Abandonado 9 (P.1)
Muñeco by Sarae. Temporada II
Capítulo 9 (P.1)

Fue tan brutal.
Primero sentí una molesta sacudida, tan débil que apenas fui consciente de que era mi propio cuerpo quien la recibía, como un pequeño látigo de adrenalina al sufrir una emoción fuerte frente algún estímulo. Luego, la sacudida me agujereó el pecho dejándome sin respiración. Un calambrazo despiadado, tan bestial que por un momento, pensé que había acabado en el infierno y que ese sería uno de los muchos castigos que recibiría a lo largo de la eternidad. No fue así.

Abrí los ojos de golpe, tan adolorido que se me saltaron las lágrimas. Mi espalda se arqueó débilmente y, antes incluso de que fuera consciente de que mis pupilas se habían clavado en algo conocido, en una superficie lisa y blanca que me ocultaba la visión del cielo oscuro en el que me había sumido segundos antes, un borbotón de manos se precipitaron sobre mí, agarrando mi cuerpo y empujándolo hacia abajo.

Revolví la cabeza un poco, aturdido y aún sintiendo el asfixia y el fuerte dolor en el pecho que me había masacrado por dentro. Cuando alcé la mirada un poco, empecé a reconocer cosas, cuerpos que se movían a toda velocidad a mi alrededor, voces entre aliviadas y preocupadas, algunas, incluso desesperadas. La gente vestía en bata blanca y un hombre, con una tarjeta plastificada colgada de la ropa, apartó unas placas de metal de mi vista, frotándolas entre sí y soltándolas sobre una superficie de metal próxima a él. Me incliné hacia delante, intentando levantarme, pero unas manos me agarraron del cuello y me colocaron con brusquedad una mascarilla en la cara, ajustándomela bien. Cuando me di la vuelta o, intenté hacerlo, vi las manos de una mujer cargando con una bolsa de un color rojo oscuro en la que se leí claramente, cero negativo. La colgó de una barra, a mi lado y observé medio ido como el líquido rojizo se escurría por un tubo transparente que se dirigía hacia… mi brazo. Una aguja lo atravesaba sin piedad sujeta por un trozo de esparadrapo. Unas repulsivas ventosas estaban pegadas a mi cuerpo, conectadas por cables cuyos extremos se hallaban sujetos a un aparato en el que se dibujaba una extraña línea amarilla que iba de arriba abajo. Un pitido insistente resonaba por toda la habitación: Pi, pi, pi, pi, pi, pi…

Mis ojos viajaron por toda la estancia, confusos, hasta clavarse de nuevo en la aguja clavada en mi brazo… y luego más allá, en el lugar que recibía una ligera presión por un montón de vendas que otra mujer hacía rodar sobre mi muñeca, apretándola con fuerza. Observé como el médico que había cargado con las placas de metal, arrojaba un montón de sábanas raídas y ensangrentadas a una minúscula papelera y luego, se volvía hacía mí, mirándome con curiosidad.

—Ha recuperado la estabilidad, doctor. — oí la voz femenina y suave de una chica a mí izquierda.

—Ya lo veo. Dios santo, ¿Cuánta sangre ha perdido? Se le ha parado el corazón durante más de un minuto.

—Sí, casi se va. ¡Qué pena de chico!

—¿Quién lo ha traído?

—Su padre, o padrastro. Al parecer lo encontró aún consciente, justo cuando acababa de cortarse, pero no pudo hacer nada por evitarlo. Aún así, habrá que hablar con él. Su madre también está fuera, junto con sus primos o amigos, no lo sé.

—Hay que llevarlo a la unidad de cuidados intensivos. Me preocupa el tiempo que su cerebro haya podido estar sin oxígeno.

—Ha recuperado la conciencia, doctor. — el hombre de la bata se volvió hacia mí. Se inclinó levemente, mirándome fijamente.

—¿Cómo se llama? — preguntó.

—Bill. Bill Kaulitz, doctor.

—Hola Bill, ¿Cómo estás? — me costó cierto trabajo darme cuenta de que el hombre se estaba dirigiendo a mí. — ¿Puedes hablar? ¿Me entiendes?

—Hum… — fue lo único que pude decir. Tenía la boca dormida. No sentía los labios y mi lengua se movía patosamente dentro de mi boca. — Eejj…

—¿Puede haberle afectado tanto la falta de oxígeno como para dejarle alguna secuela mental?

—No. Ha estado muy poco tiempo sin oxígeno. Está bien. Solo está aturdido, es normal. — el hombre se alejó de mí, más tranquilo. — Quiero que lo llevéis a la unidad de cuidados intensivos. Hay que vigilar los puntos, puede que los rechace y también, hay que vigilarlo a él. Podría volver a repetirlo. En cuanto recupere la consciencia plenamente, quiero que lo vea un psiquiatra.

—¿Y su familia, doctor?

—Hum… no quiero que le presionen. Está débil. Creo que será mejor que no lo vean hasta que descanse y hable con el psiquiatra. Él dirá si es necesario o no ingresarlo en un psiquiátrico después de esto. — ¿Psiquiátrico… un manicomio?

—No… — murmuré, pero ninguno pareció escucharme. De repente, la camilla en la que estaba tumbado empezó a moverse. La habitación empezó a dar vueltas con demasiada rapidez como para que mi vista cansada pudiera seguir sus movimientos.
Salí de la estancia, siendo arrastrado por dos enfermeras. Sí. Eran enfermeras, las reconocí. Entonces, estaba en el hospital.
Que desagradable.
Salir de ese hermoso sueño oscuro para aparecer aquí, de nuevo, en la cruel realidad. Quería volver allí. Quiero volver con Tom, allí dónde parecía quererme como algo más que un polvo ocasional y sin futuro. Allí era su Muñeco, otra vez. Había sido tan feliz cuando me lo había dicho.
Sigues siendo mi Muñeco. Sí, tu Muñeco, Tom. Para siempre.

Lo decidí rápido. Volvería a verle. Volvería a aquella maravillosa oscuridad fuera como fuera, aunque tuviera que enfrentarme a todo el hospital provincial, me daba igual. Volvería con Tom.
Pero esa idea tan clara desapareció de mi mente en cuanto los vi, en mitad del pasillo, desde la camilla. El doctor estaba hablando con ellos. Mamá estaba llorando. Gordon la estrechaba entre sus brazos. Georg estaba sentado en una silla, con la cabeza baja y las manos cubriéndole la cara. Gustav miraba al doctor con los labios temblorosos. Y todos se volvieron hacia mí en cuanto pasé por allí, arrastrado en la camilla.
Mamá se precipitó hacia delante, llorando, gritando mi nombre.

—¡Bill… Bill, oh dios mío! ¡Mi niño! — Gordon la agarró por los hombros, tirando de ella para que no se acercara. — ¡Suéltame! ¡Es mi niño, mi niño! ¡Mi hijo, mi Bill! — y rompió a llorar con más fuerza, cayendo al suelo de rodillas, gritando “Mi niño, mi niño…”
Desvié la mirada hacia la izquierda, esquivando aquella escena.
Joder, que mal hijo soy.
Sentí unas horribles sacudidas en el estómago de puros remordimientos.

Mi madre no era la mejor madre del mundo. Era demasiado sobreprotectora, tomaba las decisiones por mí, era quisquillosa, despistada e hipócrita… pero era mi madre. Y me había arropado las frías noches de invierno cuando era un niño. Me había felicitado y hecho regalos cuando había sacado buenas notas. Me había contado cuentos cuando no podía dormir por la noche a los nueve años y me había cambiado las sábanas de la cama pacientemente cuando no podía aguantar la orina por la noche, hasta que cumplí los doce. Me había llevado a mi primer parque de atracciones, al acuario, al zoo (pobres animales). Me había hecho ella misma mi disfraz de Halloween. Siempre había organizado mis fiestas de cumpleaños ella sola. Me había apoyado cuando tenía problemas y me había regañado cuando había hecho algo que no debía. Me había educado. Me había criado…

Mi madre no era perfecta, pero era mucho más de lo que se merecía un hijo que se acostaba con su propio hermano a espaldas de su madre y se cortaba las venas como un cobarde, intentando huir de las consecuencias de sus actos. Tantos niños solos en el mundo y yo, acaparando a una mujer que no merecía tener a semejante niñato egoísta por hijo.
Soy un monstruo egoísta, pero…

—No deberías desviar la mirada, chico. — oí a la enfermera que sostenía el gotero, arrastrándolo junto a mi camilla. — Es lo mínimo que le debes a tu madre. — me dijo.
Tuve ganas de gritarle. De replicarle ¿Qué demonios sabes tú sobre mí? ¿Te crees muy valiente, muy fuerte? Lo siento, pero yo no lo soy. Lo siento…
Pero no tienes derecho a criticarme si no puedes ponerte en mi lugar.

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By Tom

Tres semanas. ¿Cuántas cosas pueden haber pasado en dos semanas? El mundo podría haberse acabado. Podrían haber lanzado una bomba nuclear con tanta magnitud, que hubiera arrasado la tierra. Millones y millones de muertos. Todo arrasado.
Y yo seguiría igual, caminando por las calles desiertas, infectadas de cadáveres. No me afectaría lo más mínimo… supongo que porque yo soy uno de ellos. Que pueda andar y pensar no me hace diferente a un cadáver. Tampoco que sepa dónde está el hospital provincial y sea capaz de preguntar a la encargada, me hace muy diferente.

—¿En qué habitación se encuentra Andreas? — la encargada alzó la cabeza de un montón de papeles mal apilados y me miró. Su cara se desencajó en una mueca de horror que intentó disimular. Vaya, mi fama me precede.

—¿Andreas? — dejó de inmediato los papeles y se dirigió al ordenador. — ¿Andreas qué? — y me mordí el labio. Años y años y no me sabía el apellido del amigo que había dado su vida dos veces por mí.

—Andreas, Andy… a secas. No me sé el apellido. — la mujer me miró de reojo, pero no replicó.

—Solo hay un Andreas aquí, en la segunda planta… no. Le han dado el alta esta mañana. — suspiré.

—¿Por qué se la han dado? — la mujer me miró, intentando ser amable y ocultar la molestia que emitía su voz.

—Sólo se ha roto una pierna.

—¿Y la cabeza? Se golpeó la cabeza. Por eso ha estado tanto tiempo aquí. No reconocía a nadie. No me reconocía a mí. — empezaba a sulfurarme. Ella lo notó y se encogió sobre el asiento, intimidada.

—Lo siento. Pero yo no puedo darle esa información. — desencajé la mandíbula, con un desagradable sentimiento de ira recorriéndome las venas. Un chispazo que me atravesaba la aorta de parte a parte.

La encargada y yo nos miramos fijamente. Estaba seguro de que por su expresión asustada, estaba a punto de llamar a los de seguridad. Puta cobarde. No pienso hacerte nada, joder. Suspiré una vez más, intentando controlarme, pero fue inútil. El recordar cómo había arrastrado a Andreas hasta el hospital, inconsciente, sangrando a borbotones por la cabeza y por algunas heridas superficiales, con la pierna desencajada en una postura imposible, me hizo abalanzarme hacia delante recurriendo a la rabia en estado puro. La encargada se echó para atrás en la silla con tanta brusquedad, que cayó al suelo, sobresaltada y gritando. Agarré el ordenador y giré la pantalla hacia mí, sacudiendo el ratón y empezando a buscar por entre lo que supuse, serían expedientes de pacientes ingresados.

—¡Eh, eh! ¿Qué está haciendo? — ignoré a un enfermero que corría hacia mí. Si se acercaba más de lo que debía, le soltaría un cabezazo. — ¡Tom! ¡Tom, no puedes hacer eso! — miré de reojo al hombre y lo reconocí como uno de los pocos que trataban a Helem en aquel hospital. Vaya, que curioso. Se sabía mi nombre.
Se detuvo a unos pasos de mí, observándome con expresión muy seria.
—Tom, si no te apartas del ordenador, voy a tener que llamar a seguridad. — le dirigí una mirada escéptica y pasé de él. Debió de entender de sobra que no temía a la policía y mucho menos, a un puñetero guarda. — ¿Vienes a ver a tu madre, Tom?

—Cállate, Copito de nieve. — le gruñí.

—Tu madre pregunta todos los días por ti. ¿No crees que se sentirá decepcionada si la primera noticia que tiene de ti es que has atracado un hospital? — Andreas… encontré su expediente gracias a la fecha de ingreso y lo abrí. El peroné había sufrido una fractura limpia, la tibia padecía una leve grieta. Rasguños, varios puntos en la cabeza, contusión cerebral severa, amnesia ocasional, hemianopsia, hemiparesia… rehabilitación. El paciente progresa con rapidez… sin secuelas… — ¡Tom!

—¡No ha venido nadie a recogerlo! ¡Nadie! ¡Y lo habéis dejado salir, joder! — golpeé el teclado con fuerza. Varias teclas saltaron.
Por supuesto que nadie había podido venir a por Andreas, claro que no. Su padre estaba muerto. Su madre era una puta que no habría venido a visitarlo ni una jodida vez. Sólo estaba yo y ese imbécil ni siquiera me reconocía. ¡Jodida maricona rubia!

—¡Tom! — me giré, perdiendo la paciencia. — ¡Si no paras ahora mismo, voy a tener que llamar a la policía!

—¿¡Crees que tengo miedo a esas máquinas corruptas!? ¡Que te follen! — le pegué un tirón a los cables del ordenador. La pantalla rodó por la mesa y cayó al suelo, saltando en mil pedazos. La pisoteé con rabia delante de sus narices. — ¡Vengo a preguntar por un amigo hospitalizado y como respuesta obtengo la negación de una perra cobarde! ¡Vengo a ver a mi puta madrastra y solo veo enfermeros repipis que la miran por encima del hombro por estar postrada en una camilla! ¡Y ahora tú me amenazas con llamar a la policía! ¡Pues llama! — el enfermero encogió el cuerpo. El muy capullo estaba acojonado. Clavé la mirada en el teléfono inalámbrico que había en el recibidor, de última generación.

Así que en eso se gastaban los muy perros el dinero que yo les daba por cuidar de Helem, eh… Lo cogí y se lo lancé contra el cuerpo. Él se agachó, sobresaltado, y el teléfono cayó al suelo, recibiendo un golpe brusco, pero no lo suficiente como para destrozarlo.
—Llama a la policía. — le pedí. El enfermero alzó la mirada hacia mí, con el labio tembloroso. — Llama a la policía y diles que Tom Kaulitz te ha pedido que los llames. Diles que he destrozado el recibidor del hospital provincial, que he amenazado a un enfermero y aterrorizado a la mujer que lleva los expedientes. Diles que he armado un gran alboroto y, cuando lo hagas, dime qué te han dicho. No pierdes nada y conociendo a la policía, yo tampoco. — sonreí y el enfermero vaciló. Le temblaban los hombros.

Decidí ahorrarles un mal rato y salir de allí en busca de Andreas. No tenía tiempo para joder a los ineptos del hospital.
Salí de allí tranquilamente, siendo observado de lejos por todos los testigos del crimen. Lo cierto es que no tenía miedo de la policía. Yo no. Eran fácilmente manipulables. Los demás, Ricky, Andreas, Black… ellos sí tenían razón para temerla y también, odiarla. Sobretodo Black, siendo cómo era. Yo era el único que mantenía contacto con ella y la manipulaba como me daba la gana, a cambio de algunas cosillas, casi siempre, información. Un negocio interesado. A ellos no les convenía tocarme los huevos y a mí no me convenía que se entrometieran en mis asuntos. Todos felices… hasta cierto punto.

Decidí encontrar a Andreas aunque tuviera que patearme todos los barrios bajos. Sería un milagro que hubiera logrado llegar a casa sano y salvo con una pierna rota.

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By Bill

Cierra la boca. No respires. Concéntrate en las puntas de tus dedos. Mantén los ojos bien abiertos y pestañea cuanto menos, mejor. Cuidado con la postura de la espalda, bien estirada, pero ten cuidado con los tendones. Abre la boca cuando sea necesario, así, bien… si absorbes el agua por el canal de tus pulmones, estás acabado. Estira las piernas y muévelas… cuidado con los tendones otra vez, para eso está el calentamiento. ¿Estás listo, Bill? El agua es parte del ser humano, ¿Por qué deberías temerla? Pero si no te mueves bien, puede tragarte. Así que no te fíes del agua, nunca.

No te fíes del agua aunque sea parte de ti.
No te fíes de nada. De nada. De nadie. Sólo estás tú… solo… y debes sobrevivir, nadar a contracorriente. Si lo consigues, nada podrá detenerte. Si fracasas, sólo te espera la muerte, ahogarte, dejar que el agua te trague, sin remedio. Muerto.
¿Estás preparado? Pues salta… ¡Salta!

… Esos fueron los pensamientos que se cruzaron por mi cabeza en el bordillo de la piscina, segundos antes de saltar de cabeza y fundirme con la claridad del agua.
Habían pasado años, no recuerdo cuantos, pero muchos años desde la última vez que metí un pie en una piscina pública o en el mar de las playas de España, cuando iba de vacaciones con mamá, Georg y Gus mis invitados y, un año, también Natalie.
En invierno, había planeado unas vacaciones veraniegas con Tom por allí, esta vez, los dos solos, sin mamá, ni Georg ni Gus para acompañarnos. Tom nunca había visto el mar. Estaba seguro de que le encantaría. Allí se estaba tan bien… pero no surgió la ocasión. Rompimos antes de que pudiésemos ir.
Me pregunto qué cara hubiera puesto al ver el mar…

Yo adoraba el agua y no entendía cómo era posible que hubiera estado tanto tiempo alejado de ella. Hacía años, en la competición nacional, representando a Hamburgo, me zambullí en el agua y nadé tan rápido, estirando tanto los brazos y las piernas, que me dio un tirón horriblemente doloroso en la pierna izquierda. Aún así, no me detuve hasta que llegué al final, aguantándome el dolor y fui tan rápido que, ¡Paf! Me comí literalmente la pared de la piscina y me quedé inconsciente en el agua. Tuvieron que hacerme el boca a boca cuando me sacaron, un tío que estaba buenísimo, pero al cual he olvidado por completo. Cuando me desperté, me dolían todas las articulaciones. Estaba fatal, pero justo en ese momento en el que trajeron una camilla para llevarme a la enfermería, anunciaron que había ganado la competición. ¡Yo había ganado el campeonato nacional de natación del país! Me levanté del suelo, cogí mi medalla y subí al pódium que anunciaba el primer puesto con la medalla colgada al cuello. Nos hicieron fotos a los tres ganadores y presumí delante de las cámaras un rato. Por aquel entonces, yo llevaba el pelo corto y era el más joven de los participantes. Recuerdo que cuando me enteré de que había ganado, empecé a gritar que iría a las olimpiadas el año próximo, representando a Alemania. La gente me miraba como si fuera subnormal, pero yo era inmensamente feliz y nada de lo que dijeran o hicieran, podría acabar con esa felicidad… hasta que bajé del pódium, me cambié en los vestuarios y salí de allí para celebrarlos con mis amigos. Entonces… me rompí un brazo.
Tenía un tirón en la pierna izquierda el cual ignoré al saber que había ganado el campeonato, pero cuando empecé a bajar las escaleras rumbo al coche, salté el primer escalón, apoyé la pierna mala y sentí todo el dolor del tirón multiplicado por diez. Perdí el equilibrio y caí por las escaleras, rodando como una peonza humana y, cuando llegué al suelo, me aplasté el brazo contra él.

Grité como no había gritado en mi vida cuando me aplasté el brazo, y lloré y me medio desmayé al ver el cúbito atravesándome por completo el músculo y emergiendo de la piel como el pico de un iceberg, afilado y cubriéndolo todo de sangre.
La muñeca, el cúbito y el radio estaban completamente rotos, fragmentados. Tuvieron que operarme una vez y luego, mantener una escayola durante dos meses enteros. Después, seis meses de rehabilitación. Suerte que soy ambidiestro.
Después de aquello, le cogí aversión al agua y me ponía de mal humor ver a los demás bañándose en ella, chapotear, así que dejé de ir a la piscina y a la playa, a cualquier lugar que se le pareciera y empecé a quedarme solo en casa, en vacaciones.

Había estado dispuesto a superar mi aversión al agua cuando Tom y yo llegáramos a las costas de España, pero esa ilsuión estaba más hecha pedazos que nuestra relación.
No sabía qué hacía a las doce de la noche en la piscina climatizada en la que me había entrenado años antes para la competición. No sabía a qué coño habían venido esas ganas de ir allí en lugar de escapar lejos, tal y como había planeado. Me había colado en la noche, con todo oscuro salvo las luces de la piscina y otras pocas lucecitas que la rodeaban, iluminando el camino desde el suelo… pero allí estaba. Con solo unos boxers puestos nadando en la piscina totalmente solitaria.

Me había escapado de casa. Después de tres semanas, una de ellas hospitalizado y recibiendo constantes visitas de un psiquiatra que había acabado asegurando que yo estaba muy cuerdo, además de tener una perspectiva de la vida muy interesante, había vuelto a casa. Mamá, como era normal, no me había quitado la vista de encima, tan preocupada que rayaba lo paranoico. Incluso me prohibía afeitarme los sábados y había acabado con una barba horrible, molesta y muy puntiaguda. Gracias a Gordon, que consiguió convencerla para que al menos, fuera él quien me afeitara, me atreví a salir a la calle, escapándome de casa por la noche cuando mamá se fue a la cama, con solo una mochila, una maleta bastante grande y, como no… Scotty.

No podía dejarlo atrás, por supuesto. Aunque más bien me lo había llevado por miedo a quedarme solo. Al menos él, podría ayudarme a pensar con claridad cuando no supiera qué hacer al acabárseme el dinero que, practicamente, había robado a mamá.
Scotty estaba sentado lejos del agua, moviendo la cola mientras me miraba nadar de aquí para allá. Mi perro odiaba el agua a muerte, eso era innegable.

—¡Scotty! — lo llamé desde el bordillo. — ¡Scotty, ven al agua conmigo! — el perro me miró fijamente, dejando de mover la cola y bostezó, tumbándose en el suelo al fin, fingiendo cansancio. — ¡Serás perro! — me quejé. Casi puedo jurar que vi como Scotty levantaba una ceja, irónico.
Dejé mi cuerpo flotando boca arriba, mirando el techo, cansado de nadar de un lado a otro como un loco. Luego, dejé que mi cuerpo se hundiera expulsando todo el aire de mis pulmones. Empecé a bucear por el fondo, con los ojos abiertos. Luego, me escocerían por culpa del cloro, pero de momento, iba bien. Debajo del agua, mi mirada cansada se clavó en las cicatrices de mis muñecas. Formaban una fea línea horizontal que las atravesaba de parte a parte, de un color amarillo parduzco, muy finas pero obvias. No quería que nadie se fijara en ellas, por eso, siempre llevaba un par de muñequeras puestas, para disimular… que era un depresivo.

Lo que más me jodía es que siempre recordaría a Tom por eso, grabado a fuego en mi piel y en mis venas.
Subí a la superficie cuando se me acabó el oxígeno y empecé a asfixiarme y en cuanto saqué la cabeza y pestañeé, oí los ladridos alocados de Scotty a un lado de la piscina. Lo miré. Se había acercado tanto a la piscina que casi tocaba el agua. Parecía realmente exaltado.

—Scotty… — nadé hasta él lentamente, apoyándome en el bordillo. El perro siguió ladrando. — ¿Qué te pasa? ¿Qué mosca te ha picado?

—¿Mosca? Yo diría más bien que es un perro listo. — creo que me puse pálido al oír una voz a mis espaldas. Me habían pillado. Llamarían a la policía y me llevarían de vuelta a casa y entonces, con mi madre a sobreaviso sobre mis intenciones de huida, la cosa se pondría mucho más difícil. No podría huir hasta pasados meses.
Me di la vuelta para suplicar a quien me hubiera pillado. Saldría de la piscina y me las piraría rápidamente, pero por favor, que no llamara a la policía o me arruinaría la vida más de lo que ya lo estaba.
En cuanto me di la vuelta y reconocí al hombre que me miraba de cuclillas desde el bordillo, comprendí que no sería necesario suplicar. Al menos, no demasiado…
—Así que a esto te dedicas por las noches, Billy.

—Sparky… — el que había sido el dueño de mis pesadillas durante las largas horas de instituto, me miraba con seriedad desde su posición. No parecía muy feliz de verme… y yo tampoco a él, pero probablemente por motivos diferentes.
Tenía una deuda pendiente con él. Por haberlo acusado injustamente de ser él quien había enviado los mensajes revelando mi relación con Tom, por no confiar en él, por dudar… por largarme y dejarle solo, defendiéndome, por que sí. Me había defendido.

Los rumores de una pelea titánica en la escuela habían traspasado barreras. Justo cuando yo me había largado de la universidad como un cobarde, Derek se había echado encima de los dos capullos que se habían reído en mi cara, de sus dos colegas más leales. Habían roto mesas, ventanas, ordenadores… no estoy seguro, la gente tiende a exagerar, pero una cosa estaba clara. Las consecuencias para Derek habían sido nefastas. Lo habían expulsado permanentemente, uno de sus amigos le había denunciado por lesiones corporales y para colmo, se había extendido el rumor de que era marica, por haber defendido a uno. De hecho, la gente había empezado a suponer que él y yo nos acostábamos juntos y éramos pareja…
Bueno, al menos algo de razón tenían.

—¿Qué… qué haces aquí? — le pregunté desde el agua, apartándome el pelo empapado de la cara.

—¿Tú que crees? — fruncí el ceño y até cabos enseguida. Él sonreía pese a que había convertido su vida en una auténtica mierda. No sabía qué hacía allí ni cómo me había encontrado, pero era bastante obvio lo que había pasado. Lo que no comprendía era por qué se había puesto a buscarme. Debería odiarme.

—Te han asustado…

—¡Y de qué manera! Estaba viendo la tele tan tranquilo en casa y de repente, me llama Georg, un tío con el que no me llevo nada bien, preguntándome si Bill, aquel con el que llevaba tres semanas sin hablar después de que me acusara de ser un traidor manipulador, estaba conmigo. Resulta que el niño caprichoso se ha escapado de casa. ¡Muy astuto, desde luego! Y ahora dime… ¿Se puede saber qué coño haces aquí, Bill? ¿Pretendes salir nadando por una alcantarilla o vas a dejar que te trage la depuradora? ¡Eres gilipollas, joder! — su actitud tan irritada me sobresaltó. Estaba acostumbrado a ver a Sparky cabreado, pero no a Derek. Los dos eran personas completamente diferentes. Derek tenía mucha más paciencia, pero parecía haberla perdido por completo. Pero bueno… ¿No sabía con quién estaba hablando? Le di la espalda en el agua y aleteé con las piernas, asegurándome de que un buen montón de agua le salpicara la cara. — ¡Eh! — gritó, y yo me zambullí, empezando a nadar a brazas hasta el otro lado de la piscina. Me agarré a las escalerillas dispuesto a salir cuando Derek, empapado, corrió hasta mí y me bloqueó la salida. Por supuesto, aunque fuera el mejor en natación, no podía competir con alguien que usaba las piernas para correr por tierra.

—¿Qué puñetas quieres, Derek? — me costaba trabajo sacar corage de dónde no lo había, pero pese a ellos, estaba muy dispuesto a echarme encima suya como una pantera para conseguir mi libertad, por fin, después de tres semanas. Mi error había sido desviarme del recorrido planeado para colarme en una piscina pública. Un error que no estaba dispuesto a permitir que me arruinara mis planes de futuro… por muy insistente que Derek fuera y por muy bueno que estuviera.
Tres semanas sin ver a más personas que a mi madre, mi padrastro y mis amigos, me habían trastornado seriamente.

—Quiero que salgas de esa piscina de mierda, cogas tus maletas y a tu perro, y vuelvas a casa.

—¡Ja! ¿Estás loco? Llevo semanas esperando mi oportunidad. ¡No voy a renunciar a ella ahora que estoy tan cerca de salir de esta apestosa ciudad tan superficial! — Derek retrocedió cuando salí de la piscina por las escalerillas y me miró fijamente, sin disimulo alguno. Paseó su mirada penetrante a lo largo de mi cuerpo, poniéndome el vello de punta, haciéndome estremecer. — Eh, deja de mirarme, ¿vale? Me pones nervioso. — él se quedó callado, pero supe lo que quería decir por la manera en la que tragó saliva.
Esquelético.

—Bill, vuelve a casa. Tu madre está muy preocupada por ti. Cree que vas a colgarte de una viga o algo así…

—¿Y qué te hace pensar que no voy ha hacerlo? — caminé hasta Scotty, sentado al lado de mi mochila de viaje dónde había dejado mi ropa seca. Le acaricié la cabeza para que se tranquilizara, sentándome en las gradas a su lado y suspiré. — Sabes que me he cortado las venas, ¿no? Que he intentado matarme, ¿verdad?

—Sí.

—Entonces, ¿Qué te hace pensar que no voy a volver a intentarlo?

—Tú no eres un suicida, Bill.

—¿Cómo lo sabes? ¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Te conozco y sé que no… — golpeé las gradas con el puño cerrado, rabioso. ¡Sería hipócrita!

—¿¡Conocerme!? ¡¿De qué, de un polvo?! ¡Tú no tienes ni zorra idea de mí, Derek, no te hagas el listo ahora! ¡Yo nunca te he importado una mierda, nunca te han importado mis sentimientos! ¡Los aplastabas como si fueran un montón de hormigas intentando construir un homiguero y te reíais, disfrutabas de ello! ¿¡Y crees que por hacerme un par de regalos y poner buena cara cuando me ves, todo va a estar bien!? ¡Tengo ataques de ansiedad y un problema con los nervios, pero no soy gilipollas y tampoco me vendo como una puta a cambio de regalos caros! ¡¿En serio creías que por ser tú, ibas a poder convencerme para volver a casa?! ¡Un cuerno! — el lomo de Scotty se encorbó, erizándose, empezando a gruñirle al desconocido. Derek no pareció inmutarse en absoluto.

—Bill, joder, no te pido que lo hagas por mí. Tu familia está preocupada.

—Tampoco sabes nada de mi familia, Derek.

—Sé que tu familia te quiere. Que quiere protegerte, cuidarte. Sacarte del pozo de mierda en el que estás metido…

—¡Pues no lo consiguen! ¡Mi familia no sabe hacer otra cosa que intentar solucionar mis problemas! Puedo parecer egoísta… ¡Pero quiero arreglármelas yo solo y sé que aquí, eso es imposible! — Derek frunció el ceño, astuto.

—¿Por eso quieres largarte de aquí? ¿Para estar solo? Para… ¿Intentar partir de cero, solo? — eso era exactamente lo que quería. Renacer, pero no en Hamburgo, no cerca de una madre extremadamente sobreprotectora y unos amigos que te solucionan los problemas a tus espaldas. Sabía que era egoísta… pero el día que salí del hospital, después de que una niñata que conocía del instituto me llamara pervertido a la cara cuando nos cruzamos por los pasillos, decidí no volver a depender nunca de nadie más. Nunca.
No me mataría porque sabía que eso haría daño a mi familia, pero no me quedaría con ellos para que me vieran sufrir, consumirme poco a poco hasta volverme loco, día tras día. Me iría por mi bien y por el suyo y, cuando volviera, cuando me convirtiera en un auténtico hombre independiente que sabría solucionar sus propios problemas, quizás le contaría a mamá el por qué de mi huida y esperaría que me perdonase.

—Sí, Derek. Me largaré de aquí a algún lugar, buscaré trabajo y compartiré piso con alguien. Saldré adelante. Sólo tengo que salir de aquí y…

—¡Tal y como pensaba, eres un pobre ingenuo! — le miré de reojo, irritado por sus gritos, por la manera que tenía de arruinar mis esperanzas de futuro con tanta facilidad. — Bill, la vida no es un camino de rosas. ¿Te crees que con un poco de fuerza de voluntad vas a conseguir una casa, comida, ropa, trabajo, con solo chasquear los dedos? ¡No me jodas! ¡Además, tú no has trabajado en tu vida!

—¡Ah! ¿Y tú sí?

—¡No estamos hablando de mí!

—¡Derek, para que me den la paliza con estúpidos sermones, ya tengo a mi familia! ¿Tienes una idea mejor?

—¡Sí, vuelve a casa!

—¡He dicho, mejor! — Derek se sulfuró. Soltó un gruñido que sonó totalmente desesperado, impaciente y se llevó las manos a la cara. Negué con la cabeza y desvié mi mirada, cansado de esa conversación de vesugos. — No vas a hacerme cambiar de idea, Derek.

—¿Por qué, Bill? ¿Es que no te das cuenta de que me tienes completamente jodido? — sonreí.

—Defíneme jodido. — Scotty no le quitaba los ojos de encima a Derek, pero enseguida se relajó cuando empecé a toquetearle la cabeza y el lomo, ignorándolo por completo.
Durante unos segundos, se formó un silencio sepulcral entre los dos y observé por el rabillo del ojo como Derek empezaba a caminar, alejándose de mí a paso lento. Iría a llamar a mi familia, seguro, en cuanto saliera de la sala. Cogería el móvil y marcaría y esperaría a que aparecieran todos para llevarme a casa aunque fuera a la fuerza. Esperaría a arruinarme la vida una vez más, tranquilo, sentado en un banco cercano para poder observarlo todo de cerca.

Y una mierda.
—Vámonos Scotty. — le susurré al perro, levantándome del suelo y agarrando mi ropa con rapidez, siendo observado atentamente por el chucho y, en cuanto empecé a ponerme los pantalones, oí el ruido del agua agitada, las gotitas volando por el aire salpicando todo lo que había alrededor y las grandes hondas que se formaban en la superficie después de haberse hundido un objeto enorme en ellas… o quizás una persona enorme. — No me jodas… — busqué a Derek con la mirada. Ni rastro. Luego observé la piscina, con la corazonada de que mi rubio se había tirado en un intento de llamar mi atención. Sería idiota… pues no pensaba tirarme a buscarle. Lo ignoré por completo y empecé a vestirme, pero en cuanto vi que no emergía a la superficie, empecé a ponerme nervioso. ¿Y si no sabía nadar? ¡Maldita sea! ¿Qué tío de veinte años no sabe nadar? No pude evitar acercarme al bordillo, soltándome los pantalones que cayeron al suelo. Scotty ni se acercó, ladeando la cabeza y haciendo ruiditos con la boca.

Me asomé al bordillo, agachándome de cuclillas, intentando ver algo en el fondo de la piscina, buscando su cabeza rubia. — ¿Derek? — y ¡Bum!, una mano salió del fondo, me agarró del cuello y me lanzó de cabeza al agua. Tragué y casi me ahogué del susto. Un cuerpo musculoso me atrapó, rodeándome la cintura con sus brazos y pegándome al torso duro, cubierto por una camiseta pegada y, en lugar de arrastrarme hacía abajo, me subió a la superficie.

—¡Te tengo!

—¡Cof… Cof! ¿¡Derek eres gilipollas!?

—Bill, si hubiera sabido antes que ibas a acabar con esas estupideces metidas en la cabeza, ¡No te hubiera salvado cuando te rompiste la cabeza contra la pared de la piscina!

—¿Qué coño…? — Oh… ¿cuándo me rompí la cabeza…? — ¿Cómo sabes tú eso? — Derek me tenía agarrado por la espalda, impidiéndome hacer otra cosa que no fuera patalear. Oí los ladridos nerviosos de Scotty a lo lejos, acercándose a la piscina y mirándola con temor, vacilando entre si tirarse a buscarme o no.
Derek me soltó la cintura y tiró de mí, situándome frente a frente. Me miró con una sonrisa ahogada, exaltada, irregular, con unos dientes perfectamente blancos. Su mano me acarició la mejilla, despacio. Por la expresión de su cara, parecía disfrutarlo.

—Yo estuve allí, animándote desde las gradas. Ví como ganabas el campeonato y como te golpeabas la cabeza contra la pared por ir demasiado rápido, como empezaste a hundirte en el agua, inconsciente. Cómo tu madre empezó a gritar tu nombre. Y yo salté de las gradas, las atravesé hasta llegar al suelo, corrí hasta la piscina y te agarré antes de que nadie reaccionara. Te saqué fuera del agua, te tumbé en el suelo. El socorrista exigió que todo el mundo se alejara porque no te dejaban respirar y antes de que él llegara hasta mi lado para hacerte los primeros auxilios, yo ya te estaba haciendo el boca a boca, besándote por primera vez. — sus dedos suaves se pasearon por mis labios, rozándome los dientes con el deseo de sentir la humedad de mi boca. — Nadie me reconoció porque todos estaban pendientes de ti. ¿Quién crees que llamó a la ambulancia cuando te rompiste el brazo? Todos estaban intentando calmar tus gritos.

—Pero… tú… — no me lo explicaba, ¿cómo lo sabía? ¿De verdad había estado allí el día del campeonato? ¿Cómo…?

—¿No lo entiendes, Bill? — sonrió. — te dije que no solo te acosaba para pegarte. — lo miré fijamente, intentando analizar sus palabras. No lo entendía.

—Me tienes hecho un lío. No lo entiendo, Derek. Te metías conmigo desde que era un mocoso, me las has hecho pasar de pena y de repente, un día te me declaras y empiezas a… — abrí los ojos como platos al oír su risa. No hacía pie en la piscina y me agarré a sus fuertes brazos para no hundirme.

—Yo tampoco lo entendía. Simplemente quería llamar tu atención. Quería saber más del capullo que me había robado el puesto de presidente del consejo estudiantil, que me había robado la popularidad. Me metía contigo y te hacía rabiar, nunca llegaba más allá. Luego… pasó lo del campeonato. Me enteré por casualidad de que ibas a clases de natación y un día, fui a la piscina con la única intención de gastarte una broma y, de paso, ver si era cierto. Y lo era. Recuerdo que me asomé por una de las ventanas y te vi allí, en el bordillo de la piscina, con solo ese bañador tan ajustado, inclinado hacia delante para saltar al agua. Por aquel entonces, tenías el pelo bastante más corto que ahora, pero aún así era demasiado largo. Vi como te peleabas con tu entrenador porque te exigía que te lo cortaras si querías ser el mejor. Tú te cabreaste, pasaste de él, te quitaste el pelo de la cara agarrándote el flequillo con un clip, te pusistes las gafas de bucear y retastes a unos tíos mucho mayores que tú. Te movías en el agua como una anguila y les ganaste por metro y medio. Tengo grabada esa imagen en mi cabeza desde entonces. Tu cuerpo saliendo del agua, empapado, casi desnudo, con los músculos marcados, el pelo revuelto, las mejillas ruborizadas y la respiración agitada. Los ojos penetrantes, brillantes, agresivos, como los de un tigre hambriento. Fue entonces cuando me di cuenta de que algo no estaba bien en mí. Cuando esa misma noche soñé contigo de esa manera, pero en mi cama. Me desperté con una empalme de caballo. — no pude evitar reír ante la ironía. No podía ser, era ridículo. Nunca se me había pasado por la cabeza que Derek estuviera obsesionado conmigo de esa forma. Él siempre… ¿había querido follarme?

—¿Quieres decir que tú… siempre…?

—Te he estado observando, siempre. La primera vez que soñé contigo, te odié a muerte. Por eso, cuando te vi en el instituto un día después, te aticé por primera vez. Las otras veces… fueron iguales. Me habías descubierto una parte de mí mismo que consideraba vomitiva, por eso… quería matarte. Quería deshacerme de ti por miedo, por asco. Yo no quería ser… no quería ser…
—Un marica… — terminé por él. Derek asintió con la cabeza, despacio.

—Aún así, estaba obsesionado contigo y lo cierto es que te seguía a todas partes. En el instituto, intentaba moverme por dónde tú te movías, observándote de lejos y aprovechando cualquier oportunidad para llamar tu atención aunque fuera mediante burlas. Quería que tú me odiaras para que las mínimas oportunidades que tuviera contigo desaparecieran. Quería estar contigo, pero era algo que no me podía permitir y me hacía desconfiar de mí mismo. Por eso, cuanto más me odiaras, más difícil sería alcanzarte y más fácil sería para mí observarte, sin que te dieras cuenta. Cuando me enteré de que ibas a participar en un campeonato, tuve que ir… y allí hice lo que llevaba queriendo hacer desde hacía mucho tiempo… te toqué y te besé… — Derek suspiró. Pude ver su melancolía a través de sus ojos cristalinos y su sonrisa vaga, cansada, pero feliz. — Recuerdo que sonreí como un idiota cuando abriste los ojos, tosiendo, después del boca a boca. Esperé que me miraras y sonrieras, pero no lo hiciste. Te echaste a un lado, ignorándome por completo, sin reconocerme y cuando te recuperaste un poco, fuiste corriendo a por tu premio gritando que irías a las olimpiadas. Luego te rompiste un brazo. Te vi rodando por las escaleras e incluso oí el crujido del hueso, seguido de tus gritos al momento. Vi la sangre, vi tus lágrimas, sentí tu dolor… todos fueron corriendo hasta ti y yo… no tuve el valor de ir. Se descubrirían tantas cosas… así que llamé a una ambulancia, esperé a que llegara y te seguí en taxi hasta el hospital. Luego… bueno… te vi siendo arrastrado en camilla, con los dientes apretados, las mejillas empapadas y medio desmayado, blanco como la leche. Lo demás… es historia.

—¿Fuiste a verme al hospital? — le pregunté, ansioso. Él negó con la cabeza.

Continúa…

Gracias por la visita. No te vayas sin comentar.

por Sarae

Escritora de Muñeco

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