Cuna de leones

Notas: Historia inspirada en el universo de «Game of Thrones», específicamente en los gemelos Lannister, básicamente Bill es Jaime Lannister y Tom es Cersei Lannister, porque siento que queda bien con ellos muejeje. Varios personajes se mantienen de la obra original, como sus hijos y otros más.

One-Shot Toll de Namyukaulitz

«Cuna de leones»

Sus pasos resonaban por el pasillo, junto al sonido metálico de su armadura.

Las llamas de las antorchas se ondeaban al igual que su capa blanca.

Orgullosamente cargaba su casco a un costado de su cintura, después de pasar dos estaciones en campaña en el Norte, volver a este lugar simplemente lo hacía desear quitarse la armadura y dejarla caer al suelo.

Pero, prefería que otras manos lo despojarán de su protección. 

Al llegar a la puerta respiró profundamente, el Alfa se sintió sumamente contento al percibir ese argán dulzón, aunque, unas voces infantiles del otro lado, le avisaron que su Omega no estaba solo.

Frunció el ceño, y tocó la puerta, más por costumbre que para realmente avisar que estaba ahí, su propio aroma a argán sobrio ya ponía a su Omega al tanto de su llegada.

Tomó el pomo frío y abrió.

Su rostro rígido por la guerra se suavizó un poco.

Sobre la alfombra, vestido con una bata de seda rojiza con detalles bordados en hilos de oro en las orillas y las rastas rubias sueltas hasta la cintura; en su regazo una pequeña niña Omega, soltaba hipidos, aferrándose a la tela de su bata.

Habían otros dos niños, sus cabellos eran rubios, como el suyo propio hacía años, antes de ser teñido por humo negro y violencia, siempre que los veía a ellos, se veía a él mismo.

El mayor de todos, un Alfa llamado Joffrey de ocho años, era verse a sí mismo en él, pero únicamente en lo físico, porque en personalidad, tenía la arrogancia del Omega que le había dado la vida.

Myrcella, era la Omega de seis años, ella le recordaba a su gemelo cuando era pequeño, tenía su misma belleza, aunque ella era más dulce y benevolente, sabía que era muy atesorada por su madre. 

Y luego estaba el menor, Tommen, un Alfa recesivo, físicamente y en alma, era él, aunque más sensible y compasivo.

Esos tres pequeños cachorros de león, eran sus sobrinos.

Estaban bien, y aunque, no esperaba verlos a esa hora de la noche, podía sentirse tranquilo con ver que estaban bien, aunque Myrcella estuviera sollozando bajito, mientras su madre le acariciaba la espalda para consolarla, mientras con la otra mano peinaba el cabello de Tommen, que descansaba sobre su muslo, totalmente acaparado.

—¡Madre, mira mi dibujo! —exigió Joffrey, empujando una hoja sobre el rostro del Omega. —Soy yo matando a un dragón. 

El Omega de rastas de oro le dió una sonrisa, viendo el dibujo.

—Quizás le falta un poco más de sangre en el cuello, mi cielo —sugirió Tom.

Joffrey asintió y desvió la mirada al ver una figura familiar cerca de la puerta de la alcoba.

Myrcella alzó su mirada y al igual que su hermano observó al Alfa a unos metros de ellos, que los observaba fijamente, al verlo, la pequeña sorbió de su nariz y se tranquilizo un poco.

—Madre, el caballero de padre está aquí —dijo Joffrey, que parecía amargarse por notar su presencia.

—Tío… —musitó Myrcella, levantándose y caminando directamente a su tío.

La niña se aproximó a su tío y se aferró de inmediato a su pierna.

El Alfa bajó la mirada, aunque un poco amargo por la presencia de los cachorros, no pudo evitar sentirse intrigado por saber qué era lo que tenía a la niña así. 

—Princesa —llamó Bill, resistiéndose a acariciarle los cabellos rubios a su sobrina. 

Los ojos de Tom se abrieron al ver a su hija aferrada a su hermano gemelo, aunque sintió calidez también sintió ansiedad. 

—Myrcella, deja a tu tío, acaba de volver de campaña, debe de estar cansado, vuelve aquí —pidió Tom.

Myrcella se negó y se aferró con ambos brazos alrededor de la pierna de su tío. 

El Omega suspiró, y Bill pudo ver en los ojos de su hermano gemelo algo más en el fondo del cansancio y amor maternal, había preocupación.

—Me duele, tío, me duele mucho mi mano —lloró Myrcella.

—Myrcella estaba dibujando con Joffrey, y Joffrey al levantarse del suelo le pisó la mano —explicó Tom, con una simpleza cansada.

Bill ya había deducido aquello al ver las hojas y crayones de cera de diversos colores alrededor de todo el suelo cerca de la alfombra, no había ninguna muñeca de Myrcella, y sabía que a la niña le encantaba jugar con las muñecas y dibujar.

—Mi princesa, vuelve —repitió Tom, en tono dulce viendo a su hija.

Pero la pequeña simplemente lo miró por encima de su hombro tembloroso.

El Alfa y el Omega compartieron una mirada, que no era únicamente la de dos personas que eran gemelos.

Bill analizó toda la alcoba con la mirada, antes de dejar su casco sobre un taburete cercano.

—Princesa, su madre la está llamando, tiene que obedecer —masculló Bill, quitando los brazos de la pequeña de su pierna, acariciando ambas manos de la niña con los pulgares de manera sutil, acercándola a Tom.

—Ya te puedes ir —soltó Joffrey con desdén, sentándose cerca de Tom, apretando un crayón con su mano, agachando la cabeza para seguir dibujando.

—Lo siento, príncipe, pero tengo algo urgente que hablar con su madre —respondió Bill, dándole una mirada a Myrcella, que volvía a aferrarse a Tom.

Joffrey frunció el ceño e infló las mejillas.

—Por culpa de padre casi no hemos podido estar con madre… —farfulló el pequeño Alfa.

—Mi pequeño Joffrey… —murmuró Tom, ladeando la cabeza y acariciando su cabello. —Tu padre tenía necesidades, y yo tenía que estar con él, ya te lo he explicado, pero sólo es por algunos días. 

Bill apretó los puños, por lo que tuvo que poner las manos detrás de la espalda.

Entendía con esas palabras porque Joffrey estaba tan amargado y posesivo con la atención de Tom, Robert debió haber tenido su celo, y en lugar de buscar pasarlo con una prostituta con las que constantemente se mete, teniendo bastardos regados, esta vez había exigido que Tom cumpliera su deber de Consorte.

—Pero no te dejaba salir de la habitación ni para poder comer con nosotros, hasta hoy… —replicó el niño. —Yo quiero estar contigo, incluso estoy siendo bueno dejando que estén Myrcella y Tommen, pero no quiero a nadie más aquí. 

Joffrey era un maleducado, pero era un niño, y Bill lo sabía muy bien, aunque muchas veces fuera despectivo con él, por lo que no podía enojarse realmente, lo comprendía.

Joffrey no era el único que resentia a Robert, por motivos que podrían ser casi iguales, pero también muy diferentes. 

—Tu tío tiene algo urgente que decirme, Joffrey, algo que no puede esperar, podemos pasar mañana todo el día juntos —propuso Tom, pero Joffrey se negó. 

—Mañana puedes hablar con tío Bill —bufó Joffrey. 

Tom suspiró, viendo a sus tres cachorros de cabellos rubios, su devoción encarnada en niños iguales físicamente pero diferentes también. 

Bill observó la escena, y su entrecejo se frunció un poco, sintiéndose como un Alfa de la edad de Joffrey, tenían en común más cosas de las que quería admitir.

—Vete —dictó Joffrey, que aunque no lo miraba directamente, Bill sabía que se refería a él.

Pero Bill no era considerado un caballero letal precisamente por obedecer a un Alfa caprichoso, incluso si era su propio sobrino, por lo que alzó una ceja y dirigió la mirada a Tom.

El Omega solamente pudo darle una mirada, que se mostraba dividida entre darle atención a sus cachorros o a su gemelo.

Pero no fue suficiente que alguien más dijera algo, pues la puerta fue tocada tres veces, antes de abrirse.

Era una de las amas de cría de los niños, que solo se encargaban de cuidarlos cuando Tom estaba muy ocupado y de ayudarlo con la crianza, aunque Tom los amamantó, no permitiendo que ninguna nodriza los tocara casi en los primeros días de vida de cada uno de sus cachorros, eso Bill lo sabía muy bien.

No era buena idea meterse con los cachorros del Consorte Tom, a menos de que te lo permitiera explícitamente. 

—Con su permiso, Alteza —la criada Omega hizo una reverencia al entrar en la alcoba, dejando sus manos cruzadas sobre su estómago. —Es la hora de dormir de los niños —avisó. 

Bill contuvo una sonrisa como había aprendido en todos esos años, y se mantuvo al margen.

Joffrey frunció el ceño con fuerza, totalmente enfadado y apretó el crayón hasta quebrarlo, para acto seguido apuñalar la página con la punta, levantando la mirada para ver a la sirvienta. 

—¡La próxima vez que alguien entre por esa puerta e interrumpa el tiempo con mi madre lo voy a degollar! —gritó el pequeño Alfa, con el rostro rojizo totalmente montado el cólera.

Incluso Myrcella y Tommen se aferraron a su madre al ver a su hermano mayor tan molesto.

—Joffrey, te pido que no levantes la voz a estas horas de la noche —espetó Tom ante la actitud de su hijo.

Joffrey abrió los ojos sorprendido del regaño pues su madre raras veces lo regañaba, por lo que apretó los labios y sus ojos llenos de rabia se aguaron rápidamente, conteniendo su impotencia infantil.

—Oh, mi Joffrey —Tom se sintió rápidamente mal por su hijo, y extendió uno de sus brazos para que se acercará. 

A lo que Joffrey rápidamente se arrastró hacia él.

Por lo que ahora Tom tenía aferrado a su cuerpo a sus tres cachorros. 

Bill se cruzó de brazos, desviando la mirada al suelo, aunque daba pequeñas miradas a la imagen de su gemelo con los pequeños aferrados a sus piernas y brazos, en una imagen puramente maternal, lo cual lo hizo recordar a su propia madre.

La cual había muerto al dar a luz al hermano menor de ambos, Ray, cuatro años menor que ellos, con quien Tom no se llevaba bien, Bill podría asegurar que era la persona que más odiaba, por encima de su propio esposo.

Tom consideraba que sólo debían ser ellos contra el resto, y claro, su padre, Lord Tywin, pero para él, el Omega también guardaba resentimientos. 

Bill se consideraba orgulloso de no estar en esa lista negra de odio, podía asegurar que únicamente él y sus sobrinos estaban fuera de cualquier mancha de odio.

A pesar de ser un Omega, Tom guardaba mucho resentimiento, secretos que no se atrevía a confesar con su gemelo, y Bill lo sabía, sabía leer un silencio de Tom como sabía leer los suyos propios. 

El nido de leones que Tom tanto apreciaba y con el que era tan receloso hacia el resto.

Bill por su lado, también tenía sus sentimientos negativos, principalmente hacia Robert, el Rey, el esposo de su gemelo; hacia su padre, su relación era tensa con ambos gemelos, pero por diferentes razones, y con Ray, podía decirse que tomó un papel casi paternal con su propio hermano menor, siendo uno de los motivos de las discusiones que solían tener los gemelos.

Como todo caballero blanco, prefería guardar su odio y dirigirlo hacia el enemigo en turno.

El Alfa se encontraba incómodo, por no poder estar un momento a solas con su gemelo, aunque con la ama de cría también en la habitación se sentía más tenso.

—Recibí una carta de padre mientras estaba en campaña, después de meses, y necesitaba contarte de su contenido, hermano —acotó Bill de repente.

Tom acarició la espalda de Joffrey mientras levantaba la mirada para ver al azabache.

Esto era, una especie de código entre ambos, cuando necesitaban estar a solas y había alguien, hablaban de su padre, utilizándolo como una cortina para tener una privacidad justificada.

—Mis tesoros… Esto es importante, además es hora de que se vayan a dormir —murmuró Tom a sus hijos que seguían aferrados a él.

Pero eso sólo provocó que Joffrey se apegaba más a él, igual que Myrcella, pero el Omega, ya acostumbrado a esta parte de la maternidad se inclinó hacia ellos y les susurró algo que, sorprendenmente, hizo que de inmediato Joffrey se enderezará con una sonrisa grande, y Myrcella una más pequeña.

—Vayan con la sirvienta —les sonrió Tom, antes de darle un beso en la frente a Joffrey y luego a Myrcella, que fueron hacia la ama de cría.

Pero, quedaba todavía un ovillo de rizos dorados en el regazo del Omega, el pequeño Tommen.

—Lleva a Joffrey y Myrcella a sus habitaciones, luego vuelves por Tommen —ordenó Tom a la ama de cría, que asintió y salió con los cachorros mayores.

Tommen se escondía en el regazo de su madre, aunque mantenía la mirada fija en Bill, una mezcla de miedo y desconfianza, sus manos eran puños pequeños en la tela de la bata de Tom.

—¿Por qué me mira de esa manera? —preguntó Bill, con más confianza al estar solos y con Tommen pues era un cachorro de dos años, todavía muy tierno.

—No eres el único al que mira así, lo hace con todos los Alfas adultos, es culpa de su padre… —explicó Tom, tomando a su cachorro en brazos para acunarlo en su pecho. —Ya sabes como es Robert con los cachorros… Pero con Tommen, le ha gritado demasiado las últimas semanas porque le cuesta dejar el pecho, lo ataca por ser un Alfa recesivo, es muy cruel…

El Omega levantó la mirada notando la mandíbula tensa de su hermano.

Bill inhaló profundamente, debía haber sabido que Robert no dejaría pasar la casta “defectuosa” de Tommen, aunque no esperaba que fuera tan cruel con un cachorro tan pequeño, no lo pensó puso, acercándose y poniéndose sobre una rodilla, quiso tocarle la cabeza a Tommen, pero optó por acercar su mano abierta con lentitud, ofreciéndosela.

Tommen vió la mano enguantada de su tío y luego lo vió a las manos, Bill se sacó el guante de cuero y volvió a extender su mano descubierta.

—No eres un Alfa “débil”, Tommen —murmuró Bill, sabía que estaba siendo demasiado “confianzudo”, pero no quería que su sobrino sintiera terror hacia él por culpa de un Alfa despreciable como Robert. 

El cachorro dudó por unos segundos más, antes de tomar dos dedos del Alfa con la mano. 

Bill sonrió suavemente. 

—Bill, por favor, levántate, ya vendrán por Tommen —dijo Tom en voz baja.

El Alfa asintió y se puso de pie, manteniendo una sonrisa para Tommen que estaba más cómodo con su presencia.

Deseaba tanto poder tomarlo y abrazarlo, darle el cariño que tanto contenía.

La ama de cría no tardó mucho en volver, llevándose a Tommen no sin antes que Tom lo colmara de abrazos y besos para que pudiera descansar tranquilo.

Bill le dió una última sonrisa a Tommen antes de que la puerta se cerrará, acercándose después para ponerle seguro, al darse la vuelta, Tom ya se había levantado de la alfombra y recogido el desastre de papel y crayones que los niños habían dejado.

Tom estaba de espalda, con las manos apretadas a la altura de su estómago, con la mirada divagando en algún punto del suelo, cuando Bill se acercó de espaldas y lo abrazó, lo cual lo hizo suspirar.

—Son unos pequeños usurpadores —masculló Bill cerca de su oreja.

—Son tus hijos…—musitó Tom con una sonrisa suave, de manera tan baja para que ni la hormiga más pequeña escuchara. 

Bill hundió su nariz en el cuello de Tom, mientras cerraba los ojos por un instante, antes de tomarlo por los hombros.

—¿Qué tienes? Desde que llegué, noté que hay algo amargo en tu aroma —cuestionó Bill, dándole la vuelta para tenerlo cara a cara. —¿Es por lo del celo de Robert? ¿Te lastimó? 

Tom cerró los ojos, frunciendo el ceño.  

—Tener que estar con Robert en su habitación es la menor de mis preocupaciones —respondió el Omega, para después abrir los ojos. 

—Ya te lo he dicho, Tom, hay que deshacernos de él, su muerte sería como la de un jabalí, no soporto que te abuse así, que desprecie a nuestros cachorros. Puedo volver a romper mi juramento y terminar de enterrarme como un Matarreyes, volver a asesinar al Rey de la capital —aseguró Bill, tomándolo del rostro.

Tom se negó de inmediato, serio. —Todavía no. Joffrey es muy pequeño para asumir el trono, necesito prepararlo más. No hagas ninguna estupidez en un arranque, yo también lo odio y todos los días me levanto teniendo que contenerme de envenenarlo, sólo porque aún no es el momento.

—No puedo soportar esto, Tom, te lo juro, mi preocupación durante las campañas no es perder la vida o la guerra, sino saber que tú y mis cachorros tienen que convivir al reclamo de un Alfa cómo Robert —replicó Bill.

Tom se alejó de él, pasando a su lado, mientras se acariciaba la cien con los dedos. 

—No puedes ser tan posesivo con ellos, Bill, tienes que controlarte. Hace un momento te permití que te acercaras a Tommen porque ver como Robert lo trata me destruye, pero aunque eres su padre de sangre, ante el mundo no lo eres —le recordó Tom, parado con los pies descalzos sobre la alfombra.

Bill se giró mientras lo escuchaba, frunciendo el ceño.

—Son mis cachorros, Tom, míos, tendría que tener el derecho de poder abrazarlos, de consolarlos cuando lloran, de ser su refugio cuando están asustados, pero ni siquiera dejas que me acerque como su tío, Joffrey claramente me ve como un ajeno, un subordinado de Robert —reclamó Bill, dejando salir la frustración con la que cargaba desde el nacimiento del primer cachorro.

—¡Shhh! No lo digas demasiado alto —Tom giró la cabeza para verlo con molestia. —Sé que hay gente que ya sospecha… —murmuró, bajando la mirada a su regazo. —Estos meses que has estado afuera, entre más crecen los niños, más notan que no hay ni un rasgo de Robert, y que Robert sea distante con ellos no ayuda en nada, no les interesa. Incluso, tuvimos una discusión hace dos meses porque quería traer a sus bastardos al castillo, le dije que de ninguna manera… Que, si los traía me iba a asegurar de que este no fuera un lugar seguro para ninguno.

Bill lo observó fijamente mientras lo escuchaba con atención.

—Me abofeteó… Pero, logré que no los trajera, yo no voy a permitir que mis hijos pierdan la corona, Bill, ni por una estupidez de Robert, ni por una tuya —dictaminó el Omega. —Voy a llegar hasta donde tenga que llegar para que mis hijos estén a salvo y en el poder.

Podía escuchar como Bill caminaba y respiraba profundamente, intentando controlar su impotencia.

—Es un maldito… Un hijo de perra —susurró Bill con los nudillos blancos de tanto apretar los puños. —Si la existencia de sus bastardos son una amenaza, entonces hay que eliminarlos.

—Ya lo pensé, mandar a asesinar a cada uno de sus bastardos, no quiero a ninguno vivo, pero Robert es tan maldito que ni siquiera puedo calcular la cifra exacta, por lo que pueden haber bastardos en cualquier lado, ya tengo a gente ubicando a cada uno —reveló Tom. 

Bill inhaló y exhaló, dirigiendo su mirada, más tranquilo, aunque no menos tenso.

—¿Exactamente qué es lo que dicen del parentesco de los niños? —inquirió. 

—Que no son de Robert, que el parecido es demasiado al de los Kaulitz, tú nombre y el de Andreas han sido mencionados —arguyó Tom, volviendo a suspirar. —Creo que Ray sospecha, estuvo aquí con Andreas hace unas semanas. Discutí con ese bastardo, dijo que mi amor por los niños era una debilidad… —recordó con despreció. 

—Espera, ¿nuestro primo estuvo aquí? ¿Por qué Andreas vino? —Bill alzó una ceja, consternado. 

—Sí, yo mande a llamar a Andreas, aunque Ray vino como su piojo —aceptó Tom. —Tú no estabas, y Robert necesitaba un escudero aquí, y pensé que sería buena idea tener a más miembros de la familia aquí, para desplazar poco a poco a la de Robert. Estoy casi seguro que el que mencionó el nombre de Andreas fue el hermano de Robert, cuando vino aquí de visita y nos vió hablando a solas.

Bill se mordió el interior de la mejilla. —Sabes que no me gusta que Andreas esté cerca tuyo, no confió en él por más primo nuestro que sea. Tengo muy presente como te miraba en los festines del año pasado.

Tom no pudo contener una risa baja ante los celos de su hermano. —Sí, lo sé, ustedes tuvieron una muy patética discusión entre murmullos donde él te dijo que si no fuera de nuestra familia se casaría conmigo, y tú respondiste diciendo que de dejarme encinta matarías a su semilla antes de poder abrir los ojos, cómo olvidarlo —rodó los ojos. —Pero, no te preocupes, Andreas terminó siendo un pésimo escudero, por lo que volvió a Roca Casterly.

—Probablemente necesite ir a Roca Casterly a visitar a la familia… —murmuró Bill viendo hacia un costado del suelo.  —Aunque sé que nunca fornicarias con él. 

Tom lo miró de reojo. 

—¿Verdad? —Bill mantuvo su mirada fija en el Omega.

Bill sabía qué, a comparación de él, que su corazón únicamente latía por un Omega, Tom había encontrado gracia en otro Alfa, aunque Bill lo veía como algo platónico, pues Tom era todavía un niño cuando se “enamoró” del hijo mayor del antiguo rey de la capital, hasta que falleció, y también por un tiempo, Tom intentó amar a Robert, que se había apoderado del trono, pero eso salió fatal culpa del mismo Robert.

—Preguntas como si fueras un niño —bufó Tom, pero dejó caer sus hombros. —Haría lo que fuera por mantenerme a salvo, porque si yo no estoy para los cachorros, ¿quién va a estar? Nadie los va a proteger como yo, porque no los aman como yo… Aún así, por más que fuera capaz de cualquier cosa, el único Alfa con el que quiero engendrar eres tú. 

Bill se acercó a Tom, rodeándolo con sus brazos por detrás, haciendo que ambos se sentaran sobre la alfombra, metiendo sus manos en los bordes de la bata del Omega, deshaciendo los nudos que aguardaban su cuerpo, para después deslizar la tela por los hombros, notando las mordidas y moretones que Robert había dejado, viendo con una mezcla de celos, ira, impotencia y tristeza. 

—Por eso, he tomado la decisión de tener otro cachorro —confesó Tom de pronto. —La última vez que estuve con Robert fue ayer por la noche, y en cuánto se quedó dormido tomé un té para evitar que su sangre quedara en mí, por lo que necesito quedar encinta de inmediato, para que la corte deje de hablar pestes, pues todos saben que pase los últimos días encerrado con él, es humillante pero podemos sacar algo bueno de eso, no habrá duda de que el cachorro sería de Robert. 

Bill se quedó mudo al escucharlo, sin apartar la vista de las desagradables marcas en la piel de su gemelo.

—No te preocupes, tomé un largo y profundo baño purificador, no quiero dejar ningún rastro de él cuando esté contigo —continuó Tom.

—Un cuarto cachorro… ¿Por qué? —preguntó Bill en un susurro. —Ni siquiera puedo disfrutar de ellos como mis hijos, esto es injusto para mí, y creo que para ellos también, hasta para ti, tener que entregarlos como hijos de otro Alfa, ellos no necesitan a un Alfa a quien llamar padre, necesitan a un Alfa que sea su padre. 

—Una vez dijiste que si yo quería otro hijo, ibas a darme todos los hijos que quisiera —le recordó Tom. 

—Sí, lo sé… Recuerdo cuando te dije eso, así como recuerdo como hicimos a cada uno de nuestros cachorros; Joffrey es de “tu noche de bodas”, aunque con unos días de diferencia, después de deshacernos del bastardo de Robert que había quedado en tu vientre, y decidiste que sólo ibas a tener un bebé si era mío; Myrcella… —las comisuras de los labios de Bill delataron una sonrisa nostálgica. —A ella no sé si la quieres tanto porque es tu única hija Omega y se parece a ti cuando eras pequeño, o porque la hicimos en el camarote real mientras íbamos con la corte a Dorne.

Mientras hablaba el Alfa se acercó a la espalda del Omega, comenzando a repartir besos sobre cada mordida y moretón, haciendo que Tom suspirara gustoso, cerrando los ojos y ladeando su cabeza y rastas para darle más espacio.

—Y Tommen, nuestro pequeño, él no es débil, es un niño muy noble y sensible, él fue producto de uno de tus celos, me suplicaste que te hiciera un nudo —Bill sé rió contra su piel al percibir como su argán se volvía más empalagoso. —Te gusta que sea así, ¿no? Que recordemos cómo fue la concepción de cada uno de nuestros cachorros te pone, y mucho… —aseguró, cerca de su oreja.

—Basta… No lo digas así —masculló Tom. 

Bill deslizó sus manos por debajo de los brazos de su hermano, posando una mano sobre su vientre y la otra la llevó a la entrepierna, tocando el falo del Omega que comenzaba a alzarse. 

Tom se removió, no en desagrado, sino en una inquietud que ya lo estaba humedeciendo, mientras su respiración se entrecortaba.

—¿Por qué no? Recuerdo lo precioso que se veía el mar cuando concebimos a Myrcella, el sonido del barco y el mar amortiguaba bien tus gemidos, aunque estábamos ansiosos por la gente que había en la cubierta —Bill le beso la yugular con cariño, mientras envolvía con su mano el falo erguido del Omega. —Ah, y la concepción de Tommen, ¿recuerdas cómo me decías? 

Tom tragó saliva y su garganta vibró en sonido, inclinándose hacia adelante y arqueándose mientras era masturbado.

—Sí, de esa misma forma te pusiste mientras rogabas porqué te anudara —detalló Bill, cerrando los ojos y atrayendo a Tom nuevamente para pegar su espalda a su pecho. —Te haré otro hijo, sí, cumpliré mi promesa, pero, a cambio quiero poder ser cercano a mis hijos, no criarlos completamente, aunque me encantaría, pero sí ser una figura en la que puedan refugiarse.

Tom busco frotarse más contra Bill, pegarse por completo a su aroma a argán, para olvidar el aroma de Robert que consideraba repulsivo, vomitivo de tan solo estar a unos metros de él. Se mordió el interior del labio, intentando no embriagarse por completo en el aroma sobrio de su gemelo, para pensar en sus palabras.

—No… Bill, no quiero que la corte sospeche nada —respondió Tom, recibiendo un jalón en las rastas, haciendo la cabeza hacia atrás, apoyándola en el hombro del Alfa, obligándolo a entreabrir los labios. —Ante todos, son mis hijos, y yo decido quién se acerca a ellos y quién no —declaró, viéndolo directamente a los ojos.

—Eres un omega odioso. Siempre lo has sido, queriendo imponer lo que quieres ante todos, incluso sobre mí, ante cualquier alfa, para ti nadie está lo suficientemente a tu altura —susurró mordaz Bill, sin dejar de mover su mano en el falo del Omega, pero ahora con intensidad, apretando los dedos alrededor suyo. —¿Por qué los dioses me han hecho amar a un omega odioso? 

Tom tragó saliva tembloroso, manteniendo la mirada en la de Bill, con el pecho agitado y las rodillas comenzando a deslizarse sobre la alfombra para abrirse.

Lo medito en silencio, mientras Bill lo seguía sujetando por las rastas.

—La familia de Robert cree que sus rasgos son demasiado buenos, tanto como para desplazar a los de los Kaulitz, piensan que van a borrar el cabello dorado de nuestras cabezas… —masculló Tom, y una sonrisa se asomó por la comisura izquierda de sus labios. —Sigues siendo un león, aunque tu melena sea negra como ébano. El ébano es caro, pero no tanto como el oro.

Bill deslizó su mirada de sus ojos a su cuello, recorriendo por la abertura de la bata hasta sus rodillas flexionadas y separadas.

Se rió. 

—Toda la vida, desde cachorro deseando ser un Alfa, pidiendo usar mi ropa, tomar mis clases de espada y actuando como nuestro padre… Incluso si fueras un Alfa seguirías siendo la leona del único león por el cuál te has rebajado, Alteza —afirmó Bill, arrogante, a sabiendas de que eso se merecería una bofetada por parte de su gemelo, pero que estaba tan doblegado hacia él en ese momento, aunque no quisiera admitirlo, que podía hacerlo.

Fue precioso ver como la sonrisa de Tom se torcía y su entrecejo se frunció en una mueca de odio real, probablemente Bill se estaba ganando que Tom le prohibiera aún más tener contacto con sus cachorros, pero no podía y no quería seguir actuando bajo las reglas de un Omega.

—¿De qué te sirve estar en esa posición? Cuando ni siquiera puedes reclamarme, marcarme como tuyo ante todo este continente porque sabes que tú, yo y nuestros cachorros perderemos la cabeza —farfulló Tom.

La sonrisa arrogante de Bill se torció, y acercó su rostro al cuello de su gemelo, respirando el empalagoso aroma de su piel.

—Puedo hacerlo… Sólo basta una indiscreción —susurró Bill, abriendo su boca, rozando la punta de sus dientes sobre la piel que comenzaba a tensarse.

Tom abrió los ojos en grande y su pecho se agitó todavía más. 

—No serías capaz sabiendo a lo que nos arriesgas —advirtió el Omega, buscando desesperadamente los ojos de Bill.

—Incluso con una condena sobre nosotros llevarías con más orgullo mi marca de camino a tu ejecución, que en todos estos años caminando con la marca de Robert en los eventos reales —Bill se mantuvo cerca de su cuello, asegurándose de que sintiera el amenazante filo de sus dientes. 

Tom se removió bruscamente para salir de entre los brazos de su gemelo, dándole una bofetada que resonó, arrastrándose de espaldas sobre la alfombra viendo de frente al azabache. 

—¡Te mataría! Te aseguro que lo haría si algún día decides arriesgar todo por lo que me esfuerzo cada día únicamente porque tu maldito ego de Alfa te hace creer que tienes derecho —espetó Tom, deteniéndose a un metro de distancia. —¿¡Crees que te necesito!? —se burló histérico. —Sí quiero un hijo, puedo perderle el repele a Andreas… A cualquiera que me sea útil.

Bill se quedó quieto, apretando en un puño la mano con la que antes masturbaba al Omega.

Observó cómo Tom se mantenía firme incluso con las rastas despeinadas y la bata deshecha y abierta dejando absolutamente nada a la imaginación, aunque incluso si estuviera cubierto de pies a cabeza, no sería suficiente para alguien que ya conocía bien cada uno de sus rincones. 

No tuvo ninguna decencia o vergüenza en ver sus piernas abiertas, como si incluso enojado y amenazándolo, también lo estuviera invitando desesperadamente. 

Bill sonrió, comenzando asentir suavemente. —Cuando nació Joffrey, recuerdo que estabas emocionado, como un niño con su muñeca, acaparando al bebé y presumiéndolo con todo el mundo… ¿Vas a poder sentirte así por el hijo de otro Alfa? Porque eres demasiado maldito como para amar a otros niños que no sean tuyos y míos —aseguró tranquilo. —Por supuesto, puedes ir por ahí y dejar que cualquiera entre a nuestro nido. Anda, Tom, adelante, hazlo.

Sacó de su cinturón una daga pequeña, y la lanzó en medio de las piernas del Omega.

—Te quedarías solo, perdiendo a la única persona en la que puedes confiar, desahogarte, ser tú mismo sabiendo que sé cada cosa de ti, cómo se siente tu cuerpo y cómo se oye realmente tu corazón; incluso tus secretos que solo compartes con el insomnio, sé que más de una vez piensas en decírmelos… Mata a la única persona que has amado desde siempre, te lo permito, no porque me estoy doblegando a ti, sino porque quiero saber que eres capaz de quitarle la vida a tu propio hermano, al padre de tus hijos, a tu Alfa —incitó Bill, acercándose con lentitud mientras hablaba.

Los muslos de Tom temblaron cuando la daga cayó en medio de sus piernas abiertas, la vió por unos segundos antes de dirigirle de nuevo la mirada a su gemelo.

Tom mantuvo su semblante de suficiencia sería y tomó la daga, delineando el filo de extremo a extremo, recordando como en sus primeros años de casado estuvo tantas veces de asesinar a Robert de esa forma.

Se subía en su regazo cuando estaba inconsciente por el alcohol y alzaba su propia daga o espada, lo que fuera lo suficientemente filoso como para perforar su pecho, pero finalmente no lo hacía, pues sabía que eso era demasiado impulsivo, y no valía la pena condenarse a sí mismo por un arranque de odio, todavía no sería tiempo de eso.

Su mirada vaciló entre Bill y la daga en su mano.

—Joffrey se parece demasiado a ti. La mezcla perfecta de nuestros lados más sádicos —acotó el Omega, antes de estirar la mano y clavar de golpe la daga sobre el suelo, fuera de la alfombra. —Será un gobernante temido, admirado y respetado, y si no, se hará respetar… Sí me tiene a mí y a ti en su vida.

Tom se enderezó y volvió a apoyarse de sus rodillas, manteniéndolas separadas, poniendo las palmas de sus manos sobre la alfombra y terminando de acercarse a su gemelo.

—Traidores, incestuosos, bastardos… —desglosó el de rastas rubias. —Puedo escuchar todos nuestros crímenes ser expuestos por los mortales, pero si los dioses nos han bendecido con cachorros tan perfectos como nosotros entonces no creo que sea un crimen para ellos.

Bill sonrió ante su cercanía. —No he vuelto para discutir, ni tampoco a tener un debate religioso, mi amor. He venido por ti y mis cachorros, lo único que me interesa que me pertenezca en todo el mundo.

—Entonces tendrás que tragar tus ganas de asesinar a Robert por ocho años más. Y cuando Joffrey sea rey, puedes fornicarme sobre el trono frente a todos si deseas —Tom sonrió, tomando sin cuidado el rostro de su gemelo y golpeando sus labios con los suyos.

Bill correspondió al beso que fue más un golpe, pero del tipo que claramente le gustaba recibir, terminó de arrancar la bata del cuerpo de Tom, tirándola a un lado mientras movía los labios a la mandíbula del Omega, ejerciendo mordidas y besos suaves.

—Te haré mi Omega, mi Consorte y llenaré toda la capital con nuestros hijos. A los treinta y dos años seguirás siendo una belleza y tú vientre tan fértil como ahora —prometió Bill, mientras Tom se arqueaba contra él, cerrando los ojos y excitándose con sus palabras. 

—Hazme todo lo que quieras, menos ponerme por debajo de ti… —Tom hizo una pausa, y ambos hermanos se vieron. —No de una forma que no me guste —sonrió con picardía, arqueando una ceja. 

Habiendo dicho eso, Tom arrancó la armadura del cuerpo de Bill como un hambriento desatado, por lo que se aferró a sus rastas negras cuando estuvo totalmente desnudo para él, abrazándolo con sus piernas, demostrando sin palabras lo mucho que lo había extrañado en todo ese casi medio año que no habían estado cerca.

—Lléname de ti, Bill, deja a tus cachorros en mí —musitó Tom contra sus labios, en medio de respiraciones calientes.

Con sus manos en su cintura Bill lo recostó sobre la alfombra, mientras iban bajando, Tom con los ojos entreabiertos y sus manos todavía aferradas a las rastas de su hermano, las sostuvo con cuidado.

Ambos usaban rastas como parte de la cultura de la casa Kaulitz, que significaban la entrada a la maduración.

Aunque el cabello de Bill hubiera perdido su tono rubio dorado, ahora de color negro, utilizaba algunas rastas de color blanco, por cada batalla ganada, Tom se solía burlar, diciendo que parecería que tendría canas antes de los treinta.

Bill recorrió su mentón y cuello con los labios, hasta bajar a sus clavículas, manchadas con marcas de la violencia bruta de Robert, que de seguro por la presión dolían las mordidas y succiones, no podía hacer más que lamer y servir como un opio para su Omega. 

Lo peor de esperar ocho años, no sólo era su propia tortura, para poder estar libremente con su Omega y reclamar a sus hijos como suyos, sino que hasta que fuera el momento indicado, Robert seguiría maltratando a Tom.

Pero un día, no era una promesa, esto era una declaración, porque “Un Kaulitz siempre paga sus deudas”, y un día Robert iba a saber porque los saludos de los Kaulitz eran temidos.

No lo merecía, Robert nunca lo hizo, nadie en realidad, nadie merecía a su hermano, a un Omega de tal belleza, que a ojos de ignorantes opacaba lo que en su cabeza pueda haber, pero él siempre lo vió, siempre estuvo ahí para Tom.

Con cuidado volteó a Tom sobre la alfombra, para tener de cara su espalda.

Tom arqueo la espalda de manera felina, buscando presionarse con la entrepierna de Bill, gesto que fue bien recibido pues el Alfa se frotó contra él mientras lamía su espalda.

Bill apartó hacia un lado, en su hombro, las rastas rubias de su gemelo, para tener más espacio, mientras en paralelo su otra mano se movía con la confianza de un dueño hasta la espalda baja, bajando por su trasero, acariciando con toda su palma el grosor suave y firme, hasta que sus dedos tocaron directamente el lubricante natural del Omega.

Ante el contacto de los dedos de su gemelo, Tom estiró los brazos sobre la alfombra, clavando sus dedos en lo áspero, alzando más su cadera.

No tenían toda la noche, por desgracia, Bill tendría que salir pronto de la alcoba para que ningún sirviente o guardia se cuestionara por “la larga visita del Guardia blanco a su hermano Consorte”.

Aunque Tom quisiera amanecer con Bill, y no solo tener estas visitas nocturnas y encuentros que no podían durar demasiadas horas.

Bill curvó los dedos en el interior de su hermano, viendo como las escápulas se tensaban al contraerse.

Delineo la espalda, su fina línea dorsal y sus hombros delgados pero anchos, delicados.

No pudo soportar más la presión de su propia erección, y tomó su miembro, deslizándose abruptamente en el interior del Omega.

Las manos de Tom se deslizaron sobre la alfombra, siendo tomado por las caderas para ser jalado hacia atrás casi al instante, haciendo ese característico sonido de choque de pieles que le hacía temblar las piernas por ponerse más salido.

Bill reprimió un gemido, haciendo la cabeza y rastas hacia atrás, después de dos estaciones frías se merecía ser recibido por esa calidez y opresión familiar alrededor de su miembro. 

Comenzando a mover su pelvis y la cadera de Tom con sus manos al mismo ritmo profundo, un poco tosco y desesperado por la abstinencia. 

Tom enterró las uñas en las fibras de la alfombra, meciendo su cuerpo al ritmo que había impuesto Bill.

Se quedó callado ante lo desesperado del acto, porque después de medio año sin tocarse, entendía que Bill debía cargar más que una frustración paternal por sus cachorros, sino una marital.

—Vamos… —habló Bill a duras penas, inclinándose sobre la espalda del Omega, acercándose a su oreja. —Vamos a hacer esto hasta asegurarme de que estás preñado. Las veces que sean necesarias —dictaminó con la voz ronca, esa que no era del mando frío para las tropas, sino para hacer temblar al Omega debajo de él. 

Una carta muy mediocre para un caballero que quería sólo hacer el amor por esos seis meses sin ningún consuelo por serle fiel a un Omega casado.

Pero, Tom lo tomaba, giró la cabeza y, aunque jadeando con los labios brillosos por la saliva, le sonrió, viéndolo por encima de su hombro. 

—Que lastima que no eres mi marido para mantenerme encerrado por días para ti —farfulló Tom cínico.

Bill agarró su rostro con una mano y lo apretó, besándolo para callarlo.

—Un día, Tom, un día —dijo el Alfa, jalando su labio inferior.

Tom hizo sus manos hacia atrás, agarrándose de las rastas de su gemelo, con la espalda totalmente arqueada hacia adelante. 

Al sentir el momento inminente acercarse, Bill cambió a un ritmo más seco y lento, lo cual hizo temblar al Omega, prediciendo que sus rodillas no iban a poder sostenerlo, Bill lo sujeto, envolviendo con una mano su miembro y masturbándolo de prisa, sacando un chillido de parte de Tom, mientras su otra mano lo sostenía apretando su pecho, ciñendo su palma completamente sobre el pezón duro.

Hubo sonidos que Tom no pudo contener, mientras se removía contra Bill, haciendo puños en las rastas de su cabello negro.

Bill sintió una humedad en la palma de su mano que tomaba el pecho del Omega, una que no era sudor, abrió ligeramente los ojos viendo las gotas blanquecinas.

Había olvidado por completo que esto podía suceder si lo tocaba ahí mientras seguía dando el pecho a uno de los cachorros, se rió de manera baja, recordando la primera vez que les sucedió eso y los tomó por sorpresa. 

—Vas a seguir lleno de aquí por los próximos dos años, para mí y mis hijos —siseó Bill, dando un apretón dónde clavó sus uñas.

El vientre de Tom se tensó al igual que sus muslos, llegando a su orgasmo, dejando la mano de Bill cubierta por su corrida, llegando incluso a salpicar sobre la alfombra. 

La tensión de su cuerpo fue suficiente para Bill, que se dió un último empujón profundo en el interior de Tom, dejando salir su semilla, iniciando a hincharse su miembro por el nudo. 

Por lo que tuvo que acostar a Tom sobre la alfombra, y haciendo que se acostaran de lado, quedándose detrás de él mientras el nudo permanecía.

Tom cerró los ojos intentando regularizar su respiración por la boca, con el rostro aperlado por el sudor que brillaba bajo la luz de las velas.

Bill posó ambas manos sobre el vientre del Omega, mientras le besaba el hombro con cariño tan meloso como el aroma de su Omega, ronroneando cansado pero contento. 

—No te alegres demasiado… —masculló Tom, con la respiración más tranquila. 

Bill pasó la lengua por su hombro saboreando lo salado de su sudor.

—Yo te amo así, sarcástico, odioso, vanidoso y nervioso—respondió Bill, besando desde su oreja en un camino hasta sus labios. 

—Yo… Yo también te amo, Bill —Tom mantuvo los ojos abiertos por unos dos granos de arena, detallando la belleza de su gemelo, antes de corresponder al beso.

Pero ese beso tierno rápidamente hizo alzar la ceja al Omega, pues las acaricias suaves y delicadas sobre su vientre bajaron, no cesaron, pero el Alfa deslizó como serpiente sus manos por su pelvis hasta los muslos, metiendo las manos en el interior para aplastar y calentar sus manos.

Al mismo tiempo, Bill movía de manera tenue su pelvis.

Podían permitirse una media hora más juntos esta noche, eran avariciosos, estaba en su sangre y riqueza familiar.

—Espera que el nudo baje un poco para que te muevas… Me gusta así.

&

Joffrey apretaba con una mano su cabeza, sus preciosos mechones dorados amontonados en sus dedos, mientras con su otra mano soltaba el lápiz y tomaba frustrado una galleta de la alta variedad y se la metía a la boca.

Tragó fuertemente y levantó la vista a su madre.

—¿Por qué tengo que estudiar números? Cuando sea rey otro podrá hacerlo por mí —se quejó el pequeño.

Tom apartó la mirada de su libro y vió a su hijo al otro lado de la mesa redonda de cristal.

—Tienes que aprender sobre estrategias, cariño —contestó Tom.

Joffrey bufó en alto, apretando el lápiz y plantando la mirada en su cuaderno. 

Bill se acercó por detrás de Joffrey, dando una mirada al cuaderno. 

Antes de poder decir algo, Joffrey sintió su presencia y giró la cabeza para verlo con el ceño fruncido.

—Lo que estás viendo es fácil —soltó Bill, sereno con las manos cruzadas detrás de su espalda.

El niño hizo un mohín, manteniendo su ceño fruncido.

—¿Cuánto tiempo más vas a quedarte aquí, tío? —inquirió Joffrey con enfadó. 

—¿Deseas que me vaya? —Bill alzó ligeramente sus cejas. —Entiendo, aunque yo pensaba ayudarte… —dijo mientras retrocedía lentamente. —Un rey necesita saber sobre estrategias, para poder formar tropas de siete hombres en ocho columnas…

El rostro del niño se suavizó y le dió una mirada rápida a su cuaderno. —¿Tú sabes cuántos hombres hay en total en una legión? —cuestionó, volviendo a verlo.

Bill se detuvo y sonrió suavemente, sin perder la postura firme. 

—Tu tío es un Caballero Blanco, Joffrey, el mejor… —acotó Tom, fingiendo no prestar atención a la interacción de su hermano y su hijo, volviendo a abrir su libro.

Joffrey entreabrió los labios al escucharlo.

—El mejor en perder su honor… —replicó el pequeño Alfa.

—Dijo que soy el mejor, no el más honroso —Bill no pudo evitar reír. —Respondiendo a su pregunta, príncipe, sí, sé cuántos hombres hay en una legión, en cuatro legiones sin necesidad de ver sus rostros.

Joffrey hizo un puchero desviando la mirada entre el suelo y el cuaderno. 

—Pero, si desea que me marche, lo haré, príncipe —continuó el azabache. 

—¡No! —exclamó Joffrey rápidamente, volteándose en su silla. —Espera, tío… Dijiste que pensabas ayudarme. ¡Ayúdame! —exigió. 

Bill alzó una ceja ligeramente. 

—Dijiste que me marchara y puedo precisar que mi presencia no es de tu agrado, no quisiera incomodar, príncipe —insistió Bill, dando un paso más hacia atrás.

—¡No, no, no! —Joffrey abrió los ojos alarmado y se bajó de su silla, corriendo hasta chocar con el brazo de su tío, envolviendo su antebrazo con sus brazos, jalándolo hacia la mesa. —¡Ayúdame!

Bill se tragó una risa y asintió, siguiendo a su hijo, inclinándose a un costado de él cuando volvió a sentarse, examinando los ejercicios que tenía que resolver.

Tom le dió una mirada de reojo, conectando por una fracción de segundo con los ojos felices de Bill.

Entre todas sus victorias, Tom nunca había visto tan feliz a Bill por una como esta.

Se mantuvo en silencio, continuando leyendo y vigilando a sus otros dos hijos, los cuales jugaban en el suelo.

Myrcella con sus muñecas y caballeros de madera, mientras que Tommen por su parte jugaba y chillaba de la risa con gatitos pequeños.

Una mezcla que resultaba agradable entre los maullidos de los gatitos y las risitas de un cachorro que apenas puede levantarse sin tambalearse.

Pero el momento se vió interrumpido cuando las puertas de la terraza con vista a los jardines de agua se abrieron, Tom frunció el ceño y giró la cabeza, pues le había dicho a las sirvientas que no quería que entraran a menos que él las llamara, que únicamente en esa tarde quería un tiempo en paz para que sus hijos jugarán e hicieran sus deberes, que en realidad era una forma para que Bill pudiera tener una tarde con sus hijos, acercándose, pero no mucho, como le advirtió Tom, sólo lo necesario. 

Y ahora esa tarde de sol suave se veía fastidiada, estaba por gritar hasta que vió quien había entrado, o mejor dicho quienes.

Su hermano menor, Ray, el maldito enano que más odiaba, y su prepotente marido, que por el rojizo de sus mejillas sabía que ya había comenzado a beber desde temprano. 

—¡Hey, Matarreyes! —llamó Robert con una gran sonrisa a su cuñado.

Bill ya tenía la mirada en el Alfa de cabellos castaños y ojos azules, viendo de reojo como Tommen, su bebé se paralizaba y tomaba a los gatos contra su pecho y corría a refugiarse a las piernas de su madre.

—Su Majestad —saludó Bill, inclinando la cabeza rápidamente con una cortesía fingida que había perfeccionado desde que Robert se había casado con su Omega. —Hermano —sonrió, al ver a su hermano menor.

—Su hermano me convenció de celebrar las victorias en el Norte, es motivo de hacer un banquete, ya lo he ordenado —anunció Robert. 

Bill sonrió forzosamente, a sabiendas que aquello no era más que una excusa para llenar de alcohol el comedor real.

—Eso es un gesto que aprecio, Su Majestad, aunque estoy sorprendido de ver que Ray está aquí —admitió Bill.

—Al salir del Norte te quedaste aquí en la Capital, considere que si no querías ir a Roca Casterly, entonces Roca Casterly iba a venir a ti —sonrió Ray, viendo a sus dos hermanos mayores. 

—Pensaba ir en mi última semana a casa —suspiró Bill. —Pero me alegra verte después de tanto.

Tom mantenía la mirada fija en Ray, dejando su libro sobre la mesa para tomar a Tommen en brazos, teniendo ahora a gatitos caminando sobre su regazo.

—¿Ahora eres maestro, Bill? ¿Desde cuando sabes convivir con niños? —notó Robert, mientras se reía al ver que su hijo Joffrey tenía la mano cerca de la mano de su tío.

Bill inhaló profundamente, por tan desagradable interrupción. 

—Le recuerdo, Majestad, los soldados empiezan siendo escuderos desde pequeños, me han estado enviando niños al Norte en las campañas, así que, puede decirse que sé cómo relacionarme con niños que desean aprender —arguyó Bill, simple, sin mucha emoción. 

Robert volvió a reír, mientras asentía. —Ja, no creí que la guerra te volviera así, pero, ¿por qué te preocupas? Joffrey debe aprender eso por sí solo, como yo, a su edad ya sabía dirigir ejércitos, además tiene a sus maestros, que no moleste a nadie más.

Joffrey se encogió en su asiento, bajando sus manos de la mesa.

—Yo simplemente necesitaba ayuda, padre… —murmuró el pequeño Alfa apenado. —Los números son tediosos. 

—¡Un rey no se queja de los números, Joffrey! —se alteró Robert. 

Myrcella apretó su muñeca y se acercó a los pies de su madre para seguir jugando, aunque ahora prestaba atención a los adultos. 

—No puedes ser tan difícil, Joffrey, si quieres esta corona tendrás que dejar de ser tan quejica —continuó Robert. 

Bill apretó la mandíbula, bajando la mirada a su mano cuando sintió a Joffrey inclinarse hacia él. 

—Lo siento, padre, te juro que soy tan inteligente como tú —Joffrey alzó la mirada al Alfa.

Robert rodó los ojos, soltando un bufido, poniendo sus manos en su cintura.

—¿No crees que es una ofensa que tenga hijos así, cuñado? —despotricó Robert.

—Todavía son muy pequeños, Robert, claro que, a diferencia nuestra a ellos les cuesta un poco más. Recuerdo que durante mi educación, mi padre estuvo presente en lo que podía, incluso si estaba muy ocupado, su guía fue buena, entiendo que para los niños puede ser difícil cuando su padre está más ocupado en degustar de tipos de vinos y omegas, que en prestar un poco de su tiempo —acotó Bill, enderezando la espalda.

El sonrojó de Robert en sus mejillas ya no se sabía si era por el alcohol o porque se encontraba ofendido.

—La crianza y educación es problema de su madre, esa es la única responsabilidad de tu hermano como Omega, los fallos son su culpa, los sobreprotege como si fuesen de cristal —se quejó el Rey viendo a su Consorte sin ningún grano de aprecio.

—Y Tom hace muy bien su deber, atento a los maestros de los niños, sin embargo, como acabas de mencionar, es un Omega, y los niños Alfa necesitan de una figura Alfa, ¿qué puede hacer ahí? Ese es el deber de un padre —esta vez la voz de Bill salió más sería.

—La sobreprotección de Tom es el problema, mira cómo incluso los niños corren a él, necesita soltarlos más o eso se volverá una debilidad —comentó Ray.

—No sabes lo que hablas, hermano —habló Tom, acariciando el cabello de su hija y la espalda de su hijo. —¿Quién eres tú para hablar sobre cómo soy como madre? Acaso… ¿Tú tuviste madre? —preguntó, frunciendo las cejas un poco. —¡Ah! Ya lo recordé. No. Porque la mataste.

—Tom —llamó Bill, viendo a su Omega y luego a su hermano menor, debió suponer que esto no iba a tardar en suceder, un choqué entre ambos. 

Tom le dió una mirada de odio a Ray y luego a su gemelo, quedándose callado y enfocado en sus hijos.

—¿Para qué discutir? Tenemos que celebrar, el banquete que Robert ha preparado para el anochecer promete, como siempre —Ray sonrió, sacando de detrás de su espalda una botella de vino y copas. —Podemos empezar a celebrar desde ya —caminó hasta su hermano mayor y sirvió el vino en las dos copas. —Los Omegas primero. Sé que te gusta beber desde la tarde —recordó, extendiendo la copa con su mano diminuta por el enanismo. 

Tom observó la copa con despreció, por el hecho de que expusiera su consumo de alcohol poco moderado cuando estaba estresado y Bill no estaba, por lo que tenía que lidiar con eso solo, pero no era un problema a como era lo de Robert, aun así, era humillante que insinuara un alcoholismo en él. 

Su silencio fue demasiado al parecer, pues Ray alzó una ceja y lo miró con sospecha.

Tom desvió la mirada a Tommen.

—Espera… ¿Estás embarazado? —cuestionó Ray. 

Tom dejó de acariciarle el cabello a Myrcella, y se llevó la mano delicadamente al vientre.

Alzó la mirada a Robert, sus labios se curvaron en una sonrisa suave.

Robert ni siquiera se vió sorprendido, y suspiró por la boca exageradamente. 

—Espero que al menos éste no resulte como el último… —murmuró el Alfa, poco emocionado. —¿Desde hace cuanto lo sabes?

—¿Vas a tener otro bebé? —Myrcella se levantó abruptamente del suelo, con una sonrisa que no podía forzarse a contener, poniendo sus manos sobre el vientre de su madre.

Tom asintió a su hija, viendo a sus tres cachorros antes de responder a Robert. 

—Tuve la corazonada desde la última noche que estuvimos juntos —afirmó Tom. —Tengo cinco semanas.

Robert asintió, aceptando con resignación.

—Bien, supongo que es bueno tener una estirpe amplia —dijo dirigiéndose a la puerta. —Asegúrate de llamar a los médicos. Tendremos que dar la noticia hoy en el banquete. 

Ray observó a su hermano mayor, Bill, en su brazo cerca de Joffrey, ofreciendo sutilmente un lugar donde el niño se inclinaba, y en su rostro, que parecía para nada sorprendido, sus labios quietos, pero en sus ojos se veía ese brillo particular que Bill tenía durante los embarazos previos de Tom, una emoción que tenía nombre familiar… Sólo había que distinguir de qué, si de un simple tío o algo más…

F I N

Gracias por la visita. Dinos qué fue lo que más te gustó en los comentarios 😉

por Namyukaulitz

Escritora del Fandom

2 comentario en “Cuna de leones”
  1. Ah, Juego de tronos, suspira, era obvio que debíamos tener una versión Toll en nuestra web. Gracias linda por hacer el sueño realidad.

    1. JAJAJA Gracias, alguien tenia que hacerlo, simplemente los gemelos Lannister quedan bien con nuestros gemelos, desde el hecho de que Cersei nació primero, igual que Tom, y que Cersei esta casada con Robert, como Tom casado con Heidi (aunque aquí se mantenga que Tom esta casado con Robert), y que según el pensamiento común Bill es el gemelo más amable y compasivo, y Tom es más agresivo, igual que pasaba con Jaime y Cersei JAJAJA, simplemente los astros estaban alineados para que alguien lo hiciera muejeje

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