
By Bill
Me daba pena incluso mirar el suelo firme recubierto de una madera impecablemente pulcra por la que se esparcían las chucherías, los restos de palomitas, las cajas de pizza y al que se pegaban los ositos de gominola de colores, por eso, o me centraba en la película, Hostel, o miraba a Sparky mientras le hablaba y él me hablaba, intentando no abrir la boca cuando tuviera un buen trozo de pizza caliente y humeante dentro.
Estábamos en el suelo, sobre un montón de cojines de diseño japonés y la alfombra que prefería no saber de dónde era. El caso es que era cara, seguro.
Todos los muebles de la casa, por no hablar de esta en sí, debían ser carísimos. Dudaba que hubiera algo barato allí. El jardín era enorme, con una fuente, estatuas de duendes, jardinero y todo. Por un momento pensé que sería una casa de campo, pero de eso nada. La decoración era increíble, moderna, cálida, no demasiado cargada, unos muebles impecables, italianos, seguro. La pared cargada de cuadros abstractos, las estanterías repletas de libros, pantalla de plasma, chimenea, figuritas de cristal adornando las mesas y los estantes, las chaquetas colgadas del perchero eran de Armani y Boss. Habían fotografías de la familia de Sparky al completo en sitios como España, Italia… joder, ¡New York! Era increíble.
Comparado con ellos, yo sí viviría en una casa de campo.
—No, estás de coña. ¿Para ti una película de miedo significa un psicópata corriendo detrás de una protagonista y cargándose a todas las personas que la rodean? ¡Eso es una mierda gore! — le dije, apoyando la cabeza en la parte baja del sofá blanco de cuero que tenía detrás. Encogí un poco las piernas descubiertas por el albornoz de algodón que me cubría el cuerpo. Solo llevaba eso… y unos boxers de Calvin Klein que no eran míos.
Me había escapado de casa y llevaba dos días con la misma ropa sin ducharme. En cuanto llegué a casa de Sparky, fue lo primero que le pedí, sólo eso y ahora me sentía como un puto rey después de darme un baño en la increíble ducha de hidromasaje que me había dejado muerto del gusto.
Mi ropa se lavaba en la lavadora de última generación mientras tanto. Al día siguiente se secaría en la súper secadora y saldría planchada y todo.
Empezaba a envidiar a Sparky. Vale que mi vida estaba bastante acomodada y tenía una casa en los barrios altos y todo lo que me diera la gana, pero… no era millonario, eso no.
—De eso van todas las películas de miedo, ¿No? — Sparky alzó una ceja mientras me miraba engullir un puñado de palomitas. Él estaba en pijama o eso creía. La parte de arriba se le pegaba al cuerpo como si fuera adhesiva. Sus músculos se acentuaban bastante más que los de Tom y tenía un cuerpo de escándalo, mejor que el de Tom, además, estaba muy bueno, tanto o más que Tom…
Pero no era Tom…
—Las pelis de miedo de verdad son las japonesas. Ya sabes, esas que tienen pelos por todos lados. No hay sangre… pero tienen mucho más argumento y da mucho más cague.
—Sí. Las japonesas son tan feas que asustan.
—Sólo algunas. Otras están muy bien.
—¿Te refieres a japonesas o a japoneses? — puse los ojos en blanco. Él se rió.
—Muy gracioso.
—No, en serio… me mola más lo gore. Me gusta ver correr la sangre. — dejó salir un tono de ultratumba que me hizo gracia.
—Pues a mí no. Además… se pasan con el sexo. — hice una mueca observando la película. Hostel era una asquerosidad. Los protas ya habían ido a un par de puticlups antes de acabar en el hotel. Era muy grotesco para no ser una porno.
—Vale, te doy la razón en eso. Pero hay algunas muy buenas. ¿Has visto Saw? — casi me atraganto con la bebida.
—¡Hum!… ¡Esa es buena! Pero aún así, a partir de la cuatro, se pasa.
—¿A esa le llamas pasarse? Mira esta escena. — Miré la pantalla con la cabeza ladeada. Abrí los ojos de par en par cuando el viejo empezó a torturar al pobre Josh con un taladro. Encogí la cara.
—Um… Muy interesante. — ironicé.
—Sigue mirando. — se me revolvió el estómago cuando Josh se levanta de la silla como si no le hubieran agujereado el pecho a lo bestia y las piernas le resbalaron por los talones cortados. Josh cayó al suelo. Empecé a marearme cuando el chaval comenzó a arrastrarse buscando la salida, con los pies amputados y desvié la mirada cuando su cabeza rodó por el suelo cuando le cae una guillotina encima.
—Joder… quita esa mierda… — sonrió, deteniendo el DVD.
—Eres muy sensible.
—No soy sensible. Esa película es una puta mierda. Se me ha pasado el hambre.
—¿Quieres que ponga Hostel 2?
—Inténtalo y verás la peli en directo y en primera persona. — volvió a sonreír. — Oye… ¿En qué trabajan tus padres para poder tener esta mansión? — bajé el tono de voz un poco. La verdad es que sentía curiosidad. No era demasiado tarde para cambiar de carrera si se presentaba una oferta mejor.
Sparky suspiró, pensativo.
—Mi madre es médico forense. Mi padre es… miembro del Tribunal Supremo Federal de Karlsruhe. — se encogió de hombros. Asentí con la cabeza.
—Por supuesto. Claro… — y me empecé a descojonar en su cara. Sparky frunció los labios, con actitud resignada y tranquila. — Ahora en serio, ¿En qué trabaja?
—Forma parte de la Corte Federal en Karlsruhe — insistió. Me quedé callado mirándolo a los ojos. Estaba sereno y aparentemente indiferente y la duda empezó a asomarse en mi cabeza. La enorme casa en la que estaba y los carísimos muebles no se pagarían con el saldo de una médico forense. De hecho, ningún sueldo normal o alto como el de mi madre podría permitírselo. Sólo uno muy, muy, muy alto…
—¿Hablas en serio?
—¿Por qué nadie me cree cuando lo explicó? — se quejó, sacudiendo la cabeza.
—Pero eso es un cargo importantísimo. De los gordos. ¿Eres el hijo de un pez gordo del gobierno? — él no parecía darle mucha importancia. No, más bien parecía no gustarle la idea de ser hijo de un privilegiado.
—Hasta que no nací yo, los peces gordos del gobierno no se decidieron a tener hijos. — bromeó.
—Pero eso es la hostia. Es como… ser parte de la nobleza.
—La nobleza desapareció hace trescientos años, Bill, menos mal.
—Pero hace trescientos años, probablemente serías un noble.
—No. Quizás un puto burgués.
—Eso es lo que yo sería.
—No. Tú serías un chapero. Seguro que en aquella época también había de eso. Quizás, con un poco de suerte, serías el puto de uno de los reyes.
—Y una mierda.
—Está bien, Bill. — se situó de costado, apoyando el codo sobre el sofá, inclinándose sobre mí con porte seductor. — Soy el hijo de un pez gordo, todo el mundo lo sabe.
—Genial. Siempre me pregunté porque todo el mundo te seguía el rollo cuando hablabas en la asamblea de estudiantes con el montón de gilipolleces que decías. Resulta que era por esto.
—Sí. — asintió. Le brillaron los ojos mientras sus dientes apretaban suavemente su labio inferior. — Pero tú nunca me seguías el rollo. Siempre me decías a la cara que mis ideas no tenían sentido y que era un gilipollas rematado si creía que con ellas iba a cambiar las cosas. Pero tenías razón en todo.
—Lo sé. Nunca me equivoco. — clavé la mirada en su boca, acariciándose los labios con la lengua mojada. El corazón empezó a retumbar en mi pecho con más rapidez por el nerviosismo y las ansias.
—Sí que lo has hecho. Una vez te equivocaste. — susurró. Su dedo me acarició el cuello de arriba abajo, con tranquilidad, notando como tragaba saliva consumido por mis propias ganas. Me incliné un poco hacía delante, lo suficiente como para que mi nariz rozara la suya.
—¿En serio? — suspiré. — ¿Cuándo? — él sonrió, complacido por mi reacción.
—Cuando elegiste a Tom antes que a mí. — y en ese momento comprendí algo que no me gustó. Justo en el momento en el que Sparky me agarró de la nuca y juntó nuestros labios con brusquedad, entreabriéndolos enseguida y ladeando la cabeza para encajar nuestras bocas a la perfección. Noté su lengua rozándome los labios para entrar y le seguí el juego, abriéndolos con ganas, siguiendo todo el movimiento que su boca ansiosa hacía sobre la mía, tragándome, mordiéndome suavemente.
Me descubrí de repente buscando el roce metálico de un piercing que le atravesara el labio, pero no lo encontré. Me dejé caer sobre los cojines cuando él me empujó y se recostó sobre mí con cuidado, sonriendo con lascivia.
Sparky era bueno, tan ansioso e impaciente como Tom…
Pero no era Tom…
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By Tom
—¡Tom! ¡Tom, Tom! ¿¡Dónde está, Tom!? — los gritos se escuchaban por todo el pasillo, que no era corto precisamente. Me puse rígido en cuanto oí esa voz desesperada cruzando los vestuarios del Floy de cabo a rabo, buscándome.
—Oh, vaya… — Alex, la chica de la barra, se sacó mi polla de la boca y giró la cabeza hacía la puerta, curiosa. La otra chica, una de las gogó cuyo nombre no recordaba y a quién acababa de tirarme sin miramientos contra la taquilla, me abrazó el cuello, recostándose sobre mi espalda desnuda, acariciándome el torso y besándome el cuello.
En ese momento, el Príncipe abrió la puerta de golpe.
—¡Tom! — se quedó mudo al ver la escena. Vi claramente como se ponía blanco y al instante siguiente, rojo granate.
—¿Qué? — pregunté, empujando la cabeza de ella de nuevo hacía mi erección. — Y tú, no pares hasta que te lo diga. — ella obedeció y volvió a hundir la cabeza en mi pelvis. — ¿A qué viene tanto escándalo? Joder, tío… — Aaron no sabía que hacer. Parecía haberse quedado en blanco y desvió la mirada al suelo, sacudiendo la cabeza de un lado a otro y cambiando el peso de una pierna a otra.
—Es… e-es… Andreas… — murmuró.
—¿Andreas? ¿Qué le pasa? — mi voz sonó ronca y carraspeé, echando la cabeza hacía atrás, recostándola en el hombro de la tía que seguía sobándome el cuerpo. Estaba sudando.
—Es-está herido…
—Ja… ¿Qué coño ha hecho ahora ese maricón? — estaba a punto de acabar. Faltaba poco…
—Precisamente eso… — le miré de reojo, esperando una explicación más concreta. Él parecía afectado, seriamente dolido. — Ser un maricón.
Jadeé cuando me corrí. Estupendo…
Andreas estaba en el suelo, con la cabeza recostada sobre las piernas de Ricky que jodía a todo el mundo con sus comentarios nada amables. Apretaba contra la cabeza del herido un par de gasas ensangrentadas, ocultando su cara.
Andy iba desnudo de cintura para arriba, descalzo y con los pantalones desgarrados. El pecho estaba cubierto de sangre reseca y tenía el hueso del hombro salido, totalmente dislocado. Los nudillos magullados.
Me agaché de cuclillas frente a ellos. El Príncipe observaba todo desde arriba, moviendo la pierna con nerviosismo.
—¿Qué ha pasado?
—Esos cabrones homofóbicos. ¿Qué va a pasar? Malditos hijos de puta. — contestó Ricky, enfebrecida.
—¿Andy? — Andreas movió el brazo más o menos sano en dirección a su cara, apartándose suavemente las gasas de la cabeza. Uff… — Eres una costra humana, tío. — no hizo ni el esfuerzo de sonreír. En realidad, lo tendría difícil para pestañear.
—Quiero venganza. Ya. — soltó, con la voz aguda y la rabia brillando en sus ojos hinchados. Me senté a su lado, agarrándole el brazo dislocado y apoyando la mano en su hombro salido.
—Impresióname. — y le di el tirón que necesitaba para volver a colocárselo.
—¡Aahh! ¡Joder, estate quieto, coño! ¡Me han mutilado! ¿¡Vale!? ¡Malditos puercos hetero!
—¿Tengo que recordarte que aquí todos somos hetero menos tú? Especifica un poco más, rubio pollo.
—Aquí… ¡Nadie!… es hetero. — me dirigió una mirada sarcástica. Alcé una ceja.
—Tú y tu instinto marica—sexual. ¿Qué pasa? ¿Has intentado ligarte a alguien que no debías?
—Sí. A tu puto padre.
—¿En serio? ¿Y ha habido suerte?
—¡No tiene gracia, Tom! — para mí sí la tenía. No pude evitar reír a pesar de que le acabaran de meter una paliza de muerte a uno de mis colegas. — ¡Tom! — me gritó. — Han matado a Ross. — y de repente, un balde de agua helada me cayó encima. Me puse serio al instante y miré a Andreas con ojos escrutadores.
—¿A Ross? — él no contestó, pero con mirar la cara de los tres, la respuesta sobraba.
En realidad, yo no conocía apenas a Ross. Era un “protegido” de la pandilla, un amigo de Andreas, un gay libertino. No sabía mucho más aparte de que era un cliente bastante habitual de los camellos que rondaban la ciudad bajo mi permiso y que Andy y él habían tenido alguna relación efímera, de una noche más bien. Nada más.
Y ahora que estaba muerto, me interesaba.
—¿Qué ha pasado? — volví a preguntar, esta vez, hablando en serio. Andreas miró a Ricky de mal humor y volvió a taparse la cara con las gasas.
—Explícaselo tú.
—Resulta que estaban en el Pich… — empezó.
—Me he perdido. ¿Qué es el Pich?
—El nuevo club de ambiente, ya sabes. — aclaró el Príncipe. Asentí.
—Estaba petado. Había barra libre, strepties, una marcha que lo flipas… y estaba lleno de maricones.
—Algo sospechaba.
—Y… entraron unos tíos que no eran maricones.
—Y la cosa se puso fea. — adiviné.
—Eran tres. Ellos… empezaron a romper cosas, a insultar, a pegar a los que tenían delante. Ross estaba en medio y la tomaron con él.
—No, no fue así. — se metió Andy de nuevo, incapaz de estarse quieto. Apartó la cabeza de las piernas de Ricky y se sentó en el bordillo de la acera, con las manos en la cabeza, gruñendo por el dolor. — Había un menor. Ellos la tomaron con él y Ross intentó quitárselos de encima. Estaba colocado y se puso demasiado chulo. Le apalearon allí mismo. Yo me metí en medio e intenté pararlos y lo conseguí aunque luego empezaran a apalearme a mí. Me importa una mierda, me llevé a uno por delante y le pateé el culo a otro… pero al final me la pegaron bien y si no fuera porque alguien llamó a la policía, puede que yo hubiera acabado como Ross. Le pisaron la cabeza.
—¿Eso hicieron? Vaya… que agresivos. — ironicé.
—Eran esos jodidos homofóbicos de mierda, claro. No pueden estarse quietos y meterse en sus asuntos, los muy… — miré a Aaron con una ceja alzada. Él temblaba de rabia.
—¿Los conoces? —se quedó mudo. Hum… eso me dio que pensar. — Y llegó la policía…
—Sí. Todo el mundo salió cagando leches y yo me escondí en un cubo de basura como pude, imagínate. — finalizó Andy, suspirando.
—Me lo imagino. Eso explica el olor. Entonces, mañana saldrá en las noticias, ningún marica será capaz de testificar en contra de los asesinos por miedo a que sus colegas vengan a por ellos y los cabrones homofóbicos quedaran libres y sin cargos por escasez de pruebas. Debido a ello, habrá pánico colectivo entre los gays y el Pich cerrará porque nadie irá. Cuando el Pich cierre, los maricas no tendrán lugar donde reunirse y los cabrones homofóbicos los dejaran de momento. Asunto resuelto. — me levanté del suelo, sacudiéndome los pantalones con las manos y bostecé. Tenía sueño.
—¿¡Qué!? — Andreas se sobresaltó, histérico. Pegó un bote y se levantó de golpe, encogiendo el cuerpo débilmente por el dolor. — ¡No puedes dejarlo estar, Tom! ¡Esos mamones han matado a unos de los nuestros, no puedes dejarlo así!
—¿Desde cuando tu amigo es uno de los nuestros? ¿Cuándo he decidido yo eso?
—¡Tú no, yo sí!
—¿Y desde cuando tú eres el que decide quien entra y quien sale?
—¡Desde que tú nos dejaste tirados y te fuiste a pijalandia con tu pijafamily! — puse los ojos en blanco.
—Andreas, cállate.
—¡No me sale de la punta de la polla! Esta noche se han cargado a un amigo y ¿Sabes por qué? ¡Por que le gustaba chupar pollas en vez de chupar coños! ¡Simplemente por eso, porque le gustaba estar con tíos a estar a con tías! ¡Lo han matado por una puta preferencia, por sus gustos! ¡Lo conocía desde los catorce y nunca, en la puta vida, se metió con nadie, nunca hizo daño a nadie, jamás ha hecho daño a nadie! ¡Y lo han matado solo porque tenía gustos diferentes y tú tienes los huevos de decirme que lo deje estar, como si no hubiera pasado nada!
—Yo no he dicho eso. — me encogí de hombros. — Si tú quieres vengarte, eres libre de hacerlo. Sólo digo que no veo nada que tenga que ver conmigo de toda esa historia, ni tampoco en qué pueda beneficiarme movilizarme para una venganza por alguien a quien no conocía. — Andreas abrió la boca y los ojos como platos.
—Sabía que eras un hijo de puta, pero por muchos años que pasen, siempre consigues sorprenderme.
—¿Se supone que eso es un cumplido?
—El próximo al que le aplasten la cabeza podría ser yo.
—Pues vigila tus espaldas. Aunque lo parezca, no soy Dios. No soy omnipotente y no puedo estar todo el puto día pendiente de vosotros. Cada uno que se busque la vida como pueda, es bastante simple. — cerré los ojos, dando por zanjado el asunto. Entendía más o menos como se sentía Andreas en ese momento, pero la verdad es que me importaba muy poco.
—En lugar de Ross, podría haber sido cualquier otro Tom. Cualquier otro. — fruncí el ceño en cuanto Andreas soltó esas palabras, dejándolas escapar con saña en mi cara, intentando provocarme, intentando encontrar una respuesta a su incógnita mental.
Andreas era el tío más sagaz que había conocido en mi vida. Se olía las cosas desde lejos, cuando tenía un presentimiento siempre solía acertar de pleno y era astuto. Por los simples gestos que hiciera una persona o algún comentario sin importancia, podía adivinar sus más sucios secretos. Y él, por supuesto, ya se olía cual era el mío.
Sabía que en Hamburgo había tenido sexo con un hombre, sabía que me había dedicado a hurgar en territorio peligroso y sabía que cosechaba ciertas dudas, que mis preferencias sexuales habían cambiado de exclusivamente mujeres, a ambos sexos.
Y sabía como utilizarlo en mi contra.
Ahora, con el último comentario pretendía averiguar como me había afectado esa persona. Si había sido un solo polvo o había ido más allá.
Era como leer entre líneas, “Podría haberle ocurrido a Bill en lugar de a Ross”, y eso… me empezó a cabrear.
—Andreas, como no te calles ahora y muevas tu culo a tu puta casa o a dónde te de la gana, como si te metes otra vez en un contenedor de basura, me la suda… seré yo quién te pise la cabeza. — noté la mirada sobrecogida de Ricky y Aaron. Andreas pretendía desafiarme. Sus ojos palpitaban llenos de rabia.
Un solo comentario más intentando hurgar en mi mente y le arrancaría la cabeza con mis propias manos.
—Tom… — Aaron dio un paso al frente, tragando saliva, un poco intimidado. — El Pich es como un club de lujo, es el único club de ambiente de la ciudad.
—¿Y?
—Pues que hay mucha gente…
—Repito, ¿Y? — ni siquiera le miré. Ya tenía suficiente con tener que aguantar la rebeldía del gilipollas destrozado que tenía delante.
—Pues… que gana mucha pasta y como es un club de ambiente, a mucha gente no le gusta, por lo que tiene sus enemigos… y necesita mucha protección que no tiene y que le iría muy bien. — y entonces, Andreas y yo caímos en cual era la cuestión. Ricky miró al Príncipe con los ojos resplandecientes.
—¿Estás insinuando lo que yo creo que estás insinuando?
—Insinúo que se podría sacar mucho partido a un club así y que tenerlo dentro de nuestros territorios igual serviría de algo… ¿No? — sacudí la cabeza.
—Muy agudo, Príncipe. Sigue así y te ascenderé.
—¿Eso quiere decir que vas a tomar el Pich? — preguntó el rubio, algo más tranquilo, pero alerta.
—Habría un importante beneficio y tú podrías ocuparte de tu venganza.
—Sí, pero la fama correrá. El Capitán Tom defendiendo los derechos de gays y lesbianas de Stuttgart.
—¿No querías una solución? Ya la tienes, no me hagas arrepentirme. Esta semana me llevas allí y negociaré con los dueños del club. Punto. — Ricky y Andy se miraron, planteándose la situación. Supongo que debieron hacerse a la idea de lo buena que era y cerraron la boca. — Me voy a casa. Se me han quitado las ganas de follar por vuestra culpa. — les di la espalda, bostezando otra vez. Eran las cuatro de la mañana y al día siguiente, Adler me pediría la nueva lista de traficantes para arrestar.
Era un negocio que no sabría como calificar. Mafioso quizás. Prefería utilizar el término sucio, a secas, o mejor aún, conveniente.
Era sencillo y rápido. Para vender droga en la ciudad, los traficantes debían pedirme permiso a mí. Era una ley nacional en la capital, si no pedían permiso lo pasarían mal, por lo que sólo les quedaba una opción. Cuando yo daba el visto bueno, había tres meses de límite en el que podían traficar como les saliera del nabo, ofreciéndome un siete por ciento de las ganancias, claro. Y luego, al cabo de tres meses, contactaba con Adler, agente de policía medio corrupto al que le soplaba quién era el camello y éste acababa entre rejas por mi propia mano. Al hacerlo, ganaba más inmunidad contra la ley y Adler bastante fama en el cuartel general.
Claro, que ni Adler sabía que yo era el que dejaba entrar a los camellos a Stuttgart ni los traficantes sabían que yo los delataba luego. Así se formaba un círculo vicioso en el que yo siempre salía ganando.
—Oye, marica… — oí a mis espaldas al Príncipe, acercándose a Andreas por la espalda, curioseando. — ¿Por qué le dicen Capitán? — murmuró, cohibido y con un gracioso rubor en las mejillas.
—Pues…
—Si vienes conmigo te lo explico, Príncipe. — Él se sobresaltó, acentuando el rubor de su cara al ver que me había percatado de sus intenciones. Le hice un gesto con la mano al verlo ahí plantado como un palo, sin reaccionar. — ¿Vienes o no? — asintió débilmente.
—Ya nos vemos por ahí. — lo cierto es que tenía que tratar ciertos temas con el niñato algo… personales.
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By Bill
—Estás sudando. Puedes tranquilizarte, no voy a comerte. — era irónica la manera en la que habían cambiado las tornas. El tío que me había acosado desde que tenía uso de razón, el que me había jodido bien la infancia y el que me había provocado un sentimiento de humillación total en ciertas ocasiones de mi vida, ahora estaba debajo de mí, semidesnudo, únicamente con los boxers ajustados puestos y sudando, casi temblando por el nerviosismo que le suponía mi contacto. Dios, a la vida le gustaban las situaciones divertidas y reírse de las personas a su costa por ésta clase de acontecimientos.
Recorrí suavemente las curvas de sus marcados abdominales con la yema de los dedos. Noté como todo su cuerpo se ponía tenso como un palo de hierro.
—Hay algo que tienes que decirme antes de que siga, ¿Verdad? — pregunté, conteniendo a duras penas la sonrisa de amarga satisfacción.
—¿Decirte… algo? No. No, claro que no. — mentía. Por desgracia para él, ya lo había pillado. Me incliné hacía delante, apoyando las manos en su torso musculoso y le dí una lamida rápida a su pezón derecho. Se puso rígido. — ¿Qué haces? — sonreí.
—Eres virgen, ¿No?
—¡No!
—Quiero decir que nunca te ha tocado un tío. Tú no eres gay, de hecho, me apuesto lo que sea a que no te atraigo lo más mínimo.
—¿Por qué dices eso? Sino me gustaras no estaría aquí. — en eso tenía algo de razón. — Venga, quiero seguir… — insistió, agarrándome de la cintura con repentina ansia.
—¿Quieres seguir? ¿Cómo? — pregunté de sopetón, pillándolo desprevenido otra vez. Me miró con una ceja alzada. — ¿Qué prefieres, dar o recibir? — él volvió a quedarse tieso y tragó saliva.
Vaya, era adorable.
—¿Intentas tomarme el pelo?
—¿Por qué? Así son las cosas en el sexo entre hombre, deberías saberlo. Esto no es sexo hetero.
—Yo… — estaba sentado un poco más abajo de su entrepierna, sobre sus piernas, en su misma situación, con sólo los boxers puestos. Lo cierto es que ser testigo de su inseguridad me hacía sentir cómodo, aunque no lo suficiente. Él me miraba con intensidad y yo no sabía si me deseaba o solo era una especie de reto a batir, a ver si era capaz de follarme o no. En cualquier caso, su mirada me hacía sentir pequeño e indefenso y empezaba a ponerme nervioso.
Me sentía vulnerable a cualquier comentario, del tipo, “Que asco me das, Bill” y tenía miedo de que en cualquier momento algo así saliera de su boca.
—Dar. Prefiero dar. ¿Y tú? — arrancó al fin, poniéndose más serio, clavando la mirada directamente en mi cara. Me transmitió su nerviosismo, convirtiéndose en serenidad en él.
Esa expresión serena y aparentemente indiferente era igual a la de Tom. Me relajé de golpe al reconocerla como suya.
—En realidad, Tom siempre me follaba a mí. Nunca me dejó follarle.
Una vez, se lo pregunté…
Recuerdo que estábamos en un pub. Habíamos salido con Georg y Gus a ver la actuación de los novatos en el Joriana y allí estábamos, bebiendo, gritando, montando escándalo, jugando al billar y escuchando de fondo algunos grupos que dejaban bastante que desear.
Me tocaba golpear la bola. Me incliné y apunté.
—Muñeco, si te inclinas tanto te vas a sacar un ojo y vas raspar la mesa. — miré a Tom de refilón, mosqueado.
—Cállate, déjame concentrarme. — y le di a la bola, que dio un salto y se salió de la mesa rodando. Cayó al suelo haciendo un ruido extruendoroso, pero me molestó más la risa de Tom a mis espaldas. Hice una mueca con la cara.
—Anda, deja que el maestro te enseñe. — Tom se me echó encima por la espalda, rodeando mi cuerpo con los brazos y aplastándome contra la mesa de billar. Posó las manos sobre las mías, sosteniendo el palo de billar, apuntando a otra bola. — No lo agarres tan fuerte, más suave… — me susurró al oído. Suspiré, obedeciendo. — Así, perfecto.
—Tom, me estás rozando el culo con algo duro y espero que sea tu móvil. — él se rió.
—No, no es el móvil. — le di de lleno a la bola y está rodó hasta caer por el agujero del centro limpiamente.
Cuando me di cuenta, ya estábamos en el baño, encerrados en uno de los cubículos, comiéndonos la boca y desnudándonos a manotazos, arrancándonos la ropa con uñas y dientes.
Me dejé caer de rodillas al suelo, desabrochando el cinturón de su pantalón mientras le mordía los músculos del abdomen y apretaba su trasero con una mano, atrayéndolo hacía mí. Oh… me encantaba su cuerpo. Era tan diferente al mío, pero a la vez tan parecido.
Le abrí la bragueta y se los bajé lo suficiente como para que su apretada erección bajo los boxers quedara frente a mi cara. Tom me acariciaba la cabeza con brusquedad, revolviéndome el pelo.
—¿Me la vas a comer? — preguntó, ladeando la cabeza con una sonrisa aparentemente tierna. Claro, que para ser él, tierna era cualquier mueca que no diera a entender desprecio.
—¿Me lo harás después?
—Si es lo que quieres, lo haré. Todo por mi precioso Muñeco… — me mordí el labio inferior. Si era algo que me gustaba incluso más que su cuerpo era su voz grave y ese tonito tan sexy que usaba en esos momentos, esa manera de seducirme tan… masculina.
Lo cierto es que llevaba tiempo pensando en ello, dándole vueltas a la cabeza desde la noche de Navidad, sobre todo por los comentarios que hacían a mis espaldas en la universidad. Me ponían de maricón rematado, claro, pero a Tom… no le decían nada.
Al principio me la soplaba, pero llegado el momento… me tocaba la moral…
—¿Harás todo lo que yo quiera? — le pregunté, combinando mis palabras con los besos que repartía por el principio de su ingle, bajándole los boxers poco a poco hasta dar con el comienzo del suave vello que le rodeaba la polla. También era genial que Tom apenas tuviera vello en el cuerpo, pues me repugnaba el solo pensarlo. En eso también nos parecíamos bastante.
—Todo, todo y todo. Si quieres la luna, te la traeré. Si quieres las estrellas, serán para ti. Si quieres algo más simple, también para ti. Si quieres mis pelotas… bueno, ya las tienes. — Oh… creo que era lo más romántico que me había dicho nunca.
Le bajé los boxers por fin y se la acaricié con la palma de mi mano, rozándola con mi mejilla, entrecerrando los ojos. Tom alzó la cabeza hacía el techo, echándola hacía atrás, cerrando los ojos.
—¿Y si quiero… follarte? — le pregunté y él no se movió ni un ápice.
—Bueno… siempre hay excepciones para todo.
—Siempre tienes que tener respuesta para todo.
—Para todo. — sonrió. Me abracé a su cintura, apoyando la cabeza en ella en actitud melosa mientras se la frotaba con una mano lentamente, masturbándolo.
—Por fa… tu Muñeco te lo pide.
—Pensaba que te gustaba tu papel de pasivo. — jadeó.
—Sí, me encanta. Pero tengo curiosidad y ganas. Yo también soy hombre, ¿No?
—Según como se mire. — le apreté la polla entre mis dedos con saña. Tom se encogió un poco. — Vale. Eres un Muñeco macho… pasivo.
—¿Por qué no quieres? — creo que involuntariamente, me salió un puchero. Tom volvió a bajar la cabeza, mirándome desde arriba con tranquilidad.
—No me llama la atención la automutilación. Sólo la mutilación ajena. No soporto bien el dolor.
—¿Quieres decir que tienes miedo a que te haga daño? — sonreí, satisfecho por el descubrimiento.
—No. El problema es que no soporto no ser capaz de manejar la situación.
—Así que eres activo por naturaleza… — había dejado de masturbarle, observándole con una ceja alzada. — ¿Lo ves humillante? ¿Arrodillarte a chupar una polla o dejar que te la metan te parece humillante? — hablé, cabreado. Me hubiera gustado que al menos hubiera intentado negarlo, pero claro, se trataba de Tom. Él siempre decía la verdad a la cara aunque fuera dolorosa.
—Sí. Muy humillante. — sonrió, malicioso. No me cupo duda entonces de que lo decía para provocarme. — Ese tipo de cosas lo hacen las putas, las mujeres y los maricones. Y yo no soy ninguna de las tres cosas, así que… — me levanté de un salto, rojo como un tomate de la rabia y la humillación. Y él sonreía tan pancho, tan tranquilo como si no me hubiera travestido, jodido y amariconado en mi cara.
—Pues entonces puedes buscarte otra putita o maricón al que follar, ¡Porque este se larga! — le di un empujón que apenas lo hizo inmutarse y abrí la puerta del cubículo de un portazo. Dos tíos se me quedaron mirando con el ceño fruncido. Me ruboricé al ver que estaba desnudo de cintura para arriba, tenía el pelo revuelto y los pantalones medio desabrochados.
Tragué saliva. Mierda…
—Oh, venga ya, Muñeco. — me quedé aún más petrificado cuando Tom me rodeó la cintura con una mano, apoyando la barbilla sobre mi hombro y frotando su cabeza contra la mía, mordiéndome la oreja. — Era una broma. En realidad lo hago por ti, disfrutas más siendo jodido a joder, se te nota en la cara.
—Tom, cállate. — encogí el cuerpo y bajé la cabeza. Joder, que vergüenza.
Tom hizo un movimiento lento y se quedó en silencio unos segundos, mirando al frente, a los dos testigos de nuestras locuras. Alcé la mirada hasta ellos lentamente, abochornado. Ellos se miraron con una mueca en la cara y me lanzaron una mirada de asco puro.
—Joder… voy a vomitar. — soltaron una pequeña carcajada. Me temblaron las piernas. Eso había dolido y mucho, me había dado de lleno en el orgullo, me sentí mal, humillado de verdad, asquerosamente sucio. Nada comparado con los comentarios o acciones a las que Tom me sometía.
Nunca me había importado lo que la gente pensara de mí, pero esa burla… me recordó lo abominable que era mantener relaciones con tu propio hermano.
—¿Qué coño miráis? — oír la voz de Tom tan dura, tan imponente, tan grave y basta pegada a mi oído consiguió provocar que mi corazón diera un vuelco. Le miré con la boca abierta cuando se alejó de mí, apartando los brazos de mi cuerpo con suavidad y adelantándose hasta los dos tíos, que por lo menos tendrían veintitrés.
—Tom… — gimoteé, nervioso.
—Estaba a punto de echar un polvo con mi novio cuando creo haber oído un comentario bastante jodido. También creo que haber visto una mirada de repugnancia que me ha hinchado los huevos, por eso y sé que suena típico… ¿Estáis buscando problemas? Porque tengo aquí un par de amigos que se mueren por un poco de guerra. — Tom alzó los puños en gesto amenazante. Tragué saliva. Los dos tíos se miraron y sonrieron con sorna.
—No, que va. Sólo nos quejábamos por el olor a mierda que hay aquí.
—No tenemos nada en contra de los maricas. Debes haber interpretado mal la mirada. — estaban intentando quedarse con Tom. Me puse más nervioso aún, temiéndome su reacción.
—Así que soy yo el que está equivocado. Vaya, que mal. Entonces no hay ningún problema… — se inclinó hacía delante, como una pantera a punto de cazar un conejo. — Sólo que mi Muñeco no soporta que le llamen marica, porque no es un marica, ni una mujer, ni una puta, aunque me chupe la polla. — me puse rígido. Por un momento creí que me iba a desmallar del bochorno. — Así que… vas a tener que disculparte. — el chaval le miró con una ceja alzada, incrédulo.
—¿Qué?
—De rodillas. — su tono sonó tan firme y serio, a la vez que imponente, una orden en toda regla. El chaval frunció el ceño.
—¿De que vas, maricón?
—He dicho… ¡De rodillas! — y Tom le pegó tal patada en la pierna que el crujido del hueso llegó hasta mi oído. Se me encogió el corazón al ver al chaval caer de rodillas al suelo, gritando de dolor como un loco, con las lágrimas saltadas, apoyando la cabeza sobre el suelo y retorciéndose como una culebra herida.
El otro se quedó blanco. Tom y él se miraron fijamente. Soltó un gimoteo débil observando a su amigo en el suelo y sin decir nada, abrió la puerta y salió corriendo, abandonándolo allí, posiblemente con la pierna rota.
—Anda, pero si tu colega se ha ido… — le soltó, de cuclillas a su lado. El pobre no sollozaba, pero derramaba lágrimas de puro dolor. — Ahora, discúlpate con el Muñeco.
—Tom… — jadeé. Estaba horrorizado escuchando los gemidos del pobre chico, incapaz de moverse, incapaz de contestar.
—Pide perdón. — le ordenó, severo. Negué con la cabeza.
—Tom, no… déjalo por favor.
—L-lo siento… — sollozó el chaval. El sonido de su voz destrozada me obligó a desviar la mirada. Joder, estaba a punto de echarme a llorar.
—¿Cómo has dicho? El Muñeco no te ha oído bien.
—¡Tom, ya vale! ¡Para!
—¿Por qué? — Tom sonrió, dándole una palmadita suave en el hombro al herido. — Se está disculpando, Muñeco. ¿Aceptas sus disculpas? Si no… puedo romperle algo más… — me llevé las manos a la cara, con los ojos aguados.
No aguanté el sufrimiento del hombre que por mi culpa se retorcía de dolor en el suelo de un baño público y salí corriendo de allí, como un cobarde.
Sin saber porque, esa noche pasé más miedo que en cualquier otro momento de mi puta vida. Estaba asustado, aterrorizado…
Corrí, huyendo de Tom y esa noche acabé acurrucado en un callejón a tres manzanas del bar, llorando como un niño perdido en la oscuridad de una ciudad desconocida.
Ni siquiera sabía porque lloraba. Quizás porque aunque no lo reconociera hasta el final, una parte de mí asimiló en ese momento que Tom no era mío, que por mucho que me besara y yo le amara, él nunca me amaría a mí…
Porque no tenía humanidad.
—Así que Tom no te dejaba follarle… Vaya, que machito. — me mordí el labio inferior, aguantando la sonrisa.
—¿Por qué? ¿Acaso tú me vas a dejar hacerlo? — inquirí.
—¡No!… No, ni hablar. — la idea no pareció hacerle mucha gracia. A mí me hubiera encantado llevarla a cabo, pero tanto tiempo siendo pasivo me había afectado, sin duda.
Me incliné hacía delante, decidido al fin, situándome sobre su cuerpo musculoso y sin rastro de vello. Vaya, ¿Quién lo diría?
—¿Estás seguro de que quieres hacerlo?
—Claro, ¿Por qué no? — él se encogió de hombros, alzando los brazos acariciando mi espalda de abajo arriba hasta llegar a mis hombros, a mi cuello…
Tom…
Sacudí la cabeza.
—Tú no eres gay, reconócelo. No te gustan los tíos. — Sparky suspiró con una mueca de cansancio e impaciencia.
—Ya lo sé. No soy maricón.
—Entonces, ¿Por qué? ¿Por qué yo de repente? Siempre me has estado puteando porque creías que era gay y justo cuando aparece Tom… — mierda… joder…
La hostia puta. Sería hijo de perra.
Me separé de él de un salto, saliendo de la cama conteniendo las ganas de meterle un puñetazo en la boca. Sparky se irguió, sentándose en la cama, mirándome con el ceño fruncido.
Joder, joder, joder… ¿¡Por qué coño no lo había visto venir antes? Maldita sea Bill, tan desesperado estabas por sentir a Tom cerca aunque fuera en brazos de otro tío que te has cegado. ¡Imbécil!
—Vaya, sí, que casualidad que justo cuando Tom aparece y te mete una paliza, humillándote delante de toda la uni, arrebatándote el puesto del mayor chulo putas y dominando tu supuesto “Reino” homofóbico y anti—Bill, tú te interesaras por mí. Claro, ¡Por que también da la casualidad de que el tío que te ha arrebatado todo en los últimos meses era mi novio! ¡Solo quieres follarme para restregárselo por la cara a Tom cuando vuelva, para vengarte! — Sparky abrió la boca para decir algo, aparentemente alarmado.
—¿Qué?
—¡Que no soy gilipollas, eso! — anduve por la habitación, furioso, sintiéndome como un león hambriento y enjaulado. ¿Dónde coño estaba mi ropa?
—Oye, yo no… — Sparky se levantó de la cama, dirigiéndose hacía a mí con los brazos extendidos.
—¡Ni se te ocurra tocarme o te arreo una hostia que te saco los dientes! ¡Quita, coño y dame mi puta ropa!
—Se está lavando. Y no tengo ni puta idea de que cojones estás hablando. — le di la espalda, alejándome de su musculoso cuerpo y expresión contrariada.
—Quieres utilizarme contra Tom. Admítelo. — hablé, sereno, aguantando las ganas de gritar de rabia y humillación.
Lo peor fue verle agachar la cabeza dócilmente, callado, sin negarlo.
Claro, había dado en el clavo.
—Pues sí. — admitió, de lo más tranquilo. Con aplomo e incluso gracia. Se rió en mi puta cara. — Era el puto amo. Tom lo jodió todo y quería vengarme como fuera. Cuando me di cuenta de que era demasiado fuerte, me puse a entrenar duro… pero se fue. Y lo único que dejó atrás fuiste tú. Bill, su Muñeco, su único punto débil.
—¿En serio? — sonreí débilmente, riéndome de mi mismo. — ¿Tan desesperado estás como para intentarlo conmigo? Soy Bill… me odias a muerte. — él se encogió de hombros.
—En realidad, me revientas. No es que te odie y desee tu muerte, pero tu forma de ser me hincha los huevos y ahora entiendo porque. Por que tú y Tom sois iguales. — tragué saliva. Aquella afirmación me puso el vello de punta.
Sparky empezó a andar hasta mí, ladeando la cabeza, muy serio. Sabía que no me dejaría ir sin haber conseguido lo que quería, pero la verdad es que no le temía.
—Recuerdo que en el instituto pasó lo mismo. Yo era el centro de atención, el matón al que todo el mundo respetaba y temía, a parte de envidiarme porque era hijo de… — él hizo una mueca. No parecía gustarle nada ser hijo de quien era. Suspiró. — Luego… tú, claro. Te enfrentabas a todo, incluso a los profesores por una causa justa y los callabas con tus argumentos. Te convertiste en el “Defensor del alumnado” y claro, no tardaste en convertirte en el Presidente del Consejo de Estudiantes. Todo el mundo te adoraba y contaba contigo, todos te respetaban y lo hicieron todavía más cuando me cerraste la boca en una de las reuniones del alumnado. Y no fue la primera vez que lo hiciste, claro. Eso me reventaba. También me reventaba que fueras el Presidente del Consejo de Estudiantes y yo tuviera que callar cuando expresabas tu opinión y todo el mundo te escuchaba. Para mí eras un sucio maricón y luego, para joderte y que me prestaras un poco de atención, me dedicaba a acosarte en el insti.
—Sí, esa parte la recuerdo bien. Cuando me decías maricón delante de la clase y el profesor aprovechando que era un homofóbico de mierda, cuando me tirabas la ceniza de tus asquerosos cigarrillos a la cara, cuando escribías en la pizarra “Me follé a Bill el sábado, anónimo”, cuando me rajabas los libros y los tirabas a la basura, alguna que otra pelea tras la cual yo siempre acababa llorando en mi casa con un ojo morado y el brazo dislocado… ¿Qué más? Ah, sí… nunca olvidaré el día en el que me desnudaste de cintura para arriba en los vestuarios delante de tus colegas y me pintaste los pezones con un rotulador negro y escribiste en mi barriga, los maricones tienen los pezones negros… — le solté, sarcástico, revolviéndoseme el estómago al recordar las mil y un putadas.
—Sí. Yo también recuerdo esa parte. — sonrió con malicia. — Y no lloraste ni suplicaste ni una vez. Me gritabas, me insultabas e intentabas atizarme, pero nunca pediste clemencia. Entonces pensé, orgullo de maricón… — ahora sí. Lo tenía frente a frente y preparé la mano para cerrarla en torno a sus huevos, apretar y estrujárselos hasta que explotaran entre mis dedos.
—Me puteaste la infancia. Fuiste mi peor pesadilla esos días de instituto.
—Sí, lo fui. — admitió, desencajando la mandíbula. — Y sé que es bastante tarde para pedirte perdón.
—¡Ja! — le grité a dos centímetros de su cara.
—Quería utilizarte.
—¡No me digas!
—En realidad no te soporto, Bill.
—¡De puta madre! ¿Acaso crees que me importa?
—Pero aún así y me jode tener que admitirlo… ¡Quiero estar contigo esta noche!
—¡Genial! — grité… luego me di cuenta de lo que acababa de decir. Abrí los ojos como platos, con la boca entreabierta incluso, alucinado. Dios… ¡Y el muy cabrón hablaba en serio! — Pero… ¿Te crees que soy una puta que se acuesta con cualquiera que se le ponga delante? ¡Después de todo esto tienes los cojones de decirme que me la quieres meter por el puto culo Para empezar, ¿Quién coño te crees que eres para dirigirme la palabra después de las humillaciones, los gritos, las palizas, los insultos, las bromas? ¡Has sido mi puto infierno personal desde que te conocí! — le pegué un empujón con el puño que lo hizo retroceder, probablemente al día siguiente le saldría un cardenal del tamaño de una pelota de tennis. Me la sudaba. ¿Quién se creía que era? ¿Quién coño se creía que era ese maldito snob que había sido mi verdugo durante años? — ¡Cuando llegué a la universidad estuve a punto de irme de allí solo porque tú estabas allí! ¡Te tenía miedo, a ti, a la escuela! ¡Casi arruinas mi futuro! — le pegué otro empujón que lo mandó a un metro de mí. Notaba como otra vieja herida ya cerrada se abría sin control y como mi voz se volví aguda debido al nudo en la garganta que crecía y crecía, haciéndome difícil hablar. — ¿¡Y por qué, eh!? ¡Para qué! ¡Para entretenerte y hacerte el guay delante de todo aquel que no me conocía, destruirme solo para aumentar tu ego y tu popularidad! ¡No sabes cuanto te he odiado! ¡Quería verte muerto! ¡Mi puta debilidad siempre fuiste tú! — le arreé semejante hostia que su espalda acabó chocando contra la pared, con la cara desviada hacía abajo, el labio hinchado. Aquello era un acceso de ira y depresión imposible de controlar. Se me juntó todo. El no sentirme a gusto con mi propio cuerpo, asqueándome por mi propia personalidad. El ser débil y sentirme débil, indefenso, asustado. Los recuerdos dolorosos del acoso, de la ida de Tom… y saber que él no estaba para consolarme.
Le agarré del cuello, echándole mis manos encima como si fueran las garras furiosas de una pantera. Joder… era tan patético que estaba llorando sumergido en mi propia frustración y rabia.
—Y yo… yo fui tan estúpido como para sentir pena por ti… snif… cuando mi hermano te pegó una paliza…debería… — no podía controlar mis propios sollozos. Me dolía la garganta, los puños y el pecho, sintiendo otra vez esa angustia expandiéndose como una asquerosa enfermedad a través de las venas de mi cuerpo y, claro… la sangre de las venas siempre pasa por el corazón. — Debería… — empecé a hipar y poco a poco, le solté el cuello. — ¡Debería haberte escupido a la cara!
—¿Qué? — murmuró. Me aparté de él, dándole la espalda y sin ganas de nada más, sin ganas de resistirme, me dejé caer en la cama, tapándome los ojos con el brazo intentando controlar mis lágrimas.
No pasaron ni diez segundos cuando sentí el peso de Sparky a mi lado, hundiendo la cama.
—¿Qué has dicho?
—¡Vete a la mierda!
—Has dicho: yo fui tan estúpido como para sentir pena por ti… cuando mi hermano te pegó una paliza. — dios mío… ¿Qué? ¿Eso había dicho?
—Yo… no he dicho eso…
—Sí lo has dicho.
—¡No, no lo he dicho! — le miré rabioso otra vez por intentar indagar en mi mente sin mi permiso. — ¡Cállate de una puta vez! ¡Y tú has dicho que a pesar de todo querías pasar esta noche conmigo, no!? — se quedó callado unos segundos, sin saber que decir.
—Pues…
—¿¡Si o no!?
—¡Sí!
—¡Pues chúpamela! — y me dejé caer sobre la cama con total disposición a dejarme hacer, hundiendo el cráneo en el colchón. Sparky se me quedó mirando en silencio, boquiabierto, horriblemente contrariado. — Oh, claro, se me olvidaba. Tú no eres maricón, el maricón soy yo. Tú eres el puto macho del ganado y yo la oveja negra y el macho nunca se rebajaría a chupársela a un maricón que sólo sirve para recibir burlas y palizas…
—¿Te vas a callar? — sí. Me callé.
Pero solo hasta que sentí sus manos agarrándome la cinturilla de los boxers y empezó a bajármelos con sumo cuidado y lentitud.
—¿Qué…? — me limpié las lágrimas pasándome el brazos por los ojos y sacudí la cabeza, inclinándome para ver cada uno de sus movimientos. — ¿Qué haces?
—¿Tú que crees?
Oh… eso era… increíble. No podía creerme que lo fuera a hacer, no podía creérmelo, no se atrevería, no…
Sentí algo de vergüenza cuando mi polla quedó al descubierto frente a él. Me sentí tan sumiso cuando me quitó los boxers y, tragando saliva con algo de nerviosismo, los dejó caer al suelo y me observó, pasando su mirada oscura por todo mi cuerpo. Cerré los ojos, sintiendo un ligero estremecimiento.
—Vamos, dilo… soy bastante… asqueroso.
—En… en realidad no. — negó con la cabeza. Observé como se inclinaba hacía delante y me dejé caer de nuevo sobre la cama, clavando la mirada en el techo. No quería mirar, pensando en todo momento que no lo haría, que se arrepentiría en ese instante… pero no lo hizo.
Cuando sentí la humedad de su boca y su saliva escurrirse por mi polla, la vista se me nubló y mis pensamientos se llenaron de él… de mi dueño, del que había sido mi “Amo”.
De mi Tom.
—Tom… — jadeé.
—Avísame cuando vayas a… correrte.
—No… no pienso hacerlo… Tom… — y a pesar de mi negación y de pronunciar el nombre de mi hermano en el momento más inoportuno, él me la chupó.
Mi maldito acosador me la chupó… y simplemente me encantó…
Continúa…
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Joder si sigo leyendo seguro que me vuelvo bixsesual