
Fic TOLL de lyra
Capítulo 73
Era casi la hora de comer cuando por fin su padre decidió dar por terminada la primera sesión. En ella Alexander había tenido que abrirse y dejar salir todo lo que llevaba dentro, la noche anterior se encontraba aún bajo los efectos de la cocaína cuando estuvo hablando con su padre y se había sentido con valor para decirle todo eso que llevaba tiempo guardándose dentro. Pero esa mañana ya sobrio y con el cuerpo limpio de sustancias le había resultado mucho más difícil hablar de sus sentimientos frente a su propio padre que no dejaba de tomar notas en su libreta y asentir con la cabeza.
Comprendiendo lo duro que siempre era el primer día de terapia Gordon no quiso presionarle demasiado. Dio por concluida la sesión, se levantó de su asiento y abrió uno de los cajones del escritorio que siempre estaba cerrado con llave y sacó un pequeño frasco de pastillas.
—Con esto podrás pasar tranquilo el día—explicó sacando solo una.
Dejó el frasco de nuevo en el cajón y tras asegurarse de dejarlo bien cerrado se guardó de nuevo la llave y cogió el vaso de agua que siempre tenía preparado para sus pacientes junto a una caja de pañuelos tendiéndole la pastilla a su hijo.
—¿Cuántas tengo que tomarme? —preguntó Alexander después de tragarla de un sorbo.
—De momento, una diaria—contestó Gordon—Si con el tiempo veo que necesitas más o te note alterado puedo aumentar la dosis.
—¿Y tengo que venir a tu despacho para que me la des? —murmuró Alexander.
—Estas pastillas son peligrosas si no se toman con precaución —respondió Gordon—Están bajo llave y solo yo podré dártelas. No es que desconfíe de ti pero en tus condiciones podrías tener un momento de debilidad y buscar una salida equivocada a tus problemas.
Alexander asintió en silencio y se puso en pie. Necesitaba salir de aquella habitación cuanto antes. Se dirigió al jardín en busca de aire fresco y paseó un rato hasta que se sintió cansado y fue a recostarse en una de las tumbonas.
Sacó el móvil y frunció el ceño al comprobar que no tenía ninguna llamada ni mensaje de sus amigos. Nadie parecía preocuparse por su estado, normal si después de haberle echado en cara a Natalie el secretito de su novio fijo que no había tardado en contárselo a los demás y estarían todos en su contra.
Podía imaginar perfectamente lo que estaría pasando por las cabezas de Louise y Georg. Le estarían juzgando por sus acciones, diciendo que era un mal amigo. Ellos que siempre hacían todo lo correcto y jamás se equivocaban probablemente ya lo habrían borrado de su lista de amistades, pero en ese momento le daba igual. Nunca fueron de sus mejores amigos y ni siquiera entendía por qué se juntaban con él y Gustav si no les agradaban demasiado.
Sin embargo, había una persona con la que necesitaba hablar.
Gustav.
Quería saber cómo estaba, reconocía que se había pasado un poco con él. No se arrepentía en absoluto de lo ocurrido con Natalie a orillas del lago pero sí de haber sacado a la luz la relación secreta que mantenían solo porque ella se estaba burlando de Bill en esos momentos y él no supo contenerse.
Y Gustav había pagado las consecuencias de su soberbia.
No sabía si querría hablar con él pero aun así marcó su número y esperó conteniendo el aliento. Estaba a punto de darse por vencido cuando al quinto tono Gustav descolgó la llamada pero permaneció en silencio.
—Vamos, Gustav, sé que me estás escuchando—murmuró Alexander—Entiendo que no quieras volver a dirigirme la palabra en la vida pero quiero que sepas que lo siento mucho, de verdad.
—Has estado a punto de joder mi relación con Natalie —soltó Gustav muy enfadado—Me ha costado que me perdonara, he tenido que arrastrarme tras ella y prometerle que solo fue una única vez estando los dos borrachos y que te aprovechaste de mi. He tenido que prometerle que jamás volverá a pasar y que no volvería a verte ni a hablar contigo, así que esta será la última vez que hablemos.
Alexander escuchaba en silencio. Así que Natalie lo había perdonado… aunque claro la muy ingenua se había creído la mentira de Gustav de que solo había sido una vez cuando en realidad habían sido muchas más y habían ido mucho más lejos de lo que ella imaginaba.
Para ella solo había sido una mamada y encima Gustav le había hecho creer que él le había obligado en su estado de embriaguez, en otras circunstancias le habría partido la cara al dejarle a él de violador pero en el fondo no quería perder la amistad de Gustav. Estaba dispuesto a seguirle el juego, a arrastrarse también con tal de suplicar algo de clemencia y mantener un vínculo que pudiera usar cuando necesitara saciarse ya que Bill estaba ya lejos de su alcance.
—Si quieres que Natalie piense eso, no seré yo quien le cuente toda la verdad —murmuró Alexander—Sé que ayer me excedí, había estado bebiendo y consumiendo coca y no sabía lo que hacía ni lo que decía. Pero te prometo que no volverá a pasar.
—Ya no me fío de tus promesas —dijo Gustav con firmeza—Me has hecho mucho daño.
—Tú también tienes tu parte de culpa —estalló Alexander sin poderse contener—Cada vez que recurrías a mí porque no encontrabas en Natalie lo que buscabas eras tú quien rompía la promesa de serle fiel. Yo jamás te he obligado a nada como le has hecho creer, pero por nuestra amistad no voy a revelar este secreto.
—Sabías de mis sentimientos y te has burlado de ellos —replicó Gustav, alzando la voz—Te ha dado igual lo enamorado que estoy de ti solo para poder vengarte de Natalie a la que nunca la has soportado.
—Se me ofreció y no pode negarme—recordó Alexander—No me encontraba bien y ella solo quiso consolarme de la única manera que sabe.
Gustav no contestó, se quedó en silencio pensando en sus palabras y entonces Alexander lo supo de inmediato.
—No te lo ha contado, ¿verdad? —preguntó esbozando una amplia sonrisa dispuesto a contarlo él todo con pelos y señales—Estuvimos paseando por el lago, llegamos a la otra orilla lejos de miradas indiscretas y allí se me ofreció en cuerpo y alma. Me la estuvo chupando, se quitó el bikini y me suplicó que me corriera en sus tetas y así lo hice.
Al otro lado Gustav permanecía en silencio respirando agitadamente. Era verdad, Natalie no le había dicho nada en absoluto de lo que había pasado entre ellos y saberlo por boca de Alexander era de lo más repulsivo.
—Entonces fue cuando me hizo explotar, se burló diciendo que fijo que Bill no me la sabía chupar y ella le podía dar lecciones si quería—siguió relatando Alexander—Y allí fue cuando te delaté cansado de que siempre estuviera atacando a Bill aunque ya me tendría que dar igual. No podía dejarle ganar, que sintiera que se había vengado de Bill porque nunca sería de ella y quise que se sintiera tan destrozada como yo me sentía.
—Eso no te libra de culpa —murmuró Gustav cuando por fin logró hablar—Tenías que haberte mantenido en silencio.
—Ya te he dicho que lo siento mucho, no sé qué más puedo hacer para que me perdones —dijo Alexander desesperado—Estoy atravesando un momento horrible lo sabes, ayer estaba muy mal pero ya he buscado ayuda. Mi padre me está tratando, estoy recluido en casa hasta que le demuestre que estoy limpio y que no voy a recaer. Voy a terapia, estoy tomando una medicación y cuando reúna las fuerzas necesarias para enfrentarme al mundo, iré y te pediré perdón delante de quien quieras.
—Sé que lo estés pasando mal —dijo Gustav con tono más suave—No voy a negar que me lo que hiciste me hizo mucho daño, pero también veo que estás intentando salir adelante. Cuando estés realmente bien, limpio y con fuerzas podremos hablar con más calma.
—Eso era lo único que quería escuchar de ti—murmuró Alexander respirando aliviado—No me abandones… eres el único amigo que me queda.
Gustav respiró hondo, intentando buscar las palabras adecuadas dejando a un lado todo el daño que Alexander le había hecho.
—Mira, Alexander… lo importante ahora es que sigas adelante con tu recuperación—empezó a decir tratando de animarle—No te hundas más, ya has dado un paso buscando ayuda y eso cuenta. Si de verdad te mantienes firme poco a poco todo quedará olvidado y serás el de antes.
Alexander lo escuchaba con atención, aferrándose a esas palabras como si fueran un salvavidas.
—¿Y… se lo vas a decir a Natalie? —preguntó con cautela temiendo la respuesta— ¿Le vas a contar que no vas a romper el contacto conmigo?
Gustav negó despacio, bajando la mirada.
—No, mejor que no sepa nada —respondió Gustav con calma—Si lo descubre sabrá que he vuelto a romper su confianza y no quiero arriesgar lo que he conseguido. Pero tampoco puedo dejarte de lado en estos momentos, puedes llamarme siempre que lo necesites y que esto quede entre nosotros.
Alexander se lo prometió con firmeza y tras despedirse colgó la llamada con una sensación de alivio mezclado con incertidumbre. Se recostó en la tumbona y cerró los ojos, esbozando una sonrisa amplia. Había conseguido que Gustav creyera una vez más, en sus palabras. No lo había perdido, y sabía que bastaba con chasquear los dedos para tenerlo de nuevo ante él dispuesto a hacer todo lo que él pidiera.
Patético.
Así era Gustav, dejándose utilizar por él al igual que por Natalie.
¿Algún día cambiaría?
Alexander lo dudaba.
Y mientras siguiera siendo así, él aprovecharía cada oportunidad que se le presentara siempre que lo necesitara.
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Terminada de escoger toda la ropa que se iba a quedar Tom observaba su reflejo ante el espejo estudiando el conjunto elegido para aquel día. Le quedaba impecable, no podía negarlo. Con esas prendas nuevas de las mejores marcas su aspecto se había transformado por completo, era como si al ponérselas adquiriera una fuerza distinta, una seguridad que lo hacía sentirse más poderoso que nunca.
—Estás muy guapo —comentó Bill colocándose a su lado.
Tom se volvió hacia él con una sonrisa amplia.
—Gracias por todo —susurró, antes de apoderarse de sus labios.
Bill se dejó besar suspirando, sintiéndose muy satisfecho del nuevo rumbo que había tomado su vida.
—Vamos a guardar el resto de la ropa y luego nos vamos al club a comer —murmuró Tom separándose.
—Alice se encargará de eso—explicó Bill—Es su trabajo, y lo hace de maravilla. Ya verás, organiza todo por colores, tallas y marcas, y lo deja perfectamente colgado y doblado. Eso lo aprendió de mi madre, si encuentra algo fuera de lugar no duda en gritarle a la pobre Alice como si hubiera cometido un crimen.
Tom escuchaba en silencio. Esa era la parte que menos le agradaba de vivir en aquella casa, estar rodeado de servicio que se ocupaba de hacer todo por él.
—Podríamos coger el bañador, por si acaso —añadió Bill—Por si luego nos apetece bañarnos en el lago. Disfrutemos del día, nos lo hemos ganado.
Tom asintió con la cabeza y Bill se puso en marcha, cogió uno de los nuevos bañadores de Tom y con el de la mano fue a su habitación para guardarlo junto al suyo en la bolsa que siempre llevaba el lago, donde además metió crema solar y sus gafas de sol.
Una vez preparada salió de la habitación y reuniéndose de nuevo con Tom salieron de la casa. Caminaban cogidos de la mano sin prisa alguna disfrutando de la cercanía y del silencio compartido. Cada paso hacia el club parecía más ligero, como si el simple hecho de estar juntos hiciera que todo lo demás perdiera importancia.
Bill apretó suavemente los dedos de Tom con los suyos sonriendo con esa complicidad que no necesitaba palabras.
—Hoy va a ser un buen día —murmuró, casi para sí mismo.
Tom lo miró de reojo con una sonrisa breve pero sincera y siguieron caminando. El aire fresco, el murmullo de los árboles y la promesa del lago cercano les envolvían en una sensación de libertad que ambos necesitaban.
No tardaron en llegar al club y tal como Tom había preferido se dirigieron directamente a la cocina entrando sin llamar. Apenas cruzó la puerta Rose lo recibió con un abrazo tan fuerte que casi parecía llorar de la emoción de tenerlo de nuevo allí.
—¡Qué alegría me dio saber que estabas libre! —murmuró al soltarlo—Qué susto has debido pasarlo muy mal.
—Ahora solo quiero olvidarlo —dijo Tom suspirando— ¿Qué tienes hoy para comer? Bill y yo queremos disfrutar de uno de tus mejores platos.
Rose lo observó con atención, sorprendida por sus intenciones de quedarse allí mismo en la cocina. Se cruzó de brazos como si necesitara asegurarse de haber entendido bien.
—¿Vais a comer aquí? —preguntó, aunque la respuesta parecía evidente.
—No quiero que mi presencia incomode a los clientes del club —contestó Tom con calma—Sé que todos están enterados de mi arresto y de mi puesta en libertad. No quiero darles más motivos para hablar de mí.
—Eres inocente, no tienes por qué esconderte—dijo con firmeza Rose negando con la cabeza—Lo que deberías hacer es salir con la cabeza bien alta y sentarte en la mejor mesa del club. Que todos te vean, y que digan o piensen lo que quieran. Los que realmente te queremos sabemos la verdad, y eso debería bastarte.
Tom bajó la mirada pensativo, las palabras de Rose le habían golpeado con fuerza porque sabía que tenía razón, aunque la idea de exponerse le incomodaba profundamente. Bill, que hasta entonces había permanecido en silencio, se acercó y le tomó suavemente de la mano.
—Rose tiene razón—dijo con calma—No podemos vivir escondiéndonos. Si lo hacemos es como si les diéramos la razón, como si ganasen ellos.
Tom suspiró atrapado entre el miedo y la necesidad de recuperar su vida.
—No quiero que nadie me mire como si fuera un delincuente —murmuró—No sé si aún estoy preparado para eso.
Rose se acercó de nuevo con una ternura que contrastaba con la firmeza de sus palabras.
—La gente siempre habla, Tom—dijo suspirando—Pero tú no eres lo que dicen, eres mucho más y lo sabes. Si te sientas fuera en el club les estarás demostrando que eres fuerte y nadie puede vencerte.
—Yo siempre estaré a tu lado—añadió Bill apretando con cariño su mano—Si alguien se atreve a mirarte mal, tendrá que mirarme a mí también.
Tom levantó la vista y por primera vez en mucho tiempo, una chispa de determinación brilló en sus ojos.
—Está bien —dijo finalmente—Vamos fuera, que todos vean que no pueden derrotarnos fácilmente.
Rose sonrió aliviada y regresó a los fogones para seguir con su trabajo dejándoles salir por la misma puerta por la que había entrado. Rodearon el parking y se dirigieron hacia la entrada principal del club como habían planeado.
Pero apenas comenzaron a recorrer el embarcadero varios clientes y conocidos de Bill se levantaron para saludarles. Entre ellos estaban Louise y Georg, quienes se acercaron con entusiasmo a invitarles a unirse a su mesa. Allí ya se encontraban también Peter y Helen mirándoles con gesto cordial.
—Tom, ¿qué tal estás? —saludó Peter tendiéndole la mano.
Tom se la estrechó con una sonrisa tranquila.
—Bien, gracias —respondió mientras tomaba asiento—Al final todo ha quedado en un susto.
—Nos alegramos mucho de verte aquí —intervino Helen mirándole con calidez—Se nota que has pasado por momentos difíciles, pero lo importante es que estás de vuelta.
—Y no solo de vuelta, sino más fuerte que nunca—añadió Bill con firmeza sentado a su lado.
Louise levantó su copa, proponiendo un brindis improvisado.
— ¡Por los nuevos comienzos!—exclamó—Que las malas lenguas se cansen de hablar y que la vida nos regale días como este.
Las copas tintinearon y Tom aunque aún sentía cierta incomodidad por las miradas curiosas de los demás clientes se dejó envolver por la calidez del grupo. Por primera vez desde su liberación, la sensación de pertenecer a un lugar volvía a ser real.
Se dejó llevar por la conversación y por un instante dejó de sentirse observado. Ya no estaba pendiente de cada mirada ni de cada murmullo, la tensión que lo había acompañado se fue disipando poco a poco. Bill, con su mano entrelazada en la suya, le recordaba con suavidad que no estaba solo y gracias a ese apoyo Tom empezó a sentirse parte del grupo, uno más entre ellos.
—¿Ya sabéis qué vais a pedir? —preguntó Melissa con voz alegre.
Tom sonrió al verla aparecer con su bandeja y libreta en mano donde anotó sus pedidos con rapidez y antes de marcharse le guiñó un ojo al tiempo que le dedicaba una sonrisa amplia que le transmitió confianza.
A lo lejos David lo observaba todo como siempre hacía sin perder detalle de lo que ocurría en su mesa, dispuesto a intervenir si hiciera falta. Pero no fue necesario, la comida transcurrió en un ambiente agradable, lleno de risas y buena compañía.
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El turno de comida había terminado y llegaba entonces el merecido descanso de los camareros. Andreas y Melissa se alejaron del bullicio del club y decidieron salir al parking, buscando un rincón tranquilo. Allí, sentados en la acera bajo la sombra comenzaron a disfrutar de su comida dejando que el aire fresco y la calma del mediodía les devolvieran un instante de paz.
—¿Has visto a Tom? —preguntó Melissa rompiendo el silencio—Tiene buen aspecto.
—Lo vi de lejos—respondió Andreas—Se le notaba distinto con esa ropa nueva.
Melissa asintió. Ella también había reparado en ese detalle, todo en Tom parecía renovado desde su actitud hasta las prendas que lucía claramente de marca y caras. No era el mismo Tom que había conocido apenas una semana atrás.
Y sabía perfectamente quién había provocado ese cambio.
Bill.
Desde que sus caminos se habían cruzado, algo se había transformado en ambos. Tom ya no era el mismo y Bill tampoco. El encuentro entre ellos había marcado un antes y un después, y ninguno parecía dispuesto a volver atrás.
Lo que había entre ellos apenas había empezado y todos podían verlo en cada gesto suyo y en cada mirada.
—¿Estás preocupado por él? —preguntó Melissa, mirándolo fijamente.
—Sí, no puedo evitarlo —respondió Andreas con un suspiro—Todo ha ido demasiado rápido. Llegó buscando un simple trabajo y míralo ahora viviendo en una mansión rodeado de todo tipo de lujos.
—Yo también lo he pensado —admitió en voz baja Melisa—Es como si todo se hubiera transformado de golpe y con demasiada rapidez. Y cuando las cosas cambian a esa velocidad nunca lo hacen sin traer consecuencias.
Andreas asintió lentamente en silencio como si las palabras de Melissa confirmaran lo que él ya temía. Ambos compartían la misma inquietud, el nuevo mundo en el que Tom se había adentrado parecía brillante por fuera pero escondía sombras que aún no habían mostrado su verdadero aspecto.
—Habrá que estar pendientes de él —murmuró Andreas, con gesto serio—Está sumergido en un mundo que no es el suyo y no quisiera que saliera de el lastimado.
Melissa asintió en silencio mientras miraba a su alrededor.
—¿Dónde se habrán metido Anouk y Víctor? —preguntó resoplando—Apenas les hemos visto en todo el turno.
—Están raros —comentó Andreas frunciendo el ceño—Lo digo por Víctor, vuelve a estar muy callado y como ausente. Creo que le pasa algo y no quiere contármelo.
—Tengo esa misma sensación con Anouk —explicó en voz baja Melissa—Está muy distante conmigo y no lo entiendo.
—A lo mejor no está cómoda trabajando en el club de nuevo —sugirió Andreas, pensativo—Quizás no es como se lo había imaginado y echa de menos trabajar de noche en el Sisyphos.
Melissa lo miró con cierta inquietud como si esas palabras hubieran dado forma a lo que ella también sospechaba.
—Cuando volvió al club no estábamos juntas —apuntó Melissa con cierta duda—Quizás trabajar en el mismo sitio que su novia sea lo que le incomoda.
—No lo creo—respondió Andreas con calma—Víctor está encantado de que trabajemos juntos y más ahora que somos pareja.
—Pero lo vuestro es diferente —dijo suspirando Melissa—Lleváis más tiempo compartiendo este lugar primero como compañeros, luego como buenos amigos y ahora como novios.
—Tenemos que hablar con ellos —sugirió Andreas con firmeza—Primero por separado y si no conseguimos sonsacarles nada entonces lo haremos los cuatro juntos. Quizás pasa algo en casa que los preocupa y no saben cómo contarlo.
Melissa asintió en silencio, ambos estaban decididos a no parar hasta averiguar que era lo que les pasaba a sus parejas. Sabían que había algo que se ocultaba tras el silencio de Anouk y Víctor, y tarde o temprano saldría a la luz.
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Terminada la comida decidieron trasladarse a las tumbonas para descansar bajo el sol. Caminaron por la playa buscando un lugar libre disfrutando de la brisa y del murmullo del agua cuando de pronto una voz helada quebró la calma en la que Tom se hallaba sumergido.
—Vaya, vaya… mirad a quién tenemos aquí… —comentó Natalie lo bastante alto para ser escuchada.
Las miradas se giraron hacia ella quien cómodamente recostada en su tumbona disfrutaba tomando el sol. A su lado Gustav permanecía en silencio oculto tras unas gafas de sol que le daban un aire distante.
—Nuestro inocente más famoso —continuó Natalie, sin perder la sonrisa burlona— ¿Qué tal tu estancia en la cárcel? ¿Has hecho amigos… o te has reencontrado con algún conocido?
—¿Y tú que tal? ¿Ya estás de mejor humor? —preguntó a su vez Tom incapaz de contenerse.
No solía burlarse del mal ajeno pero estaba cansado de los dardos envenenados que Natalie lanzaba sin medir el daño que causaba. Y en esos momentos en que la aventura de Gustav con Alexander había salido a la luz, Tom no dudaba en usarlo como arma para atacarla justo donde más le dolía.
La mirada que Natalie le dirigió fue fulminante cargada de rabia contenida, mientras que Gustav se sonrojaba hasta las orejas sin poder evitarlo. Solo Bill, Louise, Georg y Tom conocían su secreto, y por suerte nadie más se había enterado.
—A mí nada ni nadie me quitará jamás las ganas de sonreír —murmuró Natalie, sin perder la compostura, con esa sonrisa que parecía más un desafío que un gesto amable.
Tom la sostuvo la mirada, intentando no dejarse arrastrar por la provocación. Bill, a su lado, le apretó la mano con fuerza, como un recordatorio silencioso de que no estaba solo. Y también de que David andaría cerca atento a todo lo que ocurriera, no podía provocar ningún escandalo sin que este llegara a oídos de su padre. Tom no podía hacer nada que lo defraudara después de haber depositado en él toda su confianza.
—Hemos venido a disfrutar de la tarde, no a escuchar tus insinuaciones—intervino Georg—No tienes derecho a humillar a Tom delante de todos. Si tienes algo que decir, hazlo con respeto o guarda silencio.
El ambiente se tensó aún más. Algunos clientes cercanos volvieron la cabeza atentos al intercambio de palabras mientras que Gustav permanecía inmóvil oculto tras sus gafas de sol como si quisiera desaparecer de la escena.
—¿Respeto?—repitió con frialdad Natalie arqueando una ceja—Yo solo digo lo que muchos piensan y no se atreven a decir. Si Tom quiere pasearse como si nada tendrá que acostumbrarse a escuchar lo que se comenta.
—¿Y qué es lo que se comenta de mí, si se puede saber? —inquirió Tom con voz firme.
—Que no eres tan inocente como pretendes hacer creer —respondió Natalie con una sonrisa helada—Puede que el padre de Bill te haya sacado de la cárcel, pero no debería bajar la guardia. Eres un completo desconocido, sin pasado alguno. Todo lo que te rodea es falso como ya ha quedado demostrado.
Tom la escuchaba en silencio preguntándose cómo había llegado Natalie a enterarse de todo lo relacionado con su caso. De que su partida de nacimiento y toda la documentación que poseía habían resultado ser falsas. Pero él no tenía culpa de nada, todo había sido obra del destino.
Y Natalie usaba esa información para humillarlo en público como tanto le gustaba hacer cuando se aburría, escoger al primero que se cruzara en su camino y lo despellejaba sin remordimiento alguno.
Y en esos momentos le había tocado a él.
—Tom es una víctima inocente —salió Bill en su defensa—Que uses esa información para atacarlo solo demuestra que no tienes corazón. Me das pena, Natalie. Nunca vas a cambiar, y al final te quedarás sola porque nadie va a querer estar a tu lado.
—Tengo a Gustav, no necesito a nadie más —murmuró Natalie colocando la mano con posesión sobre la desnuda pierna de su novio.
—¿Seguro que tienes a Gustav… de verdad? —preguntó Bill mirándola desafiantemente.
Era la primera vez que se enfrentaba directamente a ella usando la información que guardaba. Sabía de sobra que lo que había entre Alexander y Gustav era demasiado fuerte, un vínculo imposible de romper por mucho que Natalie se esforzara en aparentar normalidad. La verdad era que su relación con Gustav no era tan sólida como ella pensaba y con el tiempo se daría cuenta.
— ¿Quién te crees que eres para hablar de Gustav? —escupió Natalie con su voz cargada de veneno— No sabes nada de nosotros, ni de lo que hemos vivido.
—Sé lo suficiente —respondió Bill con calma—Y que tu manera de atacar a Tom solo demuestra tu inseguridad.
—¡Inseguridad! —repitió Natalie con un grito ahogado—Lo que pasa es que no soportas verme feliz. Te molesta que tenga lo que quiero, que esté con Gustav y que no dependa de nadie más.
—Pensaba que era yo lo que tú querías —le recordó Bill con malicia— ¿O ya se te ha olvidado todo lo que hiciste para intentar que fuera tuyo?
Las palabras de Bill la golpearon como un latigazo. Natalie se quedó sin aliento sintiéndose humillada en público. Había expuesto ante todos sin cortarse un pelo lo enamorada que estuvo de él, y lo mucho que aún lo estaba. Su hostilidad constante hacia él no era más que una venganza por no haber sido ella la elegida para ocupar su corazón. Alexander se le había adelantado en su momento, y luego fue Tom quien tomó el relevo.
—Lo que nos molesta es tu crueldad, Natalie—intervino de nuevo Georg deseando zanjar la conversación—No puedes humillar a los demás para sentirte fuerte usando sus secretos para destrozar a alguien en público. Eso es miserable.
Natalie se le quedó mirando con furia sintiendo que estaba rodeada de gente que disfrutaba siendo cruel con ella. Era la primera vez que Georg le hablaba en ese tono, siempre había sido muy contenido a la hora de hablar tratando de poner paz, pero en esos momentos no se cortaba un pelo en humillarla públicamente para defender a Tom de sus palabras.
Se volvió hacia Gustav buscando apoyo, pero él permanecía inmóvil oculto tras sus gafas de sol sin pronunciar palabra. Ese silencio fue un golpe más duro que cualquier réplica.
Por primera vez, la sonrisa de Natalie se quebró mientras veía como el grupo pasaba de largo dejándola a solas con su silencioso novio.
Continúa…
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