sabía que tenía que hablar con Andreas y también sabía que esa conversación no sería fácil. Y que tendría que buscar el momento adecuado, dándole a Andreas todo el tiempo que necesitara para recomponerse.
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Una vez en su casa Alexander descansaba recostado en una de las tumbonas de la piscina. Ya había comido y aguantado el sermón que le había soltado su padre y cuando por fin le dejaron en paz salió al jardín buscando un sitio a la sombra donde poder descansar.
Tenía el móvil consigo y había tratado de hablar con Bill, pero lo tendría apagado y mucho se temía que si a esas horas no lo había cargado era porque seguramente su padre se lo había quitado y estaría castigado.
La idea de Bill encerrado en su habitación sin poder salir ni hablar con nadie le revolvía el estómago. No por el castigo en sí sino por lo que implicaba. Aislamiento, incomprensión y esa sensación de estar solo justo cuando más necesitaba apoyo.
Pensó en ir a buscarlo, en presentarse en su casa con cualquier excusa pero sabía que eso solo empeoraría las cosas. Simone no era de las que recibían visitas con diplomacia cuando estaba enfadada.
Así que se quedó allí bajo la sombra con el móvil en la mano, los ojos cerrados y la cabeza llena de preguntas.
¿Estaría Bill pensando en él?
¿Recordaría con una sonrisa en los labios la noche anterior?
¿Se estaba arrepintiendo de lo ocurrido?
Estaba sumido en sus pensamientos cuando escuchó el chirrido leve de la puerta del jardín. Se incorporó ligeramente abriendo los ojos y frunció el ceño al ver a Gustav aparecer con pasos despreocupados y una botella de agua en la mano.
—¿Qué tal estás? —preguntó Gustav como si acabara de llegar de una excursión cualquiera.
Alexander se quedó mirándolo un segundo sin responder. Luego se sentó del todo en la tumbona apoyando los codos en las rodillas.
—¿Ahora quieres saberlo?—soltó con tono seco—¿Después un día entero sin llamar o mandar un maldito mensaje preguntando como demonios estoy?
—Pensé que estarías descansando—contestó Gustav en su defensa—No quería molestar.
—¿Molestar?—repitió Alexander con incredulidad—Uno de tus mejores amigos y amante tiene un accidente que le manda directo al hospital y tú decides que lo mejor es no preguntar qué tal está, ni ir a verme ni mandarme un maldito mensaje.
—Lo siento —murmuró Gustav bajando la mirada incómodo—No sabía si querías hablar conmigo después de lo que ha pasado…
—No se trata de lo que yo quiera —interrumpió Alexander—Se trata de que tú ni siquiera lo intentaste. Ni un «¿estás bien?», ni un «¿necesitas algo?». Nada.
Gustav se quedó en silencio, tragando saliva. Sabía que Alexander tenía razón. Y que su silencio había sido más por miedo que por respeto.
—Me equivoqué —admitió al fin—Y lo siento, de verdad.
Alexander se recostó de nuevo en la tumbona sin decir nada. No lo había echado. Pero tampoco lo había perdonado.
—Me quedé en shock cuando te vi caer al agua—trató de justificarse Gustav—No pude reaccionar, ni me tiré al agua para rescatarte y tampoco pude ir al hospital a verte.
Alexander lo miró en silencio con el ceño fruncido y la mandíbula tensa. Las palabras de Gustav no le aliviaban, al contrario, le removían algo más profundo.
—¿Y qué hiciste entonces? —preguntó con voz baja pero firme—¿Te fuiste a casa como si nada?
—Me quedé en la playa un rato con los demás viendo como te metían en la ambulancia—explicó Gustav—Luego me fui a casa, Natalie tuvo que llevar el coche porque me temblaban las manos. No podía dejar de pensar en lo que había pasado, pero no sabía cómo enfrentarlo. Me sentí inútil.
—No necesitaba que me rescataras —dijo Alexander incorporándose un poco en la tumbona sin apartar la vista de él—Solo que estuvieras conmigo, que preguntaras por mi o que hicieras algo.
—Lo sé —admitió Gustav—Y lo siento. Me bloqueé. No es excusa, pero es lo que pasó.
Alexander suspiró, dejando caer la cabeza hacia atrás.
—No te estoy pidiendo que seas perfecto, eso sería mucho pedir —murmuró cerrando los ojos de nuevo.
Gustav asintió sin intentar justificarse más.
—¿Puedo quedarme un rato? —preguntó con cautela.
Alexander dudó, luego hizo un gesto con la mano hacia otra tumbona.
—Haz lo que quieras—contestó en voz baja.
Gustav así lo hizo, tomó asiento en su misma tumbona lo que hizo que Alexander abriera los ojos de nuevo.
— ¿Qué haces?—preguntó en un susurro.
Pero Gustav no dijo nada, solo puso la mano sobre su muslo y llevó más arriba haciendo que Alexander se pusiera más tenso.
—Gustav…no—dijo Alexander con firmeza tratando de apartara mano de su muslo.
Pero Gustav siguió en su empeño y llegando al borde de su bañador la coló dentro con una amplia sonrisa en los labios.
—Déjame pedirte perdón a mi manera—suplicó Gustav.
—El médico me ha recomendado reposo y nada de sobresaltos—explicó Alexander.
—Pues sigue reposando, que yo me encargo de todo—susurró Gustav—Y te prometo que será suave, para que no te sobresaltes.
La mano de Gustav seguía dentro del bañador firme y segura como si supiera exactamente lo que buscaba. Alexander se quedó quieto, sin saber si apartarse o dejarse llevar. El cuerpo le respondía, pero la mente estaba en otro lugar.
En otra noche.
En otra promesa.
Pensaba en Bill sin poder evitarlo mientras Gustav empezaba a acariciarlo de arriba abajo.
En su risa nerviosa, en la forma en que se había acurrucado contra él y en cómo le había susurrado que no quería que nada ni nadie los separara.
Pensó en lo que habían compartido, en lo que habían dicho y en lo que habían sentido.
Y entonces se preguntó por qué estaba permitiendo eso.
¿No habían pasado la mejor noche desde hacía tiempo?
¿No se habían prometido estar juntos, pasara lo que pasara?
Y en esos momentos ahí estaba él rompiendo todas las promesas que se habían hecho y traicionándole de nuevo sin poderse contener.
El roce de Gustav le devolvió al presente, pero no lo reconfortó. Al contrario, le hizo sentir que estaba traicionando algo más profundo que un acuerdo. Estaba traicionando una verdad que apenas había empezado a aceptar.
Se incorporó con lentitud tratando de apartar la mano de Gustav con suavidad pero firmeza.
—No puedo —murmuró sin levantar mirada—No en estos momentos.
Gustav no dijo nada. Solo se quedó allí mirándole en silencio mientras Alexander se debatía aún en levantarse y huir en busca de aire como tantas veces había hecho, o el de quedarse y dejar que el caos lo envolviera, como si rendirse fuera más fácil que resistir.
Se pasó una mano por la cara, frustrado.
El jardín seguía tranquilo con el sol filtrándose entre las ramas pero dentro de él todo era ruido.
Continúa…
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