Incomplete 59

Incomplete 59

Fic TOLL de lyra

Capítulo 59

Tom se movía entre las mesas con la eficacia de quien ya conocía cada rincón del club como la palma de su mano. El turno de comida había terminado hacía poco, y aunque no le tocaba encargarse de recoger y poner de nuevo las mesas como si ahí no se hubiera sentado nadie, había decidido echar una mano. David estaba en su despacho desbordado por el trabajo y Paul permanecía en casa con fiebre. Melissa seguía ocupándose de los alquileres en el embarcadero y Andreas atendiendo la barra junto a Christine y Patrick. Tom había preferido quedarse entre el comedor y la terraza despejando platos, doblando servilletas, y saludando con una sonrisa a los últimos clientes que se marchaban.

El sol de la tarde se filtraba entre las sombrillas, tiñendo de dorado los vasos medio vacíos y las migas sobre los manteles. Tom se detuvo un momento para estirar la espalda, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.

No pensaba en Bill, no podía permitírselo.

Había aprendido a dejar los sentimientos aparcados mientras trabajaba pero aún así, cada vez que salía a la terraza del embarcadero su mirada inconscientemente le buscaba por la playa como si esperara su regreso.

Como si su cuerpo supiera antes que su mente que algo estaba por cambiar.

Terminó de recoger los restos de una de las últimas mesas y entró en el club con la bandeja cargada de platos y vasos usados. La depositó con cuidado en el rincón habitual de la barra donde Patrick ya se preparaba para pasárselos a Rose por la pequeña ventanita que conectaba con la cocina.

Había tenido tiempo para tomar un almuerzo ligero al igual que sus compañeros pero dudaba que David hubiera hecho lo mismo. Conociéndolo, seguramente seguía encerrado en su despacho frente al ordenador repasando pedidos y cuadrando horarios. Tal vez Rose, siempre atenta, le había dejado una bandeja sobre la mesa sin decir nada, como hacía cuando sabía que él no se detendría por voluntad propia.

Tom se apoyó brevemente en la barra observando el movimiento del club. La tarde avanzaba con ritmo tranquilo, y aunque aún quedaban clientes en la terraza el ambiente era más relajado. Se permitió un respiro justo cuando Melissa apareció por la puerta del club con el pelo recogido y una expresión que mezclaba cansancio y urgencia.

—¿Has visto quién acaba de llegar? —preguntó bajando la voz mientras se acercaba.

—¿Quién?—preguntó Tom frunciendo el ceño sin poderse contener.

Melissa ladeó la cabeza hacia la entrada principal.

—El padre de Bill—contestó en un susurro Melissa—Pocas veces viene por aquí y parece que no es una visita casual.

— ¿Viene solo?—quiso saber Tom.

—Creo que si, solo le he visto a él entrando por la puerta trasera del almacén—explicó Melissa.

Tom sintió cómo se le tensaban los hombros a tiempo que volvía la cabeza como si necesitara confirmar con sus propios ojos que lo que Melissa decía era cierto.

Se quedó en la barra, cogió una bayeta y fingiendo que la limpiaba estuvo observando la puerta del almacén tratando de ignorar el murmullo de los clientes. No podía evitarlo, cada vez que la puerta se entreabría porque alguno de sus compañeros entraba o salía su pulso se aceleraba.

¿Y si el padre de Bill había venido a hablar de él con David?

¿Y si Jörg Kaulitz había decidido despedirle por haberse atrevido a acostarse con su hijo?

El silencio se le hacía más largo que cualquier turno.

Minutos después David en persona salió del almacén con paso rápido y le hizo una señal con la mano.

—Tom, ven un momento —le llamó sin levantar demasiado la voz.

Tom dejó la bayeta sobre la barra y se acercó con el corazón en la garganta.

—¿Va todo bien, David? —preguntó intentando sonar casual.

—Sí, tranquilo —respondió David esbozando una sonrisa—Acabo de contratar a alguien para que me eche una mano con todo el trabajo acumulado, no puedo seguir tirando de vosotros en vuestro tiempo libre cada vez que surja algo.

—¿Tan rápido? —preguntó Tom sorprendido.

—Necesitaba a alguien con urgencia —contestó David mientras consultaba algo en su móvil—Quiero que le enseñes el almacén. Cómo están organizadas las bebidas, dónde guardamos las servilletas, los vasos nuevos, las copas… Todo. Yo tengo que cerrar unos asuntos antes de que arranque el turno de tarde.

—Llevo poco tiempo aquí —replicó Tom algo inseguro—Quizás sería mejor que se lo enseñara Melissa o Andreas. Ellos han hecho más inventarios que yo y conocen mejor cómo está todo colocado.

David alzó una ceja, sin perder el tono tranquilo.

—Prefiero que lo hagas tú —insistió—Ahora mismo estabas en la barra sin mucho que hacer mientras tus compañeros seguían con su trabajo.

Tom sintió el calor subirle al rostro. No era una reprimenda directa, pero el mensaje estaba claro. David le había visto y aunque no le estuviera echando una bronca directamente le estaba dando un sutil toque de atención.

Era su forma de recordarle que allí cada gesto contaba.

Asintió con la cabeza y se fue de inmediato a hacer lo que le había pedido. Caminó hacia el almacén con paso firme empujando la puerta con la cadera mientras se ajustaba el delantal. Pero al entrar se detuvo en seco.

Dentro estaba Bill.

De pie junto a las estanterías con una expresión que mezclaba nerviosismo y alivio. No llevaba uniforme, aún no, pero ya parecía parte del lugar. Como si el club lo hubiera estado esperando.

Tom no dijo nada.

No hizo falta.

En dos pasos se acercó a él y lo abrazó con fuerza como si el tiempo entre ellos se deshiciera en ese gesto. Bill le rodeó la cintura y sus labios se encontraron en un beso que no era solo pasión sino también promesa.

Promesa de algo nuevo.

Algo que no dependía de nadie más.

El almacén quedó en silencio salvo por el sonido lejano de la cocina y el murmullo del embarcadero. Allí, rodeados de cajas y estanterías, se fundieron en un profundo beso que hablaba por sí solo sin necesidad de palabras ni justificaciones.

Las horas que habían pasado separados se deshicieron en ese instante, como si el tiempo solo hubiera servido para intensificar el deseo de volver a tocarse.

&

Jörg aparcó el coche en el lateral del club justo frente a la puerta trasera que daba directamente al almacén. Era su entrada habitual cuando quería evitar miradas y prefería que su presencia pasara desapercibida. Así lo había hecho en las pocas ocasiones en que había visitado el club para hablar con David en persona sin anuncios, sin saludos y sin cruzarse con los camareros ni los clientes.

Bill bajó del coche en silencio siguiendo a su padre por el parking hasta llegar a la puerta descubriendo que al ser el dueño su padre tenía la llave y tras abrirla le dejó pasar primero. El aire olía a cartón húmedo y lejía, y el murmullo del club apenas llegaba a través de las paredes Su padre parecía conocerse perfectamente el camino y le llevó hasta una puerta a la que llamó antes de abrirla.

Tras ella estaba el despacho de David con él sentado en su silla mirando la pantalla del ordenador con el ceño fruncido. Al verlos entrar los recibió con una expresión neutra, como si ya supiera que aquella conversación no iba a ser breve.

Bill tomó asiento en la única silla que había cuando su padre se lo indicó con una leve señal de la cabeza quedándose él de pie a su espalda y dejando que David tomara la palabra.

—El trabajo en el club es duro —empezó a decir David sin rodeos—No es solo servir copas tras la barra. Es moverse rápido, recordar pedidos y cargar pesadas bandejas hasta arriba sin derramar ni una gota. Y hacerlo todo con una sonrisa.

Bill asintió en silencio aunque por dentro sentía que se encogía. Recordaba aquella tarde en que siguiendo el juego de Natalie Alexander había sustituido a Tom durante unas horas. Lo había hecho muy bien ya que tenía más fuerza que él y más presencia. Pero al final del turno estaba agotado, con los brazos temblando y la camisa empapada. Y eso que Alexander no se dejaba vencer fácilmente.

—Yo no podría —admitió Bill bajando la mirada—No tengo esa resistencia ni esa soltura.

David lo observó en silencio durante unos segundos, luego se inclinó hacia él con una media sonrisa.

—Por eso no vas a estar sirviendo mesas o tras la barra —dijo para su alivio—Necesito un ayudante. Alguien que me eche una mano con los pedidos, los inventarios y los turnos. Hay mucho que organizar, y no puedo hacerlo solo y encargarme de que no haya problemas en el club.

—¿Quieres que trabaje contigo?—preguntó Bill mirándole fijamente.

—Sí—contestó con firmeza David—No es un puesto fácil, pero es uno que puedes hacer bien. Y si te comprometes aprenderás rápido.

Por primera vez desde que entró al club, Bill sintió que tenía un lugar. No uno impuesto ni uno que dependiera de lo que otros esperaban de él. Uno que podía construir desde cero.

Se quedó en silencio unos segundos procesando lo que David acababa de decirle. No era lo que había imaginado al llegar al club pero tampoco era una decepción. Era una oportunidad. Una puerta entreabierta hacia algo que podía construir con sus propias manos.

— ¿Qué respondes?—preguntó David— ¿Te atreves a probar?

—Sí —contestó Bill con voz firme—Quiero hacerlo.

David asintió, satisfecho, y se levantó de su silla.

—Bien, entonces vamos a empezar por lo básico—empezó a decir—Voy a buscar a alguien que te enseñará cómo está organizado todo en el almacén desde bebidas, cristalería, servilletas, pedidos… Lo que necesitas para no perderte en tu primer día.

Bill se levantó también y tras intercambiar una mirada con su padre siguió a David hasta el almacén.

—Espera aquí mientras voy a buscar a la persona adecuada—murmuró David.

Bill asintió en silencio y observó cómo David salía por la puerta que conectaba con el club, cerrándola tras de sí con un gesto firme. Solo entonces se permitió mirar con atención a su alrededor. Las estanterías estaban repletas de botellas ordenadas con precisión, cada una etiquetada y alineada como si formaran parte de una coreografía silenciosa.

Avanzó unos pasos por la estancia recorriendo con la mirada los pasillos entre cajas y recipientes. El almacén era más grande de lo que había imaginado, y la lógica de su organización parecía compleja, casi meticulosa. Supo en ese instante que tendría que memorizar cada rincón, cada sistema y cada rutina si quería estar a la altura. No bastaría con ayudar, tendría que entender el ritmo del lugar como si fuera suyo.

Entonces la puerta se abrió de nuevo a su espalda mientras él seguía mirando las estanterías con una expresión que mezclaba nerviosismo y alivio mientras pensaba que para ser ya parte del lugar fijo que David también le proporcionaba uno de los uniformes que llevaban Tom y los demás.

Entonces le vio.

Fue pensar en Tom y justo aparecer por la puerta sin decir nada porque no hacía falta.

En dos pasos se le acercó y lo abrazó con fuerza como si el tiempo entre ellos se deshiciera en ese gesto. Bill le rodeó la cintura y sus labios se encontraron en un beso que no era solo pasión sino también promesa.

Promesa de algo nuevo.

Algo que no dependía de nadie más.

El almacén quedó en silencio salvo por el sonido lejano de la cocina y el murmullo del embarcadero. Allí, rodeados de cajas y estanterías, se fundieron en un profundo beso que hablaba por sí solo sin necesidad de palabras ni justificaciones.

Las horas que habían pasado separados se deshicieron en ese instante, como si el tiempo solo hubiera servido para intensificar el deseo de volver a tocarse.

— ¿Vas a trabajar en el club?—preguntó Tom cuando sus labios se separaron.

—Seré el ayudante de David—contestó Bill sonriendo.

Tom podía sentir cómo temblaba ligeramente de la emoción entre sus brazos. Localizó una caja de madera junto a las estanterías y se sentó en ella, atrayendo a Bill para que se acomodara en su regazo como si ese gesto pudiera protegerlo de todo lo que había dejado atrás.

—¿Qué ha pasado en casa? —preguntó en voz baja muy preocupado— ¿Te han echado? ¿Ahora tienes que buscarte un trabajo?

—No exactamente, pero casi —respondió Bill con un suspiro largo—Ha sido mi madre. No quiere que me junte con los camareros del club, dice que sois una mala influencia. Como encerrarme en casa ya no funciona porque me escapo, ha decidido quitarme las tarjetas de crédito y vaciar mi armario. Dijo que a ver cómo me las arreglaba sin poder pagar ni la factura del móvil.

Tom lo miró con el ceño fruncido, sin interrumpir.

—Y entonces mi padre dijo que trabajaría en el club—añadió Bill con una amplia sonrisa—Que si quería independencia, tendría que ganármela. Así que… aquí estoy.

Tom sonrió y le abrazó con fuerza sin decir nada. El almacén por un momento se había convertido en refugio y Bill, por primera vez en mucho tiempo, no se sentía tan solo.

Sus labios volvieron a encontrarse, primero con urgencia y luego con una dulzura que parecía contener todo lo que no se habían dicho. Se besaron una y otra vez ajenos al mundo que les rodeaba hasta que un leve carraspeo los sacó de ese instante suspendido.

Desde el umbral del despacho, Jörg los observaba en silencio. Había presenciado la escena completa incluida la conversación, el abrazo y el beso apasionado que su hijo compartía con aquel chico. Al notar su presencia, ambos se separaron de golpe y se pusieron en pie con torpeza como si el aire se hubiera vuelto denso de repente.

—Tom, te presento oficialmente a mi padre. Jörg Kaulitz —dijo Bill con la voz algo temblorosa.

—Encantado de conocerle, señor Kaulitz —murmuró Tom intentando mantener la compostura.

—Tom será quien le enseñe a Bill cómo está organizado el almacén —explicó David apareciendo de entre las sombras.

Jörg asintió con un leve movimiento de cabeza. Consultó la hora en su reloj de oro y sin añadir nada más le hizo una señal a David para que lo acompañara al coche.

—Te veo luego en casa —dijo dirigiéndose a Bill con tono neutro antes de desaparecer por la puerta trasera seguido de David.

El silencio que quedó tras su marcha era distinto.

No incómodo, sino cargado de algo nuevo.

Algo que, pese a todo, no se había roto.

&

Salieron del club sin cruzar palabra, caminando juntos por el parking hasta llegar al coche. El sol comenzaba a descender tiñendo el lago de tonos dorados y violetas. David se detuvo un instante antes de que Jörg abriera la puerta del conductor.

—No esperaba que se besaran delante de mi con tanta pasión —comentó Jörg sin mirar a David pero con la voz cargada de algo más que sorpresa.

David se limitó a observar el reflejo del atardecer sobre el lago como si buscara en él una respuesta más clara que la que podía dar con palabras.

—Tampoco yo. Aunque… no me sorprende del todo—murmuró suspirando— Hay cosas que se intuyen antes de que se confirmen.

—¿Y tú lo sabías?—quiso saber Jörg— ¿Qué mi hijo se había enamorado perdidamente?

—Digamos que lo sospechaba —respondió David esbozando una sonrisa casi nostálgica—Bill no es precisamente transparente cuando se trata de lo que siente. Pero cuando algo le importa, se le nota en los silencios y en las miradas.

—¿Y crees que Tom le importa de verdad?—preguntó Jörg mirándole fijamente.

—Más de lo que está dispuesto a admitir—contestó David sin dudar—Y Tom… bueno, Tom parecía que estaba buscando algo y al final lo ha encontrado.

—No sé si me tranquiliza o me inquieta —murmuró Jörg tras consultar de nuevo la hora en su reloj.

David no respondió. Solo se apoyó brevemente en el techo del coche suspirando.

—Esto se me está yendo de las manos —confesó Jörg en un susurro, con la mirada fija en el lago como si pudiera encontrar respuestas en sus aguas cristalinas.

David no tardó en responder, con una calma que no ocultaba la preocupación.

—Tendrías que habérselo contado antes —murmuró David sin reproche en su voz—Pero Bill ya sabe lo esencial, ahora lo que necesita es tiempo para comprender el resto.

Jörg soltó un suspiro largo, como si cada palabra le costara más que la anterior.

—Simone no lo está poniendo nada fácil, y el tiempo se acaba—dijo Jörg soltando un largo suspiro—Cuando Bill cumpla los dieciocho quiero que lo sepa todo. Sin medias verdades y sin omisiones. Pero hasta entonces sé que Simone no va a dejar de atacarlo. Y yo… yo seguiré protegiéndolo desde las sombras. Como siempre he hecho.

David lo miró de reojo sin decir nada. Había una ternura contenida en sus palabras, una complicidad que no necesitaba ser nombrada.

Porque entre ellos, lo importante no se decía en voz alta.

Se compartía en los silencios, en las decisiones que se tomaban sin testigos presentes.

&

Dentro del almacén Tom caminaba junto a Bill por los pasillos señalando estanterías y explicando con paciencia cómo se organizaban las bebidas, dónde se guardaban las copas nuevas, las servilletas, los repuestos de cristalería. Bill escuchaba con atención, tomando nota mental de cada detalle aunque su mirada se desviaba de vez en cuando hacia la puerta del despacho.

David había regresado al club hacía unos minutos, cruzando el almacén sin detenerse con el rostro más serio de lo habitual. Se había encerrado en su despacho sin decir palabra, y aunque Tom parecía haberlo notado, Bill sí lo había hecho.

—¿Lo has visto? —preguntó en voz baja, mientras Tom le mostraba el rincón donde se almacenaban los pedidos pendientes de ser colocados—. David… parecía triste. Como si algo hubiera pasado.

Tom se detuvo, apoyando una mano en una caja de vasos.

—Puede que haya discutido con tu padre —sugirió sin darle demasiada importancia—Quizás por algún cliente que se haya quejado directamente a tu padre.

—No lo creo—negó Bill con firmeza—Mi padre y David siempre han tenido una relación cordial. Profesional, pero respetuosa. Nunca le he visto levantarle la voz ni siquiera cuando algo salía mal.

—Entonces puede que sea otra cosa —murmuró Tom sin darle más importancia—David no suele mostrar lo que siente, pero cuando lo hace… es porque algo le ha removido de verdad.

Bill se quedó pensativo, mirando hacia la puerta cerrada del despacho. Había algo en la actitud de David que no cuadraba, quizás al trabajar codo con codo con él terminaría por descubrirlo.

Continuaron recorriendo el almacén revisando estanterías y hasta el rincón más escondido hasta que David salió de su despacho con la tablet en la mano. Se la tendió a Bill con gesto firme pero amable.

—Aquí tienes todo lo que vas a necesitar —explicó—Los últimos pedidos, las fichas de proveedores, las direcciones de correo para hacer los encargos… Está todo aquí.

Bill la tomó con cuidado, sintiendo el peso simbólico más que el físico.

—Puedes llevártela a casa —añadió David—Así la echas un vistazo con calma y te familiarizas con el sistema antes de que empieces a usarlo en serio.

Melissa entró por la puerta que conectaba con el club y se detuvo en seco al ver a Bill en el almacén de pie junto a las estanterías con la tablet de David entre las manos. Su expresión pasó del desconcierto a la curiosidad en cuestión de segundos.

—¿Interrumpo algo? —preguntó dirigiéndose a David con una ceja levantada.

—Estamos poniéndole al día —respondió David con naturalidad—Bill empieza a trabajar con nosotros desde hoy. Quizás puedas ayudarle con los pedidos pendientes y explicarle cómo se gestionan los de mañana.

—¿Se hacen pedidos todos los días? —preguntó Bill sorprendido.

—Siempre hay algo que falta o se ha olvidado —suspiró David—Si contactamos a tiempo, el proveedor puede añadirlo antes de que cierre el envío.

—Yo te explico cómo funciona —dijo Melissa esbozando una sonrisa—Es más sencillo de lo que parece, ya verás.

Bill le devolvió la sonrisa agradecido. Le gustaba que lo trataran como uno más, no como el hijo del jefe que había conseguido el puesto por influencia.

—Y de paso, búscale un uniforme —añadió David, mientras se giraba hacia su despacho—Que te diga la talla y coge tres prendas de cada. Me temo que no hay suficientes taquillas, pero seguro que algún compañero estará dispuesto a compartir la suya.

Melissa asintió y se acercó a Bill que ya parecía encajar en el ritmo del club. Aunque su primer día de trabajo apenas había comenzado algo en su forma de ser había cambiado. Había dejado de ser un cliente más para convertirse en otro compañero de trabajo que empezaba a formar parte del engranaje.

Pasó el resto de la tarde acompañado de Melissa que se encargó de mostrarle cada rincón del club que aún le era desconocido. Le explicó cómo se organizaban los turnos, qué camareros trabajaban en cada uno de ellos y cómo se coordinaban entre todos para que el club funcionara sin tropiezos.

Luego abordaron lo más importante, los fines de semana.

—Es cuando más movimiento hay —explicó Melissa mientras recorrían el comedor—Las reservas para comer y cenar se multiplican, vienen familias enteras y hay que reorganizar el espacio para que todos estén cómodos.

Tras la cena la terraza del embarcadero se transformaba en una pista improvisada de baile. Los más jóvenes se reunían allí, ponían música y la fiesta se alargaba hasta bien entrada la madrugada. No demasiado tarde, claro, porque al día siguiente el club volvía a abrir y los camareros debían estar listos para otra dura jornada de trabajo.

Bill escuchaba con mucha atención, esa parte del club le era completamente ajena. Sus padres nunca lo habían llevado allí a comer o a cenar, ni a pasar la tarde en familia disfrutando del lago. Él solo conocía el lugar como punto de encuentro con sus amigos y los fines de semana solían preferir otros espacios con más libertad como el Sisyphos.

Cuando Melissa terminó de explicarle lo esencial lo llevó de vuelta al almacén para buscarle un uniforme de su talla.

—Tienes que hablar con la empresa que nos graba los nombres en las placas —le indicó mientras rebuscaba en una caja—Encarga dos con tu nombre. De paso, vamos a renovar las demás, excepto la de Tom que acaba de llegar y la de Olivia.

—¿Quién es Olivia? —preguntó Bill con curiosidad.

—Una compañera nuestra —respondió Melissa con tono neutro—Estaba de baja por enfermedad, pero al final ha decidido no regresar.

No añadió más. No podía contarle la verdad, que el desgraciado de Gustav la había dejado embarazada y que Olivia había optado por abortar con el apoyo económico de David. Y aunque físicamente se había recuperado, emocionalmente no se sentía capaz de volver y mucho menos de enfrentarse a Gustav como si nada hubiera pasado.

El día anterior Olivia había estado hablando por teléfono con David. Él entendió su decisión y la apoyó sin condiciones siendo muy generoso al recompensarla por todo lo que había aportado al club. Incluso le escribió una carta de recomendación que, sin duda, le abriría puertas en cualquier nuevo trabajo que decidiera emprender.

Ni siquiera había vuelto para despedirse en persona. Se excusó diciendo que ya quedarían fuera para tomar algo, pero todos sabían que no sucedería. Todos sus compañeros le recordaban inevitablemente lo que había vivido en el club. Y en esos momentos, Olivia necesitaba distancia.

David entró en el almacén con paso tranquilo, consultando su móvil mientras hablaba.

—¿Cómo va todo? —preguntó sin levantar la voz.

—Creo que ya le he explicado lo esencial —respondió Melissa con un suspiro—Solo falta que hable con Rose para entender cómo se gestionan los menús y con eso estaría listo.

—Eso puede esperar a mañana —murmuró David revisando la hora—. Ya es tarde. Vuelve a casa, cena y descansa. Y mañana te quiero aquí a las ocho en punto, ya con el uniforme puesto. Quiero que veas cómo arranca el día en el club desde el minuto cero.

Bill asintió con firmeza. Sería puntual, quería demostrarle a David que podía con el trabajo, y también a su madre, que seguramente estaría pensando que iba a abandonar al primer día. Aunque el ritmo fuera duro, no pensaba rendirse.

No esta vez.

No cuando tenía tanto que demostrar.

Como con Tom.

Desde el primer momento en que lo vio supo que debían estar juntos, y en esos momentos lo estaban empezando algo que parecía más que una simple aventura.

—Puedes recoger tus cosas y llamar a Arthur para que venga a buscarte, si no tienes otros planes —añadió David.

—De hecho, sí los tengo —comentó Bill con naturalidad.

No hacía falta explicar que en cuanto Tom terminara su turno habían quedado en volver a verse. Ya decidirían si cenaban juntos o daban un paseo por la orilla del lago.

Se despidió de David y Melissa y se dirigió al vestuario de los chicos. Usó la llave que Tom le había prestado, como David había dicho no había taquillas libres y Tom había sido muy generoso al ofrecerle compartir la suya.

La abrió y colgó cuidadosamente los uniformes para el día siguiente. Echó un vistazo al interior, apenas había espacio para dejar el móvil y algún objeto más. Vio el pequeño neceser de Tom que allí guardaba con un cepillo de dientes, pasta y un frasco de colonia. Lo tomó entre las manos y lo acercó a la nariz, cerrando los ojos. Era el mismo aroma de la sudadera que le había dado. Al olerlo fue como si pudiera verlo claramente ante él sonriéndole.

Dejó la colonia en su sitio con un suspiro y salió del vestuario con la tablet de David bajo el brazo. En el comedor, los últimos clientes disfrutaban de la cena y una última copa. Y en la terraza, Georg y Louise tomaban un batido mientras hablaban.

Fue hacia ellos y nada más verle Louise se levantó de inmediato para darle un fuerte abrazo.

—¡Enhorabuena! —exclamó sin más.

—Ya veo que las noticias vuelan —murmuró Bill tomando asiento.

—Todo el club ya sabe que vas a trabajar aquí —añadió Georg con una sonrisa amplia.

—Seguro que más de uno piensa que no voy a durar —resopló Bill.

—Pero tú les vas a demostrar que puedes con eso y con lo que te echen —dijo Louise con firmeza.

En ese momento apareció Tom con una sonrisa amplia metido en su papel de camarero. Bill le pidió un refresco y Tom asintió sin decir nada. En menos de dos minutos regresó con la bebida, pero tuvo que marcharse enseguida. No había parado en toda la tarde y apenas habían tenido tiempo para verse.

Bill lo vio alejarse con cierta tristeza, gesto que no pasó desapercibido para sus amigos.

—Y enhorabuena por eso también —susurró Louise.

Bill se sonrojó. Lo suyo con Tom era ya un secreto a voces.

—¿Cómo se lo ha tomado Alexander? —preguntó Georg rompiendo el momento.

—No muy bien, pero lo superará —respondió Bill suspirando.

—¿Habéis podido hablar con calma? —quiso saber Louise preocupada.

Conocía bien a Alexander, sabía cómo reaccionaba cuando las cosas no salían como él quería. Solo esperaba que hubiera tratado a Bill con respeto.

—Le conté todo lo que ha pasado entre Tom y yo—explicó Bill— Al principio no me creyó, dijo que no me ve capaz de engañarle con otro.

—¿Tú y Tom ya…? —preguntó Louise sin atreverse a terminar la frase.

—Anoche —respondió Bill con una sonrisa amplia.

—Espero que hayáis tomado precauciones —soltó Georg sin poder contenerse.

La sonrisa de Bill se borró al instante.

No, no lo habían hecho.

No porque desconfiara de Tom, pero había sido muy imprudente.

Con Alexander no tomaba precauciones porque era el único con quien se acostaba… hasta que descubrió que le estaba engañando con Gustav y a saber si con él tampoco las tomaba.

—Bill, tranquilo —se apresuró a decir Georg—Haceros unos análisis para estar seguros, y luego ya no hará falta ser tan precavidos.

—Alexander me ha estado engañando con otro —dijo Bill sin querer delatar a Gustav—Si me hago los análisis será más bien para asegurarme de que no me ha contagiado nada.

—Pero tienes que hablar con Tom también —insistió Georg—No puede haber secretos en una relación, y menos cuando está empezando. Hablad con calma y haceos los dos los análisis.

Bill asintió, sabiendo que Georg tenía razón.

Lo que estaban construyendo con Tom merecía claridad.

Y todo el cuidado del mundo.

—Ve a la consulta de mi padre —sugirió Georg en voz baja—Allí todo será más discreto, hablo con él ahora mismo y te confirmo la hora en la que puede recibirte.

—Tengo que estar en el club a las ocho —aclaró Bill.

—No hay problema —respondió Georg mientras sacaba el móvil para escribirle.

El doctor Listing era el padre de Georg, tenía una consulta privada especializada en cirugía estética pero también realizaba análisis clínicos. Era un entorno mucho más íntimo que el hospital, y al tratarse de un favor personal no estaría obligado a informar a los padres de Bill a pesar de que aún fuera menor de edad.

Era justo lo que en esos momentos necesitaba.

Privacidad, rapidez y la tranquilidad de que todo quedaría entre ellos.

Continúa… 

Gracias por la visita. Si te ha gustado, comenta y regresa, porque pronto tendremos más 😉

por lyra

Escritora del Fandom

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