
«Gracias por el café»
(One-Shot de Nochi)
La goma de un lápiz siendo impactada contra la tapa de un libro era el único sonido que se podía percibir. Un mascullo, una mirada severa y Georg se volvía a perder entre los estantes con una pila de libros en los brazos, ordenando, buscando hacer tiempo para la esperada llegada de la hora de cerrar. La quinta vez que pasaba enfrente de él y se posaba en el borde del escritorio del centro de atención de la biblioteca en la que ya empezaban a escasear los estudiantes universitarios. Le regaló una mirada de compasión, ¿acaso era tan notorio su aburrimiento?
Se apartó el cabello de los ojos grisáceos, quitó el audífono del oído derecho y movió la cabeza en un gesto de fastidio; continuó con la tarea de hacer sonar el lápiz sobre la portada de una gruesa enciclopedia que había sido devuelta a la biblioteca por una muchacha hacía unas dos horas. No había perdido el tiempo, tenía los números de dos chicas y dos chicos más, pero debía admitir que ese no había sido su día. Transcurría uno de esos diciembres detestables y aburridos.
—Georg, ¿me escuchas?… Hey, deja de hacer sonar ese maldito lápiz.
—Es una batería improvisada.
—Qué infantil.
—Ay sí, lo dice Tom “tengo todas las películas de X-men”.
—Sabes que son geniales.
—No es cierto, las primeras fueron muy malas. —Tom reviró los ojos. La puerta de entrada de la biblioteca fue abierta, dejando entrar la fría brisa del aire invernal como un susurro, se abrazó a sí mismo y Georg se quedó tieso.
—Genial, ya llegó —murmuró Georg con los labios oprimidos y las manos cruzadas. Podría aventurarse a decir que estaba sudando.
—¿Eh? —preguntó Tom confundido—. ¿Quién llegó? —Trató de ver hacia el punto en el que la mirada de su amigo se perdía pero no funcionaba mucho. Georg se volvió en su dirección con un halo de esperanza en los ojos que ahora brillaban expectantes— ¿Qué diablos te pasa a ti?, ¿estás bien? Pareciera que acabas de ver un unicornio rosa entrar por la puerta.
—Tomi, ve a comprar los cafés, por favor, te lo ruego —imploró.
—¿Estás loco o drogado? Hace mucho frío en el exterior… No, definitivamente no salgo —respondió cortante, se cruzó de brazos estirándose en la silla y alzó una ceja, analizando la petición de su mejor amigo. Lo había llamado “Tomi”, eso debía significar que en realidad necesitaba (con mayúsculas) que fuera por los cafés.
—Te hago los deberes y te compro el perro que querías para Navidad. —Tom comenzó a reír compulsivamente, como si Georg hubiera dicho una buena broma por primera vez. Una oleada de “shhh” se escuchó en el medio de su carcajada, se tapó la boca con ambas manos para susurrar un “odio las bibliotecas” y obtener la calma necesaria para mirar a Listing.
—Siempre me regalas ropa interior.
—Mmm… —se quejó Georg, arreglándose el armazón de las gafas tan pronto vio a Alicia acercarse a ellos. Las comisuras de sus labios se levantaron en una deslumbrante sonrisa—. Tom, qué malas bromas haces —rió, provocando un gesto de confusión en Trümper. ¿Georg reía?, ¿sabía reír? Vaya, eso era nuevo e… impresionante—. Hola, Alice.
—Hola Georg, hola Tom. —Se estiró para devolverle el saludo con la cabeza—. Sabía que te encontraría aquí —dijo la joven dirigiéndose a Georg.
Tom observaba las reacciones de su amigo quien tenía las mejillas ruborizadas y los labios temblorosos… No quería salir y mucho menos caminar hacia el café que se situaba a dos cuadras pero era un buen amigo y si algo lo hacía sensibilizarse era ver a un amigo feliz
—No entiendo unos cuantos temas sobre literatura y tú eres todo un genio —siguió Alice.
—Ya veo… Claro que sí, yo te explico. —Georg esbozó una sonrisa amplia. La pelinegra le devolvió el gesto sonrojándose de igual manera y Tom definitivamente sobraba ahí. Carraspeó y se levantó en un solo movimiento, ganándose la atención de ambos chicos.
—Yo iré a comprar los cafés, con permiso —anunció, metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón de mezclilla raído. Alicia asintió sonriendo y Georg alzó la mano como gesto de aprobación—. Alguien me debe un perro… bueno solo digo —dijo sonriendo, alzando el zipper de su sudadera hasta lo máximo y caminando por el extenso andén que llevaba a la salida de la biblioteca.
Empujó la gran puerta de vidrio. El viento frío y húmedo lo invadió, se le erizó la piel y la sangre fluyó a sus labios, enrojeciéndolos como acto reflejo, llenó sus pulmones de aire y se cubrió con el hoodie nuevamente. Era uno de esos días gélidos y trabajar hasta tarde se volvía una debilidad. El invierno en Nueva Jersey no pasaba desapercibido, hacía frío, demasiado en realidad. Comenzó a caminar por la acera, observando a la gente que pasaba ajetreada a su lado, sus rostros desconfigurados en facciones de preocupación. Le divertía preguntarse: “¿En verdad que es tan preocupante? ¿Comprar regalos para toda la familia?”. Aquel era el colmo del consumismo y por razones como esas había días en los que la humanidad le parecía una estupidez.
Alargó sus pasos mientras jugaba con los mitones de sus manos, no quería divagar demasiado porque cuando lo hacía sacaba conclusiones excesivas. Alzó la miraba para observar desde afuera el café al que siempre iba “Thank you for the coffee”, rezaban las grandes letras de acrílico blancas en cursiva adheridas a la puerta de vidrio. Suspiró. Abrió la puerta haciendo sonar la campanilla que avisaba sobre la llegada de un nuevo cliente.
El café era pequeño, de colores oscuros combinados con un marrón claro, la mueblería era bastante sobria y el ambiente en general era agradable, principalmente porque carecía de animosidad —como él, que en ese preciso instante, no tenía ánimos de nada—. Se encontraban un par de personas: algunos clientes enfrascados en sus laptops, libros o periódicos del día y unas cuantas meseras, pero a primera vista nadie le llamó la atención. Se sentó en la barra, colocando los brazos sobre esta y dejando caer su peso sobre la madera.
—¿Día pesado, Tom? —preguntó Dakota, una de las chicas que trabajaban en el café y siempre lo atendía. Tom sonrió para sobarse los párpados.
—Algo, sí. Tengo doble turno en la biblioteca junto con Georg…
—¡Georg! —exclamó la muchacha con ánimos inesperados.
—¿Pero qué tiene ese friki que lo hace tan atractivo para las chicas? —rió Tom con disimulada ironía. Dakota se ruborizó.
—Es muy interesante.
—Yo también —sonrió, mostrando una blanca hilera de dientes, alzando una ceja sugerente—, además soy muy atractivo.
—Qué gracioso, Tom —replicó Dakota—. ¿Qué vas a ordenar? —preguntó, mirando hacia la puerta que se había abierto nuevamente atrayendo su atención. La joven sonrió como si el circo hubiera llegado al pueblo pero Tom decidió ignorar ese hecho con un bufido.
—Lo de siempre. —La muchacha volvió a centrar su atención en él.
—Ujum, dos capuchinos dobles con dos cucharadas de azúcar y leche condensada —dijo— Ya los traigo.
Tom se dejó caer con pesadez sobre la barra, no pasaron ni tres minutos cuando escuchó unas risas acompasadas llenándole los oídos. Levantó el rostro agazapado buscando aquel que las provocaba y se encontró con una de las meseras que observaba con asombro a un chico que estaba sentado del otro lado de la barra. El chico se dedicaba a hacer una elaborada obra de arte con las pajillas que estaban ubicadas en un dispensador de metal. Empequeñeció los ojos como si hubiera detectado una mancha en un mosaico que debía ser eliminada lo más pronto posible.
El joven artista tenía el cabello negro azabache largo, unas cuantas hebras se posaban sobre sus grandes orbes marrones, lucía desaliñado y a su lado, sobre la barra, estaba un viejo sombrero de copa que suponía debía ser suyo. Observó los movimientos que hacía con las manos hasta que por último sonrió y le entregó a la mesera una rosa hecha del plástico de las pajillas, la chica sonrió deslumbrada por la creatividad de ese individuo y Tom sintió algo crecer dentro de sí. “Tal vez es odio o coraje… Definitivamente reticencia, ¿quién es este tipo que se cree dueño del mundo?”, pensó.
Pocos segundos después unos murmullos halagando la ciertamente peculiar inventiva de ese joven llenó el ambiente. Tom se movió incómodo en su asiento, haciendo un puchero con los labios y miró por el rabillo del ojo. El joven ahora estaba concentrado en una servilleta y un bolígrafo. “Qué infantil”, y río, recordando lo que Georg le había dicho hacia media hora.
—¡Qué espectacular eres, Bill! —exclamó Dakota con una bandeja llena en la mano derecha—. Tienes mucha imaginación. —El tal “Bill” alzó los hombros algo cohibido.
—Supongo que es solo belleza, hay belleza en todo, solo hay que encontrarla y mostrarla al exterior —murmuró con una pequeña sonrisita imborrable en sus labios, sonrojándose.
—Déjame ver… ¡Oh, Tom!, mira… es… —Un cliente chocó con Dakota, haciendo que la bandeja resbalará sobre la barra. Los ojos de Tom se abrieron en toda su extensión, su asombro fue otro al observar a Bill deslizarse en un movimiento atrapando la bandeja y la mayoría de su contenido sin dejar caer una sola gota… mayoría porque una taza de café se resbaló y salpicó sobre su atuendo. Tom maldijo en todos los idiomas que se sabía, levantándose, observando con desprecio a Bill que le dedicaba una mirada de arrepentimiento, tal como si fuera su culpa.
“Y lo es, ¡es toda su maldita culpa! Si tan solo fuera alguien normal y dejara esas cosas que hacen a la gente halagarlo, esto no hubiera ocurrido”, pensó Tom con desdén. Dakota se acercó hacía ellos excusándose, Tom colocó una mano sobre su hombro.
—No fue tu culpa —profirió, observando aún con coraje a Bill que se encontraba verdaderamente apenado. Dakota asintió, extendiéndole la bolsa de papel con ambos cafés dentro. Tom la tomó, dejando el dinero sobre la barra y se volvió, caminando hacia la salida para dar un fuerte portazo. Los clientes empezaron a parlotear (como era de esperarse) por aquel espectáculo. Bill miró a Dakota preocupado.
—Lo siento.
—No fue tu culpa… No fue culpa de nadie, en realidad, Tom es un paranoico. —Bill se recargó sobre el refrigerador de confiterías, le sonrió a Dakota, señalándole un apetecible pedazo de pastel.
—Dame ese por favor —pidió. Dakota alzó una ceja.
—Le deberías haber mostrado la servilleta.
—Me odia —rió Bill, contagiando a la mesera—, pero lo arreglaré, lo prometo. —Dejó un beso amistoso sobre la mejilla de la joven y se apresuró hacia la puerta, tomando su sombrero, el bolígrafo y su servilleta—. Dejo el dinero aquí.
—¡Adiós, Billy! —se despidió con la mano—. Yo estaré aquí… Limpiando este desastre, claro.
Tom comenzó a limpiarse el hoodie mientras seguía pensando blasfemias sobre Bill. Abrió la puerta de la biblioteca y buscó a Georg con la mirada. Su mejor amigo estaba sentado en una de las mesas de estudio a lado de Alicia, el rubor en sus mejillas no se había ido y cuando lo observó aproximarse se levantó con rapidez.
—¡Joder, Tom! ¿Qué te paso?
—Un accidente… —respondió apesadumbrado. Georg frunció el ceño, analizándolo. Siempre había una historia detrás de todos los “accidentes” que le ocurrían a Tom. Trümper negó levemente con la cabeza, colocando la bolsa sobre la mesa—. Hombre, estoy cansadísimo —soltó las palabras mientras estiraba los brazos.
—Vete a casa ya. —Tom levantó la mirada al rostro de Georg, quien parecía serio. Sin embargo, le sonrió al último momento—. Lo digo en serio, luces mal, Tom, parece que te vas a morir de aburrimiento. Nos vemos mañana, me quedaré con Alice. —La chica asintió sonriendo—. La llevaré a su casa y cerraré la biblioteca. No te preocupes, hermano —concluyó, colocando una mano sobre su hombro en señal de “está bien enano del demonio, para mí no es molestia”.
—Deberías venir más seguido a la biblioteca, Alice —mencionó Tom, ganándose un leve golpe en el hombro, se quejó comenzando a reír—. ¡Oye!, creí que te habías suavizado mucho, te pusiste muy tierno hace tres minutos. Ojala existiera un botón de “replay”, debería haberte grabado.
—Largo de aquí, Trümper, antes de que me arrepienta. —Georg señaló hacía la puerta y Tom rió por última vez.
—Me voy —se despidió para volver a salir.
Caminó hacia su casa, un departamento en el centro de la ciudad. “Maldito y estúpidamente encantador Bill”, murmuró con el café en las manos, sorbió un poco y continuó. ¿Se podía odiar a alguien sin tan siquiera conocerlo? Porque eso le pasaba.
—¡Hey! —escuchó una exclamación a sus espaldas—. Tom, ¿cierto? —Ese definitivamente era su nombre, se volteó, encontrándose a un apresurado Bill con una bolsa del café en la mano y el sombrero de copa sobre su cabeza. Parecía que había corrido una maratón, se detuvo, poniéndose las manos en las rodillas y dejando caer la cabeza para tomar aire. Sostuvo el sombrero con una mano, su cabello era un desastre y las mejillas estaban ruborizadas.
—Tú… —apuntó Tom—, ¿qué haces aquí? ¿Me estabas siguiendo?
—Saliste del café muy apresurado, no me dio tiempo de presentarme.
—Ya escuché tu nombre con anterioridad.
—Y yo el tuyo, pero un nombre como el tuyo o el mío lo puede tener cualquiera —contestó, acercándose a él. Tom se mordió el labio, deteniéndolo con una mano en alto—. Me refería a presentarme de verdad —alargó la bolsa.
Tom alzó una ceja, la tomó con curiosidad y observó el trozo del apetecible pastel y la algo arrugada servilleta en su interior. “Maldito artista de mierda… Lo odio”. Un boceto de sonrisa apareció sobre su rostro y Bill asintió con más seguridad. Metió la mano en la bolsa para sacar el papel y observarse a sí mismo plasmado en el en tinta color negro. El dibujo era asombroso, tenía que admitir.
—Soy yo. —Bill volvió a asentir—, pero… me veo feo —sonrió victorioso, observando la reacción de desconcierto del otro, sin embargo no duró mucho puesto que sonrió al cabo de unos segundos.
—Ah claro, lo feo es bello en mi mundo, entonces —rió, provocando un sonrojo en las mejillas de Tom—. Soy Bill, Bill Kaulitz —hizo una reverencia, inclinándose y apartando su sombrero, volvió a reír y Tom no lograba comprender cómo su risa era tan contagiosa.
—Soy Tom, Tom Trümper —respondió con una sonrisa a medias. Bill asintió, le tomó la mano espontáneamente y Tom se puso rojo de vergüenza.
—La gente se saluda con un apretón de manos. En Japón, se inclina la cabeza —mencionó, realizando la acción—. En Francia, cuatro besos en las mejillas —susurró—, dos en la derecha y dos en la izquierda —explicó en un murmullo, plasmando el par de besos—. Hola, Tom, soy Bill y siento lo del café —susurró en su oído. Un temblor recorrió la columna vertebral de Tom por el contacto y se separó de inmediato.
—Está bien… Me voy, no me comeré esto, gracias —respondió devolviéndole la bolsa, Bill lo miró preocupado.
—¿Hice algo malo?
—No, tú no… Bueno, sí. Me tengo que ir —dijo arrugando la servilleta con las manos temblorosas queriendo demostrarle que su dibujo le importaba muy poco. Bill negó cuando quiso devolverle la bolsa.
—Es tuyo, puedes hacer lo que quieras, incluso tirarlo, no importa porque el desprecio es solo amor mal informado. —El estómago se le revolvió al ver cómo Bill volvía a sonreírle con ternura y se alejaba tarareando una canción de los Beatles.
Entró a su casa y encendió la luz del pasillo suspirando, dejó la bolsa y el café a la mitad sobre la mesa de la sala y se aventó sobre su cama, sonrió al ver la servilleta arrugada y la dejó sobre su mesa de noche. Enmarcaría esa obra de arte lo más pronto posible, tan pronto se despertara.
Había pasado ya una semana desde el incidente pero el maldito de Bill aún no salía de su mente. Maldijo al viento y estrelló un lápiz sobre una de las mesas de la biblioteca. Ya era suficiente, tenía que regresar a esa cafetería.
Al término de las clases fue a la cafetería con el pretexto de que “en esos días las temperaturas eran muy bajas”.
Durante una semana ese fue su itinerario, llegaba y le pedía un café y un postre a Dakota, quedándose hasta la hora del cierre con un libro o con los deberes escolares. Pero Bill no volvió a ir al café.
Se encontraba sentado sobre la barra, en la misma silla, en la misma posición, una mano apretada sobre la mejilla derecha, los dedos tocando la madera en señal de ansiedad, los oídos agudizados esperando el sonido (en cualquier momento) de la campanilla de la entrada y la mirada fija hacia la puerta de vidrio. Dakota se acercó en silencio, se movió incómodo en la silla al ver la bolsa con los cafés posada frente a su rostro.
—¿Cuánto es? —preguntó escrutándola con la mirada.
—Como si no lo supieras, Tom. —Trümper alargó la mano a su cartera.
—Deberías dejar que Georg venga por los cafés de vez en cuando, tiene mucho que no lo veo.
—Lo dices porque te encanta, no me lo puedes ocultar —rió Tom, haciendo que el rostro de Dakota se tornara de un color rojo granate.
—Si vienes todos los días, pierdes tu tiempo, Tom. —Tom alzó una ceja confundido—. Hablo de Bill. No ha venido por aquí desde su último incidente y es probable que no lo haga en mucho tiempo —sonrió la joven. Tom intentó hacer una mueca de hastío.
—No vengo aquí por “Bill”, vengo por los cafés.
—Por supuesto, solo decía —le sonrió, despidiéndose—, tengo trabajo que hacer, te dejo. —Tom asintió con la cabeza, dando media vuelta y alejándose.
“No me importa en lo más mínimo Bill y lo que haga, solo vengo a comprar los cafés porque soy un buen amigo y deseo que Georg pase más tiempo con Alice. Algún día me lo tendrá que agradecer ese nerd”. ¿A quién engañaba?… “A mí mismo”, pensó.
Era sábado por la mañana y el timbre resonaba incesablemente, se colocó la almohada sobre la cabeza, intentando ignorar el molesto sonido, pero fue inútil. Se jaló el cabello gruñendo y se levantó de un salto de la cama con el rostro ojeroso, abrió la puerta fastidiado, encontrándose con la visita inesperada del mismísimo Bill Kaulitz, quien abrió los ojos sorprendido.
—¡¿TÚ?! —exclamaron al mismo tiempo. Bill fue el primero en romper el silencio, rió de esa forma que hacía que los vellos de Tom se erizaran y se sintiera desprotegido, como si estuviera desnudo en su presencia.
—Yo mismo. —Bill alzó un anuncio del periódico con la mano derecha, poniéndoselo frente los ojos—. Vine por el cuarto que está en renta, supongo que tú eres el casero ¿uh?, el destino es una perra o algo así —se desternilló de risa mientras Tom se coloraba de rabia.
—Eres un acosador de mierda, es seguro que buscaste mi dirección por algún lado, ¿qué quieres que haga por ti? ¿Casarme contigo?
—Bueno, no esperaba que me lo pidieras tan rápido pero… —Tom se sonrojó y gruñó como respuesta.
—¿Qué mierda…?
—Eres un rudo la mayoría del tiempo, ¿ah? —sonrió Bill—. Aunque lo dudes, en realidad, vengo por el anuncio que colocaste en el periódico, busco un lugar accesible para quedarme…
—Pues tendrás que buscar algo más “accesible”, no creo que tengas el dinero suficiente —respondió observando sus ropas de arriba a abajo. Bill lo miró sonriente, ¿por qué era tan raro? Se suponía que debía enojarse, sentirse ofendido, dar media vuelta e irse de su casa—. Si es posible cerrar la puerta antes, gracias. —Y no volver jamás.
—Si no lo tuviera no estaría aquí tocando a su puerta, Señor Trümper… y verá, mis ropas son así de sencillas —continuó, quitándose el sombrero y peinándose el oscuro cabello con las yemas de los dedos— porque me siento cómodo, si me sintiese cómodo desnudo, saldría desnudo, ¿hay algún problema con la comodidad? Casi siempre estoy jugando con la pintura, por eso mi ropa es un desastre, son factores que conllevan el ser artista. ¿Y entonces… el cuarto es mío? —Tom abrió la puerta, dándose por vencido y señalándole con la mano que podía pasar—. Tomaré eso como un rotundo sí.
—Pero me pagarás.
—Por supuesto —le guiñó el ojo—, no me atrasaré en eso. —Observó los alrededores del amplio departamento, sonriendo al ver la servilleta del otro día enmarcada sobre un buró—. Veo que te gustó —señalo—, creí que lo quemarías o algo así —rió infantilmente, Tom se encogió de hombros.
—Solo lo guardé porque me veo feo…y la fealdad es una forma de belleza —murmuró bostezando, para desaparecer en la puerta de su cuarto—. Doscientos cincuenta dólares al mes, Bill, no hagas desastres ni payasadas inesperadas —finalizó. Bill suspiró al observar la puerta de la habitación de Tom cerrarse.
—Eso será difícil —bufó—, y bien, ya veré que puedo hacer con este departamento. Iniciando por el desayuno, obvio —sonrió.
Bill no tenía mucho equipaje ni nada por el estilo, tan solo una valija, su sombrero y su presencia que ponía a Tom los pelos de punta. No tenía trabajo fijo y Tom se preguntaba que demonios hacía para mantenerse (y pagarle la renta, además). Le había dicho que se dedicaba a lo que “las ganas señalaran”: un día podía sentarse en un parque a dibujar personas y vender sus bosquejos, otro podía ser un cantante callejero pero al siguiente la profesión cambiaba; era totalmente impredecible y eso irritaba a Tom, eso y que fuera tan bueno en todo lo que hacía. Cierto día de la semana Bert, uno de los amigos de Tom —el más escandaloso si se puede aclarar—, llegó a su departamento haciendo bullicio desde las escaleras. Bill abrió la puerta para atenderlo y Bert lo miró de arriba abajo con el entrecejo fruncido y una sonrisa traviesa en el rostro. Bill tenía la ropa llena de pintura seca y las manos manchadas.
—¿Y Tom? —preguntó Bert.
—Se esta bañando.
—¿Ah sí? Cuéntamelo ya, ¿noche de pasión muy ajetreada? —soltó Bert con una carcajada, Bill le sonrió traviesamente, limpiándose las manos en los pantalones.
—No, la verdad no. Vivo aquí, rento un cuarto. —Bert hizo un puchero.
—Ya —soltó una bocanada de aire—, eso no es divertido. ¿Eres pintor?
—No soy nada en especial —sonrió. La voz de Tom resonó a sus espaldas.
—¡Bert!
—¡Tom! —exclamó McCraken, imitándolo—. Te iba a invitar a una tocada pero veo que estás ocupado, no me dijiste que tenías nuevo novio —alzó las cejas.
—¡No! No es mi novio. —Bert comenzó a reír. Tom volvía a colorarse.
—Ya lo sé tonto, solo estoy jodiendo. ¿Y qué, vienes o no? —Bill iba a regresar a su trabajo pero Bert detuvo la puerta, jalándolo de la holgada playera—. ¡Bill!, me caes bien, ¿por qué no vienes con nosotros?
—Bert, no puedo —dijo Tom—, tengo doble turno con Georg.
—¿En esa aburrida biblioteca?
—De algo tengo que vivir, idiota. —Bert soltó otra carcajada.
—Está bien, Bill irá conmigo, ¿sí? —Las grandes orbes de Tom se abrieron de repente, observó a Bill, quien sonreía ampliamente.
—¿Nos disculpas? —preguntó apartándolo con la mano y cerrando la puerta. Miró a Bert con la ceja alzada.
—¿Qué pretendes, McCraken?
—Nada —empezó a chiflar—, solo que si tú no puedes tal vez Bill quiera ir conmigo. Aparte… es muy apuesto.
—¡Hey, para ahí!
—¿Qué cosa? —rió Bert.
—No puedes, es mi cliente, ¿o.k.?
—Estás celosa, princesita, pero no te preocupes, solo será una salida por ahí. Juro no tocaré nada —Tom maldijo.
—¡No estoy celoso de nada! Está bien, está bien. Llévalo a donde quieras y si puedes no lo regreses. —Bert sonrió.
—No lo dices en serio… Lo sé porque te gusta Tom, prometo no robármelo, ¿bien? —Tom tornó los ojos, abriendo la puerta y encontrándose con un Bill recién bañado, toalla a la cintura y cabello húmedo. Bert lo empujó, Tom estaba anonadado contemplándolo—. Joder, aparte está muy bueno. Olvida lo ultimo Trümper, no prometo nada.
Bert había cambiado un poco el estilo de Bill y Tom no se quejaba para nada; usaba ropa más atrevida, pantalones pegados, chaleco negro y blusas blancas que lo hacían ver extremadamente bien, el sombrero de copa había quedado pronto en el olvido, sin embargo, si había algo que molestaba a Trümper y eso era que saliera siempre con Bert, como si de la noche a la mañana fueran mejores amigos.
—Te gusta, Tom, admítelo —dijo Georg, acomodándose las gafas y volviéndose a centrar en unos apuntes. Tom colocaba los libros en los estantes de la biblioteca en orden alfabético—. Solo analiza un poco —continuó, alzando la mirada hacia Tom, que maldecía por lo bajo con frases como “es un idiota, claro que no me gusta… lo odio”—. Odias que salga con Bert y que se lleve tan bien con tus amigos, me incluyo en eso, pero es que… ¡Bill es genial!, es la persona más original que he conocido y es bastante sensible, es obvio que te atrae.
—Hazme un favor y cásate con él, te escuchas como su fan numero uno, Georg. —Georg rió fuerte, arrepintiéndose al escuchar las quejas de los estudiantes de la biblioteca.
—Todos somos fans de Bill Kaulitz, es muy… diferente.
—Nunca me ha agradado lo diferente, solo aquello que sé que tiene éxito.
—Ese es tu problema Tom, quieres fabricar tu suerte, es imposible. Suéltate un poco y vele sentido a la vida, no todo se trata de “trabajar, estudiar y ser alguien…” un título no es una identidad. Todos tenemos miedo de lo desconocido, pero el miedo es pura sugestión, atrévete a perderlo —sonrió Georg.
—¿Recuerdas que cuando éramos niños teníamos miedo de los payasos?
—Obvio, los odio.
—Ese miedo no desaparece —Georg rió y Tom se le unió dentro de poco—. Tienes miedo a aceptar que te gusta —murmuró Georg casi inaudible. Tom se volteó observándolo.
—¿Dijiste algo?
—Nah, te estás volviendo loco, escuchas voces, Trümper.
—Idiota —sonrió—. ¿Vendrás a celebrar el año nuevo en mi departamento? —Georg se rascó la nuca.
—¿Puedo llevar a Alice? —Tom rió.
—¿Ya son novios?
—Pronto.
—Rompe el miedo, galán. —Georg sonrió.
—Me pone nervioso, es solo eso… Jeph vendrá a la fiesta de año nuevo, por cierto, creí necesario decirlo para que te prepares mentalmente.
—Mierda.
Tom estaba atareado, la mayoría de sus amigos ya habían llegado, algunos de la infancia y otros más que estudiaban con él. Georg se encontraba con Alice en el sofá de la sala charlando con los amigos, lata de cerveza en mano. El ambiente era perfecto, una música pegajosa sonaba y había comida para un ejército, todos lucían felices y ansiosos por la llegada del año nuevo, por supuesto. ¿Cuándo empezaría el relajo y el baile hasta la noche? De Tom no se podía decir lo mismo, ya se había comido las uñas de la ansiedad y no soportaba la corbata. Había llamado a su madre para felicitarla, lamentando el no poder haber estado con la familia, buscando que ella supiera tranquilizarlo, pero de Bert no había rastro alguno y aún peor… de Bill, desde la mañana. Y de Jeph, su exnovio, tampoco. Suspiró al oír el timbre, se movió rápidamente gritando un “¡Yo abro!” y se quedó de piedra al encontrarse a Bill vestido de gala, el cabello negro algo despeinado sobre su rostro, pero ¡demonios!, lucía hermoso con ese traje y la corbata negra acentuada por los carnosos y rojos labios curvados en una sonrisa.
—¡Hola, Tom! —lo saludó con la mano derecha en alto—. Te ves muy bien.
—También luces bien, Bill —declaró ruborizado. Bill sonrió, alzando una bolsa grande.
—Los regalos —señaló.
—¡¿Compraste regalos para todos?! —exclamó, colocándose una mano en la boca, sorprendido. Bill rió.
—Pero claro que sí, hey, de eso se trata diciembre. —Tom lo observó por un momento, Bill alzó el rostro y sus miradas se conectaron, ojos avellana unidos, ambos sonrieron nerviosos y antes de que Tom pudiese refutar la voz de Bert resonó en sus tímpanos. “Joder”.
—¡Tom, hermano! Luces genial, hey, ¡mira a quien me encontré en la entrada! —exclamó, atrayendo a Jeph de los hombros, en un abrazo de “hermanos”. Tom se pasmó y Bill lo observó preocupado, parecía que se desmayaría de la nada.
—Hola Tomi —saludó Jeph con la mano derecha en alto. Bill observó a Tom y de nuevo a Jeph tratando de entender.
—Jeph, ¿cómo estás?
—Graduado, ya soy abogado —sonrió amistosamente.
—¡Todo un profesional, Tom! —se carcajeó Bert—. Ufff…, pasemos, tengo demasiada hambre… —Jeph y Bill ingresaron al departamento, Tom esperó a Bert, que lo acercó a sí— Todo un profesional, Tom, como te gustan —rió—, tal vez me pueda quedar con Bill al final de todo.
Tom tragó duro. Sería una noche muy larga.
Y vaya que era larga y pesada para él. Todos ya se habían ido y tenía que limpiar la casa. Le iba a ir a pedir ayuda al estúpido de Bill pero se dio cuenta que hasta la aspiradora estaba pasando. Dijo unas cuantas palabras por lo bajo.
Se dirigió a la sala para recoger las latas de las cervezas, ¡Eran demasiadas! Trató de aplastarlas todas para hacer más “fácil llevarlas”, pero no pensó que resbalaría con una de ellas. —Mierda —gritó.
Bill fue quien escuchó el grito y corrió hasta donde estaba Tom, se inclinó junto a él para ver si estaba bien, sus rostros quedaron muy cerca, sus alientos podían sentirse en el rostro contrario. Sus corazones iban acompasados, podían escucharse los latidos. Tom entreabrió los labios y al momento Bill lo besó. Eso era lo que estaban esperando. El muérdago que se encontraba arriba de ellos había sido su fiel cómplice y testigo.
—¡Maldito Bill! —gritaba en medio de una calle desolada. Después de esa noche, Bill no había amanecido en el departamento. Sus cosas estaban intactas, nada faltaba, ni el dinero que guardaba en la cómoda.
Dos meses, dos meses habían pasado desde el año nuevo y no sabía nada del idiota ese.
Resignado por buscar sin obtener resultados se encerró en su departamento para no salir jamás.
Se había quedado dormido en el sofá de la sala, unos golpes en la puerta lo despertaron, estirándose se dirigió a la puerta y la abrió.
—Bill…
F I N
Suspira de alivio 😉 ¿Qué les pareció?