
By Bill
2 de la mañana.
Tumbado en la cama, mirando el techo, con la luz apagada, sumergido en una penumbra que era iluminada constantemente por los focos de los coches que pasaban por la calle a esas horas. Quería dormir, pero no podía.
Desde que Tom se había ido, me era tan difícil dormir… Al principio, conciliaba el sueño con relativa facilidad, pero mientras dormía, soñaba cosas. Soñaba con fiestas, metido en un club que desconocía, rodeado de gente que gritaba, saltaba, reía, se divertía. Yo iba dando empujones bruscos, apartando a las personas de mi camino como un toro rabioso. Todo el mundo me miraba con temor o respeto. Las chicas intentaban ligar conmigo, las gogos de los podium me dedicaban bailes sensuales sólo a mí.
No era una pesadilla, pero cuando despertaba del sueño, me sentía más cansado que antes.
Era como si estuviera viviendo la vida de otra persona, metido en su piel. Y el vacío que había en su pecho era tan grande que me asfixiaba.
Me pregunto ¿de quién será el cuerpo en el que me meto en sueños? Tenía una ligera idea, pero prefería no hacerme más ilusiones vanas.
Esa noche me sentía raro, repleto de efusividad.
Ya había sacado a Scotty unas tres veces y había dado una vuelta por el barrio, solo, pero seguía sintiéndome inquieto. Quizás sea porque he dejado de tomarme las pastillas para la depresión. Creo que ya no me hacen falta, al menos no por ahora.
Quizás sea por la pregunta que me rondaba la cabeza en ese momento, la decisión que me tocaba tomar.
Suspiré, mirando las sorpresitas que me habían llegado esa mañana, sobre el escritorio.
—Scotty… — mi perro, que ya medía más de 50 centímetros, pegó un salto sobre la cama y se recostó a mi lado, empezando a darme golpecitos en el hombro con el hocico. — ¿Crees que debería ir? — pregunté. Él soltó una especie de gemido en respuesta. — él tiene razón. No puedo estar toda la vida escondiéndome. — le acaricié la cabeza con los nudillos, dándole vueltas a lo ocurrido esa mañana, una y otra vez.
En casa sólo había silencio.
Yo no había ido a la biblioteca ese día y mamá no había ido a trabajar, sentada a la mesa, dándole vueltas a la cuchara con el café sin empezar. Hacía diez minutos que se había quedado frío.
Yo estaba en el suelo, encima de la alfombra, entretenido jugueteando con un cubo de rubik que había encontrado la noche anterior. Ninguno hablaba y la tensión era claramente palpable. Mi madre no apartaba los ojos de mí, seguramente observando cada uno de mis tatuajes al descubierto.
Había acabado hasta las narices intentando ocultarlos y esa mañana había salido de la cama sin camiseta, desnudo de cintura para arriba y con pantalones cortos, cosa muy rara en mí. No me gustaban los pantalones cortos, pero eran frescos para andar por casa. Apenas quedaban semanas para que empezaran el verano.
Empecé a tararear el nuevo single de Cold play y al cabo de unos segundos, mamá habló.
—¿Cuándo te los hiciste? — su tono era demandante, pero muy bajo, agotado. Yo ni siquiera la miré a la cara. Ya había completado dos caras del cubo.
—El del brazo hace un año. El de la estrella, hace tres. El de la nuca, con quince o catorce. No lo recuerdo.
—¿El de la nuca? — ella no podía verlo desde su posición. Mi pelo lo ocultaba demasiado bien. De todas formas, no insistió en verlo. — ¿Cómo demonios has estado tanto tiempo ocultándomelos?
—Voy a hacerme otro que me ocupe todo el costado, pero no sé cuando.
—Supongo que si te digo que no, no me harás caso.
—Supones bien. — se quedó callada unos segundos.
—Los tatuajes son peligrosos. La tinta es tóxica y la aguja con la que te lo haces…
—Llevo años con ellos y no me ha pasado nada. Lo único malo que tienen es que duele como una puta operación de fimosis.
—Tú nunca has tenido fimosis.
—Gordon sí.
—¿Y por qué te los haces entonces?
—Soporto bien el dolor y cada tatuaje tiene un significado especial para mí. Deberías imaginártelo. Tú eres mi madre.
—Últimamente no estoy tan segura de eso. — la miré a la cara con una ceja alzada. Sus ojos seguían siendo severos. No pensaba dar marcha atrás y esta vez, yo tampoco.
Volví a centrarme en el cubo de rubik. — Bill, háblame.
—¿De qué?
—No lo sé, pero dime algo, por dios.
—El tatuaje del brazo simboliza mi libertad. Fue un regalo de Georg y Gus, ellos pusieron el dinero el día en que cumplí 18. Pensé que por tener 18 sería libre como un pájaro. Podría hacer lo que me diera la gana… pero me equivoqué. Puedo salir, beber hasta hartarme, comer lo que quiera, elegir mi ropa, volver cuando quiera a casa, ver lo que quiera, salir con quien quiera… pero no sin que se me juzgue luego o sin que mi madre me la arme en cuanto aparezca por casa. Sin que mis amigos me echen la bronca por mis acciones descabelladas. Puedo hacer lo que quiera siempre y cuando acepte ser juzgado luego. Eso no es libertad.
—Yo te doy libertad, Bill. Quizás demasiada…
—¿Eso crees? Mamá… — giré otra cara del cubo y automáticamente, hice la cara de color blanca, pero desbaraté la de color azul. Fruncí el ceño, frustrado, intentándolo de nuevo. — me gustan los hombres. — oí la exclamación ahogada de mi madre al escuchar mi confesión, como un grito, un último suspiro, como esas exclamaciones ahogadas que salen en las películas de miedo cuando la protagonista se encuentra cara a cara con su asesino, incapaz de escapar, incapaz de gritar aterrorizada, soltando un leve murmullo de pavor.
Preferí no mirarla a la cara para no tener que encontrarme con esa misma mueca de horror.
—Lo he descubierto este invierno. Soy gay, homosexual, saraza, sodomita, maricón, nenaza, desviado, marica, chupapollas… De la acera de en frente. Me gustan los hombres y ya he tenido relaciones. He tenido novio y el otro día me acosté con un chico. No soy virgen anal, he sido sodomizado, he hecho pajas y me he metido pollas en la boca… lo siento mamá, pero es lo que soy.
—Oh, dios mío… — su voz se había resquebrajado. Su templante severo había sido aplastado. Vi de reojo como se levantaba de la silla con las piernas temblándole como un flan y fui testigo de cómo volvió a desplomarse sobre la silla, incapaz de ponerse en pie. — No puede ser…
—Puede ser… — nunca había imaginado que acabaría diciendo algo semejante a mi madre. Nunca se me había pasado por la cabeza como sería la reacción de una madre al averiguar que su hijo era gay. Yo no lo veía tan horrible, tan horroroso, ni siquiera lo veía malo. No alcanzaba a comprender porque un padre o una madre podían llegar a escandalizarse de esa manera al saber que su hijo tiene diferentes gustos. ¿No es lo mismo que preferir el rosa al negro? ¿No es lo mismo que preferir libros a balones? ¿No es lo mismo que preferir pantalones largos a cortos? Sólo es cuestión de preferencias y cada uno tiene las suyas.
Hubiera sido muy útil haber pensado lo mismo en secundaria, con ese chico solitario de la clase B que fue a pedirle ayuda al Presidente del Consejo de Estudiantes porque era marica y los alumnos lo acribillaban vivo. Yo era el Presidente. Yo solucioné el problema. Pero ese chico siempre viviría sabiendo que fue acribillado por tener gustos diferentes a los de sus compañeros de clase. ¿Era eso justo? Ahora lo veía con más claridad que nunca.
—Pe-pero… ¿Y… y Natalie? ¿Y todas tus novias? Tú… tú… siempre has tenido muchas novias y…— mi madre tartamudeaba, incapaz de controlar sus nervios. Yo empezaba a perder la paciencia con el cubo de rubik, incapaz de hacer más de dos caras.
—Natalie era una puta y las otras chicas… bueno… te he dicho que lo he descubierto este invierno. — mi madre hizo un gran esfuerzo por levantarse de la silla, aún con las rodillas temblando, chocando entre sí por los fuertes temblores. Un hipo silencioso empezó a emanar de su boca. Los ojos se le cristalizaron en cuestión de segundos.
—No puede ser… — y conseguí hacer otra cara… deshaciendo la de color azul.
—¡Por favor, mamá, déjalo ya! ¡No finjas que no lo suponías, lo que pasa es que no querías creerlo! ¡Es más fácil cerrar los ojos y hacerse el sordo, pero no! — me levanté del suelo y dejé el cubo sobre la mesa con un golpe sordo. Mi mirada se cruzó con la aguada de mi madre. Era la primera vez en la que ella se deshacía en sollozos y yo me mantenía firme, tan tranquilo como si a mí alrededor no ocurriera nada capaz de impresionarme. — La verdad es que tu hijo es un marica que no va a hacerte abuela en la vida. La realidad es que el día en que tu hijo diga que tiene alguien especial en su vida, no será una mujer, si no un hombre. La realidad es que tu hijo puede coger el sida sin que puedas hacer nada para evitarlo. La realidad es que una parte del mundo me despreciará por ser lo que soy, me insultaran, me harán daño, puede que me apalicen y me escupan a la cara, sucio maricón abre culos… la realidad es que… si me quieres tanto como dices, aceptaras lo que soy. Aceptaras que pese a todo, soy un hombre, es más, ¡Soy tu hijo, hijo de Simone! ¡Me querrás sabiendo que me gusta chupar pollas y que me la metan por detrás! ¡Y si no lo aceptas, olvida que tienes un hijo! — mi madre temblaba como una hoja, agarrada a la mesa, sollozando y llorando en silencio, como si acabara de decirle que me habían echado una maldición encima.
—No, dios mío… mi niño…
—Ya no soy tu niño, mamá. Soy mayor. Soy un hombre… tal vez no el hombre que esperabas que fuera, pero lo soy. Y ya no puedes controlarme. No puedes decirme lo que debo o no debo hacer. Soy yo el que debe tomar sus propias decisiones ahora, según mi criterio, el que tú me has enseñado, siguiendo la justicia por la que tú me has guiado… Mamá, ¡Déjame tomar mis propias decisiones y equivocarme, déjame crecer, déjame elegir, déjame madurar, déjame convertirme en lo que quiero ser!
—¿Cómo…? ¿¡Cómo puedes pedirme que te deje convertirte en un… un pervertido!?
—¡No soy un pervertido! ¡Soy gay! ¡No es ningún crimen que me gusten los hombres! — mi madre levantó la mano, sacudiendo la cabeza con histeria.
—¡No tienes ni idea de la cantidad de cosas grotescas y abominables que llegan a un juzgado por culpa de esos pervertidos sexuales! — me dio la espalda, llorando a lágrima viva, corriendo por los pasillo, huyendo de mí.
—¿Te estás oyendo? ¡Pensaba que tú lo entenderías, siempre has sido justa con el tema! ¡Pensaba que la homosexualidad no te importaba!
—¡Es muy diferente tener amigos homosexuales y que tu hijo sea gay! ¡Hay gays que violan a niños!
—¡Y heteros también! ¡Eso no tiene nada que ver!
—¡Son totalmente pervertidos, unos indecentes!
—¡No por ser homosexual tienes que ser promiscuo y lo sabes! ¡Eso no es cuestión de sexualidad, es cuestión de género! — corrí tras ella hasta la segunda planta. Ella no quería seguir escuchando.
—¡No es normal! ¡Sufrirás!
—¡Hay millones de personas homosexuales en el mundo! ¡Es normal, es algo que ocurre desde la aparición del hombre! ¡Puede que no tenga sentido biológico, pero desde siempre ha ocurrido! ¡No tiene nada de malo!
—¡Sí que lo tiene! — mi madre dejó de correr. Se dio la vuelta y me encaró con ojos llameantes, expresión llena de ira, bañada en inmaculadas lágrimas de dolor y frustración. — ¡Por la calle te señalaran con el dedo y gritaran como si fueras un apestado! ¡No quiero que digan semejantes atrocidades de mi hijo!
—¡Esa es mi decisión! ¡Soy lo que soy, no puedo negarme a ello! ¡Mi felicidad depende de eso!
—¡Tu felicidad depende de los demás! ¡Uno no puede alcanzar la felicidad por sí solo y si todos te repudian, solo sufrirás! ¿¡Es que no lo entiendes!?
—¡Pues encontraré a alguien que no me repudie!
—¡No lo entiendes, Bill, no lo entiendes! ¡Esa gente solo busca sexo!
—¡Yo formo parte de esa gente!
—¡Tú no vas a formar parte de nada! ¡No vas a salir de aquí en los próximos veinte años y vas a ir conmigo a un maldito psicólogo hasta que se te quiten esa perversiones de la cabeza! — no podía creer lo que estaba oyendo. Mi madre, aquella que me había criado, me había enseñado todo lo que sabía, me había dado las bases para diferenciar entre lo bueno y lo malo y me había enseñado a ser un hombre justo, ahora se retractaba de su palabra. Acababa de hacer pedazos mis creencias, mis bases, mis pautas de comportamiento. Todo en lo que creía de repente se resquebrajaba peligrosamente a mis pies.
—Eres… una mentirosa intolerante. — y su expresión pareció relajarse entonces, intentando parecer amable, compasiva, cariñosa.
—No lo entiendes Bill. Cuando seas padre lo entenderás…
—No voy a ser padre nunca.
—Sí, lo serás. Bill… escúchame…
—¡No me da la gana! ¡Eres tú la que no lo entiende! ¡Siempre hablando de las pobres criaturas que te encuentras en un juzgado, de las desgracias que ves por la tele, siempre compadeciéndote de ellas! ¡Pues compadécete de mí ahora! — esta vez fui yo quien le dio la espalda y empecé a caminar hacia mi cuarto. Ahora era yo quien no quería hablar y sin embargo, mi madre me agarró del brazo con brusquedad, tirando de mí con mano de hierro.
—¡Bill, por favor, tienes que entenderlo! ¡Tú no eres como ellos! ¡No eres…!
—¡Maricón! ¡Y sí, lo soy! ¡Y no solo soy gay! — me di la vuelta para encararla una última vez, furioso. — ¡Soy el puto hijo maricón de una jodida hipócrita! — y… me pegó…
Me pegó…
Mi madre me pegó como cuando tenía cinco años y me asomé por la ventana subido a la mesa del escritorio, empujándome hacía delante, a punto de caerme y matarme. Ella me cogió en brazos, apartándome con un grito de terror y me pegó un guantazo en la cara.
Me pegó exactamente igual que esa vez, pero por motivos muy diferentes.
Me pegó porque era gay y jamás olvidaría semejante rechazo hacía su propio hijo.
Me pegó rechazando todos los criterios de justicia que hasta ese momento, me había enseñado.
Me pegó como atentado contra la tolerancia con la que me había criado desde mi nacimiento.
Y se llevó una mano a la boca, alarmada por semejante acto abominable hacía el hijo que tanto había afirmado amar.
Nos miramos a la cara fijamente, mudos de horror y repugnancia por lo dicho, hecho y descubierto el uno del otro y… en ese momento, sonó el timbre de la puerta. Los ladridos de Scotty retumbaron en toda la casa.
Sacudí la cabeza y le di la espalda, negándome a mí mismo llorar. No… no lloraría nunca más por mi familia. No merecía la pena hacerlo.
—Voy a abrir.
—Bill… cariño, lo sien… — me hice el sordo y bajé las escaleras, ignorándola por completo. No merecía la pena.
La mejilla me ardía y la marca de su mano abría quedado marcada a fuego en mi cara, pero eso no era lo que más me dolía. Así que caminé hasta la puerta, donde Scotty meneaba el rabo y rascaba con las uñas la superficie de madera, ladrando alegremente y abrí la puerta.
Un desconocido con el uniforme de Correos Internacionales se situó frente a mí. Era guapo, pero no lo suficiente como para captar especialmente mi atención.
—¿Bill Kaulitz? — preguntó. Fruncí el ceño.
—Soy yo.
—Entonces esto es para ti. — observé con curiosidad como el hombre se daba la vuelta, se agachaba sobre las escaleras de la entrada y agarraba un enorme ramo de flores de tantos colores, que incluso descubrí algunos que no había visto en la vida. Una gama de intenso colorido y frescos olores exóticos atacaron mis cinco sentidos. El hombre me extendió el enorme ramo.
—¿Qué es esto?
—Un encargo de flores hawaianas para Bill Kaulitz. Usted es Bill Kaulitz, ¿no?
—Sí, pero… yo no he encargado esto.
—Por supuesto, es un regalo.
—¿Un regalo? — medio grité, cogiendo el ramo como pude. Era enorme. — ¿De quién?
—Mírelo en la tarjeta del ramo o en la tarjeta de esto… — el hombre me ofreció un paquete envuelto en papel de regalo dorado y plateado, del tamaño de mi brazo de largo y unos treinta centímetros de ancho. Una altura de veinte centímetros a lo sumo.
Lo cogí con una mano, haciendo lo imposible por no aplastar el ramo. El paquete pesaba lo suyo. — Y esto otro… — otro paquete más pequeño, con un papel igual de brillante me fue entregado. Lo cogí con los dientes antes de dejarlo caer sobre el ramo, intentando que no se me cayera.
—¿Qué cojones es esto?
—¿Puede echarme una firmita por aquí? — mire el papel que me pedía que firmara, alarmado.
—¿Cree que tengo cuatro manos?
—Yo lo firmaré. — mi madre salió de detrás de mí con el ceño fruncido y firmó el papel mientras yo me arrastraba al interior de casa con el montón de entregas en las manos, intentando que no cayeran al suelo. Las deposité sobre la mesa de la cocina, confuso.
—¿Quién te ha enviado eso? — preguntó mi madre, una vez cerrada la puerta, estupefacta. Yo la ignoré y empecé a buscar por entre las flores la dedicatoria. Las flores eran preciosas y olían a gloria, a bosque y a mar.
Encontré la tarjeta azul claro, escrita con una bonita caligrafía, aunque demasiado grande.
Te preguntaras quién, cómo y por qué, y puede que esperes unos bonitos versos escritos por un admirador secreto, pero sabes de sobra que nunca se me han dado bien esa clase de cursilerías y sé que prefieres ir directo al grano, así que… abre el regalo más pequeño.
Me puse ansioso al instante. La primera persona en la que pensé fue en Tom… pero él nunca haría algo semejante, en la vida, así que deseché la idea de inmediato y agarré el regalo mas pequeño con el corazón en un puño, rompiendo con algo de pena el precioso envoltorio. Una caja parecida a las de joyería apareció bajo el envoltorio. En la caja ponía, Clennan´s EEUU…
Joder… imposible… la tienda de Clennan´s de Estados Unidos, la auténtica marca Clennan´s, la original, la puta Clennan´s del mismo Hollywood. La tienda de las estrellas.
La abrí con el corazón en un puño.
Me cago en la puta… solo una auténtica estrella del rock llevaría algo así. Un collar de puro cuero negro, de los pegados al cuello, ancho y por el que circulaba una de esas cadenas de plata de aros grandes, de las que pesaban alrededor de kilo y medio, de la marca Clennan´s estadounidense. Eso solo podía valer un puto riñón y medio. Y la cadena era de plata pura, no de metal. Brillaba como si tuviera incrustada diamantes en la superficie.
—Joder… joder… — me llevé una mano a la frente. De repente había empezado a sudar. — Me va a dar algo… — mi madre observaba el collar estupefacta y muda, sin saber que decir. Tampoco es que ella entendiera mucho de marcas. — Es una guapada, una preciosidad… — metí el collar de nuevo en la caja—estuche y cogí la nota que había pegada a la almohadilla que lo sostenía.
Ni se te ocurra ponerte histérico, ya nos conocemos. Sé que te gustan esta clase de cosas extravagantes. Siempre tienes que ser el centro de atención, si no, no serías Bill Kaulitz y ahora quiero que lo seas más que nunca. Nada de depresiones, nada de hermanos gemelos diabólicos e incestuosos. Ahora te toca cargar con tu verdadera naturaleza porque… abre el regalo grande…
¿Hermanos gemelos diabólicos e incestuosos? Sólo había tres personas que sabían lo del incesto, y Georg y Gustav no tenían tanto presupuesto como para pagar semejante dineral por flores exóticas hawaianas y uno de los collares rockeros más caros del mundo. Eso seguro.
Empezó a entrarme la risa floja de la emoción mientras deshacía el regalo más grande.
Otra caja con el logotipo de Clennan´s estadounidense. Suspiré hondo y la abrí.
—¡Joder, joder, joder, joder…! — casi me iba a poner a dar saltos sobre la mesa de alegría cuando vi las botas. No las botas que dejé en la tienda Clennan´s de Hamburgo por la guitarra de Tom, no. Estas eran mucho mejores, con un diseño más elaborado, más rockeras, más modernas, más oscuras, de cuero puro, mucho más guapas… una pasada tan grande que no había nombre para describirlas.
Y eran mi número…
Cogí la nota con una sonrisa en la cara, olvidándome momentáneamente del mal rato que acababa de pasar con mi madre y empezando a leer.
Porque se echa de menos a un marica como tú por aquí.
Quiero que te quedes con todo esto, para ti, que mañana vengas con esas botas y ese collar de nenaza a la uni, con los huevos que, por lo que vi esa noche, no has perdido.
No me des las gracias y ni se te ocurra hacerte el modesto intentando devolverme los regalos… te debo todo eso y más, y tú lo sabes…
Te debo toda una vida de humillaciones, palizas y miedo… y quiero devolvértela.
No podrás estar escondiéndote toda la vida, así que da el paso sin miedo, porque si tropiezas… yo te cogeré.
Quiero verte, Bill. Sólo eso…
Besos de marica del súper chucho atómico, Sparky.
P.D: Te estaré esperando en la puerta de la uni. Si decides no venir… sólo espero que vengas, sin condiciones o serás víctima de mi ira perruna.
Bay.
Me sentía verdaderamente halagado. No, halagado no, nervioso, con el corazón a cien y las mejillas ardiendo de gozo.
Derek…
—Bill… ¿Quién…? — murmuró mi madre, dejando la pregunta en el aire. ¿Quién…?
—…Mi amante. — y mi madre puso el grito en el cielo otra vez, pero yo ya era feliz.
—Scotty… — mi perro alzó la cabeza, sacudiendo el cuerpo ferozmente, como si le hubiera dado una ducha bien fría con la manguera. — ¿Sabes qué? He decidido que mañana iré a la universidad otra vez. Quiero ir… quiero… — miré una vez más las flores hawaianas encima del escritorio, llenando la habitación de un olor perfecto, realmente fresco. Era olor a bosque y a playa. Me encantaba el olor.
Olor a libertad.
—Quiero ver a Derek…
.
By Tom
—Aquí hay gato encerrado. ¡No puede ser que seas un mujeriego cuando te vas a Hamburgo a pasar tiempo con tu hermano y tu madre y vuelvas hecho un mariconazo! — las llaves nuevas no encajaban en la puerta, o quizás fuera culpa de mi tembloroso pulso y las risas que me echaba escuchando las ocurrencias descabelladas de Andreas. — A ver, déjame adivinarlo… tú has follado con un tío y te ha gustado.
—Ajá…
—¿Pasivo? — le miré, reticente, con una ceja alzada. — activo, vale. Comprendo. Debía de ser un tío muy afeminado para que decidieras tirártelo… o que tú estuvieras muy colocado, ¿no?
—Hum… — conseguí meter la llave, ahora solo quedaba acordarse de para dónde había que girarla. Dios, Tom, estás tan gilipollas…
—¿Estabas colocado o él era muy afeminado?
—Es afeminado.
—¿Mucho?
—Un poco… bastante… — giré con tanta brusquedad la llave que de repente se oyó un “¡Creck!”. Cuando saqué la llave, observé meditabundo la mitad que faltaba y se había quedado rota dentro de la cerradura. — Coño…
—¿Y quién fue a saco, él o tú?
—Andreas…
—Tú, ¿verdad? Lo suponía. ¿Te la chupó?
—Andy…
—¡No me dirás que se la chupaste tú!
—¡Andy! — él se quedó callado, haciendo una mueca con la cara al ver la llave rota.
—Mierda… ¿nos quedamos en la calle?
—No. Vamos a tu casa.
—No tengo la moto aquí.
—Y yo tengo las llaves del coche dentro y no pienso hacerle un puente ni al coche, ni a la moto.
—Tampoco es que estés muy lúcido para conducir.
—Pues habrá que quedarse en la calle. Total, no será la primera vez. — Andreas estiró los brazos, bostezando.
—Supongo que no, pero hace frío. — me dejé caer de espaldas a la puerta, pegado a ella. Andreas anduvo hasta mi lado y se sentó junto a mí. — ¿Cómo es Bill? ¿Está bueno?
—Te dije que si lo mencionabas…
—Para provocarte. No te estoy provocando, sólo es curiosidad por si algún día me lo encuentro, no tirármelo.
—Dudo que él te dejara.
—Yo creo que sí. ¿Quién iba a ser capaz de resistirse a mi divina belleza? — sonreí.
—Tú no lo conoces. Es… un poco diferente a cualquier tío de aquí.
—¿Un pijito como Príncipe?
—No compares. Puede que sea un poco caprichoso, pero tiene algo que ninguno de los que estamos aquí tenemos.
—¿El qué? ¿Una polla de veinticinco? — negué con la cabeza.
—Tiene… dignidad. Es puro, no como los que estamos aquí, podridos y llenos de mierda hasta el cuello.
—Oh. — Andreas asintió lentamente con la cabeza. — Creo que lo entiendo. No sabe defenderse y alega a su favor que las cosas se deben solucionar por medio del diálogo.
—No. Me rompió la nariz cuando lo dejé. — Andy abrió los ojos como platos, mirándome boquiabierto.
—No jodas…
—Cuando quiere, sabe pelear. Tiene unos principios que defender… pero eso no es lo más impresionante de él.
—¿Y qué es? — quedé pensativo, dándole vueltas a la cabeza con insistencia. Luego recordé que a Andy no le importaba.
—¿Y por qué debería decírtelo?
—Porque se te cae la baba pensando en ese tío. Por eso. — se burló.
—No se me cae nada. Cállate. — y para mi sorpresa, Andreas calló. Nos quedamos en silencio, mirando a ninguna parte. El silencio era acogedor y empezó a entrarme sueño. Entrecerré los ojos, intentando dormir, pero la mirada de Andy clavada en mí me molestaba lo suficiente como para no permitirme conciliar el sueño. — ¿Qué coño te pasa?
—Nada. Sólo pensaba en lo impresionante que tiene que ser ese tío para captar tu atención. — suspiré.
—Tengo gustos sencillos.
—No con hombres… me pregunto como deber ser para que en una noche, halla conseguido engatusarte cuando yo no lo he conseguido en cinco años. — le miré, con ojos escrutadores. Ya había notado lo mucho que le ponía al que fue una vez mi primer y único amigo, lo pillado que estaba por mí, pero lo cierto es que no me había importado nunca. Si él quería sufrir, era su problema, no mío.
Se pegó más a mí, inclinando el rostro sobre mi hombro.
—No me importa ser el premio de consolación.
—Por eso nunca serás el premio gordo. No tienes principios ni dignidad.
—Ni tú tampoco.
—Lo sé. — mi mano se deslizó por su pelo rubio y brillante, con la mano un tanto sudorosa. Él alzó la cabeza con lentitud, mirándome con ojos divertidos, quizás resignados. — Por eso no hay nada que me impida follarte ahora. — sonrió. Me incliné sobre él y junté nuestros labios sin pararme a pensarlo ni una vez. Su cabeza quedó aplastada por la mía contra la puerta de mi casa, igual que su cuerpo, haciendo un ruido sordo. Su lengua se abrió paso al interior de mi boca y moví bruscamente mis labios sobre los suyos, mezclando nuestra saliva. Le acaricié la entrepierna con una mano, sintiendo como crecía debajo de sus pantalones. Se la estrujé y se la masajeé con brusquedad. Sentí sus manos agarrarme la sudadera, apretándome los hombros. Sus manos se colaron por el cuello de mi camiseta, acariciándome la espalda con ansiedad.
Intentó empujarme hacía atrás en un intento vano de tomar el control, cosa que le negué y volví a clavarlo contra la puerta haciendo un ruido sordo.
Y entonces, me di cuenta…
Me separé de él, tenso, con la mano todavía apretándole la polla.
—Joder Tom… no pares ahora… llevo muchos años esperando esto, joder… — el sonido de su voz sonó desesperado, casi roto.
—Shhh… ¿no lo oyes? — Andreas se quedó mortalmente callado.
—No oigo nada.
—Exacto. — me miró sin comprender. — Guetti tendría que estar ladrando al otro lado de la puerta.
—Coño, me habías asustado. — me separé de él, sacudiendo la cabeza y apartando la mano de su entrepierna. Él gruñó, inconforme. — Mierda… me has matado Tom. Me has matado.
—Ya te follaré luego. — me levanté del suelo y lo empujé hacía arriba, obligándole a levantarse entre ronroneos malhumorados. — Consigue que pueda entrar en casa y dejaré que te quedes a dormir. Si quieres, te monto toda la noche.
—Ahora que has roto la magia del momento. ¡Bah! — me dio la espalda y empezó a andar hacía la esquina del apartamento, refunfuñando. — ¡La próxima vez que quieras ligar conmigo, quizás te encuentres con que tengo dignidad y principios! — sacudí la cabeza cuando le vi dar la vuelta a la esquina, riéndome. Me giré para dar la vuelta por el otro lado cuando vi de reojo a Andreas, retrocediendo con los ojos abiertos de par en par, con la cara de un color medio verdoso.
Se llevó la mano a la boca, controlando una serie de violentas arcadas. Fui hacía a él, a paso lento, pero con un pequeño nerviosismo instalándose en mi pecho. Iba a dar la vuelta a la esquina cuando Andy se puso en medio, suspirando, con la cara ahora blanca.
—Créeme. Mejor que no lo veas. — ladeé la cabeza, mirando a Andreas con una creciente impaciencia instalándose en mi cuerpo.
Lo quité de en medio de un manotazo, casi lanzándolo contra la pared de al lado y crucé la esquina. Vi como él me seguía de cerca, nervioso…
Y yo me quedé contemplando los trozos de cristal de la ventana de mi casa, rotos, salpicando el suelo. Un fino alambre de espina oxidado que colgaba de la ventana, enredado a un trozo de carne desmembrado. La sangre salpicaba el suelo. El trozo de carne se balanceaba lentamente, de derecha a izquierda. El estómago abierto, con las tripas fuera. El cuerpo ensangrentado, las patas rotas, los cristales clavados en su cuerpecillo peludo… con la lengua y las orejas cortadas… el hocico ensangrentado… el alambre de espinas alrededor de su cuello…
…Guetti…
Sentí las potentes convulsiones de mi cuerpo, de mis músculos tensos como sacudidas eléctricas.
—Guetti… — me llevé el puño a la boca, mordiéndolo con fuerza, con la mandíbula temblorosa. El entrecejo fruncido y los ojos pestañeando incesantemente.
—Esos… hijos de puta… — giré la cabeza hacía Andreas lentamente. Él bajó la cabeza, clavando la mirada en el suelo. — Ellos… cuando mataron a Ross y yo le rompí la nariz a uno… juraron que me atuviera a las consecuencias… yo y “mi líder”…
—¿Quiénes son? — me aparté el puño de la boca y me encaré a él, con los brazos en alto. Andreas retrocedió contra la pared. Mi respiración era agitada, brusca, caótica.
—Tom, tranquilízate…
—¿¡QUIENES SON!? — Andreas empezó a toser, poniéndose morado en cuestión de segundos. Yo simplemente observé en silencio como mis manos le estrujaban el cuello como si fuera una fregona.
—A… Ahh… Alfre…
—¿Alfred? — murmuré. Andreas asintió haciendo un gran esfuerzo, arañándome las manos en un intento de escapar de esa atadura mortal. Lo solté con tanta brusquedad que lo tiré al suelo, encima de los cristales desperdigados y la sangre reseca. — ¿Querías venganza, Andy? ¿Querías que te ayudara con tu venganza en nombre de Ross? ¿Eh? — Andreas se arrastró por el suelo, huyendo de mis pasos acelerados. Me tenía miedo. Me tenía pánico.
Me agaché a su lado de cuclillas y lo agarré con fuerza de la barbilla.
—Vas a tener suerte. Asistirás a la venganza más diabólica de nuestros tiempos, porque sabes que Alfred está muerto, ¿verdad? — Andreas asintió débilmente con la cabeza. — sabes que es lo que voy a hacer con él, ¿verdad? — Andy temblaba. — le haré exactamente lo mismo que él ha hecho con Guetti. Le haré sufrir, le despedazaré, le ataré como se atan a los cerdos, boca abajo y le arrancaré la piel a tiras y cuando no tenga ni un puto pellejo sobre la carne, lo bañaré en sal. Lo castraré, lo destriparé, lo descuartizaré y… si es necesario, me lo comeré… ¡Pero no quedará de él ni los putos huesos! — los ojos de Andreas se cristalizaron. Ví las marcas que mis manos habían dejado en su cuello y me dio igual su pánico. Lo atraje con fuerza hasta mí. — Y tú, vas a ayudarme. Y luego… jugaremos sobre sus la sangre de sus restos… — le besé con fuerza en la boca y le solté sobre el suelo. Un hilillo de sangre de su labio herido por mi mordedura brotó hasta mezclase con la de Guetti en el suelo. Tosió con violencia, tembloroso. — Ahora sal de aquí. — Andreas me miró con la respiración entrecortada. — ¡Sal de aquí, joder! — se levantó del suelo rápidamente y salió corriendo, como un cervatillo asustado de un tigre de bengala.
Anduve hacía la ventana y deshice el amarre del alambre de espinas, cogiéndolo con una mano, clavándome las espinas hasta que la sangre se escurrió por el alambre oxidado mientras deshacía el nudo del cuello de mi perra muerta.
Mi ropa se manchó de sangre cuando agarré su cuerpo rígido y destripado y lo dejé sobre el suelo con sumo cuidado, mirando su expresión paralizada. El pelo que había alrededor de sus ojos estaba húmedo por lágrimas caninas. Podía imaginarme lo que le habían hecho. La habían apaleado a patadas, le habían cortado la lengua y las orejas agarrándola con el collar de espinos… luego la habían destripado… viva…
—Eres una maldita hija de puta, Guetti. — las manos me temblaban y apreté con mas fuerza el alambre, sintiendo el dolor en mi propia carne, disfrutando de él. — Has dejado que te mataran. ¿No te has defendido como yo te enseñé que hicieras? ¿No te has llevado al menos uno por delante? No… te has muerto… y me has dejado solo. — ella no contestó. — No intentes huir de la culpa, joder… eres una perra cobarde… — y ella siguió sin contestar.
Noté algo. Algo húmedo empañándome la vista.
Golpeé el suelo con el puño, con toda mi fuerza, oyendo mis nudillos crujir, sintiendo dolor. Ni una cuarta parte de lo que había sentido mi perra fiel.
—¡Me has dejado solo, hija de puta! ¡No te lo perdonaré, maldita cabrona! — miré a mi alrededor, sumergido en una desorientación desconocida para mí. Algo me hacía daño en la garganta, mientras buscaba algo con la mirada. Pero no encontraba nada ni a nadie.
Cogí a Guetti en brazos, empapándome de sangre la ropa y salí andando de allí hacía el descampado para enterrarla…
Estuve horas cavando en la tierra con las manos, clavando las uñas en las piedras, arrancando raíces sin compasión, ensangrentándome las manos. Los nudillos se me crispaban y crujían con cada movimiento y me daban calambrazos que se extendían hasta mi cerebro. Calambrazos de algo parecido al dolor.
Pero no lo sentía. ¿Se supone que debía experimentar dolor? Porque yo no sentía absolutamente nada.
Cavé y cavé hasta el metro bajo tierra. La sangre que emanaba de las manos encarnizadas y las uñas o lo que quedaba de ellas, fue ocultada bajo una capa de barro y mugre.
Arrojé allí a mi perra.
—No es una buena tumba para perros pero bueno… es mejor que una fosa común. Seguramente, algún día yo también acabe enterrado aquí, a tu lado, así que… da igual. — solo obtuve silencio en respuesta, el sonido de los grillos y el aire frío balanceándose por entre los escasos árboles. — No es una tumba digna para ti pero… la vida es una mierda, así que… yo tampoco era digno de ser tu dueño. — estaba acalorado. Mi respiración volvía a ser irregular. — Muy pronto, voy a enterrar aquí al que te ha hecho esto, Guetti, muy pronto. Se lo merece… se lo merece… — pestañeé un poco y volví a mirar a mi alrededor mientras empezaba a arrojar la tierra húmeda sobre el agujero con las manos. — Le prometí no hacer daño a nadie, Guetti. Le prometí no ser un psicópata… pero él no está… si no está no puedo tocarle… y si no puedo tocarle… — las manos me temblaban con violencia y la arena caía al suelo antes de que pudiera echarla sobre el agujero. — Me dijo que cuando deseara pegarle a alguien, le tocara… pero no puedo tocarle… porque no está… no está… así que tengo que matarle. — no podía tapar el agujero. No podía, iba demasiado lento. Las manos me temblaban demasiado.
Me dejé caer al suelo embarrado de rodillas.
—No está, Guetti. No hay nadie… estoy solo… otra vez… pero ¿sabes qué?… No les necesito… ¡No necesito a nadie! Todos son muñecos inútiles. Ni siquiera son personas. ¡Yo soy la única persona! ¡Yo soy el que juega con los muñecos y mi juego les llevará al infierno! ¡Nunca debieron salir de allí! ¡Bill tampoco! — cuando alcé la vista otra vez, vi que no estaba solo.
El Muñeco me miraba con la cabeza ladeada, curioso.
Le lancé una piedra que le atravesó limpiamente.
—La vida es un juego y yo soy quien mueve las piezas. Los demás son mis peones… mis muñecos… Bill también… ¡Bill también es un Muñeco! ¡El peor! ¡El muy cabrón ni siquiera está aquí! ¡Ni tú tampoco, Guetti! ¡Maldita perra, púdrete en el infierno, no te necesito! — me levanté del suelo, con la rabia crispándome las venas. Le pegué una patada al montón de tierra y la dejé caer sobre el agujero con lentitud, dándome la vuelta y empezando a andar en dirección contraria, dejándola a medio enterrar.
Oí un ruido que me crispó los nervios.
El Muñeco se reía de mí… otra vez…
Continúa…
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