
Fic Toll de lyra
Capítulo 17
El día siguiente llegó con demasiada rapidez. David le insistió una vez más a que le acompañase mientras desayunaban pero Bill se negó en rotundo. Llovía y odiaba viajar con ese tiempo, y David lo sabía. ¿Por qué insistía? ¿Presentía que había o hubo algo entre Tom y él? ¿Tenía miedo de que se vieran en su ausencia e hicieran algo que no debieran?
—No me gusta dejarte solo al cargo de la tienda y Alexander—murmuró David tomándose su café.
—Sabes que cierro siempre por dentro y tu padre estará por la mañana echándome una mano—dijo Bill tratando de no sonar ansioso—Por las tardes apenas hay clientes y estaré trabajando en el despacho.
David lo sabía, la mayor parte de su trabajo se realizaba con el boca a boca, siempre llamaba alguien diciendo que le habían recomendado su tienda para buscar una pieza o tenía algo que restaurar y quedaban un día en verse, rara era la vez que sonaba la campanilla anunciando un despistado cliente que solo entraba a mirar.
Aún así no se fue tranquilo. Se despidió del pequeño Alexander y cogiendo el coche partió rumbo a Berlín. Bill se dio prisa y sentando a su hijo en su sillita fue a la tienda donde se encontró con el padre de David. Esa mañana habían quedado ya con un cliente que solía visitarles muy a menudo y que tras enseñarle las nuevas adquisiciones se decidió por unas mesillas del siglo XIV que David había comprado y restaurado el mes anterior.
—Nosotros mismos nos encargaremos de su traslado, puede estar tranquilo que no sufrirán daño alguno—aseguró Bill tras anotar de memoria su dirección.
Se despidieron y en vista que no había nada más que hacer se dedicó a repasar el inventario de la tarde anterior mientras que Alexander Jost jugaba con su nieto. Suspiró al verlos, ¿cómo se tomarían la noticia los padres de David si se llegaban a enterar que no era su nieto de verdad?
Alexander ya tenía un padre que suplicaba por verse y hablar de los viejos tiempos…
—Bill, tienes visita.
La voz de Alexander Jost le hizo dar un bote y casi dejó caer el espejo del siglo XIV que tenía en las manos. ¿Una visita? ¡Si había dejado claras las cosas con Tom!
Se volvió con miedo sintiendo como su corazón latía con fuerza en su pecho, descubriendo que el visitante no era otro que Andreas.
— ¡Andreas!—exclamó suspirando aliviado.
—Tenía un rato libre y me acerqué a traerle esto a mi sobrino—explicó Andreas señalando unas chocolatinas.
—Me lo malcrías—dijo Bill entre risas al ver como Alexander seguía a Andreas como un perrito faldero.
Se dirigieron al despacho para que el niño comiera con la tranquilidad de no manchar nada importante, quedándose el padre de David a cargo de todo, momento que aprovechó Bill para sincerarse con su primo y hermano.
—He visto a Tom—confesó en un susurro.
— ¿Cómo?—gritó Andreas sin querer, asustando a Alexander— ¿Ha tenido la desfachatez de venir a hacerte una visita?
—No, nada de eso—le tranquilizó Bill—Fue ayer, estaba en el parque con Alexander y Tom pasaba casualmente por allí.
— ¿Y os saludasteis?—preguntó Andreas, viéndole asentir— ¿Por qué?
—No lo sé, y tampoco tenía otra opción—contestó Bill cruzándose de brazos—Me vio y vino hacia mí.
—Imagino que no le dirías que Alexander es hijo suyo, ¿no?—inquirió Andreas, sorprendiendo a Bill.
— ¿De qué hablas?—preguntó Bill poniéndose a la defensiva—David es el padre de Alexander.
—Vamos Bill, sabes que no lo es—dijo Andreas tratando de ocultar lo mal que se sentía porque le mintiera una vez más—Desde que regresaste a casa para dar la gran noticia…desde entonces sé que el hijo que esperabas era de Tom por mucho que tú lo negaras.
Bill no sabía que decir, no tenía fuerzas para enfrentarse a su primo por algo ya pasado. Sí, sabía que lo sospechaba y que nunca se lo echaría en cara, pero no contaba con volver a ver a Tom y gastarle esa broma pesada.
— ¿Se lo has dicho o no?—insistió Andreas, viéndole volver a asentir con la cabeza— ¿Por qué? No se merece saberlo.
Bill suspiró, recordando como Alexander fue hacia él llamándome papá. Tom ya le había visto, no sabía cómo había podido hacerle pasar por hijo de David, era una réplica exacta de Tom. Pero gracias a su rabia y sus palabras, Tom creyó esa mentira que le contaba.
—No sé qué pasó, siempre pensé que si alguna vez le volviera a ver jamás le diría que Alexander es hijo suyo pero fue tenerle ante mí y la verdad salió de mis labios sin que pudiera hacer nada para impedirlo—confesó Bill suspirando—Luego…vi la cara que ponía y cambié de opinión, se merecía algo de todo ese dolor que me había causado y le dije que Alexander no era hijo suyo, que solo lo dije para ver su cara.
— ¿Y Tom te creyó?—preguntó Andreas sin podérselo creer él.
—Si…o eso creo—contestó Bill carraspeando—No tuvimos tiempo de decir más, vino David y nos fuimos. Pero antes Tom pidió un teléfono al que poder llamarme y antes de que pudiera reaccionar David le entregaba una de las tarjetas de la tienda.
Andreas asintió con la cabeza mientras pensaba en lo duro que era para Bill tratar de olvidar el pasado viendo en su hijo a esa persona que tanto le había hecho daño…a quién tanto había amado…
— ¿Aún sientes algo por él?—preguntó en voz baja mirando a su primo fijamente.
—Yo…no lo sé—susurró Bill.
Pero en el fondo sabía que la respuesta era un rotundo sí. No podía negarlo, Tom dejó en él una huella imposible de borrar con el paso del tiempo. Ni siquiera cuando nació su hijo, susurraba su nombre entre lágrimas, sintiendo mucho no tenerlo a su lado en esos preciosos momentos…
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Los meses pasaron y Bill se adaptó a su nueva vida con gran facilidad. Por las mañanas estudiaba y pasaba las tardes en la tienda del padre de David, quien nada más saber que le iban a dar un nieto no pudo evitar echarse a llorar. Al igual que la madre, fue conocerle y recibirle en su casa con los brazos abiertos. Enseguida acordaron que trabajase en la tienda y aprendiera el oficio sin descuidar los estudios, y que mejor maestro que David. Gracias a él sus notas subieron y en menos de 3 meses sabía todo lo que debía saber de antigüedades.
Los fines de semanas los pasaban casi todos en casa de sus padres, llevando el primero a los padres de David para que se conocieran. Todos encajaron a la primera y ya hablaban del futuro nieto con mucha ilusión, deseando que pasase el tiempo para poder tenerlo en sus brazos y mimarlos.
Otros días, simplemente se quedaban en casa. Alquilaban una película, pedían comida y charlaban. Si hacía bueno salían a dar un paseo y David presumía de novio ante la gente que con envidia les miraba. Solo David veía crecer a su hijo dentro del vientre de Bill, que acariciaba siempre que tenía ganas. Bill nunca le puso impedimento alguno, David ya le había dicho desde el primer día que jamás haría nada que no quisiera y que con el tiempo si se terminaban enamorando él sería el hombre más feliz del planeta.
Aún así no compartían cama, Bill ocupaba la habitación de invitados. Pero estando de 8 meses se despertó una noche empapado en sudor y lágrimas. Sentía una dolorosa punzada recorrerle la espalda, se movió como pudo en la cama y alargando una temblorosa mano dio la luz de su mesilla.
Casi no podía respirar del dolor que sentía, esperó unos segundos hasta que remitió y entonces separando los labios llamó a David con un hilo de voz.
— ¡David!—susurró—Ayúdame…por favor…
Por suerte David no dormía y la puerta de su habitación siempre estaba abierta. Fue sentir que encendía la luz y escuchar sus jadeos y levantarse de la cama a la velocidad del rayo. Para cuando Bill le llamaba ya estaba al otro lado de la puerta y entró corriendo en la habitación.
— ¿Qué pasa?—preguntó asustado.
—Yo…no lo sé—contestó Bill entre lágrimas—Me duele mucho…mi bebé…
David se movió y corrió a su lado sentándose en la cama. Sobre la mesilla estaba el móvil de Bill y lo cogió para llamar con el una ambulancia.
—Pronto estará aquí, tú respira despacio—pidió David tratando de mostrarse calmado.
—No puede ser, aún falta un mes—sollozó Bill.
— ¿Son contracciones?—preguntó David, viéndole asentir con la cabeza— ¿Crees que has roto aguas?
—Yo…no lo sé—contestó Bill mordiéndose el labio.
David asintió y levantándose de la cama echó a un lado las sábanas. Todo estaba en orden, Bill no había roto aguas. Le volvió a tapar y esperó respirando con él hasta que llamaron al timbre de la puerta. Corrió a abrir y unos minutos después una ambulancia se los llevaba al hospital.
El doctor Mitchell les esperaba y se hizo cargo de la situación. Llevó a Bill a monitores y allí descubrieron que se trataba de una falsa alarma. Había tenido contracciones pero estas se detuvieron a lo largo del tiempo que permaneció ingresado en observación.
—Pueden haber sido provocadas debido al estrés—explicó el doctor Mitchell—Son frecuentes en los primerizos.
—Lleva una semana trabajando en una cómoda de nogal recién adquirida—explicó David a su vez—A pesar de su abultado estado se empeñó en controlar todo el proceso.
—Obteniendo como resultado una elevada presión arterial que casi te adelanta el parto—dijo el doctor Mitchell mirando a Bill—A partir de ahora quiero que te tomes las cosas con más calma y hagas reposo.
Bill asintió sin dejar de acariciar su abultado vientre, había pasado mucho miedo pensando que ya llegaba el gran momento.
Dos días después abandonaba el hospital con la promesa de guardar reposo absoluto hasta el último día. Y sabiendo que Bill la querría tener a su lado, David fue a por su madre y Simone no se separó en ningún momento de su hijo y nieto. Y «gracias» a Simone, a Bill no le quedó más remedio que compartir cama con David, dejando la de invitados a su madre quien nunca llegó a sospechar que cuando ella no estaba era Bill quien dormía en su cama.
Durante todo ese tiempo daban cortos paseos por las mañanas y descansaba toda la tarde. Hasta que 15 días después rompía aguas y fue llevado de nuevo al hospital entre fuertes dolores y contracciones.
—Esta vez no es una falsa alarma—dijo el doctor Mitchell sonriendo.
Bill le devolvió la sonrisa con esfuerzo, nuevamente sentía un dolor muy intenso y trataba de concentrarse en las respiraciones. Y el tener a David al lado no ayudaba, era un momento muy íntimo pero al ser él el padre del niño le permitieron estar a todo momento a su lado.
Tuvo que tragarse la vergüenza cuande le examinaron, como el doctor Mitchell comentaba cuanto estaba dilatando y todo eso con David mirando. Sería extraño que le pidiera que se marchara, que no regresara hasta que tuviera a su hijo en brazos.
Pero era un momento que David no se quería perder y varias horas después le tenía cogiéndole de la mano mientras le pedía entre lágrimas que empujara. Y así lo hizo, hasta que llegada la tarde su hijo decidió al fin venir al mundo. Era un niño, lo supo en su cuarto mes y David lloró ilusionado al saberlo. Ya habían elegido su nombre, Alexander. A Bill le gustó y no le importó concederle ese pequeño capricho a David de llamarle como su padre, quien no podía estar más orgulloso y entre él y su mujer le regalaron una canastilla toda en azul, sin olvidarse de una preciosa mecedora que David restauró e instaló en esa habitación de invitados que poco a poco se fue decorando con motivos infantiles.
—Bienvenido al mundo, Alexander—saludó el doctor Mitchell tras el último empujón que Bill dio.
Minutos después el llanto de un niño se dejaba escuchar y solo entonces David le soltó tras besarle en la mejilla, dispuesto a cortar el cordón umbilical con las tijeras que el doctor Mitchell le tendía.
Solo entonces Bill dio rienda suelta a sus lágrimas, susurrando el nombre de Tom entre sollozos hasta que le pusieron al niño sobre su agitado pecho. Era muy pequeño y lloraba sin que nadie pudiera consolarlo, hasta que le tuvo entre sus brazos y entonces calló al mirarlo.
—Pequeño mío—susurró Bill besándole en la frente, arrancando al niño su primera sonrisa.
«Tan dulce como la de su padre»—pensó Bill suspirando.
¿Qué estaría haciendo Tom en esos momentos? ¿Sabría que su hijo acababa de nacer? Imposible saberlo porque nunca quiso saber de él. Les abandonó a los dos, y eso nunca debía olvidarlo Bill, por mucho que todas las noches soñase con un reencuentro imposible, con tener a Tom delante y presentarle a ese niño que desde el primer momento que vio supo que era lo más importante en su vida, y haría todo lo posible porque no sufriera tanto como él lo había hecho…
Continúa…
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