Abandonado 9 (P.2)

Abandonado 9 (P.2)
Muñeco by Sarae. Temporada II
Capítulo 9 (P.2)

—Te dieron el alta en cuanto te pusieron la escayola.

—No, esa vez no. Cuando… — bajé la mirada hasta mis muñecas, posadas en sus hombros. No estaba muy orgulloso de ello, la verdad. Me daba incluso vergüenza hablar de ello, de mis venas cortadas. Derek me agarró el brazo derecho y lo apartó de sí, sosteniéndolo frente a sus ojos, observando la cicatriz de la piel. — Una vez, una enfermera me dijo que debían quererme mucho, más de lo que yo pensaba. Me dijo que no debía avergonzarme, que si quería podía dejar pasar a mi novio una noche, pero con la condición de que no hiciéramos ruido y que uno de mis amigos estuviera presente. No sabía a qué se refería, así que se lo pregunté y ella dijo que un chico joven y muy guapo, venía todas las noches y se quedaba frente a mi puerta, velando por mí. No sabía quién era… pero… — Derek se rió con suavidad.

—¿Y crees que fui yo?

—¿No fuiste tú?

—No, es imposible que fuera yo. Dices que alguien estuvo allí todas las noches ¿no? Pues yo falté la noche que te ingresaron, así que… — la sonrisa me salió por sí sola, sin necesidad de forzarla como lo había hecho en tantas ocasiones. Era consciente de que Derek quizás no se la merecía, pero no pude evitarlo.

Recuerdo que cuando Gus y Georg se enteraron de que me había acostado con Sparky, mi eterno enemigo, se controlaron para no echarse encima de mí con rabiosos sermones, pero aún así, Georg no se pudo controlar y gritó: ¿Por qué, Bill? ¿Qué te han hecho a ti las relaciones normales entre chico y chica de toda la vida? ¿Por qué tienes que empeñarte en intentar simular a Romeo y Julieta? Primero, Natalie, una puta sin escrúpulos. Después, Tom, que no solo es tu hermano gemelo, si no que encima es un delincuente con muchos menos escrúpulos que tu primera novia. Ahora… ¡Sparky! ¡El tío que te ha estado acosando desde parvulitos! ¡Bill, por favor, tu vida amorosa es de culebrón! ¡Córtate un poco, tío y sal con personas normales para variar!

Era tan fácil decirlo… pero ¿Cómo decir que no a la única persona que, aún en la sombra, haciéndome el día a día imposible, había estado ahí, sin engañarme, sin traicionarme, sin intentar resolver mis asuntos, sin dominarme, dejándome libre para decidir por mí mismo, abriéndome los ojos cuando eso era lo que más necesitaba? Quién me había defendido y se había sacrificado por mí.
Sin duda, pese a todas las amenazas, humillaciones y demás, si había una persona que merecía un trato distintivo de mí, ese era Derek.

—¿Y por qué? ¿Por qué has estado tanto tiempo siguiéndome? ¿Qué quieres de mí, maldito chucho atómico? — pregunté. Sparky sonrió y sus manos descendieron hasta mi cintura de nuevo, bajo el agua, acariciándome el principio de la espalda, cerca de la cinturilla de los boxers.

—Quiero que seas mi… novio. En otras palabras, mí… Muñeco.
¡Bum bum, bum bum, bum bum…! El corazón se me subió hasta la garganta. Sentí los labios temblorosos y la boca seca… ¿Qué acababa de decir? ¿Muñe…co?

—¿Qué…?

—Yo no soy Tom, Bill. Por eso no creas que estoy intentando jugar contigo ni por asomo. — ¿jugar? ¿Quién estaba hablado de jugar? Yo… ya no era el Muñeco de Tom. Ya no… le daba tanto asco… no tenía dueño, lo sabía muy bien pese a lo que había visto en aquella oscuridad etérea, en aquel lugar dónde me había encontrado después de cortarme las venas, dónde le había visto y él me había tocado, besado, y dicho que seguía siendo su Muñeco. Su precioso Muñeco. Y… aunque sabía que había sido un sueño, una ilusión por mis ganas de verle, al borde de la muerte, aunque sabía que el verdadero Tom me odiaba, no podía evitar sentirme suyo.

—Pero yo… — no sabía si estaba llorando o era el agua de la piscina lo que se escurría por mi cara. Era horrible. Por culpa de Tom yo no podía querer a una persona que al menos, había sido sincera, que me gustaba mucho, que me quería como él no había sabido quererme. Por tu culpa, Tom. Por tu culpa. ¡Te odio! — ¡Pero es que yo sigo enamorado de Tom, Derek! ¡No puedo ser tu Muñeco, no es justo! Tú… ¡No puedes competir contra Tom! ¡Sé que es un idiota, pero le amo demasiado!

—Ya lo sé, Bill. ¿Te crees que soy idiota? Sé que estás loco por él, pero también sé que yo te gusto… — acercó su cara, estrechando los brazos alrededor de mi cintura. Rozó su nariz con la mía y pude ver como el tono melancólico de sus ojos se volvía agresivo, intimidante. — … y mucho. No puedo competir contra Tom, no por ahora. Pero si me das una oportunidad, lo liquidaré. Lo haré desaparecer de tu vida. Haré que desaparezca. Puedo hacerlo… llevo entrenándome para ello desde la primera paliza. Y lo conseguiré. — dejé que sus brazos me apretaran aún más contra su cuerpo, hasta hacerme notar su polla rozándome el muslo. No estaba duro… no del todo, al menos. — Bill… yo puedo sacarte de aquí, llevarte a dónde tú quieras. Estoy seguro de que lo sabes. — tragué saliva. Sí, lo sabía. Tener a Derek sería una solución rápida y fácil a volver a mi día a día encerrado en casa, vigilado constantemente por mi familia, temiendo que algún día, mamá se enterara de todo. Una solución rápida y fácil y, además, Derek tenía razón. Él me gustaba, muchísimo.

Quizás no sería mala idea…
Derek esperaba mi aprobación. Su pecho subía y bajaba, acelerado, chocando contra el mío. Estaba muy nervioso, el corazón le latía intensamente. Me incliné hacia delante, rozando mi nariz con la suya y le besé en la boca. Sentí las gotitas de agua salpicarme la cara. La abrí sobre la suya y encajamos al instante. Mi lengua lamió sus labios buscando la manera de entrar y me la saboreó con la suya en cuanto la atrapó en su boca, cerrándola sobre la mía con posesividad, ansioso. Le rodeé el cuello con los brazos, hundiendo los dedos en su pelo rubio y me colgué de su cuerpo, cerrando los ojos, moviéndome sobre él intentando imitar el ritmo de su lengua dentro de mi boca, escurridiza y juguetona. Su saliva se mezclaba con la mía. Me lamía y me mordía con ganas. Sus manos descendieron desde mi espalda hasta aprisionarme el culo. Me apretó las nalgas a dos manos, impulsándome hacía arriba y separó sus labios de los míos con lentitud. Derek sonrió al sentir la pequeña bola de metal balancearse sobre mi lengua.

—Esto no significa que me hayas hecho cambiar de idea. — murmuré, desencajándole la camiseta blanca empapada, colando mis manos dentro de ella, acariciándole la espalda ancha y suave. La camiseta se pegaba al torso como si fuera una muda de piel. Sus músculos me recordaron a los de los bomberos que había visto durante el último simulacro de incendio de la universidad. Me ponía tanto que estuvieran tan duros, pegados a mi cuerpo débil y esquelético. Había adelgazado tanto durante las últimas semanas, que daba pena mirarme. Pero eso Derek no parecía notarlo.

—Lo sé. Habrá que ponerse insistente. — empecé a oír los ladridos de Scotty acercarse cuando Derek me apoyó contra el bordillo de la piscina, en la parte menos profunda de la misma, cogiéndome por el trasero con descaro y aupándome hasta que mi pecho quedó fuera del agua, frente a su cara. Encogí las piernas, apoyándolas a ambos lados de sus costados.

—Derek, voy a irme… — apoyó su cabeza contra mi pecho, sus labios dirigidos por la lengua recorrieron mi torso empapado, absorbiendo cada gota de agua con cada lamida hasta llegar a mis pezones, mordisqueándome el izquierdo. — Hum… me voy a ir de aquí… — jadeé. — Quieras o no… — por un momento Derek alzó la mirada, observándome con fiereza. Cerró los ojos entonces y estrelló mi cuerpo bruscamente contra la pared de la piscina, clavándome el bordillo en la espalda y su cuerpo plenamente vestido contra el mío. — ¡oh! — me agarré a él como si mi vida dependiera de ello. Le clavé las uñas en el cuello y la espalda. Sentí su polla despierta restregarse contra mi ingle. Ahora sí que estaba duro, como una piedra.
Me clavó los dientes alrededor del pezón, con saña. Lo toqueteó con la puntita de la lengua, ensalivándolo bien hasta que se puso duro entre sus dientes. Luego lo succionó. Me puso completamente tieso.
—¡Ah! — cualquiera se hubiera quejado por la bestialidad con la que me mordía, como si quisiera llevarse un trozo de piel con él. Pero yo no era cualquiera. Era un maldito masoquista. Desde luego, con Tom lo era. Claro, que él no era menos.

El cuerpo me temblaba de lujuria pura. Mi espalda se arqueó sintiendo la boca mojada de Derek bajando por mi cuerpo, desde el pezón hasta la cintura de los boxers. Solo mis piernas estaban ya dentro del agua. Mi cabeza dio contra el suelo que rodeaba la piscina, empapándolo por el agua del pelo.
Derek empezó a bajarme los boxers, despacio. Su pelo se restregaba contra mi bajo vientre mientras su lengua lamía la piel que iba quedando al descubierto hasta mi ingle. Me la mordió en cuanto fue visible, abriéndome las piernas con sus grandes manos. La notaba… hacía bastante tiempo desde la última vez que me puse tan duro. Mi polla haciendo presión contra mis boxers, intentando salir aunque fuera rasgando la tela, intentando escapar del dolor de la prisión. Derek me lamió la base, empezando a recorrerla con la lengua hacia arriba, cerrando los dedos de una mano en torno a ella.

—Derek… vamos… estoy duro… ¡Ah! — sentí de repente un pinchazo en la zona más íntima de mí. Derek se deshizo de los boxers y mi pene tembló de excitación al desaparecer la prisión de tela, totalmente empapado y tieso.
Apoyé los brazos en el suelo para mantenerme erguido, observando el rostro lujurioso de mi rubio, observándome con fascinación y deseo. Se mordió el labio inferior. La mitad de su cuerpo estaba fuera del agua, de cintura para arriba. Se apartó de mí unos segundos, quitándose la camiseta con una mano, mostrándome su torso musculoso y fuerte… mucho más que Tom. Si no fuera porque sabía perfectamente que Tom era un monstruo sádico encerrado en el cuerpo de un hombre, temería que Derek lo aplastase con sus brazos hasta convertirlo en un montón de huesos rotos.

Una de sus manos me agarró el culo con fuerza hasta clavarme las uñas. Pasó la otra a lo largo de mi cuerpo, aplastándola contra mi vientre, empezando a ascender con ella por mi pecho, restregándose hasta mi cuello. Arqueé la espalda, echando la cabeza hacia atrás, disfrutando.

—Joder, nene… pareces una estrella porno… eres… precioso… — estuve tentado de preguntarle si no tenía ojos en la cara. ¡Era un puto saco de huesos! Pero no podía negar que me hacía sentir tan cómodo que me dijera que era deseable…
Derek se echó hacia delante, pegando su pecho contra mi polla, restregándose contra ella. Un escalofrío me recorrió el cuerpo entero cuando sus dedos empezaron a indagar por el interior de mis nalgas, buscando, acariciándome los testículos con los dedos y luego… presionando en mi agujero sin piedad, dispuesto a entrar. Cerré los ojos con fuerza y encogí el cuerpo instintivamente, echando la cabeza hacia un lado, intentando contener los débiles espasmos que me sacudían el cuerpo por el placer. Me estaba penetrando con dos… no, tres… despacio… apreté los dientes.

—¿Te duele? — preguntó. Se inclinó hacia delante, empezando a salir del agua por los escalones que se hundían en la misma. En un momento, solo las rodillas quedaron dentro de la piscina. Sentí su pene palpitando, chocando contra mi pelvis todavía encerrado entre vaqueros. Suspiré.

—… Hace… hace semanas que no entra nada ahí…

—¿Ah, no? — temblé débilmente notando como me penetraba más a fondo, con rudeza, ensanchándome para dar paso a algo mayor. Jadeé y descendió la cabeza hasta mi cuello, paseando su lengua a lo largo de mi piel, hasta la oreja. — ¿Y quieres que yo entre? — murmuró. Giré la cabeza y le miré a los ojos. Le brillaban tanto, repletos de calientes ganas de tomarme… y también veía miedo, temor al rechazo.
Derek de verdad estaba… ¿Enamorado de mí?

—Sí… entra Derek… — suspiré y dejé mi cuerpo esquelético en sus manos. Observé medio tumbado en el suelo empapado de la piscina como mi rubio se bajaba los pantalones con una mano, sacando los dedos con los que me daba placer. Me aferré a sus brazos con nerviosismo en cuanto su cuerpo se dejó caer sobre el mío. Sentí la punta húmeda de su pene rozándome la entrada dilatada y dejé que me besara con gusto antes de penetrarme hasta el fondo.
Derek no merecía mi desprecio después de todo. Además… sería la última vez en mucho, mucho tiempo que nos viéramos y, sabía que allí dónde fuera, lo echaría de menos.
Aunque no tanto como echaba de menos a Tom.

.

By Tom

La fachada era vieja. La pared estaba descolchada y dejaba perfectamente a la vista los ladrillos derruidos que actuaban de pared. Las cañerías sobresalían, oxidadas, del muro central, goteando agua sucia. La puerta principal del bloque de apartamentos estaba rota, sin cerradura y la pequeña ventana incrustada en la misma estaba hecha añicos, cubierta por un trozo de simple cartón.

Entré en el bloque de apartamentos, encontrándome con unas odiosas escaleras empinadas difíciles de subir. Los escalones eran demasiado altos incluso para mí. Subí un par de pisos, ignorando los desconchones de las paredes, las goteras y alguna que otra rata aplastada contra el suelo, destripada. Algunos vecinos parloteaban en las escaleras, sucios y desgreñados, apestaban desde lejos. La piel era oscura, pero no lo suficiente como para considerarles negros y su vestimenta hacía juego con el bloque. En cuanto me vieron aparecer, enmudecieron y desviaron la mirada, sobresaltados y asustados de mi sola presencia.

Una niña pequeña que llevaba un vestido rosa oscuro a causa de la suciedad que había en él, salió apresuradamente de la vivienda que carecía de puerta, solamente interviniendo el paso de cualquier intruso una cortina vieja. Sonreía. Una muñeca de trapo estaba siendo espachurrada por sus delgados brazos. Chocó contra mí accidentalmente y soltó un gritito de espanto cuando su muñeca cayó al suelo, a mis pies. La niña alzó la cabeza y me miró a los ojos.
En ese corto periodo de tiempo en el que nuestras miradas se cruzaron, me pregunté si debería sentir pena por ella. Al ver la muñeca de trapo, sucia, vieja, destrozada, como todo lo que había allí, comprendí que sí. Debería… pero no la sentía.
Eso demostraba que estaba volviendo a ser yo.
Hacía tres meses, probablemente hubiera ido a una juguetería, habría comprado una muñeca nuevecita, limpia y bonita, y se la habría regalado.
Ya no.
Ahora simplemente me agacho, cojo la muñeca y se la entrego. La niña la mira desconfiada, pero finalmente, la coge y sale corriendo.

Tercero A. Ese apartamento era uno de los pocos que tenía una puerta en condiciones, con una buena cerradura. Alcé el brazo para llamar a la puerta cuando esta se abrió, dejándome cara a cara con un hombre alto, con bigote, cubierto con un chaleco y de escaso pelo. Me miró de arriba abajo y sonrió cuando pasó por mi lado, empezando a bajar las escaleras con ritmo apresurado. Intenté analizarlo con detalle, pero cuando ella se me puso delante, apoyada en el marco de la puerta, guardándose unos cuantos billetes de los gordos en el escote que dejaba ver el diminuto camisón transparente, supe que ese tío no era alguien que valiera la pena captar mi atención.

—Vaya, vaya, vaya… Si el pequeño Tom está aquí, ¿A qué se debe el honor de tu divina presencia? — preguntó ella, con ironía y un tono cargado de repugnancia. Su pelo castaño le llegaba hasta la cintura, tenía unas curvas bien definidas para su edad y un rostro sin una mísera arruga. La hubiera considerado guapa de no ser por su palidez enfermiza, esas ojeras oscuras y esas uñas demasiado largas incluso para mí, que le daban aspecto de bruja.
Bueno, en realidad, lo era.

—Andreas está aquí, ¿verdad? — ella se cruzó de brazos con expresión divertida.

—Oh, así que vienes a verle a él. Y yo que había pensado que venías a solicitar mis servicios. El pequeño Tom ya es un hombre ¿no? — se burló, sarcástica.

—No estoy tan desesperado como para contratar una puta y menos, una como tú.

—Ja… ¿Y estás tan desesperado como para tirarte a esa maricona que tengo por hijo? — decidí pasar por alto esa clara provocación.

—Lidy… ¿Me vas a dejar pasar o no?

—Si no te dejo, me tirarás la puerta abajo, ¿no?

—Eso dalo por hecho. — Lidy leyó la amenaza en mis ojos y se apartó, empezando a caminar hacia el interior del piso, mucho más ordenado y limpio que mi casa, pero también más pequeño. Las paredes estaban pintadas de rojo y un olor a incienso me cosquilleó la nariz.
Desde luego, se notaba que el piso estaba decorado por una puta. Parecía el lugar idóneo para grabar una película porno.

—¡Entra, estás en tu casa! — me gritó, tumbándose en el sofá, apoyando una pierna sobre el cabecero y dejando caer la otra. Pude ver perfectamente el color de su ropa interior ajustada y también, bastante transparente. Puse los ojos en blanco y clavé la mirada en la puerta del pequeño y desordenado cuarto de Andreas.

—¡Andy! — lo llamé, pero no hubo respuesta.

—Dime una cosa, Tom. Te tiras a mi hijo ¿verdad? Tú y ¿Cuántos más?

—No todos tienen complejo de puta como tú, Lidy.

—Desde que me enteré de que ese niño es un puto desviado, a veces pienso que uno de mis clientes puede haberle jodido a él. ¡Oh, dios! Si su padre supiera que es uno de esos chupapollas…

—Si su padre estuviera aquí y se hubiera enterado, Andreas estaría muerto y estoy seguro de que tú le hubieras dejado matarlo.

—Quizás… su padre hubiera preferido verlo muerto a verlo convertido en eso.

—Y tú también ¿no? — Lidy se encogió de hombros. Agarró un cigarrillo escondido junto con condones en un cajón de la mesilla y se lo llevó a la boca.

—¿Tienes fuego? — la imité, encogiéndome de hombros. Ella frunció el ceño, se levantó y caminó hasta el equipo de música, encendiéndolo y cogiendo el mechero que había sobre él. Se prendió el cigarro y le dio una calada rápida. — Si no hubiera sido por ti… el pequeño Tom, parecía tan inofensivo… ¿Quién me hubiera dicho a mí que por su culpa yo acabaría siendo follada por desconocidos?

—No parece molestarte mucho. — ella me miró por el rabillo del ojo. Yo le sonreí con pura malicia.

—Eres un maldito hijo de puta, Tom.

—Creo que no eres la más indicada para decirme eso.

—Un día… te mataré… — amenazó. — ¡Te mataré! — gritó de repente y, tal y como había supuesto que acabaría, se dio la vuelta y corrió hasta mí con los ojos llameantes de furia. Me agarró de la sudadera, sacudiéndome bruscamente, gritando como una loca. — ¡Por tu culpa! ¡Yo lo tenía todo, todo! ¡Un marido perfecto, un hijo perfecto, una casa perfecta! ¡Vivía tranquila, podía permitirme cualquier lujo, solo tenía que limpiar la casa, hacer la comida, la colada…!

—Y aguantar las palizas y violaciones de tu marido cuando volvía borrado o cabreado a casa. Sólo eso. — sus labios temblaron y me abofeteó en la mejilla con fuerza. Sentí sus uñas arañarme la cara y le devolví la mirada irritada, empezando a perder la paciencia.

—¡Siempre has sido un puto engreído! ¡Te crees que lo sabes todo, te crees que tienes derecho a mirarme por encima del hombro por haberme convertido en este deshecho humano! ¡Mírame! ¡Mi vida está arruinada, el que traía el dinero a casa está bajo tierra y mi hijo no sirve para nada, es un puto marica! ¡Tú has destrozado esta familia, tú! ¡El jodido Tom Kaulitz, el asesino, el sádico, el monstruoso niñato que juega con la vida de las personas como si fueran muñecos! ¡Tú, que solo sabes hacer daño a la gente! ¡Tantas personas no sufrirían si tú no hubieras nacido! — el brazo me tembló. Inmediatamente recordé una escena, tan parecida a esa… y las mismas palabras saliendo de un boca diferente. De una boca que me había sonreído tiempo atrás.

“¡Sólo sabes hacer daño a la gente, naciste para eso! ¡Ojala nunca hubieras nacido!”

Y no pude contenerme. Alcé el brazo y le pegué un puñetazo en la cara que la mandó directamente al suelo, con todas mis fuerzas. Su cuerpo se sacudió e inmediatamente, su ojo izquierdo se inflamó como un globo, completamente morado. Se lo tapó con una mano temblorosa y me miró con los dientes apretados, no sé si por la rabia o por el dolor.
Empezó a llorar y eso, fue la gota que colmó el vaso. Apreté los puños con fuerza, reprimiendo mis ganas de agarrarla del cuello y estrangularla con mis propias manos.

—¡Deja de hacerte la víctima, joder! Desde luego, el papel de puta te va como anillo al dedo. Sólo sabes quejarte, lloriquear y pedir clemencia, esperando que alguien te solucione todos los problemas y si luego la jugada te sale mal, eres incapaz de aceptar las consecuencias. Eres débil, eres una blanda, eres una víctima y te encanta serlo. Eres escoria humana — estaba hecho una furia. Sentía pinchazos en mis venas de pura rabia, estaba en uno de esos momentos en los que destrozaría cualquier cosa que se me pusiera delante, patearía cabezas, destriparía estómagos, haría arder todo Stuttgart y ni aún así, desaparecería la cólera.
Siempre llevaba dinero conmigo y esa vez no era una excepción. Cogí tres billetes de cincuenta euros y los dejé caer al suelo frente a ella. Dejó de llorar al momento.

—Si tanto te gusta ser la víctima, yo te convertiré en una. Te pagaré, tal y como hacía tu marido y a cambio, te meteré las palizas que quiera. Tendrás que recoger tu propia mierda con la boca y podrás estar todo el día sin dar golpe, encerrada en casa, limpiando y cocinando como quieras. Me da igual. Podrás ser toda la víctima que te de la gana y como me entere de que le pones la mano encima a tu hijo o le diriges la palabra, te violaré hasta que te quedes sin papilas gustativas de tanto chupar y chupar. ¿Es eso lo que quieres? ¿Volver atrás en el tiempo? ¿Tener que soportar estar encadenada como una perra hasta que llegue tu dueño para golpearte a gusto, a cambio de dinero? — ella no dijo nada. Su mirada no se desviaba del dinero que había dejado en el suelo. — Por lo menos siendo puta tienes la libertad que un ser humano necesita. Por lo menos nadie te pega ni te humilla, por lo menos puedes salir a la calle sin miedo a volver a casa, por lo menos puedes dormir tranquila por las noches sin temor a que el que duerme a tu lado despierte y te estrangule. Por lo menos estás viva estúpida zorra. ¿Cómo tienes los cojones necesarios para mirar atrás y pedir que todo vuelva a ser como antes solo por dinero? ¡Esa forma de actuar da pena, joder!

—¡Tom! — Andy apareció en la puerta de su habitación. Al ver a su madre de rodillas en el suelo, con el ojo cada vez más hinchado y con las lágrimas aún patentes en los ojos, se puso pálido. — ¡Mamá! — empezó a andar, pero en cuanto posó su pierna escayolada sobre el suelo, se encogió y se llevó la mano a la misma, temblando de dolor.

—Déjalo, Andy. Ya he terminado por aquí. — le devolví la mirada de repugnancia a Lidy y le di espalda.

—¿Qué le has hecho a mí madre? ¿Le has pegado?

—No le he hecho nada que no se haya buscado. — antes de entrar en el cuarto de Andy, arrastrando al mismo dentro, la miré de reojo. Ya había recogido el dinero por el que le había gritado segundos antes.
Por supuesto. Las personas no cambian, nunca. La única manera de hacerlas cambiar es golpeándolas con fuerza, dónde más les duela. En su amor propio, en su orgullo, en su autoestima… pisoteándolas contra la mugre, hundirlas en ella. Haciéndoles sentir auténtico miedo.

—¿Qué haces aquí?

—Vengo a verte, rubio.

—¡Yo no te he pedido que lo hicieras! — cerré la puerta. Empujé a Andy sobre el colchón que había en mitad de la habitación, su cama, sin somier ni nada, simple colchón y duro suelo, unas pocas sábanas y dos cojines incómodos. La habitación ya era pequeña de por sí, pero no la recordaba tan enana desde la última vez que estuve allí. Intenté averiguar por qué, lo que sobraba allí. Un escritorio con una pequeña televisión vieja, una videoconsola antigua, muy antigua al lado de la misma, sobre un mueble pequeño que hacía de mesa de noche. Restos de comida basura, paquetes de chucherías, un armario con mucha ropa y zapatillas de deporte desgastadas, una estantería repleta de libros, revistas, comics… pero ¿Qué coño…?

Todos los libros estaban desparramados por el suelo, alrededor de la cama. Otros tantos estaban desordenados en la estantería vieja y rota, al igual que las revistas y los comics. Observé todo aquel revuelo de literatura en silencio. ¿Desde cuándo Andreas leía? No, ¿Desde cuándo alguien de los barrios bajos se gastaba el dinero en libros en lugar de comida, ropa o cualquier otro lujo? Había gente que ni siquiera sabía leer. ¿Desde cuándo?
Miré a Andreas y me agaché frente a él, sobre el colchón. Él parecía temerme. Cogí el primer libro que encontré del suelo y leí el título.

—Hamlet. Shakespeare. ¿Desde cuándo te gusta a ti Shakespeare? — lo lancé a un lado y cogí otro libro, bien gordo — El señor de los anillos… hum… — cogí otro. — La Odisea… La Ilíada de Homero… Los hombres que no amaban a las mujeres… Déjame entrar… Gladiator… Robinson Crusoe… Las aventuras de Tom Sawyer… El retrato de Dorian Gray… Sherlock Holmes… La guerra de los espejos, la auténtica historia de Alicia en el país de las Maravillas, ¡Oh, interesante! ¿Qué puñetas es esto, Andy? — él frunció el ceño. Parecía intentar hacer un puchero.

—Libros.

—¡No me digas! ¿Desde cuándo te gusta leer?

—¡Desde los cinco años! — molesto, me quitó los libros de las manos, apartándolos de mí como si fuera a prenderles fuego.
Algo me resultó de lo más inquietante. ¿Cómo era posible que no supiera que a Andy le gustaba leer si, supuestamente, era un “verdadero amigo”? ¿Cómo era posible que ni siquiera me supiera su apellido si lo conocía desde los nueve años más o menos? Me molestó no hallar más respuesta que el hecho de que nunca me había importado una mierda cómo se sintiera, en qué emplearía su tiempo libre ni qué hacía cuando no estaba conmigo. No sabía nada de Andreas porque nunca me había importado demasiado, ni una milésima de lo que al parecer, yo le importaba a él.
Por un momento, me sentí incómodo. Le debía la vida, ¿Acaso por eso empezaba a mirarlo con otros ojos? Nadie, a parte de Helem, había mostrado tanto interés en mí hasta el punto de arriesgarse a morir. Ni siquiera Bill.
Aunque claro… yo nunca se lo había pedido y el muy capullo me había arruinado el suicidio para nada. Lo cierto era que… no se lo agradecía.

—Entrevista con el vampiro. — leí en otro de los infinitos libros que el rubio parecía esconder muy bien. — ¿Te gustan los vampiros, Andy? — él no pareció escucharme. Mantuvo la mirada baja, agarrando todos los libros que lo rodeaban, estrechándolos entre sus brazos con posesividad. No había recogido ni un tercio y ya no le cogían en los brazos. — Bueno… los vampiros no están mal. Son lujuriosos, duermen de día y salen de noche, se alimentan de sangre mordiéndole el cuello a sus víctimas y solo mueren cuando se les clava una estaca en el corazón.

—En realidad, no. — habló, por fin. — También mueren quemados si la luz del sol les da en la cara y tienen muchas limitaciones. No pueden entrar en una casa si no tienen el permiso del dueño o si no, explotan antes incluso de cruzar la puerta.

—Vaya, eso no lo sabía.

—Las historias de vampiros están de moda, pero no hay ninguna como la verdadera. — cogió un libro antiguo, con las páginas amarillentas y la tapa dura de un color marrón oxidado.
Drácula, de Bram Stoker.
—¿Sabes que Drácula existió de verdad?

—¿Te estás quedando conmigo?

—Era un príncipe del sur de Rumanía. Se llamaba Vlad Draculea, pero le llamaban Vlad, el empalador. Clavaba los cuerpos de sus lacayos en estacas y los dejaba a la vista de todos en el jardín que rodeaba su castillo. Así, los enemigos no se atrevían a acercarse porque creían que estaban luchando contra un monstruo. De ahí nació la leyenda de Drácula y los vampiros.

—Oh…

—La historia me recuerda a ti.

—¿A mí? ¿Crees que soy un vampiro?

—Utilizas a tus lacayos como si fueran muñecos en lugar de personas. — Andy se tumbó sobre el colchón, estirando la pierna a lo largo de mismo con cuidado, posándola sobre un montón de revistas de toda clase. Coches, moda, música, algún cotilleo, libros, chicas… y chicos… — Me pregunto cuándo nos empalarás a todos para llevar a cabo tus planes con éxito. — suspiré. Tal y como pensaba, Andreas me odiaba. Por como le dije que era mi mejor amigo, para luego, intentar matarme delante de sus narices. — ¿Qué has venido ha hacer aquí? ¿Qué quieres de mí ahora?

—Solo he venido a verte.

—No, Tom, no. Solo has venido a hacerme daño. Siempre que me tocas y dices algo para avanzar, inmediatamente das un paso atrás. ¡Por favor, no digas nada, Tom! ¡Prefiero que no digas ni hagas nada a que me mates!

—No quiero matarte, Andreas. No quiero hacerte daño, ni a ti ni a nadie. — el pecho de Andy se hinchó, cogiendo aire. Él se llevó el brazo a la cara, ocultando sus ojos tras él. Quería evitar que le viera llorar, otra vez…

—¿Es que no te das cuenta, Tom? ¿No te das cuenta de que quieras o no, haces daño a la gente? ¿No te das cuenta de que todo lo que tocas se rompe? Quieras o no… ¡Tú sólo sabes hacer daño, solo sabes romper, tus manos no sirven para reconstruir, para dar vida, para hacer feliz a alguien! ¡Tú solo puedes odiar, no puedes amar! ¡Todo lo que tocas se hace añicos! Yo…

—¿Eso piensas? — me hubiera gustado tener algún argumento capaz de refutar su teoría, pero era consciente de que no lo había. Yo era tal y como él había descrito. Tan solo con mirar mis manos me daba cuenta de ello. Mis manos manchadas de la escoria de la calle, de la sangre de las personas y, lo peor de todo, manchadas con el semen de mi propio hermano, no, con el mío propio. El de Bill era tan puro como la nieve, por muy ridículo que sonara. Pero para mí lo era. Todo él lo era.
Había intentando impregnarme con su pureza, pero solo había conseguido mancharle. A él, a mi Muñeco… y para nada…

—Cuando vi el tren aproximarse… tan rápido… haciendo tanto ruido… no pensé, sólo cerré los ojos… y vi luz, Andy. Una luz muy brillante… intenté alcanzarla pero en cuanto la toqué… desapareció… y me quedé solo… completamente solo. He hecho cosas horribles y solo, solo me arrepiento de una. Sé que hago daño a las personas, pero no puedo evitarlo… porque yo solo veo a muñecos… muñecos por todas partes… solo juego con ellos… y parece fácil y divertido… en realidad yo no quiero hacer daño a nadie… — mis manos. Mis manos temblaban. No. Mi cuerpo temblaba.
Encogí el cuerpo. Tenía frío… mucho frío…

—No quiero hacer daño a nadie, Andy… pero hay algo que está mal en mí y no puedo evitarlo… no puedo detenerme. Si no hago daño, no seré yo… pero… ¿Sabes que es lo peor de todo, Andy? Que en este mundo de muñecos, yo estoy solo… completamente solo…

—Tom…

—Y… el único muñeco que me ha dado una oportunidad… está herido y roto… porque yo no puedo dejar de hacer daño, no puedo dejar de romper todo lo que toco… porque soy un villano… soy un monstruo… y no debería existir… soy un error… tú y ella pensáis lo mismo. — frío, como la nieve en invierno. Frío…

—¿Yo… y ella? ¿Te refieres a mi madre?

—No…

“Y pensar que yo di a luz de mi propia sangre y carne a un monstruo como tú, un error de la naturaleza, un ser que solo sabe hacer daño a la gente. En esta vida… de lo único de lo que me arrepiento es… de haber dado a luz… a semejante monstruosidad… debería haberte matado con mis propias manos cuando pusiste un pie en tierra, debería haber matado a mí… mi propio hijo… escoria humana… ese monstruo…”

—Me refiero a la madre de mi hermano… de mi precioso Muñeco…

Continúa…

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por Sarae

Escritora de Muñeco

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