Payasito

NOTAS: TW: Esto NO es consentimiento dudoso, aunque entiendo que se pueda llegar a percibir así. El fanfic contiene las siguientes cosas, mucho ojo con eso, pondré en qué consisten algunas cosas de manera simplificada:

  • Omorashi (temas de escapes de orina)
  • Hibristofilia (excitación por personas criminales)
  • Dacrifilia (excitación por ver llanto)
  • Coulrofobia (fobia a los payasos)
  • Coulrofilia (excitación por los payasos)
  • Feminización (hay momentos donde se trata en femenino a Tom)
  • Degradación
  • Mal uso de un cuchillo
  • Chantaje y extorsión


No busco hacer ver como algo romántico (aunque no hay etiqueta de romance por una razón) o deseable estas cosas, y aunque no me gusta justificar sacando “es ficción”, porque eso es muy fácil y te quita la responsabilidad. Estuve MUY dudosa con este fanfic, pues mi idea inicial dista un poco de lo que resultó ser, después de leerlo muchas veces y minuciosamente, se entiende que hay consentimiento, aunque la violencia lo hace ver como algo dudoso. No diré que no me odio por esto. 

(One-Shot de Namyukaulitz)

«Payasito»

Corría como podía, a cómo sus zapatos de charol con tacón pequeño le permitieran.

Es decir, su calzado eran unos zapatos de muñeca, negros y muy lindos, a juego con sus medias blancas hasta los muslos y su falda corta y camisa de botones.

Era un buen conjunto, lo había escogido para verse bonito, aunque ahora lo consideraba molesto y poco práctico para correr en el bosque en medio de gritos guturales de dolor, risas estridentes y rotas, acompañadas de motosierras.

Corrió con todas sus fuerzas, esquivando árboles, dando miradas hacia atrás, esperando no ver a uno de esos payasos sádicos que te cortaban con motosierras, hachas o cualquier cosa cortopunzante que tuvieran a la mano.

Escuchó una risa muy cerca de él, y giró la cabeza, lleno de pánico, y al volver a ver al frente, se encontró con un mar de globos de colores.

Las distracciones lo hicieron no poder darse cuenta de que un árbol tenía la raíz grande y sobresaliendo por la tierra, con una curvatura donde la punta de su zapato se metió.

Se dio cuenta hasta que sintió su cuerpo trabado e inevitablemente siendo llevado hacia abajo por una gravedad que no tuvo compasión, por lo que cayó con fuerza, de cara al suelo, raspándose las rodillas y ensuciando de tierra sus delicadas medias, percibiendo el frío en su trasero y muslos pues su falda se había levantado. 

Se encogió en el suelo, debido al dolor que lo dejó aturdido y el miedo a los gritos de las personas descuartizadas en el fondo, no fue capaz de moverse.

Sus piernas abiertas se intentaron cerrar pero únicamente logró juntar las rodillas, alzando su cadera mientras se tapaba los oídos y cerraba los ojos, temblando entre lágrimas contra la tierra.

Era frío, ya era de noche y estaba perdido en ese bosque, donde la claridad era reducida por luces rojas, verdes y azules, con mucha niebla artificial por todos lados.

En el suelo había sangre, confeti, globos y máscaras de plástico de payasos con sonrisas y narices rojas, con ojos negros maquillados de azul.

Sentía que iba a morirse, ya fuera por la ansiedad cada que escuchaba una corneta de payaso, una risa o un grito, o porque uno de los payasos lo encontrará y matará, con una sierra que no se movía y sólo hacía ruido, y ensuciara su ropa con mucha sangre falsa que olía a la pintura más artificial que podía existir.

Esto era en parte su culpa y la de sus amigos.

Él por aceptar ir a una feria de terror, y sus amigos por no contarle que la feria incluía un bosque con payasos asesinos, y lo empujaron a entrar diciendo que simplemente era de asesinos icónicos del cine de los ochentas y noventas. 

Los bastardos de sus amigos, lo habían dejado solo de repente, aprovechando la falta de luz y sonidos para dejarlo solo, seguramente creyendo que era muy gracioso aprovecharse de la fobia que le tenía a los payasos desde que a los cuatro años un payaso con sonrisa retorcida le empujó el rostro contra el pastel, el cual, para su mala suerte, tenía palillos en su interior, y fue un milagro que no le sacaran un ojo, pero el glaseado azul y blanco quedó chorreado de la sangre de su nariz.

Así que Tom no podía evitar temerle a los payasos, de una forma que, incluso una vez en su adolescencia, durante un viaje familiar por carretera, al caer la noche y buscar alojamiento, Tom tuvo un ataque de pánico al ver que el único motel que había era de temática de payasos.

Por lo que, su familia tuvo que dormir en el auto con él en una gasolinera lejos del motel.

Pero Georg, su mejor amigo, genuinamente no comprendía su terror, decía que solo eran payasos y que eran algo gracioso, y Gustav, que era el más razonable, aunque entendía a Tom, también le daba risa ver como se tensaba ante la imagen de un payaso.

—Malditos, hijo de puta… —sollozaba Tom, bajito, debajo de sus rastas rubias despeinadas y un montón de globos.

Él había ido a la feria a beber esas bebidas alcohólicas con gusanos y ojos de gomita, pasarla bien con sus amigos y coquetear con los disfrazados de sus asesinos favoritos, con los cuales fantaseaba que se lo follaran, como Michael Myers.

Pensaba que iba a ser tan buena noche que incluso llevaba sus bragas Cheeky favoritas, blancas con encaje en los bordes de la cadera y las piernas, no solo era su favorita, sino su braga de la suerte, pues siempre que la llevaba le pasaban cosas buenas, como cuando saco una buena nota en su primer proyecto de la universidad, siendo que su exposición fue muy precaria debido a los nervios.

Pero, esta vez, en esta noche de terror, sus bragas y Dios lo habían dejado a su suerte.

Se quedó sollozando, intentando calmar su terror y recordando que toda aquella situación era falsa, aunque ni el ambiente, ni el ruido y el dolor aportará algo a que se tranquilizara.

Estaba tan estresado que casi podía sentir que de nuevo le dolía la nariz como cuando era pequeño.

En dado momento, escucho unos pasos cerca, que no eran muy pesados, pero no por eso menos espantosos para él, detallando cómo los pasos quebraban las ramas y hojas secas, por lo que se tenso, alzando más su cadera, haciendo que sus rodillas lastimadas sostuvieran su peso pélvico.

Bill suspiró, con ganas de rascarse la nariz y harto de la música circense, pero no podía rascarse por su nariz roja.

Había estado gran parte del día de pie, vistiendo un traje de payaso colorido, pero ensangrentado.

Apretó con frustración el cuchillo en su mano, que carecía de ser los de plástico que andaban el resto de payasos ahí. 

Estaba harto, molesto de que la gente no apreciará el arte de ser payaso.

Y sólo se viera con burla despectiva o con pánico.

Él quería hacer reír y sentir bien a la gente con sus bromas y ocurrencias, pero ya nadie sabía apreciar el buen arte.

Ya nadie contrataba payasos para las fiestas, y lo único para lo que lo contrataban eran para estas ferias de terror, y no podía rechazar la oferta, pues necesitaba el dinero, aunque su amor por el arte de la risa era una punzada constante en su pecho.

Y con un poco del delirio de Gacy, y odio porque nadie realmente valoraba a los payasos, iba a darle a la gente lo que quería.

Un payaso sangriento, solo que, aunque la sangre en su ropa fuera falsa, su empuñadura y cuchillo no lo eran.

Podía darse el lujo de apretar el mango cuanto quisiera, pues llevaba guantes blancos, aunque sucios siguiendo la temática de terror, así que no dejaría huellas.

Su plan era sencillo, darle a alguien lo que quería y esperaba.

Sólo que Bill no planeaba dar un simple susto fingiendo una apuñalada, él ya fantaseaba con clavar su cuchillo repetidas veces en el pecho de alguien, ver como la hoja afilada y plateada se hundía y perdía en la carne, haciendo brotar sangre como si se tratara de cortar un pastel de vainilla con jalea de fresa.

La gente se servía para estas situaciones, el bosque estaba oscuro, con contadas luces led colocadas de manera estratégica, había sangre falsa a galones y muchos payasos, junto a otras personas con máscaras cubriendo sus rostros.

Era como una película de terror en la vida real, solamente que armada de tal forma que un asesino real sería incapaz de percibirse sino hasta mucho después, cuando su única evidencia de haber estado ahí fuera un cuerpo que no era de utilería.

Aunque habían algunas cámaras en el bosque, pero en este punto, realmente alejado y profundo, ya era ciego para las cámaras.

Demasiado lejos, demasiado oscuro y demasiado fácil de escapar de la escena sí sabía por dónde ir.

Estaba atento buscando a alguien solo, aunque casi siempre se encontraba con gente acompañada, parejas, amigos o simplemente gente que no estaba sola, y él no era tan tonto para atacar alguien con compañía.

Aunque, si alguien lo veía, sabía que iba ser fácil de disimular, después de todo, esa era la temática.

“Yo actúo como si te mato, y tú actúas como si realmente fuera a matarte”, si existía un Dios, entonces ese había puesto todas las cartas a su favor para llevar a cabo su plan lleno de frustración artística.

Estaba atento a cualquier cosa, viendo hacía todos lados.

Hasta que unos hipidos bajos, como el de un gatito asustado lo hicieron pararse en seco.

Buscando de donde provenía el llanto.

Localizando el llanto detrás de un árbol rodeado de globos.

Al acercarse, sus ojos no pudieron evitar abrirse por completo, para ver la peculiar imagen que tenía frente.

Quedando pasmado al ver un trasero alzado, con las nalgas redondas y carnosas, acentuadas por ropa interior y encaje blanco, la carne temblaba desde los muslos apretados con medias, hasta la cadera; mirando en particular la hendidura de coño que se alcanzaba a pronunciar por debajo de la tela ligeramente húmeda. 

Arqueó una ceja, bajando la intensidad de su agarre al cuchillo. 

La persona dueña de tan jugoso culo y coño estaba debajo de un montón de globos, por lo que Bill no podía ver quien era, y tampoco quería asesinar por la espalda, quería ver la cara de su víctima contraerse en horror al ver que nada era actuado.

Aunque, no se quejaba de la vista que fue demasiado sugestiva para su sangre, que comenzó a bombear sangre en dirección a su pene.

Se acercó cauteloso, escuchando más de cerca los sollozos del gatito con la falda levantada y su trasero al aire.

Se sentía como un asesino de película slasher a punto de castigar a un joven por ser cachondo y tener sexo, aunque esta escena en particular no parecía actuada conforme se acercaba, y percibía el miedo real de quien podía ser su víctima.

Mantuvo la ceja arqueada, la persona realmente parecía paralizada del miedo.

Sintiendo una punzada humana efímera en el pecho, no simplemente en la entrepierna, se paró a unos centímetros de la punta de los zapatos de muñeca, dejando que la sombra delgada, casi esquelética de su cuerpo cubriera al contrario por completo.

—¿Estás bien? —preguntó Bill, con la voz seca por la falta de agua desde que había comenzado la feria, poniendo sus manos detrás de su espalda.

El trasero dejó de temblar, quedándose quieto, y los globos se removieron, y de entre muchas bolas de colores, asomando su cabeza por sobre su hombro, dejando ver sus ojos, nariz y labios rojos por el llanto, con las mejillas empapadas, con unos ojos de ciervo con las cejas curvadas ligeramente en sufrimiento hacia abajo se mostró.

Tom observó con miedo al payaso, quedando paralizado, siendo incapaz de hablar.

—Te hice una pregunta —Bill detalló el rostro de llanto y vulnerabilidad absoluta del de rastas, y sus labios se curvaron en una sonrisa sutil que se perdía en la sonrisa pintada de rojo que tenía en el rostro.

Tom tosió, dejando sus labios de cereza entreabiertos, examinando detenidamente al payaso detrás suyo.

Cabello negro, en puntas, como una melena de león, y un traje con patrones de rallas y círculos, cada uno de un lado de su plano sagital, las líneas y círculos eran de colores en tonos oscuros, con el fondo blanco, pero sucio gris, con olanes desgarrados, manchado de sangre.

Su maquillaje blanco, con sombra y delineador negros en los ojos, corridos como sí se hubiera frotado el rostro, la nariz grande de un rojo vibrante y una sonrisa de oreja a oreja arrastrada hacia los lados y abajo, asemejándose a una boca cortada y estirada con la pintura roja como sangre.

No podía ver bien sus rasgos.

—T-tengo miedo —balbuceó Tom, a cómo pudo, sintiendo que se veía patético en esa posición, y frente a un payaso que era parte de la feria.

Bill dejó escapar una risita baja, casi involuntaria. 

—Eso ya lo sé —respondió el payaso. —Pero, estás tan asustado que hasta mojaste tus bragas, cómo si realmente fueras a morir —señaló con la mirada.

Tom se sonrojó, y unas lágrimas de vergüenza rodaron por sus ojos, pues debido al miedo había tenido un muy ligero y pequeño escape de orina, aunque también era sudor por haber corrido.

Al verlo llorar, Bill suspiró, desviando la mirada por unos segundos, manteniendo su sonrisita, para después volverlo a ver.

—¿Te dan miedo los payasos? —cuestionó Bill, directamente. 

Tom asintió, cauteloso de cada movimiento del payaso.

Bill suavizo su mirada burlona, y ladeo la cabeza. —¿Por qué? 

El ceño de Tom se frunció un poco al igual que sus labios en un mohín. 

—Los payasos somos divertidos, hacemos reír a la gente —siguió Bill.

—A mí no… —musitó Tom.

—Puedo hacerte muy feliz con un simple globo —declaró Bill, manteniendo sus manos detrás de su espalda, con el cuchillo paciente. —¿Me dejaste enseñarte?

Tom apretó los muslos, su mente lo traicionó y malpensó sus palabras, recordando cómo había dejado en el auto de Georg su bolsa con condones recientemente comprados a la idea de que esa noche podría ligarse con uno de los disfrazados de asesinos e ir a coger a un motel de los de la zona.

Y la posición en la que estaba, lo dejaba expuesto, con el payaso detrás de él, no podía evitar pensar que en cualquier momento le tocaría en trasero o le diría algo obsceno, sin embargo, el payaso se mantenía todavía muy distante.

Lentamente asintió después de unos segundos, aceptando la extraña propuesta, mientras en el fondo aún se escuchaban los gritos desgarradores.

Bill sonrió dejando ver sus dientes, sacando el cuchillo de detrás de su espalda.

Tom jadeo al ver el brillo reflejarse en el metal, con los ojos desorbitados por el pánico invadirlo de golpe. 

Apretando con una fuerza que hizo temblar más sus muslos y trasero, teniendo otro escape de orina que empapó más sus bragas.

Debido a la inmovilidad que su mente ejercía en su cuerpo, Tom no pudo hacer más que esperar el ataque, mientras sentía como gotas de orina se deslizaban en medio de sus muslos internos, llegando a sus medias.

Pero Bill simplemente mostró el arma, riendo nuevamente al ver la humedad de su orina entenderse en la tela, pues eso solo hacia que se ciñera más a su vulva; para acto seguido, ponerse despacio de cuclillas y dejar el cuchillo a un lado, sacando de uno de los bolsillos del traje un globo largo de color amarillo, el cual infló y en cuestión de segundos le dio forma de un gato.

Una vez con el pequeño gato de globo armado, se lo extendió a Tom en una mano.

—Mírate, te ves como un pequeño gatito asustado —comentó el payaso.

El pecho de Tom subió y bajó, viendo el globo en la mano del payaso.

Vio al globo y después al payaso, que le regaló una sonrisa, que lo hizo dudar en que debería hacer. 

Moviendo su cuerpo como pudo, Tom se sentó, viendo de cara al payaso, con sus piernas abiertas, pero sus rodillas lastimadas juntas, dejando una especie de barrera entre él y el azabache, aunque eso significa dejar un poco a la vista su braga.

Y tomó cauteloso el globo que el extraño ofrecía amablemente. 

Bill sonrió sintiéndose extrañamente satisfecho porque, aún con su terror, el rubio aceptó su globo.

—¿Quieres otro? Me gusta hacer figuras —contó Bill.

Tom abrió los labios para hablar, pero finalmente no lo hizo, teniendo el gato de globo con ambas manos.

—Tomaré eso como un sí —Bill sonrió, con algo que rozaba la emoción de cuando aprendió a hacer sus primera figuras con globos.

Sacó otro globo, esta vez de un rosado pastel, el cual infló y armó a la vista de su víctima, esta vez le armó una espada. 

Tom se quedó callado, consternado por la actitud de payaso, y aunque el miedo seguía instalado en su sistema nervioso, no podía dejar de ver al payaso y la habilidad de sus manos largas.

Bill le extendió el globo, pero Tom dudó en tomarlo, pues estaba demasiado revuelto por la actitud del desconocido payaso.

La punta del globo en forma de espada rozó con la punta de su nariz por el viento del bosque.

Tom observó el color y la punta del globo largo, y viendo fijamente al payaso, movió su rostro, y abrió sus labios metiéndose la punta a la boca.

Lamió la punta, abriendo la boca dejando ver su fondo.

Las piernas de Bill casi pierden su equilibrio al estar de cuclillas en reacción al vulgar acto del rubio.

Y su miembro terminó de endurecerse, rozando con la tela del traje.

“¿Qué carajos?”, pensó el payaso, no del todo disgustado, pues empujó la espada dentro de la boca del contrario, hasta casi hacerlo atragantarse.

Tom tosió, pero esta vez no fue por el llanto del pánico. Soltó el globo de gato que tenía en las manos y tomó con ambas manos el extremo del globo rosado, decidiendo cómo iba a chuparlo, sin dejar de ver al payaso mientras lo hacía.

Bill extendió su otra mano libre a la cabeza de Tom, acercándose más, tomando su cabeza, lo movió a su gusto mientras con la otra mano seguía empujando el globo a su boca.

Tom gimió cuando fue tomado, lagrimeando pues el payaso empujaba hasta su garganta el globo.

Bill abusó de su boca y garganta, disfrutando de ver cómo Tom se tragaba el globo sin rechistar mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.

—Sí… Qué bien mamas, gatito —alentó el payaso, acercándose más.

Las rodillas de Tom se fueron abriendo ante la cercanía, distrayéndose en su boca siendo profanada, por lo que poco a poco Bill quedó de rodillas en medio de sus piernas.

Tom cerró los ojos, temblando, saboreando el sabor plastificado del globo, era como chupar un condón inflado.

Bill sacó abruptamente el globo de la boca de Tom, y lo apretó, haciéndolo reventar.

El sonido sobresaltó a Tom haciendo que su braga mojara más, llegando al punto de sentir que la humedad se extendía hasta su trasero, y se dio cuenta que ya era demasiado tarde para cerrar las piernas pues el payaso estaba en medio de ellas.

Bill hizo su mano hacia atrás, tomando nuevamente el cuchillo, Tom tragó saliva, excitado y asustado, pero se intentó autoconvencer de que era pura utilería.

Hasta que el payaso tomó sus rodillas y lo hizo abrirse más, para tener más espacio en su entrepierna.

Rozó el cuchillo por el interior de sus muslos, haciendo desgarros como garras en su piel y medias, dejando líneas rosadas por la presión. 

Guió el cuchillo hasta su coño, y puso la punta justo encima de la hendidura marcada de sus labios.

Tom se encogió de hombros y su cuerpo tembló más al percatarse de que el cuchillo era real, no era plástico o un metal que buscaba imitar un filo de carnicero.

La punta se sentía peligrosa, era como un aguijón de avispa justo en su coño.

Su coño palpitó, haciendo que la punta se metiera más, pinchando uno de sus labios por encima de la fina tela.

Su mirada se mantuvo anonadada con su boca abierta, su mandíbula abierta y temblando, pues la amenaza era real, no una actuación.

—Toc, toc, toc —susurró el payaso, pero no hubo respuesta, por lo que deslizó un poco el cuchillo, y lo empujó suavemente hacia donde sabía que estaba la entrada de la vagina, obligándolo a responder.

—¿Quién es? —preguntó Tom, siguiendo su juego, conteniendo la respiración y bajando la mirada al cuchillo que amenazaba con penetrarlo. —¿Quién eres? —preguntó directo, subiendo la mirada para ver al payaso.

Bill acercó su rostro, con una sonrisa ladina, golpeando el rostro del rubio con su mano derecha abierta, mientras con la otra sostenía el cuchillo.

La bofetada hizo que Tom desviará el rostro, pero el payaso lo tomó y apretó sus mejillas, haciéndolo abrir la boca.

El azabache terminó de acercarse a su boca, entrando con su lengua a su cavidad bucal, acariciando su lengua y saboreando el sabor que tenía su boca.

Tom contuvo el aire, el payaso mantenía los ojos ligeramente abiertos mientras lo besaba.

Eso le hizo sentir un frío recorrerle toda la espina dorsal.

Tenía la boca abierta, y su lengua siendo el único músculo que podía controlar, enredó su lengua con la del payaso, haciendo que sus dientes chocarán y se hiciera un sonido húmedo entre sus rostros.

El payaso de presionó todavía más contra su rostro, haciendo que sus narices se hundieran en la del otro, haciendo la diferencia evidente entre la nariz respingada de Tom y la nariz circular y roja de Bill, que claramente no era la suya.

Bill le mordió la lengua con fuerza, a lo que Tom respondió gimiendo del dolor y chupando su lengua con fuerza, haciendo que el payaso soltara su rostro y bajará hasta su pecho, palpando la zona, buscando pechos.

Pero en la zona faltaban dos globos de carne que Bill no sintió, lo cual lo hizo fruncir el ceño y se separó de su boca, no sin antes ejercer una mordida violenta en los labios del rubio. 

Un hilo de saliva los dejó conectados por unos segundos, antes de que Bill rompiera esa unión al bajar la mirada al pecho cubierto del contrario.

—¿No tienes nada? ¿Ni un poco? —cuestionó el payaso, evidentemente decepcionado por la falta de elio en el pecho del rubio. —Qué decepción. Me gustan  mucho los globos bien inflados.

Tom no supo si reírse o retarlo a descubrir si tenía algo, pues la presión del cuchillo en su coño era peligrosa.

Bill notó como las comisuras de los labios maltratados de Tom se levantaron hacia arriba por una fracción de segundos.

Le había dado gracia.

Gracia real. 

Alejó el cuchillo de su coño por unos segundos, tomándose un tiempo para quedarse callado, observando al de rastas.

La quietud repentina del payaso hizo que Tom nuevamente se tensara, a ese punto, ni los sonidos de fondo podían opacar el ritmo de su propio corazón que podía dejar de latir esa misma noche, en ese mismo momento. 

—Willy El payaso Silly —reveló Bill.

Tom tragó saliva y asintió, asumiendo que ese era el nombre que usaba como payaso.

Por unos segundos tensos, hubo una especie de calma fría que hacía que el olor a tierra se sintiera más presente, y el dolor de los labios y lengua de Tom se acentuaran más. 

Bill le sonrió. —No importa que te diga mi nombre, no vas a poder decirle a nadie lo que esta noche va a pasarte.

Dicho eso, Bill empuño el cuchillo, y deslizó el dedo índice de su mano derecha por la ingle del rubio, metiendolo por debajo de la tela de la braga, estirando el encaje y metiendo su cuchillo, cortando la braga justo por la costura, dejando a la vista su coño.

Tom ya no estaba mojado solo por el sudor y la orina, sino por algo que por su olor y cremosidad delataba su calor interior.

El corte repentino de su braga de la suerte y el susto de ser cortado o apuñalado hicieron a Tom gritar, aunque sonó más como un gemido incapaz de distinguir la emoción con la que lo dejó salir.

Bajo la mirada, su falda estaba levantaba y con la braga cortada su vulva quedaba totalmente expuesta, sus labios exteriores e inferiores estaban abiertos por la excitación de la zona.

En esa situación tan vulnerable Tom observó al payaso, esperando su siguiente movimiento, viendo el bulto notorio y duro de su entrepierna.

Su vagina lubricó más ante la caracterización del payaso, incluso si el cuchillo seguía cerca de su entrepierna. 

Tom dejó a su cuerpo ceder ante lo que hacía a su coño palpitar, con las pupilas dilatadas por la excitación tan incontrolable que le hacía hervir el vientre.

Su pecho comenzó a bajar y subir con más lentitud, abriéndose más para el payaso.

Su miedo se mezcló con algo más, algo repentino pero que no quería dejar escapar,  que quería domar en ese preciso instante y con este payaso.

Bill no dejaba de ver el coño del rubio, mojado y con el vello púbico recortado en su monte de venus. 

Al notar la docilidad de su víctima, no pudo estar más satisfecho.

El agujero de su coño era visible en esa posición, no lo pensó demasiado, con el cuchillo aún en la mano, guió la punta afilada a su vagina.

Tom contrajo su interior ante el filo amenazante, pero el payaso continuó.

La punta entró, se deslizó con una facilidad perfecta por sus fluidos.

Bill lo empujó hasta la mitad, subiendo la mirada para ver el rostro tenso y sonrojado de Tom, que había dejado de temblar, concentrado en el filo frío que sus paredes vaginales apretaban.

Tom no quería moverse, temiendo que el cuchillo lo cortara, pero deseaba ser penetrado y de algún modo que no entendía disfrutaba del cuchillo en su interior, aunque carecía de mucho grosor y suavidad. 

Su vagina había tragado bien al cuchillo, hasta la mitad de la fría lámina de metal.

Juguetonamente apretó la mano y brazo del payaso con sus muslos, removiendo sus piernas hacia adelante y atrás, como si pedalera. 

El payaso seguía siendo aterrador, pero su maquillaje corrido y ropa colorida lo hacía mojarse demasiado, al punto de que sus muslos se deslizaban deliciosamente más fácil por su propia lubricación. 

Algo en su sonrisa roja pintada de manera tétrica, junto a sus labios reales curvados en una sonrisa de suficiencia, hicieron a Tom gemir en bajo, luchando realmente poco por reprimirlo. 

—¿Te gusta? —preguntó Bill, un tanto escéptico por su comportamiento, aunque su mano comenzaba a sentirse cálida debido al calor de los muslos apretados que lo dejaban atrapado.

Tom respondió abriendo ligeramente los labios, jadeando y asintiendo, con sus ojos brillosos y grandes.

Bill movió el cuchillo, sacándolo un poco y luego volviéndolo a meter, repitiendo aquello varias veces.

La mirada del rubio era fija en él, carente del miedo inicial, teñida de algo que perturbó al mismo payaso, más no suavizó su erección. 

El cuchillo se deslizaba cada vez mejor, Bill no podía evitar dejar de ver cómo desaparecía hasta la mitad en su coño carnoso, con esos labios vaginales que lo hacía tener hambre.

Penetrarlo con su cuchillo resultaba igual de gratificante como lo hubiera hecho clavarlo en su pecho.

No había mucha diferencia entre usar su cuchillo o su pene para apuñalarlo, el rubio lo succionaba bien.

Tom se quebró, hundiéndose entre sus hombros, con el vientre tenso al igual que sus piernas cuando se vino, abriendo las piernas, dejando escurrir entremedio de sus labios un chorro claro que salpicó la tierra debajo suyo y el cuchillo.

El cuchillo seguía en su interior, por lo que aún, habiéndose venido no se relajó del todo.

Bill sacó lentamente el cuchillo, viendo como los hilos transparentes y rojos, pegajosos, dejaban unidos la punta de su cuchillo y la entrada del coño.

Tom vio como un poco de sangre salía de su vagina, no había sentido el momento en el que había sido lastimado, pues no lo percibía por su reciente corrida.

Quedándose pasmado ante las heridas profundas cuando empezaron a sentirse.

El payaso acercó descaradamente la hoja afilada a su boca, y con su lengua se encargó de limpiarla, saboreando su lubricación salada, venida y sangre al mismo tiempo. 

Se puso de pie, dejando a Tom descompuesto sobre el suelo, con sus piernas abiertas y coño lastimado.

—¿Todavía tienes miedo? —preguntó Bill.

Tom alzó la mirada, y con un poco de dificultad se puso de rodillas, sentándose en m, abriendo su boca y jadeando, viendo directamente su entrepierna.

Todavía quería más del payaso.

Bill entendió que quería, y se volvió a reír, esta vez no fue de gracia, sino de un poco de molestia, un conjunto extraño de sentimientos.

Tomó un puñado de sus rastas rubias con violencia y estrelló su rostro contra su entrepierna. 

—¿Eso quieres, gatito? Aunque debo decir que te comportas como una zorra, ¿eso eres? ¿Una zorra? ¿Una perra? ¿Una puta que se muere por una polla? —increpó Bill, jalandolo de las rastas para que lo viera. 

Tom asintió, adolorido por su cabello siendo jalado sin ninguna consideración. 

—Lo soy… Soy una puta —aceptó Tom, con ojos deseosos y una atracción incontrolable por el payaso que tenía a su coño inquieto por más, por sus dedos largos y habilidosos para darle forma a globos.

Bill suspiró, hasta el estómago le dolía por no poder darle placer a su pene y no quería correrse dentro del traje.

Le soltó la cabeza abruptamente al rubio, y mordió el cuchillo, dejándolo entre sus dientes mientras llevaba sus manos hacia atrás de su nuca.

Desabrochando el seguro, ya que era un traje de cuerpo entero, sacando primero los brazos de las mangas, y se lo terminó de bajar hasta la altura de la pelvis, quizás un poco más bajo, mostrando que debajo del traje llevaba una camiseta negra ceñida al torso de mangas cortas.

Tom notó el tatuaje en su brazo izquierdo, y también el de una estrella en la cadera del lado derecho mientras se subía un poco la camisa y se bajaba el pantalón que llevaba debajo del traje de payaso, dejando libre su pene hinchado y goteando preseminal.

Apretó los labios viendo el grosor y despacio subió sus manos por su propio torso, frotándose, para después llevar sus manos al final de su camisa, iniciando a desabotonar los botones desde abajo.

El payaso lo miró interesado en su desnudez, pero ante lo lento de sus manos, terminó de introducir el cuchillo por el cuello de su camisa y cortar los últimos tres botones que faltaban de un movimiento. 

Tom deslizó su camisa rota por sus hombros, dejando al descubierto su torso, iba al gimnasio regularmente por lo que sus pechos, aunque no fueran como los del estándar del payaso, estaban algo llenos por el músculo trabajado.

—Uhm, nada mal —soltó Bill, medianamente sincero.

No quería perder más tiempo, así que sin más ni aviso, volvió a tomar a Tom por las mejillas, apretándolas para que abriera la boca y le escupió dentro, llevándose el cuchillo a los dientes nuevamente, para después tomar su cabeza con ambas manos y penetrar su boca de una estocada que llegó hasta casi el final de su garganta.

Tom prensó la base engrosada y venosa con sus labios, succionando, aunque las lágrimas rebalsaban en sus ojos debido a la sensibilidad de su úvula.

El payaso sostuvo su cabeza, moviéndola hacia adelante y atrás, dictando cómo iba a chuparlo, aunque también movía sus caderas en vaivenes lentos.

Debido a la brusquedad del acto su pene inevitablemente era rozado por los dientes de la boca del de rastas, aunque eso no le era molesto en lo absoluto. 

Tom dejaba salir jadeos húmedos y ahogados, cada que el azabache llegaba hasta el fondo, haciéndolo poner los ojos en blanco. 

No quería cerrar los ojos, le gustaba verlo esa posición, tener que subir la mirada entre lágrimas, disfrutando de que un payaso que, sin una parte del traje podía ver que era un hombre joven y atractivo, le follara la boca con su pene largo y curvado, llegando casi al final de su garganta. 

El escozor de su vagina era insoportable debido a la cortara interior y sus fluidos, por lo que guió una de sus manos a su vulva, buscando su clítoris, pero recibió una patada por parte del payaso en la mano.

Al subir la mirada, el azabache simplemente negó con la cabeza, con la amenaza del cuchillo entre sus dientes, y Tom acató la orden.

Dejando sus manos a la vista. 

El dolor, su entrepierna chorreando, su falta de ropa, el olor a tierra, sangre falsa, látex, gritos y motosierras de fondo, hacía que eso no fuera una fantasía, anclándolo a la realidad del momento.

Nada comparado a lo que hubiera sido simplemente irse con un disfrazado de Jackson o Freddy Krueger.

Después de un par de estocadas más, Bill se detuvo, apreciando el bonito rostro lloroso de su víctima con la boca totalmente abierta y llena con su pene, siendo apretado por su garganta.

—¿Sabes? serías un bonito payaso, déjame hacerte tu maquillaje blanco —compartió Bill entre dientes, sacando su pene abruptamente la boca del rubio, masturbándose con rapidez para expulsar su semen sobre el rostro del contrario.

Tom se quedó quieto y cerró los ojos, recibiendo su corrida en la cara, sintiendo como incluso gotas caían sobre su párpados, abriendo los ojos al cabo de unos segundos.

—Perfecto, gatito —masculló Bill, admirando sus tiras de semen en el rostro de Tom, sobre sus labios maltratados, mejillas, nariz y ojos.

Tom le regaló una pequeña sonrisa exhausta, con la mandíbula adolorida por la mamada.

La dualidad del payaso era sumamente extraña, pues en cuanto sonrió, volvió a oscurecer su mirada y bruscamente lo tomó por el brazo, haciéndolo poner de pie, estrellándolo contra el árbol que estaba cerca de ellos, el mismo con el Tom había tropezado por sus raíces antes.

Girando el rostro, Tom pegó su mejilla izquierda contra el tronco, al igual que sus manos, viendo por sobre su hombro como el payaso tenía todavía su pene alzado.

Apretó y rozó sus piernas entre sí, ansioso por lo que sabía que finalmente venía.

Arqueo la espalda y alzó el trasero.

Pero Bill lo hizo arquearse más jalando sus rastas hacia atrás y subiéndole la falda, casi haciendo que se quebrara, por lo que Tom se puso de puntillas para el más alto, con el trasero en un ángulo que dejaba ver la hendidura de sus labios gruesos.

Con ayuda del cuchillo Bill terminó de cortar los jirones de la braga blanca que quedaba colgando en sus caderas.

Y con la misma hoja metálica le abofeteó las nalgas, haciendo sobresaltar a Tom por el corto dolor del cuchillo frío golpeando su trasero, haciendo rebotar su piel con cada azote, dejando líneas rojas de manera vertical y horizontal. 

Lo quería más abierto, así que Bill metió su rodilla en medio de sus piernas, para que le diera más espacio.

Tom abrió más sus piernas, sintiendo sus dedos de los pies apretados en la punta de sus zapatos de muñeca.

Sujetando el cuchillo con los dientes, Bill tomó su miembro, cubierto por la saliva del rubio y que goteaba un poco de semen, golpeó el coño lastimado con su duro pene, en sonidos secos de cómo su pene se pegaba a la vulva hinchada, antes de guiar su glande al agujero vaginal que lo llamaba a enterrarse.

Y lo hizo, se metió de un sólo golpe, hasta el fondo, pegando su pelvis al culo del de rastas, viendo fascinado como el agujero cubierto de sangre diluida en lubricación se extendía alrededor de su pene, adaptándose a su grosor.

Tom gimió en alto, apretando los ojos, ya que ser penetrado con tal brutalidad hizo que su canal ardiera más, por lo que removió sus caderas, debido a la inquietud del escozor que con el pene del payaso adentro se sentía más caliente e intenso.

Su coño se apretó alrededor del pene de Bill debido a contraerse su interior del dolor.

—¡Ahgh…! —sollozó Tom, en alto, sus gemidos se camuflaban con los gritos desgarradores del fondo, recordando que todavía había gente y más payasos en el bosque.

Sus piernas temblaron, percibiendo otro chorro de orina caliente deslizarse en sus muslos internos hasta ser absorbidos por sus medias ya sucias y arruinadas.

Bill empezó de empujarse con fuerza enterrando sus manos enguantadas a sus caderas, haciendo que sus testículos chocarán secamente contra la piel de Tom.

Moverse era exquisitamente fácil, pues la lubricación y sangre hacían la fricción sencilla. Cada penetración era hasta el fondo, como si apuñalara el cuello uterino del de rastas, sacando sus gemidos más lastimeros y guturales que pudiera. 

Tom sentía como su mejilla y pecho se rozaban contra la dura y áspera corteza del árbol, dejando su piel maltratada, abriendo los labios para tomar aire mientras su cuerpo era empujado con cada embestida contra el árbol.

Gritaba del placer, aferrando sus uñas cortas al tronco, con la piel de su trasero sintiéndose caliente con cada golpe de la pelvis del payaso.

Detrás suyo, escuchaba la respiración densa y errática del azabache, por tener el cuchillo en la boca.

Cuchillo el cual se sacó de la boca mientras jalaba sus rastas hacia atrás, esta vez separándolo del árbol.

Y le dirigió el cuchillo al pecho, Tom jadeo por la sorpresa, sin poder creer que iba a morir de esa forma, mientras le follaban el coño.

Pero el payaso no lo apuñaló, con su otra mano le apretó un pecho, con una fuerza que hizo que Tom sintiera que iba a arrancarle el músculo.

Lo manoseo entre apretones y pellizcos, eso hacía que Tom tensara su interior involuntariamente por el dolor, lo cual Bill agradecía.

En algo que no esperaba, Tom chilló del dolor y horror cuando Bill le empezó a realizar cortes superficiales en los pechos, que de inmediato comenzaron a sangrar, en gotas que se deslizaban desde el pecho hasta el abdomen.

Tom lloró con más fuerza, agobiado entre el dolor y el placer de que Bill apuñalara con su pene precisamente su punto dulce, llevándolo al borde de la cordura.

Pero su tortura no quedó ahí pues, sin dejar de cortar su piel, Bill bajó la mano izquierda hasta su vulva, llegando a la unión de sus labios, frotando con fuerza aspera por el guante su clitoris y uretra.

Su cuerpo estaba a punto de colapsar, tenso y sensible, con su interior siendo un desastre de músculos que se contraían sin control.

—Eres asqueroso, gatito —dijo repentinamente el payaso. —Eres toda una puta a la cual puedo tomar como quiera y lo va a disfrutar. 

Tom simplemente se limitó a sollozar, abriendo como podía sus ojos para verlo de reojo mientras hablaba cerca de su oreja, notando cómo el maquillaje del payaso se corría más por el placer y que al igual que él temblaba, aunque en menor medida que él. 

—¿No te daban miedo los payasos, gatito? —increpó Bill. —Porque… —contuvo la respiración cerca de su segundo orgasmo. —Tu coño recibe bien la polla de un payaso. Todo chorreado, arruinado por mí.

No hubo respuesta, más que gemidos y sollozos, por lo que Bill hizo más presión en su clítoris y uretra.

—Responde, gatito, ¿la polla de que payaso tienes adentro en este momento? —preguntó Bill cerca del rostro de Tom, que todavía tenía restos de semen.

—¡Uhg! ¡Uh, uh, uh! —gimoteó Tom, azotando su trasero repetidas veces contra la pelvis del payaso, incapaz de formular palabra.

—Dilo —continuó Bill, presionando el filo sobre en medio de su pecho cortado.

Tom se atragantó con su saliva, tosiendo. 

—Wi-Will —intentó pronunciar el rubio, viendo el cuchillo apuntando a su pecho. —No… No puedo, no lo recuerdo —lagrimeó. —Por favor… No quiero morir así —suplicó.

—¿No te acuerdas? —preguntó Bill, haciendo más presión en la piel, al punto de perforar.

Tom negó rápidamente. 

Al verlo negar y llorar, Bill se quedó callado, alejando el cuchillo y haciendo una última presión en su clítoris y uretra, tomándolo nuevamente de las caderas.

Arremetiendo violentamente, hasta el punto que a él también le dolía la pelvis.

Hizo la cabeza hacía atrás mientras era ahorcado por la vagina del rubio en medio de una contracción de dolor que se mezcló con su orgasmo, la presión a su pene fue tanta que se empujó hasta el fondo mientras los músculos se cerraban, descargando su semen duramente contra su cuello uterino, depositando todo su espeso y caliente semen.

El vientre de Tom se tenso placenteramente al recibir el semen del payaso, tan hondo que se sintió fecundado en ese mismo instante, cuando su coño expulsó su segundo orgasmo, chorreando más que la primera vez, terminando de orinarse, mojando por completo sus piernas en una sensación caliente y pegajosa que llegó hasta sus zapatos.

Su gemido final fue uno roto, entrecortado, en medio de espasmos en su parte baja, abrazando con sus músculos el pene del payaso que perdía rigidez en su interior.

Hizo la mirada hacia arriba, perdiéndose en lo caliente y llena que se sentía su vagina maltratada por el pene del payaso, y en la liberación de su vejiga.

Las manos del payaso soltaron sus caderas entumecidas y la salida del pene fue abrupta, dejando una salida de fluidos en su agujero abierto, semen, sangre y lubricación.

Sus muslos internos estaban llenos de orina que dejaban su piel y medias calientes, siendo golpeadas por el frío del bosque.

Toda la extensión de su coño, desde su monte de venus hasta el final de su vagina estaban calientes y adormecidas.

Tom se aferró al tronco, pero sus piernas ya estaban demasiado débiles, por lo que se deslizó hasta caer sobre el suelo, a pies del árbol, intentando respirar, aunque sentía sus sentidos nublados, dándose la vuelta y apoyando su espalda en la corteza.

Subió la mirada y vio al payaso parado ahí, quieto, observándolo desde arriba, con el pene afuera, sostenido con un poco de rigidez, y con el cuchillo todavía en manos.

No sonreía, pero había un placer silencioso en sus ojos.

Con el cuerpo totalmente roto, cubierto de sangre, semen y orinado, Tom se quedó quieto, resignado a su final.

—Eres el mejor espectador que he tenido —reconoció Bill, con una sonrisa torcida pero sincera. —Espero que hayas disfrutado el show, gatito.

Dicho eso, Bill se empezó a acomodar el traje nuevamente, guardó su pene, y quedó como en un principio. 

Tom tragó saliva, siendo incapaz de confiarse ante esas palabras.

—¿Todavía te dan miedo los payasos? —preguntó Bill, poniéndose de cuclillas, como en un principio. 

La pregunta hizo parpadear a Tom, que sentando ahí contra el árbol, con las piernas abiertas, pues ya no tenía las fuerzas para cerrarlas, dejando expuesto y abierto su coño, con los labios rojos y moreteados.

El semen de sus mejillas ya empezaba a secarse en su piel, mientras que el de dentro de su vagina todavía se conservaba caliente gracias a él.

—No… —respondió Tom, sin miedo, sino con una excitación que todavía quedaba residuada en su pecho y entrepierna, el maquillaje de payaso, el traje, los sonidos ya no le daban miedo.

Bill sonrió contento, realmente contento.

Y Tom apenas pudo corresponder a esa sonrisa, jadeando al sentir las punzadas de dolor de su pecho totalmente lleno de cortadas.

—Muy bien, muy bien —aplaudió Bill, manteniendo el cuchillo en su mano. —Te daré un último obsequio.

Sacó de su bolsillo otro globo, pero esta vez no fue uno largo.

Sino redondo y transparente, que infló un poco, haciendo una pequeña bolita.

Se la mostró al de rastas, para acto seguido guiar su mano con el globo a la entrada de su vagina e introducirlo.

Tom mantuvo las piernas abiertas, permitiendo que el payaso lo tocara una última vez.

—Pasa buenas noches, gatito —se despidió finalmente el payaso.

Caminando hacia algún punto, al cual Tom ya no pudo ver debido al humo artificial.

Se quedó en silencio, atento por unos segundos hasta que estuvo seguro de que el payaso finalmente se había alejado.

Cerró los ojos, qué era lo único que no le dolía.

Su vagina se sentía ocupada por aire, debido al globo que era un peculiar tapón, aunque no le sorprendía pues se lo puso un payaso.

Se observó a sí mismo, el desastre más que vulgar que era.

Definitivamente había terminado como una muñeca rota.

Sus medias ya no eran del todo blancas, estaban mojadas, llenas de tierra y en la parte de sus rodillas habían gotas de sangre de su caída. 

Su ropa interior estaba rota en el suelo, su camisa igual, lo único que vestía era su falda que ya estaba manchada de orina y de sangre que seguía deslizándose de su pecho.

Era un crimen demasiado obsceno.

—Willy El payaso Silly… —murmuró en medio de una risita.

Sí recordaba el nombre del payaso, simplemente, no quería arriesgarse a que lo matará.

Pues se le había grabado el motivo del porque el azabache le dijo su seudónimo de payaso, porque no iba poder decirle a nadie lo que iba a sucederle. 

Simplemente quería que el payaso creyera que el miedo era más, pero cuando fantaseas constantemente con estar con asesinos, toparse a un criminal real y sobre todo uno tan peculiar como el azabache… Era difícil, incluso si tenía un punto en el pecho donde había hecho presión con el cuchillo. 

Ya no le tenía miedo a los payasos.

&

Caminó por el pasillo, y en su forma de caminar se mostraba que estaba de muy buen humor. 

Habían muchas puertas, pues era un edificio de departamentos, sólo tenía que encontrar cual era.

—A305 —leyó el papel que tenía en mano, con su propia letra.

Eran las once de la noche, una hora un poco peculiar.

¿Pero quién era él para juzgar los horarios de la gente?

Su horario personal era, honestamente, una basura.

Tomando las contrataciones que salieran, que eran mínimas.

Paso por la puerta A301, la puerta A302, la puerta A303, la puerta A304 y finalmente, la A305.

La puerta tenía un cartel de fiesta de colores brillantes y serpentinas que decía “Bienvenido”.

Estaba por tocar la puerta, pero recordó que le habían especificado en el correo que no tocara, que simplemente pasara adelante, que estaría abierto.

Bueno, no era la primera vez que le hacían una petición así, que le decían que pasara de una vez.

En la puerta se posó su sombra alta, con su cabello en puntas diversas. 

Tomó el pomo y la giró, afectivamente, no tenía llave.

Pasó de una vez.

—Buenas noches —exclamó en un tono animado para avisar de su llegada.

Pero no había nadie, pero el pasillo recibidor estaba decorado para una fiesta muy colorida, habían globos de diferentes tipos.

Predominaban los colores rosados y amarillos, lo cual le hizo creer que era una celebración para alguna chica.

Normalmente hacían eso en las fiestas, predominar ciertos colores para los festejados. 

Caminó por el pasillo, se escuchaba música alegre venir desde lo que parecía la sala, así que se guió por el sonido.

Al llegar a la sala se quedó quieto, sin dar un paso más, ni un paso menos.

En la mesa había un pastel.

Su sonrisa pintada de rojo, se deformó, pues sus labios sonrieron en grande, mostrando sus dientes.

El pastel tenía sus rastas rubias en dos coletas altas, con pompones rojos, con guantes y medias al muslo de los colores del arcoiris.

Sus piernas estaban abiertas, flexionadas, dejando ver la crema pastelera con chispas de colores y estrellas, cubriendo su coño.

En medio, había un cuchillo con un lazo rojo de regalo en el mango.

—Toc, toc, toc —Tom abrió más sus piernas mientras hablaba, dejando ver que ya estaba esperando al azabache, con un globo en su interior.

—¿Quién es? -—preguntó el payaso, dejando en el suelo su maleta con puntos de colores.

—Adivina, adivinador —siguió Tom.

—Uhmm, ¿un gatito miedoso? —preguntó el más alto, acercándose a paso lento. 

—Incorrecto —las piernas de Tom amenazaban con cerrarse.

—Dame una pista.

Tom infló una mejilla y fingió pensar, mientras movía juguetonamente sus piernas apretadas con medias que solo hacía resaltar más la carne de sus muslos.

—Empieza con B.

—¿B? —el payaso arqueó una ceja, mientras daba pasos cautelosos hacía la mesa.

—Empieza con B, mide 1.92, fue el mejor de su clase en 2005 en su último año de bachillerato, tanto que el Colegio San Pablo dejó su foto en el mural de honor de la institución… Estudió cinco años en la Academia de Artes de Berlín para ser payaso y se graduó orgullosamente hace dos años —desglosó Tom, con una pequeña sonrisa ladina. 

Bill se detuvo, observando fijamente al de rastas al verse descubierto, estirando su mano para tomar el cuchillo sobre la mesa.

—Te deje vivo porque creía realmente que no recordabas mi nombre… —masculló el azabache, con el cuchillo en mano, deslizando la mirada desde el filo brillante hasta el brillo claro del líquido jugoso que botaba el coño con crema dulce.

Tom se rió y asintió. —Normalmente eso pasa en las películas, el asesino mata a la rubia desnuda, y aunque no lo hiciste, tu interpretación fue casi perfecta, con el detalle de que dejaste a tu víctima viva.

—Podría hacerlo ahora —Bill sonrió de manera retorcida, riendo de manera nasal y achicando los ojos.

—Tuviste la oportunidad de hacerlo, pero no lo hiciste. Creo que pensamos lo mismo. Yo tenía un buen coño como para que me mataras, y tu pene se sentía demasiado bien como para dejarme matar —siguió Tom.

Bill desvió la mirada y curvó los labios hacía abajo, en una mueca de fingida tristeza, con las cejas curvadas igual que la boca.

—Además, si lo haces no saldrías limpio, tengo toda tu información, Bill, en un correo programado para la policía donde soy la víctima perfecta, y aunque buscaras en todo el departamento no encontrarías la laptop, porque no está aquí —reveló Tom, sentándose sobre la mesa, abriendo sus piernas y llevando su mano a su coño y estirándolo para la vista del payaso, que no dudo en ver.

Bill tragó saliva, con el estómago comenzando a arder de nervios, pero mantuvo su mirada perversa en el contrario.

—Te tengo otra adivinanza, payasito.

Las cejas de Bill se alzaron en interés.

—Adivina adivinador, ¿Cuántas cámaras de seguridad crees que hay alrededor de todo el departamento grabando este momento y guardándose automáticamente en el mismo correo? 

La boca de Bill se torció, vacilante, y lentamente giró la cabeza a los costados del techo, en las mesas y en cualquier superficie de mueble o rincón de estante. 

Tom se carcajeó. —Estás casi tan blanco como tu maquillaje.

—Las voy a encontrar —amenazó Bill, volviendo a verlo, apretando el cuchillo.

—La búsqueda sería contraproducente, puedes revolver todo el lugar y no las encontrarías antes de que la policía venga al departamento a buscarme. Para ellos sería una victima de ultraje e intento de asesinato por el payaso interpretado por Bill Kaulitz de la calle Lincoln, casa cuatro color rojo, pero para ti, puedo ser la victima perfecta… —Tom bajó la voz a lo último, sacando el globo de su interior, mostrando lo preparado y mojado que estaba ya para el payaso, su vagina abierta para recibirlo entre lubricación y chispas de colores. —Tú escoges si lo que capten las cámaras es la prueba de un crimen o tu primer video porno. 

Bill apretó los ojos, y llevó el puño en el que tenía agarrado el cuchillo debajo de su mentón, apoyándose de sus nudillos mientras le daba una sonrisa forzada al de rastas.

—No sabes las ganas que tengo de apuñalarte… Mucho, profundo, hasta que tus entrañas revienten y tu vejiga colapse filtrándose por todo tu cuerpo junto a tu sangre rebalsada —murmuró Bill, abriendo los ojos y acercándose finalmente al de rastas, levantando el cuchillo en un movimiento abrupto.

&

—¿Crees que siga molesto? —preguntó Georg mientras caminaba al lado de Gustav por el pasillo.

—Si nos pasamos con lo que le hicimos en la feria del mes pasado —murmuró Gustav, apenado.

—Pobrecito, los payasos lo asustaron mucho, se cayó rompiendo su ropa y lo mancharon todo de sangre falsa —Georg suspiró realmente arrepentido. —Lleva desde el mes pasado sin hablarnos, metido en su departamento o en el cibercafé de la universidad.

—Esperemos que con esto nos perdone, le buscamos sus cosas favoritas para dárselas como regalo de cumpleaños, aunque… no dijo nada sobre su cumpleaños, así que será una sorpresa —Gustav sonrió un poco, con una caja decorada en la mano, viendo la que Georg también cargaba.

—Sí, no almorcé durante todo el mes solo para comprarle unos zapatos como los que tenía, ¿cómo se llaman? Esos que parecen  de muñeca —Georg alzó la mirada al techo, deteniéndose justo en la puerta A305.

—Creo que se llaman Mary Jane… Algo así como la novia de Spiderman —respondió Gustav, riendo, tocando la puerta, pero no hubo respuesta.

Georg por pura curiosidad tomó el pomo de la puerta, sólo para comprobar si tenía llave o no, sí tenía, seguramente Tom no estaba en su departamento.

Pero la puerta estaba sin seguro.

Ambos amigos se vieron y alzaron los hombros, ya tenían esa confianza con Tom de todos modos, por lo que entraron al departamento, esperando celebrar el cumpleaños número veinticuatro del rubio.

Pero, los sonidos que escucharon desde el pasillo, unos gritos desgarradores mezclados con llanto y algo húmedo enterrándose varias veces, los hizo alarmarse.

Por lo que se apresuraron a la sala principal, que era donde venía el ruido.

Encontrándose con una escena grotesca que los hizo quedarse paralizados y horrorizados.

Georg soltó la caja de sus manos y Gustav apretó su caja con fuerza, deformando el cartón de la impresión.

En el suelo y sobre la mesa había chorros rojizos, gotas pequeñas y grandes.

Y un payaso cubierto de sangre y algo más claro en la ropa, algo que parecía agua salpicada.

Que ante su presencia, separó su rostro del rostro del contrario, mostrando sus mejillas blancas del maquillaje mezcladas con crema dulce blanca y chispitas de colores pegadas hasta en la nariz.

Su mano se quedó quieta con el cuchillo en el interior del de rastas, que al notar a sus amigos, dejó de gemir con el rostro rojo y colapsado por lágrimas de dolor y placer, volviéndose rojo hasta las orejas al de repente estar siendo observado totalmente abierto, con un reciente segundo orgasmo empapándolo y su pecho con varias cortadas nuevas sobre las cicatrices viejas.

El silencio invadió la sala, hasta que tanto Georg como Gustav cerraron los ojos y se fueron hacía atrás desmayados.

—¡Mierda! —gimió Tom, no simplemente por el desmayo estrepitoso de sus amigos, sino porque incluso con dos visitas inesperadas, Bill volvió a mover el cuchillo, ignorando a los otros dos.

Tom le dio una patada con el pie para empujarlo, haciendo que sacara el cuchillo de su interior, siseando ante el dolor, para bajarse de la mesa y acercarse a sus amigos.

—¿¡Por qué no le pusiste seguro a la puerta!? —reclamó Tom, poniéndose de cuclillas para ver a Georg y Gustav, sin importarle que su cuerpo chorreaba sangre y otras cosas en gotas pequeñas de caían al suelo.

—Porque vine a animar una fiesta de cumpleaños, no a complacer a una muñeca puta —replicó Bill, acercándose detrás de él.

Tom le dió una mirada de reproche, y el payaso únicamente llevó su mano a su nariz roja y la apretó, haciendo sonar el claxon de su nariz de payaso.

F I N

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por Namyukaulitz

Escritora del Fandom

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