
Fic TOLL de lyra
Capítulo 67
Una vez más calmado, Alexander se separó de Gustav lentamente compartiendo aún algunos besos breves antes de dejar atrás la intimidad compartida en el baño.
—¿Te sientes mejor o sigues necesitando esa raya? —preguntó con cautela Gustav.
—Ya no, gracias —respondió Alexander más sereno.
—Entonces salgamos, vamos a tomar algo —propuso Gustav con tono conciliador.
Alexander asintió en silencio y ambos salieron del baño, solo para encontrarse con David en el pasillo observándolos con gesto serio y la mirada fija en Alexander.
—¿Estás bien? —preguntó David preocupado— Tienes mala cara.
—Estoy bien —contestó Alexander aunque su voz no transmitía convicción.
—No lo parece —insistió David sin apartar de él la mirada.
—Está algo mareado —intervino Gustav— Pensaba llevarlo a la barra para que tomara algo dulce que lo animara.
—Mejor id a la cocina —sugirió David— Rose ya le está preparando algo.
Ambos obedecieron sin discutir. Sabían que Rose al verlos entrar en su cocina y el estado de Alexander había hecho lo que creía correcto y avisó a David sin pensarlo dos veces.
Entraron en la cocina y Rose les señaló la mesa junto a la ventana donde esperaba un café bien cargado y un plato de tortitas con nata para Alexander.
—¿Quieres algo tú? —le preguntó a Gustav.
—Otro café, gracias —murmuró él sentándose junto a Alexander.
Rose asintió y enseguida le sirvió uno.
—Vamos, Alexander —dijo con tono amable— No es el fin del mundo. Pronto encontrarás a otro chico y olvidarás a Bill.
—Bill es de los que no se olvida fácilmente—respondió Alexander sin poder evitarlo.
—Ahora lo ves así —insistió Rose— Pero con el tiempo cambiarás de opinión. Lo importante es que no te pierda como amigo, está pasando por un momento difícil y te necesitará cerca. Eres quien mejor lo conoce.
—¿Lo dices por lo que ha pasado con Tom? —preguntó Gustav observándola con atención.
Era evidente que las noticias volaban en el club, y Gustav intuía que Rose sabía más de lo que estaba dispuesta a contar. Intercambió una mirada con Alexander, quien asintió discretamente.
—Es muy fuerte lo que ha pasado —comentó Gustav con naturalidad— ¿Cómo pudo la madre de Bill denunciarlo? Aunque conociendo a Tom, no me extrañaría que tuviera antecedentes.
—Quizá pensó que era lo mejor para su hijo —respondió Rose incapaz de callarse— Pero no conocemos tanto a Tom como para juzgarlo. Aquí ha demostrado ser una persona muy trabajadora y de confianza. Si no, David no lo habría contratado.
—Seguro que Jörg lo investigó antes de contratarlo —añadió Alexander en tono conciliador— Lo hace con todos los camareros. Si no encontró nada turbio, no hay motivo para pensar lo contrario.
—O quizá sí, pero nadie presentó una denuncia —insistió Gustav— Tom se mueve en un mundo distinto al nuestro Alexander, donde la gente no denuncia por miedo o porque piensan que nadie les va a creer. Así queda libre y sin cargos hasta que se cruza con la persona equivocada. Seguro que Jörg está haciendo todo lo posible que no vuelva a pisar la calle.
—Ahí estás muy equivocado —interrumpió Rose para sorpresa de a ambos— Jörg Kaulitz es el abogado de Tom y está trabajando en su defensa para que quede libre sin cargos.
—¿Lo dices en serio?—saltó Alexander incrédulo.
—Por lo poco que sé, hay pruebas de que Tom es menor de edad —explicó Rose con firmeza queriendo defender a Tom con uñas y dientes— Ahora mismo está en el hospital haciéndose todas las pruebas necesarias para demostrarlo.
Gustav y Alexander se miraron en silencio. Si eso era cierto, Tom saldría pronto de la cárcel y volvería de nuevo a los brazos de Bill.
Y nada podría separarlos entonces.
Siguieron tomándose el café en silencio dejando que Rose volviera a los fogones y se concentrara en ellos.
—Si Tom es menor de edad entonces todo cambia—empezó a decir en voz baja Alexander— No solo queda libre, se convierte en una víctima inocente y desvalida. En alguien que necesita protección y Bill va a estar a su lado más que nunca.
Gustav no respondió. Solo se le quedó observando dejando que las palabras se asentaran.
—No hay forma de competir con eso —continuó diciendo Alexander—Yo solo fui su novio, pero Tom será el chico por el que el padre de Bill se ha jugado el prestigio, por el que Bill ha encontrado el valor necesario para enfrentarse y luchar contra su madre. ¿Cómo voy a competir con alguien como Tom que se ha convertido en un mártir?
—No puedes hacerlo, debes rendirte—dijo Gustav con calma aunque sus palabras pesaban— Esto no es una historia con dos finales, es una carrera donde solo hay un ganador y me temo que no hay premio para el perdedor.
Alexander lo miró con incredulidad, como si las palabras le hubieran golpeado más fuerte de lo esperado.
—Joder, muchas gracias por los ánimos—soltó con sarcasmo sin poder contenerse— Ahora sí que necesito esa maldita raya. Volvamos al baño, pero esta vez te quedas fuera. No quiero que me líes otra vez con tus abrazos y tus besos porque ahora mismo lo último que me apetece es sentir algo.
Gustav frunció el ceño dolido por sus palabras mientras que Alexander ya se había puesto en pie caminando con paso firme por la cocina. Gustav se le quedó mirando sin saber si debía acompañarlo o dejarlo ir.
—¿Vienes de una maldita vez o a qué esperas? —preguntó impaciente Alexander.
Gustav se levantó con un suspiro y fue tras él como un perrito faldero mientras Rose lo observaba con el ceño fruncido sorprendida por el cambio repentino en Alexander. Ya no parecía el chico abatido que había entrado en su cocina minutos antes, había vuelto a ser el chico de siempre. Altivo, impaciente y con ese aire arrogante que lo hacía tratar a los demás como si estuvieran allí solo para servirle.
Rose no entendía qué había visto Bill en él y en el fondo se alegraba de que ahora estuviera con alguien que parecía saber tratarlo como merecía.
Tom, pese a todo lo que había vivido, había demostrado ser alguien íntegro.
Era trabajador, discreto y leal.
No sería perfecto, pero tenía algo que Alexander nunca había mostrado.
Humildad.
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Había que regresar a comisaría para formalizar la puesta en libertad de Tom. Aunque el informe médico y la resolución judicial ya estaban listos, los protocolos exigían que se completaran ciertos trámites. Por eso fue nuevamente esposado y trasladado en el coche oficial, mientras que Jörg llevaba a Bill de nuevo en su coche.
Una vez allí, Jörg se encargó de todo. Entregó el informe médico, presentó la resolución provisional y habló con los agentes responsables del caso. Mientras tanto Tom aguardaba en su celda esperando que todo se resolviera cuanto antes.
La liberación fue rápida, pero mientras se completaban los últimos pasos Jörg aprovechó para hablar seriamente con su hijo de un tema que no podía dejar pasar por más tiempo.
—Bill, nunca antes he hablado contigo sobre nada relacionado con las relaciones sexuales—empezó a decir sin rodeos—Solo quiero que me prometas que tú y Tom sois precavidos, es muy importante que lo seáis.
Bill se removió incómodo en su asiento. No esperaba tener esa conversación en un lugar tan frío como la comisaría, y mucho menos con su padre. Además, sentía que llegaba tarde, ya sabía lo esencial por las clases de educación sexual recibidas en el colegio, por lo que había leído ya fuera en Internet o en alguna revista o por lo que Alexander le había enseñado con el tiempo.
—¿Bill? —insistió Jörg al ver que no respondía.
—Lo somos, papá—murmuró Bill.
—Imagino que también lo fuiste con Alexander—añadió Jörg con tono inquisitivo.
—Al principio sí—admitió Bill—Pero cuando ya éramos pareja formal, decidimos dejar de usar protección ya que solo manteníamos relaciones entre nosotros.
Jörg asintió en silencio. Era una decisión que entendía, incluso compartía. Él mismo lo estaba haciendo con David, no podía reprocharle a su hijo algo que él también estaba haciendo.
—Hasta que descubrí que me estaba engañando con otro chico—soltó Bill sin poderse contener—Por eso lo dejé. Después me hice análisis para asegurarme de que no me había contagiado nada, ni a mí ni a Tom. Nuestra primera vez fue muy precipitada y los dos fuimos muy irresponsables. Por suerte, los análisis salieron bien y ambos estamos limpios.
Jörg apretó los labios. Nunca había aprobado del todo a Alexander, pero respetó la elección de su hijo. Aun así, lo que acababa de escuchar lo indignaba.
—Alexander nunca me gustó para ti —murmuró—Era tu decisión y debía respetarla pero lo que te ha hecho es muy imprudente. ¿Cómo se atrevió a jugar con tu salud? ¿Hay algo más que deba saber?
Bill guardó silencio. Se estaba abriendo con su padre por primera vez, pero había cosas que aún no se atrevía a decir en voz alta.
—¿Te hizo algo que no tú quisieras hacer? —insistió Jörg con firmeza.
La respuesta estaba escrita en los ojos de Bill. Jörg era uno de los mejores abogados de Berlín, sabía leer gestos y silencios. Y el rostro de su hijo era un libro abierto.
—No fue exactamente así —respondió Bill al fin—Pero hubo momentos en los que sí lo sentí. Alexander usaba el sexo para castigarme. Y yo… yo recurría a el para calmarle, como el día que se peleó con Tom. Se sintió muy humillado, yo sabía que Tom no tenía la culpa de nada y fue la única forma que encontré para frenar su rabia.
—No deberías haberlo permitido—murmuró Jörg suspirando—Ni habértelo callado, debiste de decírmelo en el primer momento en que te sentiste forzado por él.
—Ya todo ha terminado entre nosotros—susurró con firmeza Bill—Y solo quiero olvidarlo.
Pero Jörg no pensaba quedarse de brazos cruzados. Hablaría con Gordon sobre el comportamiento de su hijo. Alexander necesitaba ayuda, antes de que hiciera algo que luego tuvieran que lamentar.
Media hora después la liberación de Tom quedó oficialmente registrada. Pudo abandonar la celda y reunirse con Jörg y Bill.
—Ya soy libre—dijo Tom abrazando con fuerza a Bill.
—Legalmente, y sin cargos pendientes—añadió muy satisfecho Jörg—Ahora salgamos de aquí, regresemos a casa.
Bill y Tom asintieron y salieron de la comisaría cogidos con firmeza de la mano. Entraron en el coche de Jörg y minutos después llegaban a la que iba a ser la nueva residencia de Tom.
—Tom, esta es tu casa ahora—dijo Jörg con firmeza abriendo la puerta—Tómate el tiempo que necesites para adaptarte a nuestras reglas y horarios, Bill ya te pondrá al día con calma.
Bill asintió de inmediato, aunque sabía que a partir de entonces algunas de esas reglas y horarios iban a cambiar.
—Ahora ve a descansar un poco, ocuparás una de las habitaciones de invitados—siguió diciendo Jörg—Eres libre de hacer lo que quieras, si te apetece darte una ducha hay toallas limpias en el baño. Puedes ir al bungalow a recoger tus cosas a la tarde.
—No es que tenga mucho que recoger —murmuró Tom con cierta resignación.
—Pídele a Bill lo que necesites—dijo Jörg con firmeza—Ropa, productos de higiene… lo que se te ocurra. No tienes por qué privarte de nada.
—Tal vez algo de ropa, pero nada más —admitió Tom—Lo que más necesito ahora es un teléfono. Quiero hablar con Andreas, contarle que soy libre y decirle dónde estoy.
—Ven, te enseño tu habitación —intervino Bill con una sonrisa—Allí podrás llamarlo con mi móvil.
Tom asintió, agradecido. Siguió a Bill escaleras arriba con paso lento, como si cada peldaño fuera una prueba de que aquello era real.
—En la primera planta están mi habitación y las de invitados —comenzó a explicar Bill mientras subían—Cuando hayas descansado, si te apetece, te enseño el resto de la casa.
Se detuvieron frente a una puerta. Bill la abrió con un gesto suave, dejándole pasar primero. Tom entró y se quedó quieto, sorprendido por el tamaño de la habitación. Recordó la lejana vez que había bromeado con Bill, diciendo que su propia habitación sería tan grande como todo el bungalow… y no se había equivocado.
Recorrió el espacio con la mirada fijándose en la amplia y cómoda cama que había en el centro de la estancia flanqueada por dos mesillas de madera maciza que hacían juego con el armario empotrado que cubría toda una pared. Al otro lado una cómoda completaba el conjunto, todo en tonos cálidos y acogedores.
—Cada habitación tiene su propio baño —añadió Bill desde la puerta—Es esa puerta a la derecha. Y mi habitación está justo enfrente, por si necesitas algo.
Tom asintió volviéndose.
—Ahora mismo solo quiero ducharme —murmuró suspirando—Quitarme esta sensación extraña que todavía me acompaña.
Bill esbozó una tímida sonrisa , como si entendiera perfectamente como se estaba sintiendo.
—Ve a hacerlo, estaré en mi habitación cuando termines—dijo a modo de despedida.
Dio un paso atrás cerrando la puerta con una mano y le dejó a solas, dándole el espacio que necesitaba para empezara a sentirse por fin en su propia casa.
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Dejando a su invitado en mano de su hijo Jörg caminó con paso firme hacia su despacho para realizar varias llamadas importantes, además sabía que tarde o temprano tendría que enfrentarse a su mujer pero en esos momentos tenía trabajo pendiente y ya hablaría con ella cuando pudiera.
Al abrir la puerta del despacho se llevó la sorpresa de que allí estaba Simone, de pie junto a la ventana con los brazos cruzados y el rostro tenso. Desde ese lugar había observado como llegaba a casa y quien le acompañaba.
—¿Cómo te has atrevido a meterlo en mi casa? —espetó Simone sin rodeos, enfrentándose a él con la mirada encendida.
Jörg cerró la puerta con calma, sin perder la compostura.
—No es solo tu casa, Simone—le recordó—Y ahora también es el refugio de alguien que ha sido abandonado demasiadas veces en su corta vida.
—¿Refugio? ¿Eso es lo que llamas traer a ese chico aquí, después de todo lo que ha pasado? —estalló Simone en voz alta sin poder contener la rabia que le embargaba— ¿Y si vuelve a repetirse? ¿Y si pone en peligro a Bill de nuevo?
—Tom no es ninguna amenaza —dejó bien claro Jörg con firmeza—Lo que ocurrió fue una manipulación, y tú lo sabes. Además las pruebas médicas han confirmado que es menor de edad y tu acusación ha quedado anulada. No hay cargos contra él porque no ha cometido ningún delito. Solo es un chico que necesita protección y apoyo.
—¿Y tú decides convertirte en su salvador?—preguntó Simone mirándole con incredulidad— ¿Sin consultármelo antes?
—No es una decisión que se deba tomar por votación cuando hay que actuar con urgencia —replicó Jörg—Tom iba a ser enviado a un centro de menores si nadie se ofrecía a ser su tutor legal y no quería que Bill lo volviera a ver encerrado otra vez como si fuera un criminal.
El silencio se instaló por un momento. Simone bajó la mirada sabiendo que no había nada ya que pudiera hacer, pero su expresión seguía rígida.
—No me gusta —murmuró negando con la cabeza—No me gusta tenerlo aquí, me incomoda.
—Lo entiendo, solo te estoy pidiendo que seas paciente con él—dijo con firmeza Jörg—No te estoy pidiendo que lo aceptes de inmediato, solo que no lo rechaces sin darle al menos una oportunidad. Por respeto a Bill y a lo que hemos construido como familia.
Simone no respondió. Se volvió hacia la ventana observando su magnífico jardín del que tanto le gustaba alardear ante sus amistades, imaginándose a su hijo paseando por el de la mano de Tom y la mera escena le hizo estremecer.
—Esto va a cambiar muchas cosas, por no hablar de que estaremos en boca de todos —murmuró sin apartar la vista del jardín.
Jörg se acercó despacio, sin levantar la voz.
— Hace tiempo que las cosas cambiaron entre nosotros—dijo con calma—Y es hora de empezar a que nos deje de importar lo que piensen los demás, de dejar de vivir según las apariencias.
Simone se volvió con lentitud con los ojos encendidos por una mezcla de rabia y dolor.
—Eso es fácil de decir para ti —espetó sin poder contenerse—Tú no vas a ser el centro de las miradas ni vas a sentir la humillación cuando todo salga a la luz… cuando todos sepan lo que has estado ocultando.
Jörg sostuvo su mirada sin retroceder.
—No estoy orgulloso de todo lo que he hecho pero tampoco voy a seguir escondiéndome —admitió—Si algo he aprendido de todo esto es que el silencio solo alimenta el daño. Y no pienso seguir alimentándolo.
—¿Y qué pasa conmigo? —preguntó Simone con la voz quebrada—¿Quién va a protegerme a mí de las miradas, los cuchicheos y de la vergüenza?
—No puedo cambiar lo que pasó ni lo que soy, Simone —dijo Jörg con voz serena pero firme—He asumido mi parte de culpa desde el principio, y te he dado todo el espacio que me pediste pero ese tiempo ha terminado y es hora de aceptar que lo que había de nosotros también lo ha hecho. Además, Bill ya lo sabe.
—¿Se lo has contado sin hablarlo antes conmigo? —preguntó Simone indignada.
—Sabes que mi intención siempre fue contárselo cuando llegara el momento adecuado —respondió Jörg con firmeza—Tenía derecho a conocer la verdad, y me ha escuchado sin juzgarme.
—Porque es igual que tú —murmuró Simone dolida.
Jörg no reaccionó con rabia.
Sabía que desde el momento en que Simone descubrió que Bill no encajaba en sus expectativas había buscado culpables. Y él, por ser quien era, se convirtió en el blanco más fácil. Como si la identidad sexual de su hijo fuera una herencia indeseada, una sombra que él había proyectado sin querer.
—La decisión está tomada Simone y ya no hay marcha atrás —dijo con calma—Solo te pido que lo aceptes y que no conviertas a Tom en el blanco de nuestras heridas, él no tiene la culpa de lo que ha pasado entre nosotros.
Simone apretó los labios, conteniendo una respuesta que parecía no encontrar forma. Por primera vez, Jörg no estaba discutiendo con ella. Le hablaba desde un lugar más honesto, más profundo.
Y eso, aunque no lo admitiera, la desarmaba.
Salió del despacho sin decir una palabra. Una vez a solas, Jörg se sentó con determinación consciente de que cuanto antes hiciera esas llamadas, más cerca estaría de obtener las respuestas que buscaba.
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Una vez a solas, Tom respiró hondo y se adentró en el baño. Tal como había imaginado era amplio, luminoso, y mucho más cómodo que el del bungalow. Al ver la amplia ducha no pudo evitar sonreír al recordar aquella que compartió con Bill, en tan estrecho espacio que apenas podían moverse sin chocarse entre ellos lo que terminó convirtiéndose en algo inesperadamente íntimo.
Con un suspiro se desnudó lentamente y dejó la ropa doblada sobre una silla junto a la pared. Luego entró en la ducha y abrió el grifo. El agua salió a la temperatura perfecta envolviéndolo en una cálida caricia. Cerró los ojos y se metió bajo la fina lluvia permitiendo que el calor aflojara cada músculo de su tensa espalda. Por primera vez en mucho tiempo se sentía seguro y limpio, como si algo dentro de él también comenzara a despejarse.
Sumido en sus pensamientos mientras disfrutaba del calor de la ducha no se dio cuenta de que alguien había entrado al baño. Solo reaccionó cuando una mano cálida rozó con suavidad su espalda, haciéndole abrir los ojos de golpe.
—Pensé que no te molestaría que te hiciera compañía —susurró Bill con una amplia sonrisa.
Tom se quedó sin palabras al verlo allí completamente desnudo compartiendo el espacio con él. Se hizo a un lado para dejarle entrar bajo el chorro de agua, y en segundos el largo pelo de Bill ya caía húmedo sobre sus hombros y espalda. El reencuentro era demasiado esperado, y no quisieron perder más tiempo. Sus labios se buscaron con urgencia fundiéndose en un beso profundo mientras se abrazaban con fuerza como si quisieran recuperar cada segundo perdido.
—Quiero compensarte por todo lo que has pasado por mi culpa —murmuró Bill contra sus labios.
Le dio un último beso antes de comenzar a descender por su cuello dejando una rastro de caricias suaves hechas con la lengua sobre su piel, como así le hiciera Tom aquella vez en la ducha del bungalow. Bajó lentamente por su cuello deteniéndose en su pecho, y justo cuando quiso continuar yendo más abajo arrodillándose ante él, Tom lo detuvo con firmeza sujetándolo por los hombros.
—No tienes que agradecérmelo de esta manera—dijo con voz serena pero decidida.
—Quiero hacerlo así —insistió Bill.
Pero Tom negó con suavidad firme en su decisión. No quería que el sexo se convirtiera en una forma de compensación ni en una respuesta automática al dolor. Deseaba que ese tipo de intimidad naciera del deseo compartido, no de la culpa.
Lo observó con atención. Bill respiraba con dificultad y el labio inferior le temblaba.
Y entonces lo entendió.
Era eso lo que Bill conocía, lo que había aprendido a ofrecer cuando sentía que había fallado. Como si su cuerpo fuera la única forma de pedir perdón.
—¿Así era con Alexander? —preguntó Tom sin poder contenerse.
Los ojos de Bill se llenaron de lágrimas al instante. Otra vez tenía que enfrentarse a un recuerdo que solo quería enterrar. Primero en la comisaría con su padre, y en esos momentos bajo la ducha con Tom, sintiéndose desnudo y vulnerable.
—No tienes que contarme nada que no quieras —dijo Tom acariciando su mejilla con ternura—Solo quiero que sepas que conmigo no tienes que actuar de esta manera. Si alguna vez me tocas, me besas o quieres hacerme el amor, que sea porque ambos lo deseamos. Porque lo sentimos y no porque lo debamos.
Bill bajó la mirada, y por primera vez en mucho tiempo se permitió sentir que podía ser querido sin condiciones. Que su cuerpo no era moneda de cambio, sino parte de algo más profundo.
Tom lo rodeó con un abrazo firme, dejando que el agua tibia siguiera cayendo sobre ambos. Permanecieron así durante varios minutos compartiendo el calor, la cercanía y el silencio que hablaba por sí solo.
Era un momento de pausa y de consuelo.
De estar simplemente juntos.
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Tras la marcha de Simone, Jörg no quiso perder más tiempo. El eco del enfrentamiento que habían mantenido aún podía sentirlo palpitando en su cabeza, pero no había espacio para dudas.
Tom se quedaría en casa.
Había resuelto una parte del problema, pero aún quedaba otra. Pero antes necesitaba hablar con David. Tomó el móvil y marcó su número con decisión. Al segundo tono, la voz de David apareció al otro lado, cálida pero alerta.
—¿Tom está libre? —preguntó sin rodeos.
—Sí —respondió Jörg con un suspiro—Se ha confirmado que es menor de edad y se han retirado todos los cargos.
—¿Y ahora qué le va a pasar? —quiso saber David— ¿Ha sido enviado a un centro de acogida?
—No podía permitir que volviera a pasar por eso —contestó Jörg—Me he convertido en su tutor legal y me lo he traído a casa. Simone ha cedido, aunque no está de acuerdo… pero eso ya no me importa. Se lo debo a Bill.
Hubo un silencio breve al otro lado.
—¿Estás seguro? —preguntó David con tono grave— ¿De tenerlo en esa casa? ¿De asumir todo esto?
Jörg se acomodó en su sillón volviendo lentamente la mirada hacia la ventana. El jardín seguía intacto, como si nada hubiera cambiado.
Todo parecía igual, pero nada lo era.
—No ha sido una decisión impulsiva —dijo con calma—Si no me ofrecía yo nadie más iba a hacerlo. Lo he hecho porque Bill lo necesita, y Tom merece algo mejor que una celda o un centro de menores.
—¿Y tú? —preguntó David con suavidad— ¿Has pensado en lo que esto implica para ti? Para nosotros.
—Lo he pensado —admitió Jörg—Y aun así, lo he hecho. Ya no puedo seguir viviendo según lo que es cómodo o lo que se espera de mí.
David guardó silencio. Sabía que Jörg no hablaba solo de Tom, hablaba de ellos dos y de todo lo que había callado durante años.
—Sabes que siempre estaré a tu lado decidas lo que decidas—dijo al fin—Pero prométeme que no vas a cargar con todo tú solo. Que si esto se complica, me lo vas a decir.
—Lo prometo—respondió con firmeza Jörg—Y gracias por todo. Por estar siempre a mi lado, por darme todo el tiempo y espacio que he necesitado. Y sobre todo por no juzgarme.
—Nunca lo haré —susurró David—Solo quiero que podamos ser libres y que Tom también lo sea.
Jörg sonrió apenas, con una mezcla de gratitud y cansancio.
—Lo que venga ahora, lo enfrentaremos los dos juntos—prometió con firmeza—En cuanto pueda, me escapo y nos vemos en casa.
Casi pudo imaginar la sonrisa de David al otro lado. El piso en Potsdam lo habían comprado para tener un lugar al que llamar hogar donde poder verse en secreto y que se había convertido poco a poco en un refugio. Aunque no lo usaban con mucha frecuencia, cada vez que iban podían sentirse libres de amarse sin condición alguna.
Colgó la llamada y dejó el móvil a un lado. Luego abrió el maletín y sacó las carpetas del caso de Tom. Era poca la información que había logrado reunir desde que empezara a trabajar en el club, incluyendo sus dos partidas de nacimiento que habían resultado ser falsas y un historial médico incompleto.
En el se relataba que Tom fue el primer hijo que había tenido Angelique Trümper. Su hermano gemelo nació diez minutos después pero su estado era grave y fue trasladado a neonatos. Tom quedó con su madre quien saltaba a la vista que no sería capaz de sacar dos hijos adelante.
Siendo madre soltera, sin trabajo y posiblemente toxicómana y prostituta, el hospital tomó una decisión cruel pero pragmática de hacerle creer que su segundo hijo había muerto y darlo en adopción a una familia que pudiera cuidar de él en condiciones.
De esta manera Angelique salió del hospital llevando en brazos solo a su hijo mayor.
Jörg cerró los ojos un instante. Por más dura que fuera aquella decisión, él pensaba que lo mejor habría sido arrebatarle a ambos niños y darles una vida mejor sin tener que separar a los hermanos.
Tenía también en sus manos el historial delictivo de Angelique que incluía detenciones por prostitución, consumo de drogas y algún que otro robo. Murió de sobredosis cuando Tom era muy niño, lo que lo llevó a vivir a un hogar de acogida del que no salió hasta cumplir los 18 años aunque en realidad como ya sabían, no los tenía.
Jörg suspiró y apartó el expediente de Angelique centrándose en el informe del hospital donde Tom había nacido. Frunció el ceño al leer el nombre.
St. Elisabeth-Krankenhaus.
Leipzig.
El mismo hospital donde Bill y Alexander habían nacido…
Continúa…
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