
By Tom
De acuerdo. Muy impresionante, había que admitirlo. El Pich era el mejor local que había visto en mi vida. Era enorme, los efectos de los focos eran increíbles, la música no estaba mal y en los podium no faltaban gogos. Tíos en su mayoría, como la mayor parte de las personas que bailaban, se morreaban, se metían mano, se drogaban, se emborrachaban y demás… tíos.
Y todos maricones.
Era interesante, no podía negarlo. Ese nuevo ambiente me puso el vello de punta nada más entrar, pero una vez pasada la primera impresión, quería ver más.
Tal vez fuera por lo que me había metido dos minutos después de entrar.
Anduve dando empujones y quitándome maricas de encima hasta encontrar la barra, dónde supuestamente, Andreas estaría esperando para llevarme hasta el dueño del local y firmar el “tratado corrupto”.
La velocidad a la que se movían los focos me descolocaba y el movimiento apresurado me mareaba. Era algo fascinante.
Cuando por fin llegué a la barra dando empujones, busqué a Andy con la mirada desbocada. No podía dejar de sonreír como un idiota.
—¡Hola! — un tío me gritó prácticamente al oído. Me giré y observé con sarcasmo en la mirada los pectorales desnudos y los movimientos medio sensuales del marica. — ¿Quieres bailar? — me entró la risa tonta cuando vi acercarse a tres más, acorralándome contra la barra con miradas de perros en celo. Esto era surrealista.
—¡No, gracias! ¡Ya tengo maricona a la que joder! — le di la espalda y me encaré a los demás, empujándolos con mi cuerpo. — ¡Que corra el aire! — les empujé y justo detrás de ellos, vi la mata de pelo rubia inconfundible de Andy, que metía la lengua en boca de marica moreno con pinta de santo. No tendría más de dieciséis años.
La escena me hizo gracia. Nunca había visto a Andreas enrollándose con un tío, aunque sabía que lo hacía casi todas las noches.
Me emperché a su espalda, abrazándole los hombros y pegando mi boca a su oído.
—¿Cómo está mi maricona rubia favorita? — enseguida pegó un bote y se despegó del chaval, sobresaltado.
—¡Coño, Tom, que susto!
—¡Para susto el mío viéndote metiendo la lengua en agujeros ajenos! ¡A saber en que otros agujeros la habrás metido! — se dio la vuelta, analizándome con una ceja alzada, dándole la espalda al cachorrillo en vía de crecimiento. — ¿Qué pasa? ¿Parezco una maricona?
—¡No, pareces el único tío que merece la pena entre tanto marica afeminado!
—¡Oh, me siento halagado!
—¡Pues no te lo sientas tanto! — Andreas se inclinó sobre la barra, cogió el vaso medio vacío que reposaba sobre la mesa y se lo bebió de un sorbo. — ¡Estoy cabreado contigo! ¡Ya no eres mi amigo! — hice una mueca dramática con la cara, fingiendo que me importaba.
—¡No!
—¡Sí, te odio Tom!
—¿Por qué? — Andreas se rió, apoyando los brazos sobre la barra, mirándome con la boca entreabierta.
—¡Conoces a Aaron desde hace apenas un año y te lo has tirado, y a mí, que me conoces de toda la vida, no me has dejado ni hacerte un pajilla! ¡Muy bonito! — no pude evitar soltar una carcajada estridente.
—¿Quién te lo ha dicho?
—¡Aaron, claro! ¡El pobre no sabe que hacer después de que te lo beneficiaras! ¡No sabe si lo hiciste porque te gustaba o por echar un polvo! ¡El muy idiota está que se le caen los huevos por ti! — bueno, me lo imaginaba. Otra cosa era que me importara. —¿Te gusta Aaron?
—¡No! ¡Me lo follé pensando en…!
—¿Bill? — la sonrisa estúpida se me borró de la cara en cuanto oí su nombre. Andreas sonreía de oreja a oreja, regocijándose por dentro tras el descubrimiento. Entonces me di cuenta de que esa noche tenía muy pocas luces como para que se me fuera la lengua.
—¿Cómo…?
—¡El Príncipe me dijo que no habías parado en todo el polvo de llamarlo Bill o Muñeco precioso, o algo así! ¿Quién es Bill?
—¡No te importa una mierda!
—¡De acuerdo! — se giró en redondo, haciéndose el ofendido, cruzándose de brazos con indignación. — ¡Pues entonces busca tú solo a los dueños del Pich, porque este marica se va al cuarto oscuro! — sacudí la cabeza con una nueva sonrisa patente en mi cara. Andreas era un terco que siempre intentaba controlar la situación y sabía de sobra que estando yo, nunca lo conseguiría.
—¡De acuerdo, ya los busco yo! — me incliné sobre la barra y grité, intentando llamar la atención del tío que servía el alcohol y las bebidas. Andreas se volvió enseguida hacía mí, agarrándome del brazo.
—¡Vale, vale, ya te llevo yo!
—¡Eres un mariquita muy fácil de manejar!
—¡Eso ya lo sabía y si te portas bien, dejaré que me manejes como quieras esta noche!
—¡Andreas!
—¡Vale, joder, al menos tenía que intentarlo!
—Quizás luego… — se quedó completamente alucinado cuando oyó esas palabras salir de mi boca, paralizado y boquiabierto. Hubiera dado lo que fuera por saber que clase de perversiones le estarían recorriendo la mente en ese momento… lo retiro. Preferiría no saberlo.
—¿En serio? — me encogí de hombros.
—Me tiré a Aaron, ¿Por qué no iba a hacer lo mismo contigo? — Andy abrió la boca de par en par, flipándolo de mala manera. Yo me reí y eché a andar con él muy pegado a mi espalda.
—¿Qué te has tomado? — me preguntó. Claro, él ya me conocía lo suficiente como para imaginarse que estaría muy colocado como para decir eso. — ¿Una raya?
—¡Un éxtasis!
—Debe ser bueno.
—Todo lo que yo tomo es bueno.
—¿En serio me vas a… de verdad de la buena?
—¿Quieres cerrar la boca, marica? Parece que te haga ilusión que te la meta por el culo. — que afirmación más estúpida. Estaba claro que le hacía ilusión por como le brillaba la cara.
—¡Joder, bendito sea ese Bill! ¡Te ha llevado al lado oscuro! — mientras subía las escaleras del recinto dónde maricas y más maricas se apelotonaban y se magreaban, me giré a Andreas y la mirada letal me salió como un volcán que acababa de soltar su primer aviso con una llamarada de lava ardiente después de milenios manteniéndose inactivo.
—En la puta vida pronuncies ese nombre para provocarme, porque… si lo haces, haré que acabes como tu padre. — Andy abrió los ojos como platos, mirándome fijamente. Se puso blanco como la pared y con lentitud, bajó la cabeza al suelo, seguramente embriagado de recuerdos poco agradables. Le tembló el cuerpo con débiles espasmos y sin alzar la cabeza, caminó hasta la sala de arriba, ya medio vacía y entró en lo que debería ser la única habitación separada por paredes del resto del club, a parte de los baños. Dejó la puerta abierta para que lo siguiera y eso hice.
Cuando entré, me encontré en una sala insonorizada. Parecía un estudio de grabación por los incontables amplificadores, discos y la enorme mesa llena de teclas pegada al cristal por el que se veía todo el Pich desde arriba. También había cámaras de seguridad, cuyas grabaciones se veían a través de diez pequeñas pantallas que colgaban de las paredes.
Debía ser el “puesto de control” del Pich.
A mi izquierda, había dos sofás, uno de ellos ocupado por una mujer de unos cincuenta años vestida con ropa de Madame y dos kilos de maquillaje llamativo y un tío grande, con aspecto fuerte y atlético vestido de negro. Quizás su guardaespaldas. Andreas se había atrincherado en la esquina de la habitación, lejos de mí.
—Tú eres… — murmuró ella, que bien analizado su tono de voz, entendí que en realidad era él. Un hombre. Un travesti.
Bueno… era una suerte no tener ningún prejuicio social.
Me senté en el sofá de en frente con tranquilidad.
—Tom. — respondí.
—Tom… — asintió con la cabeza, como si mi nombre le importara — soy Yvonne, encantada.
—Un placer. — solté, con cierto tonito sarcástico. Ella comprendió que le convenía ignorarlo.
—Según me ha contado Andreas, tú puedes ayudarnos.
—Probablemente. — ella se inclinó hacía delante, visiblemente interesada.
—Este club tiene muchos enemigos y también, mucha gente dispuesta a dar la cara por él…
—Y también dispuestos a pagar mucho dinero por entrar. — ella asintió con la cabeza, como si ese fuera un detalle sin importancia. — los enemigos del club son tíos que sienten repugnancia hacia este estilo de vida y, generalmente, son peligrosos. Si fueran tíos normales, simplemente pasarían de largo, pero como estos no lo son, atacaran el Pich hasta hundirlo y nadie podrá detenerlos aunque todos sus maricas den la cara por el club. Su intención es acabar con la homosexualidad de raíz. Primero acabaran con este club y luego, irán uno a uno cazando todos los maricas que encuentren a su paso. Será como una especie de carnicería nazi contra los homosexuales en lugar de judíos, aunque seguramente, también estén dispuestos a llevarse por delante a cualquier judío, negro, chino u extranjero, simplemente por no ser alemán o no ser el alemán que quieren que sea.
—¿Todavía existe gente así? Creía que después de la segunda guerra mundial los alemanes habrían aprendido la lección.
—¿No eres alemán? — él o ella negó con la cabeza.
—Soy austriaca. Las razones de cómo he llegado aquí no importan.
—Lo sé. No pensaba preguntar por ello. Me importan muy poco las nacionalidades y los nombres, así que basta de rodeos. Tú tienes un problema y yo tengo la solución, por lo que tu nuevo problema es que todo tiene un precio y debe equivaler al de mis… servicios. — el tío vestido de negro, que también tendría sus añitos, soltó un gruñido casi inaudible. Sentí en el ambiente la irritación de ese hombre y también la inconformidad del dueño del club. Sentí también como Andreas se colocaba a mi lado, tras el sofá, cubriéndome la espalda pese al cabreo que tenía encima. — quinientas. — el dueño frunció el ceño.
—¿Qué?
—Calculo que el club tiene una capacidad de quinientas personas, pero por lo que he visto esta noche, me huelo que aquí entran más seiscientas. A tres euros la entrada más las consumiciones, pongamos dos por persona, ¿Cuánto sale eso? Unos… 260.000 euros al mes, restándole la luz, el agua, el servicio de limpieza, la compra de alcohol y bebidas, comida, el sueldo de los que sirven la barra, los gogos y la mierda de vigilancia, calculo que… bueno, te llevas un buen pellizco, tú y los que trabajan aquí. Por lo que el precio debe ser algo bastante generoso teniendo en cuenta que mis chavales no solo van a estar vigilando el Pich, si no que también consumirán, claro. Así que el primer requisito que pido es que las dos primeras consumiciones nos salgan gratis, además de no pagar entrada, en horas de trabajo, claro. — él inclinó la cabeza hacía delante, imitando mi seriedad respecto al tema. Estaba claro que las arrugas que circulaban por sus ojos indicaban que era un hombre que se reía constantemente. Que se lo tomara tan en serio era una buena señal. Estaba desesperado.
—Lo veo justo. — asintió.
—Despedirás a tu equipo de vigilancia y el dinero de ellos será nuestro más un… quince por ciento de las ganancias. — y ahora sí. Abrió los ojos como platos.
—¿Sabes de cuanto dinero estás hablando, niño?
—Unos… veintisiete mil euros al mes, ¿no?
—No puedo pagarte tanto. Tendría que reducir el sueldo de todas las personas que trabajan aquí.
—Lo sé, pero resulta que ese no es mi problema, es el tuyo y tendrás que elegir cual es el problema que debes solucionar con más urgencia. Puedes no hacer el trato conmigo porque te supone un coñazo reducirle el sueldo a tus empleados, los cuales seguramente cobraran un pastón, y perder el Pich cuando una pandilla de neonazis homofóbicos le prendan fuego o… puedes hacer el trato conmigo, perder un poco más de pasta y estar tranquilo, porque si alguien se acerca a tu club, estará muerto antes de cruzar de acera. — el dueño se quedó callado, pensativo, tragando saliva mientras yo ladeaba la cabeza, un poco mareado, empezando a sudar por los efectos secundarios de la droga. Estaba frenético y necesitaba moverme deprisa. El corazón me iba a mil y movía la pierna con nerviosismo, dando golpecitos suaves sobre el suelo.
El dueño suspiró.
—No quedan muchos jóvenes como tú hoy en día. Eres muy astuto y debes ser fuerte para tener semejante poder sobre las personas que te rodean. Seguramente, tu pandilla será digna de temer.
—Yo no tengo ninguna pandilla. — él pestañeó y miró a Andreas de soslayo. Andy no se movió un ápice, aún sumido en sus pensamientos. Volvió a mirarme a mí. — Simplemente, los barrios bajos de Stuttgart se dividen en dos. En los que me siguen y en los que no. Los que me siguen son libres, yo no les ordeno nada y ellos no están atados a mí, pero claro, hay reglas que deben acatar sin más o recibirán su justo castigo. A cambio… tienen ventajas frente a la pasma y ayuda extra cuando la necesitan. Siempre que no se pasen de listos.
—Entiendo. Aún así me parece admirable tu templante… Está bien. Trato hecho. — el dueño se levantó del sofá. Inmediatamente me levanté tras él y estrechamos las manos con fuerza. — ¿Cuándo empezaran a trabajar?
—Ahora mismo si quieres. No hay ningún problema. — el dueño asintió con la cabeza. Sonrió, mas relajado y sus labios se movieron para soltar alguna frase ingeniosa cuando me tambaleé un poco. Sacudí la cabeza y le di la espalda, acalorado. Tenía que moverme o me daría un maldito golpe de calor de un momento a otro.
Caminé hasta la puerta sin ni siquiera despedirme. Andreas me seguía desde cerca, con la mirada afilada y los brazos tensos, esperando que me desplomara contra el suelo en cualquier momento.
—Tom… — miré al dueño de reojo. Ahora sí se reía con suavidad. — ¿Puedo hacerte una pregunta indiscreta?
—Dispara.
—¿Eres homosexual? — una pequeña carcajada trepó hasta escapar por mi boca.
—Últimamente, sí y mucho.
—Lo suponía. — claro. Lo suponías… imbécil.
—Llama a Kan y dile que traiga a los suyos. Veintisiete mil euros es mucho dinero. Le interesará. — Andreas ni siquiera contestó. No sabía si era porque estaba pensativo o porque estaba cabreado, rabioso. En cualquier caso, estaba claro que la culpa era mía. Pero tampoco es que me importara demasiado. — Para, joder… — me apoyé en la barandilla de las escaleras, sudando a mares. Las luces revoloteaban a mí alrededor de una manera escalofriante. Andy se detuvo frente a mí con ojos repletos de odio.
—¿Qué coño te pasa ahora?
—¿A mí? ¿Qué le pasa a la maricona rubia? Hace quince minuto pegabas saltos de felicidad porque te la iba a meter por el culo y ahora no quieres saber nada de mí. Menudo palo.
—Tom, ¿por qué no piensas por una vez en tu vida en alguien que no seas tú mismo?
—Imposible. Yo soy el único que merece la pena en el mundo, no puedo pensar en nadie más. — dejando de lado ciertas excepciones.
—Joder, eres un hijo de puta, Tom. — sonreí.
—Lo sé y me gusta ser así. Venga, no te cabrees. — Andy se cruzó de brazos y bufó, girando la cabeza hacía otro lado.
—Supongo que mientras tú te vas por ahí de marcha, a mí me tocará cargar con la vigilancia del club.
—Pensaba que querías vengarte por lo de Ross.
—Y quiero… pero hoy no van a venir, seguro. Además… todavía me duele la cara y no puedo mover bien el brazo.
—De acuerdo. Pues vente conmigo. — una minúscula sonrisita asomó en sus labios.
—¿A dónde? ¿A tu cama?
—¿Ya quieres irte a dormir, maricona rubia? Que poco aguante. — sacudió la cabeza. El enfado acababa de esfumarse y ahora se dedicaba a mirarme con expresión soñadora.
—Tom… aunque seas un hijo de puta, eres increíble.
—Lo sé. — le hice una señal con el dedo, pidiéndole que se me acercara un poco más. Andy avanzó, rezumando sensualidad, con los labios entreabiertos. Le agarré por el cuello de la chaqueta y me incliné, juntando nuestras bocas y penetrando en la suya con la lengua. No tardó en seguirme el juego. Andreas no era como Aaron o quizás, Bill en sus principios, un inexperto. No. Andreas sabía lo que se hacía demasiado bien. Era como yo, un verdadero adicto al buen sexo, entre hombres, pero adicto al fin y al cabo.
Sabía que hacer con la lengua, que hacer con las manos y en que posición mantener el cuerpo.
Al segundo estaba tan duro que dolía, compartiendo el dominio de la situación… y nos separamos con la humedad recorriendo nuestros labios, acariciándonos con la lengua.
—Tom… — su pelo había pasado de rubio a moreno, largo y liso, brillante y cuidado. Las manos que me agarraban de la nuca tenían un tacto suave, con el roce de las largas uñas provocándome temblores. Los ojos maquillados clavados en mí. La cara pálida formando un óvalo perfecto…
Mi Muñeco…
—¡Tom! — pestañeé lentamente y Andreas volvía a estar frente a mí, con una ceja alzada, las manos todavía apoyadas en mi nuca. — Que te quedas tonto, chaval. Te has vuelto todo un marica. — sonreí, soltando un suspiro.
—Sí, supongo que sí.
—Entonces, ¿nos vamos? — se pasó la lengua por los labios, dirigiéndole una mirada acusadora a mis pantalones abultados.
—¿Ya? Ni hablar. Enséñame de cabo a rabo el antro de maricas que acabo de comprar y quizás te folle en el baño. — Andy se quejó, riéndose.
—¡De acuerdo! Pues entonces vayamos deprisa. Llevo deseándote desde los catorce años… por unas horas más, no moriré…
Continúa…
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