9: Una lectura final

9: Una lectura final

«In Sex To» de Xim_Alien. Temporada II

Capítulo 9: Una lectura final

Mi vida había cambiado tanto en una semana que no podía creerlo, aún pensaba que estaba soñando, y dolía tanto.

El domingo salí de la clínica, Lea me llevó a Ámsterdam con su madre y Charlotte, y ella asumió el papel de mi enfermera, así que ella es la que me ayuda a curar mi codo porque seguía necesitando curaciones, las puntadas debían ser retiradas en ocho días y ardía cada vez que Lea intentaba limpiar con jabón y agua oxigenada, luego ponía un apósito nuevo y encima una venda. El lunes Lea necesitaba regresar al trabajo, y no era una opción conducir por dos horas de ida y de regreso para llegar a su trabajo, así que lo hizo de forma remota, entonces necesitó de un asistente, tenía su propia asistente en su trabajo, y aunque no le gustaba la idea de no contratar mujeres, tuvo que hacer una excepción conmigo. Entendí rápidamente lo que tenía que hacer, ordenar archivos en su laptop, hacer pagos en línea desde una cuenta bancaria en específico, enviar correos electrónicos, hasta hacer llamadas a personas en el extranjero. Aprendí más cosas de las que hubiera aprendido se me hubiera quedado con Tom.

El martes salí por primera vez yo solo, no había nada alrededor, seguíamos en la cabaña de la madre de Lea, la señora Gina me trataba como si yo fuera un hijo más para ella, no hizo preguntas, tampoco me pidió explicaciones de mi presencia en su propiedad, o tal vez las preguntas se las hizo a su hija, como haya sido, yo me sentía bienvenido. Había salido al bosque que nos rodeaba, tenía que recoger leña y aunque Charlotte se empeñó en acompañarme, Gina no la dejó, por lo que salí solo. No tardé mucho tiempo, y prefería no hacerlo, pero debía ayudar con las tareas, aún en el bosque, todavía cerca de la cabaña, podía sentir que él seguía buscándome.

El miércoles, Charlotte tuvo un examen importante que debió de tomar desde la cabaña, así no perdería el ciclo, y podríamos buscar una escuela en Ámsterdam, el plan de Lea era poder comprar una casa, pero necesitábamos más dinero.

El jueves Lea recibió un correo electrónico de Tom, donde le decía que estaba tomando terapia, estaba trabajando y que mandaría dinero para Charlotte. Lea pensó en que si era cierto, usaría el dinero para la nueva casa, y es que en realidad, Charlotte no necesitaba más dinero, Lea podía apañárselas perfectamente bien estando sola, y no la había escuchado ningún día llorar por Tom, o por tener poco dinero.

El viernes llegó el dinero, Tom mandó tres mil euros y dijo que el fin de semana próximo enviaría cinco mil más. Era justo lo que Lea necesitaba, y Tom no sabría a dónde iría.

—¿Puedo pedirte un favor, Lea? —pregunté cuando los dos, nos sentamos frente a la chimenea. Lottie ya estaba dormida, y Gina había tenido un fuerte dolor de cabeza, así que también estaba descansando en su habitación.

—Dime, cariño.

—Tú, tienes el plan de la casa nueva.

—Sí.

—¿Podría… quedarme aquí?

—¿Quieres quedarte aquí solo?

—Es que nunca he vivido por mi cuenta, no sé ni siquiera qué es lo que me gusta o lo que podría o no hacer.

—Aprendiste muchísimas cosas conmigo y en menos de una semana, Bill. Eso es genial.

—Sí, y te lo agradezco, yo no sabía nada más que… bueno.

—Entonces… ¿Qué piensas hacer para ganar tu propio dinero?

—Sé cómo llegar al pueblo, así que podría pedir trabajo en alguno de los negocios, y quedarme aquí, también quisiera estudiar y… no sé, tal vez ni siquiera pueda y terminé llamándote para que vengas a rescatarme otra vez.

—Bill, si eso pasa, ten por seguro que vendría por ti las veces que fueran necesarias, todas las veces que me necesites.

—Gracias.

—Ahora, con respecto a la cabaña, es de mi madre, hablaremos con ella mañana si gustas.

—Sí, claro, todavía tenemos tiempo.

—Sí, todavía tenemos tiempo.

Su rostro me parecía aún más angelical, su cabello enmarcaba sus facciones y la luz del fuego alumbraba partes de ella que, si cerraba un poco los ojos, podía verla igual que un ángel. Respiré hondo y un poco después se despidió de mí para irse a dormir. Besó mi mejilla y yo me quedé en el sofá.

El sábado hablamos con Gina y aceptó encantada, con la condición de que tomara decisiones sobre la cabaña, en cuestiones a reparaciones, o muebles nuevos. Claramente no iba a cambiar nada, tal vez a realizar todo tipo de reparación que se necesitara en modo de urgencia, pero para poder cambiar los muebles iba a necesitar muchísimo tiempo.

El domingo Lea me llevó a la misma clínica para que retiraran los puntos de mi codo, la enfermera me felicitó por tener el cuidado debido con las curaciones, por supuesto que le sonreí agradecido a Lea.

Lea, Lottie y Gina se fueron tres meses después, cuando Lea pudo disponer de tres días en su trabajo, y tuviera seguro un lugar para Lottie en una escuela cercana.

Mi primer día solo en la cabaña estuvo tranquilo, aún así tuve miedo de que algo malo pasara estando yo solo. Los tres meses y una semana estando acompañado, me sirvieron para irme acostumbrando al lugar, a la idea de tener el bosque más cerca, a que debía ir al pueblo por cualquier cosa que se me ofreciera, y que la gente en quién más confío, puede ser la que más daño esté dispuesta a hacerme, por lo que mi primer día estuvo menos difícil de lo que siempre imaginé.

Conseguí trabajo en una librería, me gustaba porque los días pasaban tranquilos, y las personas se dividían a lo largo del día para comparar. Por ejemplo, los ancianos o los hombres de mediana edad, entraban de nueve a diez para comprar el periódico diario o revistas para adultos, los fines de semana; las mujeres ancianas, entraban de diez a once para comprar recetarios, revistas para tejer, bordar, o cualquier revista de espectáculos; las adolescentes siempre entraban solo a ver las revistas de chicos coreanos, bandas de moda o a comprar los pósters especiales que llegaban, ellas siempre pasaban después de la escuela, de tres a cuatro; mientras que los adolescentes hacían lo mismo a la misma hora, solo que ellos buscaban revistas para adultos, la diferencia con los hombres adultos era que los chicos solo hojeaban dichas revistas, ninguno de ellos se atrevía a comparar. Pasadas las seis, podría llegar alguien a querer investigar algo, la librería tenía esa sección siempre preparada, una biblioteca con ejemplares educativos, libros de todas las materias, se usaban diez estantes que no entendía exactamente cómo podían almacenar aquellos libros, libros de texto, diccionarios, y sobre todo, tomos de enciclopedias. Para el cuarto mes estando trabajando en la librería, ya conocía bien a Rory, una niña que estaba en la secundaria y siempre iba a estudiar a la librería, entre cinco y ocho, que era la hora en la que la señora Jenkins empezaba a cerrar. Rory hacía su tarea y luego se ponía a leer cualquier libro del que tuviera ganas. Se iba justo antes de que empezáramos a meter el exhibidor de los periódicos y de las revistas.

—Bill —me dijo la señora Jenkins con una voz suave y dulce, una voz propia de una viejecita abuela de cinco nietos.

—Dígame —dije cansado después de meter la caja casi llena de revistas viejas, la señora Jenkins se empeñaba en sacar esa caja para que la gente las tomara, ya sea para tareas escolares, o cualquier cosa que necesitaran las hojas de una revista vieja.

—Mañana vendrá mi nieto de visita, y quería preguntarte si te puedes quedar al frente del negocio.

—Por supuesto.

—Solo será por mañana, ya sabes qué hacer y cómo se hace todo por aquí.

—Sí, no se preocupe.

—Mañana viene el proveedor que te conté.

—¿El que traerá libros de romance?

—Sí, al parecer están teniendo un gran número de consumidores jóvenes y traerán algunas copias.

—Bien.

—Gracias, espero que no tengas ningún problema porque no tengo teléfonos en mi casa, no me gustan esos aparatos, ni siquiera cuando teníamos un solo tipo de teléfono.

—No se preocupe, usted aproveche el día con su nieto y yo aquí estaré sin problema.

—Bendito Dios caíste en mi librería, muchas gracias.

Regresé a la cabaña pensando que esa noche podría llegar a cenar algo ligero y ver un poco de televisión. Sin embargo ya había algo en el buzón esperando por mí. Hace un mes y medio, más o menos, había pedido la solicitud de inscripción a una escuela preparatoria en línea, quería seguir estudiando y poder graduarme, y lo conseguiría. Entré a la cabaña estudiando la solicitud, iba leyendo cada pregunta e imaginaba la respuesta solo para llegar a mi escritorio y escribirlas. Tenía que mandarla en dos formas, una como archivo digital y por correo, así que agradecí a Lea por dejarme su escáner viejo, aún servía, pero ella tenía uno de última generación. Envié el archivo con mi firma, fecha de llenado y una fotografía adjunta, misma que me había tomado al día siguiente de haber pedido la solicitud. Al día siguiente la llevaría a la oficina del correo.

Al día siguiente llegué a la librería en punto de las siete, hora que dejaban el periódico, yo lo tenía que acomodar como cada mañana, también saqué la caja de revistas viejas, y por último, barrí la entrada y todo el negocio como siempre lo hacía.

—¡Bill! —gritó la señora Jenkins, pasaban de las ocho de la mañana y yo estaba en la parte trasera dejando la escoba y el trapeador.

—Pensé que no iba a venir —contesté mientras iba a la parte delantera del negocio.

—Mi nieto quiere ver el negocio y no se lo puedo negar, él me ayudó a poner todo esto, no hubiera podido sin él.

—Ah, bueno, acabo de barrer y de pasar el trapeador, y huele bien.

—Sí, no tengo ninguna queja.

—¿Y dónde está?

—Comprando flores con doña Helena, a él le encanta tener flores en la casa.

—Bueno. Aquí lo esperamos.

No tardó tanto, un minuto más, minuto que aprovechamos para discutir si la mañana estaba demasiado normal o un poco más fría que la anterior. Yo tenía la firme idea que estaba más fría que la mañana anterior.

—Listo, abue.

La sangre se me detuvo al verlo en la entrada, había sido como ver a un fantasma o a un verdadero amigo después de tantísimos años. Su pelo estaba como si nunca hubiera necesitado que le cortaran una sola parte para remover un tumor. Me dolió en el alma recordar que lo abandoné en un hospital.

—Hola, Bill. Mi abuela me comentó tanto de ti que te reconocí al instante como el Bill al que casi atropello una noche.

—Hola… No te preocupes, digo, no me atropellaste al final.

—¿Cómo te trata mi abue? He oído que es regañona y enojona.

—Quien diga eso es porque no sabe trabajar con libros, jamás en el tiempo que llevo aquí me ha gritado.

—Eso es, ve a decirle a la gente que se metan en sus asuntos. Los libros necesitan un trato especial —convino la señora Jenkins—. Te espero en la florería, Ben.

—Sí, abue. —La señora Jenkins salió y Ben se quedó ahí, mirándome, sonriendo y existiendo de tal forma que logró ponerme el corazón a mil—. ¿Te puedo invitar un café después de que salgas de aquí?

—Eh claro, tengo que cerrar a las ocho.

—Bien. Entonces, vendré de nuevo por ti.

—Claro —contesté nervioso.

El día se fue, tranquilo y sin novedades, los libros que prometieron llegaron y se acomodaron en el escaparate, se pegó el póster y solamente una chica llegó a comprar tres libros diferentes, por ella teníamos ventas. A las cinco dejé el negocio para llevar mi solicitud al correo, no tardé más de cinco minutos en poner una estampilla y pagar el envío. Hí iba mi futuro.

Ben llegó justo a las siete y media, se ofreció a ayudarme con mi rutina, Rory se fue en cuanto terminamos, y ahí estaba yo, con el corazón a mil otra vez.

—¿No te cansas de estar aquí todo el día? —preguntó una vez que estábamos solos y que empecé a apagar las luces.

—No, tengo el tiempo suficiente para comer, leo algo, como muy bien, y todo está genial, me gusta la tranquilidad de este negocio.

—A mi abue le encantan los libros, escribió en su juventud y publicó un par de libros.

—¿Qué?

—Lo sabía —dijo soltando una risita—. A nadie se lo dice. Mira, son estos dos.

Ben volvió a los estantes del fondo, tardó un minuto y volvió al frente para mostrármelos. Uno tenía una chica pelirroja caminando por unas vías del tren, el otro un par de chicos en un puente, viendo al horizonte, con una bicicleta entre ellos.

—Me dieron ganas de leerlos.

—Solo que no lo sepa, tiene copias en su casa.

—¿No pudo venderlas?

—Mi abuelo trabajaba en una editorial, él le ayudó a sacar sus libros, el problema es mi abuela no es muy segura de sí misma y jamás aceptó hacer una gira para hablar de sus libros, siempre dijo que tendría una pequeña librería y que ahí los vendería.

—Me acabas de dar una idea grandísima.

—¿Cuál?

—Haré un póster y lo pagaré en el escaparate.

—El pueblo es muy chico, no dudo que toda la gente sepa de la existencia de esos libros.

—Entonces los ayudaré a recordar que todavía existen y que pueden comprarse una copia, y la obligaré a firmar autógrafos.

Ben soltó una risa contagiosa, la cual terminó por hacerme temblar y parar con mi malvado plan en seco. Dejé los libros sobre el mostrador y no pude dar un paso hacia ningún lugar porque me di cuenta que él me estaba observando.

—¿Qué ocurre? —pregunté de pronto, tratando de que no me temblara la voz en el proceso.

—Desapareciste un día y te vengo a encontrar en un pueblo olvidado por Dios. ¿No es gracioso?

—No, nada gracioso, para mí fue sanador, estoy viviendo por mi cuenta en una cabaña, lejos de… bueno, de personas que me estaban haciendo daño.

—Perdón.

—Está bien. Ahora ya estoy bien, perfectamente bien, diría.

—Eso suena excelente. ¿Vamos por el café?

—Sí.

Me platicó acerca de la cirugía, de su recuperación, de lo que sintió cuando no volvió a verme, del proceso de divorcio y al final, de todo lo que su familia ha hecho para ayudarlo.

—¿Entonces también te separaste de tu novio?

—Así es —contesté moviendo mi café con una cuchara.

—Me alegra, debió haber sido difícil.

—Sí. Mucho, pero la mamá de su hija me ayudó como no tienes una idea, le debo a ella todo lo que tengo ahora. La cabaña, mi seguridad ahora, y mis ganas por superarme.

—Te ves completamente diferente.

—¿Eso crees? Bueno, intento cosas nuevas físicamente como tengo cosas nuevas en la vida.

—Me gusta.

—Gracias —dije y tomé mi taza para darle un sorbo.

—Lo siento si no fui claro, es en serio, me gusta. Tú me gustas.

Casi lo escupo en la propia taza, pero no lo hice y dejé la taza en la mesa.

—¿Estás jugando?

—No, me gusta cómo te ves, tu cabello rubio, tu forma de ser que es la única que no cambia, y con eso me refiero a tu humor, porque en cuanto a tu seguridad se nota a leguas que has mejorado mucho en eso, y me agrada. Cuando te conocí tenías miedo y no solo de tu novio.

—No me hables de él.

—Sin problema. El punto es que… Me gustas Bill, desde el día que te iba a atropellar con mi moto, pero hoy eres otro y el mismo al mismo tiempo, y eso me encanta. Porque no haz cambiado pero no hay nada de ese Bill en ti ahora. Estoy confundiéndote, ¿verdad?

—No, solo me estás mareando.

—Lo siento.

—¿Con este café intentas que haya algo más entre nosotros?

—No si no quieres, pero si te apetece…

—Es que… no he estado con nadie en mucho tiempo.

—No me malentiendas. Desde que mi abue me empezó a hablar de ti supe que eras ese Bill, y enseguida quise verte, pero no podía despegarme del trabajo, el proceso del divorcio y a todo el cambio, todo eso me absorbió mental y físicamente. Hasta hoy pude visitar a mi abue y te encuentro aquí. Compré un departamento en el pueblo, estoy a una calle de aquí.

—¿En serio?

—Sí, y todo el tiempo he estado pensando en ti, y en la tarde cuando por fin te vi, mis planes no se fueron a la basura. Y no sé, podríamos empezar a salir en modo amigos, ya después, si quieres y solo si así lo deseas, podemos ir subiendo de nivel.

No tenía que pensarlo, también me gustaba el Ben que veía frente a mí. Seguía teniendo los mismos ojos amielados, intensos, labios rosados, barba y bigote que de pronto quería sentir, cuerpo atlético pero no musculoso, y su aroma, una loción que olía a madera, a bosque, a fuerza.

—¿Qué dices? —preguntó sacándome de mi trance.

—Solo tengo una pregunta.

—Dime.

—¿Si tú y yo salimos, verás a otras personas? Me refiero a que sé y recuerdo que eres bisexual, y que estando con tu esposa veías a otro hombre de tu trabajo.

—Sí, sabía hacia dónde ibas, y la respuesta es no. Junto con el divorcio y todo lo demás, pensé en también debía cambiar eso. Y estoy dispuesto a practicar la monogamia con quien sea mi pareja. Así que no, no vería a nadie más.

—He tenido parejas que ejercen sobre mí algún tipo de agresión, física, emocional y sexual. No voy a permitirlo otra vez, en cuanto sienta que estás ejerciendo algún maltrato, voy a pedirte que te alejes de mí.

—Por supuesto, lo entiendo perfectamente, pero debes saber que no soy así.

—Bueno, podemos salir entonces y te conoceré poco a poco.

Me tomó cinco citas para no aguantar más y llevarlo a la cama. Cinco citas, cinco semanas. Fue el día en el que él me ayudó a comprar todo lo que iba a necesitar. Me llevó a una papelería enorme donde iba a encontrar todo, cuadernos, bolígrafos, lápices, gomas, sacapuntas, corrector en pluma y en cinta, colores, cinta y lápices adhesivos, marcadores y notas adhesivas, y ahí mismo, buscando las calculadoras científicas, y al encontrar una muy bonita rosa, con glitter en la tapa, me besó. No le importó que hubiera gente a nuestro alrededor, me besó sin tocar una sola parte de mi cuerpo porque sus manos siguieron sosteniendo el carrito. Los dos sonreímos, yo porque logró hacerme sentir como un adolescente al que le sudan las manos, y él porque había conseguido besarme tal vez. Me acompañó a pagar cuando tuve todo listo, y él me obsequió la que sería mi mochila por los siguientes dos años.

—No necesito una mochila —le dije y la señorita sonrió.

—¿Y dónde piensas llevar tus cosas a la librería y de regreso?

—Tienes razón, gracias.

Volvimos a la cabaña, dejamos las cosas en la sala y empecé a ver todo lo que había comprado, con mi propio dinero, todo era mío, para mí. Y él volvió a besarme.

—Te ves hermoso.

—Y tú.

Rodeé su cuello, profundicé el beso y de repente, estaba en la cama sin ropa, tratando de quitarle la camisa, el pantalón y todo lo demás.

—¿Tienes condones? —pregunté apenas con un hilo de voz.

—Tengo en el auto.

—Ve, por favor.

—Sí, no te preocupes.

Besó mis labios, mi frente y se levantó, salió únicamente con bóxers y yo sonreí. Volvió enseguida. Se masturbó un poco, se colocó el condón y lo hicimos. Fue una noche completamente diferente a cualquier otra, había sido especial en muchas cosas y yo no podía creerlo, desperté en la mañana pensando que había sido un sueño, pero no lo era porque a mi lado seguía él, con el pecho descubierto, y entonces me pregunté si este era mi final, porque me gustaba mucho.

—Buenos días —lo saludé y él besó mis labios.

—Buenos días —contestó y besó a profundidad mi boca.

Los dos salimos de la habitación para desayunar, nos reímos por un chiste que hizo y recordé que el siguiente lunes sería mi primera clase, a las nueve de la mañana, a esa hora podríamos dejar a Rory a cargo, quien ya trabajaba en la librería también. Pero todo terminó de inmediato, cuando noté la presencia de alguien en la sala, pegué un salto y un grito, era él, estaba ahí sentado, a contraluz, por lo que no veía su cara, pero podía imaginar quién era al ver su silueta, todo quedó confirmado una vez que decidió hablar.

—Entonces me dejaste y viniste con él.

—Tengo una orden de restricción, Tom, vete por favor.

—¿Cuánto llevas cogiéndote a mi hermano?

—¡Tom!

—¿Qué?

—¿No te lo ha contado? ¿No le has dicho que somos hermanos? Ay, Bill, ¿tanto me repudias ahora? Porque eso no te importó antes.

—¡Cállate! ¡Cállate y vete de aquí!

Sentí el asco que seguramente Ben empezaba a sentir por mí. Odié la situación otra vez.

—No —dijo Ben—, no me ocultó nada, me dijo todo el daño que le hiciste.

—Sí, le hice daño, y viví este tiempo convenciéndome que estaba bien, en cuanto no te follaras a nadie. Contraté a un detective, te encontró y luego me dijo que estabas saliendo con alguien, no creí que fuera el tipo que casi te atropella. Ayer quise verlo yo con mis propios ojos, y claro, tenías que salir por los condones, si sabías que iba a pasar, ¿cómo es que dejas los condones en el auto? Y a juzgar por esa risita cómplice, quiere decir que se la pasaron muy bien.

—Tom —supliqué con miedo en el alma cuando vislumbré un arma saliendo igual a contraluz.

—No, vengo por ti, te lo he dicho una y mil veces, tú me perteneces. Eres mío, Bill,

—¿Qué piensas hacer con eso entonces?

—Te diré lo que pienso hacer, pero primero aléjate de él.

Así lo hice, con miedo, me alejé de Ben pero sin dejar de ver el arma, entonces Tom se levantó del sofá, caminó fuera de las sombras, hacia donde lo vi mejor, estaba cambiado, su cabello había crecido, así como su barba. También había descuidado su cuerpo, pude ver que ya no hacía ejercicio, que había cambiado completamente, y ahora apuntaba a Ben con la misma pistola, y se acercaba un poco más a cada segundo.

—¿Crees que vas a vivir con él en esta hermosa cabaña y que van a ser felices por el resto de sus vidas?

—Bill decide, no tú.

—No, él no decide nada, es mío, yo decido con quién se acuesta y con quien no. No entendiste nunca Bill, tu culo es mío o de nadie, te dejé tranquilo porque no había nadie en tu vida.

—¿Siempre supiste que estaba aquí?

—Siempre, desde que Lea te trajo.

—¿Sabes dónde está Lea?

—No, no me importa dónde está esa perra, solo me importa que Charlotte esté bien y lo está, es lo único que me importa.

—Bueno, déjame decirte una cosa, tanto Lea como yo tenemos una orden de restricción en tu contra.

—Lo sé.

—Si se te ocurre disparar a Ben haré lo que sea para que te metan a cárcel, no quiero estar contigo, te tengo miedo y sé que no vas a cambiar. Si algo le pasa a él, o a mí, Lea lo sabrá porque esta cabaña es de su madre, y me hablan cada tres días, y adivina qué pasará esta noche, ella llamará. Sea lo que hagas la policía te encontrará. Solo vete y déjame en paz.

—¿No vendrás conmigo?

—Jamás, no quiero.

—¿Porque te enamoraste de él? ¿Es eso?

—No, o sea sí, pero no es solo eso. Tom, eres mi hermano, jamás debió pasar nada entre nosotros, y luego te obsesionaste con protegerme, tú y yo sabemos que la manera en la que me protegías no era sana ni para ti y mucho menos para mí. ¿Recuerdas mi brazo?

—Y no te golpeé.

—Jamás lo hiciste, pero apuesto a que lo hubieras hecho en algún momento de haberme quedado a tu lado.

—¿Eso piensas?

—Sí, y lo sigo haciendo, mira, estás aquí con un arma. Por favor, Tom, vete.

—Eres mío, Bill —lloró, y por un momento lo creí.

—No, Tom. Es la primera vez que estoy por mi cuenta y no sabes cuánto me gusta todo esto, estoy feliz, voy a empezar a estudiar de nuevo, pero claro, eso ya lo sabes, ¿no? —asintió—. Aunque mates a Ben, nada va a cambiar, seguiré pensando en él y sé que Lea va a ayudarme para que puedas ir a la cárcel, no me verías nunca porque no iría a visitarte.

—Disfrutaste estar conmigo. Te derretías y me rogabas porque te la metiera.

—Por dios, cállate ya.

—Siempre te he amado.

—Yo te amé también, pero después todo se volvió turbio y no lo veías igual. Eso terminó por alejarme.

—¿No volverás conmigo?

—No, Tom. Lo siento.

Miró a su alrededor, vi las cosas que había dejado anoche en la mesa porque Ben y yo nos dejamos llevar por el beso, volvió a ver la chimenea apagada, volvió a verme a mí y después vio su arma.

—¿Eres feliz?

Tuve miedo de contestar, de quedarme callado, tuve miedo de que se le formara una idea en la cabeza, una idea que pudiera detonar el que jalara el gatillo.

—No tengas miedo, no voy a dispararte a ti.

—Solo no quiero que jales el gatillo en contra de nadie.

—¿Eres feliz? —repitió y asentí—. ¿Me quisiste en realidad?

—Sí, Tom, por mucho tiempo estuve enamorado de ti.

—¿Me extrañarás?

—Eres mi hermano, siempre lo hago.

Lo próximo fue un disparo, me cegó y me aturdió al mismo tiempo, me tiré al piso sin saber exactamente lo que había pasado porque sí que vi todo lo que pasó, pero fueron movimientos rápidos, tanto que no me dio tiempo a procesarlo como tal. Tom había levantado el arma hasta su cien, jaló del gatillo y entonces ahí estaba, tirado en el suelo de la sala, la pared de la cabaña quedó salpicada de sangre y parte de su cerebro, no pude ni siquiera respirar, no solo se había disparado frente a mí, disparó a una parte importante de mí, era mi hermano gemelo al final de cuentas y siempre nos habíamos pertenecido. Ben se arrojó frente a mí, me rodeó con sus brazos y me inundó de su aroma, la sangre dejó de existir por un momento hasta que llegó la policía, él se hizo cargo de todo y volví a ver el cuerpo de mi hermano, su cabeza había volado hacia la pared, mi hermano había dejado de existir, y solo existía en mi mente. Él se encargó de que lo recordara por el resto de mi maldita vida.

Continúa…

Gracias por la visita. Sólo queda un capi, corre a leer. 

por Xim_Alien

Escritora del Fandom

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