Incomplete 70

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Fic TOLL de lyra

Capítulo 70

No dejó de correr hasta llegar al club, jadeando y con el corazón desbocado. Se detuvo solo un instante para pasarse con rabia las manos por el rostro intentando borrar cualquier rastro de las lágrimas derramadas. Inspiró hondo y subió al embarcadero, escaneando con la mirada los rostros de los comensales que estaban terminando de comer ajenos por completo a su sufrimiento.

Localizó a Louise y Georg sentados disfrutando del postre con aparente tranquilidad y se dirigió hacia ellos sin pensarlo.

—¿Podéis llevarme a casa? —preguntó sin aliento.

—¡Natalie! —exclamó Louise poniéndose de pie de inmediato— ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado?

Pero Natalie no quería dar explicaciones. Sabía que su rostro hablaba por sí solo, tendría los ojos enrojecidos por el llanto y el sudor pegado a la piel por la carrera. No podía hacer nada por ocultarlo.

—¿Alexander te ha hecho algo? —preguntó Georg también incorporándose.

—¿Alexander? —repitió Natalie intentando calmarse.

—Te vimos irte con él —aclaró Louise— ¿Habéis discutido?

Natalie asintió sintiendo una punzada de vergüenza. Le costaba admitir ante sus amigos la humillación que acababa de vivir.

—Vamos, te llevamos donde quieras —dijo Georg con tono conciliador— ¿O prefieres que avise a Gustav?

—No, no quiero volver a verle en mi vida —respondió Natalie sin poder contenerse.

Georg asintió en silencio comprendiendo que algo grave había ocurrido entre ellos. No quiso insistir, sabía que Natalie no estaba preparada para hablar en esos momentos. Louise se acercó a ella con delicadeza y tomándola del brazo la acompañó hacia el parking del club mientras que Georg entraba al club para pagar la cuenta.

Nadie dijo nada más.

No hacía falta.

Llegó a la barra y allí fue atendido por Víctor justo cuando Gustav salía del baño con el rostro desencajado, pasándose una mano por la cara como si intentara borrar cualquier rastro que delatara que había estado llorando. Georg lo vio y al momento lo llamó en voz alta.

—¿Estás bien? —preguntó preocupado por su expresión cuando se acercó.

Gustav asintió con la cabeza, aunque por dentro estaba destrozado. Alexander lo había dejado justo cuando más le necesitaba tener a su lado, cuando lo único que quería era ayudarle.

—Pues no lo parece —comentó Georg con cautela—Y Natalie tampoco.

—¿Natalie? —repitió Gustav, desconcertado.

—Se fue hace un rato con Alexander—explicó Georg por encima—Pero cuando ha vuelto estaba claramente afectada. Nos ha dicho que discutieron, no ha querido dar detalles y no sé que tendrás que ver tú en esto pero también ha dicho que no quiere volver a verte nunca más en la vida.

—¿Dónde está ahora? —preguntó Gustav alarmado.

—Nos pidió que la lleváramos a casa. Louise la está acompañando al parking —respondió Georg.

Sin perder tiempo Gustav echó a andar con rapidez temiendo que Alexander en su estado hubiera dicho o hecho algo que hiriera a Natalie. Lo conocía lo suficiente como para saber que era capaz de cualquier cosa cuando se sentía acorralado como vengarse de él por no haber querido pasarle otra raya.

Salió del club y corrió hacia el parking con Georg siguiéndolo de cerca. Al llegar vio a Natalie de pie junto al coche de Georg con los brazos cruzados y el rostro tenso mientras que Louise intentaba consolarla.

—¡Natalie! —llamó Gustav acercándose a toda prisa.

Pero antes de que pudiera decir palabra alguna recibió una bofetada seca y contundente que lo dejó sin aliento. El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier grito.

— ¡Eres un cabronazo!—chilló Natalie incapaz de contener la rabia que sentía.

Gustav se quedó paralizado. No necesitaba que le explicara nada para entender al instante que Alexander, movido por la venganza, le había contado todo sobre la relación que habían mantenido sin omitir ningún escabroso detalles.

En su dolor había convertido a todos sus amigos en enemigos ignorando que solo querían ayudarle.

—Déjame explicarte, por favor —suplicó Gustav con voz temblorosa.

—No quiero escuchar más mentiras —respondió Natalie con firmeza—Vuelve con Alexander a chupársela o lo que sea que os guste hacer, que seáis felices ya que sois el uno para el otro.

Georg se volvió hacia Louise buscándola con la mirada con la sorpresa aún marcada en su rostro. Al ver la expresión de su novia comprendió que aquella confesión no la había tomado tan desprevenida como a él.

¿Gustav y Alexander eran amantes?

¿Desde cuándo?

¿Y Bill lo sabía?

—¿Podéis sacarme de aquí, por favor? —pidió Natalie dirigiéndose a Georg con la voz quebrada.

Sin decir una palabra Georg se apresuró a abrir el coche. Subieron rápidamente, dejando atrás a Gustav solo en el parking, con los ojos llenos de lágrimas y el corazón hecho pedazos.

&

Minutos después salieron de la piscina con el cuerpo aún vibrando por el momento compartido. Caminaron descalzos sobre el suelo húmedo con el sol acariciándoles la piel y el agua resbalando por sus espaldas. Al llegar a la ducha exterior se miraron con una sonrisa cómplice, como si compartieran un secreto que solo ellos entendían.

El agua tibia comenzó a caer sobre sus cuerpos arrastrando el cloro y dejando tras de sí una sensación de frescura. Se turnaron para compartir el chorro del agua entre risas suaves y miradas que decían más que cualquier palabra. No había prisa ni tensión, solo la tranquilidad de saberse en sintonía.

Cuando terminaron se envolvieron en las toallas que había perfectamente dobladas al lado de las duchas y regresaron a las tumbonas junto a la piscina. El sol estaba en su punto justo, cálido sin quemar, perfecto para dejarse secar al aire. Se acomodaron uno al lado del otro con los ojos entrecerrados y las manos rozándose de vez en cuando.

— ¿Sabes? —murmuró Bill suspirando sin abrir los ojos—No recuerdo la última vez que me sentí tan en paz.

—Yo tampoco—confesó Tom sonriendo—Pero me gusta que sea contigo.

Permanecieron en silencio bajo el cielo despejado dejando que el sol acariciaba sus cuerpos mientras disfrutaban de la comodidad de las tumbonas, aún con la piel húmeda y el corazón latiendo con fuerza. Bill mantenía los ojos cerrados pero su mano buscó la de Tom y sus dedos se entrelazaron con los suyos, como si ese contacto fuera suficiente para mantenerlos anclados a la realidad.

—¿Te ha pasado alguna vez? —preguntó Tom en voz baja—Sentirte tan bien que te da miedo que se termine.

Bill abrió los ojos lentamente y volvió la cabeza hacia él.

—Sí… justo en estos momentos—respondió con una sonrisa suave—Me cuesta creer que esto esté realmente pasando, que te tenga aquí a mi lado.

Tom se incorporó un poco, apoyando el codo en la tumbona para mirarlo mejor.

—¿Por qué te cuesta creerlo?—quiso saber.

—Porque estoy acostumbrado a que todo lo que me hace sentir bien termine desvaneciéndose—contestó Bill suspirando—Y tú me haces sentir cosas que nunca antes había sentido.

Tom lo miró con ternura, sin interrumpirlo.

—Con Alexander era muy diferente—se atrevió a confesar Bill—Siempre había algo que me hacía sentir inseguro, como si tuviera que ganarme su afecto y como si nunca fuera suficiente.

—Y ahora… ¿sientes que es suficiente? —preguntó Tom yendo con cuidado.

Bill se le quedó mirando fijamente como si esa pregunta le hubiera tocado algo muy profundo.

—Contigo sí —dijo al fin—No sé por qué, pero contigo no tengo miedo alguno. No siento que tenga que esconderme ni fingir, puedo mostrarme tal y como soy realmente.

Tom se inclinó y le dio un beso con suavidad en la frente.

—Entonces no te escondas ni vuelvas a dudar nunca más—pidió en un susurro—Porque yo tampoco quiero que esto se acabe nunca.

Se quedaron en silencio sintiendo el sol calentar sus cuerpos y el viento meciendo suavemente las hojas del jardín.

Estaban compartiendo un momento frágil, pero lleno de verdad.

—Perdón por la interrupción

La voz de Alice rompió el mágico momento que estaban viviendo haciendo que Bill se incorporara en la tumbona sin soltar la mano de Tom.

—Tienes visita, Bill —anunció Alice en tono discreto.

—¿Quién es? —preguntó en voz baja Bill.

—Louise y Georg —respondió Alice—Están esperando en el vestíbulo.

—Gracias, Alice —dijo Bill con una sonrisa agradecida—Que vengan al jardín y dile a Greta que nos prepare algo para merendar, por favor.

Alice asintió y se retiró con la misma discreción con la que había llegado.

—¿Te apetece verlos?—preguntó Bill mirando fijamente a Tom—Si no quieres les diré que te sientes mal y lo entenderán.

—No es necesario—respondió Tom tras una breve pausa—Son de los pocos amigos sinceros que tienes y que siempre te han apoyado. Y estoy seguro que estás deseando verles.

Bill asintió en silencio, tras todo lo que había ocurrido necesitaba poder hablarlo con alguien de confianza y tal y como Tom había dicho, tanto Louise como Georg eran los únicos amigos en los que poder confiar.

Se levantó de inmediato al verlos acercarse cruzando el jardín con una amplia sonrisa dibujada en su rostro. Corrió hacia ellos y los recibió con un abrazo cálido y prolongado.

—Tenía muchas ganas de verte en persona y saber cómo estabas —dijo Louise estrechándolo con fuerza.

—Perdón por aparecer sin avisar —añadió Georg saludándolo con un beso en la mejilla—Si Tom no está para visitas, nos marchamos sin problema.

—No, por favor, quedaos —pidió Bill negando con la cabeza—Siento no haber respondido a vuestros mensajes. Todo ha sido tan caótico que hasta ahora no hemos tenido un momento para respirar y poner en orden nuestro pensamientos.

—Lo entendemos—dijo Louise con una amplia y sincera sonrisa.

Caminaron juntos por el jardín y Tom se levantó al verlos acercarse, con gesto tranquilo pero atento.

—Tom, me alegra mucho que todo se haya aclarado —dijo Georg tendiéndole la mano.

—Gracias —murmuró Tom estrechándosela con sinceridad.

—Como le decía a Bill, si no estás con ánimos o te incomoda nuestra visita, nos vamos —repitió Georg con tacto—Solo queríamos saber cómo estabais.

—Quedaos, por favor —respondió Tom con firmeza— Me vendrá bien empezar a reconectar con el mundo y dejar atrás lo que pasó.

—Vayamos a la mesa —propuso Bill— Alice nos va a traer algo para merendar.

Se pusieron en marcha y, tras recoger las camisetas que habían dejado en la caseta antes de meterse en la piscina, se dirigieron a la mesa situada bajo la sombra acogedora de la pérgola. El ambiente era tranquilo, con el murmullo del agua de fondo y el sol filtrándose entre las hojas.

Pocos minutos después, Alice apareció con una bandeja cuidadosamente preparada. Sobre ella llevaba varias tazas de café recién hecho que desprendían un aroma intenso y reconfortante acompañadas por un plato de galletas caseras que perfumaban el aire con su dulzura. Con movimientos suaves, colocó todo sobre la mesa y les regaló una sonrisa cálida antes de retirarse con discreción, dejando que el momento siguiera su curso.

Mientras que Tom disfrutaba de su café observaba a Bill y Louise charlar animadamente. Aunque ninguno lo mencionaba directamente, Tom intuía que tanto ella como Georg deseaban que él hablara sobre su reciente detención. No lo hacían por curiosidad ni por morbo, sino por auténtico interés y preocupación. Entre todos los amigos de Bill ellos eran los más cálidos, honestos y empáticos. Y Tom lo apreciaba más de lo que podía expresar.

La conversación comenzó con una mirada cálida y llena de ternura por parte de Louise.

—No tienes que contarnos nada si no te sientes preparado, pero.. ¿cómo te encuentras?—preguntó con suavidad.

Tanto ella como Georg lo miraban con atención sin presionarlo, pero con esa cercanía que solo los amigos verdaderos saben ofrecer.

—Han sido horas muy extrañas y largas—empezó a decir Tom con voz serena—Me sentía como si estuviera en una película que no entendía del todo. Primero la denuncia, luego el arresto y ahora estoy aquí, libre sin cargos y viviendo en casa de Bill.

Louise le dedicó una mirada cálida, mientras Georg asentía en silencio.

—No sé cómo explicarlo —continuó Tom—El poco tiempo que estuve en la celda no pasó nada, pero el silencio… el silencio me comía por dentro. Y lo peor no era estar allí, sino no saber si alguien creía en mí y en mi inocencia.

—Nosotros lo creíamos —dijo Georg con firmeza—Desde el primer momento, jamás lo dudamos.

—Tienes mucha suerte de tener a Bill a tu lado—añadió Louise con su sonrisa más sincera.

Tom sonrió, bajando la mirada por un instante.

—Sí, no se ha separado de ti ni un segundo—murmuró—Bill se ha convertido en mi refugio y también su padre, si no fuera por él aún estaría detenido acusado de algo tan grave.

Louise y Georg asintieron con gesto comprensivo. Sabían que, de no haber contado con la defensa de uno de los abogados más prestigiosos de todo Berlín Tom jamás habría salido de la cárcel. Se habría enfrentado a una condena larga y devastadora, ignorando por completo las pruebas que demostraban que era menor de edad y que la acusación había nacido del impulso desesperado de una madre incapaz de aceptar que su hijo tomaba un camino que ella no podía controlar.

—Y además ha prometido ayudarme a encontrar a mi hermano —continuó diciendo Tom—Sé que puedo confiar plenamente en él, que hará todo lo que esté en su mano para encontrarlo o, al menos, descubrir qué le ha ocurrido.

Que hablara de su hermano con tanta naturalidad frente a los amigos de Bill era una muestra clara de la confianza que depositaba en ellos. Louise ya lo sabía desde que él mismo se lo contó a ella y a Bill la semana anterior y Tom estaba convencido de que Louise se lo habría comentado a Georg ya entre ellos no había secretos. Además, no solo le había escuchado sino que le había ofrecido su ayuda de forma desinteresada. Y en esos momentos, al ver la expresión de Georg, Tom no tenía dudas de que él también estaba dispuesto a apoyarlo.

—¿Crees que tu hermano está en Berlín? —preguntó Georg con cautela.

—No lo sé —admitió Tom—Solo sé que tengo que encontrarlo. No puedo pasar el resto de mi vida lamentándome por no haber hecho nada quedándome de brazos cruzados. Y si he tenido la suerte de que se me esté brindando toda la ayuda necesaria para lograrlo, pienso aprovecharla al máximo. No voy a parar hasta saber dónde está.

—Lo vas a encontrar—dijo Louise inclinándose hacia él y apoyando la mano sobre la suya con suavidad— Y tanto Georg como yo estaremos contigo en cada paso.

Tom la miró agradecido, y por primera vez desde que había salido de la comisaría, sintió que el mundo no era un lugar tan hostil como lo llevaba pensando toda su vida.

Que había encontrado al fin su espacio y un lugar donde poder reconstruirse y empezar de nuevo.

&

Tras la marcha de Natalie, Alexander permaneció unos minutos más tumbado sobre la arena dejando que el sol acariciara su piel mientras saboreaba el momento vivido. Su cuerpo aún se recuperaba del intenso orgasmo que lo había recorrido, y una sonrisa amplia y satisfecha se dibujaba en sus labios.

Había conseguido su cruel venganza.

Estaba cansado de ver a Gustav arrastrarse por migajas de su afecto solo para luego negarle el apoyo que él tanto necesitaba en esos momentos. Así que cuando Natalie se le ofreció de tan sugerente manera, ¿quién era él para rechazarla?

Se había aprovechado de ella sin el menor remordimiento buscando únicamente su propio placer, sin importarle el daño que pudiera causarle. Nunca le habían importado sus sentimientos, siempre la había visto como una persona fría incapaz de sentir nada auténtico.

Para él, todo era cuestión de pasar página.

Ya lo había asumido con resignación.

Bill lo había dejado y no pensaba arrastrarse tras él suplicando una segunda oportunidad que sabía que nunca llegaría, y menos en esos momentos en que su padre finalmente había abierto los ojos y empezado a ver a ese hijo que durante tanto tiempo había ignorado por completo.

Suspiró y se incorporó dando por terminado su dulce momento de abstracción. Caminó de vuelta al club con paso lento deseando ver el resultado de su revelación. Podía imaginarse perfectamente a Natalie montando una escena en mitad del club acusando a Gustav de haberla traicionado, decepcionarla y humillarla. Y conociéndola tan bien como la conocía, estaba seguro de que le habría dejado en evidencia delante de todos con una bofetada que, en su opinión, Gustav se había ganado con creces.

Llegó al club con paso relajado pero expectante. Sus ojos recorrieron el entorno con atención estudiándolo y buscando señales del caos que se había imaginado. Sin embargo, el ambiente era sorprendentemente sereno.

En la playa había clientes tomando el sol con tranquilidad, otros se bañaban en el mar con movimientos lentos y despreocupados. En la terraza del embarcadero varias mesas estaban ocupadas por grupos que charlaban mientras disfrutaban de refrescos y cócteles. Dentro del club el murmullo era constante pero tranquilo, como si nada fuera fuera de lo común.

Aquello lo desconcertó. Esperaba tensión, miradas y susurros. Pero todo parecía seguir su curso habitual.

Se dirigió a la barra donde Anderas colocaba unos vasos limpios con gesto distraído. Alexander se acercó y tomó asiento con naturalidad.

—¿Sabes algo de Natalie o Gustav?—preguntó en voz baja.

Andreas levantó la mirada dudando un instante antes de responder.

—Algo sé, sí —admitió—No me he enterado bien de lo que ha pasado pero Gustav estaba muy afectado. Lo vi hace un rato en el parking, parecía destrozado como si le hubieran dado una noticia que no esperaba.

Alexander frunció el ceño, fingiendo sorpresa.

—¿Y Natalie?—quiso saber.

—No la he visto, y me ha extrañado estando así Gustav que ella no estuviera a su lado—contestó Andreas—Por el estado de Gustav, yo diría que han roto.

Alexander se esforzó porque su rostro no delatara lo que estaba sintiendo al escucharlo, tratando de ocultar la satisfacción que le recorría por dentro. Su jugada había surtido efecto. Ahora solo quedaba ver hasta dónde llegaban las consecuencias.

—¿Sabes si Gustav sigue en el parking?—preguntó con tono casual pero atento.

—No estaba en condiciones de conducir —respondió Andreas—David le pidió a Víctor que se quedara con él hasta que se hubiera recompuesto, seguramente siguen allí.

Alexander asintió con indiferencia, aunque por dentro se sentía pletórico y eso sin ayuda alguna de la coca. Salió del club con paso tranquilo y se dirigió al parking. Tal como Andreas le había dicho encontró a Gustav sentado en la acera con los codos apoyados en las rodillas y la mirada perdida. Víctor estaba a su lado hablándole con voz baja y paciente.

Se detuvo a unos metros oculto tras una furgoneta de reparto que estaba allí aparcada observando la escena con atención. Quería estudiar el terreno antes de intervenir, Gustav parecía completamente derrumbado y eso le confirmaba que su plan estaba funcionando.

—Vamos, Gustav —decía Víctor con tono conciliador—Sabías que tarde o temprano esto iba a pasar, no podías seguir ocultándole toda la verdad a Natalie.

Gustav no podía responder, sentía la garganta llena de lagrimas que bajaban por sus mejillas sin que él pudiera hacer nada por evitarlo. Se limitó a pasar una mano por el rostro para borrar esas lágrimas además de la expresión de dolor que lo dominaba.

—Al menos Natalie solo sabe lo de Alexander —murmuró cuando por fin logró articular palabra—No sabe nada de lo nuestro.

Alexander se quedó inmóvil, como si el aire se le hubiera escapado de los pulmones.

¿Lo nuestro?

¿Gustav y Víctor estaban juntos?

¿Desde cuándo?

—Ya te prometí que yo nunca diría nada—susurró Víctor con voz serena—Que podías confiar en mi.

—Claro, subiéndome el precio de las mamadas tenía tu plena confianza—soltó sin poderse contener Gustav—Así he podido comprar tu silencio todo este tiempo.

—Y también has disfrutado del momento cada vez que Alexander te destrozaba sin el menor remordimiento—le reprochó Víctor con la voz cargada de rabia contenida—Sí, me he aprovechado de la situación porque a diferencia de ti a mí no me sobra el dinero. Me cuesta mucho ganarlo y si tú lo despilfarras como si nada te importara pues mejor para mí.

Gustav lo miró con los ojos enrojecidos, entre la culpa y la incredulidad. No sabía si dolía más la acusación o la verdad que encerraba.

Víctor no apartó la mirada, pero bajó ligeramente el tono de voz, manteniendo la firmeza.

—No creas que me alegra verte así —dijo con serenidad—Pero tampoco me siento culpable por lo que te ha pasado. Tendrías que haberle contado la verdad a Natalie hace tiempo, no esperar a que se enterara por el bocazas de Alexander. Que maldita manía tenéis los ricos de callar solo por mantener las apariencias.

Gustav lo fulminó con la mirada.

—¿Y tú? ¿Le has contado a Andreas tu pequeño secreto? —preguntó con frialdad— ¿Qué vendes tu cuerpo a cambio de grandes sumas de dinero?

—Ya lo he dejado —se apresuró a responder Víctor con un matiz de incomodidad.

—Da igual —replicó Gustav poniéndose en pie con brusquedad—Si se entera, se sentirá defraudado y más ahora que por lo que he oído estáis juntos. Por no hablar de lo que hará David o pensará tu madre si esto llega a sus oídos incluido el otro trabajillo de tu hermana por el que ha sacado grandes beneficios. Solo tengo que hacer una llamada y será arrestada en cuestión de segundos.

Víctor se quedó en silencio respirando con dificultad. Se sentía acorralado, sabía que Gustav era perfectamente capaz de cumplir su amenaza solo por diversión, sin preocuparse por el daño que pudiera causar a su familia.

Lo observó acercarse al coche sacando las llaves con gesto brusco, abrir la puerta y acomodarse en el asiento desde donde lo miró con un odio intenso.

—Así que ya puedes ahorrarte los consejos sobre cómo olvidar lo que ha pasado y seguir adelante como si nada—dijo Gustav con firmeza fulminándole con la mirada—Porque si quiero, puedo destrozarte la vida en un pestañeo. Y créeme, no me temblaría el pulso.

Cerró la puerta de un golpe, puso en marcha el coche y salió derrapando del parking dejando tras él el eco de sus palabras y a Víctor sumido en un silencio denso, atrapado entre el miedo, la culpa y la impotencia.

&

La merienda transcurría con aparente tranquilidad bajo la pérgola, entre el aroma del café recién hecho y las suaves risas que se escapaban entre sorbos y bocados de galletas caseras. Bill se inclinó ligeramente hacia Louise y Georg.

—¿Y vosotros? ¿Qué habéis hecho hoy? —preguntó queriendo dejar descasar a Tom.

Era inevitable que fuera el centro de la conversación, pero después de un día tan largo lo único que deseaban era dejarlo atrás cuanto antes y distraerse con asuntos más ligeros y triviales.

Louise intercambió una mirada rápida con Georg antes de responderle.

—Fuimos a comer al club, como hacemos siempre—empezó a explicar—Habíamos pasado la mañana en mi casa y al llegar fue cuando nos enteramos del arresto de Tom. Me temo que eras el único tema de conversación en todo el club, nadie hablaba de otra cosa.

Tom bajó la mirada incómodo, pero Bill le tomó la mano con suavidad transmitiéndole todo su apoyo con ese gesto silencioso.

—Hablaremos con David —murmuró sin soltar su mano—Estoy seguro de que te dará todo el tiempo que necesites para recuperarte hasta que los rumores cesen.

—Hasta mi regreso, entonces volverán a avivarse—gruñó Tom con amargura—No creo que deba regresar a trabajar al club, solo provocaría recuerdos dolorosos y conversaciones incómodas. Justo lo que tu padre quiere evitar.

—Mi padre entiende perfectamente lo que ha pasado —respondió Bill con firmeza—Y sabe que tú no tienes culpa de nada.

Tom asintió con un suspiro profundo. Sabía que contaba con la confianza del padre de Bill, y eso le daba cierto alivio. Aun así era consciente de que debía mantenerse al margen de cualquier situación que pudiera alimentar rumores indeseados. Lo último que quería era convertirse en el centro de nuevas habladurías o poner en entredicho la tranquilidad que Bill y su familia habían logrado crear.

—También vimos a Alexander en el club—añadió Georg de repente—Estaba con Gustav y con Natalie.

La expresión de Louise cambió al instante. Su rostro se había puesto tenso y Bill lo notó de inmediato. Se incorporó en su asiento mirándola fijamente.

—Louise, cuéntamelo todo —pidió con firmeza—No me ocultes nada solo porque esté relacionado con Alexander, prefiero saberlo aunque me haga daño.

Louise dudó un segundo, pero luego asintió.

—Se notaba que Alexander se había metido algo—confesó suspirando—Estaba muy alterado, como si estuviera fuera de sí. Todo fue muy raro, primero nos saludaron y luego él y Gustav se fueron al baño. Natalie se quedó con nosotros hasta que se aburrió y se fue a la barra a esperarles, para salir minutos después en compañía de Alexander.

— ¿Natalie y Alexander?—repitió Bill arrugando la frente— ¿Y qué hicieron?

—Creo que a dar un paseo por el lago—contestó Georg—Pero no sería muy largo porque poco tiempo después Natalie regresó sola y muy alterada. No quiso explicarnos qué le había pasado, solo nos pidió que la lleváramos a casa.

—¿Y Gustav? —preguntó Tom, con el ceño fruncido— ¿Dónde estaba mientras?

—Continuaba en el baño—continuó diciendo Georg—Dejé que Louise acompañara a Natalie al coche y cuando entré a pagar le vi saliendo del baño muy afectado. Le expliqué lo ocurrido y cómo estaba Natalie y echó a correr al parking. Y allí fue allí donde… descubrimos toda la verdad.

Georg pronunció la última frase en un susurro bajando la mirada antes de continuar, como si deseara no ser él quien tuviera que desvelarle a Bill lo que habían descubierto sobre Alexander.

—Gustav y Alexander están juntos—se le adelantó Bill con voz firme y serena.

—¿Ya lo sabías?—preguntó Georg muy sorprendido.

Sentía a Louise a su lado algo inquieta, y no le costó imaginar que siendo tan amiga de Bill como lo era este le habría contado sus sospechas. Por eso no se había sorprendido tanto tras la confesión de Natalie en el parking del club.

—Lo descubrí hace poco, y ese fue el motivo por el que lo dejé—explicó Bill suspirando—Aunque llevaba tiempo sospechándolo… como el día del accidente, les vi tan juntos y tan cómplices que la rabia me cegó y provoqué el accidente sin pensarlo.

—No digas eso —intervino Louise con firmeza—Fue un accidente, tú no eres así.

—Estaba fuera de mí —insistió Bill—No fui consciente de lo que había hecho hasta que vi a Alexander caer al agua y en ese instante me arrepentí de todo.

Georg se inclinó hacia él colocando con suavidad la mano sobre su brazo transmitiéndole esa calma que usaba cuando quería que alguien respirara profundamente porque así lo necesitaba.

—Te arrepentiste al momento porque eres una buena persona, Bill —dijo con suavidad pero sin dejar espacio a dudas—Lo que pasó fue a consecuencia de cómo es Alexander, sabe encender a la gente y llevar las cosas al límite. No lo justifica, pero tampoco te convierte en un monstruo.

Bill apretó la mandíbula como si las palabras le dolieran y al mismo tiempo le aflojaran algo por dentro.

—No debería haber perdido el control —murmuró con firmeza—No por él ni de esa manera.

—Claro que no —concedió Georg—Pero estabas herido, confuso y Alexander no ayuda. Nunca ayuda a suavizar la situación.

Lo decía sin rencor, casi como si fuera un hecho inevitable y verdad que todos ya conocían.

Louise asintió de acuerdo con las palabras de Georg, posando ella también una mano en el brazo de Bill no para excusarlo sino para recordarle que no estaba solo.

—Lo importante es que te diste cuenta en cuanto ocurrió—dijo mirándole con firmeza—T arrepentiste en el mismo instante, eso dice mucho más de ti que ese segundo en el que te cegaste.

Bill tragó saliva con esfuerzo como si le costara creer las palabras de sus amigos, como si quizás debiera castigarse por ello un poco más.

—¿Y Natalie cómo está? —intervino Tom intentando cambiar de tema y reconducir la conversación.

No soportaba ver a Bill así, encogido sobre sí mismo devorado por un remordimiento que no le pertenecía. Aquello ya había pasado, y él no era culpable por mucho que insistiera en castigarse.

—Está destrozada —murmuró Louise sin poder ocultar la tristeza que sentía por su amiga—Abofeteó a Gustav y lo dejamos completamente abatido en el parking. La llevamos a casa y vinimos directamente a veros… aún en shock por todo lo que hemos descubierto.

Tom escuchaba en silencio con la mirada fija en su taza de café. Le costaba asimilar todo lo que estaba oyendo, no lograba entender cómo dentro de un grupo de amigos que se suponía unidos podían traicionarse de esa manera actuando a espaldas unos de otros como si la lealtad no significara nada.

Cada revelación le parecía más absurda que la anterior. Secretos, engaños, relaciones ocultas… Todo se entrelazaba en una red de mentiras que lo dejaba desconcertado.

¿Cómo habían llegado a ese punto?

¿Cuándo se había roto la confianza?

Se sentía como un extraño en medio de una historia que no terminaba de encajar. Y aunque sentía a Bill a su lado mostrándole su incondicional apoyo, no podía evitar preguntarse si alguna vez podría confiar plenamente en alguien sin temer que, en cualquier momento, todo se viniera abajo.

Continúa… 

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por lyra

Escritora del Fandom

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