
Fic Toll de Namyukaulitz
Capítulo 21
Tres meses habían pasado desde que Bill se había convertido en el César. Tom no sabía si el tiempo había pasado demasiado rápido o muy lento, con todo lo que había ocurrido en esos tres meses, sentía que habían pasado años, por lo cambiada que estaba su relación con su hermano menor, estaban en un punto en el cual, ciertamente no sabía cómo sentirse.
El que Georg estuviera en el palacio seguido, hablando con Bill, y conviviendo en general, disipó los rumores entre Bill y él, las aguas estaban más tranquilas, por lo que, por ese lado, estaba menos intranquilo.
Aunque ahora, era mucho más cuidadoso con Lucian, ya no iba a subestimar la mente de su hijo, por más pequeño que fuera, así que, con más razón iba a protegerlo de todo lo que pudiera escuchar, al punto de tener que ordenar cambiar a todos los sirvientes de Lucian, conservando únicamente a Andreas.
Las últimas semanas, habían estado bien, por supuesto, la ejecución de aquellas sirvientas, no pasó por alto para quienes pudieron haber presenciado o escuchado de la ejecución, pero nadie se atrevió a decir algo, después de todo, había sido una consecuencia por faltarle el respeto a la familia imperial y al César.
El hecho de que Bill hubiera sido tan despiadado, le había dado una visión al pueblo donde él era cuidadoso y sobreprotector con su familia, lo cual, sorprendentemente, fue visto por el pueblo como algo bueno, sobre todo porque, si Bill no tenía hijos propios, Lucian sería el heredero directo, independientemente si Bill lo adoptaba o no, el ser un hijo adoptivo de Bill sólo haría más seguro la sucesión del poder, por lo que Tom lo había estado pensando muy seriamente.
Y Tom no sabía si era eso, el que Bill fuera un padre para Lucian, dispuesto a ser cruel con otros por él o porque Lucian sacaba un lado de Bill, que a Tom lo hacía sentir bien, demasiado bien.
Lo cual lo hacía sentir culpable, recordando el descontento de su padre hacia ese hecho.
¿Pero cómo iba a quitarle a su hijo el único hombre que conocía como un padre? Aunque eso sonaba en parte como una excusa, por no ser capaz de alejar a Bill, por sentirse tan quemado por dentro cada que Georg estaba cerca de Bill.
En el tiempo que Georg llevaba visitando el palacio, los rumores se habían calmado, demasiado, las personas rápidamente asumieron que Bill y el doncel tenían algo, debido a que a Bill nunca se le veía hablando demasiado seguido con una persona, por lo que Georg fue una sorpresa con la que nadie se quedó callado.
Tom debía confesar que no había convivido mucho con el doncel, prefiriendo evitarlo, sólo siendo amable y cortés con él, de tal forma que no pareciera que estaba descontento con la presencia de Georg, porque sino solo sería encender nuevamente los rumores entre Bill y él.
Prefería que las personas lo percibieran únicamente como una madre enfocado más en su hijo, incluso por sobre los lujos.
Así era como debían de estar.
Bill en la parte del César respetado, y Tom en la parte de la madre que vive por y para su hijo.
Incluso algunas personas comentaban sobre si Georg le daría un heredero a Bill antes o después de que pudieran contraer matrimonio, sí, algunos ya pensaban incluso en eso, y Tom podía hacer más que guardar silencio y quedarse en el papel al que tanto se había aferrado, el del hermano mayor.
Por más que la idea de que Bill tuviera hijos con otros doncel le generará rechazo total, por más que fuera consciente de que su hermano menor estaba tan obsesionado con él que esa idea solo se quedaba en eso, una idea muy irreal.
Podía empujar e insistirle a su hermano de que tuviera una concubina, pero el matrimonio e hijos era impensable para Tom.
Se maldecía a sí mismo por sentir tanta rabia con tan solo pensarlo, no solo era molestia, era envidia, una que le envenenaba las noches, provocandole insomnio.
Georg podía estar cerca de Bill, y que lo que dijeran de ellos no fuera malo, ni escrachable.
¿Por qué él no podía tener eso? Atreverse a preguntar era un insulto a su intelecto, cuando era más que consciente de la respuesta.
A veces deseaba que Bill fuera como los otros varones, que únicamente se dejaban llevar por lo carnal, pero que por el resto no tenían ninguna clase de aprecio o respeto a las mujeres y donceles. Que le tuviera rechazo, asco y desprecio, que no lo buscara, que «amar» no estuviera en su vocabulario.
Pero, no, incluso sangrando, Bill no podía verlo con rechazo. Por primera vez, Tom había deseado el odio de una persona, sería más fácil lidiar con el odio de su hermano que con su amor asfixiante, porque al menos si Bill lo odiara, Tom sabía que sus sentimientos serían únicamente su problema.
Prefería ser odiado, rechazado por Bill, aunque fuera un poco, pero él mismo era incapaz de odiarlo.
Bill lo había llevado a límites que ni él mismo conocía de sí mismo. ¿Pero en quien más podía confiar y dejarse sostener?
Era contradictorio.
Desear lo que te lleva a la perdición.
¿Por qué era?
¿Por la moral?
¿Por las tradiciones?
¿Por las leyes?
¿Por el Senado?
¿Por Roma?
¿Por lo biológico?
¿Por su padre?
¿Por su hijo?
El incesto pesaba demasiado, y ya no era porque no fuera capaz de ver como hombre a su hermano menor.
Porque incluso en eso, ya había pecado antes de que Bill se volviera el César, admirando su belleza y fuerza no como un hermano orgulloso, sino como un doncel enamorado.
Su martirio era tanto que, incluso en las madrugadas se escabullia a la biblioteca del palacio, a leer sobre como era el incesto en otras culturas.
Llegando a la conclusión de que, todo sería más sencillo si fueran como los egipcios, antes de que se volviera una provincia romana más.
Bill hablaba de cometer incesto como si Roma fuera como Egipto, estaba claro que estaba convencido de que el poder lo hacia capaz de todo, y sí, Bill tenia la ultima palabra, pero no consideraba al Senado, ni al ejercito ni al pueblo, no estaban solos, habian más personas importantes y peligrosas que si se les provocaba podian cometer un complot en contra del Emperador.
No sería capaz de soportar que Bill fuera asesinado, no aceptarlo no era simplemente mantenerse noble ante Roma, era también proteger a su hermano menor.
Cuando se trataba de la seguridad de Bill no podía pensar como un doncel enamorado, pensaba como un hermano mayor.
Por eso mismo, tenía que mantenerse firme, no acceder, porque de hacerlo, el calor del lecho les duraría unos pocos años, quizás meses, antes de que Bill fuera asesinado. Y probablemente, Tom y Lucian serían parte del río de sangre que correría por el mármol del palacio.
«Tú eres un lascivo», las palabras de Bill en su terma privada le resonaban, no porque se sintiera ofendido o dolido, sino porque se daba cuenta que Bill no tenía una idea de la complejidad de lo que tenían.
Quizás Bill era demasiado superficial, egocéntrico y egoísta, como para darse cuenta que lo de ellos nunca podría ser solo lujuria y eso, era más peligroso que el acto de acostarse juntos.
Roma no era un lugar para los enamorados, mucho menos unos como ellos. Los matrimonios no eran amor, eran acuerdos por conveniencias políticas, sociales o económicas.
Los enamorados siempre pierden.
Ya había perdido con Willem, no podía perder con Bill, ni como amante ni como hermano.
Bill era el único hombre que le quedaba, que lo hacía sentir seguro, pertenencia. Nadie más sería capaz de darle eso, ningún varón dentro o fuera del imperio sería como Bill.
Fantasear con que Bill no fuera su hermano, no era más que una tortura a la que se sometia a si mismo, porque sí, todo seria más sencillo si no fueran hermanos, sus problemas serian muy distintos.
Porque si Bill no fuera su hermano, sería el varón perfecto para él. Con todo y sus imperfecciones, Tom podría soportarlo y guiarlo, ser su apoyo como su pareja, porque después de todo, ni los mismos dioses eran seres perfectos en sus historias, también cometian errores.
Probablemente por eso era que Bill se sentía como un dios, era una representación digna y fiel de lo que un dios sería capaz de hacer por amor o por capricho.
Ya no sabía si Bill era un niño llorón, un dios caprichoso, un hermano inmoral, un hombre muy apasionado o un César despiadado, sólo sabía que amaba de una manera de la que no debía ese ser.
—Alteza —volvió a repetir el doncel sirviente.
Tom parpadeó, volviendo al presente, las madrugadas de insomnio lo tenían con la cabeza en otros lugares, dejando de enfocarse en las banalidades que pasaban a su alrededor.
Dirigió su mirada a las manos del doncel, donde había dos collares.
—¿Qué collar desea llevar, alteza? ¿El de plata o el de oro? —preguntó el doncel.
Tom le dió una mirada su vestimenta, una túnica lisa de color purpura azulado, donde el broche era de color plata ornamentado, sujeto a uno de sus hombros, dejando el otro al descubierto, pero encima se pondria una capa de la misma tela delicada que le cubriría los hombros, con detalles blancos y plateados en los bordes.
Era algo que no se ceñía a su cuerpo con atrevimiento, sino más bien que lo cubría con elegancia y pudor.
—El de plata —dijo después de unos segundos Tom, a lo que el doncel le puso la gargantilla de plata alrededor del cuello, mientras terminaban de maquillarlo.
Iba a llevar las rastas sueltas, con un semirecogido, para al final, ponerle una corona.
Como último detalle en el rostro, le pegaron una pequeña piedra blanca, brillante, en medio de las cejas.
Escuchó que tocaron las puertas de sus aposentos antes de abrirlas, y al voltear a ver, era Bill, quien ya estaba preparado con una armadura pulida, oscura e imponente.
—¿Estás listo? —preguntó Bill, a lo que Tom asintió.
Al tener su afirmación, Bill hizo una seña con la mano, suficiente para obligar a los sirvientes a abandonar los aposentos en ese instante.
Tom se levantó del tocador, bajando la mirada, viendo su muñeca, el brazalete que tenía ya no lo convencía, por lo que busco en el resto de sus joyas para buscar un brazalete que quedara mejor con su atuendo.
—Te ves precioso, aunque vayas demasiado cubierto —halagó el César, aproximándose a su hermano mayor.
—No es para tu deleite, para eso está Georg, a él puedes pedirle que vaya desnudo si deseas —respondió Tom, apunto de sacarse el brazalete, pero Bill lo detuvo, atrapando su muñeca con la mano, dejando ver sus anillos de oro con piedras preciosas incrustados.
Tom alzó la cabeza, quedándose en silencio, serio.
—Necesito cambiarme el brazalete, ¿me lo permites, por favor, César? —pidió Tom, no iba a moverse, iba a esperar que Bill lo soltara.
Bill alzó las cejas, perplejo por ser llamado de esa manera, no porque le fuera nuevo, sino porque venía de Tom.
—¿Georg perturba tanto tu cabeza que ahora me tratas de esa forma? —inquirió Bill, no era necesario que Tom articulará su recelo al castaño o que tanto disimulara su incomodidad por otro doncel cerca de él. —Nunca te refieres a mí únicamente como César. ¿Qué pasa?
—No me pasa nada, estoy bien —contestó Tom, bajando su mirada nuevamente a sus joyas.
Bill soltó su muñeca, pero antes de que Tom pudiera moverse aunque fuera un milímetro, Bill lo tomó por el mentón, haciendo que lo viera.
—No me gusta que hagas eso… —musitó el de rastas.
—Y a mí no me gusta que evites verme —soltó Bill de la misma forma.
El labio inferior de Tom tembló, contenido e impotente.
—Por favor, César, suelteme —pidió Tom.
—¿Es por qué Georg me acompaña en el palco? —preguntó Bill, sin soltarlo.
Sí, Bill había hecho eso, que Georg tuviera un lugar cerca de él en el palco imperial del coliseo.
—Ya no hablan de nosotros, ¿entonces por qué estás tan insatisfecho que me tratas de esta manera? —Bill estaba realmente afectado, preocupado por la repentina actitud distante y fría de su hermano.
Tom se quedó callado por unos segundos que parecieron eternos e inquietaron a Bill todavía más, se mordió el interior del labio, midiendo la magnitud de las palabras que iba a decir.
—Te detesto un poco —manifestó Tom, y los ojos de Bill se abrieron lentamente, en una expresión de que perdió toda estabilidad que pudiera tener en el cuerpo. —Pero me detesto más a mi mismo por esto —continuó, apartando su rostro, sin alejarse de Bill. —No es sólo Georg, es todo lo que me hace sentir impotente… Quizás sólo esté desviando mi odio hacia mi mismo al César.
—Puedes pedirme lo que quieras, todo lo que puedas imaginar, pero en cambio me dices una falacia —Bill atrapó la cintura del doncel entre sus manos, rompiendo cualquier distancia mínima que hubiera entre ellos, juntando sus torsos. —¿Quieres que deje de verlo? Puedo desterrarlo a una isla si quieres, pero, por favor, no odies a tu César.
Era insultante que la dominación del César fuera tan débil, al punto de suplicar que no lo odiara en lugar de exigirlo, para Tom era una vergüenza, un César así no podía subsistir por mucho tiempo.
Cómo hombre, el que Bill le rogaba por aprecio podía incluso hacerlo sentir excitado y enternecido, pero cómo César, el que hiciera eso no podía generarle más que rechazo y hartazgo a Tom.
Quería que Bill fuera dominante, uno inquebrantable, no para que lo sometiera, pero sí para que no fuera fácil de doblegar para el Senado o cualquiera otra fuerza.
Un César que no pueda dominarse a él mismo, ni al doncel por el que es capaz de arrodillarse y suplicar, no vale nada, es carne muerta que está a la disposición de los carroñeros, porque alguien así no puede gobernar un imperio por mucho tiempo sin volverlo débil igual que él.
—¿Sabes que pensara la aristocracia si haces eso? Georg no es cualquier doncel al que puedas desterrar sólo porque yo estoy descontento, no —reprochó Tom, poniendo sus manos sobre el pecho frío y duro de la armadura de Bill, subiendolas hasta la cadena dorada que sostenía su capa negra y pesada con dos broches circulares. —Hacer eso sólo sería darle la cuerda a la plebe para que te ahorquen —dijo, mientras aferraba sus manos a la cadena de oro. —Roma me importa más de lo que me importan mis propios sentimientos, así que si es necesario vas a casarte con él, incluso tener hijos, y vas a imponerme eso aunque no sea algo con lo que esté feliz, tienes que ser firme, no rogarme amor, sino ordenar que te siga, y sabré que yo y Lucian estamos a salvo bajo tu sombra.
Al ver que Bill se quedaba callado, incapaz de tan siquiera negarse a lo que decía, Tom jaló la cadena que sostenía su capa y lo hizo acercar su rostro, dejándolos tan cerca que la respiración del otro les chocaba.
—Eres el único que tiene el poder de salvar a Roma y por consiguiente a mí, a Lucian, a quien llamas «nuestro hijo» —susurró el doncel, tan cerca del rostro del azabache que temió que sus labios rozaban aunque fuera un poco con los suyos.
—Me pides que me case y tenga decencia con él, como si no supiera que eso va a matarte por dentro —reclamó Bill, no era capaz de comprender como Tom podía poner a otras personas sobre él mismo. —¿Roma haría lo mismo por tí, Tom? ¿Roma haría algo por nuestro hijo? No, nadie lo haría.
—Roma no me debe nada, Bill, y lo sé, mi hijo no estaría a salvo frente al imperio, y por eso mismo necesito que tú… —Tom soltó la cadena de Bill y lo señaló con su dedo índice directamente. —Seas quien proteja a Roma, porque si Roma cae, nosotros seremos los primeros en caer en charcos de sangre, no es falta de amor, Bill…—susurró, restando todavía más distancia entre ambos. —Porque te amo, toda mi vida te he amado, no importa de qué forma, si como doncel o como hermano, sólo sé que este corazón guarda amor por tí, pero eso no es más fuerte que el hecho de que tenemos que sobrevivir a este imperio.
Tom le estaba pidiendo algo razonable, algo que hacía ver sus propias peticiones y acercamientos como ridiculeces, y eso lo ofendía, ¿por qué sacrificar tanto por un imperio que no moverá ni un dedo por salvarte? Ellos eran la cima, estaban más cerca de los dioses que de la plebe, pero su hermano lo hacía ver como si ellos estuvieran incluso por debajo del poder del imperio.
Bill quería decirle que incluso había sido capaz de matar a su propio padre por poseer el imperio y poseerlo a él, no podía simplemente acceder a estar con otra persona después de haber asesinado para llegar ahí.
—Yo haría y hecho lo impensable por amarte, pero tú me entregas a otro doncel, cómo si no valiera la pena sacrificar este imperio por mí, cómo si fuera tan importante que ni siquiera puedes besarme estando así de cerca —alegó Bill, estaban a un milímetro de eso, de un beso.
Pero un beso no era nada más eso, un gesto y acto físico como cualquier otro, no, para ellos no. Y Bill odiaba eso, que para ellos cualquier cosa viniera con demasiadas condiciones y consecuencias que el poder no pudiera borrar con simplemente mover la punta de los dedos.
—Has entregado todo de tí a Roma, tu cuerpo, tus labios, tu devoción, incluso tu amor y deseo por mí se los das a ellos, y a mí… —Bill tomó la mano de Tom, apretandola, pegandola a su pecho. —No me das nada, por mucho que digas que me amas. Siempre termino siendo inferior, la persona que no vale la pena, lo fui para nuestro padre y lo estoy siendo para tí incluso siendo el hombre más poderoso del mundo.
Tom ralentizó su respiración, terminó por romper la distancia entre ellos.
Pero no fue en los labios, ni siquiera en las comisuras, ni en las mejillas, fue en la frente.
—Nuestro padre te amo, yo te amo y Lucian te ama, pero hay cosas que ni siquiera el amor más puro y profundo puede evitar —terminó por decir Tom, separándose de él, poniendo sus manos sobre las de Bill en su cintura para quitarlas. —Quiero estar bien contigo, que lo nuestro, sea de hermanos o… de unos amantes imposibles, esté en paz.
Bill se negó a soltarlo, atrayéndolo de nuevo a él en un abrazo cuando sintió que Tom iba de dejarlo.
Fue un abrazo brusco, duro por la armadura, y esa necesidad y negación que emanaba Bill por los poros.
Tom sintió que su cuerpo iba a terminar cediendo y que ambos iban a caer al piso, pero se mantuvo de pie, correspondiendo al gesto.
—Ámame, Tom, aunque sea por una noche —dijo de repente Bill, con su rostro escondido en su cuello. —Demuestrame aunque sea por unas horas que te importo, que no eres de Roma, que eres mío, así como yo soy tuyo.
El doncel cerró los ojos al escucharlo, sus manos aferradas al metal que cubría la espalda de su hermano.
Una noche, sonaba como algo fácil, sólo una noche, entre las mil y una noches en las que pasarían realmente solos, aunque en sus lechos pudiera descansar el peso de otra persona, pero que ambos serían conscientes que no es esa persona.
El abrazó hacia que Tom sintiera más agobiante el aroma de Bill, ese aroma que se mezclaba con el sudor de un hombre que entrenaba casi todos los días.
Sus dedos se deslizaron la espalda de su hermano menor, esperaba que Bill no lo sintiera, pero, se imaginaba pasando las manos, arañando la piel pálida del César en medio de un acto que, por más veces que dijeran que sólo sería una vez, no sería así. Que una vez sus cuerpos se conocieran y sepan cómo se sienten, no podrían vivir sin tocarse otra vez.
—Sólo por una noche, Tom, te lo prometo —Bill trataba de sonar sincero, para él mismo y para Tom.
Un César nunca se conformaría con poco, independientemente de que se trate, pero él, por sólo una noche, podía conformarse, saber que al menos una vez, por una noche, por unas horas Tom no pensó en nadie ni en algo más que no fuera él.
Validado por unas horas, parecía lo único que podía pedir a este punto.
—Por favor, antes de que tan siquiera considere en serio desposar a alguien más, si eso es lo que tanto deseas incluso por encima de desear mi cuerpo, una noche sería suficiente para mí y si no, me obligare a que lo sea —masculló el azabache, pasando su lengua por el cuello del doncel.
Fue un tacto húmedo, áspero, atrevido, Tom dejó caer su cabeza al cuello de su hermano dejando que sintiera su respiración, disfrutando más de lo que debería esa lengua sobre su piel.
—Eres un hermoso y sugestivo mentiroso —murmuró Tom, contra su cuello. —No podrías contenerte, aunque te lo pidiera.
—Tú también eres un mentiroso, porque no me lo pedirías —respondió Bill, en el mismo tono.
Tom se rió, dando un pequeño jalón al cabello de su hermano.
—No me conoces bien —musitó el de rastas, antes levantar la cabeza, para verlo directamente a los ojos.
—Exactamente porque te conozco lo digo, porque lo que ví y escuché hace un tiempo en tu terma no fue una alucinación cruel de mi excitación, fue una verdad que en la que tú te consuelas en soledad —Bill jaló la capa de tela fina de Tom, haciendo que cayera al piso y le dejará al descubierto uno de sus hombros, donde dirigió sus labios, besando la extensión de piel descubierta. —No pasará mucho tiempo para que te deshagas de ese falo de madera y me busques, porque esa frialdad ya no se comparara con la calidez que daré dentro de tu cuerpo.
Tom hizo la cabeza hacia atrás al sentir los besos sobre su hombro.
—Ni siquiera los amantes que te visiten durante las noches para calmar tu necesidad serán suficientes —Bill vió con fastidió la tela que aún resguardaba el cuerpo de su hermano.
—Me ofenderia tener una sola noche, como una concubina que no tiene derecho a más, pero no soy una concubina, soy tu hermano mayor —recordó Tom, planeando cómo apartar a Bill, sin que parezca un rechazó brusco, antes de dejarse caer ante los labios que besaban con cuidado y amor su hombro.
—Un hermano mayor que deja que su hermano menor le besé el hombro… —replicó Bill.
Justo cuando Tom puso sus manos sobre los hombros de Bill, tocaron las puertas de sus aposentos.
Bill y Tom se quedaron congelados.
—¡No vayas a abrir la puerta, me estoy arreglando las vestiduras! —gritó el doncel, apartando a Bill y recogiendo su capa, para ponerla nuevamente sobre sus hombros.
—Alteza, es momento de ir al anfiteatro —dijo la voz al otro lado de las puertas.
—Mentiroso —repitió Bill viendo a su hermano arreglarse la capa, mientras se relamía los labios con una sonrisa burlona, como cuando hacían una travesura de pequeños.
—Cállate y ayúdame —susurró Tom, mientras se le escapaba la misma sonrisa de los labios.
Bill asintió y volvió a abrochar la capa, dejándolo como si nada hubiese ocurrido.
—Yo no he aceptado nada, Bill, recuerdalo, así como yo recuerdo que tú eres el César —dejó en claro Tom, sin verlo, cambiandose por fin el brazalete.
—Dime que al menos lo pensaras, no tiene que ser hoy, ni mañana, ni esta semana, ni este mes —murmuró Bill, dejando su cabeza sobre el hombro de su hermano.
Tom giró la cabeza para verlo. —Un doncel con mi educación no puede prometer algo que no va a cumplir, ni siquiera el pensamiento —dijo, besándole la mejilla. —Ya sabes que no…
Y se alejó, Bill quiso tomarlo por su capa para no dejarlo ir, pero no lo hizo.
Continúa…
Gracias por la visita. No olviden dejar un comentario 🙂