Incomplete 68

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Fic TOLL de lyra

Capítulo 68

Salió del baño con el rostro más relajado, como si una bruma se hubiera disipado en su interior. La raya que se había metido empezaba a hacer efecto y con ella llegaba esa falsa claridad que lo hacía ver el mundo desde otra perspectiva, una más distorsionada pero más soportable para él

Tal como le había pedido Gustav se había quedado fuera del baño y lo esperaba en el pasillo. Al verlo Alexander le dedicó una sonrisa amplia casi despreocupada.

—Ya me encuentro mucho mejor —dijo suspirando—Me apetece…tumbarme al sol.

Sin esperar respuesta alguna por parte de Gustav echó a andar por el club atravesando el salón principal hasta salir al embarcadero. Respiró hondo como si el aire fresco pudiera limpiar algo más que sus pulmones. A su derecha vio a Anouk terminando de atender una mesa y cuando se dirigía de vuelta al interior del club se interpuso a propósito en su camino.

—Qué sorpresa más agradable—dijo con tono burlón— ¿Has cambiado el Sisyphos por este tugurio?

—Tengo trabajo Alexander, no me molestes —murmuró Anouk intentando seguir su camino.

Pero él volvió a bloquearle el paso sin borrar la sonrisa desagradable que se le había instalado en la cara.

—Ahora soy un hombre libre por si aún no te has enterado, asi que cuando quieras podemos quedar y echar un buen polvo—susurró mirándola fijamente.

Anouk lo miró con incredulidad como si no hubiera entendido bien lo que acababa de decir. Sabía que Alexander sentía algo por ella, cada vez que coincidían en el Sisyphos era cortés, atento e incluso demasiado encantador. Siempre la trataba con respeto, sin cruzar ninguna línea.

Pero en esos momentos tenía frente a ella a otro Alexander. Uno que hablaba con descaro, con una sonrisa desagradable y un tono que no le correspondía. Era evidente que se había metido algo porque en condiciones normales jamás usaría ese tono y esas palabras con ella. Fingía indiferencia por la ruptura con Bill cuando en realidad sabía que le dolía más de lo que quería admitir. Y esa mezcla de rabia y vulnerabilidad lo estaba empujando a comportarse como alguien a quien Anouk jamás había visto antes.

Y todo por culpa de la maldita coca que le había vendido en más de una ocasión…

Ella no tenía autoridad para impedirle que se metiera lo que quisiera. Al fin y al cabo, Alexander y Gustav habían sido durante mucho tiempo de sus mejores clientes. Pero esa etapa había quedado atrás. Ya solo deseaba no volver a cruzarse con ellos, salvo que fuera estrictamente necesario en el contexto del club.

—Parece que te lo estás pensando—murmuró Alexander al ver que no le contestaba— ¿Qué me dices? ¿Buscamos un rincón solitario y damos rienda suelta a nuestra pasión descontrolada?

—No gracias, soy lesbiana—soltó Anouk sin cortarse un pelo.

Alexander se la quedó mirando sin saber si le estaba hablando en serio o en broma, pero la fulminante mirada que le dirigía Anouk le sacó de dudas al momento. Decía la verdad, y eso hacía que la situación se volviera de lo más jugosa.

—¿Eso quiere decir que sería el primer chico con el que estarías?—replicó alzando una ceja— ¿Quieres perder tu virginidad conmigo?

—Quiero que te vayas a la mierda —siseó Anouk con los ojos encendidos— Y que te lleves a Gustav contigo. Los dos sois de lo peor.

Regresó al club con paso firme sin mirar atrás. Detrás de ella la risa de Alexander empezó a resonar como un eco desagradable y burlón que se colaba por las paredes como una provocación.

Pero Anouk no se detuvo.

No valía la pena.

Alexander siguió su camino sin dejar de sonreír sabiendo que Gustav iba tras él como un perrito faldero. Recorrió la playa y localizó a Natalie en las tumbonas que siempre ocupaban pero en esos momentos no le apetecía compartir su buen humor con ella así que echando un vistazo a su alrededor localizó una tumbona libre y se dejó caer sin decir nada, cerrando los ojos suspirando mientras sentía el sol acariciar su rostro.

Gustav lo observó en silencio y decidió dejarle a solas para ver si se calmaba un poco. Sabía que estaba en sumergido en su propio mundo y mejor que gozara él solito de esa felicidad que estaba sintiendo en esos momentos antes de volver a darse de bruces con la cruel realidad.

Como él, había llegado el momento de enfrentarse a Natalie quien llevaría un buen rato esperando su regreso.

La encontró en la misma tumbona donde la había dejado minutos antes, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Su móvil descansaba sobre sus piernas olvidado y en cuanto le vio acercarse se incorporó con gesto tenso.

—¿Te parece bonito hacerme esperar? —soltó Natalie sin rodeos— Llevo más de media hora aquí sola, más aburrida que una ostra. ¿Qué pasa, Alexander es más importante que yo?

Gustav se sentó en la tumbona junto a ella sin intentar suavizar la situación.

—No es eso —empezó a decir con calma—Estaba mal y necesitaba hablar. Solo eso.

—¿Solo eso? —repitió Natalie incrédula— ¿Y por eso me dejas plantada por él? ¿Otra vez?

Gustav bajó la mirada. No tenía una buena excusa y tampoco ganas de inventarse una. Estaba agotado de tener que justificar lo injustificable y de estar mintiendo a Natalie todo el tiempo.

—No sé cómo explicártelo —admitió— Pero no es solo por él, es por todo lo que está pasando. Bill le ha dejado por Tom, su madre le ha denunciado por abusar de un menor..

—Espera un momento —interrumpió Natalie levantando una mano.

La noticia la había golpeado como una ola inesperada. Todo el enfado que había estado acumulado se había desvanecido de golpe, sustituido por una mezcla de incredulidad y alarma.

—¿Me estás diciendo que Simone Kaulitz ha denunciado a Tom por violar a Bill? —soltó casi sin aliento.

—No exactamente —aclaró Gustav—Ha sido un impulso de Simone. Tom es mayor de edad y lo ha usado como excusa para alejarlo de Bill. No hay pruebas reales, solo le ha denunciado para así tratar de separarles.

—¿Y Tom está en la cárcel ahora mismo? —murmuró Natalie aún procesando toda la información recibida.

—Sí, pero no por mucho tiempo —dijo Gustav con convicción— Jörg está llevando su defensa, y ya sabes que no hay abogado más eficaz en todo Berlín. Si alguien puede sacarlo de ahí, es él.

— ¿La madre le denuncia y el padre se encarga de defenderlo?—preguntó Natalie, aún sin poderse creer todo lo que estaba oyendo— ¿Y cómo va a lograrlo con cargos tan graves?

—Porque, sorprendentemente, hay pruebas de que Tom es menor de edad —respondió Gustav, dejando claro que incluso él seguía asombrado por esa revelación.

Natalie permaneció en silencio con la mirada perdida en el horizonte. Las palabras de Gustav seguían resonando en su cabeza como si no terminaran de asentarse. Todo aquello parecía más propio de un guion que de la realidad.

Denuncias falsas, manipulaciones, secretos legales…

Jamás habría imaginado que detrás de las tensiones del club se escondiera una historia tan enredada y dolorosa.

—¿Y Alexander? —preguntó cuando por fin logró articular las palabras— ¿Cómo está encajando todo esto?

—Está hecho polvo —respondió Gustav sin rodeos— Ha perdido a Bill, la confianza de sus padres y ese aire de superioridad que siempre lo mantenía por encima. Ahora ve que Tom, el chico al que siempre menospreció, va a salir de todo esto como alguien vulnerable que merece ser cuidado. Y eso lo está rompiendo por dentro.

Natalie asintió lentamente, comprendiendo por primera vez la magnitud del golpe que Alexander estaba recibiendo.

No era solo una ruptura.

Era el derrumbe de toda su identidad.

Y por primera vez en su vida, empezó a sentir algo parecido a lástima por él.

—Debe sentirse invisible —murmuró— Como si el mundo siguiera girando sin él.

—Así es—dijo Gustav suspirando— Y lo peor es que no sabe cómo reconstruirse sin ese papel que siempre ha jugado.

—Tiene mucha suerte de tenerte como amigo —dijo Natalie con sinceridad—Ahora más que nunca necesita a su lado a alguien que no lo juzgue, que esté ahí sin condiciones. Y tú eres esa persona.

Gustav se le quedó mirando sorprendido por el cambio en su actitud.

—Dile de mi parte que yo también estoy con él —añadió Natalie—Sé que siempre estamos lanzándonos puñales y frases venenosas, pero ahora me doy cuenta de que lo que le han hecho es cruel. Nadie merece pasar por algo así.

Gustav asintió, conmovido por sus palabras. Por primera vez en mucho tiempo sentía que Natalie veía a Alexander más allá de sus defectos. No como el chico arrogante que todos criticaban, sino como alguien que estaba siendo desmantelado por dentro.

Por una vez en mucho tiempo, Natalie estaba viendo al Alexander del que él estaba profundamente enamorado.

—Se lo diré —prometió casi sin voz— Aunque no sé si sabrá cómo recibirlo.

—No importa —respondió ella— Lo importante es que sepa que tú y yo estamos de su lado, que no está solo.

El silencio que siguió no fue incómodo.

Era el tipo de silencio que llegaba cuando las cosas empiezan a colocarse en su sitio, aunque sea lentamente.

&

Después de la agradable ducha donde solo se compartieron besos suaves y abrazos largos salieron envueltos en vapor con los rostros más serenos que en horas. Bill abrió uno de los armarios que había en el baño y sacó un albornoz blanco, se lo tendió a Tom y cogió otro para él mismo.

Sobre el lavabo descansaba su móvil. Lo tomó y se lo ofreció a Tom con gesto firme.

—Para que llames a Andreas —explicó—Debe estar angustiado pensando que aún sigues detenido.

—Probablemente esté trabajando… seguro que tiene el móvil guardado en la taquilla —murmuró Tom.

Bill asintió y sin perder tiempo marcó el número de David para que pudiera localizarlo.

—Hola, David —saludó en cuanto respondió—Estoy bien, gracias. Si, Tom está aquí conmigo. ¿Puedes avisar a Andreas? Tom necesita hablar con él cuanto antes.

David no puso objeciones. Segundos después Bill le tendía de nuevo el móvil a Tom que lo cogió con manos temblorosas, como si el aparato pesara más de lo que debía. Se apartó un poco buscando intimidad y esperó en silencio mientras el corazón le golpeaba con fuerza en el pecho.

—Andreas… soy yo —dijo apenas escuchó su voz—Estoy bien, me han dejado libre y sin cargos pero no volveré al bungalow al menos de momento. Me hicieron unas pruebas en el hospital y confirmaron que soy menor de edad así que para evitar mi entrada en un centro de menores el padre de Bill se ha convertido en mi tutor legal y viviré aquí en su casa.

Guardó silencio mientras Andreas procesaba la avalancha de noticias, preguntándole cómo era posible todo aquello, y si realmente estaría cómodo viviendo bajo el mismo techo que Bill y que la persona que le había denunciado.

Mientras tanto Bill lo observaba desde la distancia, sabiendo que ese momento era uno de los más importantes en la vida de Tom. Había recuperado su voz, su libertad y su vínculo con quienes le apreciaban y querían.

—Estaré bien, Andreas —prometió Tom con una sonrisa—Esta tarde pasaré por el bungalow a recoger mis cosas y hablamos con calma entonces. Saluda a Melissa y a los demás de mi parte.

Colgó la llamada y le devolvió el móvil a Bill.

—¿Te sientes mejor? —preguntó Bill con suavidad.

Tom asintió soltando un suspiro largo.

—Será mejor que nos vistamos y bajemos a comer —murmuró Bill—A mi madre no le gusta que haya retrasos. ¿Necesitas ropa limpia? Una muda, quizás…

Tom volvió a asentir y entonces Bill lo guio hasta la habitación de enfrente que era la suya como ya le había dicho. Al entrar Tom pudo notar lo impersonal que era. Todo estaba perfectamente ordenado, sin fotos ni objetos personales, sin rastros de vida cotidiana. Parecía más una habitación de invitados que el dormitorio de uno de los habitantes de esa casa.

—Puedes coger lo que necesites —dijo Bill, abriendo el armario—Aunque dudo que tengamos la misma talla… o el mismo estilo. Al menos aún tengo tu sudadera, la única prenda que te quedará bien.

Tom echó un vistazo y eligió una camiseta negra, una muda limpia y unos calcetines.

—Esto servirá por ahora —murmuró con las prendas en la mano.

—Si mañana te sientes con ánimo, podemos ir de compras —sugirió Bill—O si prefieres, miramos algo online esta tarde. Lo pedimos y mañana ya lo tienes aquí para probártelo.

La idea le pareció más sensata a Tom. Nunca le había gustado ir de compras y se imaginaba que Bill lo llevaría a tiendas de marca donde nada encajaría con él. Además quería evitar la tentación de volver a robar, y estando en ese mundo era imposible resistirse.

Regresó a la que ya podía llamar su habitación dejando a Bill en la suya para que se vistiera él también. Cerró la puerta y se dio prisa en vestirse sintiéndose aún algo desubicado por todo lo que había pasado.

Entró de nuevo al baño, abrió uno de los cajones y se sorprendió al ver que estaba perfectamente surtido. Tenía de todo desde cepillo de dientes, pasta dentífrica, peines incluso una pequeña colonia discreta. Cogió uno de los peines y se peinó con cuidado recogiendo su largo pelo lo mejor que pudo. No quería que la madre de Bill tuviera motivos para juzgarlo por su aspecto más de lo que ya lo había hecho.

Sabía que su presencia en esa casa era una excepción, una decisión tomada bajo presión y no quería dar ningún motivo para que se arrepintieran.

Al terminar se miró en el espejo. No parecía el mismo chico que había salido esposado del bungalow horas atrás. Había algo distinto en su mirada. No era alivio, era una mezcla de gratitud y miedo.

Gratitud por estar libre.

Miedo por no saber cuánto iba a durar esa calma.

Escuchó que llamaban con suavidad a la puerta y se apresuró a abrir. Al otro lado estaba Bill con una expresión tímida y los ojos algo esquivos, aún marcado por la incomodidad del momento vivido en la ducha. Quería hablar de ello, aclararlo con delicadeza pero intuía que ese no era el momento adecuado. Ambos estaban agotados por lo ocurrido ese día, y la vergüenza que Bill sentía aún pesaba demasiado como para abordar un tema tan delicado.

Ya encontrarían el momento oportuno para hacerlo.

—Comemos siempre en el comedor del piso de abajo —explicó Bill, señalando las escaleras—Pero ya te advierto que las comidas aquí se parecen a los juicios de mi padre, él se mantiene en silencio observando lo que sucede a su alrededor mientras que mi madre interroga al «acusado» y saca sus propias conclusiones.

Tom asintió sin decir nada, preguntándose cómo había podido Bill soportar ese ambiente durante tanto tiempo. Horarios rígidos, normas estrictas, miradas inquisitivas… más que una familia, parecían completos extraños compartiendo techo y desconfiando unos de otros.

Siguió a Bill escaleras abajo, cruzaron el amplio salón y se dirigieron al comedor. Tom no podía evitar fijarse en la decoración y los lujos que le rodeaban. Todo era muy elegante sí, pero transmitía mucha frialdad al estar cuidadosamente colocado en el sitio adecuado pero sin alma.

Como si la casa estuviera diseñada para impresionar, no para sentirse acogedora ni un hogar.

Entraron en el comedor y Bill se dirigió directamente a su lugar habitual, notando con cierta sorpresa y quizás por indicación de su padre que Greta había dispuesto un cubierto adicional justo a su lado. Un gesto sutil pero claro de que Tom debía sentarse cerca.

Tom lo siguió en silencio y se sentó en la silla que Bill le señaló con discreción. Sus ojos recorrieron la mesa estudiando con atención el mantel finamente bordado a mano que caía con elegancia sobre los bordes y la vajilla de porcelana delicada que brillaba bajo la luz tenue del comedor. En el centro de la mesa había un arreglo de rosas recién cortadas desprendiendo un aroma suave y envolvente, aportando un toque de calidez a un ambiente que, por lo demás, parecía cuidadosamente contenido.

Sus ojos no pasaron por alto el detalle de los cubiertos colocados frente a Bill que seguramente serían los de la madre mientras que los colocados en la cabecera de la mesa serían lo de Jörg.

Al momento se abrió una puerta que Tom comprobó que comunicaba con la cocina al ver a la cocinera salir por ella empujando un carrito de ruedas que apenas rozaba el impecable suelo de madera. Sobre el iban los platos ya servidos, aunque Tom notó con curiosidad y a la vez tranquilidad que solo estaban los suyos y los de Bill.

—Tu padre sigue trabajando y ha pedido que empiecen sin él —explicó Greta dirigiéndose a Bill mientras colocaba los platos con precisión en la mesa—Y tu madre… está algo indispuesta.

Bill soltó el aire con discreto alivio. Sabía que su madre no estaba para nada enferma, sino que estaba pretendiendo retrasar cuanto podía su encuentro con Tom. O tal vez incluso esperando que sus caminos no se cruzaran nunca el tiempo que permanecería de invitado en la casa.

—Gracias, Greta —murmuró Bill mientras tomaba el tenedor.

La cocinera le dedicó una tímida sonrisa antes de retirarse discretamente por la puerta por la que había entrado. Tom, al ver que no había ningún tipo de ceremonia ni ritual incómodo como bendecir la mesa o esperar instrucciones, comenzó a comer también aliviado por la naturalidad del momento.

Al primer bocado no pudo evitar reconocer que Greta era una excelente cocinera. Incluso mejor que Rose, aunque era normal trabajando en una casa como aquella bajo la mirada exigente de Simone Kaulitz. Greta debía esmerarse en cada plato para cumplir con los estándares de perfección que se le imponían.

—Si hay algo que no te gusta, puedes dejarlo —comentó Bill con tono relajado.

Tom lo observó con curiosidad notando que Bill estaba aprovechándose de la casual ausencia de su madre y apartaba discretamente la verdura que acompañaba el asado hacia un lado del plato.

—Está todo muy bueno —dijo Tom tomando un trozo de brócoli con el tenedor y ofreciéndoselo con una sonrisa— ¿Por qué no lo pruebas?

—Porque lo detesto —respondió Bill divertido— Y hoy puedo darme el lujo de no comerlo.

Tom soltó una pequeña carcajada y le devolvió la sonrisa notando que la de Bill era la primera que le salía de forma natural desde la ducha compartida. Poco a poco, empezaba a notar que se iba relajando sintiéndose él mismo otra vez.

Continuaron comiendo mientras intercambiaban pequeñas conversaciones ligeras pero reconfortantes, hasta que Greta volvió a aparecer llevando esa vez en el carrito el postre que resultó ser natillas caseras, suaves y cremosas, con un toque sutil de canela que las hacía aún más deliciosas.

Cuando terminaron y los platos quedaron vacíos, ambos se levantaron con calma. Bill se volvió hacia Tom con una sonrisa cálida.

—¿Te apetece que te enseñe parte de la casa? —preguntó— Podemos ir al jardín, descansar un rato junto a la piscina.

Tom asintió, agradecido por la propuesta. Después de todo lo vivido, un momento de paz al aire libre sonaba justo como lo que en esos momentos más necesitaba.

&

Sentados en una de las mesas del embarcadero, Louise y Georg terminaban de comer mientras revisaban sus móviles con gesto preocupado. La noticia sobre la detención de Tom les había llegado tarde, y por más que intentaron contactar con Bill no obtuvieron respuesta alguna.

Tal vez no tenía el móvil consigo… o simplemente no quería hablar con nadie.

—Me inquieta no saber nada de Bill —murmuró Louise dejando el móvil a un lado con un suspiro.

—Podríamos preguntar a alguien del club—sugirió Georg.

Louise asintió de acuerdo con su plan. Estaba convencida de que los compañeros de Tom sabrían más que ellos sobre su paradero, solo hacía falta hablar con la persona adecuada y sabían que podían confiar en Melissa o Andreas.

Esperaron en silencio hasta que vieron aparecer a Melissa caminando por el embarcadero con una bandeja vacía rumbo al club. Georg la llamó enseguida.

—¿Queréis la cuenta o algo de postre?—preguntó Melissa sonriendo profesionalmente mientras sacaba su libreta.

—Queremos saber si tienes noticias de Tom —dijo Georg con firmeza.

Melissa se le quedó mirando en silencio. Sabía que podía confiar en ellos, pero también era consciente de que debía ser discreta. No quería que la información sobre el arresto y la puesta en libertad de Tom se propagara por el club como pólvora.

—Ya está libre —respondió en voz baja—El padre de Bill se encargó de su defensa y logró sacarlo de la cárcel. Había pruebas claras de que es menor de edad, así que no hay delito.

—¡Qué alivio! —exclamó Louise visiblemente más tranquila.

—Y para evitar que lo enviaran a un centro de menores, Jörg Kaulitz lo acogió en su casa —añadió Melissa.

—Entonces Bill y él están juntos —murmuró Louise muy emocionada.

Melissa asintió.

—Hace poco llamó a Andreas para contarle en persona que era libre y que esta tarde se pasará por el bungalow a recoger sus cosas —explicó—Luego David nos dio más detalles para que estuviéramos tranquilos.

—Nos preocupaba que Bill no respondiera a los mensajes —dijo Georg también aliviado—Pero ahora lo entendemos todo. Es lógico que haya estado angustiado y sin ganas de hablar mientras Tom estaba detenido, y ahora que está a salvo seguro que quieren estar solos.

—Se lo merecen —suspiró Melissa— ¿Os tomo nota?

Louise y Georg pidieron rápidamente conscientes de que la habían retenido más de lo debido. Melissa anotó con agilidad y se retiró para continuar con su trabajo.

—Menos mal que todo ha terminado —murmuró Louise—Podríamos pasarnos luego por casa de Bill para ver cómo están.

—Pero solo unos minutos —advirtió Georg—Seguro que Tom no está para muchas visitas.

Louise asintió, justo cuando divisó a Gustav y Natalie paseando por el embarcadero en compañía de Alexander. No hizo falta llamarlos, al verlos se acercaron de inmediato para saludarlos.

—¿Ya os habéis enterado de las buenas noticias? —preguntó Alexander con una sonrisa exagerada—Tom está libre, deberíamos celebrarlo.

—¿Estás bien? —preguntó Georg observándolo con mucha atención.

Era evidente que Alexander estaba exultante, lo cual resultaba desconcertante. Había sido dejado por Bill y en esos momentos fingía alegrarse por la libertad de Tom cuando nunca había mostrado simpatía por él.

—Mejor que nunca —respondió Alexander con una sonrisa forzada—Pero ahora mismo me estoy meando asi que me voy al baño.

Se dio media vuelta sin esperar respuesta lanzándole a Gustav una mirada cómplice antes de alejarse.

—Voy a ver qué le pasa —murmuró Gustav yendo tras sus pasos de inmediato.

—¿Otra vez te vas con él? —estalló Natalie incapaz de contenerse.

Pero Gustav no se detuvo ni respondió, caminaba casi a paso acelerado tras Alexander.

—Esto es absurdo —murmuró Natalie sentándose junto a Louise—Lleva toda la mañana consolando a Alexander, y entiendo que lo esté pasando mal pero no me ha hecho ni caso. Si lo llego a saber, me quedo en casa tomando el sol y bañándome en la piscina.

—Hoy es un día extraño, estamos todos un poco descolocados —comentó Louise con calma.

—Pero no es culpa mía que arresten a Tom o que Bill le dé calabazas a Alexander —siguió quejándose Natalie—Parece que el mundo tiene que detenerse solo porque algunos lo están pasando mal.

Louise y Georg intercambiaron una mirada cargada de paciencia. Sabían que nada de lo que dijeran haría que Natalie entendiera que ella no era el centro del universo.

—Voy a la barra a pedirme un té helado —anunció de pronto levantándose.

Y se marchó sin despedirse.

—No sé por qué seguimos quedando con amigos como ellos —dijo Louise incapaz de contenerse—Nos ignoran por completo. Y ahora que Bill ya no está con Alexander, será más difícil reunirnos todos sin que alguno de los dos se sienta incómodo. Y no veo a Tom queriendo pasar tiempo con nosotros si están Alexander o Natalie, que no sabe mantenerse callada.

—Hace tiempo que lo pienso —respondió Georg dándole la razón—Sobramos en ese grupo. Solo seguíamos ahí para no dejar solo a Bill, pero tal y como están las cosas, cuanto menos coincidamos con Alexander, Gustav y Natalie, mejor.

Louise asintió. Era momento de tomar una decisión importante y pensar en su propio bienestar.

—¿Te has fijado en la actitud de Alexander? —preguntó Georg en voz baja—Creo que se ha metido algo, no hay otra explicación para que esté tan eufórico.

—Yo pensaba que solo fue aquella vez, cuando el accidente —comentó Louise en voz baja—Pero últimamente he recordado varias ocasiones en las que lo vi raro. Creo que está más enganchado a la cocaína de lo que quiere admitir, y eso es otro motivo para mantenernos alejados. No es la compañía que necesitamos.

—Hemos hecho todo lo posible por ayudarle —añadió Georg—Hemos estado a su lado intentando calmarlo cuando la rabia lo dominaba. Pero nunca ha aceptado nuestra ayuda, incluso se ha burlado de nosotros más de una vez.

Louise asintió en silencio. Era evidente que las cosas entre ellos habían cambiado, y mucho se temía que aquella amistad que habían mantenido durante años acababa de romperse. Había llegado el momento de tomar una decisión y de posicionarse.

Ella y Georg siempre lo habían tenido claro.

Bill era la única persona por la que realmente se preocupaban, el único que merecía la pena conservar como amigo.

Continúa… 

Gracias por la visita. Si te ha gustado, comenta y regresa, porque pronto tendremos más 😉

por lyra

Escritora del Fandom

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