Incomplete 98

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Fic TOLL de lyra

Capítulo 98

Había perdido por completo la noción del tiempo. No sabía cuánto llevaban allí, encerrados en aquella sala de espera que se había convertido en su único refugio. Ya no lloraba ni temblaba, simplemente no le quedaban fuerzas para sentir nada más.

Tom seguía a su lado sin presionarlo, respirando a su ritmo y ofreciéndole una presencia estable en medio de todo el caos. No decía nada, pero su silencio era un ancla.

Louise y Georg aguardaban al otro lado de la puerta dándoles espacio sin alejarse del todo. Habían estado hablado en voz baja entre ellos mientras esperaban que él se sintiera capaz de moverse.

—¿Quieres que llame a tu padre? —preguntó Tom rompiendo el silencio que los envolvía.

Bill tardó unos segundos en reaccionar. Al final, negó lentamente con la cabeza.

—No hace falta—murmuró suspirando—Creo que ya lo sabe, el doctor Listing le informó.

Tom asintió respetando su decisión. Y entonces sintió cómo Bill se movía ligeramente, tomando aire como si necesitara comprobar que aún podía hacerlo.

—¿Nos vamos ya? —preguntó Tom con suavidad.

Bill dudó por unos segundos, miró la puerta de la sala como si esperara una señal que le dijera que era seguro moverse. Pero no había señales, sólo estaba él a solas con su miedo… y las personas que lo querían.

—Sí —dijo con un hilo de voz—Quiero irme a casa.

Tom le tendió la mano y Bill la aceptó sin pensarlo, como si ese gesto fuera lo único firme a lo que podía aferrarse. Caminaron juntos hacia la puerta y al abrirla se encontraron en el pasillo con Louise y Georg que se acercaron al momento.

Como si hubiera presentido que estaban a punto de marcharse, el doctor Listing apareció en ese instante con un sobre grande en la mano. Saludó primero a su hijo y a Louise antes de dirigirse a Bill.

—Este es tu informe médico —explicó—Para que se lo entregues a tu padre, aún no tengo los resultados de los análisis pero en cuanto lleguen se los haré llegar.

Georg se adelantó para coger el sobre viendo que Bill no quería tocar nada que pudiera recordarle lo ocurrido.

—Y esto también es para ti —añadió el médico, ofreciéndole un pequeño frasco—Son antibióticos, por precaución. Tómalos unos días y si te encuentras mal o notas cualquier molestia, llámame de inmediato.

Bill asintió en silencio, y Georg tomó también el frasco sin decir palabra.

—Ahora llevadlo a casa, necesita descansar —pidió el doctor Listing dirigiéndose esa vez a su hijo—Y no le hagáis hablar.

—Gracias por todo, papá —murmuró Georg negando con firmeza con la cabeza.

Su padre esbozó una sonrisa y les vio marchar saliendo de su clínica.

El trayecto de vuelta lo realizaron en estricto silencio, nadie tenía fuerzas o ganas de hablar. Bill iba en el asiento trasero apoyado contra la ventanilla observando la ciudad pasar ante sus ojos pero sin verla en realidad con Tom a su lado sin soltarle la mano en ningún momento. Georg conducía despacio como si temiera que cualquier bache pudiera romper algo más dentro de Bill, y en el asiento de al lado Louise iba mirando hacia atrás cada pocos minutos vigilándolo con una preocupación que no intentaba disimular.

Cuando llegaron a casa, Georg aparcó frente a la puerta y apagó el motor. Nadie se movió durante unos segundos, era como si todos necesitaran un instante para prepararse.

—Hemos llegado—anunció Georg con suavidad.

Tom abrió la puerta y salió primero rodeando el coche para ayudar a Bill. Él aceptó el gesto sin protestar, apoyándose en él mientras caminaba por el camino de grava que conducía a su casa. Tras ellos iban Louise y Georg dispuesto a permanecer a su lado todo el tiempo que lo necesitara.

La puerta se abrió antes de que Bill llegara a tocar el pomo, como si Arthur hubiera estado aguardando en el vestíbulo a que regresara. Su rostro pálido dejaba claro que intuía que algo había ocurrido, pero no era su papel preguntar. Bill imaginó que su padre ya lo habría informado por encima de lo sucedido y que, como siempre, Arthur se limitaría a atenderlo con discreción sin indagar en su estado.

Entraron todos en la casa donde reinaba un silencio absoluto, fueron recibidos por un ambiente cálido, como si hubiera sido cuidadosamente preparado para que Bill no se sintiera abrumado.

Bill se detuvo para respirar profundamente, sintiendo que el olor familiar de su hogar lo golpeaba con una mezcla de alivio y dolor.

—¿Quieres subir a descansar? —preguntó Tom sin soltarlo.

—No… —respondió Bill en un susurro—Yo… necesito darme una ducha.

Nadie dijo nada. Todos entendían perfectamente lo que quería decir, aunque ya se hubiera duchado antes de ir a la clínica. No era cuestión de higiene, era una necesidad visceral de sentirse limpio, de recuperar algo de control sobre su propio cuerpo.

—¿Quieres que te acompañe? —preguntó Tom con cautela.

Bill negó de inmediato, sin levantar la mirada.

—Ya lo hago yo —se ofreció con rapidez Louise.

—Nosotros esperaremos aquí abajo —intervino Georg tras intercambiar una mirada con Tom—Hablaremos con Greta para que prepare algo ligero para merendar.

Bill apenas escuchaba, se dejó guiar escaleras arriba por Louise mientras Georg y Tom se dirigían al salón.

Al entrar Georg se detuvo al ver la caja que aún permanecía en el suelo, la misma que Alexander había llevado horas antes. La recogió con miedo como si fuera a explotar de un momento a otro.

—¿Qué hay dentro? —preguntó Tom sin poderse de contener.

—Todos los regalos que Bill le hizo a Alexander —respondió Georg frunciendo el ceño—Habían quedado para devolvérselos… o al menos esa fue la excusa que Alexander usó para venir a verle.

—Deberíamos esconderla—murmuró Tom sintiendo que se le revolvía el estómago—Si Bill la ve…

—Me la llevo al coche —cortó Georg con firmeza—La guardaré hasta que pregunte por ella, y si no lo hace lo tiraré todo. Pertenece al pasado y cuanto antes lo deje atrás, mejor.

Tom asintió de acuerdo con sus palabras, no quería que Bill viera nada que pudiera herirlo aún más.

Georg salió de la casa con la caja en brazos como si cargara con algo que pesaba más de lo que aparentaba. mientras que Tom se quedaba a solas en el salón. Se dejó caer en el sofá apoyando la cabeza hacia atrás mirando hacia el piso superior.

Se preguntó qué estaría ocurriendo allí arriba en ese mismo instante, qué estaría sintiendo Bill y qué necesitaría. Y si él sería capaz de estar a la altura cuando lo necesitara de verdad.

El silencio de la casa era tan profundo que casi podía escuchar su propio corazón mientras deseaba poder estar al lado de Bill en todo momento para que no tuviera que pasar solo por todo eso.

En el piso superior, Louise llevaba a Bill cogido del brazo para guiarlo y cuando llegaron frente a su habitación sintió cómo él se detenía antes de tocar el pomo.

—No quiero volver a entrar ahí —susurró Bill sin poderlo evitar.

Louise lo entendió al instante, tras esa puerta había ocurrido todo y lo último que deseaba era obligarlo a enfrentarse a ese espacio. Echó un vistazo a su alrededor, conocía bien esa parte de la casa y sabía que allí estaban las habitaciones de invitados todas con baño propio.

—Vayamos a otra habitación —murmuró dando un paso hacia el pasillo.

Pero Bill negó de nuevo señalando la puerta de la habitación que tenían justo enfrente.

—Usemos la habitación de Tom, allí me siento más seguro—explicó en voz baja.

Louise esbozó una sonrisa suave y abrió la puerta que comunicaba con la habitación que Tom estaba usando mientras que tenía que permanecer en esa casa. Lo acompañó hasta el baño y sabiendo que él querría estar a solas dejó la puerta entreabierta.

—Iré a buscarte ropa limpia mientras te duchas —explicó antes de marcharse.

Salió y entró en la habitación de Bill. Sus ojos fueron directamente al lugar donde había visto el albornoz tirado en el suelo y aquellas pequeñas manchas que le había revuelto el estómago. Ya no quedaba rastro de nada, Arthur o quizá Alice se habrían encargado de recogerlo todo y limpiarlo seguramente por orden expresa del padre de Bill.

Se apresuró a abrir el armario y escogió algo ropa cómoda y una muda limpia. Y sabiendo que Bill no querría dormir allí esa noche cogió también un pijama. Con todo en brazos regresó a la habitación de Tom y dejó la ropa sobre la cama mientras escuchaba caer el agua en la ducha.

Estuvo paseando de un lado a otro inquieta hasta que escuchó que el agua era cortada. Minutos después Bill salió del baño envuelto en un albornoz limpio e impecable. Le vio caminar hasta la cama y sentarse en ella hundiendo los dedos en la colcha como si necesitara comprobar que era real. Se quedó de pie frente a él para no invadir su espacio pero haciéndole sentir su presencia.

—Estoy aquí —susurró con una calma que parecía envolverlo todo—No tienes que hablar ni explicar nada si no quieres. Puedes vestirte y bajar a comer algo, o quedarte a descansar. Lo entenderemos.

Bill levantó la mirada hacia su amiga, sus ojos estaban vacíos pero no rotos. No del todo.

—No sé qué quiero hacer —murmuró suspirando—No estoy cansado ni tengo hambre… solo… no quiero estar solo.

—Necesitas comer y recuperar fuerzas para ponerte bien cuanto antes —respondió Louise con suavidad tomando la decisión por él—Vístete y baja con nosotros, salgamos al jardín a ver el atardecer mientras saboreamos algo rico que Greta haya preparado. Quizás una de sus tartas de crema… esas que se deshacen en la boca.

Bill sonrió con esfuerzo, apenas un gesto pero suficiente para que Louise sintiera que empezaba a recuperarse sin poder evitar pensar en cómo algo tan sencillo podía darle justo las fuerzas que en esos momentos tanto necesitaba.

&

Salió al jardín y allí seguía Alexander recostado en una tumbona tras la marcha de Natalie y sumido en un silencio absoluto. Aún estaba irritado por sus palabras y las de Gustav que, según él, le habían dado la espalda justo cuando más los necesitaba.

—Le he traído una limonada —murmuró Nora carraspeando suavemente.

Alexander se quedó observando en silencio cómo dejaba la bandeja sobre la mesa. Solo entonces tomó el vaso y bebió un trago largo, tenía la garganta seca.

—Está amarga —murmuró, frunciendo el ceño.

—Ahora mismo traigo azúcar —se disculpó Nora al instante.

Se dio media vuelta y se alejó por el jardín dejándole espacio a Gordon para enfrentarse a su hijo. Al entrar de nuevo en la casa se cruzó con Jörg que había salido del despacho al ver que Alexander seguía inmóvil en el jardín y hacia allí se dirigía con paso firme.

—Alexander —llamó Gordon con firmeza.

Alexander se volvió sorprendido de ver allí a esas horas a su padre.

—¿Hoy has salido antes? —preguntó con una sonrisa— ¿Quieres dar un paseo conmigo, como dijiste esta mañana?

—No, quiero hablar contigo de lo que has hecho —contestó Gordon sentándose en la tumbona de al lado.

Alexander se puso tenso sin poderse contener, sentía la garganta aún más reseca y aunque la limonada le resultaba demasiado amarga volvió a llevarse el vaso a los labios y bebió otro trago largo.

—No sé lo que te habrán contado pero no ha sucedido así—murmuró carraspeando.

—¿No le has hecho daño a Bill? —preguntó Gordon sin apartar la mirada de él.

—Fue de mutuo acuerdo —contestó con firmeza Alexander—Solo quisimos recordar los viejos tiempos y si ahora se ha arrepentido es problema suyo no mío.

—Necesitas ayuda, Alexander —dijo Gordon sin más rodeos—He intentado ayudarte yo mismo, pero ya no puedo. No aquí en casa, dándote una libertad que no te corresponde.

Alexander sintió que su padre hablaba con una convicción inamovible. Supo en ese instante que no lograría hacerlo cambiar de opinión y que ninguna excusa que se inventara serviría.

—No necesito la ayuda de nadie —dejó bien claro poniéndose en pie.

Lo hizo con demasiada rapidez y casi al instante sintió cómo la cabeza le daba un vuelco. Gordon también se levantó y lo tomó del brazo al ver que empezaba a tambalearse.

—Necesitas ayuda —insistió sin soltarlo—Y también asumir lo que le has hecho a Bill.

Alexander negó con la cabeza sintiendo que se había puesto pálido y su expresión se tensó aún más al ver a Jörg acercarse con paso firme.

—No voy a denunciarte porque sería devastador para Bill —empezó a decir Jörg con voz firme y contenida—Pero voy a hacer todo lo que esté en mi mano para que pases una buena temporada ingresado recibiendo la ayuda que necesitas y enfrentando las consecuencias de lo que le has hecho a mi hijo.

Alexander seguía negando con la cabeza incrédulo, pensando que aquello no le podía estar pasando.

—No podéis hacerme esto… no sin mi consentimiento —logró decir con dificultad—No pienso permitirlo.

—Eres menor de edad y no estás en condiciones de negarte —murmuró Gordon.

Alexander intentó apartarse pero su cuerpo no respondía. De repente todo le pesaba, los movimientos se volvían torpes y lentos, como si estuviera atrapado dentro de sí mismo. No podía echar a correr ni pensar con claridad.

—¿Qué… qué me has hecho? —preguntó en un susurro.

—Lo que tendría que haber hecho hace mucho tiempo —contestó Gordon sin apartar la mirada de su hijo—Vas a ser ingresado en una clínica y no saldrás hasta que yo lo considere oportuno, allí recibirás la ayuda que necesitas… y tendrás tiempo para reflexionar sobre lo que le has hecho a Bill.

Alexander negaba con la cabeza una y otra vez sintiendo cómo los ojos se le llenaban de lágrimas.

No podían hacerle eso.

No a él.

Entonces, varios hombres vestidos de blanco aparecieron por el jardín y al verlos Alexander perdió el poco control que le quedaba. Empezó a gritar sin medir sus palabras, sin entender del todo lo que decía mientras volcaba toda su rabia y miedo contra su padre.

—Nunca me has querido… —sollozó Alexander con la voz rota por el miedo y el efecto del sedante—Te arrepientes de haberme adoptado… y ahora quieres deshacerte de mí…

Gordon no inmutó ni respondió a los gritos, solo se le quedó mirando con una mezcla de tristeza, cansancio y una determinación que ya no podía quebrarse a pesar de sentir que sus palabras le atravesaban.

—Alexander… te he querido más de lo que tú mismo has sido capaz de quererte—murmuró procurando mantener la calma—Y precisamente por eso no puedo permitir que sigas haciéndote daño ni haciéndoselo a los demás.

Los enfermeros ya estaban a su lado, dos de ellos se colocaron a cada extremo sin tocarlo aún esperando la señal de Gordon. El tercero observaba la escena con atención evaluando el estado del joven.

Alexander intentó dar un paso atrás, pero sus piernas cedieron y Gordon tuvo que sostenerlo del brazo con más firmeza para evitar que cayera.

—No… no me llevéis… —susurró Alexander con la voz quebrada—Papá, por favor…prometo que no lo volveré a hacer…

Gordon tragó saliva, no podía permitirse dudar.

—Alexander, esto no es un castigo—dijo con suavidad—Es una consecuencia y una oportunidad. No puedo seguir protegiéndote de ti mismo, llevo haciéndolo demasiado tiempo.

Los enfermeros dieron un paso adelante.

—Doctor Vandael, ¿procedemos?—preguntó uno de ellos.

—Sí, pero tengan cuidado—pidió Gordon soltando a su hijo—Está sedado pero aún puede resistirse.

Alexander intentó apartarse pero sus movimientos eran torpes, casi infantiles. Los enfermeros lo sujetaron con suavidad pero con firmeza guiándolo para que no se hiciera daño. Él forcejeó unos segundos más por desesperación que por fuerza real.

—¡No! ¡Papá, no!—llamó entre sollozos— ¡No me hagas esto! ¡No me encierres! ¡No me dejes solo!

Gordon sintió que algo dentro de él se rompía pero no dio un paso adelante, no podía porque si lo hacía para abrazarlo y consolarlo sabía que Alexander se aferraría a él como siempre había hecho y todo volvería a empezar.

—No te estoy dejando solo —murmuró con voz grave—Te estoy dando la única oportunidad que te queda.

Jörg se colocó a su lado para darle ese apoyo que tanto necesitaba en ese momento mirando a Alexander con una mezcla de dolor y una firmeza que nunca antes había mostrado hacia él.

La expresión de Alexander cambió pasando del miedo a la rabia, y de la rabia a una súplica desesperada.

—Jörg… tú… tú no puedes permitir esto, ¿verdad?—pidió entre lágrimas—Me conoces… sabes que Bill… que siempre exagera y que yo… que yo no quise…

Jörg apretó la mandíbula y cuando habló su voz salió baja, pero tan afilada como un cristal.

—No vuelvas a pronunciar el nombre de mi hijo—siseó con firmeza—Ni vuelvas a pensar en él, si te vuelvo a ver cerca suyo te juro que te mato con mis propias manos.

Alexander se quedó helado dejando que los enfermeros se lo llevaran a rastras por el jardín mientas que seguía llorando, suplicando y negando, pero cada vez más débil y más desorientado.

Gordon no se movió hasta que le vio desparecer en la casa, solo entonces dejó caer los hombros como si todo el peso de los últimos años se desplomara sobre él sintiendo que Jörg se mantenía en silencio a su lado.

Y por primera vez desde que todo había empezado, ninguno de los dos intentó fingir que aquello no les estaba destrozando por dentro.

&

Una vez vestido bajó acompañado de Louise y se dirigieron al jardín desde donde les llegaba la voz de Greta, que parecía conversar más consigo misma que con Tom y Georg.

—¿Listo? —preguntó Louise con suavidad.

Bill asintió, tomó aire lentamente y echó a andar.

El jardín estaba bañado por una luz dorada y suave de esas que hacían que todo pareciera un poco menos duro. Greta había preparado una deliciosa merienda en la mesa pequeña que había junto a los rosales compuesta de una jarra de limonada fría, un plato de fruta cortada y en el centro una tarta de crema recién hecha cuya superficie aún brillaba.

Tom permanecía de pie mirando hacia la puerta acristalada por la Bill y Louise acababan de salir, le había estado esperando en silencio sintiendo que cada segundo se le había hecho eterno.

Cuando le vio aparecer vestido con ropa limpia y el pelo aún húmedo sintió cómo algo dentro de él se aflojaba. No era alivio del todo, pero sí una especie de respiración que llevaba horas conteniendo.

Bill avanzaba lentamente, acompañado por Louise que se mantenía a su lado sin tocarlo. Tom dio un paso hacia adelante sin invadir su espacio pero dejando claro que estaba allí para él.

— ¿Te sientes mejor? —preguntó con suavidad.

Bill asintió sin saber muy bien qué responder. Se sentó en una de las sillas del jardín y Louise ocupó la de al lado. Tom se colocó frente a él atento a cada gesto. Georg ocupó otra silla y antes de que nadie pudiera decir nada Greta se encargó se servirles un vaso de limonada a cada uno con una sonrisa cálida y discreta.

—He preparado tu tarta favorita —empezó a decir dirigiéndose a Bill—Pensé que te vendría bien algo dulce.

Bill se quedó mirando a Greta y por primera vez en todo el día sus ojos mostraron un destello de algo parecido a gratitud.

—Gracias —murmuró.

Greta sonrió de nuevo y cortando un trozo pequeño lo dejó en un plato frente a él. No insistió ni lo animó a comer, solo lo dejó como una invitación suave antes de retirarse.

Bill dudó unos segundos pero luego tomó la cucharilla, la hundió en la crema y se la llevó a la boca. El sabor dulce, tibio y familiar le golpeó de una forma inesperada. No era felicidad ni consuelo pero sí era algo que no había sentido en horas, un pequeño alivio y una chispa diminuta de normalidad.

Louise lo vio cerrar los ojos un instante como si saboreara no solo la tarta sino la sensación de sentirse a salvo.

Tom tragó saliva sintiéndose emocionado pero sin querer demostrarlo.

—Está muy rica, ¿verdad? —preguntó en voz baja.

Bill abrió los ojos y asintió con una sonrisa muy leve pero que para Tom y sus amigos fue un mundo entero.

—Sí —susurró—Mucho.

Y por primera vez desde que todo ocurriera el aire alrededor de ellos pareció un poco menos pesado.

El ambiente en el jardín era tranquilo, casi suspendido como si todos hubieran decidido de manera tácita que ese espacio sería un refugio donde nada doliera más de lo necesario. Bill tomó otro pequeño bocado de la tarta y Louise, sentada a su lado, fingió no mirarlo para no presionarlo aunque cada gesto suyo la aliviaba un poco.

Georg fue el primero en romper el silencio pero lo hizo con una naturalidad tan suave que no alteró nada.

—Greta nos estaba contando que este año los rosales van muy adelantados —comentó mirando hacia el seto florido—Dice que si sigue así en un par de días todo el jardín estará lleno de flores.

Louise sonrió siguiendo el hilo.

—Eso significa que tendremos que hacer otra sesión de fotos —añadió sonriendo— ¿Te acuerdas, Bill? El año pasado acabaste lleno de pétalos porque Georg no dejaba de sacudir el arbusto.

Georg puso los ojos en blanco exagerando la ofensa.

—No era culpa mía, había una abeja enorme del tamaño de un puño—explicó entre risas.

—Era una abeja normal —corrigió Louise sirviéndose un poco más de limonada—Lo que pasa es que tú eres un exagerado.

Bill dejó escapar una risa muy pequeña casi imperceptible pero real. Los tres la escucharon y sin mirarse entre ellos sintieron el mismo alivio silencioso.

—No era normal —insistió Georg siguiendo la animada conversación—Tú no la viste, tenía mirada de asesina.

—Las abejas no tienen mirada de asesina —replicó Louise divertida—Solo hacen su trabajo.

—Pues esa quería hacer horas extra conmigo —murmuró Georg logrando que Bill sonriera de nuevo.

Tom se acomodó en la silla relajando los hombros. Había estado escuchando en silencio mientras recordaban viejos tiempos, agradecido de ver a Bill sonreír aunque fuera un instante.

—Menuda cara puso tu madre cuando vio la que había liado —comentó Georg sin pensar demasiado.

La sonrisa de Bill se desvaneció al instante. El recuerdo lo golpeó con fuerza, su madre riñéndolo delante de todos sin importarle la humillación a la que le estaba sometiendo.

Y tras ese pensamiento llegó otro que hasta ese momento no había considerado.

¿Qué diría su madre cuando se enterara de lo ocurrido?

No estaba en casa, seguramente seguiría con su rutina diaria como ir a la peluquería, hacer alguna compra o comer con sus amigas y merendar con ellas también.

Y cuando volviera y se enterara de todo lo ocurrido Bill podía imaginar perfectamente cual iba a ser su reacción en forma de un comentario hiriente, una crítica velada y quizás incluso poniéndose del lado de Alexander solo para molestarlo.

Sintió que le formaba un nudo en el estómago y gimió en voz baja sin poder evitarlo.

—¿Bill? —llamó Tom preocupado al escucharle y ver cómo sus ojos se llenaban de lágrimas.

Bill parpadeó alejando esas lágrimas como si regresara de golpe a la realidad. Tom se inclinó un poco hacia él sin llegar a tocarlo, pero dejando claro que continuaba a su lado.

—¿En qué piensas? —preguntó con suavidad sin presionar.

—En mi madre—contestó Bill en un susurro—No sé qué me va a decir cuando vuelva y se entere de lo que ha pasado.

Louise frunció el ceño comprendiendo su angustia al instante.

—No tienes que preocuparte por eso ahora —dijo con firmeza pero con cariño.

—Además cuando llegue seguro que tu padre ya estará aquí—añadió Georg con más seriedad que antes—No va a permitir que nadie te haga sentir peor de lo que ya lo estás.

—Y recuerda que no estás solo —dijo Tom con una calma que parecía envolverlo—No vas a enfrentarte a ella sin nuestro apoyo.

Bill respiró profundamente, no era un alivio completo pero sí un pequeño respiro.

—Gracias… —susurró.

Louise sonrió y le dio un pequeño empujón con el hombro, suave, casi imperceptible.

—Venga, come un poco más —le animó—Greta se enfadará si no pruebas al menos otro bocado.

Bill esbozo otra débil sonrisa y tomó la cucharilla de nuevo.

El atardecer seguía tiñendo el jardín de tonos cálidos, y por un solo momento todo parecía ser un poco menos difícil.

&

Tras la marcha de Alexander, Gordon se dejó llevar por Jörg hasta la casa. Se dirigieren al salón y allí se dejó caer en un sillón como si de pronto hubiera envejecido diez años. La casa estaba demasiado silenciosa sin los gritos de Alexander y sin el caos que siempre lo acompañaba.

Ese silencio, lejos de traer paz, le oprimía el pecho.

Jörg se quedó ante a él sin quitarle ojo, no había satisfacción en su rostro ni alivio. Solo cansancio. Un cansancio profundo y moral que no se iba a curar en mucho tiempo.

Cogió aire y dirigiéndose al minibar sirvió dos whisky sintiendo que las manos aún temblaban ligeramente. Le ofreció uno a Gordon y sentándose en otro sillón a su lado bebió un trago largo del suyo, como si necesitara quemarse por dentro para poder respirar.

—No pensé… —empezó a decir Gordon sintiendo que la voz se le quebraba—No pensé que sería tan duro.

—Ha sido lo correcto —murmuró Jörg aunque su tono no tenía nada de triunfal—Lo único que podía hacerse.

Gordon apoyó los codos en las rodillas y se frotó la cara con ambas manos. El whisky no estaba haciendo efecto o quizás no el que él esperaba.

—Cuando empezó a gritar… —empezó a decir con dificultad—Cuando dijo que nunca lo quise… que me arrepentía de haberlo adoptado…

—Estaba asustado y sedado—le interrumpió Jörg con con suavidad sin permitirle caer en la culpa—No sabía lo que decía.

—No lo creo, Jörg—murmuró Gordon negando con la cabeza—Alexander siempre ha sabido dónde golpear incluso en ese estado.

El silencio volvió a instalarse entre ellos, pesado, incómodo, pero necesario. Jörg bebió un sorbo de su whisky por necesidad mientras que Gordon apretaba su vaso con fuerza como si temiera que se le escapara de las manos.

—No sé si he hecho lo correcto —confesó con una honestidad que rara vez permitía salir—Pero sé que no podía seguir así, no después de lo que le ha estado haciendo a Bill todo este tiempo.

—Has hecho lo que un padre responsable hace cuando su hijo se convierte en un peligro—dijo Jörg mirándole con una mezcla de compasión y firmeza— Lo que yo habría hecho si Alexander fuera mío.

Gordon cerró los ojos dejando que esas palabras lo atravesaran.

—Ojalá eso bastara para que me doliera menos —murmuró suspirando.

Y por un momento se quedaron compartiendo un silencio que no era cómodo pero sí verdadero, un silencio que reconocía la gravedad de lo que habían hecho… y la necesidad de haberlo hecho.

—Gracias por haber estado a mi lado —dijo Gordon esbozando una sonrisa cansada—Ahora deberías volver a casa y ver cómo está Bill.

Jörg asintió suspirando.

Había mirado el móvil varias veces desde que llegara a la casa cada vez que vibraba con nuevos mensajes del doctor Listing donde le informaba que físicamente Bill estaba bien, que el reconocimiento había terminado y que tendría los resultados de los análisis lo antes posible.

En otro mensaje le aseguraba que Bill estaba en buena compañía, Tom había ido a la clínica y no se había separado de su lado en ningún momento. En esos momentos ya estaban de vuelta en casa acompañados por Louise y Georg, y saber que su hijo estaba rodeado de las personas que más lo querían le había permitido quedarse un poco más junto a Gordon, a quien aún consideraba un amigo.

—Iré enseguida —murmuró carraspeando—Pero antes quiero asegurarme de que tú estás bien.

—Voy a necesitar mucho tiempo para estarlo —admitió Gordon suspirando—Me tomaré unos días libres para recuperarme, además aún tengo que hablar con Eleonore y tendremos que ir a la clínica a llevarle sus cosas a Alexander y hablar con el médico que llevará su caso. Sé que los primeros días serán muy duros hasta que se adapte y quiero estar a su lado aunque él no quiera volver a verme en su vida.

Jörg lo escuchaba en silencio sintiendo que la vida de todos había dado un giro inesperado. Sobre todo la suya, había tomado una decisión que llevaba años posponiendo y había llegado el momento de afrontarla.

—Voy a separarme de Simone —soltó de repente—Ya te hablé de ello, de que quería esperar a que Bill cumpliera los dieciocho como si esa edad le diera la madurez suficiente para poder entenderlo todo. Pero me he dado cuenta de que, pese a su juventud, es mucho más fuerte y más maduro de lo que me imaginaba.

—Simone no se lo va a tomar bien —comentó Gordon arrugando la frente.

—Lo sé, pero es necesario y no quiero posponerlo más tiempo—murmuró Jörg—En el maletín llevo los papeles ya preparados y firmados por mí, solo falta que ella los lea y firme.

—Querrá una buena compensación—apuntó Gordon.

—Y la tendrá—dijo Jörg con firmeza—Se quedará con la casa, repartiremos el resto de bienes y además le pasaré una buena pensión para que mantenga el nivel de vida al que está acostumbrada.

—¿Y tú?—preguntó Gordon mirándole con atención— ¿Dónde vas a vivir?

—Ya he comprado una nueva casa donde sé que Bill será feliz—contestó Jörg sonriendo con esfuerzo—Estoy seguro de que querrá venirse a vivir conmigo y ahora mismo será lo mejor para su recuperación, no puede seguir viviendo en la misma casa donde… donde ocurrió todo.

Gordon entrecerró los ojos estudiándolo.

—Una casa demasiado grande para dos personas—comentó con intención— ¿O es que ya vas a contarle lo de David?

Jörg sintió que se ruborizaba al escucharle, Gordon era la única persona que sabía de la relación que llevaba tiempo manteniendo con David a espaldas de su familia.

—Ya lo sabe —confesó suspirando Jörg—Lo descubrió hace poco y lo aceptó muy bien. Ahora me doy cuenta de que debería habérselo dicho antes, es la única persona que no me ha juzgado y me ha dado todo su apoyo sin dudar.

—Entonces tú y David vais a vivir juntos, ¿eso significa que vais a hacer por fin oficial vuestra relación? —preguntó Gordon con mucho interés.

—Poco a poco… pero sí —contestó con firmeza Jörg—Aunque eso signifique no ser bien visto por muchos llegando a perder amigos y quizás incluso clientes del bufete. Pero me da igual, Bill me ha hecho ver lo que realmente importa en la vida y debo darle a David por fin su lugar.

—Me alegro mucho por los dos —dijo Gordon, sonriendo esta vez con sinceridad—Al menos saldrá algo bueno de todo esto.

Jörg asintió sin apartar la mirada del suelo durante un instante sintiendo el peso de todo lo que estaba aún por venir. El divorcio de Simone, las explicaciones inevitables, la reacción de la prensa, de su círculo social… y sobre todo el hecho de que su relación con David dejaría de ser un secreto.

—Supongo que ya era hora —murmuró finalmente levantando la mirada—No puedo seguir escondiéndome de los demás ni de mí mismo.

Gordon apoyó una mano en su hombro, firme y cálida.

—No tienes que hacerlo solo —dijo con calma—Tienes a David, tienes a Bill y me tienes a mí. Y créeme, Jörg cuando uno deja de vivir con miedo, todo empieza a encajar.

—Ojalá fuera tan fácil—murmuró Jörg suspirando.

—No lo es, pero es necesario—admitió Gordon—Y tú ya has dado el paso más difícil reconociendo lo que quieres.

Jörg respiró profundamente dejando que las palabras de su amigos le calaran. Por primera vez en mucho tiempo, no sentía que estaba huyendo. Sentía que estaba avanzando.

—Voy a hablar con Simone en cuando vuelva —dijo con firmeza—Y después hablaré con Bill, se merece saberlo todo.

—Lo entenderá —aseguró Gordon—Puede que en estos momentos le cueste pero lo hará, Bill es más fuerte de lo que crees.

Jörg asintió lentamente desviando la mirada hacia el jardín imaginando que su hijo estaría en casa rodeado de amigos que lo querían intentando recomponerse después de un día que nadie debería vivir.

—Tengo que estar a la altura —susurró.

—Y lo estarás —respondió Gordon sin dudar—Porque cuando se trata de Bill, siempre lo estás.

Jörg cerró los ojos por un instante dejando que esas palabras lo sostuviera. Luego se incorporó con una determinación nueva.

—Es hora de volver a casa—dijo con firmeza.

Gordon sonrió satisfecho y lo acompañó hasta la puerta.

Y mientras caminaban juntos Jörg sintió que por primera vez en años el futuro no era una amenaza sino una posibilidad.

Continúa… 

Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 🙂

por lyra

Escritora del Fandom

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