El amante

Notas: Secuestré un personaje de mi libro Peligrosa obsesión para hacer este OneShot. Las que me conocen, lo van a amar. Jojo. Que lo disfruten.

«El amante»

(One-Shot de Leonela Paredes)

Me mantuvo apretado contra su cuerpo tras cogerme fuertemente por la cintura, mientras devoraba mis labios. Sus manos bajaron hasta mi trasero y lo apretaron con firmeza provocando que nuestras pelvis se pegaran al máximo.

Clín.

El ascensor se abrió.

—Oh, lo siento, amigo —se disculpó mi pareja al deshacer el beso acalorado que nos estábamos dando, ya que no tuvimos en cuenta que el elevador podía llegar con gente dentro. Yo me volteé para ver a quién se refería.

—Está bien —respondió el joven con una sonrisa mientras se quitaba las gafas y se las colocaba como bincha. Llevaba una camiseta de asillas negra y, por encima, una camisa blanca abierta. Yo fruncí el entrecejo—. El amor provoca eso, ¿cierto?

—Totalmente —dijo Eldwin al tiempo en que ingresábamos al ascensor luego de que él me llevara agarrado sutilmente por la espalda baja.

—¿A qué piso vais? —preguntó aquel tipo y miré a mi esposo de inmediato.

—Al 12.

—¿Sois de aquí?

—No, estamos de vacaciones. Cumplimos cinco años de casados y quisimos hacer este viaje como nuestra segunda luna de miel.

—Oh, pero qué tiernos —espetó sonriente, alternando la mirada entre mi pareja y yo—. Qué bueno saber que, después de cinco años, la llama del amor sigue intacta. Se os ve muy enamorados.

—Muchas gracias, amigo. ¿Y tú?

—¿Yo?

—Perdón —rio—, ¿eres de aquí o también viniste de vacaciones?

—No son vacaciones para mí, pero sí me vi obligado a hacer este viaje.

Lo miré con recelo.

—Oh… No quiero ser entrometido, pero, ¿alguien te obligó?

—No exactamente. Más bien, creo que yo mismo me obligué a venir, porque sentí que necesitaba hacer este viaje —desvió la mirada hacia mí y yo arrugué el entrecejo, de nuevo, antes de hacer mi cara a un lado. Su mirada me incomodaba.

—¿Viniste tú solo o con tu pareja?

—Vine solo. Mi pareja decidió viajar con otro hombre.

—Ohh… ¿sois una pareja abierta? —indagó mi esposo y yo deseé que se callara de una buena vez. Odiaba que fuese tan sociable.

—No… pero es complicado, tú sabes —respondió y no pude evitar clisar mis ojos en los suyos. ¿Por qué hablaba de esa manera?

—Entiendo —cuando Eldwin iba a decir algo más, se oyó el “clín” del elevador anunciando que habíamos llegado a nuestro piso. Sentí un enorme alivio, a pesar de haber tardado mil años—. Bueno, amigo, este es nuestro piso. Fue un gusto tener una plática de ascensor contigo.

—Lo mismo digo —colocó su mano hacia adelante y mi esposo lo imitó—. Me llamo Tom.

—Eldwin —estrecharon sus manos—, y él es Bill.

—Fue un placer conocerte, Eldwin —hizo una breve pausa mientras yo lo veía de reojo, desconfiado—, y a ti, Bill —hice un leve movimiento de cabeza acompañado de una efímera y falsa sonrisa—. Que disfrutéis de la velada. Estoy seguro de que será una maravillosa segunda luna de miel.

—Muchas gracias. Probablemente nos topemos a menudo durante nuestra estadía aquí.

Tom clavó su mirada en la mía.

—No tengo dudas de eso —fue su respuesta y las puertas del elevador se cerraron.

&

—Agradable sujeto, ¿verdad? —comentó de pronto mientras se aproximaba a la cocina luego de quitarse la camisa.

—¿Quién?

—Tom, el chico del elevador.

—Oh… —hice un gesto evasivo y continué cortando el queso. Eldwin cogió un trozo para llevárselo a la boca tras inclinarse un poco y apoyarse, de lado, en la encimera, quedando más cerca de mí.

—Podríamos invitarlo a cenar, ¿no crees? —preguntó y lo miré de inmediato.

—¿A ese tipo? —solté con molestia y sorpresa a la vez—. Siquiera lo conoces, solo lo viste unos minutos en el ascensor.

—¿Y? Parece agradable —sorbió un poco de mi cerveza—. Además, ya lo escuchaste. Está aquí, porque su pareja se fue de viaje con otro.

—¿Y a mí qué me importa su vida? Es un extraño que acabas de ver. No lo quiero en nuestra suite.

—Tranquilo, bebé —rodeó mi cintura con sus manos para acercarme a su cuerpo—. Solo te preguntaba, porque me resultó un tío agradable y me conmovió un poco su situación —hice mi rostro a un lado sosteniendo mi molestia.

—A ti te agrada todo el mundo, Eldwin. Y te compadeces por todos, pero no podemos sumar a nuestra luna de miel a un completo extraño, solo porque te dio pena algo de lo que te contó. Al menos, deberías esperar a saber por qué su pareja hizo lo que hizo. ¿Tú qué sabes? Tal vez ese Tom es el típico tío violento que se victimiza cuando da su versión de los hechos, y tú aquí queriendo invitarlo a cenar porque lo dejaron.

Rio.

—De acuerdo, tienes razón. No te enojes —me besó con calma—. Me iré a duchar y creo que me quedaré un rato en el jacuzzi, necesito relajar mi cuerpo. ¿Me acompañas?

—No, amor… —rodeé su cuello con mis brazos—. Ve a relajarte, tómate tu tiempo, que yo luego te ayudaré a relajar en la cama —mordí su labio inferior sin llegar a lastimarlo—. Mientras tú haces eso, iré al restaurante del hotel a averiguar cuál es el menú de hoy.

—¿No prefieres pedir servicio al cuarto?

—No, sabes que soy muy selectivo con la comida y quiero ver cuáles son los platillos que tienen y su aspecto para elegir con razón y no al azar a través de una carta. Además, este queso que dejaron de cortesía, no me convenció mucho, así que, con más razón, quiero ver los platillos.

—De acuerdo, cariño —me dio un profundo beso y se encaminó al cuarto de baño.

*

Cuando el ascensor se abrió, ahí estaba Tom, ya sin gafas y solo con su camiseta de asillas negra.

«¿Qué carajo?», fue lo primero que se coló en mi mente.

Apenas lo miré, entré y me puse de espaldas a él. Marqué Planta Baja y, cuando pasamos al menos dos pisos, noté que frenaba el ascensor con el botón de parada de emergencia. Volteé de inmediato y me empotró contra la pared de metal para comenzar a besarme febrilmente. Iba a empujarlo, pero sus hábiles manos lo impidieron y se apresuraron a desabrochar mi cinturón al tiempo en que, con su boca, descendía por mi cuello, mordisqueándolo y ensalivándolo sin pudor. Me mordí el labio y, cuando mis manos se adentraron en su jogging, me giró con brusquedad para bajarme el jean. Apretó mi cabeza contra la pared del elevador para evitar que volteara, entonces sentí su ya húmedo pene presionarse en mi ano para, inmediatamente, adentrarse en mi cuerpo. Gemí, pero él tapó mi boca al reacomodar su mano tras liberar mi cabeza y se apegó a mi espalda.

—Eres una puta muy infiel —espetó entre dientes, al acercarse a mi oído, y empezó a embestirme.

Intenté quitar su mano de mi boca, sin resultados, ya que él se aseguró de inmovilizar mis manos por encima de mi cabeza tras un ágil movimiento y volvió a impedirme hablar. El vaivén de nuestras figuras no se hizo esperar, por lo que el calor, junto al placer sadomasoquista, se encargaron de colonizar todo mi jodido cuerpo. Como sus estocadas eran cada vez más violentas, mi interior se sintió por demás estimulado y me sería imposible soportar el precoz orgasmo que, repentinamente, tenía a todos mis sentidos contra las cuerdas.

—¡Mm! ¡Mm! —me quejé con el fin de llamar su atención.

—¿Qué pasa? —preguntó en tono lascivo, liberando parte de mi boca para permitirme hablar.

—Estoy… estoy…

—No es cierto —aseguró con firmeza y yo asentí frenéticamente con mi cabeza—. ¿De verdad ya vas a…?

—Sal… te lo pido… —mi respiración se entrecortó al estar luchando para no eyacular. Él tiró de mi cabello con fuerza—. ¡No!

—¡Maldita sea! —exclamó y liberó mis manos. De inmediato, viró mi cuerpo y se arrodilló frente a mí. Cogió mi miembro y lo llevó dentro de su boca. Yo cogí su cabeza por los lados y moví mi pelvis para penetrar su cavidad, percibiendo cómo la punta ya hinchada y a punto de estallar, atravesaba su estrecha garganta.

—Un poco… solo un poco más… —jadeé sin dejar de moverme, entonces él sacó su lengua, consiguiendo reducir aún más el espacio en su garganta. Fue allí que exploté—. Sí…

Mientras descargaba todo en su boca, él se encargó de seguir succionando hasta acabar con la última gota de mi semen. Colocó su lengua en la hendidura de la punta de mi pene, como si lo limpiara, y finalmente se puso de pie. Yo abrí los ojos encontrándome con los suyos, fijos y serios. Noté el movimiento de su nuez al tragar mi semilla y se relamió los labios. Coloqué mi palma en su pecho, respirando con dificultad, aún recuperándome del reciente orgasmo, y, al cabo de poco más de un minuto en completo silencio, hablé:

—¿Cómo supiste dónde encontrarme, Thomas?

—No podía quedarme en Berlín sabiendo que viajarías con ese imbécil —contestó mientras acomodaba mi ropa y abrochaba mi cinturón otra vez.

Ese imbécil —cité sus palabras—, es mi esposo.

—Lo sé. Desde hace cinco años, de hecho —pasó una de sus manos por mi nuca y cogió mi cabello con fuerza para acercarme a su boca sin llegar a besarme—. Pero tú eres mío desde mucho antes de conocerlo a él.

—Ahh… —me quejé excitado ante lo brusco del movimiento y el gustoso dolor que me generó su acción—, eso no te da derecho a irrumpir en nuestra segunda luna de miel.

—Tengo mucho más derecho que él y lo sabes —pasó su lengua desde mi mentón a mi nariz y luego atrapó mi pómulo izquierdo con sus dientes para darle una mordida sin pizca de brusquedad—. ¿Por qué aguantaste tan poco? No pude marcarte.

—Pues, porque fuiste muy rudo y sabes lo mucho que me calienta que me trates así.

—¿Es eso o en realidad acabáis de tener sexo y ya venías excitado? —se apegó a mi cuerpo, aplastándome contra la pared de metal.

—No, idiota. Solo tuvimos sexo en el baño del avión, pero fue muy incómodo; el espacio era muy reducido.

Apoyó su brazo flexionado sobre la pared, a un lado de mi cabeza, mientras que con su otra mano me tomaba por la barbilla para que lo viera.

—Cuando soy yo quien te folla, ningún espacio te resulta incómodo, no importa cuán pequeño sea.

—Porque tú me haces olvidar de todo a mi alrededor, Tom —susurré contra sus labios al tiempo en que sonreía y masajeaba su bulto aún bastante duro, por encima de su ropa. Un sonido irrisorio se oyó de su garganta al sonreír con malicia.

—Me debes una acabada.

—Eso te ganas por tener tanto aguante al tratarme como a una puta —metí la mano dentro de su jogging y él cambió la posición de la suya para cogerme violentamente por el cabello de la nuca y aproximarme a su boca, aunque evitando el contacto. Me quejé excitado—. Ahh…

—Y ahora me la vas a chupar como la puta infiel que eres.

—Eso quería escuchar, pervertido —escupí entre dientes, totalmente cachondo. Me besó con fuerza y tiró de mí hacia abajo para que me arrodillara frente a su pelvis al tiempo en que sacaba su polla mojada. Me mordí el labio inferior al descubrir lo caliente que estaba y enseguida me relamí con sensualidad tras alzar la mirada y clisarla en la suya.

Bon appetit.

&

Clin.

Anunció el elevador al abrir sus puertas.

Salí primero, limpiándome la boca con sutileza con los dedos, sin mirar atrás; aunque sabía que mi amante me seguía los pasos.

—¿Y cómo te trata ese imbécil? —oí a mis espaldas, más cerca de lo que esperaba. Reí meneando la cabeza.

—Su nombre es Eldwin —remarqué tras voltear levemente para hablarle, sin dejar de caminar en dirección al restaurante del hotel—, y me trata muy bien, por eso llevamos casados cinco años.

—Nunca me dio buena espina. Estoy seguro de que oculta algo y tú ni lo imaginas.

—Es un buen hombre, no tienes por qué creer cosas que no pasan —dije cuando se colocó a mi lado para seguirme el paso.

—Quiero protegerte.

—Tranquilo, solo eres mi amante.

—También soy tu hermano mayor —contraatacó al ponerse frente a mí, obligándome a detenerme. Lo miré enfurecido.

—¿Debías decirlo, Thomas?

—¿Acaso, cuando tenemos sexo, se te olvida que lo somos?

—No, pero prefiero no tenerlo presente, al menos, cuando te la estoy chupando —escupí con toda mi mala leche y me marché. Sin embargo, al llegar al restaurante de la planta baja, una presión en mi brazo me hizo detener y girar—. ¡Oye!

—Ya no quiero seguir con esta farsa, Bill. Creí que estar cerca de ti y ese esposo tuyo me ayudaría a regular mis celos, pero es todo lo contrario. No soporto la idea de que vaya a tocarte, a besarte, a hacerte el amor, teniéndote tan cerca de mí.

—Thomas —miré para un lado y otro cuando cogió mi rostro con una de sus manos—, aquí no. Pueden vernos.

—¿Y quién nos reconocería? Estamos en Hawái, a la gente le importa un rábano lo que ocurra a su alrededor; solo se enfocan en disfrutar. Tal cual deberíamos hacer nosotros —cuando estuvo a punto de besarme, mi móvil sonó. Me miró extrañado, pero yo atendí al instante.

—¿Aló?

—¿Dónde estás, amor? No te veo en el restaurante.

Abrí los ojos como platos y me enfoqué en el interior del lugar en donde yo debería estar. Cuando lo ubiqué con la mirada y estuve a punto de responder, Eldwin, me vio.

—Oh, ahí estás —dijo tras alzar su mano y esbozar una enorme sonrisa. Caminó hacia mí después de guardar su teléfono en el bolsillo.

—Thomas, disimula, por favor —pedí entre dientes mientras sonreía y me aproximaba a mi esposo. Noté que su cabello se veía mojado y su ropa algo húmeda—. Amor… —me besó efusivo—, ¿qué haces aquí? Creí que estabas en el jacuzzi.

—No, al final, tomé una ducha rápida, porque quería elegir contigo nuestra cena —acunó mi rostro entre sus grandes manos—, así que me vestí aprisa y decidí buscarte —alzó la mirada y su gesto me informó que acababa de ver a mi amante—. ¿Tom?

Me reacomodé para poder ver a mi hermano, rodeando la cintura de mi esposo con un brazo. Él hizo lo mismo, pero sobre mis hombros.

—Sí, nos detuvimos a platicar, porque nos topamos justo aquí —expliqué vagamente ante su seria mirada. Yo fruncí ambas cejas en un gesto de súplica, entonces la desvió para enfocarse en mi pareja. De manera sorpresiva, sonrió. Entrecerré los párpados sin comprender.

—Es que yo tampoco sé qué cenar. Sobre todo, estando solo —remarcó, el hijo de perra manipulador. Achiné los ojos deseando poder asesinarlo con el pensamiento—, entonces hablábamos de eso con Bill —continuó y se devolvió a mí—. ¿Verdad?

Asentí dudoso.

—Ohh… ¿ves, cariño? Te dije que debíamos invitarlo a cenar —soltó mi esposo y lo miré inmediatamente—. ¿Qué opinas, Tom? ¿Vienes a nuestra suite a cenar? La noche está hermosa para platicar mientras bebemos unos tragos.

—¡No! —se me escapó, pero me corregí enseguida—. Quiero decir… no… no creo que sea buena idea, amor. Tom debe tener planes —insistí en tono calmo, sonriendo, y gesticulé hacia mi hermano para que no aceptara. Algo que se pasó por el culo, porque no me hizo caso.

—¡Para nada! De hecho, me parece una excelente idea. Vosotros me caísteis muy bien desde que nos encontramos en el ascensor, y sería un placer compartir una cena todos juntos.

—¡Genial! Vamos al restaurante para ver qué pedir —expuso Eldwin al tiempo en que me empujaba con suavidad por la cintura baja para que comenzáramos a caminar. Le eché una mirada asesina a Tom y entramos al sitio.

&

—¡Maldita sea, no puede ser! —gritó mi esposo tras extender su mano con su vaso con Whisky hacia mi amante—. ¿¡Cómo que tenías una MV Agusta Superveloce 1000, Serie Oro y la vendiste el año pasado!? ¡Solo existen 500 unidades numeradas en todo el mundo! —agregó con la misma efusividad de antes. Thomas asintió gestualizando con sus hombros con fingido arrepentimiento mientras reía al darle otro trago a su botella de cerveza.

—Lo siento, amigo. De haberte conocido antes, seguro te la habría vendido a ti —fue su respuesta.

Eldwin se puso de pie, entre lamentos exagerados y risas, para acercarse a la mesa bar de la habitación. Se sirvió otro trago y continuó platicando con mi hermano.

No podía creer que el ambiente se hubiera puesto tan jovial y desestructurado siendo que estaba compartiendo una noche de mi luna de miel junto a mi esposo y mi amante en un hotel de Hawái. Si alguien me hubiera leído el futuro y hubiera dicho que esto iba a pasar, claramente no le habría creído ni madres.

Habíamos cenado entre pláticas amenas, aunque yo no había estado del todo cómodo, ya que en ningún momento estuve de acuerdo en que mi hermano y amante compartiese un momento con mi pareja y yo, pero Eldwin no lo notó. En ese instante, nos encontrábamos en la amplia sala que poseía nuestra suite presidencial, bebiendo y compartiendo parte de sus vidas como si fueran dos viejos amigos que hacía mucho no se veían. No podía creer el match que habían hecho esos dos. Me lleva la mierda.

De un momento a otro, al parecer los tragos se les subieron a los sesos, porque salió el tema sexo en la conversación y fue allí cuando Tom empezó a contar anécdotas sobre sus ligues pasajeros; aunque siempre haciendo hincapié en que él se sentía muy atraído por una persona que era prohibida.

Lo miré interrogante.

—¿Y qué lo hace prohibido? —indagó Eldwin luego de darle otro sorbo a su trago.

—Que… tiene esposo —contestó y me miró de manera efímera.

—Oh, entiendo. ¿Y tu chico sabe de ti?

—¡Por supuesto! De hecho, a veces nos vemos y follamos —fue su respuesta y yo tosí para enseguida fruncir ambas cejas al verlo.

—¿Te acuestas con un hombre casado? —pregunté haciéndome el imbécil, pero porque el comentario me resultó de lo más embarazoso.

—Sí. No me siento orgulloso, porque, honestamente, me hubiera encantado que fuera mi esposo —contestó con una profunda mirada y mi expresión de molestia, se relajó—, pero él dejó muy claro que solo somos amantes y nada más. Ojalá supiera que eso me destruye, porque yo estoy perdidamente enamorado de él —continuó y me di cuenta de que su semblante acababa de cambiar radicalmente. Ya no poseía ese gesto soberbio y misterioso que había sostenido toda la noche frente a Eldwin, sino que, ahora, su expresión era transparente, como si decir aquello se le hubiera salido de todo el cuerpo.

—¿Y nunca le pediste que le propusiera un trío a su esposo? —cuestionó mi pareja, tomándonos por sorpresa a ambos. Lo miramos al unísono.

—¿Qué dijiste? —pregunté incrédulo.

—Que si nunca le propuso hacer un trío.

—¿Cómo que un trío? —parpadeé desconcertado ante la fugaz escena mental que violó mi imaginación, pero me devolví a la tierra y aclaré mi cerebro al instante—. ¿Te parece sensato, Eldwin? El joven está casado y Tom es su amante, ¿cómo le propondría hacer un trío? Además, ellos siquiera se conocen.

—De hecho, el marido me conoce —interrumpió mi hermano a lo que yo volteé de inmediato—. Y, créeme, le caigo de mil maravillas —agregó sonriendo de lado.

Yo no podía creer que esa conversación se estuviera dando de esa manera frente a mi esposo. De repente, sentí que toda la sangre se me había ido a los pies.

—Pero no es correcto… yo… Es decir… —tartamudeé reorganizando mis neuronas de nuevo—, el chico ese quizás no quiera arruinar la relación que tiene con su esposo… porque este es una buena persona.

Eldwin se apegó a mí para rodear mis hombros con su brazo derecho y habló en mi oreja:

—No te pongas moralista ahora, amor. Tom está abriéndonos su corazón —me tomó el mentón con suavidad para enfrentar nuestros rostros—. ¿Te gustaría probar algo diferente para avivar la llama de nuestra luna de miel?

—¿Q-qué?

—¿Crees que no me he dado cuenta de cómo lo miras? —abrí los ojos, incrédulo—. Está bien que te atraiga otro hombre, los ojos se hicieron para mirar y… pocos son los maridos que les permiten a sus parejas, probar —continuó y adhirió su perfil al mío al voltear en dirección a mi hermano, quien nos veía con seriedad. De seguro creyendo que mi pareja me decía cosas obscenas al oído frente a él.

—Estás ebrio… —fue mi fallida forma de excusarme, pero él solo rio. Se puso de pie y tiró de mi mano para que hiciera lo mismo. Me apretó contra su cuerpo y viró hacia Tom, quien también acababa de levantarse de su asiento como si se tratase de un reflejo espejo.

—Durante el vuelo, dijiste que debíamos hacer cosas nuevas, por eso tuvimos sexo en el baño. Esta podría ser otra nueva oportunidad de probar algo distinto, mi amor… —susurró en mi oreja—. ¿Quieres hacerlo?

—Pero…

—Solo asiente, si estás de acuerdo —agregó y se mordió el labio inferior sin dejar de verme con lascivia. Yo asentí lentamente y giré el rostro hacia mi amante—. ¿Qué te parece la idea, Tom?

—¿Cuál idea? —interrogó mi hermano, desconfiado. Yo solo pestañeé aun sin caer en lo que estaba sucediendo.

—Con Bill queremos tener nuevas experiencias en nuestra segunda luna de miel y… ya que salió el tema de actos sexuales indiscretos, nos gustaría saber si te acostarías con él esta noche.

—Oh, pero, ¿qué? —trastabilló con su propia incredulidad y me miró directamente.

—Vamos, Tom. Te acuestas con un hombre casado, no será muy diferente en esta ocasión.

—Amigo, pero ¿y tú?

—Me gusta mirar —giré el rostro para encontrarme con el de mi esposo viendo a mi amante con una sonrisa seductora—. Bill está de acuerdo. ¿Tú qué dices?

&

—¿Estás seguro de esto, amor? —le pregunté a mi pareja mientras él se encargaba de dejar húmedos besos en todo el espacio entre mi cuello y hombro.

—Sí, bebé. Muy seguro —se apegó a mi oído—. Muero de ganas por ver cómo otro hombre te lo hace. ¿Tú aún quieres?

No estaba del todo seguro de que aquello fuera una buena idea, ya que Tom y yo nos conocíamos demasiado y… temía que Eldwin se diera cuenta de ello al vernos. Sin contar que, si Tom me follaba de la manera en la que siempre lo hacía, era muy probable que yo no fuera capaz de recordar que me encontraba teniendo sexo con mi amante frente a los ojos de mi marido, y no a solas, en un hotel, escondidos y alejados de sus sospechas. A pesar de ello, igualmente asentí. Eldwin dejó un profundo y húmedo beso en mis labios, entonces Thomas entró a la habitación, ya que se había ido a preparar para la ocasión. Abrí los ojos al sentir su mirada penetrándome desde la puerta. Estaba cruzado de brazos, con todo su peso recargado en el marco de madera, viéndonos con una ceja alzada. Interrumpí el beso con delicadeza tras volver a cerrar los párpados y acaricié el torso desnudo de mi pareja. Se apartó un poco y quedamos enfrentados. Thomas carraspeó y Eldwin volteó hacia él.

—¿Estáis listos?

—Sí, solo me aseguraba de que todo estuviera bien —contestó mi esposo. Yo respiré con profundidad sin que lo notara—. Los estaré mirando desde aquel sofá. El lubricante está sobre el buró al igual que los condones.

—¿Cómo sabemos que no es un sádico? —cuestioné, en realidad para hacer algo de tiempo, ya que no creía que aquella descabellada idea, terminara bien.

Eldwin volteó a verme asombrado.

—¿Alguna vez te he hecho daño, Bill? —indagó mi hermano en simultáneo, de seguro sin darse cuenta de que su pregunta podría ser la primera metida de pata de la noche. Mi esposo le puso atención, confundido, así que yo hablé.

—En estas pocas horas que pasamos juntos desde que te conocemos —hice hincapié en toda la frase en el intento porque cuidase más de sus palabras. Él miró efímeramente a Eldwin y se aclaró la garganta al devolverse a mí—: no.

—De hecho, ha sido muy agradable su compañía, amor —agregó mi pareja, para enseguida rodearme la cintura con sus brazos y enfrentarnos otra vez—. Si no estás seguro con esto, solo dilo, bebé… Es una de mis fantasías sexuales, no es necesario que la cumplamos, si no te sientes listo.

—No soy un tipo violento, si es lo que te preocupa —expuso mi amante, entonces, ambos le prestamos atención—. Soy apasionado en la cama…, pero jamás te lastimaría, Bill.

Me quedé en silencio por unos segundos, sin poder desprenderme de la mirada de mi hermano. Todo lo que estaba sucediendo esa noche, era como un sueño —que jamás creí tener—, hecho realidad.

—¿Qué dices, amor? —la pregunta de Eldwin me devolvió al presente.

—Sí, de acuerdo… lo haremos.

—Bien.

Fue todo lo que Tom dijo y caminó hacia mí el trecho que nos separaba. Mi esposo me besó profundamente una última vez y fue a acomodarse en el sofá que habían ubicado del lado izquierdo de la cama, para disfrutar mejor de la vista. Yo lo miré por el rabillo del ojo cuando tuve a mi amante ya frente a mí. Sus manos, que yo tan bien conocía de la manera en la que me conocían, se dispersaron con suavidad por mi cuerpo como si estuviese inspeccionando el toque. Se deslizaba por de abajo hacia arriba por mi espalda, por encima de la ropa; se detenía en mis hombros y volvía a ir cuesta abajo a lo largo de mis brazos. Lo miré y me percaté de que él mantenía la cabeza levemente inclinada hacia la derecha mientras sus ojos no se perdían el recorrido que empleaba su tacto. Hasta que alzó la mirada y me atrapó observándolo. Tragué saliva y él sonrió de lado. Reubicó sus manos para, una colocarla en mi cintura baja con el fin de ajustarme a su figura y, a la otra, la utilizó para coger firmemente el cabello de mi nuca y así endurecer el enfrentamiento de nuestros rostros. Por inercia, viré en dirección a mi marido, algo asustado por la cercanía poco común entre Tom y yo frente a él, pero mi hermano redireccionó mi cabeza para que me devolviera a sus ojos. Colocó su boca en mi oreja.

—Olvídate de él… Por primera vez, no debemos amarnos a escondidas —susurró y volvió a enfrentarnos. Tragué grueso al oír aquello. Hablaba de amarnos, hablaba de amor… y él le había confesado a mi pareja que estaba perdidamente enamorado de su hombre prohibido. Y ese hombre… era yo. ¿Tom estaba enamorado de mí? Nada tenía sentido.

—¿Me amas? —pregunté tan solo articulando los labios para que él los leyera y su respuesta fue una honesta sonrisa seguida de un sutil asentimiento con la cabeza.

Llevé una de mis manos a su boca para pasar tres de mis dedos por encima de sus labios, arrastrándolos sensualmente hacia abajo, y me aproximé a ellos con lentitud, ambos manteniendo los ojos abiertos, hasta poder besarnos. Cerramos los párpados al mismo tiempo y, de pronto, solo éramos nosotros dos en aquella habitación. Por largos minutos, fue un beso tierno y romántico; uno en el que miles de nuevas sensaciones clamaban por mi sentir. Tan íntimo, tan profundo, tan… inextricable. No obstante, nuestras manos, yendo y viniendo tras recorrer el cuerpo del otro en sintonía con lo que sentíamos, provocaron que nuestro calor aumentara, por lo que, rápidamente, empezó a desabrochar mi blanca camisa. Me hizo retroceder cuando avanzó hasta que caímos en la amplia cama. Hambriento, acarició con posesión la piel de mi pecho y apegó su boca allí para jugar de manera fugaz con mis pezones, pero centrando toda su atención en mi piel al darle leves mordiscos.

Me apresuré a quitarle la camiseta de asillas y la tiré a un lado. Él utilizó una mano para desprender mi cinturón y, seguidamente, el jean. Estiré ambas mías hacia su cabeza para soltar su cabello, ya que toda la noche lo había tenido recogido, y pasé mis dedos entre él para liberarlo. Nuestras miradas se encontraron.

«Dios mío… Eres hermoso, Tom», cavilé embelesado ante la imagen e inmediatamente lo atraje hacia mis labios. Nuestras lenguas se enredaron, nuestra saliva se hizo una sola y chorreó guarramente por nuestras mandíbulas.

Al separarnos, escupió en su mano para empezar a lubricar su pene y mi entrada, pero una voz nos distrajo.

—El preservativo, Tom —recordó mi esposo, a nuestro lado, aunque algo distanciado de la cama.

Mi amante me miró y yo asentí de acuerdo, ya que era una de las pocas condiciones aquella noche.

—Sí, por supuesto —dijo a modo de respuesta a mi pareja y estiró su mano hacia el buró para coger un condón junto a la botella de lubricante. Se lo colocó y procedió a aplicar parte del contenido de la pequeña botella por encima, para luego centrarse en dilatar mi ano con parte de ello también. Sin embargo, cuando iba a introducir uno de sus dedos, yo lo detuve y negué lentamente con la cabeza. Su entrecejo se frunció sin comprender.

—No me dilates.

—¿Seguro?

—Sí. Yo solo… quiero sentirlo en mí —susurré en tono lascivo y me mordí el labio inferior. Él sonrió de lado tras captar que estaba comportándome de manera masoquista como a él tanto lo encendía, importándome una mierda que estuviésemos siendo vistos por los ojos menos indicados, y asintió.

Puso la punta de su falo en mi entrada y me embistió con fuerza, lo que consiguió que un ronco gemido abandonara su garganta. Yo grité de placer al sentirme dolorosamente invadido.

—Joder…

—Sí… sí… —gemí alto cuando sus estocadas se volvieron más rudas sin aguardar por mi aprobación. Se inclinó hacia mí para apoyar las manos abiertas en el colchón e impulsarse con mayor precisión. Mis piernas quedaron sobre sus hombros y, debido a la posición, mis rodillas casi tocaban los lados de mi rostro.

—No te siento, maldita sea… —se empujó más profundo en mi cuerpo y gruñó.

Acercó su rostro al mío para besarme, pero mis jadeos tras cada dura embestida, me hacían interrumpirlo. Cogió mi cabello con ambas manos, presionándome contra la cama y me obligó a verlo a los ojos. Mi boca estaba abierta y él escupió en ella como siempre hacía cuando teníamos sexo salvaje. Acción que me excitaba muchísimo, por lo que sonreí extasiado. Cuando volvió a atrapar mis labios, yo apreté los míos y lo mordí.

—¡Hijo de perra! —exclamó tras apartarse con rapidez para verme con una sádica sonrisa colgada de su boca. Me relamí sintiendo la humedad de su sangre en mis labios, ya que, del suyo inferior, un delgado hilo rojo se desprendía del piercing que lo adornaba. Volvió a besarme, ahora con brutalidad, hasta que, de pronto, se detuvo para girar mi cuerpo y volver a entrar de una sola estocada.

—¡Oh, Dios mío! ¡Tom! —grité al sentir cómo su ancha virilidad se enterraba en mí hasta lo más profundo cuando sus movimientos se tornaron violentos—. ¡Así, así, así!

Se inclinó sobre mí hasta que su pecho se adhirió a mi espalda. Ubicó su palma abierta en mi mejilla izquierda mientras que con la otra me manoseaba el pene con descaro. Apegó su boca a mi oreja libre y habló en voz baja, aunque sin detener sus rudos movimientos.

—Necesito sentirte… —oí que tragó con dificultad y abrió su boca para tomar aire. Lo conocía y estaba seguro de que, estar haciéndome suyo, de esa manera tan bestial, delante de los ojos del tipo que más odiaba por ser mi esposo, lo hacía babear. No obstante, el preservativo le quitaba la morbosidad que ambos estábamos acostumbrados a experimentar—. Joder, Bill… ¡Necesito sentirte!

—No… no podemos… —me esforcé por articular mientras recibía sus embestidas. Apreté los párpados abriendo la boca, extasiado, cuando atrapó mi lóbulo entre sus dientes.

—Por favor, Bill… nuestra carne está acostumbrada al disfrute desnudo… y no es este —movió mi cabeza hacia él para besarme fervientemente.

—¡Mm! ¡Ahh!

—Quiero llenarte con mi leche… —metió dos dedos en mi boca entreabierta al tiempo en que me miraba a los ojos desde aquella incómoda posición. Pasó su lengua por mi perfil—. ¡Quiero sentirte!

—¡Quítatelo! —ordené en voz alta. De repente, necesitaba con urgencia la sensación de su semen caliente marcándome como suyo—. ¡Quítate el jodido condón!

—¿Bill? —oí a Eldwin llamarme en tono confuso, entonces volteé el rostro para verlo un segundo. Él negó con la cabeza en señal de que estaba en completo desacuerdo con que Tom me follara sin protección.

Quise decirle algo para tranquilizarlo, pero percibí las manos de mi amante escabullirse entre nuestras figuras para separar mis nalgas y volver a entrar de una sola estocada. Lo sentí todo en mí, sin condón, solo su carne hinchada, dura y ardiente, y fue mi fin. En lugar de responderle a mi esposo, no pude hacer más que poner los ojos en blanco cuando, debido a la acción, alcanzó el punto máximo de penetración en mi cuerpo, el mismo punto que me producía una sensación malditamente ambigua. Era dolorosamente placentero, a la vez sentía ganas de orinar, y, a pesar de que —a causa de la posición sobre la cama—, mi pene se frotaba contra las sábanas, notaba la humedad de cierta viscosidad que liberaba de la punta por el puto goce. Era la sensación más intensa que había experimentado durante el sexo, y solo Tom había logrado llevarme a ese punto. Nadie más.

Pero fue demasiado.

Fue demasiado para mí.

Fue demasiado para Eldwin.

—¡Bill! —volví a escuchar la voz de mi pareja y, por alguna jodida razón, oírlo en medio de tan pecaminosa y guarra follada con mi amante, elevó mi excitación a lo más alto—. ¡Tom, detente!

—¡Ahora sí voy a marcarte! —exclamó mi hermano, ignorando el llamado de Eldwin y yo creí que me desmayaría de placer.

—Tom… Tom, me vengo… —dije casi sin voz, con la cara contraída en una mueca de éxtasis absoluto.

Iba a correrme y él se correría en mi interior simultáneamente, como siempre ocurría cuando nos poníamos tan salvajes. No podía permitir eso… no frente a Eldwin…

—¡Que os detengáis! —ordenó mi esposo tras alzar la voz y reaccioné.

—¡No! —alerté y Tom salió de mi cuerpo captando a lo que me refería, ya que nuestra palabra clave para detenernos durante el sexo, era “No”, tal y como le había pedido en el ascensor.

Temblando, a causa de haber estado al límite, me puse a cuatro patas sobre el colchón, con el corazón palpitando dentro de mi pecho como un desaforado.

Me incorporé tras sentarme en mi lugar, agitado. Vi a Tom, desnudo y de rodillas sobre el colchón, con la respiración en las mismas condiciones que la mía, viéndome con gotas de sudor en su rostro y el pene aún rígido. Miré a nuestro lado, a Eldwin, quien nos observaba como si no entendiera lo que acababa de pasar. Para mi sorpresa, se sentó frente a mí, en la cama, tapándome gran parte de la visión que tenía de mi hermano, y colocó una mano a un lado de mi rostro incitándome a que lo viera a los ojos.

—¿Estás bien? —preguntó con cierta preocupación en su tono de voz. Yo asentí sintiéndome algo avergonzado por mi comportamiento descontrolado—. ¿Qué diablos fue eso?

—Sexo de verdad —contestó Tom y mi esposo se giró para ponerle atención con el entrecejo fruncido.

—¿Disculpa?

—Lo que oyes. Lo que acabas de ver, es el jodido buen sexo; el que te desquicia, el que te hace olvidar de todo a tu maldito alrededor —sus ojos se desviaron hacia mí—. El verdadero sexo que se hace sin un puto plástico en la polla, porque quieres sentir la carne cruda y caliente de la persona que amas —alcé ambas cejas hasta el cielo, atónito.

—¿Cómo que la persona que amas?

—Sí, Eldwin. Bill es mi hombre prohibido. Bill es el hombre del cual estoy profundamente enamorado —soltó y yo creí que me daría un paro cardíaco.

—Pero si tú dijiste que tu hombre prohibido estaba casad… —no terminó de pronunciar la última palabra; su voz se apagó lentamente cuando Tom enarcó una ceja y alzó el mentón. Mi esposo se devolvió hacia mí con lentitud. Su rostro era un poema de desentendimiento. Yo no pude hacer otra cosa más que verlo horrorizado y mecí mi cabeza de un lado a otro, intentando negar lo obvio—. ¿Yo soy el otro hombre con el que decidiste irte de viaje?

—Eldwin… —quise tocarlo, pero se puso de pie, de un salto como si fuese a quemarlo, evitando el contacto. Llevó ambas manos a su cabeza, visiblemente devastado.

—Bill, vamos —ordenó Tom en tono imperativo. Cuando le puse atención, descubrí que ya se había colocado su jogging y zapatillas. Su musculosa negra la tenía colgando en una mano mientras que a la otra la mantenía extendida hacia mí, incitándome a que la tomara.

Eldwin también lo miró. Luego se fijó en mí.

—Bill —insistió, con firmeza, mi amante. Aunque no podía despegar mis ojos de los de mi esposo, me puse mi ropa interior —que había quedado en el suelo ante la vorágine pasional—, e hice unos pasos hasta llegar a Tom. Me aferré a su mano—. Lo siento, amigo. De verdad eres un buen tipo y me caíste bien después de todo, pero ya no permitiré que te quedes con Bill. Él me pertenece.

Apretó mi mano y tiró de mí para salir de la habitación. No obstante, cuando llegamos a la puerta de salida, mi marido volvió a hablar:

—¿Entonces así será después de cinco años, Bill? —nos detuvimos y volteamos con lentitud. Sus ojos estaban llenos de lágrimas y su semblante era tristeza pura. Me rompía el corazón, porque yo lo conocía y era una excelente persona. Su única desventaja era que él… no era Tom. Limpió una rebelde lágrima que cayó por su mejilla izquierda—. ¿Prefieres quedarte junto a un tipo que dice que “le perteneces” como si fueras un objeto?

Abrí la boca para responder, pero Thomas se apresuró.

—No, Eldwin. Él no me pertenece porque sea un objeto para mí. Bill me pertenece, porque es mi hermano menor.

Los ojos de mi esposo se abrieron de par en par, impactado; yo bajé la cabeza, avergonzado, entonces Tom abrió la puerta y salimos.

&

—Pasa —indicó mi hermano e ingresé a su habitación de hotel. Cerró la puerta tras nosotros.

—Santo dios, me siento tan mal… —expresé con la voz entrecortada por la angustia que me invadía, colocando ambas manos sobre mi pecho, todavía costándome creer lo que estaba sucediendo—. ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué le dijiste todo eso, Thomas?

—¿Esperabas a que se diera cuenta por sí mismo?

—No, pero tampoco quería que se enterara de esa forma tan… cruel.

—¿Cruel? —un sonido irrisorio se salió de su garganta—. Cruel habría sido continuar con toda esta farsa. Ese tipo es muy ingenuo. Cinco años de casados y jamás sospechó que su esposo se acostaba con otro —agregó y le di una bofetada.

—No seas un imbécil ahora, Thomas.

Volvió el rostro hacia mí tras el leve giro que le provocó hacer mi golpe y me miró con seriedad. Sin esperarlo, me empotró contra la pared más cercana de manera abrupta.

—¡Thomas! —exclamé sacado de mis casillas ante menudo susto, pero él no dijo nada; tan solo se quedó viéndome a pocos centímetros de mi rostro—. ¡Suéltame!

—¿Para qué? ¿Para que sigas castigándome por haberle confesado a tu esposo que te amo?

—¡No debiste decirle nada! —quise empujarlo para que se alejara, pero me tomó por las muñecas y llevó mis brazos encima de mi cabeza, contra el muro. Fruncí el entrecejo, totalmente encabronado—. ¡Arruinaste mi matrimonio!

—¿Puedes dejar de reprocharme lo que hice y escuchar que te amo, Bill Kaulitz? —expuso y nuestras miradas se encontraron. Mi expresión dio un vuelco de incredulidad absoluta—. Te amo, Bill. ¿Escuchas eso? Te amo.

—Tom… —espeté casi sin voz, aún sumergido en mi sorpresa, ya que, a pesar de haberlo oído más temprano ese día, jamás creí que fuera verdad.

—Y no voy a disculparme por destruir tu matrimonio. Sé que quizás no fue la mejor forma de dar a conocer lo nuestro, mucho menos el momento, pero lo hice; y, lo que hice, fue por amor.

—Pero… somos hermanos, Tom… ¿cómo que me amas? Es ilógico…

Una risa espontánea y breve se atascó en su garganta antes de hablar.

—¿Te resulta ilógico que te ame siendo mi hermano y no que te folle? El sexo entre nosotros no pone en pausa nuestro vínculo sanguíneo, te anoticio —comentó irónico y divertido a la vez, mientras soltaba mis manos para enseguida acunar mi rostro, con ternura, entre las suyas.

—No… nada tiene lógica, en realidad, lo sé —dije sonriendo emocionado tras caer en lo que realmente estaba viviendo y las mil emociones que me atravesaban el cuerpo. Entonces, cogí su rostro también entre mis manos y lo acaricié, como mi manera implícita de disculparme—. ¿Qué haremos ahora? ¿Qué haré con Eldwin?

—Eso dependerá de lo que tú sientas, mi amor —susurró para enseguida dejar un húmedo beso en mis labios—. Si tú también me amas o tal vez no, de todos modos, encontraremos una manera de resolver toda esta situación.

Me quedé viéndolo por unos segundos hasta que finalmente pasé mi pulgar por su labio lastimado en el intento por limpiar parte de la sangre seca que le había quedado.

—Siento haberte lastimado… —me disculpé mientras recordaba todas las veces que nos habíamos hecho marcas durante nuestros adúlteros encuentros, y luego yo debía inventarme una historia breve, pero creíble, para justificarme con mi esposo—, aunque solemos ser así de intensos en la cama.

—Estoy acostumbrado a este tipo de daño, Bill —sonrió con calidez—, mas no al que me provoca verte en brazos de otro hombre.

&

Toqué el timbre una vez y aguardé, pero Eldwin no abrió. Parpadeé una vez y suspiré. Mi cabeza no paraba de pensar en qué le diría o de qué manera comenzaría la conversación, a pesar de ser consciente de que no merecía ser escuchado por la persona a la que había engañado por tanto tiempo.

Transcurrido un largo minuto, volví a presionar el timbre.

Nada.

Di tres toques a la puerta.

—Eldwin, soy yo… ábreme, por favor. Tenemos que hablar —dije manteniéndome contra la madera reluciente de la puerta para que me oyera al otro lado—. De verdad lo siento… Por favor, abre —apoyé mi frente en la madera barnizada con los párpados cerrados, ya convencido de que no querría verme otra vez. Y lo entendía—. No quiero que terminemos así…

—¿Y cómo quieres que terminemos? —oí a mis espaldas. Abrí los ojos de inmediato y volteé. Mi esposo me observaba con los ojos rojos a causa del llanto, no traía camisa y, en su mano derecha, tenía una botella de Vodka cogida del cuello.

—Eldwin… —susurré viéndolo con tristeza—, creí que estarías en tu habitación.

—No, preferí ir al bar del hotel a beber mientras tú te acostabas con tu amante para terminar el polvo que les interrumpí, ahora que no debían fingir —dijo al tiempo en que avanzaba hacia mí, pero me corría un poco para abrir la puerta.

—No, Eldwin. Tom y yo solo hablamos —expliqué entrando tras él y cerré la puerta.

—No me importa —se giró para verme y frunció el ceño—. ¿Qué estás haciendo? Vete con tu amante, no te quiero en mi habitación.

—Solo quiero que hablemos. Permíteme explicarte… —no me dejó continuar.

—No necesito que me expliques nada. Todo está más que claro para mí. Tú te acostabas con tu hermano, de hecho, un hermano del cual yo no tenía idea. Nos conocimos, te gustó algo de mí; nos casamos, pero tú nunca dejaste de acostarte con tu hermano, hasta que, esta noche, descubrí que, durante cinco años, viví una mentira. Fin —expuso con molestia—. Ahora, se acabó, así que, vete.

—No mentí cuando dije que te amaba.

—¿Ah, no? Vaya, pero qué manera más inhumana la tuya, para demostrar amor —rio con ironía y supe que tenía razón—. Sal de mi habitación, por favor. Tienes dónde quedarte, por lo tanto, no me necesitas. Ya adelanté mi vuelo para regresar mañana mismo a Berlín e inmediatamente comenzaré a tramitar nuestro divorcio.

—Eldwin, juro que yo jamás quise lastimarte…

—Pues debiste haberlo pensado antes de contestar “Sí, acepto”, en nuestra boda —dijo muy cerca de mí, en tono molesto y luego caminó hacia la puerta de entrada para abrirla—. Vete.

Tras unos momentos en silencio, respiré profundo y caminé en la dirección que él me indicaba para salir. Sin embargo, antes de cruzar la puerta, me detuve para verlo y hablé:

—Creí que podría llegar a amarte más de lo que amo a Tom, porque siempre supe que lo que había entre él y yo, no era correcto, pero ahora me doy cuenta de que, por no aceptar lo que sentía, por más prohibido que esto fuera, mis decisiones terminaron por herir a un hombre tierno y bondadoso como tú —expliqué y estiré mi mano para acariciar su mejilla por última vez, pero hizo su cabeza hacia atrás para evitar el toque, tal y como lo había hecho antes. Bajé mi mano para tomarla con la otra, agaché la cabeza, y me fui.

Cuando llegué al piso en donde estaba mi hermano, las puertas del ascensor se abrieron y él aguardaba al otro lado, de brazos cruzados. En cuanto me vio, se aproximó a mí para rodear mi cintura.

—¿Hablaste con él?

—No fue la conversación que deseaba, pero sí quedó claro que nuestro matrimonio llegó a su fin —dije sintiendo una inevitable culpa. Suspiré.

—Tranquilo, así debía ser.

—¿Y ahora qué?

—Terminaremos nuestra semana de vacaciones aquí en Hawái, comenzando desde cero como una pareja de verdad y, cuando volvamos a Berlín, te vendrás a vivir conmigo mientras se tramita vuestro divorcio.

—Tom… ¿de verdad quieres hacer esto? Es decir… nuestra relación… —hice una pausa para reordenar mis palabras—. En Berlín, todos nos conocen como hermanos —continué con inquietud ante nuestro futuro incierto. Él acunó mi rostro entre sus manos y nos enfrentó.

—Nos mudaremos, mi amor, eso no será inconveniente —sonrió con dulzura—. Dejar de ser tu amante para ser el único al que ames, ha sido mi prioridad desde que éramos unos púberes inexpertos, aunque curiosos por experimentar nuestra sexualidad.

Coloqué una mano en su mejilla y acaricié su piel al pasar mi pulgar por ella con una mueca risueña mientras lo veía a los ojos.

—Tú siempre fuiste esa persona, Tom… Durante todos estos años, en realidad, Eldwin es quien fue el amante.

F I N

Como siempre, muchas gracias por tomarse el tiempo de leer y —ya sea por acá o en mis redes sociales—, hacerme llegar su cariño con sus bellos comentarios. 🥹 Laviu mucho, gente del bien. 🤍

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