
Fic TOLL de lyra
Capítulo 99
Después de despedirse de su amigo, no sin antes hacerle prometer que lo mantendría informado tras hablar con Eleonore, Jörg se dirigió a su casa. Entró por la puerta principal con paso firme decidido a enfrentarse a eso que más necesitaba en esos momentos, ver a su hijo.
Arthur apareció al momento en el vestíbulo inclinando la cabeza en un saludo respetuoso.
—Buenas tardes —murmuró tomando el maletín que Jörg le tendía.
—¿Dónde está mi hijo? —preguntó Jörg clavando la mirada en el mayordomo.
—Está en el jardín, señor —informó Arthur con voz baja como si temiera romper algo frágil—Merendando con sus amigos.
Jörg asintió sin decir nada y echó a andar hacia la puerta acristalada que comunicaba el salón con el jardín sintiendo cómo cada paso pesaba más que el anterior. Desde lejos vio a Bill sentado junto a Louise y Tom frente a él al igual que Georg. La luz del atardecer bañaba el jardín en tonos cálidos pero la tensión era palpable incluso desde lejos.
Tom fue el primero en darse cuenta de su presencia, se incorporó de inmediato sin decir nada, solo enderezándose como si quisiera prepararse para sostener a Bill si hacía falta.
Louise volvió la cabeza al verle moverse y su expresión se suavizó al verlo.
Bill, en cambio, tardó unos segundos más. Estaba mirando distraídamente su plato hasta que notó el silencio repentino y levantó la mirada entonces.
Y lo vio.
Su padre estaba en casa.
Jörg se acercó pero no dijo nada ni abrió los brazos, solo se quedó allí quieto con los ojos brillantes y una expresión que mezclaba culpa, miedo y un amor tan grande que casi dolía verlo.
Bill se quedó inmóvil sintiendo que su respiración se detenía por un instante, no sabía qué esperar de su padre, quizás le preguntaría por su estado o le reprocharía lo que había pasado Quizás hasta le pudiera dar un abrazo…nada estaba claro.
Pero lo que vio en el rostro de su padre no era enfado.
Era dolor.
Y preocupación.
Y un cariño que llevaba demasiado tiempo escondido.
—Papá… —susurró Bill en voz baja.
Ese pequeño hilo de voz fue suficiente para romper la distancia.
Jörg dio un paso en su dirección hasta colocarse lo más cerca posible de él. No lo tocó de inmediato, se agachó frente a su hijo poniéndose a su altura con una delicadeza que Bill no recordaba haber visto en él desde que era niño.
—Bill —llamó Jörg con la voz quebrada—Estoy aquí.
Bill parpadeó y las lágrimas que había contenido todo la tarde empezaron a acumularse sin que pudiera evitarlo. No lloró ni se derrumbó, pero sus ojos se llenaron de un brillo vulnerable que hizo que Tom y sus amigos apartaran la mirada para darle privacidad.
Jörg levantó lentamente una mano como si pidiera permiso sin palabras, y Bill asintió sin apartarse dándole permiso para que le tocara. Entonces su padre le acarició la mejilla con una suavidad que lo desarmó por completo.
—Lo siento tanto… —susurró Jörg—Siento no haber estado en casa cuando ocurrió, siento que hayas tenido que pasar por todo esto…siento mucho no haberte protegido como debía…
Bill cerró los ojos dejando que ese contacto lo sostuviera.
—Papá… —llamó con voz temblorosa.
Jörg le dio un abrazo suave para que Bill sintiera que, por primera vez en mucho tiempo, no tenía que cargar con nada el solo.
Tom tragó saliva, emocionado, Louise observaba la escena con ternura y Georg sentía que los ojos se le llenaban de lágrimas.
Y Bill, en los brazos de su padre, sintió algo que no esperaba sentir tan pronto.
Seguridad.
Y así se sintió por unos minutos, sostenido y protegido, hasta que su padre aflojó el abrazo.
Jörg respiró profundamente recomponiendo la compostura antes de ponerse en pie con un leve carraspeo. No quería alejarse demasiado pero sí darle a Bill un poco de espacio.
Tom, Louise y Georg guardaban silencio atentos a lo que ocurría pero sin intervenir. Sabían que ese momento era solo de ellos dos.
Jörg se incorporó pasándose una mano por la cara como si necesitara ordenar sus pensamientos antes de hablar.
—Hay algo que tenéis que saber todos—dijo finalmente dirigiéndose particularmente a Bill—Está relacionado con Alexander.
Bill se puso tenso al instante. No retrocedió, pero su cuerpo se encogió apenas como si se preparara para recibir un fuerte golpe.
Jörg lo notó y suavizó la voz.
—Su padre lo ha ingresado en una clínica de la que no va a salir en mucho tiempo—empezó a explicar—Ya se lo han llevado, yo estaba presente.
Tom frunció el ceño sorprendido mientras que Louise apretaba los labios y Georg se cruzaba de brazos procesando la información.
Bill, en cambio, se quedó inmóvil. No sabía qué sentir., no sabía si debía sentir algo.
—¿Por qué? —preguntó con un hilo de voz sin mirar a nadie.
—Porque lo que hizo… lo que te hizo no es propio de una persona en su sano juicio—respondió Jörg con calma—Porque desde hace tiempo necesita ayuda profesional y aunque Gordon lo ha intentado por sus medios no ha logrado tener el resultado que esperaba.
Bill bajó la mirada, no había alivio en ella y tampoco culpa. Solo un cansancio profundo.
—Y sé que denunciarlo te haría mucho daño —continuó diciendo Jörg—Tendrías que pasar por un juicio, revivirlo todo y Alexander alegaría algún tipo de trastorno para evitar la cárcel. Acabaría igualmente ingresado en una clínica, que es donde está ahora mismo. Así que… Gordon y yo hemos pensado que lo mejor es evitar el juicio.
—¿Y cuánto tiempo se quedará allí? —intervino Tom mirándolo con firmeza.
—El tiempo que Gordon y yo consideremos necesario —respondió Jörg sin titubear—Me ha asegurado que no saldrá en una buena temporada, se ocupará de ello porque se lo debe a Bill.
Bill asintió lentamente, en ese momento lo único que deseaba era no volver a ver a Alexander nunca más.
—No tienes que preocuparte por él ahora —insistió Jörg—Está donde debe estar y no podrá acercarse a ti durante mucho tiempo.
Tom observaba a Bill con atención, preparado para intervenir si lo veía derrumbarse. Pero Bill solo respiró hondo, como si intentara asimilarlo.
—No quiero saber nada más de él—murmuró finalmente.
—No tienes por qué —respondió Jörg con firmeza—Ahora lo único que importa es que salgas de esto con ayuda de todos.
—Estamos contigo —dijo Louise en un susurro.
Bill asintió sin levantar la mirada. No estaba llorando ni temblando, algo en su interior se había relajado como si una parte del peso que llevaba encima se hubiera desplazado aunque fuera un poco.
Jörg lo observaba con una mezcla de orgullo y dolor.
—Cuando estés preparado lo hablamos —dijo—De esto, o de lo que necesites. No voy a presionarte.
Bill levantó la mirada lo suficiente para encontrarse con los ojos de su padre.
—Gracias —susurró emocionado.
Y por primera vez en mucho tiempo, Jörg sintió que su hijo le permitía estar ahí. No como figura de autoridad ni como alguien distante.
Sino como un padre.
Su padre.
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La tarde avanzaba con un ritmo demasiado extraño en el club para el gusto de Andreas que intentaba concentrarse en su trabajo aunque su mente seguía atrapada en lo que le había podido suceder a Tom.
Se encontraba en el embarcadero atendiendo las mesas cuando vio aparecer a una pareja a la que se quedó mirando con el ceño fruncido.
Gustav y Natalie.
Ambos avanzaban con paso firme y una expresión en el rostro que Andreas no supo interpretar del todo, no sabía si venían de haber mantenido una discusión o si, sencillamente, esa era su forma habitual de entrar en cualquier sitio.
Les vio sentarse en una de las mesas que estaba libre y no tuvo más remedio que ir a atenderles pues era parte de su trabajo tratar con todos los clientes por muy extraños que le pareciera.
—Buenas tardes —saludó, intentando sonar lo más casual posible— ¿Sabéis ya qué vais a pedir?
—Acabamos de sentarnos, danos unos minutos para pensarlo si no te importa —respondió Natalie con su habitual educación.
—Yo me muero de hambre —murmuró Gustav—Tráeme un sándwich de pavo con lechuga y mayonesa, patatas fritas y una Coca-Cola bien fría con hielo.
Andreas asintió y tomó nota esperando pacientemente a que Natalie se decidiera.
—No puedo creerlo—murmuró Natalie dirigiéndose a Gustav en voz alta como si no estuviera Andreas—Esta vez Alexander ha ido demasiado lejos haciéndole eso a Bill.
Andreas sintió un vuelco en el estómago, estaba aun escribiendo en su libreta el pedido de Gustav y al escuchar sus palabras dejó de hacerlo al momento.
—¿Y si lo hablamos luego? —pidió Gustav carraspeando.
Él sí se había dado cuenta de que Andreas seguía allí de pie junto a la mesa y que no era precisamente sordo, había escuchado perfectamente lo que Natalie había dicho y sabiendo que era amigo de Tom estaba claro que querría enterarse de lo ocurrido.
Natalie, en cambio, parecía no haberse percatado o simplemente no le dio importancia.
—Andreas, tráeme un té helado y una tostada de aguacate con tomate —pidió con frialdad como si nada hubiera pasado.
Andreas asintió manteniendo la expresión neutra que había perfeccionado trabajando allí pero sintiendo por dentro que cada palabra que había escuchado seguía resonando con fuerza. Terminó de apuntar su pedido y se dirigió a la barra con el corazón latiéndole con más fuerza de lo habitual dentro de su agitado pecho.
Su expresión lo delataba mucho antes de que abriera la boca y en cuanto Melissa lo vio acercarse y al momento dejó de hacer lo que estaba haciendo y se le acercó sin perder más tiempo.
—¿Qué ha pasado ahora? —preguntó en voz baja sin rodeos.
Andreas dejó la bandeja sobre la barra y se inclinó hacia ella asegurándose de que nadie más estuviera escuchando.
—Gustav y Natalie están aquí —murmuró.
—¿Y? —dijo Melissa frunció el ceño—Se pasan aquí metidos todos los días.
—No así —respondió Andreas negando con la cabeza—Han entrado… raros, muy tensos. Y lo que han dicho me ha dejado muy preocupado.
Se detuvo un segundo como si necesitara ordenar las palabras mientras que Melissa se le acercaba un poco más para que nadie pudiera escucharlos.
—Natalie ha dicho que no puede creer lo que Alexander le ha hecho a Bill, que ha ido muy lejos esta vez—murmuró Andreas repitiendo sus palabras.
Los ojos de Melissa se abrieron de golpe.
—¿Cómo que lo que le ha hecho a Bill? —susurró llevándose una mano a la boca.
—Eso es lo que ha dicho —contestó suspirando Andreas—No han dado más detalles, pero estoy seguro de que saben perfectamente lo que ha pasado. Se les nota en la cara.
—Son amigos, es normal que lo sepan —comentó Melissa.
—Últimamente no se les veía juntos —añadió Andreas—Desde que Bill dejó a Alexander siempre lo hemos visto con Louise y Georg. En cambio, Gustav y Natalie dejaron de venir tanto al club aunque el otro día estuvieron aquí con Alexander.
Melissa asintió, recordando la escena. Tom los estuvo atendiendo y se le notaba molesto con su presencia.
—Entonces… lo de Bill no es un simple accidente—dijo Melissa procesando lo que Andreas acababa de contarle—Es algo más serio y tiene que ver con Alexander.
Andreas frunció el ceño justo cuando vio pasar a Víctor y no dudó en llamarlo.
—Gustav y Natalie están en una mesa del embarcadero —explicó con rapidez—Necesito que te quedes cerca y escuches lo que dicen con discreción.
—¿Quieres que los espíe? —preguntó Víctor sorprendido.
—Saben lo que le ha pasado a Bill yes más grave de lo que pensaba —contestó muy serio Andreas.
No hizo falta añadir nada más. Víctor asintió, tomó con firmeza su bandeja y se dirigió al embarcadero procurando disimular.
Los localizó al momento. Se acercó a la mesa contigua cuyos clientes justo se estaban marchando y se despidió de ellos con una amplia sonrisa deseándoles un buen día. Empezó a recoger la mesa tardando deliberadamente más de lo necesario mientras Gustav y Natalie hablaban a sus espaldas.
—Alexander siempre me ha parecido un imbécil —soltó Natalie sin cortarse—Hemos pasado los tres muy buenos momentos, sí, pero esta vez se ha pasado de la raya. Bill no se merecía algo así, nadie se lo merece.
Gustav negó con la cabeza, visiblemente afectado.
—Pues espera a que Tom se entere —murmuró—Va a ir directo a su casa a matarle con sus propias manos.
Víctor sintió cómo se le cortaba la respiración. El corazón le latía con fuerza, y por su mente empezaron a desfilar mil posibilidades… y ninguna buena.
—¿Crees que su padre hará algo? —preguntó Natalie en voz baja.
—Seguro que en estos momentos Jörg ya está enterado y moviendo hilos—contestó Gustav con firmeza—Alexander no va a salir bien parado de esta, querrá denunciarlo y no parará hasta verlo encerrado.
Víctor tragó saliva y aceleró el ritmo al recoger la mesa. Necesitaba volver con Melissa y Andreas cuanto antes, ya tenían suficiente información para hacerse una idea de lo ocurrido.
—¿Tom ya lo sabrá? —preguntó Natalie de repente.
—Seguramente —respondió Gustav, suspirando—Y ahora estará a su lado, consolándolo como buenamente pueda.
—Nadie se recupera fácilmente de algo así —comentó Natalie suspirando justo cuando notó la presencia de Víctor a su lado— ¿Puedes decirle a Andreas que seguimos aquí esperando y nos morimos de sed y hambre?
Víctor no pudo evitar ponerse tenso al escucharla.
¿Cómo podía pasar de estar abatida a recuperar esa frialdad tan suya en cuestión de segundos?
Respiró profundamente, terminó de recoger la mesa y cuando se volvió hacia ellos forzó una sonrisa tan falsa que hasta le dolió la cara. Después de lo que había oído, no podía mostrarse amable con nadie.
—Ahora mismo se lo diré con toda la rapidez que pueda—soltó incapaz de contenerse—No queremos tener que recoger vuestros cuerpos moribundos del embarcadero.
Y sin esperar respuesta se marchó a cumplir lo que Natalie había pedido.
—Qué grosero —murmuró ella resoplando—Deberían despedirlo.
—Déjale, no merece la pena —dijo suspirando Gustav demasiado cansado para discutir por eso.
Víctor se alejó con paso rápido todavía sintiendo el pulso acelerado. En cuanto desapareció entre las mesas, Natalie soltó un resoplido indignado.
—David no debe permitir que nadie nos hable de esa manera—insistió Natalie cruzándose de brazos—Nosotros pagamos sus sueldos, deberían hacernos una reverencia al vernos.
—Natalie… —llamó Gustav en voz baja—No sigas.
Ella abrió la boca para replicar, pero algo en la expresión de Gustav la hizo detenerse. Él negó con la cabeza, despacio, como si estuviera agotado de sostener con ellas conversaciones que no llevaban a ninguna parte.
—No es el momento —añadió con firmeza—Y mucho menos el lugar.
Natalie apretó los labios. No le gustaba que nadie le dijera lo que tenía que hacer y mucho menos Gustav, pero después de lo sucedido ese día y tras haber conseguido más o menos recomponer la relación sabía que le tocaba bajar la cabeza y mantenerse dócil… al menos por un tiempo.
—Tienes razón —susurró—Mejor callarnos.
Gustav asintió dejando escapar un suspiro largo mientras se recostaba en la silla. Por un instante, ninguno de los dos dijo nada más. El silencio entre ellos no era incómodo, sino pesado, lleno de cosas que no podían decir en voz alta.
Y sin añadir una palabra más esperaron en silencio a que les trajeran lo que habían pedido cada uno atrapado en sus propios pensamientos y en el eco de lo que sin querer acababan de revelar desatando una tormenta de emociones imposible de frenar.
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Sintiendo que su presencia ya no era necesaria Louise y Georg decidieron retirarse, Jörg les dio las gracias por haber estado con su hijo en todo momento y tras su marcha se disculpó explicando que debía ir a su despacho para hacer una llamada importante. Antes de que se marchara, Bill lo detuvo con un gesto tímido.
—Saluda a David de mi parte —pidió en voz baja.
Jörg le dedicó una sonrisa cálida que decía más de lo que él mismo se permitía expresar y asintió antes de desaparecer por el jardín. Bill quedó entonces a solas con Tom que permanecía a su lado sin decir nada, simplemente acompañándolo.
Greta apareció en ese momento para recoger la bandeja con los restos de la merienda y Bill, sintiéndose un poco más animado, se la quedó observando con atención.
—¿Estás preparando la cena? —preguntó con curiosidad.
—Sí, señorito Bill —respondió Greta con su habitual amabilidad.
—Entonces te ayudo—dijo Bill poniéndole en pie.
Greta se tensó ligeramente.
—No es necesario —murmuró al momento.
Sabía muy bien lo que pasaría si la madre regresaba y encontraba a su hijo en la cocina echándole una mano, quien recibiera sus frías palabras sería ella y no Bill aunque también seria el destinatario de algunas.
—Me apetece—insistió Bill asintiendo con la cabeza totalmente decidido—El otro día ayudé en el club y me gustó. Quiero aprender a cocinar y quién mejor que tú para enseñarme, que eres toda una experta.
Greta abrió la boca para protestar, pero Tom se adelantó.
—Yo también echaré una mano —dijo levantando la mano que no llevaba vendada.
Bill se le quedó mirando con una ceja alzada.
—Tú puedes mirar, pero no participar —sentenció.
—¿Ni siquiera cortar algo?—insistió Tom fingiendo ofenderse.
—Con una sola mano no puedes ni cortar ni mantequilla —replicó Bill, y por primera vez en todo el día, su tono tenía un matiz juguetón.
Greta no pudo evitar sonreír ante la escena.
—Está bien —cedió al fin—Pero si la señora Kaulitz vuelve antes de tiempo, yo no sabía nada.
—Trato hecho —dijo Bill con firmeza.
Se pusieron en marcha siguiendo a Greta hasta la cocina donde por primera vez en horas el ambiente prometía ser un poco más ligero.
La cocina estaba cálida, iluminada por la luz suave que entraba desde el jardín. Greta dejó la bandeja en la encimera y se colocó el delantal observando de reojo cómo Bill y Tom entraban detrás de ella.
Bill parecía más tranquilo, aunque aún llevaba esa fragilidad en los hombros. Tom, en cambio, entró con la energía de quien está dispuesto a animar a alguien aunque sea a base de torpeza.
—Bien —dijo Greta, respirando hondo—Si de verdad queréis ayudar, empezaremos por algo sencillo. Una crema de verduras, no tiene pérdida.
—Perfecto —respondió Bill colocándose a su lado— ¿Qué hago?
Greta le señaló una tabla de cortar y un par de zanahorias.
—Pélalas y córtalas en rodajas muy finas—le pidió.
Bill tomó el pelador con cuidado como si fuera un objeto delicado y empezó a deslizarlo por la zanahoria concentrado. Tom se apoyó en la encimera, observándolo con una sonrisa ladeada.
—Míralo —comentó—Todo un chef en potencia, en dos días te veo haciendo soufflés.
—Con que no explote la cocina me conformo—murmuró Bill sonriendo dejando escapar una sonrisa.
—Eso ya sería un avance respecto a mí —añadió Tom—Yo una vez quemé agua.
—Eso es imposible, Tom—dijo Greta entre risas.
—Créame, Greta. Conmigo todo es posible—dijo Tom con firmeza.
Bill negó con la cabeza, divertido, mientras seguía cortando las zanahorias. Sus manos temblaban aún un poco pero ese gesto repetitivo lo calmaba. Greta lo observó con discreción, notando cómo el color volvía poco a poco a su rostro.
—Muy bien —dijo ella—Ahora ponlas en la olla con un chorrito de aceite. Yo te digo cuándo parar.
Bill obedeció, inclinando la botella con cuidado.
—Ya, ya, ya… ¡ya! —exclamó Greta riéndose—Que no queremos freírlas.
Tom se echó a reír sin poderse contener, gracias a Greta Bill esta disfrutando y empezando a olvidar lo que le había pasado.
Greta continuó dándole instrucciones que Bill seguía concentrado tranquilamente, como si ese pequeño acto de cocinar fuera una forma de recuperar el control.
Tom, mientras tanto, hacía comentarios constantes para tratar de distraerle y arrancarle alguna que otra sonrisa.
—Bill, si te cansas yo puedo remover con mi mano buena—dijo interrumpiendo por enésima vez —O puedo supervisar soy excelente supervisando.
—Eres excelente molestando —respondió Bill con tono era suave.
Greta sonrió para sí misma. Verlos así, aunque fuera por unos minutos, le devolvía la esperanza.
Cuando la crema empezó a hervir, Bill se apartó un poco apoyándose en la encimera. Tom se acercó a su lado, sin tocarlo, pero lo bastante cerca para que sintiera su presencia.
—Lo estás haciendo genial —murmuró.
Bill bajó la mirada, pero no para esconderse. Esta vez era para contener una emoción distinta, más ligera.
—Gracias —susurró.
Greta removió la olla y los miró a ambos con ternura.
—Cuando esto esté listo, vais a cenar como reyes—murmuró sonriendo.
Bill le devolvió la sonrisa y por primera vez en todo el día sintió que quizás, solo quizás, podía volver a tener un momento de paz.
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Regresó a la barra casi a la carrera con la pesada bandeja hasta arriba aún en sus manos procurando no tirar nada y el rostro tan pálido que Melissa se asustó en cuanto lo vio.
—¿Qué ha pasado? —preguntó ella en un susurro tenso, aunque ya intuía que no venía con buenas noticias.
Andreas, que estaba organizando el pedido que tenía que llevarle a Gustav y a Natalie, dejó de trabajar de inmediato observando como Víctor dejaba la bandeja sobre la barra y respirando profundamente como si necesitara tomar aire antes de poder hablar.
—Me he enterado de todo lo que ha pasado—empezó a decir Víctor con la voz más baja de lo habitual—Y… es peor de lo que pensábamos.
Tanto Andreas como Melissa se inclinaron hacia él.
—Lo que Alexander le haya hecho a Bill roza la ilegalidad —explicó Víctor tragando con esfuerzo—No es simplemente que se haya pasado de la raya como han dicho, es que su padre está interviniendo para conseguir que lo encierren por ello.
Melissa se llevó una mano a la boca, horrorizada.
—Dios mío…
—Y eso no es todo —continuó diciendo Víctor apoyando las manos en la barra para no temblar—Gustav ha dicho que cuando Tom se entere le va a querer matar, entre eso y que le padre está dispuesto a denunciarlo, Alexander no va a salir bien parado de esta.
Andreas sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Todo encajaba demasiado bien con la tensión de David, no teniendo ánimos para celebrar una fiesta después de lo ocurrido.
—Entonces… —murmuró Melissa bajando más aún la voz— ¿Estamos hablando de que Alexander ha…ha violado a Bill?
—No lo han dicho explícitamente pero por cómo hablaban… sí, suena a eso. —respondió Víctor—Es algo que ha dejado a Bill hecho polvo y si hablan de cárcel es lo primero que se me viene a la cabeza.
Andreas apretó los puños sin darse cuenta.
— ¡Maldito Alexander!—se le escapó entre dientes—Ya sabíamos que era un imbécil, pero no me esperaba que hiciera algo parecido.
—Natalie ha dicho que nadie se recupera fácilmente de algo así—siguió diciendo Víctor— Y que Tom seguramente ya lo sabrá y estará a su lado ahora mismo.
Melissa respiró profundamente, intentando recomponerse.
—Tenemos que estar preparados para cuando Tom regrese—dijo con firmeza—No podemos atosigarle con preguntas, solo estar a su lado y que Bill sepa que puede contar con nosotros para lo que necesite.
—Quizá no quiera que nadie más lo sepa —murmuró Víctor—Quiero decir que debe sentirse fatal y avergonzado por lo que le ha pasado, hablemos primero con Tom y que él nos diga si Bill quiere o no que sepa que ya nos hemos enterados.
—No quiero mentirle a Bill —dijo Melissa con un nudo en la garganta—Estoy deseando darle un fuerte abrazo en cuanto lo tenga delante, demostrarle todo mi apoyo.
—Pues tendrás que contenerte —respondió Víctor con firmeza—Y nada de contárselo a nadie más, aunque te mueras de ganas. Cuanta menos gente lo sepa, mejor para Bill. Él es lo único que importa ahora mismo.
Melissa asintió, aunque ambos sabían que harían una excepción inevitable con Anouk, formaba parte del grupo y si la dejaban fuera se sentiría traicionada. Además, los notaría raros en cuestión de minutos y empezaría a hacer preguntas.
—Por cierto, Andreas —dijo Víctor cambiando de tema—Natalie quiere que les lleves el pedido de inmediato.
Andreas levantó lentamente la cabeza, su mirada seguía perdida como si aún estuviera procesando cada palabra que había escuchado. Desde que supo lo que le había pasado a Bill le costaba incluso recordar qué mesa había pedido qué.
—¿Quieres que vaya yo? —se ofreció Víctor—No estás en condiciones.
—Sí… —susurró Andreas—Por favor, sustitúyeme unos minutos en lo que me recupero.
Víctor no lo dudó un segundo y tomando la bandeja que Melissa ya había preparado se dirigió al embarcadero dejando a Andreas apoyado en la barra intentando recuperar el aliento.
Mientras Víctor se alejaba, Andreas se quedó mirando sus propias manos, como si no fueran las suyas. El mundo le parecía de repente más cruel, más injusto.
Bill siempre le había caído muy bien. Sí, le había dolido que le «robara» a Tom, pero aquello era una herida vieja casi olvidada. Nada comparado con eso. Nada que justificara lo que Alexander le había hecho.
Y mientras intentaba volver a centrarse en su trabajo, solo podía desear con todas sus fuerzas que Bill lograra superar aquello y que algún día volviera a ser el de antes.
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Cerró la puerta de su despacho con suavidad como si temiera que cualquier ruido brusco pudiera romper el frágil equilibrio que Bill había logrado recuperar en el jardín. Se dejó caer en la butaca que había tras su escritorio, apoyó los codos en la mesa y marcó el número de David. No tuvo que esperar mucho.
—¿Jörg? —la voz de David sonaba alerta, preocupada— ¿Dónde estás?
—Estoy en casa —contestó Jörg él acomodándose r un poco mejor en el asiento—Acabo de ver a Bill.
Hubo un silencio breve al otro lado de la línea, como si David contuviera la respiración.
—¿Cómo está?—preguntó en un susurro.
Jörg cerró los ojos un instante, buscando las palabras.
—Frágil —admitió—Muy frágil, pero ha estado muy bien acompañado. Louise, Tom y Georg han estado con él todo el tiempo, le han hecho reír un par de veces y eso me ha dado algo de esperanza.
—Me alegro de que no esté solo—murmuró David soltando un suspiro aliviado.
—No lo está —confirmó Jörg—Y he logrado que se sienta a salvo, Gordon se encargará de que Alexander permanezca ingresado por una buena temporada, necesita una supervisión que él no ha sabido dársela. Asi evito que Bill tenga que asistir a un juicio del que saldría mal parado emocionalmente.
—Habéis hecho bien —dijo David con suavidad.
Jörg se frotó la frente, cansado.
—No sé cómo va a reaccionar Eleonore cuando se entere—murmuró Jörg suspirando—O Simone, aún no sabe lo que ha pasado pero eso es lo que menos me importa en estos momentos. Solo quiero que Bill se recupere cuanto antes.
David guardó silencio unos segundos, respetando ese momento. Luego carraspeó, cambiando ligeramente el tono.
—Dile que no se preocupe por nada del club—empezó a decir—Ahora mismo están de baja él y Tom, y ya les he buscado sustituto.
—No he tenido tiempo de preguntarle a Tom qué le ha pasado—dijo Jörg cayendo en la cuenta.
Recordaba haberle visto con una mano vendada pero su mayor preocupación era Bill en esos momentos.
—Lo único que sé es que ocurrió en los vestuarios del club cuando Georg vino a buscarle—explicó por encima David.
— ¿Crees que se han peleado?—preguntó Jörg sin podérselo creer.
—Creo que más bien se ha peleado con una pared—contestó David resoplando—Me imagino que Georg le vino a contar lo que había ocurrido y Tom reaccionó de esa impulsiva manera.
—No me extraña—comentó Jörg en un susurro.
—Cambiando de tema… quería comentarte algo—dijo David carraspeando—La fiesta del sábado sigue en pie. Ya sabes, la hoguera para los trabajadores del club que hacemos todos los años.
Jörg arrugó la frente tratando de recordar de lo que le estaba hablando, había olvidado por completo ese evento.
—No he podido negarme—empezó a decir David—Con todo lo que está pasando tenía pensado cancelarla pero vi la expresión de Andreas cuando se lo dije y no pude hacerlo. Será una noche tranquila con música, comida y los camareros más algún cliente que quieras asistir aunque lo dudo. Nada complicado.
—Suena bien—murmuró Jörg, permitiéndose por primera vez en todo el día imaginar algo que no fuera preocupación.
—Puedes pasarte si quieres—propuso David al momento—Ya sabes, cuando todos estén metidos de lleno en la fiesta y nadie note si el dueño del club está o no. A menos que Bill te necesite a su lado…
—Déjame pensarlo —pidió Jörg—Aún quedan dos días y tengo varios asuntos pendientes. Quiero presionar al laboratorio para que adelanten los resultados de la prueba de ADN, y tengo aquí mismo los papeles del divorcio ya firmados por mí. Solo me falta hablar con Simone y rezar para que no pierda los nervios.
Un silencio tenso se instaló entre ambos, cargado de todo lo que ninguno se atrevía a decir en voz alta
—¿Estás bien? —preguntó David al cabo de unos minutos.
—Estoy muy cansado pero hablar contigo ayuda mucho—contestó Jörg suspirando.
David sonrió al otro lado de la línea y Jörg lo sintió aunque no lo viera.
—Sabes que puedes llamarme siempre que lo necesites—dijo David sin dejar de sonreír..
Jörg cerró los ojos, dejando que esa frase lo sostuviera.
—Lo sé —susurró—Gracias, David.
Y por primera vez en horas, su voz sonó un poco menos rota. Un poco más viva.
—Hablemos de la hoguera —propuso Jörg buscando distraerse—Aparte de mi presencia, ¿quieres que lleve algo?
—¿Vino, quizá? —respondió David entre risas—Ya sabes que el club pondrá comida y bebida, pero siendo casi todos menores de edad me temo que solo habrá refrescos. Podrías traer uno de esos vinos que tanto me gustan.
—¿Un chardonnay?—propuso sonriendo Jörg.
—Por ejemplo —susurró David—Podemos hacer nuestra propia hoguera y bebernos la botella entera mientras miramos las estrellas.
Jörg sonrió al escucharlo. Nunca hacían planes así con él, siempre eran a escondidas, con prisas y cuidando cada gesto. Y en esos momentos lo único que deseaba era tumbarse en la playa sin hacer nada con David a su lado besándose bajo las estrellas sin miedo a ser vistos.
—Es como aquella tarde fría de invierno, ¿te acuerdas? —dijo David con una sonrisa—Fuera estaba nevando y nosotros estábamos frente a la chimenea del apartamento, bebiendo vino y jugando a las cartas.
—¿Te refieres a cuando te di aquella paliza? —dijo Jörg sonriendo de verdad por primera vez en todo el día.
—No sé quien le dio una paliza a quien, solo sé que terminé empapado de vino y contigo lamiendo cada gota de mi desnuda piel—recordó David en un susurro.
—No estaba lamiendo cada gota —apuntó sonriendo Jörg—Solo… algunas estratégicas.
David dejó escapar un leve gemido que Jörg escuchó al instante, consciente de que igual que él estaba reviviendo en su cabeza esa maravillosa escena. Cerró los ojos un instante dejándose envolver por todos y cada uno de los escasos momentos que había compartido con David.
—Echo mucho de menos eso —admitió en voz baja—Echo de menos… estar contigo sin mirar el reloj.
David suspiró, y el sonido le llegó cálido, cercano, como si estuviera a su lado.
—Yo también, y mucho más de lo que debería decir en voz alta—admitió a su vez.
Jörg abrió los ojos, sintiendo cómo algo en su pecho se aflojaba por primera vez desde que supiera lo que le había pasado a Bill esa tarde.
—Cuando todo esto pase —empezó a decir con firmeza—Cuando Bill esté mejor quiero que tengamos unos días solo para nosotros. Hagamos una escapada romántica donde tú quieras, quiero aprovechar esos días para recuperar todo el tiempo que he perdido y que te debo.
David le escuchaba en silencio, no era la primera vez que le hablaba de hacer algo juntos y recuperar el tiempo perdido pero siempre había algo que les hacía cancelar esos planes y David nunca jamás se lo había echado en cara porque lo comprendía perfectamente. Llevaba años haciéndolo y sabía que ese era el precio que debían pagar por ese romance clandestino al que estaban condenados.
—No te preocupes por eso, más adelante tendremos tiempo de sobra para recuperar todo ese tiempo—dijo David sonriendo—Pero hasta entonces, nos tendremos que conformar con lo de este sábado. Chardonnay, una hoguera… y tú.
—Y tú —repitió Jörg casi en un susurro.
Cerró los ojos suspirando, deseando que llegase rápidamente el sábado para poder compartir ese mágico momento con David.
Estaba tan perdido en sus pensamientos que no se dio cuenta de los gritos que resonaban en la casa hasta que poco a poco se abrieron paso en su consciencia reconociendo al instante la exaltada voz de su hijo.
—¡Me voy de esta casa, y ninguna amenaza tuya podrá retenerme!
Continúa…
Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 🙂