Incomplete 54

Incomplete 54

Fic TOLL de lyra

Capítulo 54

Después de colgarle a Alexander, con una rabia que no sabía que podía sentir, Bill se quedó quieto unos segundos respirando profundamente como si el aire pudiera ordenar el caos que se le había instalado dentro. Luego se movió con rapidez y salió de su habitación bajando las escaleras con pasos silenciosos cuidando cada crujido del suelo como si su vida dependiera de ello.

No quería que nadie lo oyera.

No quería tener que dar explicaciones.

Solo necesitaba desaparecer inmediatamente de esa casa.

Abrió la puerta con una lentitud asegurándose de que no hiciera ruido al cerrarse. No miró atrás y una vez fuera recorrió el camino de grava que rodeaba la casa con la cabeza baja buscando refugio bajo los árboles.

Sacó el móvil con manos temblorosas y escribió un mensaje a Louise para que se reuniera con él y no le dijera nada a su madre.

Lo envió y luego se guardó el móvil quedándose bajo los árboles mientras esperaba que Louise se reuniera con él sin necesidad de tener que darle explicaciones.

Porque si alguien podía hacerlo, era ella.

Mientras tanto, Louise estaba en el invernadero observando cómo Arthur colocaba con delicadeza las últimas rosas en el ramo. A su lado estaba Simone dándole a Arthur las últimas indicaciones para que el ramo quedase perfecto.

Entonces sintió que vibraba su móvil y leyó por encima el mensaje de Bill. Respiró aliviada al saber que estaba ya fuera a salvo y solo tuvo que esperar a que Simone su visto bueno al ramo.

—¿Qué te parece, querida? —preguntó Simone con una amplia sonrisa.

Louise guardó de nuevo móvil en el bolsillo mientras fingía examinar el ramo con mucha atención.

—Está perfecto—comentó para satisfacción de Simone—Mi madre quedará encantada con el, muchas gracias y perdón por las molestias.

—No ha sido nada—dijo Simone haciéndole una señal a Arthur para que le diera el ramo—Luego llamo a tu madre para que me dé su opinión.

Louise contestó con una amplia sonrisa fingida, por suerte su madre se hallaba disfrutando de una tarde en el spa y no tenía el móvil con ella mientras. Ya se lo explicaría a la noche pidiéndole que no la delatara cuando la viera aparecer en casa con un maravilloso ramo de rosas blancas.

Salió del invernadero con paso decidido y el corazón le latiéndole con fuerza en su pecho. Simone caminaba a su lado aún comentando detalles sobre el ramo que Arthur había preparado. Al llegar a la verja que separaba el invernadero de la entrada principal Louise se adelantó para abrirla con rapidez como si el gesto pudiera acelerar todo lo que vendría después.

—Muchas gracias por todo —dijo con una sonrisa amable—Seguro que estará muy orgullosa de estas rosas. Son tan hermosas que deben despertar la envidia de todo el vecindario.

—Así es, querida —respondió Simone encantada—Es un placer encontrar a alguien con un gusto tan refinado como el mío.

Louise asintió manteniendo la cortesía pero ya con la mirada puesta más allá de la verja.

—No quiero seguir robándole su valioso tiempo —añadió con suavidad—Bill me está esperando, vamos a dar un paseo y volveremos pronto, lo prometo.

Simone le dedicó una sonrisa distraída ya pensando en sus propias tareas. Louise cruzó la verja sin mirar atrás sintiendo que cada paso la acercaba a esa libertad que tanto estaba ansiando.

Antes de llegar a los árboles donde Bill la esperaba, Louise se volvió una última vez acomodando el ramo sobre su brazo. Al ver que Simone ya había entrado en la casa soltó un suspiro de alivio y aceleró el paso cruzando camino de grava con decisión.

—¡Bill! —llamó al verlo encogido bajo la sombra de los árboles— ¿Qué has encontrado?

—Vámonos de aquí, por favor —suplicó Bill con la voz temblorosa sintiendo que las lágrimas volvían a subirle a la garganta.

—Pero… ¿qué ha pasado? —preguntó Louise acercándose con cautela.

Bill no respondió. Se llevó una mano a la cara como si quisiera ocultarse del mundo y soltó un gemido ahogado antes de romper a llorar. Su cuerpo se sacudía en silencio como si el dolor no tuviera espacio suficiente para salir.

Louise se inclinó hacia él, preocupada.

—No estás en condiciones de dar un paseo—comentó Louise preocupada—Regresemos a casa y que tu madre…

—Esa mujer no es mi madre —interrumpió Bill con una furia contenida que lo sorprendió incluso a él.

—¿Qué estás diciendo?—preguntó Louise en voz baja.

—Encontré unos documentos en la caja fuerte de mi padre—contestó Bill tragando saliva como si le costara hablar—Eran los papeles de mi adopción. Me han estado mintiendo toda mi vida y ahora mismo no puedo volver a esa casa porque nunca la he podido considerar mi hogar y ahora ya sé el motivo.

Louise se quedó en silencio con el ramo olvidado entre sus brazos. El aire entre ellos se volvió denso, cargado de revelaciones que no cabían en una sola tarde.

—Vámonos de aquí —pidió Bill con la voz entrecortada—Siento que no puedo respirar.

—Tengo el coche aparcado cerca—dijo Louise sin hacerle más preguntas—Dime dónde quieres ir y te llevo.

—Al club —murmuró Bill sin pensar—Necesito aire, alejarme de aquí.

Louise dudó un segundo, pero no discutió. Había muchas preguntas que le quería hacer pero sabía que Bill no tendría las respuestas así que decidió no indagar más en el tema. Lo más importante era llevárselo bien lejos de esa casa.

Ya estaban llegando al final del camino de grava cuando se paró de golpe y se volvió.

—¿No prefieres llamar primero a Alexander?—preguntó de repente—Tal vez si hablas con él te sientas mejor.

—Ya lo hice—contestó Bill soltando una risa seca—Está ocupado con Gustav. Dice que me está comprando un regalo, pero no me lo creo. Y ahora mismo me da igual dónde esté, lo que esté haciendo y con quién.

Louise no respondió. Solo apretó el paso hacia el coche, sabiendo que lo que Bill necesitaba no era dar explicaciones, sino alguien que no lo dejara solo.

Dejó el ramo de rosas con cuidado en el asiento trasero y luego se acomodó al volante lanzándole una mirada rápida a Bill que se mantenía en silencio con la mirada perdida en la ventanilla. Soltó un suspiro y arrancó el coche.

&

El trayecto hasta el club fue breve, apenas diez minutos, pero el aire entre ellos se mantuvo denso cargado de todo lo que aún no se había dicho. Al llegar, Louise aparcó en la zona lateral donde los empleados solían entrar y salir sin ser vistos por los clientes.

—Por aquí —dijo en voz baja señalando la puerta trasera que daba directamente a la cocina.

Sabía que a esa hora solo estaría Rose concentrada en preparar la cena ajena al bullicio del comedor. Era el único lugar donde Bill podía entrar sin tener que fingir nada.

Empujaron la puerta con cautela, y el aroma cálido de pan recién horneado mezclado con notas de albahaca y tomillo los envolvió como una manta suave. La cocina estaba tranquila, solo el murmullo del horno y el golpeteo rítmico del cuchillo de Rose rompían el silencio.

Rose se giró al instante al escuchar cerrarse la puerta. Su mirada se posó de inmediato en Bill y la expresión de su rostro cambió de inmediato. La palidez, los ojos hinchados y la forma en que se sostenía apenas sobre sus pies no necesitaba pregunta alguna.

—Louise, ayúdalo a sentarse —pidió con voz firme pero serena, dejando el cuchillo a un lado.

Louise lo sostuvo por el brazo con delicadeza guiándolo hasta la mesa de madera junto a la ventana. Bill se dejó caer en la silla como si el peso de todo lo que llevaba dentro por fin encontrara dónde descansar.

Rose se movió con rapidez sirviendo un vaso de agua fresca y colocándolo frente a él sin decir nada más. Luego se apoyó en la encimera, observando en silencio, esperando a que alguno de los dos hablara.

El aire en la cocina era denso, pero seguro. Como si, por un momento, el mundo se hubiera detenido para darles espacio.

—¿Alguien te ha hecho daño? —preguntó Rose sin rodeos.

Bill no levantó la mirada. Sus dedos rodeaban el vaso sin beber, como si necesitara algo que lo anclara.

—No exactamente —contestó Louise por él—Es más complicado que eso.

Rose se acercó un poco con la firmeza de quien sabe que a veces hay que empujar con cuidado para que el dolor no se quede encerrado.

—¿Cómo de complicado?—quiso saber— ¿Quieres que me siente a tu lado y me lo cuentas, o prefieres que me quede cerca sin preguntar más?

Louise miró a Bill, dándole espacio para decidir. Él tragó saliva, y por primera vez desde que habían llegado, levantó la vista hacia Rose incapaz aún de articular palabra.

—Ha descubierto algo que le ha cambiado toda la vida por completo—contestó Louise de nuevo—Y no sé qué vamos a hacer con ello.

Rose asintió despacio como si ya hubiera intuido que no era un mal día cualquiera.

—Entonces vamos a dejarte tranquilo —dijo mirándole fijamente—Cuando puedas hablar me cuentas lo que puedas. Y lo que no, lo dejamos para más tarde.

Bill asintió con la cabeza sin decir nada y bebió un pequeño sorbo de agua. El cristal del vaso tembló ligeramente entre sus dedos pero no lo soltó.

—Voy a prepararte un té —murmuró Rose, con esa mezcla de firmeza y ternura que solo ella sabía usar—Te vendrá mejor que el agua.

Mientras hablaba Rose le hizo una señal sutil a Louise con la cabeza como si le pidiera ayuda con el té pero en realidad quería apartarla unos segundos lejos de la mesa para poder hablar a solas.

Se acercaron a la encimera, donde Rose puso agua a hervir en una tetera.

—¿No deberíamos informar a sus padres?—preguntó Rose en un susurro—O a David, al menos.

Louise negó con suavidad sin apartar la vista de Bill que seguía sentado con los hombros caídos.

—Bill no quiere saber nada de sus padres ahora mismo—contestó sin dar más explicaciones—Y si hablamos con David, lo primero que hará será avisarles. Es mejor darle un poco de tiempo hasta que se recomponga.

—¿Tan grave es?—preguntó Rose frunciendo el ceño con preocupación.

Louise asintió con lentitud con una expresión que decía más que cualquier palabra.

—Yo no soy quien para contarlo —murmuró suspirando—Lo único que sé es que lo que ha descubierto lo ha destrozado y ahora mismo lo único que necesita es que no lo empujen a volver a ese lugar.

Rose guardó silencio unos segundos y luego se giró para apagar el fuego y verter el agua sobre una taza en la que había añadido una bolsita de té de lavanda para que ayudase a Bill a reducir la ansiedad que sentía en esos momentos y a mejorar su estado de ánimo. El aroma a lavanda empezó a llenar la cocina con una calidez que contrastaba con el peso de la conversación.

—Entonces lo cuidaremos aquí entre las dos—dijo con firmeza Rose—Hasta que que esté en condiciones de decidir qué hacer.

Louise asintió con suavidad y se sentó junto a Bill acercándole el té que Rose había preparado con esmero. Él lo tomó entre las manos aún temblorosas y bebió un sorbo sin decir palabra. El calor del líquido parecía calmarle apenas, como si le devolviera un fragmento de sí mismo.

Rose mientras tanto había vuelto a su rutina en la cocina preparando la cena del club con movimientos precisos, aunque sus ojos se desviaban de vez en cuando hacia Bill vigilándole sin incomodarle.

Louise no apartaba la mirada de él. Observaba cada gesto y cada respiración contenida como si pudiera ayudarle solo estando a su lado. Pero tras unos minutos, sintió que necesitaba un respiro, un momento para recomponerse sin que Bill lo notara.

Se levantó con discreción y se acercó a Rose hablándole en voz baja.

—Voy al baño un momento —explicó en un susurro—No tardo.

Rose asintió sin hacer preguntas comprendiendo que Louise también necesitaba espacio. Mientras ella se alejaba por la puerta que daba al club Rose siguió con su trabajo dejando a Bill sumido en sus pensamientos que le torturaban.

Se sentía solo.

Vacío.

Incompleto.

Como si el mundo se hubiera encogido a su alrededor. Alexander le había fallado justo cuando más lo necesitaba y eso dolía más que cualquier gesto suyo o palabra. Él era la única persona con la que podía hablar sin tener que explicar cada detalle, porque Alexander también había vivido algo igual.

Sabía cómo se sentía.

O eso creía.

Una punzada le atravesó el pecho obligándolo a cerrar los ojos por unos segundos. Y entonces lo vio con claridad.

Tom.

Con su historia marcada por ausencias.

Por años viviendo en un hogar de acogida.

Por la búsqueda incansable de un hermano gemelo perdido.

Que no necesitaba que le tradujeran el dolor porque él podía entenderlo y decirle justo lo que necesitaba o, mejor aún, quedarse en silencio sin que éste pesara.

Abrió los ojos y echó un vistazo a su alrededor. Rose seguía cocinando concentrada dándole la espalda. La vio moverse y abrir la puerta de la despensa buscando algo entre los estantes.

Fue la señal que esperaba.

Sin pensarlo dos veces se levantó con rapidez sabiendo que estaba haciendo mal al irse sin avisar, pero el impulso era más fuerte que la culpa. Cruzó la cocina con pasos silenciosos y salió por la puerta trasera dejando atrás el aroma a pan recién hecho y lavanda.

Sabía que si esperaba a que Louise regresara y le contaba su plan insistiría en acompañarlo. No lo dejaría ir solo en ese estado pero Bill no quería compañía en esos momentos ni quería cuidados.

Quería hablar con Tom a solas.

Y para eso, no le quedaba más remedio que desaparecer.

Aunque fuera por un rato.

Aunque doliera.

Aunque lo estuvieran buscando.

&

Caminó con rapidez evitando el camino que llevaba al club aunque tuviera que dar un gran rodeo. Siguió el camino de tierra que llevaba al camping y cuando llegó al bungalow de Tom rezó para que estuviera él solo antes de levantar la mano y llamar a la puerta.

Esperó unos segundos en silencio y no recibió respuesta alguna ni escuchaba el sonido de los pasos acercándose. Puso una mano sobre el manillar de la puerta y la abrió con sigilo entrando en el bungalow. No veía a nadie, pero a sus oídos llegó el sonido de la ducha. Echó un vistazo a su alrededor y se sentó en el sofá a esperar rezando para que no fuera Andreas quien se estuviera duchando.

Sentía que la cabeza le iba a estallar tras tantas lágrimas derramadas y que debía de tener los ojos enrojecidos pero no le importaba en absoluto que Tom le viera en ese estado. Se quedó esperando en silencio sin darse cuenta que el sonido del agua cayendo había cesado y una persona había salido del baño parándose en mitad del pasillo al reparar en su presencia llevando el cuerpo aún húmedo y una toalla ceñida a la cadera mientras se secaba el pelo con la mano.

Alzó la mirada al reparar en su presencia y por un instante se quedó sin palabras. La imagen frente a él lo desarmó por completo con su cuerpo firme marcado por años de resistencia y ese cabello largo aún húmedo cayéndole hasta los hombros como si acabara de atravesar una tormenta no solo física, sino emocional.

Y entonces supo que había acertado y que allí iba a encontrar eso que estaba buscando y que hasta esos momentos nadie había sabido ofrecerle.

Respuestas y consuelo.

—¿Bill? —llamo Tom sin poder dejar de mirarle con una expresión preocupada en la cara— ¿Qué ha pasado?

Bill no respondió de inmediato. Se acomodo en el sofá como si necesitara que algo lo sostuviera.

—Necesitaba verte —contestó al fin con la voz áspera—No sabía a quien acudir.

Tom se le quedó mirando estudiando su cara, estaba destrozado y parecía que estaba apunto de desmayarse o algo peor.

—¿Quieres que te traiga algo de beber?—preguntó.

Bill negó con la cabeza.

—No hace falta, en el club Rose ya me ha servido un té de lavanda—explicó Bill por encima—Solo necesito hablar con alguien y tú eres el único que puede entenderlo sin que tenga que explicarlo todo desde el principio.

Tom asintió con gesto serio.

—¿Es sobre tu familia?—preguntó como si le hubiera leído la mente.

—He descubierto que soy adoptado—contestó Bill clavando la mirada en los ojos de Tom— Lo descubrí en unos documentos que tiene mi padre en su caja fuerte. Me han estado mintiendo toda la vida.

Tom no se sorprendió al escucharlo, eso explicaba muchas de las cosas que había oído sobre Bill y la extraña relación que tenía con su sus padres.

—Eso duele más de lo que uno cree que puede doler—confesó en un susurro.

—No sé quién soy—murmuró Bill con un hilo de voz—No sé si alguna vez he sabido.

Tom se acercó un poco más, hasta quedar frente a él.

—Lo que eres no lo define un papel ni siquiera una mentira—dijo con firmeza—Lo que eres está en cómo has sobrevivido, en lo que has elegido y en lo que sientes ahora.

Bill lo miró por fin, con los ojos llenos de algo que no era solo tristeza.

Era necesidad.

Era hambre de verdad.

—¿Cómo lo hiciste tú?—quiso saber— ¿Cómo pudiste vivir tantos años en un hogar que no era el tuyo?

—No lo viví, simplemente lo superé—contestó Tom respirando hondo— Y sigo haciéndolo. Pero hablar ayuda, y saber que no estás solo también.

Bill cerró los ojos y por primera vez desde que había salido de casa sintió que podía empezar a respirar con normalidad.

—Y tú no estás solo—siguió diciendo Tom—Tienes amigos que te apoyan y un novio que te quiere.

Escucharle nombrar a Alexander fue como encender una chispa en medio de la niebla. Bill abrió los ojos de golpe y se puso tenso al instante con los músculos del cuello marcándose y la mandíbula apretada.

—¿Un novio que me quiere? —repitió soltando una risa seca—En este preciso momento mi novio se está tirando a otro.

Tom no se movió ni hizo ningún gesto de sorpresa. Solo bajó la mirada por un instante, como si las palabras de Bill no hicieran más que confirmar lo que él ya sabía desde hacía tiempo.

—Y tú ya lo sabías, por lo que veo—siseó Bill con a rabia aflorando sin filtros—Lo peor es que no me sorprende lo de Alexander. Solo confirma lo que intuía hace tiempo y que además no puedo confiar en nadie. Todo lo que creía seguro se está desmoronando.

—Lo siento mucho Bill—se disculpó Tom—Pensé que no era yo quien debía contártelo, en esos momentos apenas te conocía y no era asunto mío.

—Ahora sí me conoces —replicó Bill, sin apartar la mirada—Si tuvieras la oportunidad de contármelo ahora mismo, ¿lo harías?

— ¿Para qué?—quiso saber a su vez Tom— ¿Para herirte más de lo que lo estás?

—Para demostrarme que puedo confiar en ti—dijo Bill mirándole fijamente—Porque en estos momentos no sé en quien puedo confiar y en quien no. No sé si puedo con todo esto que me está pasando.

—Puedes confiar en mí, te lo prometo —murmuró Tom con firmeza con voz baja pero segura—Estoy aquí para escucharte y consolarte. Cuéntame lo que te ha pasado, quiero ayudarte.

Bill suspiró agotado.

—Estoy muy cansado —dijo llevándose una mano a la frente—Me duele la cabeza y solo quiero acostarme un rato y dejar de pensar.

—Ven, te ayudo a llegar a la cama de Andreas—murmuró Tom inclinándose sobre él—Es más cómoda que mi sofá.

Bill se dejó guiar, no estaba cansado solo por el agotamiento físico sino por el peso emocional que lo tenía al borde del colapso. Ya no tenía fuerzas para hablar ni para sostenerse en pie por mucho más tiempo. Solo quería silencio y alguien que no lo traicionara.

Tom lo ayudó a levantarse, lo acompañó por el pasillo hasta la habitación de Andreas y allí lo vio recostarse en la cama con lentitud mientras se descalzaba con su ayuda. Le vio acomodarse en la cama como si el colchón pudiera absorber parte de su dolor y se quedó de pie unos segundos indeciso.

—¿Quieres que avise a alguien? —preguntó con cautela.

Bill negó con la cabeza.

—Quiero que te quedes a mi lado—contestó en un susurro—Acuéstate conmigo y abrázame hasta que me quede dormido.

Tom se le quedó mirando fijamente mientras pensaba. Acababa de salir de la ducha y solo llevaba puesta una toalla y nada más debajo. Sabía que si se tumbaba junto a él así podía cruzarse una línea que no debiera.

Pero la súplica en los ojos de Bill no era deseo.

Era necesidad.

—Por favor —repitió Bill con la voz quebrada.

Tom no lo dudó más tiempo. Se movió con rapidez tumbándose a su lado y dejó que Bill se le acercara buscando refugio en sus brazos.

No dijeron nada más.

El silencio entre ellos era lo único que no dolía.

—Cierra los ojos y procura dormir—murmuró Tom suspirando.

Bill se acomodó entre sus brazos buscando calor en ellos más que descanso.

—¿Y si no me gusta lo que veo?—preguntó con voz temblorosa.

Tom no respondió de inmediato. Le pasó una mano por el pelo con un gesto lento casi meditativo, como si intentara calmar algo más profundo que el insomnio.

—Entonces recuerda que no estás solo—dijo al fin con suavidad—Estoy a tu lado y si lo que ves cuando cierras los ojos te asusta, me lo cuentas. Si te duele, lo compartimos. Y si no puedes con ello, lo sostenemos juntos.

Bill cerró los ojos no porque estuviera listo para dormir, sino porque por primera vez en días sentía que podía hacerlo sin sentir miedo.

—No sé qué va a ser de mí ahora —susurró Bill sintiendo cómo su cuerpo empezaba a temblar— ¿Cómo voy a mirar a mis padres sabiendo que no lo son? ¿Cómo voy a enfrentarme a Alexander sabiendo que me ha traicionado? Todo lo que conocía se ha derrumbado. Me siento solo, me siento… incompleto, como si me faltara una parte de mí.

Tom guardó silencio unos segundos antes de responder con la voz cargada de una melancolía que no solía mostrar.

—Así me he sentido yo desde que descubrí que tengo un hermano —dijo soltando un suspiro—No sé nada de él, y no he hecho nada para buscarlo desde que llegué. Me falta mi otra mitad, mi alma gemela y ni siquiera sé por dónde empezar a buscar.

Bill abrió los ojos y levantó la cara. Era la primera vez que escuchaba a Tom hablar con tanta intimidad, con un dolor tan desnudo que parecía atravesarlo y quedarse a vivir en su interior.

—Ojalá pudiera ayudarte —susurró sin apartar la mirada de él.

—Estás aquí—respondió Tom bajando la vista—Y eso ya es suficiente.

Sus ojos se encontraron y en ese instante algo se encendió entre ellos. Una conexión silenciosa y profunda como si en la mirada del otro reconocieran algo perdido hace tiempo. Tom se inclinó lentamente con sus labios entreabiertos y vio cómo Bill separaba los suyos dispuesto a recibirlo.

El primer beso fue suave y contenido, como una pregunta sin palabras. Pero la tensión acumulada y la necesidad de consuelo lo arrastró a ir más allá. Tom lo estrechó entre sus brazos y sin pensar en nada más le hizo rodar sobre la cama hasta quedar encima de él buscando en su cuerpo el refugio que ambos necesitaban.

Sin dejar de besarse sus manos comenzaron a recorrer el cuerpo del otro con una mezcla de urgencia y cuidado apartando lentamente cada prenda que se interponía entre ellos. La ropa fue cediendo cayendo a un lado como si no tuviera ya un propósito.

Tom lo tenía más fácil. Bastó un gesto de Bill, una caricia decidida para que la toalla que llevaba se deslizara sin resistencia alguna dejándolo expuesto sin barreras tal como era.

El momento no se rompió.

Al contrario, se volvió más íntimo y más real.

La atmósfera era tranquila, cargada de una intimidad que no necesitaba palabras. No había prisa, solo el ritmo pausado de dos cuerpos que buscaban consuelo en el contacto. Dejaron de besarse por unos segundos mientras que Tom yacía ya desnudo bajo él y Bill se deshacía lentamente de la ropa que aún llevaba puesta con su ayuda con movimientos guiados más por necesidad emocional que por deseo. Cada prenda que caía al suelo parecía aligerar el peso que llevaba encima.

Tom observaba en silencio cada gesto de Bill para despojarse de toda la ropa que llevaba y que le separaba de él. No era una entrega física, sino una rendición emocional. Un acto de confianza y de vulnerabilidad compartida.

Y una vez los dos en las mismas condiciones se fundieron de nuevo en un abrazo mientras sus labios se buscaban hambrientos. Empezaron a besarse con más fuerza mientras que Bill se acomodaba sobre su regazo separando las piernas y sentía su sexo frotarse contra el de Tom hambriento.

No quería pensar nada en esos momentos, solo quería hacer eso que llevaba deseando tanto tiempo. Y se dejó llevar sin pensar en las consecuencias que podía tener, porque en el fondo eso ya le daba igual.

Tom se sentía preparado del todo para entrar en su cuerpo pero no quería hacerle daño alguno así que llevó una mano hasta sus nalgas y con mucho cuidado coló varios dedos en su interior haciendo que Bill se revolviera sobre él y gimiera desesperado contra sus labios.

Sonrió al escucharlo y siguió con lo que estaba hasta sentirle del todo preparado, y solo entonces sustituyó los dedos por esa erección que sentía frotarse con insistencia contra la de Bill. Alzó un poco sus caderas y fue entrando lentamente en su cuerpo sintiéndole ponerse tenso por unos segundos hasta relajarse y dejarse caer sobre él jadeando y gimiendo.

Empezó a moverse lentamente al principio para darle tiempo a que se acostumbrara a él y una vez lo hubo hecho empezó a embestirle con fuerza sintiendo que cada vez que entraba del todo en su cuerpo veía las estrellas.

Bill no se quedaba atrás, movía sus caderas contra su pelvis como si no tuviera control sobre su cuerpo. Cerró los ojos por unos segundos y al abrirlos era como si estuviera en otro mundo.

(*)No era consciente de cómo había llegado a esa situación, solo sabía que en esos momentos se hallaba gozando como nunca antes en su vida lo había hecho. Sentado a horcajadas sobre el regazo de ese chico al que prácticamente acababa de conocer le sentía entrar y salir de su cuerpo haciéndole separar los labios y dejar escapar de ellos pequeños gemidos ahogados que fueron cobrando intensidad hasta convertirse en gritos que soltaba sin importarle donde estaban o si alguien les estaba escuchando.

Estaban ambos desatados, se habían dejado llevar por las circunstancias y no parecía que a ninguno les importara.

Podía sentirle gozar tanto como él, podía sentir sus fuertes embestidas llegar cada vez a lo más hondo de su ser y podía sentir sus ardientes labios posados sobre su cuello donde le besaba y lamía entre fuertes jadeos succionando cada centímetro de su piel.

Entonces todo terminó de repente, le sintió embestirle con fuerza una última vez tras la cual se derramó en su interior haciéndole sentir una calidez extenderse por sus entrañas. Segundos después él mismo se derramaba sin poder contenerse por más tiempo, sintiendo como su esencia iba a parar sobre su estómago que no podía evitar sonreír entre jadeos mientras trataba de recuperar el aliento.

Sus sudorosos cuerpos temblaban y sus ojos se buscaron al tiempo que sus labios se fundían en un apasionado beso.

Y por una vez en sus vida, ambos sintieron que por fin estaban completos.(*)

Continúa… 

(*)¿os suena este trozo final? Exacto, es el pequeño fragmento que puse al principio del fic hace ya 54 largos capítulos.

por lyra

Escritora del Fandom

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