Incomplete 63

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Fic TOLL de lyra

Capítulo 63

El bungalow estaba bañado por la luz dorada del atardecer, con las cortinas medio corridas y el aire aún tibio entrando por las ventanas abiertas trayendo consigo el murmullo lejano del lago. Tom había dispuesto con cuidado la merienda que Rose les había preparado, mientras Bill se dejaba caer en el sofá ya descalzado, con el rostro relajado y los hombros por fin en reposo.

Sobre la mesa baja descansaban un par de sándwiches bien montados, un cuenco con fruta fresca cortada en trozos pequeños, dos cucharas y unas latas de refresco que aún conservaban el frío.

No era nada ostentoso pero tenía el encanto de lo íntimo, como si ese momento compartido fuera parte de un pequeño ritual que solo ellos entendían.

—¿Este es el postre que prometiste? —bromeó Bill tomando una fresa.

—No prometí que fuera gourmet—murmuró Tom encogiéndose de hombros sonriendo—Solo dulce.

Bill se dejó caer hacia atrás, apoyando la cabeza en el respaldo.

—Hoy ha sido intenso—dijo suspirando—No pensé que me sentiría tan… parte de algo.

Tom se sentó a su lado volviéndose ligeramente para mirarlo.

—Y lo estás—dijo con firmeza—David confía ciegamente en ti y en tus decisiones, Rose ya te está dando órdenes como si fueras uno más, y el resto de los camareros por lo que he podido escuchar ya hablan de ti como si fueras uno de ellos.

Bill asintió, pero su mirada se perdió un momento en el techo.

—Lo sé. Pero lo del viernes me tiene inquieto—murmuró cerrando los ojos—Mi madre no hace nada sin un propósito. Y si viene con sus amigas, puede convertir la cena en una evaluación pública.

Tom se inclinó apoyando un codo en el respaldo.

—¿Y si no viene con ellas?—preguntó en voz baja— ¿Y si viene con alguien que no te esperas?

—Peor aún —contestó Bill abriendo los ojos—Porque entonces no podré anticiparme. Y si no puedo anticiparme, no puedo protegerme.

Tom lo observaba en silencio, reconociendo el peso que Bill cargaba sin que nadie lo notara. Luego se incorporó en el sofá y abriendo los refrescos le ofreció uno de ellos y levantó el otro en el aire.

—Brindemos por lo inesperado —dijo mirándole fijamente—Porque a veces, lo que no puedes controlar… es justo lo que te transforma.

Bill esbozó una tímida sonrosa y levantó su bebida chocándola contra la suya.

—Por lo inesperado —repitió con una sonrisa que mezclaba nervios y gratitud.

Ambos bebieron un sorbo y dejaron de nuevo las bebidas sobre la mesa empezando a merendar.

—Y si el viernes se convierte en una prueba —añadió Tom en voz baja—La pasaremos juntos. No tienes que enfrentarte a nada solo.

Bill se le quedó mirando en silencio y por primera vez en horas, su expresión se suavizó del todo.

—Gracias por no intentar arreglarme —murmuró—Solo por estar a mi lado cuando más necesito tener a alguien.

Tom sonrió, y levantó su bebida una vez más.

—Estar a tu lado es lo único que quiero hacer—dijo Tom con firmeza.

Bill le respondió con una amplia sonrisa y cogiendo su sándwich le dio un mordisco.

Terminaron de merendar sin prisas dejando que el silencio hiciera su parte. Sin necesidad de palabras se acercaron en el sofá todo lo que podían fundiéndose en un abrazo que hablaba de alivio, de refugio y de todo lo que no se habían dicho. Los besos llegaron despacio, como si el tiempo se hubiera detenido solo para ellos envueltos en la luz dorada que aún se filtraba por las cortinas.

Y entonces un móvil sonó.

El sonido rompió el momento como una piedra lanzada al agua, pero no con violencia. Era el móvil de Bill que Tom cogió con gesto distraído aún con el sabor de Bill en sus labios y al ver de quien era el mensaje recibido se incorporó ligeramente.

—Es de la clínica —murmuró tendiéndole el móvil.

Bill lo cogió entre sus manos sin poder evitar ponerse tenso, desbloqueó el móvil y juntándose todo lo que podía a Tom leyeron ambos el mensaje recibido.

—Los análisis han salido perfectos—leyó Tom en voz alta, repasando el mensaje—Sin rastro de ninguna enfermedad de transmisión sexual, incluido el VIH. Ni una sola anomalía, estamos los dos completamente limpios.

Bill soltó una risa breve más por el alivio que por la noticia en sí. Dejó que Tom el cogiera el móvil para dejarlo sobre la mesa y se recostó de nuevo sobre el sofá, esta vez con la cabeza apoyada en el hombro de Tom.

—Tenía miedo de que Alexander me hubiera contagiado algo—confesó en voz baja, como si al decirlo pudiera soltar parte de ese peso que sentía que tiraba de él hacia abajo—Ya no puedo confiar en él, me ha demostrado que no era quien yo creía.

—No tienes que volver a pensar nunca más eso —dijo Tom mirándole con firmeza—Los análisis son claros, ambos estamos bien y sanos. Podemos seguir adelante sin que el pasado nos interrumpa.

—Podemos volver a besarnos, podemos hacer lo que queramos —murmuró Bill sin apartar de él la mirada—Con protección o sin ella. Porque ahora sí sé con quién estoy.

Tom se acercó lentamente, como si cada gesto fuera una promesa. Y cuando sus labios se encontraron de nuevo no hubo miedo ni dudas. Solo la certeza de que lo que estaban construyendo era suyo, limpio y libre de todo lo que ya no importaba.

Los besos se hicieron más lentos y más profundos. Bill deslizó los dedos por la nuca de Tom sintiendo cómo su respiración se aceleraba bajo la piel y como le estrechaba entre sus brazos atrayéndolo con una firmeza que no pedía permiso, pero tampoco imponía.

Era una invitación.

Una promesa.

El sofá emitió un leve crujido cuando se acomodaron sin romper el íntimo momento que habían construido. Tom se deslizó con cuidado sobre Bill haciéndose espacio sin dejar caer todo su peso, atento a cada gesto. Bill, por su parte, parecía haberse hundido en el sofá como si fuera una nube cálida y envolvente que lo sostenía en ese instante suspendido entre el deseo y calma.

Sus labios se separaron por unos segundos para coger aliento, mirándose ambos a los ojos con el deseo brillando en ellos.

—Podemos seguir… o parar —susurró Tom, acariciándole la mejilla con una ternura que contrastaba con la tensión del momento—Podemos ir despacio o más rápido. Lo que tú decidas, y si en algún momento cambias de idea tengo una caja de preservativos en el cajón de la mesa. Solo tienes que decirlo.

Bill se le quedó mirando con los ojos brillando no solo por el deseo sino por la forma en que Tom le ofrecía algo de lo más valioso. Le ofrecía tener el control de la situación, sin presión ni urgencia alguna. , cuidado, elección. No presión. No urgencia. Solo presencia.

Y en ese instante, más que cualquier caricia, eso fue lo que lo hizo sentirse seguro.

Deseado.

Libre.

Se apoderó de sus labios como única respuesta. Tom respondió al beso con toda su alma dejando que el momento lo envolviera por completo. Sintió las manos de Bill deslizarse por su camiseta, tirando de ella con decisión pero sin brusquedad.

La tela se deslizó sobre su piel y Tom se la dejó quitar sin resistencia. Con la misma delicadeza él hizo lo propio, despojando a Bill de la suya como si cada gesto fuera parte de una coreografía íntima que no necesitaba ensayo.

Sus manos bajaron entonces hacia los pantalones sin prisa ni urgencia, los desabrochó y llevó una mano dentro buscando en su ropa interior hasta dar con su objetivo. Sintió a Bill ponerse tenso cuando le tomó entre sus dedos, pero solo bastó un par de caricias suyas para que se relajara. Al momento le sintió arquear la espalda mientras gemía contra sus labios, sus caricias parecían estar torturándole y Tom sonrió al ver el efecto que había provocado.

Se moría por volver a hacer el amor con él, allí mismo sobre su sofá cama. Pero también sabía que tendrían tiempo para eso y en ese momento lo único que quería era que fuera Bill quien disfrutara y él lo haría viéndolo.

Siguió con sus caricias sintiéndole ponerse cada vez más duro entre sus dedos y minutos después le sintió derramarse entre profundos jadeos.

Tom se quedó mirándolo con una sonrisa amplia y tranquila en el rostro. La expresión de Bill era relajada y serena, y transmitía de algo más que el placer que había experimentado. Era alivio, entrega y total confianza. Como si por fin hubiera soltado algo que llevaba demasiado tiempo sosteniendo.

Sin decir nada Tom se inclinó y le besó la frente dejando que el silencio hiciera el resto mientras que fuera del bungalow el mundo seguía girando ajenos a lo que había pasado dentro, donde ellos se habían amado con la seguridad y libertad de que estar haciendo eso que tantas noches habían soñado.

&

Cuando llegó la hora de la cena Bill sabía que tenía que volver a casa. Tom lo llevó de nuevo en su moto con el viento aún tibio acariciándoles la piel, y se despidió con un largo y profundo beso que parecía contener todo lo que no querían decir en voz alta. Quedaron en verse al día siguiente en el club, listos para otra jornada intensa.

Bill lo vio alejarse por el camino de grava sintiendo el rugido de la moto perdiéndose entre los árboles. Solo entonces cruzó el umbral de casa. Tenía apenas unos minutos para subir a lavarse las manos y cambiarse de ropa antes de reunirse con sus padres en el comedor.

Cuando entró ya estaban sentados y ocupó su sitio con discreción.

—Buenas noches, perdón por el retraso —se disculpó mientras se sentaba.

—Que no se repita —murmuró Simone sin levantar la vista del plato—O la próxima vez cenas en la cocina con Greta.

—Es lógico que llegue más tarde —intervino Jörg con tono conciliador—Con su nuevo trabajo sus horarios no siempre van a coincidir con los nuestros.

—Tengo entendido que terminó a las cinco —replicó Simone mirando fijamente a su marido—No sé qué ha estado haciendo desde entonces que le haya impedido llegar a su hora.

—Estar con mis amigos —respondió Bill con calma—Disfrutar del poco tiempo libre que tengo ahora.

El silencio que siguió no fue incómodo, pero sí revelador. Bill no buscaba la aprobación de su madre, solo quería que entendiera que su vida estaba cambiando y que él también lo estaba haciendo.

La cena avanzaba envuelta en un silencio espeso, apenas interrumpido por el tintinear de los cubiertos contra la porcelana. Bill sentía que no podía seguir guardando silencio. Necesitaba respuestas, pedirle a su madre explicaciones sobre la inesperada cena del viernes y saber sobre todo quienes iban a asistir a ella y si él estaba también invitado o más bien obligado a asistir también.

Pero antes de que pudiera abrir la boca, su padre se le adelantó, como si hubiera leído sus pensamientos.

—He sido informado que irás el viernes a cenar al club—comentó Jörg con tono aparentemente casual, aunque su mirada no dejaba espacio para evasivas.

—David te ha informado correctamente —respondió Simone sin intención de dar explicación alguna.

—¿Y con quién irás? —insistió Jörg sin apartar la vista de su mujer.

—Con mis amistades, por supuesto —contestó Simone manteniendo la mirada fija en su marido sin ceder ni un ápice.

¿Desde cuándo él le pedía explicaciones sobre sus movimientos?

No estaba acostumbrada a rendir cuentas ante su marido. Formaba parte del acuerdo tácito que ambos habían respetado durante años. Pero esta vez, algo había cambiado.

Y todos en la mesa lo sabían.

—No creo que necesites saberlo—murmuró Simone sin levantar la vista del plato.

—Yo si necesito saberlo—intervino Bill con la compostura de quien habla desde lo profesional—Si vienes con tus amigas puedo pedirle a Rose que prepare alguno de vuestros platos favoritos.

—No es necesario—dijo Simone con frialdad—Nos conformaremos con lo que haya en el menú del día.

Bill asintió lentamente, sin dejar de observarla. No era la respuesta lo que le inquietaba, sino lo que se escondía detrás de ella. Y lo sabía, el viernes no sería una simple cena. Sería una escena cuidadosamente orquestada.

—Creía que no querías ni pisar ese lugar, cuando mencioné la idea de comprarlo recuerdo que dijiste que era un error y que jamás te vería allí—comentó Jörg con el ceño fruncido—¿Qué ha cambiado?

Simone se alisó la servilleta sobre las piernas, como si el gesto le diera tiempo para ordenar sus palabras.

—Me parece razonable ver con mis propios ojos el lugar donde trabaja nuestro hijo —respondió con tono medido—No me agrada sentirme excluida, y últimamente da la impresión de que su vida se desarrolla en escenarios donde no tengo el control suficiente para saber si son o no adecuados.

—¿Ahora el club no es adecuado para mí? —preguntó Bill, sin ocultar la incredulidad—He ido allí durante años con mis amigos. Y los clientes, como bien sabes, son hijos de las familias más influyentes, muchas de ellas tus propias amistades. ¿De pronto no estoy en la compañía correcta?

—¿Y los camareros?—insistió Simone con tono cortante—¿También consideras que son la compañía adecuada?

—Lo son—respondió Bill con firmeza, poniéndose en pie—Si no lo fueran no estarían allí, David no lo habría permitido. Disculpadme pero me voy ya a descansar, mañana tengo una jornada larga.

—Que descanses, hijo —dijo Jörg enseguida, intercambiando una mirada significativa con él.

Bill asintió con discreción y se retiró del comedor dejando a sus padres solos mientras terminaban la cena. El silencio que quedó tras su partida parecía más pesado que antes.

Jörg esperó unos segundos antes de romperlo.

—¿Con quién piensas ir a esa cena?—preguntó, repitiendo la pregunta con clara intención.

—Con unos amigos nuestros—respondió Simone con firmeza—Tú y Bill estáis invitados, por supuesto.

Jörg la observó con atención. Había algo en su tono y en su mirada que le decía que no estaba contando toda la verdad.

—Sabes que si voy será para asegurarme de que todo transcurre con calma —dijo Jörg con voz contenida—Y de que no haces nada que incomode a Bill.

—Se me olvidaba que ahora, de repente, te preocupas por tu hijo—murmuró Simone soltando una risa seca.

—Siempre me he preocupado por él—replicó Jörg con firmeza—Desde el primer momento que lo sostuve entre mis brazos. Tú nunca lo acunaste, ni lo consolaste cuando lloraba. Y ahora finges interés cuando llevas años castigándolo por errores que fueron míos.

—Nunca quise tener un hijo como Bill —dijo Simone sin titubeos mirando con frialdad a su marido—Pero me he esforzado en educarlo lo mejor que he podido. Si no te gustaba cómo lo hacía, podrías haberlo dicho en su momento. Pero preferiste callar, dejarme sola en esa tarea mientras tú te alejabas fingiendo que no sabías nada de lo que ocurría.

Jörg se quedó en silencio observándola. Había algo más en sus palabras, algo que no terminaba de decir.

—Sé que estás esperando a que Bill cumpla los dieciocho para pedir el divorcio —añadió Simone con voz baja pero cortante—Como si eso te liberara de seguir fingiendo. Pero no voy a permitir que me humilles delante de mis amigos, haré lo que sea necesario para impedirlo. Y si no lo consigo, aún tengo ese tiempo para vengarme como crea conveniente. Aunque eso incluya hacerle daño a Bill… si es lo único que te hace reaccionar.

Jörg se quedó inmóvil, como si las palabras de Simone hubieran congelado el aire. Sabía que ella era capaz de muchas cosas. Pero esta vez, lo que estaba en juego no era solo su matrimonio.

Era su hijo.

AL que desde siempre había querido pero no había sabido demostrárselo hasta el momento en que se dio cuenta que le había dejado solo ante una madre que no sabía amar sin condiciones. Fue entonces, al ver el peso que Bill cargaba en silencio cuando Jörg entendió que su ausencia no había sido neutral sino una herida.

Y que el amor, por muy profundo que fuera, necesitaba presencia para no convertirse en abandono.

—Por supuesto que asistiré el viernes a la cena —afirmó Jörg con firmeza, sin dejar espacio para dudas.

Su tono no era solo el de un padre que apoya a su hijo, sino el de alguien que había tomado una decisión. Una declaración silenciosa de que, esta vez, no pensaba quedarse al margen. Que estaría allí, no solo como espectador, sino como presencia protectora. Porque lo que se avecinaba no era solo una cena.

Era una escena cargada de intenciones, y Jörg lo sabía.

&

Pasaron los días y finalmente llegó el viernes. Bill intentaba mantenerse sereno, ya había concretado el menú con Rose quien, comprendiendo la importancia de la cena, le prometió preparar la especialidad de la casa. Con eso su madre y sus amistades quedarían más que satisfechas.

Bill le agradeció mientras tomaba el té que Rose le había preparado en la cocina. Sentía el estómago revuelto, incapaz de comer nada durante el día. Aquella noche no era solo una cena, era una prueba. Sabía que estaba en la obligación de asistir para poder intervenir si su madre decidía convertir la velada en algo más que una simple cena. Había organizado todo para evitar incomodidades, incluida la ausencia de Tom.

Ya lo había hablado con él, para que no se enterara por terceros. Tom tenía libre esa tarde, Bill lo quería lejos del club y fuera del alcance de los comentarios punzantes de su madre.

Tom había aceptado a regañadientes. Quería estar a su lado y apoyarlo en todo momento, pero entendía que esa vez Bill necesitaba su respaldo desde la distancia. Andreas también se ofreció a ayudar proponiéndole llevar a Tom a cenar fuera para distraerlo y evitar que se acercara con sigilo al club para comprobar que todo estaba bien.

Bill le agradeció con una sonrisa sincera, sabía que Andreas haría todo lo que estuviera en sus manos para poder ayudarle.

Cuando llegó la hora, Bill salió de casa acompañado por sus padres. Arthur los llevó en coche al club y fueron los primeros en llegar tal como Melissa les había informado. Bill necesitaba tenerla cerca, alguien de confianza que pudiera sostenerlo si las fuerzas le fallaban.

Ocuparon la mejor mesa del club justo frente a los ventanales con vistas al lago. El embarcadero estaba iluminado, y el paisaje parecía sacado de una postal.

—Ahí están —murmuró Simone con una sonrisa amplia.

Bill se volvió de inmediato hacia la puerta, ansioso por descubrir quiénes eran los demás invitados. Y se quedó helado al ver a Alexander… acompañado por sus padres.

—¿Qué significa esto? —preguntó Jörg, mirando a su mujer con incredulidad.

—Son nuestros mejores amigos —respondió ella con naturalidad—Hace mucho que no organizamos una cena con ellos. Que nuestros hijos ya no sean pareja no significa que nosotros tengamos que romper la amistad.

Bill se mantuvo en silencio, pero por dentro algo se tensó. Su madre no los había invitado solo a cenar. Quería conseguir algo con su ayuda y él sabía perfectamente lo que era.

—Si piensas que así voy a volver con Alexander, estás muy equivocada —dijo Bill con firmeza, sin apartar la mirada de su madre.

Su voz no tembló. No había espacio para dudas ni para interpretaciones. Era una declaración clara, directa, que cortó el aire como una hoja afilada. Simone mantuvo la sonrisa, pero sus ojos se endurecieron por un instante.

—Puedo decidir por mí mismo qué es lo que me conviene —dijo Bill con voz firme levantándose de la mesa con elegancia contenida—Y esta cena, desde luego, no entra en esa categoría. Así que, si me disculpáis, necesito ausentarme.

El silencio que siguió fue denso, como si las palabras de Bill hubieran dejado una grieta en la velada cuidadosamente planeada. Simone lo observó sin decir nada, su sonrisa congelada en el rostro. Jörg, en cambio, asintió con discreción, reconociendo en su hijo no solo la madurez sino el coraje de poner límites.

Bill dio media vuelta sin añadir más y caminó hacia la salida del club sintiendo que cada paso lo alejaba no solo de la mesa, sino de una versión de sí mismo que ya no le pertenecía.

—Bill, espera.

La voz de Alexander resonó detrás de él, pero Bill no se detuvo. Cruzó el salón del club con paso firme y salió al embarcadero donde la brisa del lago le golpeó el rostro como una bofetada de realidad. Alexander lo alcanzó unos segundos después sin aliento pero decidido.

—No sabía nada de los planes de tu madre —dijo con firmeza—Te lo juro.

Bill se volvió con lentitud con los ojos entrecerrados por la incredulidad.

—¿Y esperas que te crea? —preguntó con tono contenido—¿Qué has venido aquí por casualidad, que no sabías que esto iba a pasar?

Alexander dio un paso más cerca pero no se atrevió a tocarle.

—Me invitaron mis padres—empezó a explicar—Pensé que era una cena entre amigos, como las de antes. No sabía que tu madre estaba detrás de todo esto.

Bill se le quedó observando en silencio como si intentara descifrar si las palabras venían del corazón o del guion que otros habían escrito para él.

—Pues ella sí lo sabía —dijo finalmente—Y si tú no lo sabías, entonces estás más ciego de lo que pensaba. Porque esto no es una cena, es una puesta en escena y yo no soy parte del decorado.

—Pensé que al menos podíamos seguir siendo amigos —murmuró Alexander con una mezcla de nostalgia y desconcierto—Como al principio, cuando venías a casa para las sesiones con mi padre y empezamos a hablar. ¿No te acuerdas?

—Tú y yo nunca fuimos amigos —respondió Bill con firmeza mirándole fijamente—Desde el primer momento me manipulaste, igual que lo ha hecho mi madre toda la vida. Ambos veis en mí a alguien débil, sumiso y fácil de manejar. Pero eso se acabó.

Su voz no temblaba. Era la voz de alguien que había aprendido a reconocerse.

—He cambiado —continuó diciendo—Y nada de lo que tú o mi madre digáis o hagáis va a hacerme retroceder. Quiero dejar atrás esa vida, gracias a Tom he descubierto que puedo ser quien yo quiera y tomar mis propias decisiones. Y marcharme de esta cena es una de ellas.

Sin esperar respuesta, Bill dio media vuelta y siguió caminando por el embarcadero, sin rumbo fijo. No podía volver a casa, Arthur se había llevado el coche y no regresaría hasta que sus padres lo llamaran tras la cena que conociéndoles podría alargarse por unas horas.

Tampoco quería llamar a Tom. Sabía que estaba con Andreas, disfrutando de una noche que él mismo le había pedido que tuviera. Sentía que le debía ese espacio, después de todo lo que Tom había hecho por él.

Así que decidió caminar para alejarse del club, de las luces y de las miradas. Se dirigió hacia la playa dejando que el sonido del agua y el crujido de la arena bajo sus pies le ayudaran a ordenar sus pensamientos. Cada paso era una forma de soltar algo de peso que sentía en su alma, de decirse a sí mismo que jamás debió haber asistido a esa cena.

Que lo importante a partir de ese momento era seguir caminando hacia lo que realmente quería e importaba sin volver la mirada atrás para nada.

&

Alexander lo vio alejarse sin volver la mirada atrás ni una sola vez. A su alrededor, las mesas del embarcadero estaban llenas de clientes que habían acudido al club para disfrutar de una cena tranquila y que sin quererlo se habían convertido en testigos de una escena incómoda no perdiéndose ninguna de las palabras de Bill, escuchando su tono firme y viendo su marcha decidida dejando a Alexander allí solo, humillado en público de nuevo.

Sentía la sangre hervirle. No podía regresar a la mesa fingiendo entereza cuando por dentro se sentía derrotado. Ya se imaginaba las miradas de sus padres y las de los padres de Bill, que seguramente pensarían que él no era el chico adecuado para su hijo. Que cuanto más lejos estuviera de él mucho mejor.

—¡Alexander!

La voz de Gustav lo sacó de sus pensamientos.

Estaba en una de las mesas del embarcadero cenando con Natalie y otros amigos. Desde allí no habían escuchado lo que Bill le había dicho pero sí lo habían visto marcharse con paso firme. Natalie sonreía con aire triunfal y Alexander supo que no podía enfrentarse a ella en ese momento. Bastaría una sola frase hiriente de las suyas para destrozarlo por completo.

No, no podía enfrentarse a esa zorra en el estado en que se encontraba.

Le hizo una señal a Gustav con la cabeza indicándole que lo encontrara con él en el club. Gustav asintió, comprendiendo al instante.

Volvió al club y se dirigió a la mesa donde sus padres y los de Bill ya estaban cenando siendo atendidos por Melissa. Se sentó en silencio, pero Simone no dejó pasar la oportunidad.

—¿Dónde está Bill? —preguntó con tono inquisitivo.

—Se ha ido —respondió Alexander en un murmullo.

—¿No fuiste capaz de retenerlo? —insistió Simone mirándole con frialdad.

—No… lo siento —repitió Alexander, sintiendo cómo la culpa se le clavaba como una espina.

Ahí estaba Simone culpándolo por no haber traído de vuelta a su hijo, por no haberlo hecho recapacitar. Y él, una vez más, quedaba como un inútil bajo su mirada helada.

Entonces vio a Gustav entrar en el club. Tras intercambiar una mirada sutil, Alexander se levantó con rapidez.

—Ahora vuelvo —anunció sin esperar réplica alguna.

Echó a andar con paso firme hacia el baño donde Gustav lo esperaba con expresión compasiva.

—¿Estás bien? —preguntó en cuanto lo vio.

—¿Llevas algo encima? —preguntó a su vez Alexander.

Gustav suspiró y sacó una pequeña bolsita del bolsillo trasero de sus pantalones.

—Es lo último que me queda —explicó mientras se la tendía—Hablé con Anouk esta tarde, me dijo que se retira y que a partir de ahora contactemos con otra persona. Y que no volvamos a dirigirle la palabra. También me he enterado por los camareros del club que ha dejado el Sisyphos y vuelve a trabajar aquí.

Alexander apenas lo escuchaba. Estaba concentrado en prepararse una raya, buscando en ella la fuerza que sentía haber perdido.

—Tengo otra ayudita que podría servirte también —susurró Gustav al verle tan desesperado.

Sacó una petaca plateada del bolsillo interno de su americana. Alexander la tomó con rapidez tras inhalar la raya y la abrió sin preguntar qué contenía echando un largo trago. El ardor le recorrió la garganta, pero la sensación de energía renovada fue inmediata.

—¿Quieres que te ayude con algo más? —preguntó Gustav alzando una ceja con una mezcla de complicidad.

Alexander entendió perfectamente lo que le estaba ofreciendo, pero no podía permitírselo. No podía echar un polvo rápido en esos momentos por mucho que lo estuviera deseando, sus padres y los de Bill lo esperaban en la mesa y desaparecer durante media hora levantaría sospechas que no estaba dispuesto a alimentar. Aún creía que podía recuperar algo de dignidad, inspirar algo de clemencia aunque fuera mínima.

—En otra ocasión, ¿vale? —murmuró mientras le devolvía la bolsita con discreción—Gracias por esto. Mañana quedamos y seguimos por donde lo dejamos.

Gustav asintió sin decir nada más, comprendiendo que Alexander necesitaba volver a la cena. Lo observó salir del baño con paso firme, aunque su mirada aún delataba el torbellino que llevaba dentro.

Alexander regresó a la mesa con el rostro más sereno de lo que realmente sentía. Había rehecho su compostura en el baño, pero aún llevaba consigo el peso de lo ocurrido en el embarcadero. Al tomar asiento evitó mirar directamente a Simone, aunque sabía que ella aún estaba esperando una reacción de su parte. Quizás que se fuera tras Bill para hacerle regresar o que cambiara de idea.

Pero Alexander sabía que eso era imposible.

Tom le había ganado.

Y por mucho que doliera, tenía que aceptarlo.

&

Sentado en una de las tumbonas junto a la orilla del lago Bill contemplaba el horizonte con la esperanza de que el tiempo pasara rápido, de recibir una señal o algo le indicara qué hacer. A su derecha, el reflejo de las luces del club danzaba sobre el agua y el eco lejano de la música le llegaba como un recordatorio de lo que podría haber sido esa noche. En otras circunstancias, estaría allí riendo con sus amigos y no solo y a la deriva como en esos momentos se sentía, más perdido que nunca.

Miró su móvil. Pensó en llamar a Louise, en pedirle consejo y en escuchar su voz para encontrar algo de claridad.

—¿Bill?

Alzó la mirada y una sonrisa leve se dibujó en su rostro al ver a Melissa acercarse.

—Pensé que te tocaba servir nuestra mesa —comentó mientras ella se sentaba a su lado en la tumbona.

—Y yo que estarías en ella —respondió Melissa con un suspiro—Pero entiendo que no quisieras. Tu madre te ha tendido una trampa bastante cruel.

Bill asintió, soltando también un suspiro.

—David me pidió que viniera a ver cómo estabas —explicó Melissa—Te vio desde el embarcadero y pidió a Patrick que me cubriera unos minutos.

—Gracias —murmuró Bill—Estoy aquí intentando decidir qué hacer. No puedo volver a casa sin llamar un taxi y sinceramente, no me apetece regresar. Si llamo a Tom y le cuento lo que ha pasado sé que vendrá corriendo a consolarme, pero no quiero hacerle eso a Andreas. Apenas han pasado tiempo juntos desde que Tom empezó a trabajar en el club y su amistad se está resintiendo.

—Puedes quedarte en mi bungalow —dijo Melissa, ofreciéndole su llave—Vuelve a casa cuando sientas que tienes fuerzas. O espera un par de horas, y luego dile a Tom dónde estás. Seguro que vendrá, y si queréis podéis pasar la noche allí. Yo me iré al bungalow de Andreas.

—¿No te molesta? —preguntó Bill, con un brillo nuevo en los ojos.

—Para nada —respondió Melissa con una sonrisa cálida—Le diré a David que te quedas en mi bungalow, y seguro que él se lo comunica a tu padre para que no se preocupe. Él se encargará de tu madre, así no os molestará ni a ti ni a Tom.

Bill se puso en pie y Melissa le imitó, despidiéndose de ella con un abrazo largo y sincero, agradeciéndole una vez más por haber estado a su lado justo cuando más lo necesitaba. Luego, sin prisa pero con determinación, comenzó a caminar por la orilla del lago dejando que la brisa le despejara la mente mientras se dirigía hacia el camping.

El bungalow de Melissa estaba envuelto en una calma dorada, con las cortinas medio corridas y el aire tibio entrando por las ventanas abiertas. Bill se dejó caer en el sofá descalzándose con el rostro relajado y los hombros por fin en reposo. Era como si Melissa lo hubiera dejado todo preparado, había una manta ligera sobre el respaldo, una lámpara encendida con luz suave y solo faltaba una nota escrita a mano diciéndose simplemente «Descansa. Aquí estás seguro.»

Sobre la mesa baja que había delante del sofá había una bandeja con un par de piezas de fruta fresca y a su lado unas revistas viejas como si estuvieran esperando que las hojeara para distraerse un poco.

Bill lo miró todo con una mezcla de gratitud y asombro.

No era lujo, pero era refugio.

Y eso era justo lo que necesitaba.

Cogió una manzana de la bandeja y se acomodó en el sofá desde donde podía ver el lago a través de la ventana. El reflejo de las luces del club aún titilaba sobre el agua, pero desde allí todo parecía más claro.

Sacó el móvil, dudó unos segundos, y finalmente le escribió un mensaje a Tom:

«Estoy en el bungalow de Melissa. No quiero interrumpir tu noche con Andreas, pero aquí te estaré esperando a que regreses. Ya te contaré que ha pasado en la cena»

No tardó mucho tiempo en recibir su respuesta:

«Estamos en camino. Andreas lo ha entendido perfectamente y ha insistido en que volvamos ya. En veinte minutos estoy contigo.»

Bill sonrió. No por el mensaje, sino por lo que significaba.

Que no estaba solo.

Que había alguien que no buscaba cambiarle, sino simplemente estar a su lado.

Se recostó de nuevo en el sofá, mordiendo la manzana con calma mientras el sonido lejano del lago le envolvía en una paz que hacía tiempo no sentía.

Continúa… 

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por lyra

Escritora del Fandom

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