
«El incendio»
(One-Shot de Leonela Paredes)
Por Bill
—Vamos, cariño, ya es hora de despertar —dijo mi madre y acarició mi rostro con suavidad.
—Solo unos minutos más, mamá —respondí y me coloqué boca arriba aún con los párpados cerrados—. No quiero despertar. Se siente muy bien aquí.
—Lo sé, pero no puedes seguir durmiendo —colocó su mano sobre mi pecho y la sentí muy fría—. Contaré hasta tres y te levantarás.
—Tu mano está helada…
—Uno… dos… —contó e intenté abrir los ojos, pero me pesaban demasiado—. Tres.
—¿Mamá?
—Ya es hora.
Fue lo último que dijo y mi corazón volvió a latir.
—¡Uno, dos, tres! ¡Bill! —oí a lo lejos mientras percibía una brusca presión en mi pecho. Seguidamente, el oxígeno atravesó mis pulmones con facilidad—. ¡Despierta! —exclamó y abrí los ojos al tiempo en que también abría mi boca para tomar una gran bocanada de aire, y me senté en mi lugar—. ¡Mi amor! ¡Mi amor, estás bien! —agregó con mi rostro entre sus manos, frente al suyo, ambos en el suelo. Me besó en los labios con rapidez y luego esparció besos por toda mi cara para enseguida abrazarme con fuerza. Yo, aún regresando a la tierra de los vivos con cierto letargo, empecé a organizar mis sentidos, entonces, reaccioné. Lo empujé para ponerme de pie con torpeza. Consecutivamente, como pude, corrí en dirección al edificio en llamas del que mi pareja acababa de rescatarme.
—¡Mi madre, Tom! ¿¡Dónde está mi madre!? —pregunté con desesperación cuando sus manos me detuvieron.
—¡No puedes volver ahí! ¡El incendio sigue creciendo!
—¡Pero mi madre continúa dentro! —contesté tras zamarrearme con violencia para que me soltara, sin resultado—. ¡SUÉLTAME!
—¡Mis compañeros están evacuando el edificio!
—¿¡Y por qué no está mi madre aquí con nosotros!?
—Bill, se mueven tan rápido como pueden… —intentó explicar, pero yo no quise escuchar más.
—¡Eres bombero, ve a salvarla! —le ordené enfurecido y él me miró un momento antes de asentir.
—La traeré de vuelta —dijo y lo vi correr hacia las llamas.
&
Esa misma mañana
Tititití, tititití, tititití…
—Mm… —me quejé sin abrir los ojos y estiré mi mano para apagar la alarma. Cogí el pequeño reloj y lo miré apenas con un párpado entreabierto a causa de la luz que provenía de la ventana—. Joder, las siete… —dejé el aparato de nuevo en mi buró. Escuché que se tumbó y cayó a alguna parte, porque hizo un ruido seco como si hubiera golpeado contra un plástico, pero no le di importancia.
Me giré sobre mi lugar llevando una mano a mi rostro. La deslicé hacia mi cabello y dejé que todo ese brazo descansara por encima de la almohada. Me mantuve unos minutos en aquella posición mientras miraba el techo y repasé en mi cabeza todo lo que debía hacer ese día ni bien llegase al trabajo. Sería una jornada muy ocupada y no podía desperdiciar ni un solo minuto, de lo contrario, los pendientes se acumularían en mi escritorio como ropa sucia.
Cuando finalmente decidí levantarme, oí unos golpes en mi ventana. Arrugué la frente. Me puse de pie y caminé hacia allí; corrí las cortinas y mi expresión cambió a una de leve molestia al verlo sonriendo al otro lado del vidrio.
Abrí.
—¿Acaso los bomberos saben ingresar a las casas solo por las escaleras de emergencia? —bromeé fingiendo enfado y él rio para enseguida rodear mi cintura con sus brazos y dejar nuestros rostros a escasos centímetros. Aún sin ingresar a mi recámara.
—Buenos días, amor de mi vida —espetó en tono romántico antes de besarme.
—Buenos días, amor… —respondí tras pasar mis brazos por su cuello mientras él deslizaba sus labios por mi mejilla hasta llegar a mi oreja—. ¿Por qué no golpeas la puerta del apartamento como lo haría cualquier novio normal?
—Porque eso evitaría que te molestaras y yo adoro ver esa carita que pones cuando te enojas conmigo —susurró contra mi oído. Abrí los ojos como platos cuando le dio un leve mordisco y me separé al instante.
—Awa, idiota —arrugué la frente viéndolo a la cara otra vez—. En serio. Hace dos años estamos juntos y tú sigues viniendo a buscarme por las escaleras de emergencia. Mi madre ya no sabe si salgo con un bombero o un ex-convicto.
Me cogió por los lados del rostro y dejó un dulce beso en mi nariz.
—No seas mentiroso. Tu madre me ama —enarqué una ceja—. Además, le ahorro una caminata hacia la entrada de vuestro apartamento. Ni la molesto.
—Aish. Eres imposible —me alejé para ir hacia mi guardarropa—. Pasa y date una ducha, si quieres. Estás todo sucio, como de costumbre.
—Porque, como de costumbre… —tarareó en broma mientras yo escuchaba el ruido que hacía su grueso traje estructural tras pasar la ventana para ingresar a mi alcoba—. …vengo de trabajar.
—Sí, sí. Y siempre vienes a esta hora, a hacerme perder tiempo, cuando sabes que debo ir a trabajar.
—¿Perder tiempo? Para mí, verte, jamás es una pérdida de tiempo, mi amor… Deberías relajarte y disfrutar más del presente.
—No voy a disfrutar ser un desempleado por llegar tarde.
—Oh, vamos. No seas exagerado —me tomó por una de mis muñecas para que virara hacia él—. Solo te robo unos minutos.
—A esta hora, sabes que los tengo contados para prepararme y salir.
—Yo también, por eso, cada minuto que tengo libre, lo disfruto contigo. Así que, aquí estoy —dejó un beso en mi nariz y atinó a abrazarme, pero me volteé para seguir eligiendo lo que vestiría ese día—. ¿Cómo amaneció hoy mi terroncito de azúcar? —interrogó al apegarse sorpresivamente a mi cuerpo después de tomarme por detrás. Abrí los ojos sobremanera al percatarme de que iba a manchar mi pijama blanco con la ceniza y tierra de su ropa.
—¡Tom, mi pijama! —exclamé sin elevar mucho la voz, solo a modo de queja, y él, en lugar de soltarme, con rapidez, volvió a girarme. Lo empujé y me miró de pies a cabeza, asombrado. Examiné mi pijama y… diablos, me lo había manchado todo—. Tom… mi ropa.
—Bueno. No dejas de ser un terroncito de azúcar —expuso con ternura y entrecerré los ojos—, aunque, quizás ahora, de azúcar morena.
—¡Tom Kaulitz! —grité con falsa indignación e inmediatamente salté hacia él. Lo rodeé con mis piernas y brazos, entre risas, entonces se sentó en el borde de mi cama, aferrándose a mi cuerpo para besarme febrilmente.
—Ahora no dices nada… ¿verdad? —cuestionó entre besos y mordió mi barbilla. Yo apreté los párpados para enseguida morderme el labio inferior mientras recibía sus frías caricias por debajo de mi ropa, ya sin los guantes puestos.
—Ohh… —jadeé al sentir que sus manos bajaron hasta adentrarse en el pantalón de mi pijama para apretarme las nalgas. Le quité el casco, lo dejé caer al suelo, y me aferré a sus trenzas tras cogerlo por la nuca en señal de que no abandonara lo que hacía—. Tom…
—¿Estás despierto, hijo? —oí la voz de mi madre y ambos nos detuvimos para mirar hacia la puerta del cuarto.
—¡Sí, mamá, pero no entres! —alcé la voz para que me oyera con claridad.
—Está bien, cariño. Solo me aseguraba de que te hubieras despertado, porque ya son las siete treinta.
Abrí los ojos como platos. La hora se me había ido volando.
—En unos minutos estaré listo y me iré. Gracias, má.
—De nada, cielo. Hoy saldré una hora más temprano, así que regresaré antes que tú —respondió y, cuando creí que ya se había ido, volvió a hablar—: Que tengáis un bello día, tesoros. Tom, no distraigas mucho a mi hijo o llegará tarde a su trabajo y sabes que se pone de malas.
Miré a mi pareja al instante y apreté los párpados, avergonzado.
—No se preocupe, señora Schley… —dijo Tom, aguantando la risa, sin dejar de verme—. Usted también tenga un bonito día.
Golpeé su hombro al tiempo en que me bajaba de su regazo y lo miré molesto.
—¡Tom!
—¿Qué?
—Hiciste que te descubriera.
—Ella ya sabía que estaba aquí y me saludó. Habría sido una falta de respeto no devolverle el saludo a mi suegra.
—No debías… —estaba por regañarlo, cuando la sirena del escuadrón de bomberos, sonó. Mi expresión se suavizó de inmediato y Tom levantó su casco del piso, para colocárselo con rapidez.
—Debo irme, mi amor. Me encantó verte al menos un ratito. Si no hay complicaciones, te veré en la noche. Éxitos en el trabajo —dejó un pico en mis labios y se marchó por donde había entrado esa mañana.
Mi cara se contrajo en una leve expresión de tristeza al verlo partir, ya que odiaba su empleo. Tom era muy solidario y dedicado a su trabajo, y vivía arriesgando su vida para salvar a otros. Oír esa sirena me provocaba escalofríos, porque sabía perfectamente que, así como lo veía salir de por mi ventana, también sabía que siempre podría ser la última vez; y eso me aterraba.
—Cuídate mucho, amor mío —susurré al aire.
Liberé un prolongado suspiro y me volteé para ver la hora, pero ni el reloj ni mi móvil estaban sobre el buró. Fruncí ambas cejas, extrañado. Me acerqué allí y busqué bajo la cama y alrededores. Nada. Hasta que recordé el extraño ruido que escuché al apagar la alarma más temprano.
—Debió haberse caído… —miré detrás de mi mesita de luz y ahí estaban ambos: móvil y reloj. Mi teléfono aún conectado al cable del cargador, pero este último colgaba de una de sus patas quebradas en el enchufe—. Maldición, tendré que comprar otro, de regreso, en la tarde.
Lo saqué e hizo un pequeño chispazo. Inmediatamente, lo arrojé al tacho de basura que tenía al lado del mueble y estiré un poco más mi mano para coger el reloj, ya que la mitad de él se había atascado bajo una de las esquinas internas del buró. Corrí el pequeño mueble para agilizar mi tarea, entonces detecté un fuerte olor a pescado podrido. Por un instante, me extrañé, sin embargo, al instante, recordé que Tom nos había informado que una de las formas de prevenir un incendio en un departamento, es siempre estar atento, no solo a los interruptores y enchufes, sino que, además, a los olores fuertes, como, por ejemplo, el olor que yo percibía en ese momento: pescado podrido. Porque, de no tener un alimento en la casa que generara tal hedor, podía ser indicio de un futuro incendio, debido a que ese era el olor característico de los gases que liberan el plástico junto con el PVC cuando se sobrecalientan y comienzan a derretirse. Tom nos había dicho que, en caso de que esto ocurriera, cortáramos la electricidad de inmediato y llamáramos a un electricista.
Cogí mi móvil y caminé hacia la caja de interruptores que le daban energía a toda la casa. La desactivé quedando todo el departamento a oscuras. Iba a llamar a un técnico, cuando me di cuenta de la hora que era tras ver la pantalla de mi teléfono.
—¡Rayos! ¡Ya debería estar en mi trabajo!
&
Bajé del metro y caminé con tranquilidad, con los auriculares en mis oídos, las cinco cuadras que me faltaban para llegar a mi apartamento. A pocos pasos de la esquina de la primera cuadra, en donde debía girar y así hacer las últimas cuatro que me llevarían a mi hogar, olí humo. Acto seguido, miré hacia el cielo y divisé una enorme nube de humo negro.
—Santo cielo… —exclamé asombrado y extrañado a la vez. Continué caminando, pero cuando giré en la esquina, a lo lejos, vi una multitud de gente, camiones de bombero y ambulancias montando una escena de película trágica—. Hacia allí se encuentra mi casa…
Dije casi sin aliento y me quité los auriculares. Por inercia, los dejé caer al suelo y comencé a correr. Me abrí paso entre las eufóricas personas que no dejaban de gritar horrorizadas hasta que estuve a una cuadra y media de mi hogar. No obstante, la policía había colocado vallas de seguridad para evitar el paso de la gente. Con rapidez, me aproximé a un policía de contextura maciza, pero de estatura baja, con cabello corto y rubio, cubierto, en parte, por su gorra.
—Oficial, oficial… —lo llamé tironeando de su ropa para que me prestase atención—. ¿En qué edificio es el incendio?
—En el edificio Toll Wieger —palidecí. Era donde yo vivía con mi madre—. Parece que un corto circuito en uno de los departamentos del quinto piso provocó el incendio hace poco más de media hora. Los bomberos no logran apagar las llamas.
Inmediatamente recordé el enchufe descompuesto que descubrí en la mañana y también recordé que olvidé llamar al electricista, porque llegaría tarde a mi trabajo…
—De nada, cielo. Hoy saldré una hora más temprano, así que regresaré antes que tú.
Parte de las palabras que había cruzado con mi madre aquella mañana, azotaron mi memoria.
«También olvidé avisarle que había desconectado la electricidad y el por qué».
—Dios mío…, esto es… ¡Es mi culpa! ¡MAMÁ! —grité luego de saltar la valla, ignorando las órdenes del policía robusto que —estaba seguro—, corría tras de mí—. ¡MI MADRE ESTÁ AHÍ DENTRO! ¡MAMÁ, AGUANTA!
—¡Joven, regrese aquí, es muy peligroso!
—¡MAMÁ! —volví a gritar sin dejar de correr. Empujé a un policía que trató de detenerme y esquivé a Andreas, uno de los bomberos compañeros de Tom, que trató de hacer lo mismo.
La imagen fue horrible. Todo el edificio estaba envuelto en llamas y un espeso humo negro predominaba en las ventanas de los pisos más altos. El calor que liberaban los muros al solo aproximarme, parecía ser capaz de derretir la ropa que llevaba puesta. Sin importarme nada más que salvar la vida de mi madre, entré al edificio y corrí escaleras arriba. Aún había bomberos dentro que no se percataron de mi presencia, a causa de estar muy ocupados en rescatar a las personas que continuaban atrapadas en sus apartamentos. El humo no me permitía ver con claridad, así que me guie por la cantidad de escaleras que subía. Parpadeé repetidas veces, ya que mis ojos ardían a causa del espeso humo, y comencé a toser sintiendo que no podía respirar. Pero no me detuve. Llegué al quinto piso, jadeando, aunque sin poder inhalar bien en realidad, y me puse contra la pared del largo pasillo para sostener mi cuerpo.
—¡Mamá! —grité como pude y volví a toser mientras cubría mi boca y nariz con parte de mi playera, en el intento por no inhalar más monóxido de carbono, de lo contrario, me desmayaría sin vuelta atrás. Dos mujeres con máscaras de oxígeno corrieron escaleras abajo tras ser dirigidas por un bombero que apenas pude ver, entonces caminé aprisa hacia mi apartamento. La puerta estaba abierta. Me asomé con rapidez y divisé a mi madre, en un rincón de la cocina, peleando por escapar de las llamas que habían tomado toda la habitación y parte del techo—. ¡Mamá, ahí voy! —exclamé con desesperación y, cuando alzó la vista en dirección hacia mí, un grito me obligó a voltear.
—¡Bill!
La explosión tras de mí me lanzó fuera del departamento y perdí la consciencia.
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—Vamos, cariño, ya es hora de despertar —dijo mi madre y acarició mi rostro con suavidad.
—Solo unos minutos más, mamá —respondí y me coloqué boca arriba aún con los párpados cerrados—. No quiero despertar. Se siente muy bien aquí.
—Lo sé, pero no puedes seguir durmiendo —colocó su mano sobre mi pecho y la sentí muy fría—. Contaré hasta tres y te levantarás.
—Tu mano está helada…
—Uno… dos… —contó e intenté abrir los ojos, pero me pesaban demasiado—. Tres.
—¿Mamá?
—Ya es hora.
Fue lo último que dijo y mi corazón volvió a latir.
—¡Uno, dos, tres! ¡Bill! —oí a lo lejos mientras percibía una brusca presión en mi pecho. Seguidamente, el oxígeno atravesó mis pulmones con facilidad—. ¡Despierta! —exclamó y abrí los ojos al tiempo en que también abría mi boca para tomar una gran bocanada de aire, y me senté en mi lugar—. ¡Mi amor! ¡Mi amor, estás bien! —agregó con mi rostro entre sus manos, frente al suyo, ambos en el suelo. Me besó en los labios con rapidez y luego esparció besos por toda mi cara para enseguida abrazarme con fuerza. Yo, aún regresando a la tierra de los vivos con cierto letargo, empecé a organizar mis sentidos, entonces, reaccioné. Lo empujé para ponerme de pie con torpeza. Consecutivamente, como pude, corrí en dirección al edificio en llamas del que mi pareja acababa de rescatarme.
—¡Mi madre, Tom! ¿¡Dónde está mi madre!? —pregunté con desesperación cuando sus manos me detuvieron.
—¡No puedes volver ahí! ¡El incendio sigue creciendo!
—¡Pero mi madre continúa dentro! —contesté tras zamarrearme con violencia para que me soltara, sin resultado—. ¡SUÉLTAME!
—¡Mis compañeros están evacuando el edificio!
—¿¡Y por qué no está mi madre aquí con nosotros!?
—Bill, se mueven tan rápido como pueden… —intentó explicar, pero yo no quise escuchar más.
—¡Eres bombero, ve a salvarla! —le ordené enfurecido y él me miró un momento antes de asentir.
—La traeré de vuelta —dijo y lo vi correr hacia las llamas.
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—Queridos familiares, amigos y hermanos todos. Hoy nos reunimos con el corazón afligido por la pérdida de Simone Charlotte Schley, pero también con la luz de la fe que nos ilumina. Como nos recuerda la palabra de Dios, «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá» —expuso el sacerdote, de pie, frente al ataúd cerrado que contenía el cuerpo sin vida de mi madre—. La muerte no es el final del camino, sino la puerta hacia la vida eterna en la presencia del Creador. Hoy entregamos a Charlotte, como prefería ser llamada, en las manos misericordiosas de Dios, agradeciendo el tiempo que compartió con nosotros, el amor que entregó y las huellas imborrables que ha dejado en el corazón de su familia y amigos —continuó y yo creí que me desmayaría de tanto dolor que sentía en mi pecho, al punto de costarme respirar. Me aferré a mi tía, como si así pudiera darle parte de aquella horrible angustia, y enterré mi cara en su hombro. Ella solo me correspondió el abrazo y acarició mi espalda con una de sus manos, sin decir una palabra. Tan solo se limitó a emitir un suave sonido con su boca, en el intento por calmarme.
Yo no tenía tías ni abuela maternas, por lo que, toda la familia que estaba allí, eran por parte de mi padre, con quien yo debería mudarme durante un tiempo hasta que pudiera reestablecerme. No duraría mucho conviviendo en la misma casa con un hombre al que, con suerte, había visto tres veces en mis veinte años de vida; por ende, trabajaría muy duro y buscaría la manera de ahorrar más dinero para mudarme cuanto antes. Los únicos que habían estado con nosotros desde que tenía memoria, eran sus hermanos, es decir, mis tíos: Susanne y Georg Listing. Mi padre era un completo desconocido para mí.
—En estos momentos de dolor, aferrémonos a la esperanza de que nos volveremos a encontrar. Que el Señor bendiga y consuele a su familia, y que el alma de Charlotte descanse en la paz y la luz eterna. Amén.
—Amén —corearon los presentes y me volteé nuevamente para ver el ataúd. Todos se pusieron de pie, ya que, antes de que descendieran el féretro, cada uno lo acariciaría a modo de despedida.
Con lentitud, me levanté de mi silla, sabiendo que todos aguardaban con paciencia a que lo hiciera y fuera el primero en despedirme. Temblando y con las lágrimas que no paraban de caer colina abajo por mis majillas hasta perderse en mi mentón, me aproximé a paso lento. Saber que aquella se trataba de la última vez que la tendría tan cerca, me destruía el alma.
Alcé mi mano hasta dar con la fría y barnizada madera. No pude evitar bajar mi cabeza, totalmente quebrado ante el recuerdo de todo lo que había ocurrido. Me cubrí el rostro con mi otra mano y me fui. Necesitaba alejarme de allí. En ese ataúd solo había restos calcinados, pero mi madre ya no estaba.
Oí que me llamaba a lo lejos y, aun así, no respondí; solo continué caminando para apartarme y perderme entre los árboles que se apreciaban en todo el cementerio vacío. Me detuve y me apoyé en uno de ellos con la intención de sostener mi pena.
—Bill… —escuché que volvió a llamarme, ahora más próximo a mí.
—No me hables.
—Amor… juro que lo intenté. Fui en busca de Charlotte, pero… —lo interrumpí al voltear de imprevisto.
—Pero no hiciste lo suficiente.
—Lo siento —dijo en voz baja al tiempo en que estiraba sus manos hacia mí, con claras intenciones de tocarme, pero retrocedí para evitarlo.
—Tus disculpas no le devolverán la vida a mi madre ni… —una nueva lágrima se desprendió de mi ojo izquierdo y el nudo que se formó en mi garganta, entorpeció mi habla. Lo miré de arriba abajo, con odio—. Ni en este momento dejas de vestir ese jodido traje de bombero —escupí y me marché.
&
Tenía la frente apoyada en el Monte de Venus de ambas manos, luchando por no traer a mi memoria el recuerdo de aquel día en el que mi vida cambió para siempre, sin conseguirlo. Arrastré mis dedos de adelante hacia atrás, por mi cabello, al tiempo en que escondía la cabeza en el espacio que generaban mis brazos al estar sobre el escritorio. Descansé ambas manos en mi nuca y me esforcé por respirar con profundidad.
Una caricia en mi espalda me sobresaltó. En el acto, me puse en pie y escuché que la silla cayó luego de rechinar sus patas en la madera del piso a causa de mi brusco movimiento y, al girarme, lo vi. Su rostro estaba sucio de hollín y vestía el mismo traje al que parecía haberle jurado lealtad hasta la muerte.
—¿Cómo entraste? —arrugué el entrecejo. Por inercia, enfoqué mi atención en la ventana abierta del cuarto—. ¿También aquí entras por la ventana, en serio?
—Así fue siempre cuando vivías en tu departamento —se me anudó el estómago y me sentí furioso.
—¿Por qué vuelves?
—Porque estás enfadado conmigo.
—Eso debería mantenerte alejado de mí.
—No puedo —hizo un paso hacia adelante, aproximándoseme con lentitud—. Te amo demasiado como para permitir que le pongas fin a lo nuestro con tanto enojo de por medio.
Pasé por su lado, hacia la ventana abierta, y me crucé de brazos viéndolo desde mi posición.
—Dejaste morir a mi madre —solté con la voz quebrada y debí apretar los labios cuando sentí que mi mentón temblaba.
—No la dejé morir, mi amor. Fui a rescatarla, como me pediste, pero cuando llegué, ya era tarde. Ella… —explicó y me tapé los oídos sin querer escuchar más.
—¡No! ¡No! ¡NO!
Percibí sus frías manos sin guantes apoyarse sobre las mías para quitarlas de la posición en las que las tenía. Me zamarreé con el propósito de deshacer el contacto, pero él cambió el agarre rápidamente para sostenerme por ambos lados del rostro y hacer que lo mirara a la cara.
—Lo siento, mi amor. Necesito que me perdones, por favor —suplicó y, con sus pulgares, atajó unas de las tantas lágrimas que caían río abajo por mis mejillas. Me mordí el labio para frenar un gemido del llanto que me costaba domesticar—. Tu madre te vio cuando le gritaste y oyó la explosión que te dejó inconsciente en la puerta de vuestro departamento. Cuando fui a buscarte, ella me llamó desde atrás de las llamas y me pidió que te pusiera a salvo y te protegiera por siempre.
Estallé en llanto. Mi cuerpo perdió fuerzas y caí de culo al suelo. Él acompañó mi descenso y, con sus brazos —gruesos por la ropa de bombero—, rodeó parte de mi figura.
—Dijiste que la traerías de vuelta… y no lo hiciste.
&
Había pasado un año desde que se produjo el incendio y al fin había logrado mudarme de la casa de mi padre.
Estaba en el cuarto de mi nuevo apartamento, colgando un cuadro de una fotografía de Tom y yo que mi madre había mandado a ampliar y enmarcar como regalo de nuestro primer año de noviazgo. La foto era de Tom sentado al volante del camión de bomberos, y yo, en su regazo, entre sus brazos; ambos con la cara sucia, debido a que ese día había ido a buscarlo al cuartel y él, como siempre hacía cada vez que volvía a salvo de un extenso servicio, me recibía con los brazos abiertos y me besaba para luego pasar sus manos sucias por todo mi limpio rostro, ya que sabía que esa era una forma fácil de hacerme enfadar; y a Tom le fascinaba verme enojado.
Esa vez había ido acompañado de mi madre, porque ella también quiso ver que haya vuelto a salvo. La alarma general había sonado muy tarde la noche anterior y él se vio obligado a interrumpir la cena que compartíamos los tres en nuestro hogar, para acudir a dicho llamado. Como el servicio había sido para combatir fuegos forestales que les llevó más de dieciséis horas, todo él estaba cubierto de tizne y tierra, por lo que le fue fácil dejarme la cara manchada con gran parte de ellos.
Más tarde, mi madre nos confesó que, al vernos peleando tan melosos, no pudo evitar tomarnos una foto. Recuerdo que nos llamó y, tras voltear nuestros rostros en dirección a ella, la vimos con su cámara en mano, capturando el momento. Nuestras expresiones fueron las que se llevaron todo el protagonismo, a causa de que, literalmente, habían sido de lo más naturales y espontáneas. Algo que la convirtió en la foto preferida de ambos.
Sonreí viendo el cuadro del recuerdo ya colgado en la pared.
—¿Te gusta el nuevo departamento, mi amor?
—Tom… —apreté los párpados un segundo, ya que no esperaba oírlo—, no puedes entrar siempre por la ventana —lo miré con molestia. Él se acercó a mí hasta cogerme por detrás y rodear mi abdomen.
—Siempre entré por la ventana para verte. No puedo cambiar eso ahora —dejó un dulce beso en mi cuello.
—Ahora que vivimos juntos, me gustaría que usaras la puerta; y otra ropa. Todos los días llevas puesto lo mismo.
—Es mi traje estructural, amor. El único que tengo.
Me era inevitable verlo con esa ropa y recordar el maldito incendio.
Repentinamente, mis ojos se llenaron de lágrimas, entonces, me volteé para que quedáramos cara a cara.
—Tienes el rostro sucio… como siempre —mi mentón temblequeó mientras acariciaba sus mejillas. Él sonrió y colocó un mechón de cabello tras mi oreja.
—Siempre me amaste así, ¿no es cierto?
—Siempre te amé, te amo y te seguiré amando de todas las formas, Tom.
Una lágrima abandonó mi ojo derecho. Me acercó a su rostro y me besó paulatinamente. Yo le correspondí sintiendo que todo a mi alrededor pasaba a un segundo plano. Le quité el casco y comencé a desabrochar su camisa al tiempo en que caminaba para hacerlo retroceder hasta llegar a la cama. Lo empujé con suavidad consiguiendo que cayera de espaldas sobre el colchón y me miró desde allí. Recargó el peso de su tren superior en sus codos. Me quité la playera y aflojé mi cinturón. Me coloqué a horcajadas de su cadera, entonces él se sentó en su sitio y me agarró de ambos lados de la cintura para acariciarme mientras besaba todo lo que podía de mi pecho. Yo lo cogí por la nuca, pasando una mano y la otra, una y otra vez, al sentir sus labios y lengua hacer un delicioso trabajo sobre mis pezones. Dejaba leves mordiscos en mi piel y, por momentos, también mordía mis tetillas y las estiraba levemente consiguiendo que miles de sensaciones volvieran a recorrerme todo el cuerpo.
—Tom… —jadeé cuando me cogió con cierta rudeza por el cabello, aunque sin permitir que nuestra burbuja romántica se rompiera, para besar y morder ardientemente mi cuello. Nos hizo rodar sobre el colchón para ahora él colocar una pierna a cada lado de mi cadera, entonces fui yo quien se incorporó para quedar frente a frente de nuevo, y lo ayudé a quitarse la camisa y camiseta de asillas que eran parte de su traje estructural. Su torso quedó completamente desnudo y pasé mis escasas uñas por sus pectorales naturalmente marcados a causa del trabajo que hacía en cada intervención a la que asistía. Alcé la mirada con los labios entreabiertos y él, como si hubiera leído mis deseos, tomó mis manos para entrelazar nuestros dedos al tumbarme en la cama otra vez, presionándolos por encima de mi cabeza, y aunó nuestros labios simultáneamente. Nuestras lenguas lucharon en la boca del otro como si fuera la última vez que se sentirían, salivando al mismo tiempo para mezclar ambos fluidos como primera fusión de nuestros cuerpos.
Descendió por mi mentón mientras soltaba mis manos y las posicionaba en el borde de mi jean y ropa interior. Fue bajándolos, acompañando el movimiento con su propio cuerpo, hasta que llegó al final de mis piernas. Yo me incorporé levemente para verlo, porque sabía que estaría con la mirada puesta en mí, aguardando por ello. Sonreí al descubrir que nuestra conexión seguía intacta. Me quitó el calzado, uno a uno, sin deshacer el contacto visual, dejando dulces besos desde mi tobillo hasta el dedo gordo de cada pie. Cuando me tuvo totalmente desnudo, procedió a levantarse del suelo, ya que estaba de cuclillas junto a la cama para facilitar la tarea de desnudarme, y se despojó del resto de su ropa. Me mordí el labio inferior tras ver al descubierto su gran erección. Sonrió de lado y yo me senté para atraerlo hacia la cama nuevamente y colocarlo boca arriba. Con la punta de mi lengua, creé un húmedo camino imaginario desde su pecho a su pelvis, en donde me detuve para dar lascivos besos, rodeando su pene, sin siquiera rozarlo.
—Mmm, Bill… —soltó a modo de gruñido mezclado con queja. Sabía que era por estar dilatando el momento en el que comenzaría a hacerle la deliciosa felación; de esas que él tanto disfrutaba y que a mí me elevaban hasta lo más alto.
Paseé por el tronco de su falo, primero una mejilla y luego la otra; proseguí a agarrarla para así arrastrarla por mi nariz y labios cerrados hasta llegar a mi mentón. Tras comenzar el recorrido inverso, me enderecé un poco sobre él, y, finalmente, lo introduje en mi boca, permitiendo que se deslizara por mi faringe caliente y tocara lo más profundo de ella. Gimió. Lo saqué e, inmediatamente, repetí la acción; ahora más rápido, mientras succionaba entre uno y otro movimiento.
Sus manos se ubicaron a los lados de mi cabeza para guiar mi acción por unos momentos. Luego, disminuyó la velocidad y me hizo verlo a los ojos aún con su polla en mi boca. Sonreí. Con sus pulgares, delineó mis labios abiertos, ya que no lo sacaba de mi cavidad.
—Dios… te amo tanto, Bill —dijo sin apartar la mirada de la mía y se mordió el labio inferior. Yo me aparté de él para gatear hasta llegar a su boca, viendo que no se perdía ninguna de mis acciones. Arrastré la lengua por el borde de su labio inferior y lo besé ardientemente.
Me apretó la cintura con una de sus manos, consiguiendo que nuestros duros miembros chocaran. Cuando un gemido se atascó dentro del beso, me cogió con firmeza por la cadera y volteó nuestros cuerpos para él quedar nuevamente encima de mí. Alejó nuestros rostros escasos centímetros. Tomé su mano derecha y metí sus dedos índice y mayor en mi boca con el fin de empaparlos en saliva. Los chupé, succionando de vez en vez ante su atenta mirada, hasta que cerré los párpados para sentir en mi lengua la textura de su piel. Los movió un poco como si quisiera tantear qué tan acolchonado era mi músculo gustativo. Cuando finalmente los quitó con lentitud, chorreando saliva a causa de que mis papilas gustativas no paraban de salivar de solo imaginar lo que vendría después, los llevó hacia la escisión entre mis nalgas y los introdujo al llegar a mi ano. Ambos gemimos al unísono, entendiendo que aquella primera sutil unión carnal nos invitaba a habitar una dimensión en donde solo nosotros dos éramos los protagonistas. Los hundió tan profundo como fue capaz, empujó hacia arriba como si quisiera tocar mis testículos desde dentro; clara señal de que en realidad buscaba tocar mi punto más blando y sensible, al cual él siempre lo llamó mi interior de algodón. Su otra mano se aferró al cabello de mi nuca para endurecer el agarre. Coloqué ambas palmas en su torso, una de ellas la arrastré hacia uno de sus hombros, mientras que a la otra la paseé por su mejilla y boca, metiendo parte de mis finos dedos dentro de ella para que los saboreara tanto como yo saboreaba sus gruesos dedos con mi parte más íntima. Me vi obligado a detener mis movimientos de manera brusca. Abrí los ojos y la boca en sincronía cuando su toque al fin empujó mi próstata. Inflé mi pecho como acto reflejo y me mordí el labio inferior con saña deformando mi cara en una mueca de absoluto placer con los ojos nuevamente cerrados.
—¿He tocado tu interior de algodón, mi amor? —indagó en un suave susurro justo en mi oído al acercarse. Asentí violentamente con un gemido de por medio al liberar un poco de líquido blanquecino como consecuencia del placer previo a llegar al orgasmo. De verdad era mi punto más sensible—. Me habría encantado poder tocarlo con mi lengua —agregó y sentí un fuerte espasmo recorrer todo mi sistema de solo imaginarme la inimaginable delicia que habría sido tal acción.
Escupí parte de la espesa saliva que se había agolpado en mi cavidad bucal en una de mis manos y, como pude, la escabullí hasta llegar a su pene para comenzar a masturbarlo. Lo oí jadear y la penetración de sus dedos en mi cuerpo tomó un ritmo más ligero, el mismo ritmo que yo acompañé con mi mano en su masculinidad. El ambiente se volvió rápidamente muy denso, como si el colchón hubiese subido mil grados y nos estuviéramos quemando, entonces, pasados largos momentos ejerciendo aquello de uno en el otro, sacó sus dedos de mi interior y apartó mi mano de su viscoso miembro. Lo ubicó en mi entrada y se empujó por mi ano hasta atravesar mi recto y así llegar más profundo en mi intestino, dejando que todo el peso de su cuerpo descansara sobre el mío. Un ronco gruñido abandonó su garganta y yo apreté mis muslos contra los lados de su cadera para afirmar el contacto, ahogando un gozoso quejido. Acuné su rostro entre mis manos y lo hice conectar nuestras miradas. Él apoyó sus antebrazos en la cama, a ambos lados de mi cabeza y acarició mi cabello con suavidad. Con sutileza, pasé mi pulgar derecho por su mejilla, arrastrando parte de una rebelde mancha de tizne que tenía en ella a causa de su trabajo y mis ojos se aguaron. Sus cejas se curvaron expresando cierta tristeza y emoción, de seguro al notarlo.
—Disfruta el momento, amor de mi vida —espetó con voz calma. Yo me obligué a sonreír con suavidad, aunque no entendía por qué no podía dejar de sentirme tan angustiado. Una lágrima se perdió entre mi cabello, al caer cuesta abajo por mi sien derecha, y asentí viéndolo a los ojos.
—Muévete, mi amor —pedí en un susurro. Luego de besarme con ternura, apoyó su frente en la mía y comenzó a moverse.
De pronto, toda mi tristeza se esfumó. Volvía a sentirlo en mí después de tanto tiempo, no importaba nada más.
Nuestros cuerpos se movían en una sincronización espléndida. La piel de su torso y abdomen se frotaba contra la mía, incrementando la temperatura de ambos, entonces lo atrapé con mis piernas para presionarlo todavía más contra mí; como si aquello consiguiera fusionarnos para siempre. Sin dejar de envestirme, se alejó un poco de mi rostro para verme y jadeamos en la boca del otro al ritmo de cada profunda estocada que nos permitía estar más unidos.
—Ohh, Tom… —arrastré un gemido, al tiempo en que echaba mi cabeza hacia atrás y la clavaba en el colchón, rompiendo el contacto visual a causa de lo excitado que me sentía. Su boca mordió levemente mi barbilla, para enseguida descender y humedecer mi tráquea cubierta por la piel.
Buscó una de mis manos, que, en ese instante, le apretaba las nalgas en señal de que no se detuviera, y la estiró en la cama, a un lado de mi cabeza, para entrelazar nuestros dedos.
El tiempo pasaba y la penetración se volvía más intensa haciendo que gemidos más sonoros brotaran de nuestras bocas. Sus estocadas en mi cuerpo pasaron a ser pausadas, pero mucho más rudas y profundas, consiguiendo que, entre una y otra, el placer enceguecedor me provocase poner los ojos en blanco.
Noté que arrastró la parte interna de su labio inferior desde mi mentón a mi oreja, entonces, habló:
—Te amaré por toda la eternidad, Bill.
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Un calor dando justo en mi rostro, me extrajo del mundo de ensueños. Parpadeé repetidas veces antes de —apenas— poder entreabrir los ojos, y me di cuenta de que el sol matutino que se colaba por la ventana, había sido mi alarma aquel domingo. Cuando mis pensamientos se reacomodaron en la realidad otra vez, miré a mi lado y noté que estaba solo en mi habitación. Tom se había ido.
Como aquello no me resultaba extraño, ya que era su forma de vivir desde que se había incorporado al cuerpo de bomberos, pateé las sábanas a los pies de la cama y me estiré lo más que pude para despabilar mi cuerpo. Había sido una noche maravillosa.
Me levanté, desnudo, y fui hacia el placard a escoger la ropa que me pondría luego de darme una merecida ducha. Ese día, iría al cementerio.
Cogí una camisa negra de Tom y un jean ajustado del mismo color, y dejé todo extendido en la cama, listo para vestirme ni bien saliera del cuarto de baño.
Me duché y vestí con tranquilidad. Me hice una taza de café y, luego de saborearlo con una sonrisa en mis labios mientras recordaba cada detalle de lo vivido con Tom la noche anterior, la lavé, sequé y guardé. Me puse una chaqueta negra y salí para tomar un taxi.
Antes de entrar al cementerio, como siempre hacía, compré una rosa blanca y una roja. Entré y caminé a paso relajado todo el trayecto hasta llegar adonde yacían los restos de todo lo que había perdido.
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A lo lejos, divisé la inconfundible figura de Tom, portando su traje estructural del cuerpo de bomberos, de pie, frente a la tumba de mi madre. Al llegar, acaricié su espalda baja y me dirigí a la lápida para depositar la rosa blanca junto a un beso que dejé en mi mano, que sirvió como conductor hacia el frío mármol. Al pararme, me coloqué junto a mi novio y este pasó su brazo por encima de mis hombros.
—No esperaba verte aquí —dije en voz baja al descansar mi cabeza en su hombro.
—Vengo con frecuencia para disculparme por no haber podido salvarla.
—No fue tu culpa, Tom —susurré tras alzar la cabeza para ver su perfil. Él volteó un instante para que nuestras miradas se encontraran.
—Todo este tiempo me has culpado.
—Lo sé… y he sido muy cruel. Ayer me di cuenta de que también fui muy injusto contigo, y lo siento muchísimo —expuse con un dejo de profunda tristeza en el tono de mi voz, entonces cambié la posición de mi cuerpo para poder abrazarlo con fuerza.
Su pecho se infló notoriamente al inhalar oxígeno y lo exhaló con lentitud.
—Ya debo irme, mi amor.
—¿Te vas a trabajar? La alarma no ha sonado —me interrumpió.
—No, sabes que ya no trabajo desde que…
—Sí, desde que mi madre murió.
Un breve silencio se creó entre ambos antes de apartarme un poco de su cuerpo para verme a la cara. Me sonrió con ternura y acomodó parte de mi cabello tras mi oreja derecha. Me cogió por la barbilla para hablarme más de cerca.
—Desde que ambos morimos en el incendio, Bill —susurró. Mi expresión dio un vuelco.
—¡No!
—Debes aceptarlo, estoy muerto —dijo y traté de empujarlo.
—¡Tú no has muerto! —grité mientras me zamarreaba para apartar sus manos de mí, sin conseguirlo—. ¡Entraste por mi ventana! ¡Anoche hicimos el amor!
—Todo eso lo has imaginado… Sientes tanta culpa que, incluso, imaginaste nuestra charla durante el funeral de tu madre —mis ojos se abrieron acompañando mi tristeza y horror a la vez—. Por eso siempre llevo la misma ropa. Por eso siempre entro por la ventana de donde sea que estés. Por eso mi rostro siempre está manchado… —añadió y yo comencé a temblar deseando que se callara al recordarlo todo—, …porque, como me ves desde hace un año, es como me viste la última vez.
—¡MENTIRA!
—¡Bill, escúchame! —alzó la voz y me sostuvo con mayor firmeza por los lados de los brazos, tras darme un breve sacudón con el fin de devolverme a la realidad. Mi visión se tornó aguada—. Por eso siempre que vienes al cementerio, vistes una de mis camisas y traes una rosa blanca para Charlotte… y una roja para mí —hizo una pausa y mi respiración se irregularizó—. Admite que ha sido más fácil para ti enfadarte conmigo culpándome de tu error durante todo este tiempo para mantenerme vivo a tu lado a través del recuerdo, que aceptar que, en aquel incendio, no solo perdiste a tu madre, sino también me perdiste a mí —explicó en tono calmo. Yo apreté los ojos, cabizbajo, negando frenéticamente—. No fue tu culpa olvidar avisarle a tu madre que no activara la electricidad antes de llamar a un profesional que revisara lo que ocurría, amor. Como tampoco fue tu culpa el haberme enviado a intentar salvarla.
—Sí, sí, lo fue… Debí haberla llamado o, al menos, enviarle un mensaje para informarle acerca de lo que pasaba. Debí haberte escuchado cuando dijiste que tus compañeros se estaban ocupando de sacarla de allí… ¡Debí haber pasado más tiempo contigo! ¡Debí haber llamado al maldito electricista y mandar al diablo mi puto trabajo! ¡Debí haberte hecho caso! ¡Era todo lo que tenía que hacer y no lo hice, por vivir acelerado para cumplir y ser responsable con mis obligaciones! —me reproché apretando sus brazos al reacomodarme mientras rompía en llanto—. Debí… debí haber disfrutado los días contigo y con mi madre…
—No podías saber lo que iba a pasar, mi amor… —dijo mientras acariciaba mi cabello—. Muchas veces creemos tener el poder de prever las tragedias y caemos en una eterna vida de culpa que solo alimenta nuestro dolor —agregó y me abrazó con calidez—. A partir de ahora, puedes tomarte las cosas con más calma. Puedes disfrutar de lo que haces y vivir más en el presente, en vez de buscar estar un paso por encima de él.
—¿Para qué ahora? Ya no te tengo a ti ni a mi madre… ¿Por qué debería ser más consciente de cada segundo, justo ahora, después de que ocurrió una tragedia?
—Porque, lamentablemente, hay veces en las que solo así le damos al tiempo el valor que merece.
Mis hombros se convulsionaron a causa del llanto que me era imposible contener mientras lo veía y sentía en todo el cuerpo de que ese era el final.
—No sabía… Juro que no lo sabía… Es tan injusto…
—La vida nunca es justa, mi amor. Pero has podido darle un sentido a tu enojo hacia mí y perdonarte. Ya no me necesitas.
Alcé la cabeza para verlo. Su rostro ahora estaba quemado al igual que su ropa. Parte de su casco se veía derretido, entonces entendí que él… ya no podía quedarse.
—Es momento de que me sueltes —susurró y más lágrimas brotaron de mis ojos.
—No quiero que te vayas… No quiero que me dejes.
—Jamás voy a dejarte, Bill —pasó dulcemente el reverso de su mano por mi mejilla al separarnos y me sonrió emocionado—. Como le prometí a tu madre: Yo siempre te protegeré.
—Te amo, Tom —dije con la voz tomada por la angustia y el mentón temblequeando.
—Y yo te amaré por toda la eternidad, Bill.
Me acerqué a sus labios, cerré los párpados para besarlo con suavidad, deseando que él realmente estuviera ahí, pero ya había desaparecido. Dirigí mi atención hacia el lado derecho de la lápida de mi madre y ahí estaba: La tumba de Tom con el año en el que había nacido y el año en el que había muerto. Me agaché sobre ella para dejar la rosa roja frente a su lápida, como siempre, entonces, me acosté allí. Me hice un bolita al abrazar mis piernas con los brazos, y comencé a llorar.
Lo dije antes y lo repetiré mil veces: Tom había sido muy solidario y dedicado a su trabajo. Tanto, que vivió arriesgando su propia vida para salvar la de otros; y aquella tarde no fue la excepción. Trató de salvar a mi madre, pero cuando llegó al apartamento por segunda vez para ayudar a sus compañeros, ya era tarde. Una segunda explosión, a causa del fuego incontrolable, lo arrojó contra otra de las habitaciones, dejándolo inconsciente bajo los escombros y las llamas lo envolvieron. Sus compañeros trataron de salvarlo, pero el peligro fue tanto cuando el techo comenzó a derrumbarse, que no pudieron hacer más que salir de allí si querían vivir.
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Andreas, su mejor amigo y compañero del escuadrón, se acercó a la ambulancia donde uno de los paramédicos curaba mis heridas. Al verlo, me impulsé de inmediato hacia el piso para ir hacia él. Sin embargo, cuando lo vi con los ojos encharcados en lágrimas, sosteniendo el casco entre las manos, frente a su abdomen, supe que algo no andaba bien y aminoré el paso.
—Bill… —dijo con voz queda y su mentón tembló al tiempo en que negaba con la cabeza. Yo no supe cómo reaccionar, tan solo me quedé viéndolo en silencio, esperando el momento en el que me diría que todo era una maldita broma de mal gusto; pero eso jamás pasó—. Lo… siento mucho.
Mi respiración se pausó para escapar en breves y sonoras exhalaciones por mis labios entreabiertos, entonces, una lágrima se desbordó de mi ojo izquierdo. Percibí sus brazos rodearme y me apretó contra su pecho, fue allí que caí a Tierra firme. Mis movimientos se despertaron y alcé las manos hasta su espalda para agarrarme de su ropa, sintiendo que el dolor era insoportable. Rompí en un silencioso e interminable llanto, al punto de no poder respirar a causa de no ser capaz de inhalar más oxígeno. Cuando al fin lo hice, escondí mi rostro en su hombro y liberé un grito desgarrador que lastimó mi garganta.
Había perdido a mi madre y había perdido a Tom.
—Yo, ese día, lo había perdido todo. Fin —leyó en voz alta y me miró en silencio.
Al cabo de unos segundos, hice mis ojos de izquierda a derecha. Más silencio.
—¿Qué? —pregunté viéndolo expectante. Tom movió un poco su cabeza haciendo un gesto con la boca antes de hablar, como si de repente no entendiera nada.
—¿En serio esto fue lo que imaginaste que ocurriría si no me avisabas del olor que percibiste en la mañana?
—Sí —jugué con un mechón de mi cabello entre mis dedos.
—¿Y era necesario llamar a los bomberos para revisarlo?
—No confío en los electricistas —fue mi honesta respuesta, con el ceño fruncido, y parpadeó largamente una vez, como si se aguantase una carcajada.
—Lo sé, amor mío —apartó mi mano de mi cabello para tomarla entre ambas suyas y se colocó frente a mi rostro, de cuclillas en el suelo—, pero debes recordar que tú eres mi pareja, por ende, tienes el número de mi móvil personal, al que puedes llamarme, así vengo solo yo, y no todo el escuadrón, a revisar un enchufe.
—Es que tú acababas de irte por la sirena que sonó desde la central y supuse que estarías ocupado… por eso desconecté la electricidad de todo el departamento y cogí mi laptop para comenzar a escribir todo eso que atacó mi mente mientras esperaba a que el tiempo pasara un poco y así poder llamar —expliqué con calma al tiempo en que, con mi mano libre, limpiaba las manchas de hollín que aún tenía en su mejilla derecha—. Sabes que, si no escribo los pensamientos catastróficos que me invaden ante la ansiedad, no sé cómo manejarlos y me agarran ataques de pánico.
—Entiendo… —cogió esa otra mano mía y besó mis nudillos.
—Aunque, ahora que lo pienso más tranquilo… no pude evitar que ocurriera una tragedia en mi mente luego de descubrir ese pequeño desperfecto eléctrico…
—Bueno. Pero, como dijiste: solo pasó en tu mente. Fue muy preventiva tu acción, debo admitirlo. Algo extrema para un enchufe, pero no discuto que los resultados fueron los mejores —agregó arrodillándose entre mis piernas y rodeó mi cintura tras pasar sus brazos entre mi cuerpo y el espaldar de la silla. Me miró desde abajo—. También admito que amo cómo escribes.
Sonrió, contagiándome, entonces yo acuné su rostro en mis manos y me incliné levemente hasta poder besarlo en los labios. Sus manos, inquietas, empezaron a acariciar mi espalda baja y, poco a poco, se adentró en mi pantalón. Se apartó escasamente para volver a hablar.
—Si no recuerdo mal, en la mañana, tu madre dijo que hoy saldría un poco más temprano de su trabajo. Como, increíblemente, tú no fuiste al tuyo, yo me encargaré de recibir el regaño de Doña Charlotte cuando regrese y nos encuentre aquí, juntos —se puse de pie con una de mis manos en una de las suyas, incitándome a que lo imitara. Tiró con fuerza hacia él, lo que provocó que mi cuerpo impactara en el suyo. Jadeé y reí a la vez—. Lo que no recuerdo muy bien de tu escrito es… la escena cachonda en donde hacías el amor con el fantasma de mí —bromeó. Yo le di un leve golpecito en el hombro compartiendo su chiste.
—Bobo. Éramos nosotros —expliqué y, de manera fugaz, apreté mi labio con los dientes a modo de gesto cansino—. Y no lo hice con un fantasma, sino que imaginé la escena.
—Como sea —se relamió luego de sonreír con picardía—, tengo borrosos recuerdos de esa parte y de verdad me interesa profundizar en cada detalle —continuó, fingiendo demencia, mientras gesticulaba exagerado. Yo volví a reír—. ¿Crees que podrías refrescar mi memoria?
Rodeé su cuello con mis extremidades.
—Puedo hacer mucho más que eso —respondí y di un pequeño brinco para enseguida rodear su cadera con mis finas piernas. Él me cogió por debajo de los muslos para sostenerme.
—Y yo podría tratar de llegar a tu interior de algodón con mi lengua esta vez —soltó con una sonrisa perversa. Divertido, enarqué una ceja.
—¿No que no recordabas bien la escena cachonda?
—Esa parte de la escena la recuerdo perfectamente, porque quiero hacerlo.
—No tienes la lengua tan larga, Tom…
—Valdrá la pena intentarlo —concluyó y, entre besos, me llevó hacia la habitación.
Era la primera vez que elegía disfrutar el tiempo con mis seres queridos en lugar de priorizar mis responsabilidades laborales, y estaba convencido de que había sido la mejor decisión que tomé en mi vida. También estaba seguro de que aquel día había perdido mi trabajo, y no me importaba, porque todo lo que en realidad me importaba, ahora estaba a salvo.
F I N
¿Eeeee… casi que se lo creen el final triste? No me canso de ser cruel, pero justa ahre. Espero que hayan disfrutado de este breve OneShot, porque, aunque sé que me odiaron una banda por varios párrafos consecutivos, lo escribí con amor para ustedes. <3 Mil gracias por estar ahí. Laviu, gente de mi cora. 🤍
AMIGA, CÓMO ME VAS A HACER LLORAR ASÍ, PARA LUEGO DECIR QUE ERA PURO BAIT??? REGRESAME MIS LÁGRIMAS
Ai… es que el fin era que terminaran de leer felices 🥲🫶🏻
Muchas gracias por leer y soportar(? hasta el final, cielo 🥰🤍