
«Tom» Fic TOLL de Leonela Paredes
Capítulo 2
(PLAY ►Wicked game – Chris Isaak)
La puerta de su habitación golpeó contra la pared tras ser abierta de par en par abruptamente. Sin demorar un segundo, dejó caer mi cuerpo, de espaldas, sobre su cama y se quitó la enorme playera. La arrojó a un lado y se tiró encima de mí para comenzar a besarme con pasión otra vez. Yo correspondía esforzándome por imitar cada uno de sus movimientos lo mejor que podía, sin embargo, me era dificultoso atenderlo a él siendo que sus caricias tironeaban de mi propia satisfacción y me veía obligado a solo dedicarme a sentir.
—Tom… —jadeé cuando llegó a mi oreja y atrapó el lóbulo de esta con sus dientes. La piel se me erizó.
Como si oír su nombre hubiera encendido la llama de su deseo, sus manos, ansiosas, se dieron a la tarea de empezar a quitarme una a una las prendas que cubrían mi delgado e inexperto cuerpo adolescente. Paseó por mi abdomen y se separó un poco para observarme mientras serpenteaba su palma abierta por mi pecho. Sus ojos se desplazaron hasta mi parte baja, entonces un calor se propagó por todo mi rostro cuando me vi totalmente expuesto frente a él. Me lo cubrí con ambas manos.
—Hey… —lo oí susurrar y me di cuenta de que sus excitantes caricias se habían detenido. Ahora sus manos buscaban apartar las mías para descubrir mi cara. Empecé a temblar—. Oye, pequeño, ¿te encuentras bien?
Continuó y, si bien tenía algunas respuestas flotando en mi cabeza, no era capaz de formar una oración como para contestar. Entonces, me quebré. Repentinamente me asaltó una angustia horrible tras imaginarme como espectador de la escena, percibiéndome completamente expuesto ante sus ojos; los ojos de un adulto que, estaba claro, contaba con la experiencia sexual de la cual yo carecía. Me sentí inseguro, dudé mucho de lo que estaba haciendo, de cómo había llegado hasta allí y me pregunté por qué había permitido que un hombre mucho mayor que yo me llevase a su casa si no habían pasado más de unas semanas de conocerlo. Las palabras de mi padre denigrando la vida social que yo había escogido llevar desde que tenía memoria, sumadas a sus comentarios despectivos respecto a mi modo de vestir y mi forma de ser, me empujaron hacia un abismo de culpa que me era imposible no percibir como humillante. Me sentí asqueroso.
Noté sus brazos rodear mi frágil cuerpo sin insistir en dejarlo ver mi rostro. Nos acomodó sobre la cama, quedando así, yo sobre él —ambos recostados en el colchón— y cubrió parte de mi desnudez con lo que pudo coger de las mantas.
—Eres virgen, ¿cierto? —preguntó transcurridos varios minutos en silencio, cuando yo ya había conseguido calmarme un poco y mis hombros no se convulsionaban a causa del llanto. Asentí aún con mi rostro escondido en la curvatura entre su mentón y hombro. Lo oí respirar con profundidad—. ¿Cuándo pensabas decírmelo? Pensé que mis intenciones habían sido claras hoy cuando todo empezó en mi auto luego del entrenamiento.
—Lo siento…
—Está bien, no tienes nada por qué disculparte, pequeño. Solo respóndeme: ¿por qué no me lo dijiste antes? ¿Por qué, cuando te dije incluso que quería traerte a mi departamento, no me detuviste? —interrogó sobando mi cabeza dulcemente.
—Porque tú me gustas y yo…, yo quería gustarte.
Su agarre en mi cabello se intensificó al apretarme más contra él.
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Habían transcurrido tres meses desde aquella última vez que vi a Tom, cuando casi tenemos sexo en su apartamento, pero finalmente no sucedió. Después de ello, dejó que me vistiera a solas en su habitación mientras él iba a por un vaso con agua a la cocina. Luego le pedí que me llevase a mi casa y no volvimos a hablar. Nunca me sentí tan avergonzado como aquella noche, provocando a un adulto con descaro, entregándome a sus deseos más eróticos, cuando en realidad ese iba a ser mi primer encuentro sexual.
Como ya siquiera era capaz de mirarme al espejo de lo humillado que quedaba frente a mis propias críticas, decidí no regresar al club en donde Tom practicaba Baloncesto. Tampoco atendía sus llamadas ni respondía sus mensajes, los cuales fueron muchos en verdad. Incluso, había ido a buscarme a mi casa en reiteradas oportunidades, ocasionando que mi padre enfureciese cada vez que lo veía, hasta que llamó a la policía argumentando que un desconocido estaba acosando a su hijo, por lo que Tom no pudo volver a acercarse a nuestro hogar. No puedo negar que todo aquel incidente me ayudó a evitar dar ciertas explicaciones respecto a por qué había dejado de asistir a las clases de Básquet.
Más tarde, a Jörg le modificaron el horario laboral —como pasaba cada año—, por lo tanto, no estaría más que un par de horas en la casa y ya no dispondría de tiempo para llevarme hasta la preparatoria al iniciar el nuevo año. Algo que no me disgustó en absoluto, ya que me daba la libertad de moverme más tranquilo. Él solo me dijo que tuviera cuidado al andar por las calles, refiriéndose al extraño que me acosaba. Mi respuesta fue que no tenía de qué preocuparse y no volvimos a hablar del tema.
Yo había empezado a vestir ropas más grandes y, nuevamente, cubría mi cabeza con la capucha de cada sudadera que me ponía. No quería que nadie me viera la cara; mi autoestima se había esfumado tan rápido como mi valentía aquella noche en la que casi tengo relaciones con un adulto.
Estaba acomodando unas cosas en mi casillero de la escuela mientras escuchaba música arropado por mis audífonos. El receso invernal había terminado y, en consecuencia, debí regresar a la preparatoria; aunque lo que menos quería, en mi estado, era salir de mi habitación, por ello me refugiaba en mi música preferida gracias al único obsequio que me habían hecho en muchos años. Cogí dos libros para meter en mi mochila mientras tarareaba el estribillo de una canción, pero cuando fui a por el tercero, una rata salió del espacio que había entre este y la pared interna del casillero, por lo que me eché hacia atrás totalmente horrorizado, casi pegando un grito del susto, al tiempo en que me quitaba la capucha y los auriculares simultáneamente, y dejaba colgar a estos últimos rodeando mi cuello; entonces, mi espalda dio contra alguien que pasaba por detrás.
—¡Hey! —exclamó cogiéndome para que no me cayera luego de que mi morral se perdió en el suelo. Al girarme con rapidez, lo miré con los ojos muy abiertos—. ¿Estás bien?
—No…, hay una rata en mi casillero y les tengo fobia —expliqué aún espantado por la imagen mental que se había impreso en mi cerebro tras la aparición repentina del maldito roedor que casi me mata del susto.
Me solté de su agarre y tomé aún más distancia de mi casillero.
—¿Quieres que vea si la encuentro y la quito? Digo…, porque no creo que quieras cerrar el cubículo y dejarla adentro —me miró de pies a cabeza—. El año escolar recién empieza y necesitarás usarlo para guardar tus cosas.
Agarré mi mochila del piso y volví a alejarme.
—Te agradecería que la sacaras de allí, pero, por favor, no me la muestres. Solo haz que desaparezca y ya.
Asintió mientras reía y se sumergió en mi casillero encorvándose un poco a causa de su altura. Yo, por mi parte, hice cuatro pasos más hacia atrás para observar todo lo suficientemente distanciado de la posibilidad de que ese animal se me acercara otra vez en el maldito caso de que a aquel chico se le escapase.
Me detuve un momento a inspeccionar al adolescente desconocido que estaba ayudándome y me percaté de que vestía ropas al menos tres tallas más grandes de las que en realidad debería ser. Su cabeza estaba adornada por una ancha bincha bicolor (una franja de color negra y otra gris) que cubría parte de sus rubias rastas, las cuales tenía recogidas en una gruesa y alta coleta. Me recordó a algunos raperos que a veces veía en la plaza principal del vecindario, con sus equipos de música a todo volumen y cantando a la par.
Transcurridos unos breves minutos, el chico sacó sus manos del cubículo haciendo una especie de “casita” con ambas palmas y de su interior noté que sobresalía un pañuelo blanco. Abrí los ojos sobremanera cuando me di cuenta de lo que era eso.
—Aquí está.
—No te me acerques —hablé inmediatamente al tiempo en que retrocedía otro poco—. Llévatela lejos de mí.
—Enseguida regreso —rio divertido emprendiendo un calmo trote por el pasillo hacia la salida.
Todavía algo desconfiado, inspeccioné con cautela el interior de mi casillero, por las dudas de que hubiera quedado algún pariente de aquel horrible animal, o quizás hubiera hecho un nido y sus crías hubiesen quedado abandonadas a su suerte, pero no hallé nada. Terminé de poner lo que necesitaba en mi mochila, lo cerré y acomodé nuevamente los audífonos en mis orejas y me puse la capucha. Saqué el móvil de mi bolsillo para darle play a la música, entonces vi la hora.
—Diablos, primer día y ya entraré tarde a clases —me regañé en voz baja y enfilé hacia mi aula.
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—Buen día, Kaulitz. Tarde, como siempre —dijo el profesor ni bien ingresé a su clase. Bufé rodando los ojos. ¿Cuál era su maldita necesidad de hacerme pasar vergüenza el primer día del jodido año escolar? Siempre hacía lo mismo—. Algunas cosas no cambian, ¿cierto?
—Pues, por lo que veo —escaneé su cuerpo de arriba abajo con desaire—, todo sigue igual.
La expresión irónica en su rostro dio un vuelco.
—Ve a sentarte, Kaulitz. Que tu insolencia no te haga ganar el primer día de detención en este nuevo año —escupió con el ceño fruncido, claramente mosqueado. Yo sonreí de lado, satisfecho por haberle borrado esa mueca de hechicero maquiavélico. Me encogí de hombros y caminé hacia el fondo del aula para ocupar uno de los últimos asientos en una esquina; fuera de los ojos juzgadores de mis compañeros de clases.
Con pesadez, me senté y saqué mi anotador junto a un bolígrafo, aunque mis intenciones no fueran las de utilizarlos ese día, honestamente.
—Kaulitz —alcé la cabeza al oír al insoportable profesor, llamarme—, no permito gorras ni capuchas en mi clase; mucho menos, audífonos, lo sabes.
Resoplé y me quité todo con rapidez. Él meció su cabeza de un lado a otro como si no se creyera aún mi comportamiento. No le di importancia y apoyé mi cabeza en mi puño tras medio recostarme sobre mi pupitre. Con disimulo, saqué el móvil de mi bolsillo y miré la pantalla. Deslicé hacia un lado las últimas notificaciones que aparecieron; eran mensajes de Tom. Lo había bloqueado de todos lados y, aun así, conseguía la manera de hacerme llegar algún mensaje de texto; si no era un mail. Ni me molesté en leerlos, solo los borré. Necesitaba borrar ese vergonzoso capítulo de mi vida adolescente, aunque con ello significase desterrar de mi corazón al único hombre por el cual me había sentido atraído en lo que llevaba de vida.
Golpearon a la puerta del salón. Miré efímeramente por encima de mi hombro, sin mucho esmero, y me devolví a mi celular.
—¿Esta es la clase de política del profesor Gustav Schäfer? —preguntaron y pestañeé golpeado por aquella voz. Yo la conocía.
—Sí, joven.
—Perdón por llegar tarde, pero tuve un imprevisto al ingresar al establecimiento y me demoré. Acabo de mudarme a la ciudad hace dos meses, y es la primera vez que ingreso a esta escuela —explicó el muchacho e inmediatamente puse atención. Era el mismo que me había ayudado con la asquerosa rata hacía no más de quince minutos.
El profesor lo hizo pasar.
—Tranquilo, ¿cuál es tu nombre? Así te pongo el presente en mi lista.
—Me llamo Thomas Wieger —informó el de rastas—. Vengo de Leipzig.
—Bienvenido, Tom —dijo el profesor Schäfer terminando de tomar nota en su agenda y aquel apodo me pateó el rostro.
—Thomas —lo corrigió con seriedad—. Mi nombre es Thomas, no me gusta que me llamen Tom.
—Bien, Thomas…, qué bueno que lo informes. Yo te informo que no admito que mis alumnos se cubran la cabeza con binchas ni gorras ni capuchas, por lo que voy a pedirte que te quites la que llevas puesta, por favor —fue su respuesta en tono firme y le hizo un gesto con la mano—. Puedes tomar asiento en donde gustes.
Thomas asintió mostrándose muy respetuoso y se la quitó enseguida para empezar a caminar entre mis compañeros. No pude despegar mis ojos de él mientras se dirigía hacia el fondo del aula, hasta que alzó la vista —de seguro buscando un lugar vacío—, entonces me vio. Sus cejas se alzaron levemente manifestando sorpresa y sonrió. Yo aparté la mirada prediciendo su destino, ya que a mi lado había un asiento sin ocupar. Percibí movimientos y ruidos de ropas muy cerca y apreté los párpados.
—Hey… —escuché muy próximo a mí, por lo que giré levemente la cabeza y nuestros ojos se encontraron. Tras prestarle un poco más de atención, su aspecto me resultó un tanto familiar—, parece que cursamos el mismo año, ratoncito —soltó con una sonrisa. Arrugué la frente manifestando mi confusión al escucharlo llamarme de ese modo—. Al final, el pobre animalito que extraje de tu casillero no trataba más que de un pequeño ratón, ¿sabes? Eres un miedoso.
Continuó, pero me distrajo el piercing de argolla que adornaba el lado izquierdo de su labio inferior, el cual movió divertido con su lengua. Tal parece que, a consecuencia del susto que me llevé más temprano, y en lo que él me había ayudado, obvié ese adorno en su rostro.
—Soy Thomas —extendió su mano derecha para que la estrechara—, ¿y tú cómo te llamas, ratoncito?
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—No entiendo nada de esta estúpida materia —me quejé viendo los libros sobre la mesa de la biblioteca en donde estábamos estudiando para la clase de Neurociencias—. Me es imposible retener tantos nombres extraños de áreas del cerebro que no puedo ver ni palpar porque están dentro mi cabeza.
—Hey, cálmate —rio—, solo necesitamos estudiar un poco más. Aún tenemos tiempo, el examen no es hasta dentro de diez días. Podemos estudiar juntos y nos evaluamos el uno al otro. En Leipzig, lograba pasar los exámenes al estudiar de esa manera con mis amigos.
Alcé una ceja preguntándome internamente cómo era posible que alguien con esa apariencia de rapero despreocupado fuera en realidad un nerd completamente responsable que no tenía idea de lo que era desaprobar una materia.
Thomas se había encargado de convocar mi atención cada día y de hacer las clases un poco más amenas, ya que yo, con lo triste y a la vez enojado que me sentía por lo que había pasado con el hombre del que me había enamorado poco tiempo atrás, no lograba concentrarme y volvía a vivir zambullido en mi mundo de la música. Terminé cediendo ante su insistencia y motivación a que le respondiera, por lo que mis auriculares pasaron de mis oídos a estar guardados en mi morral. Thomas hablaba bastante, cosa que, por momentos, me resultaba tan agobiante como cautivador.
—Hace días estamos estudiando y aún, al menos yo, no puedo recordar tanta información.
—Oh, vamos. Venimos juntándonos a leer vagamente los temas del examen aquí a la biblioteca, hace no más de quince días —rio dando un leve golpecito en mi brazo—. Dale tiempo a tu cerebro para despertar.
—Bueno, pero ¿cuánto más? Si mi cerebro sigue demorando en despertar, como tú le llamas, llegará la fecha del examen y aún estará en pijama —bromeé con seriedad—. Además, tampoco tenemos mucho tiempo aquí, entre receso y receso, como para estudiar más profundamente como tú sugieres.
—Es verdad —hizo una mueca con su boca como si estuviese pensando y con su lengua, desde el interior de su cavidad, jugó con la argolla de su labio—. ¿Qué te parece si hoy, a la salida, te vienes conmigo a mi casa y hacemos resúmenes y estudiamos? Puedes quedarte a dormir, si quieres. Como te conté en un principio, hace poco vivo solo con mi padre, y no tendrá inconveniente en que te quedes. Desde que me mudé, me cuesta hablar con él. No sé si aún no asume el haberse visto obligado a mudarse de apartamento repentinamente, ya que el hijo al cual no veía desde hacía años debió mudarse con él y no cabían en el que estaba, o simplemente él es así y debo seguir conociéndolo.
Fruncí el entrecejo. ¿Cómo que hacía años no veía a su padre?
—Oye, Thomas… desde que empezamos a hablar, nos llevamos bien y todo, pero acabo de darme cuenta de que no sé nada de ti —dije al percatarme de ese pequeño, aunque no menos relevante, detalle—; nada más que esto de que vives con tu padre hace poco. ¿Por qué debiste mudarte con él? ¿No lo veías hace años?
Suspiró.
—Verás, Bill… desde que mi madre murió, mi abuela se hizo cargo de mí. Por lo que ella me contó tiempo atrás, yo no veía a mi padre desde que tenía unos dos años; mi madre no le permitió verme ni saber de mí, porque nunca aceptó que a él le gustaran los hombres —hizo una pausa y su expresión se entristeció por un momento—. Según mi abuela, esto él se lo confesó cuando yo nací. En aquel entonces, ambos eran muy jóvenes, por lo que tengo entendido. La abuela Weiger habló mucho con mi madre para hacerle ver que estaba haciéndome pagar a mí, al negarme tener un padre, cuando en realidad el problema era de ella y su homofobia —volvió a suspirar—. Hace poco más de un año, mamá enfermó de cáncer y, en menos de seis meses, falleció. Mi abuela, después de meses transitando su pérdida, finalmente habló conmigo para contarme toda esta historia y se comunicó con mi padre para darme a conocer. Ella siempre fue fiel creyente de que él tenía el derecho a saber de mí al igual que yo tenía derecho a tener un padre. Empezamos a vernos hace poco más de dos meses hasta que mi abuela debió ser internada de urgencia por una descompensación y ya no pudo hacerse cargo de mí. Entonces, me mudé con mi padre y todavía todo está muy tenso entre nosotros. Si bien durante estos pocos meses me demostró ser una buena persona, siento que aún necesito más tiempo para confiar al cien por ciento en él. Todavía se siente como un desconocido para mí.
Culminó y no supe qué decir. Volvía a colarse en mi cabeza la idea de que, tras su apariencia alegre y despreocupada, se escondía un adolescente con un pasado de discriminación y ocultamientos por parte de su propia madre.
El timbre dando por finalizado el recreo nos hizo ver —como acto reflejo— hacia la entrada de la biblioteca al mismo tiempo.
—Bueno, ahora que conoces parte de mí…, ¿quieres venir a estudiar hoy a mi casa? Podemos jugar videojuegos también para despejarnos entre práctica y práctica —dijo con una afable sonrisa mientras recogía los libros y las hojas con apuntes de la materia que habíamos estado estudiando. Me costaba entender cómo hacía para tomar nota con tanto esmero de una materia tan densa—. Y también, de paso, me cuentas un poco sobre ti, ya que eres muy reservado y todo lo que sé es que le temes a los ratones, odias al profesor Schäfer, y te carga todo el tema del estudio —rio poniéndose al hombro su mochila, al igual que yo lo hice con la mía, y comenzamos a caminar hacia fuera de la biblioteca—. ¿Qué dices?
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—Ponte cómodo —indicó dejando su morral a un lado y encendió el computador.
—¿Seguro que tu padre no te dirá nada por traer a un desconocido a tu casa? El mío le pediría hasta muestra de orina —pregunté y a la vez comenté recordando lo imbécil que se había comportado Jörg la única vez que llevé a un amigo a mi casa para jugar videojuegos y, tras la vergüenza que me hizo pasar aquel día, no volví a hacerlo nunca más.
Me miró con el ceño fruncido en señal de no entender.
—Tranquilo, al parecer mi padre otra vez volverá tarde. Cuando su mochila no está colgada en el perchero de la entrada es porque pasará toda la tarde jugando con sus amigos —«¿jugando? ¿Será un adicto a las apuestas?», pensé con rapidez—, y suele regresar a altas horas de la noche —explicó mientras tecleaba en el navegador de Internet—. Además, es muy sociable; te caerá bien.
Thomas empezó a imprimir información tras información, que luego me anoticiaría de que eran resúmenes que él tenía hechos de su escuela anterior. Tuvo la mala suerte de que, en la preparatoria de Leipzig, perdieron los datos de su último año cursado, por lo que, al mudarse a Berlín —adonde vivía su padre actualmente—, debió recursar todo el año. Me contó que, al principio, se frustró mucho pero luego vio las ventajas de ello: Al ser un alumno tan aplicado, tenía todos sus resúmenes y apuntes guardados de todas las materias, por lo tanto, este año, solo le quedaba repasar un poco cada tema y ya. A raíz de ello, también quería ayudarme.
—Thomas… —lo llamé sintiendo que la cabeza iba a estallarme mientras él no paraba de leer y subrayar cosas en sus hojas.
—¿Mm? —hizo un sonido desde su garganta sin apartar la vista de lo que hacía.
—¿Podemos hacer una pausa, por favor? —alzó la cabeza—. Es tarde y tengo hambre.
—Oh, lo siento —miró la pantalla de su computador que estaba sobre su escritorio, a un lado de la cama donde nos hallábamos sentados estudiando hacía más de tres horas seguidas—, tienes razón. La hora se pasó volando. ¿Te gusta la pizza? Puedo pedir una.
—Lo que sea, pero trae algo para comer y beber, de lo contrario, me desmayaré —exageré para hacerlo reír, lo cual dio resultado.
—Ya entendí, de acuerdo. Haré el pedido e iré a la tienda de aquí a la vuelta a por unas cervezas. Bebes, ¿cierto?
Lo miré algo sorprendido, ya que no esperaba que la combinación entre ser estudioso y el alcohol fueran compatibles.
—Sí, claro.
—Bien, ya regreso. Aún falta media hora para que cierre.
—Pero, Thomas, ¿qué edad tienes?
—Diecisiete, ¿por qué?
—¿Crees que te venderán alcohol siendo menor de dieciocho años?
—El dueño de la tienda “El loco Listing”, es mi tío Georg. Ventajas de reencontrarte con tu padre luego de quince años —rio—: te enteras de que tienes parientes lejanos con negocios —agregó divertido y desapareció por la puerta del cuarto.
Parpadeé repetidas veces, incrédulo. La serenidad con la que había tomado toda la información que la vida le fue volcando encima los últimos meses, me asombraba.
Comencé a ordenar un poco todo lo que habíamos desacomodado para estudiar, cuando se oyó la puerta de entrada otra vez. Supuse que había olvidado algo o al final su tío había cerrado la tienda temprano, lo cual me produjo una leve risilla burlona en mis labios. No obstante, esta se desvaneció cuando otra voz se dio a conocer.
—¡Hijo, ya llegué! ¡El juego se canceló, así que traje pizza para cenar! —me petrifiqué—. Hey, hijo, ¿estás en casa? —preguntó aquella voz y la percibí cada vez más próxima a la habitación de mi compañero.
Dejé lo que tenía en mis manos y comencé a retroceder hasta dar en la pared del fondo. Tragué saliva, nervioso, y, súbitamente, me abrazó un frío asfixiante.
—¿Thomas? —indagó su padre y terminó de abrir la puerta, ya que, como volvería pronto, mi amigo la había dejado entreabierta al irse.
Lo vi echar un vistazo a la alcoba hasta que dio conmigo. Su cara me lo dijo todo.
—Pequeño…
—Tom… —susurré con un hilo de voz y mi corazón latió con fuerza cuando se acercó a mí a paso apresurado.
—¿Qué haces aquí? —preguntó y, sin permitirme responder, cogió mi rostro entre sus grandes manos y me besó impaciente—. ¿Cómo me encontraste? —añadió desplazando sus labios por mi mejilla hasta llegar a mi cuello.
—Tom, no… —intenté alejarlo tras empujarlo levemente por los hombros, pero me presionó contra la pared consiguiendo que un excitante jadeo abandonase mi garganta. Mis manos actuaron a propia voluntad buscando rememorar el toque sobre su atlético cuerpo, desechando las obvias razones que mi cerebro formulaba para que me detuviera.
—Bill…, Bill…, te extrañé tanto, pequeño… —añadió dejando húmedos besos sobre mi piel descubierta. Yo me mordí el labio y paseé mis manos por sus trenzas.
Maldita sea…, no tenía idea de cuánto lo había extrañado hasta que sus labios estuvieron sobre mí…
El sonido de las llaves en la cerradura de la puerta principal, se oyó de repente, entonces tomó una breve distancia de mí para verme.
—Hay algo que necesito explicarte hace tiempo, pero no he podido comunicarme contigo… Quien acaba de entrar debe ser mi hijo…
—Sí, es Thomas —dije en voz muy baja aún con la respiración acelerada y una erección en proceso dentro de mis pantalones—. Soy amigo de tu hijo.
Finalicé y su ceño se contrajo mostrándose confuso.
—¿Cómo…?
—Yo no te encontré, Tom, porque jamás te busqué. Thomas y yo estamos en el mismo año de preparatoria.
Lo empujé y me moví hacia un lado para tomar algo de distancia de manera fugaz cuando escuché el tintineo de las botellas de cerveza que llevaba mi compañero de clases. Apareció y ambos le prestamos atención.
—Disculpa la demora, pero no había mucha gente y mi tío es muy parlanchín —explicó y, cuando entró al cuarto donde estábamos, su expresión cambió—. Papá… creí que no vendrías hasta la medianoche —su entrecejo se frunció y medio rio como si no entendiese parte de lo que veía—. ¿Qué haces en mi habitación y con mi amigo?
Tom me miró de inmediato.
—El entrenamiento se suspendió, entonces se me ocurrió que podíamos compartir una pizza y beber unas sodas para tener un momento de padre e hijo —respondió dirigiéndose a mi compañero—. Vine a buscarte y me encontré con… Bill —culminó y yo tragué grueso.
—Veo que os habéis conocido; ya sabes su nombre.
—Sí, me presenté en cuanto ingresó a la alcoba, buscándote, para que no creyera que un desconocido se había metido a su apartamento —mentí con los nervios corriendo una maratón en mi interior—. Me iré así compartís la noche entre padre e hijo. Otro día continuaremos estudiando.
Informé y agarré mi mochila sin importarme que algún que otro apunte quedase aún sobre la cama y busqué salir de allí.
—¿Qué? No tienes que irte —se apresuró Thomas a cogerme por un brazo para detener mi andar. Al darme la vuelta, vi a su padre tras él con la mirada fija en mí.
—No quiero molestar, podemos juntarnos a estudiar otro día.
—No molestas… pequeño —añadió Tom detrás de su hijo e hice mi cabeza a un lado sintiendo los latidos de mi corazón en los oídos—. Los amigos de mi hijo son bienvenidos.
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Me había costado horrores fingir que seguía con el mismo apetito del cual hablé en la tarde con mi compañero, antes de que la vida me diera semejante puñetazo. Para ser honesto, había bebido más de lo que en realidad debí con la intención de relajar el maldito torbellino de emociones que amenazaba con arrasar con mi integridad psicológica en un abrir y cerrar de ojos. Como Thomas se había negado a beber sodas como su padre sugirió en un principio, le pidió a su tío Georg que le llevase otros pares de cervezas en cuanto cerrase la tienda, ya que, al ir a su casa, el departamento de Tom le quedaba de paso. Podría decir que lo bueno era que el alcohol había hecho lo suyo en mi sistema, por lo tanto, la ansiedad se me había adormecido lo suficiente como para dejarme platicar. Habíamos estado hablando de muchos temas, pasando por alto el que existía entre Tom y yo, claro estaba, hasta que, estando todos ya un poco más alegres a causa de las cervezas, empezamos a bromear y reír con más insistencia.
—Vuestro parecido físico es increíble —pensé en voz alta tras recordar que algo diferente había captado mi atención la primera vez que di con Thomas, al igual que su estilo al vestir, el piercing en su labio y la expresión “hey” que compartía con su padre. Sin embargo, en ese momento estaba tan sumergido en mi tristeza, que no fue lo suficientemente relevante para mí como para establecer una ilación razonable entre aquellos detalles.
—¿Lo crees? Mi padre no es tan apuesto como yo, pero puede que seamos un tanto parecidos —comentó mi compañero y mis ojos se enfocaron en su progenitor inmediatamente.
—Iré al baño, demasiada bebida. Y necesito una ducha —dijo Tom tras dejar sobre la pequeña mesa de la sala la botella que tenía en su mano, pasando por alto lo dicho por su hijo. Se levantó del sillón no sin antes echarme una última mirada que no pude ignorar.
Acabé de tragar el contenido de la bebida que había sorbido de mi propia botella y quité mi atención de él.
—¿Duermes desnudo? —la inesperada pregunta de Thomas al quedarnos a solas me hizo toser —. Hey, ¿estás bien?
—Sí, sí. Solo… me ahogué con mi propia saliva —mentí—. ¿Por qué la pregunta?
—Pues porque hoy vas a quedarte a dormir aquí y necesito saber.
—¿Qué necesitas saber exactamente?
—Con qué me encontraré cuando te tenga en mi cama… —contestó empezando a aproximarse a mi cuerpo, ya que estábamos sentados en el mismo amplio sofá. Su ebrio, aunque tibio aliento, invadió mis fosas nasales ante la cercanía en mi rostro.
—Thomas, ¿a ti te…?
—¿…gustan los hombres? Sí —completó mi pregunta y abrí mucho los ojos ante su respuesta—. De mi padre no solo heredé el gusto por la ropa grande, sino también… por los hombres, ratoncito. Creo que no te dije eso —terminó de hablar y me besó.
(PLAY ►Nothing breaks like a heart – Damiano David)
Mis cejas se alzaron hasta el cielo, ya que en ningún momento sospeché que a Thomas le fueran los chicos, pero rápidamente su lengua dentro de mi cavidad barrió con cualquier futura incertidumbre.
Besaba casi tan bien como su padre…
Se acomodó mejor sobre mi figura, contra el sofá, y sus manos se colaron bajo mi playera, acariciándome con cierta firmeza conforme sus labios se movían con más insistencia contra los míos. Se me erizó el vello de todo el cuerpo cuando el frío del metal de su piercing se puso en contacto con la piel de mi cuello. En un instante, se separó y tiró de mi mano para sentarme junto con él en nuestro lugar y así poder quitarme la remera. Yo hice lo mismo con la suya y me mordí el labio al visualizar sus sutilmente marcados pectorales; físico característico de un adolescente que hace deportes regularmente solo en la escuela.
Con algo de torpeza en nuestros movimientos a causa del alcohol consumido, caminamos hacia su habitación y trabó la puerta. De inmediato se volteó y empezó a desabrochar sus anchos pantalones al igual que yo lo hacía con los míos. Una vez ambos en bóxer, con su cuerpo, me empujó hacia la cama para quedar nuevamente sobre mí y volvió a aunar nuestras bocas. Poco a poco, fue creando un ansioso camino de besos al descender hasta llegar a mi pelvis, en donde se detuvo para quitarme la ropa interior. Por alguna razón, que Thomas me viera totalmente desnudo, no me avergonzó.
—¿Te han chupado la polla antes, ratoncito? —cuestionó desde su posición frente a mi miembro.
—N-no… —contesté con temblor en mi voz—. De hecho…, soy virgen —confesé sintiendo un calor en mis mejillas ante su expresión de asombro al escucharme.
—¿Quieres decir que yo seré el primer hombre con el que estarás? —me mordí el labio mientras asentía sin poder apartar la mirada de la suya. Él sonrió—. Haré que sea especial —expuso y me metió en su boca. Un profundo gemido delató mi placer tras la calidez que me envolvió. Por inercia, llevé una mano a su cabeza y entrelacé mis dedos en sus rastas acompañando sus deliciosos movimientos. Mi otra mano se aferró a las cobijas tratando de disfrutar sin sentirme acechado por un precoz orgasmo ante mi inexperiencia en el placer de aquello. Subía y bajaba a lo largo de toda mi extensión, masturbándome de vez en vez sin dar lugar a la falta de contacto. Chupó la punta y pasó su lengua por mis testículos. Maldición, se sentía increíble.
Tras una última y fuerte succión que hizo un sensual sonido, se apartó levemente para quitarse su propio bóxer; ensalivó dos de sus dedos y se devolvió a mi boca para besarme otra vez mientras uno de estos se introducía en mi cuerpo. Jadeé. Comenzó a moverlo al ritmo de sus besos.
Había rememorado la sensación de los dedos de Tom en mí, cada noche que pasó, desde el momento en el que decidí alejarme de él, por lo tanto, ahora uno de los dedos de Thomas invadiéndome, solo me arrojó a la insaciable búsqueda por volver a sentir lo que mi cuerpo tanto anhelaba.
—Otro… —pedí contra su boca al cabo de unos momentos y se detuvo a verme con los labios entreabiertos y enrojecidos. Me hizo caso y cerré los ojos mordiéndome el labio inferior—. Mm…
—Me gusta oírte pedirme cosas. Te ves… tan sensual —susurró y abrí los párpados impactando con su lujuriosa mirada—. Te siento muy estrecho y caliente, ratoncito —agregó llevando sus dedos, más profundo en mi recto, y empezó a moverlos.
—Ohh, Thomas… —jadeé alto habiéndome trasladado nuevamente a la vez en la que Tom me había tocado de manera similar, pero unos toques a la puerta nos sobresaltaron.
—Hijo, ¿qué estáis haciendo? —preguntó su padre al otro lado y escuchamos el ruido del picaporte al ser girado sin resultado, puesto que la puerta estaba con cerrojo —. Estás con Bill, ¿cierto? Déjame entrar.
—Vete, papá. Déjanos tranquilos —dijo alzando un poco el tono mi compañero al mirar hacia la puerta y enseguida se devolvió a mí con una sonrisa.
—Abre la puerta, Thomas.
—Se oye algo molesto… —dije cuando se hundió en mi cuello empezando a dejar húmedos besos y sus dedos dentro de mí retomaron su tarea de dilatarme—. Ohh, sí…, así… —no pude contener mi disfrute e ignoré la voz que insistía en evitar nuestro encuentro sexual.
—¡Thomas, no hagas esto en la casa!
—Quiero sentirte a ti…, por favor… —pedí contra su oído en el intento de evadir a la voz de Tom al otro lado de la puerta y de inmediato clavó las rodillas en la cama, entre mis piernas. Escupió en su mano una buena cantidad de saliva y empezó a masturbarse con ella. Supe que estaba preparándose para penetrarme bien lubricado.
—Olvida que mi padre está fuera de la habitación, Bill. Quiero oírte gritar cuánto disfrutas que sea el primer hombre en follarte —dijo restregando su dura polla entre mis nalgas—. Muero por escucharte gemir mi nombre mientras te lo hago por primera vez.
Colocó la punta en mi entrada y presionó un poco sin ser suficiente para penetrarme. Yo me mordí el labio percibiendo las palpitaciones en mi miembro ante la excitación que me provocaba el simple hecho de imaginarme gimiendo bajo su cuerpo, aunque… no podía quitarme a Tom de la cabeza mientras estaba con Thomas.
La puerta se abrió.
Continúa…
Gracias por la visita, te invitamos a leer más este fin de semana.
AHHH PTM, AMÉ, AMÉ TODO, la música de fondo me hizo sentir mal por Tom ;(
NOOO No me esperaba esoooo Whatttt
Entonces, tampoco te vas a esperar lo que sigue… xD jajajajaja
Gracias por leer ❤️
Sííí, pobre Tom u.u’ jajaja
Gracias por leer y comentar ❤️
Necesito otro cap😭
Ai… recién veo tu comentario, perdón ._.
Hoy publicaron el cap 4, cielo. ☺️
Mil gracias por leer y comentar. 🥹 Espero que cada capítulo te siga atrapando. 🤍
Te mando un abrazo gigante. ✨
pobre Tom es un poco mayor pero está enamorado de Bill como hace esto Bill en su misma casa 😑
Al parecer, quedó tentado por la situación u.u’
Nunca pensé que iba a llegar a caerme un poco mal Bill en algún fic 😤. Él inició todo, y luego deja a Tom enamorado de él así sin más 😤.
No te me apresures que no es tan guacho 🤣 jajajajaja
Genial, premio doble, uno como sugar y el otro como ensure.
No lo había pensado así… 😶 pero daba jajajajaja mentira 🤣