Acabado 1
Muñeco by Sarae. Temporada IV
Capítulo 1 (P.2)

By Bill

—¡Arggg, no me tapes los ojos! ¡Si ya sé a dónde vamos, no tiene sentido que me los tapes!

—¡Calla! No seas aguafiestas. Te va a gustar, así que no mires.

—Un lago. ¡Un jodido lago! Además, lo he visto desde lejos en el coche, idiota. Ya no tiene gracia. — Tom bufó en mi oído y luego chistó para que me callara. Su cuerpo, tan pegado al mío guiándome por ese terreno desconocido me estaba dando calor. Demasiado calor para un día soleado de finales de agosto a cuarenta grados centígrados. Ya había empezado a sudar por su culpa, pero era tan insistente y parecía tan ilusionado, que me daba lástima estropearle la sorpresa, fuera cual fuera la que me tenía preparada.

A lo lejos, pude oler el agua salada. Parecía agua de playa, aunque yo sabía que solo se trataba de un pequeño lago cerca de la Selva Negra, pero ¡yo nunca había estado en un lago! Sin contar el lago artificial de Hamburgo, claro, pero allí no había quien se bañara sin recibir una buena multa. Oí el sonido de los pájaros, sentí el calor asfixiante de la playa y escuché los ladridos de Scotty al otro lado de la ventana del coche.

—Hay que bajar al perro. — le recordé a Tom y él gruñó.

—Ya, ya. ¡No habrás los ojos! — eso sería imposible porque en cuanto se agachó para abrir la puerta del asiento trasero del coche, estrelló mi cabeza contra su pecho en un pegajoso abrazo.

—¡Argg! — el perro salió ladrando y corriendo del coche. Lo oí alejarse en mi ceguera. — Tom, me estás ahogando. Tengo calor.

—Eh, no soy yo quien lleva puesta una sudadera en pleno verano.

—Ya, pero si te me pegas tanto me entra más todavía. — Tom cerró el coche. Oí como daba un portazo con la puerta trasera. — ¿Puedo mirar ya?

—No. Espera.

—De verdad, ¡que me ahogo!

—Si sigues quejándote te ahogaré de verdad. — Tom me empujó hacia delante, aún con las manos en mis ojos y me guió. Estuve a punto de caerme de bruces con un tropezón de arena y Tom me levantó cogiéndome de la cintura.

—¡Eh! He visto el agua.

—¡Que no mires! — mis chanclas se hundieron en la arena caliente y yo sonreí. Aquello era como estar en la playa. Hacía años que no tenía esa sensación de tierra escurriéndose entre mis dedos.

—¿Podré hacer castillos de arena? — pregunté cuando nos paramos y alcé las manos hasta sus dedos, los que me dificultaban la visión. Tom se puso tenso de repente y yo oí risas y voces a nuestro alrededor.

—No puede ser… — gruñó.

—¿Qué pasa?

—¡Ehhhh, Muñecooooo! ¡Capitáaaaaaan! — oí que nos llamaba una voz femenina, pero ronca. La reconocí como la de Ricky y sonreí.

—¿Esta era la sorpresa? ¿Ricky?

—¿Pero qué coño hacen estos aquí? — y por fin me soltó la cabeza y pude ver el paisaje. Decir que era precioso era un claro eufemismo. Me quedé alucinado observando los pinos y la hierba que rodeaba el lago cristalino en la otra orilla. El agua era azul, no verde como en las playas en las que había estado. No estaba embarrado y el fondo lleno de arena, piedras y hierba se veía a través del agua como si estuvieran flotando en la superficie. Era un lago inmenso que desaparecía tras varias montañas cubiertas de árboles. Tenía un montón de riscos enormes que se hundían en el agua y emergían unos diez metros por encima de la misma. Uno de ellos trepaba en forma de acantilado hasta llegar a una zona verde, con árboles de hojas verde claro. Lo primero que pensé cuando vi aquella enorme distancia de la punta del acantilado con el agua fue, “tengo que tirarme de cabeza”. El agua era tranquila, sin olas, por lo que no tenía que preocuparme de ahogarme y golpearme contra una roca, matándome.

En la orilla, estaba Ricky, saludándonos con las dos manos alzadas, a lo loco. Heidi y Sabela también estaban, tumbadas sobre dos toallas, tomando el Sol, en un bikini que dejaba poco lugar a la imaginación. No eran los únicos. Vi a Black más allá, metido hasta la cintura en el lago, temblando de frío y luego, a Bárbaro y a Hippie tomando un cubata alegremente sobre la arena de la playa. Había más Encadenados y otras personas que no conocía, simples turistas y veraniegos que venían a pasar el día en lo más parecido a playa que había en Alemania. En una esquina medio escondida desde mi posición, pude ver un chiringuito de playa muy bien montado. 

—¡Eh, bajad, que os hemos guardado un sitio! — nos gritó Ricky y yo, emocionado por meterme en el agua, empecé a bajar la cuesta de arena.

—¡Vamos! — le grité a Tom una vez abajo. Se le acababa de poner una cara de mala hostia digna de foto, así que cogí la Canon nueva que me colgaba de la muñeca y le apunté con el objetivo. Le hice una foto antes de que mi novio pudiera replicar.

—¡Eh!

—¿Qué te pasa ahora? ¿No querías traerme aquí? ¿No tenías taaaaantas ganas de que viera esto? — él gruño y casi se pone a berrear como un niño chico de la rabia. Esquivó la cuesta de un salto y aterrizó justo a mi lado, con las mejillas rojas por el Sol.

—Pensaba que no iba a haber nadie. ¿Quién ha llamado a estos imbéciles? ¡Pero si íbamos a estar solos!

—¿Querías estar solo conmigo? — me burlé. Sabía muy bien que Tom había estado planeando esas vacaciones desde hacía un mes, pero no me había parecido bonito decirle a los Encadenados que no fueran al lago ese fin de semana porque Tom y yo ya lo teníamos pensado desde hacía tiempo.

—No. He escogido el día al azar, claro, y la ropa también al azar y la cámara también al azar y el lubricante y el vibrador ¡También al azar!

—¿Lubricante y vibrador?

—Ya te contaré cuando me libre de estos capullos.

—¡No! — le agarré del brazo y le di un brusco tirón para que me mirará a la cara. Tom alzó una ceja cuando me tuvo frente a frente, con los labios fruncidos. Tenía que calmarle. No podíamos empezar las vacaciones así, cabreados. Mirando de reojo a los Encadenados, asegurándome de que miraban hacia otro lado, acaricié sus mejillas rosadas por el calor y pegué su frente a la mía. — Oye, tengo mucho calor. ¿Por qué no vamos al coche, pones un rato el aire acondicionado y mientras yo me cambio de ropa, me enseñas el lubricante y ese vibrador? — Tom siguió con el ceño fruncido escasos segundos, hasta que me incliné y le lamí el cuello con la lengua. Entonces, se suavizó y me agarró la cintura.

—La verdad es que no estoy muy seguro de cómo funciona el vibrador. Las instrucciones están en ruso. No me vendría mal una mente abierta para traducir, un cuerpo para experimentar… — sus manos acabaron en mi culo y lo apretaron con ganas. Me entró la risa tonta y Tom sonrió. — Un culito blanquito en el que profundizar… — ladeó la cabeza para besarme.

—¡Eh! — cuando Ricky apareció de repente tras las hojas de los grandes arbustos. Nos separamos de golpe. Más bien me separé yo de él dándole un empujón y los dos nos quedamos mirando a la recién aparecida, que nos observó con expresión de sospecha. — ¿Qué hacíais?

—Nada. Hablamos. — contesté. Tom puso mala cara. Me dirigió una mirada fulminante.

—En la playa no hay taquillas ¿verdad, Ricky? — ella lo miró como si fuera tonto y yo me ruboricé. — Genial. Mi hermano se va a escapar por los pelos.

—¿Qué quieres decir?

—¡Nada! Es que las taquillas de la escuela le ponen cachondo.

—¡No me ponen nada!

—Bill, eres rarito. — Ricky me miró como si fuera un bicho raro. Se me erizó el vello de vergüenza. — ¿Te gusta machacártela contra la puerta de las taquillas?

—¿Cómo coño me la voy a machacar contra una puerta de hierro? ¿Me ves cara de masoca?

—¿Hace falta responder a eso? — murmuro Tom. Yo lo mataba.

—¿Hablamos de los arañazos que tienes en la espalda y de las hostias que te dejan marca en la cara?

—¿Hablamos de los azotes en el culo y de los tirones de pelo? — contraatacó él. Hum… muy astuto.

—¿Hablamos de que como no te calles, vas a tener que buscar algo más que un pajarito para que no te eche polvos pica pica en la ropa cuando te la lave? — Tom calló, pero por la mirada que me estaba echando, presentí que la cosa no acabaría ahí.

—Joder, pero qué raros sois los tíos. No he pillado ni una. ¿Os gusta pegaros? ¿En serio? De Tom me lo imaginaba, pero de Bill… — Ricky ladeó la cabeza. — Bueno, de Bill también. Debe ser hereditario. — y alzando los brazos como si la cosa no fuera con ella, empezó a andar hacia el chiringuito. — ¿Os pido una birra? ¿Un cubata, un vodka? ¿Un látigo y unas esposas?

Se burlaba la muy petarda. Cuando se fue, Tom sonrió de oreja a oreja. Era la sonrisa mala, la típica, la jodida, la del mal presagio, y me la dedicó a mí, enterita.

—Puede que no haya taquillas, pero hay unos árboles muy grandes y tiesos. A ver qué se me ocurre hacer con ellos. Ya te enteraras luego, Muñeco. — dejó caer y yo palidecí cuando me dejó con la palabra en la boca y se fue hacia Black, que en ese momento salía del agua y se tumbaba al lado de su novia, Sabela.

¿Cuántas semanas habían pasado? Unas pocas. ¿Y cuántas cosas habían ocurrido mientras tanto? Otras pocas. Había llegado a Stuttgart a principios de verano y ya estábamos en la segunda quincena de agosto. Quedaba mes y medio para que empezaran las clases en la universidad de Stuttgart, pero no me podía importar menos. A Tom, paradójicamente, sí. Últimamente dejaba caer mucho la idea de que volviera a la universidad y siguiera estudiando psicología, pero en Stuttgart. Quizás le diera morbo el rollo estudiante o quizás no quería verme trabajar en los barrios bajos durante el invierno, la época más peligrosa del año. Yo le había dicho que me lo pensaría, pero ni siquiera se me había pasado por la cabeza todavía.

El tiempo en el que había sido un estudiante de la universidad de Hamburgo quedaba muy atrás. Había empezado a olvidar algunas cosas, como mis notas del curso, mis horas libres y las materias que daba durante todo el año. Otras eran imposibles de olvidar. Ahora era un trabajador. Ganaba mi propio dinero (710 euros no estaban tan mal, y subiendo) y tenía contrato. También tenía casa medio alquilada (Tom me cobraba con tareas del hogar y “polvos mágicos”) y un novio/hermano/enemigo/rival/casero con el que convivía día a día. Cuando Julia Roberts grabo la película Durmiendo con su enemigo, no sabía qué significaba el titulo. Yo sí.

¿Dormir de un tirón? Había olvidado el significado de esa palabra. Yo trabajaba durante el día. Tom por la noche. Es decir, yo volvía a casa a la hora de cenar y él se iba después de cenar. Yo me tiraba la mañana y la tarde trabajando y el dormía casi todo el día hasta bien entrada la tarde antes de irse a trabajar sobre las diez ¿El problema? Volvía alrededor de las cinco de la mañana y siempre ¡Siempre me despertaba! El cabrón había enseñado a Scotty incluso a no ladrar cuando llegaba para despertarme él mismo. Se sentaba en la cama, se empezaba a restregar y a quitarme la ropa y cuando notaba cosas raras en las pelotas, ya lo tenía encima. Era sigilosamente malvado y erótico. Así que después de semanas aguantando ese mal rato, me había acostumbrado a dormir desnudo. Tenía la esperanza de no enterarme de nada si no había ropa de por medio que al quitarme, me despertara. Pero no. Me despertaba igual. De hecho, si mi cuerpo no notaba a las cinco de la mañana que alguien lo tocaba, se despertaba por sí mismo. Y si Tom no estaba en la cama a esa hora, yo lo llamaba.

Y entonces la liaba.

Al principio no lo hacía, pero cuando le noté un poco, bastante pedo por teléfono y oí a aquella tía al otro lado de la línea… me vestí con lo primero que encontré, cogí un cuchillo de la cocina y salí a la calle. El cuchillo era para defenderme, no para matar a nadie, pero cuando llegué con esas enormes ojeras y cara de mala leche al Dona con un cuchillo de carnicero en la mano, no di buena impresión.

Al final esa tía resultó ser la chica de la barra, que le preguntaba si le “metía algo” a la bebida, refiriéndose a hielo. Tom llegaba tarde a casa porque había bebido y Black no le dejaba coger la moto. Se descojonó cuando me vio con el cuchillo. Los Encadenados empezaron a relatar la historia del hermano psicópata de Tom y así me conocieron todos.

Eso era lo que a veces sucedía de noche. Otras veces, los sábados mayormente, celebrábamos el día de Cristina o visitaba algún garito. Otros, salía con Tom y los Encadenados. Había conocido en esos dos meses a más personas de las que había en Hamburgo y me solía llevar bien con todas ellas. Eran gente divertida y simpática cuando no estaban de mala hostia y, estando Tom delante, raramente lo estaban o, más bien, no lo demostraban por no meterse en un buen follón. Alguna vez iba a los garitos que Tom vigilaba durante su turno de noche. En el Dona conocí a stripers y prostitutas por primera vez que, de hecho, se ofrecieron a hacer una especie de orgia con Tom y conmigo a cambio de cien euros. Obviamente, me negué, aunque Tom se lo estuvo pensando, y de ahí surgió una pequeña pelea. Otra vez, fui al Pich. Aquel lugar sí que me resultó impresionante. Conocí a un travesti muy majo llamado Vanesa y a su amiga, Adriana. Tenían unos problemas muy grandes porque no tenían dinero para quitarse el pene (Uff, aunque no lo parezca, para ellos es muy confuso). Los stripers que bailaban en los pódiums eran impresionantes. Uno, muy majo también, me ofreció subir al escenario para bailar con él y yo al ver sus graaaaandes intenciones, me lo planteé. Tom se enfadó. El chaval y él se insultaron, se pegaron y los dos volvieron a casa con un ojo morado. Luego, Tom y yo discutimos, algo muy común en nuestra vida.

¡Ah, sí, las peleas! Las peleas son muy corrientes entre nosotros. Quiero decir que no ha habido ni una semana en todo este tiempo en la cual no nos hayamos peleado. El esquema mental es este. Él o yo nos enfadamos. Generalmente suele ser por los animales, porque yo estoy estresado por el trabajo y vuelvo con mala idea a casa, porque Tom hace pocas tareas en casa y deja muchas cosas por medio o, simplemente, porque él o yo miramos a un tío o a una tía más de la cuenta. También nos peleamos por algún porro o bolsa de hierba, aunque eso sólo ha pasado una vez. En fin, uno de los dos se enfada y a consecuencia, el otro también se cabrea. Empezamos a sacar trapos sucios el uno del otro, empezamos a gritar, luego a insultarnos y más tarde, si la cosa es grave, nos pegamos. Nunca nos hemos dado una paliza, pero sí hemos acabado con muchos cardenales y arañazos, además de alguna hinchazón en la cara. Después de pegarnos, uno de los dos sale de casa. Suele ser Tom. Yo me quedo, llamo por teléfono a Ricky y los dos nos quejamos de lo subnormales que son los tíos o los hermanos. Luego, me peleo con Scotty porque no me entiende, luego, con Hamtaro, la cobaya y luego, me voy a trabajar. Allí me quejo a mi jefe, a Adam o a Heidi. Ella me entiende, me dice que tenga mano dura y yo la tengo y cuando salgo del trabajo… Tom esta esperándome en la puerta con mala cara. ¿Qué pasa después? Que, como no es muy bueno con las palabras, me hace regalos.

Así conseguí a Bagoas, mi gata atigrada (le pusimos el nombre de un eunuco que había sido amante de Alejandro Magno el cual a Tom le recordaba a mi ¡era muy guapo!). Bagoas era una gatita pequeñita, una cría que vivía en la calle y que tenía pulgas y una pata mala. Unos cabrones se estaban metiendo con ella. Tom la vio, se peleó con los mamones maltratadores y me la regaló con la cara llena de arañazos y un labio hinchado del tamaño de una nuez. Así conseguí también a la cobaya Hamtaro y a un pobre gorrión que se cayó de un nido. Kasimir tuve que devolvérselo a la niña autista vecina de Tom.

Lo más adorable es que Tom odia a los animales. Bueno, no es que los deteste, pero se agobia cuando Scotty y Bagoas se pelean o cuando Bagoas intenta zamparse a Hamtaro. Los animales solo me hacen caso a mí, algo muy raro. A Tom le arañan y le muerden, no lo pueden ni ver.

Así que, después de traerme de regalo algo que sé que odia o me compra un regalito, como un anillo de plata o me invita a cenar o a un cine, es imposible no perdonarle, aunque no diga palabras bonitas.

Tom y yo nos peleamos mucho, pero es el encanto de nuestra relación. Si no nos peleáramos tanto, no nos reconciliaríamos. Buscaríamos excusas para pelearnos y luego, reconciliarnos, porque eso es lo más bonito. Tom no sabe cómo demostrarme afecto sin reconciliaciones ni peleas. Así buscamos una excusa para decirnos cuanto nos importamos sin herir nuestro orgullo o bajar la cabeza. Así yo no me siento un arrastrado que no puede vivir sin Tom y él no siente que se está volviendo un blando.

Además, las reconciliaciones son brutales. A mí me cae un regalo que me sube la moral y la autoestima y a Tom, le toca una sesión de sexo desenfrenado y todos felices y satisfechos. Aunque el sexo no es algo que tengamos tan presente como cuando estábamos en Hamburgo. Ya no lo hacemos dos o más veces al día, ahora solo una (por cansancio y escasez de tiempo más que nada) y a veces, incluso ninguna. El sexo ha pasado a ser algo… no secundario, pero no es la máxima prioridad, al menos para mí y creo que también para Tom. Últimamente nos gusta más acurrucarnos, magrearnos y tocarnos mientras vemos una película, que practicar sexo de pleno (con penetración). Supongo que es por culpa de mis nervios. Me han hecho perder fogosidad, tal vez.

De todas formas, a pesar de las peleas, estamos bien.

Bueno… entre comillas.

—¡Bill, tírame la bola!

—¡Pero es que no lo haces bien, así no se juega al balonmano!

—¿Y quién dice que esté jugando al balonmano? ¡Estoy jugando a matar! — Ricky me lanzó la pelota de balonmano a mala idea, dándome justo en la barriga. La miré con mala cara.

—¿Quieres jugar a matar con solo dos personas? ¡Vaya mierda de juego!

—¿Y qué quieres? ¡Nadie más juega!

—¡Tom! — grité, agarrando la pelota con una mano. Mi hermano se había echado encima de una toalla y ahí se había quedado, con unas gafas de sol de marca, de unos doscientos euros para arriba, calculaba yo. También calculaba que habían sido robadas, como no. Se tumbó bocabajo y no se movió ni un ápice cuando lo llamé. — ¡Tom, ven a jugar! — alzó una mano y me enseñó el dedo corazón, mandándome a la mierda. — ¡Pedazo de subnormal! ¿Piensas pasarte todo el día tumbado al sol como los lagartos?

—No. Cuando me entré sed iré al chiringuito a pedir una birra.

—Capullo borracho. ¡Ni siquiera te has echado crema! — le tiré la pelota que rebotó en su espalda. Tom se dio la vuelta y la cogió con una mano, sonriente.

—No todo el mundo tiene una piel tan delicada como la tuya, Cenicienta. — me lanzó la bola otra vez y yo la cogí al vuelo. Fue entonces cuando me fijé en los demás.

Black era negro, así que no contaba (¿Le haría efecto la crema solar?), pero Heidi, Sabela y Ricky estaban tan morenas como si durante todo el verano se hubieran estado dando rayos UVA. De hecho, Tom también estaba morenísimo. Yo, a su lado, parecía un puñetero vampiro.
Hablar de los cuerpazos que todos tenían era otra historia en la que no quería meterme.

—¡Mierda, qué complejo! — me entraron ganas de meterme en el coche y no volver a salir en todo el día.

—Hablando de eso, ¿te quieres quitar la sudadera de una vez, tío? Me están entrando calores solo de verte. — gruñó Ricky.

—Se lo llevo diciendo todo el camino, pero como es el Encadenado mimado, pasa de mí. — murmuró Tom. Yo me agarré la sudadera con fuerza, negando con la cabeza. Mis piernas estaban limpias, asquerosamente blancas, pero limpias. Mi cuerpo… ¡no, qué asco, todos tan morenos y yo tan blanco, todos con sus cuerpazos al aire y yo tan flaco!

—¡Argg, soy un bicho! — me quejé.

—Lo que eres es idiota, pero como eso ya lo sabe todo el mundo…

—¿Te quieres ir a la mierda, Tom?

—No. Estoy bien aquí. — sonrió. Ricky se me acercó, fulminándome con la mirada entonces.

—No me digas que estás acomplejado. — agaché la cabeza, con las mejillas ruborizadas.

—Un poco.

—¿Quieres que te enseñe unas fotos de Tom cuando tenía trece años? ¡Eso sí que era para acomplejarse! En esa época estaba tan delgado, que ni siquiera tenía polla para…

—¡Ricky, no me toques los huevos! — gruñó mi novio/hermano/enemigo/rival/casero.

—Bueno, dejando eso a parte, ¡Bill, si tú vas para modelo!

—¿Quién, yo?

—¡Claro, coño!

—¿Y la fama que tienes en la pastelería qué? — preguntó Heidi desde su toalla, alzándose sobre ella. Un abdominal precioso se le marcó al incorporarse. — Si ya no tienes culo de todas las marcas que te dejan los clientes en él de lo que les gustas. ¡Eres la hostia de mono, chaval, a ver si te enteras!

—¿Marcas en el culo de quién? — preguntó Tom con mala cara.

—¡Ah, eso sí lo escuchas, eh!

—Bueno, da igual. Te vas a quitar esa sudadera pero que ya. — Ricky empezó a darme tirones de la ropa y yo me encogí de vergüenza.

—¡No, no!

—¡Si estás sudando como un puerco!

—¡Estate quieta, Ricky!

—¿Comoooooo? ¿Te me vas a poner chulito?

—No, pero…

—¡Tom, dile algo!

—Me voy a por una birra. — Tom pasaba del tema y con sus gafas robadas y el bañador (del mismo estilo que el mío, pero de color rojo) se levantó de la toalla y empezó a andar hacia el bar/chiringuito.

—Lo sabía. ¡Tom te tiene mimado! — gruñó Ricky.

—No es verdad. Me trata como a todo el mundo, ¡como si le importara una mierda!

—¡Un cojón! ¡Tiene preferitismo!

—¡Es favoritismo!

—¿Te crees superior a mí porque hayas ido a la universidad, enclenque? — Ricky me pegó un mamporro en la cabeza y yo empecé a irritarme.

—¡Que no me pegues!

—Si Tom no lo hace, alguien tiene que hacerlo.

—Maldita camionera lesbiana.

—Ya saltó el mariquita.

—¿Quieres pelea, pelos largos?

—¿Quieres que te rompa la boca, picha floja? — bueno, como se puede ver en la escena, Ricky y yo no habíamos tenido más roce que el de aquella noche tan perdida en los recovecos de mi memoria. Ricky parecía haberse olvidado del tema por completo y había vuelto a su comportamiento habitual de camionera agresiva y yo, como no sabía qué decir, tampoco mencionaba el tema. Así ninguno de los dos se incomodaba porque estaba claro que yo no quería volver a hacer semejante… esto… ¡Bueno, no quería volver a hacerme el macho con ella!

Ricky se había convertido en una gran amiga, divertida por su vasta boca y orgullosa. A veces, cuando estaba con ella, echaba de menos a Georg y a Gustav. No había día que no pensara en ellos. Y en mi madre, Simone. Hablábamos todas las semanas, pero nunca era suficiente.

—¡Desgraciado afeminado, no corras!

—¡A ver si dejas de fumar porros, cada vez te cuesta más seguirme! — los dos, peleándonos y a la vez riéndonos por las tonterías que decíamos, empezamos a correr por la orilla. Ricky me seguía como podía, con una posición que dejaba bastante que desear para hacer una buena carrera. Como veía que no me alcanzaba, me paraba de vez en cuando y la vacilaba por su lentitud. El tacto del agua y la arena escurriéndose entre los dedos de mis pies y la brisa del viento golpeándome la cara me hacía recordar aquellas lejanas vacaciones con mi madre, mis amigos y yo, en las playas de España.

—¡No huyas! — Ricky jadeaba de cansancio justo cuando llegué a la orilla del bar. Pude ver a Tom dándole un sorbo a morro a una cerveza de lo más cómodo. A su lado, descansaba otra botella de cerveza, la cual alzó hasta mí enseñándome los dientes.

—¿La quieres o me la cepillo? — preguntó. Miré a Ricky a mi espalda, ahogándose por el camino por tantos cigarrillos fumados.

—Ella la necesita más que… — de repente, oí un grito de sorpresa. Mi amiga camionera había chocado contra una chica que cayó al suelo, despatarrada.

—¡Eh, mira por dónde vas!

—Perdón. — pidió la chica sumisamente. Esperé que Ricky empezara a pegar voces con bordería, pero en su lugar, se quedó callada y se puso seria, con los ojos clavados en la chica, que se levantó con un suspiro. — No me había dado cuenta de que… ah… tú… ¿tú no eres…? — Ricky desvió la mirada con molestia, como si deseara estar en cualquier parte antes que delante de la chica. — ¿Tú no eres Richelle?

—¿Perdona? ¿Te conozco de algo?

—Entonces, ¿lo eres? ¡Qué casualidad! ¿No te acuerdas de mí? Claro, ¿cómo vas a acordarte? — la desconocida sonrió. Tendría la edad de Ricky, aunque era un poco más alta que ella. — Soy Eva. Estuvimos juntas en secundaria, ¿recuerdas? — Ricky me miró de reojo y yo me encogí de hombros. Ella me imitó.

—Lo siento, pero no. — la chica se rió.

—A ver, a ver… “¿te gusta Darrien? ¿Qué coño pretendes con él o con cualquier chico de la escuela? ¡Eres un puñetero cayo, un bicho! Y mucho menos con Tom. Es demasiado hombre para ti, Eva la Fea. Los tíos son para las chicas que saben manejarlos. Quita de en medio, Espantapájaros” — dijo ella, intentando imitar la voz grave y burlona de Ricky con una sonrisa en la cara. Vi claramente como Ricky palidecía y abrí la boca por la sorpresa. ¿Mi amiga camionera se había metido con esa chica por ser fea? Bueno, no es que fuera un modelo, pero no era fea. Era normal, de estatura normal, cuerpo normal, ni gorda ni delgada, pelo rizado y pelirrojo fuego, además de pequeñas pecas en las mejillas y bajo los ojos, que no conseguí saber de qué color eran exactamente.

—¿Tú eres Eva la Fea? — preguntó Ricky. Eva asintió. — ¡Mierda! — gritó, alto y claro y Tom estalló en carcajadas.

—¡Vaya decepción, eh, Ricky! Te acabas de tragar tus propias palabras.

—¡Cierra la boca, Tom!

—¿Tom? — preguntó la chica, mirando a mi hermano como si hubiera visto un fantasma. — Oh… oh… ¡Oooohh! — Eva se puso roja como un tomate y de repente, dijo. — ¡In—increíble!

—¿Increíble, qué? — no pude evitar fulminarla con la mirada.

—Muñeco, no puedes evitar que las mujeres me deseen. Hazte a la idea de que tu hermano es un hombre irresistiblemente follable.

—¡Serás fantasma!

—¿Qué? ¿Vosotras también queréis una birra? Venga, os invito. — Tom sonrió falsamente. Las sonrisas falsas de Tom se reconocían al instante. Eran esas que pretendían ser seductoras y… mierda, ¡lo conseguían!

—Oh, oh… bueno, yo… — murmuró la tal Eva. Debía reconocer que aunque no tuviera un cuerpo de vértigo, tenía unas curvas bonitas, sobre todo la de sus pechos, bastante grandes y bien sujetos por el bikini. Ese era exactamente el lugar donde Tom tenía posada la mirada y yo, con un gruñido de guerra, me quité la sudadera y se la tiré a la cara, sentándome a regañadientes en la silla que había frente a él. Me crucé de brazos y le di un buen trago a mi cerveza. Estaba asquerosa, pero fresquita.

—Vaya… — sonrió mi hermano mientras se quitaba la sudadera de la cabeza y la soltaba sobre la arena. — Está claro que Bill no está por la labor de compartirme. Los hermanos gemelos son muy posesivos, ¿qué se le va a hacer? Pero Ricky siempre puede invitar a su compañera. Así le das la oportunidad de reflexionar sobre ese apodo de “Eva la Fea”, nena.

—Nena… — escupí, con auténtico asco. Tom parecía gilipollas con esa vocecita seductora.

Ricky nos miró a los dos con pánico, pero entonces Eva se volvió y preguntó:

—¿Quieres tomar algo? — y Ricky, tragando saliva, asintió, incapaz de decir que no. Sospeché que la tal Eva pretendía obligar a Ricky a retirar ese mote despectivo que le había puesto de pequeña, o quizás, solo hablar. Sonreía una manera que no daba lugar al rencor, solo, quizás, a la inocencia.

Cuando ambas se dirigieron a la barra del chiringuito, Tom me miró con una ceja alzada y una amplia sonrisa.

—Nena… nena… ¡das asco!

—Y a mí me dan asco tus celos.

—No estoy celoso por ti, estoy celoso porque la “nena” estaba ciega. Mira que fijarse en ti cuando estoy yo delante…

—¿No eras tú el que tenía baja autoestima?

—Los extranjeros del lago me la suben.

—¿Los extranjeros? — había visto algunos rubios, rubísimos mirándome de reojo. Por supuesto, no creía que estuvieran interesados en mí. Quizás les llamara la atención mi pelo largo o que iba con sudadera un minuto atrás, pero ver la cara de Tom me hacía gracia.

—¡Sí! Los extranjeros. — alcé la cabeza con dignidad y me encontré con la mirada de varios extranjeros mirándome desde la barra. Mi sorpresa fue la misma que la de Tom, ya que no me esperaba que aún me estuvieran mirando.
De repente, empezaron a murmurar entre ellos. Eran tres y los tres, muy rubios.

—¿Serán americanos? — murmuré, pero Tom no contestó, con mala cara. Entonces, uno empezó a andar hacia nuestra mesa. Noté como la pierna de Tom se tensaba contra la mía cuando el extranjero se me puso delante y sacó una cámara de fotos.

—Excuse me. Would you like to take a photo with me??

—¿Eh? — murmuré. De ingles estaba bastante pegado. El extranjero sonrió y me enseñó una cámara de fotos. — Ah, una foto con… ¿you and your friends? — me levanté de la silla, pero él negó con la cabeza.

—No. You and me. Photo. — me señaló y creí entenderlo entonces.

—Ah, you and me. Oh… eh… why?

—Why? Hum… because you are beautiful.

—Beautiful… ¿qué, beautiful yo? ¡Oh! — una risita nerviosa se me escapó y me ruboricé. ¿El americano o australiano o lo que fuera no tenía ojos en la cara? Aún así, me permití el lujo de sentirme halagado y lo primero que hice fue volverme hacia mi hermano. — ¿Has oído eso, Tom? ¡Soy beautiful! — Tom sonrió con arrogancia y se levantó de la silla.

— Would you take us a photo? — le preguntó el extranjero.

—Of course! No problem. — miré sorprendido a mi hermano, que cogió la cámara y nos apuntó con ella. Tenía una forma de hablar inglés bonita, con acento de experto. Me quedé bastante descolocado cuando le oí pronunciar esas palabras que al menos, conocía.

—¿Sabes hablar inglés? — le pregunté cuando me coloqué al lado del hombre rubio. Él me rodeó los hombros con el brazo y me pegó a su pecho, sorprendiéndome. Tom sonrió de oreja a oreja.

—Bueno, sé algo. — Tom hizo una foto, pero el extranjero pidió otra y mi hermano, aún más sonriente, empezó a hacer más fotos. — You like Bill, no? He. — empezó a hablar. El extranjero me estrechó con más fuerza, incomodándome un poco cuando pasó la mano por mi espalda, medio acariciándola. Si no fuera porque Tom estaba delante y sabía que no permitiría que me tocara en algún sitio más íntimo, me hubiera apartado de un empujón.

— Bill, true, your friend is a boy really exciting

—Mi friend? No. Mi boyfriend. — el hombre se tensó de repente y se le borró la sonrisa de la cara. Me preguntaba qué le estaría diciendo Tom para causar esa reacción en él. — Do you want to fuck him?

—Ehm… if you want… — Tom sonrió aún más.

— German people are realy cruel. If you touch my boy I’ll cut your dick and I’ll give it to my dog.— el extranjero se apartó de repente, pálido.

—O—ok…

—Cool. — cool… ¿Cool qué?

El extranjero fue hacia Tom para coger la cámara y agachó la cabeza, como pidiendo disculpas. Cuando alzó la mano para coger la cámara, Tom la apartó de su vista.

—No! It´s the present for any inconvenience.

—What?!

—Any problem? — de repente, la actitud de Tom se volvió amenazadora. Pude ver la tensión de los músculos de la cara contrayéndose, lo que no significaba nada bueno.

—Tom, vamos, déjalo. — le pedí. Tom me ignoró.

—But this camera is mine!

—And? ¡He is my boy, asshole! Disappears or I will cut your dick! — los dos se miraron a los ojos largo rato, echando un pulso de miradas. Me sentí inquieto cuando vi como los amigos del extranjero fruncían el ceño, molestos por la actitud de mi hermano. Si la cosa se ponía fea… ¡mierda, no quería que se desarrollara una Tercera Guerra Mundial por culpa de mi hermano!

—Tom, para ya. No quiero líos en nuestras vacaciones, ¿vale? ¡Por favor, deja de hacer el indio! — mi novio me miró de reojo. Estaba enfadado, se le notaba, pero a pesar de que era prácticamente imparable cuando se cabreaba, por una vez se mostró razonable. Empezó a toquetear la cámara, buscando algo. Tras escasos segundos, le sacó la tarjeta de memoria de gran cantidad de fotos y forzando una sonrisa, le entregó la cámara al extranjero, quedándose con la tarjeta.

—Sorry. Germans are very jealous. — el hombre, sin verle la gracia, nos dio la espalda y corrió hasta sus compañeros con la cámara en la mano. Me entraron ganas de coger a mi novio por la oreja y arrancársela de cuajo.

—¡Ya le has jodido las vacaciones a ese pobre hombre! ¿Es que siempre tienes que liarla? — gruñí, cruzándome de brazos con indignación. Tom se llevó la tarjeta de memoria a los dientes y mordisqueándola, la partió en dos.

—¿Por mi Muñeco? Siempre.

Mierda… ¿Y ahora quién se enfadaba con este seductor de primera? Bueno, al menos podía fingirlo.

—Eres de lo que no hay.

—Por supuesto. Si hubiera muchas personas como yo, el mundo sería perfecto. — dijo, sentándose otra vez en la silla, estirando los pies desnudos para apoyarlos sobre mi asiento.

—¡Argg, bendita modestia! — ironicé.

—¿Qué tienes pensado hacer esta noche? — preguntó. Observé desde arriba como movía los dedos de los pies y me senté sobre sus rodillas estiradas, haciendo que tensara las piernas. Entrecerró los ojos, molesto.

—¿Hay que hacer algo? Pensaba dormir en ese gran hotel de cinco estrellas que has reservado para los dos.

—¿Hotel de cinco estrellas? Bueno, está la Selva Negra. Quizás Tarzán nos haya guardado una pequeña casita árbol por el centro. ¿Crees que tendrá jacuzzi? — se llevó la cerveza a los labios, pero se la quité antes de que pudiera darle un sorbo y bebí de ella sin muchas ganas.

—Venga, ahora en serio. ¿Dónde dormimos? Tienen que estar permitidos los perros, si no Scotty no pasa.

—Tranquilo, tranquilo… lo tengo todo controlado. — por supuesto, no lo tenía, pero me hice el ingenuo y no hice más preguntas. — Aunque quizás, si levantas tu bonito culo de mis rodillas, pueda andar más tarde para llevarte a tu palacio, Príncipe.

—¿Príncipe? ¡Oh, qué bonito! ¿Quieres un beso, Rana?

—Si insistes… — Tom se inclinó hacia delante para darme un beso, intentando romper la restricción de la mejilla. Solo le estaba permitido darme un beso en la mejilla en público y él lo sabía, por lo que insistía todavía más para dármelo en la boca, pero justo cuando giré la cara, empezamos a oír ladridos a diestro y siniestro y Tom miró hacia otro lado. — Vaya, hablando del rey de Roma.

Y allí estaba el ángel de la muerte, el aspirante a torturador de La matanza de Texas y mi fiel rival. Los rizos rubios resplandecían con la luz del Sol sobre ellos, casi centelleando (me dieron ganas de cerrar los ojos al ver tanto glamour junto) estaba más pálido que los demás, pero más moreno que yo y más musculoso. Llevaba unas gafas de Sol de las caras (y seguro que no eran robadas) y su bañador bermuda era negro y blanco, con calaveras de color rojo. A ambos lados de su cuerpo había dos Scottys casi iguales. Los observé con admiración. Dos grandes labradores caminaban a su lado, atados por correas, perfectamente alineados y con un pelaje brillante, preciosos.

Yo no conseguiría hacer eso con mi perro ni en un millón de años. De hecho, Scotty se abalanzó sobre ellos, ladrando y correteando a su alrededor, pero estos ni se inmutaron. Debían estar muy bien amaestrados.

Me mordí el labio inferior cuando Aaron se quitó las gafas de sol, se las colocó sobre la camiseta de tirantes que llevaba y se sacudió los rizos ferozmente con un iris de un verde musgo increíble. Tom también lo miraba, con curiosidad.

—Le odio. — murmuré. — Buen cuerpo, ojos claros, rubio, rico y…

—Gay facha, lo que faltaba. — se burló Tom. — Mira, ahí tienes el prototipo ideal que Hitler quería para su ejército de matones sin cerebro. No marica, claro, pero se dan un aire.

—Sí, ahora dices eso, pero seguro que me dejas por él a la más mínima. Tal vez ya me estés poniendo los cuernos. — Tom puso los ojos en blanco.

—Soy masoquista. Prefiero los retos difíciles.

—¿Os queda mucho? Quiero tumbarme en la orilla. — dijo Aaron, volviéndose hacia el gran y bonito todoterreno gris en el que había venido. Traía compañía, alguien que descargaba la mercancía sobre la arena y, tras él, una moto algo vieja, pero reluciente, aparcó. Kam se bajó de ella, con el ojo blanco abierto de par en par mientras el otro lo entrecerraba por el Sol. Con una gran sonrisa, cogió una mochila que se cargó al hombro y descendió por la cuesta de arena.

—¡Cariño! — Heidi corrió hasta él, que la esperaba con los brazos abiertos y la cogió al vuelo, zarandeándola de un lado a otro en el aire mientras le daba un gran beso en los labios y le acariciaba el pelo.

—¿Cuánto tiempo llevan Heidi y Kam juntos? — pregunté, curioseando. Ni aún después de tanto tiempo había conseguido ponerme al día de todas las relaciones amistosas, amorosas y de odio entre los Encadenados.

—Hum… tres años más o menos. Quizás dos.

—¿Y Heidi no tiene miedo de que se le vaya la cabeza?

—¿Tú tienes miedo de que se me vaya a mí? — sonreí. Ya no.

Fue entonces cuando el otro, el que faltaba, terminó de descargar el todoterreno y se cargó las bolsas al hombro, cerrando el maletero. Su pelo rubio también resplandeció por el Sol y sentí un nudo en la boca del estómago al reconocerlo.

Andreas.

No podía decir que estuviera demacrado, porque no lo estaba. La única diferencia que había entre el Andreas de hacía meses y el de ahora, era que ya no sonreía. Y por mi culpa.

Me estremecí recordando cierto episodio vivido en la pastelería entre él y yo y noté como Tom me rodeaba la cintura con los brazos y pegaba la barbilla a mi hombro.

Andreas giró la cabeza de izquierda a derecha, como si buscara algo. Yo sabía qué era lo que buscaba exactamente y cuando lo encontró, nos observó con gran descaro. Bueno, en realidad, observaba a Tom. Yo no existía entre ambas miradas. No sé lo que mi hermano le dijo o le hizo con un simple gesto, pero de repente Andreas dirigió los ojos hacia mí, los puso en blanco y luego, escupió en la arena. Nos dio la espalda y yo temblé de vergüenza.

—Hum… creo que le pegaré. — musitó Tom, dejando caer la mejilla sobre mi cuello y cerrando los ojos con placidez.

Me tragué el “ni se te ocurra” que él conocía de sobra y suspiré.

Aquello era digno de ver. Había pasado de ser un pobre moribundo depresivo que había huido de casa al ser acosado por toda la ciudad por acostarme con mi propio hermano a tener como mayor problema el sentimiento de odio descontrolado de un amigo al que le había quitado el novio.

Bien, Bill, ¡vamos mejorando! A ver si consigues salir limpio al volver a casa. Al fin y al cabo, Andreas no podía haberme cogido mucho asco de un día para otro ¿no?

—¿Qué le dijiste exactamente cuando cortasteis? — Tom se encogió de hombros.

—Que te prefería a ti.

—Venga, en serio, ¿qué le dijiste?

—Pues… que te prefería a ti. Eso le dije. — le miré, incrédulo y él volvió a encogerse de hombros.

—Pero ¿tú eres tonto?

—¿Por qué? Era la verdad. Le dije algo así como, “Andy, eres guay y ahora mismo estaría todo el día follando contigo de no haber aparecido Bill. Lo siento, pero lo prefiero a él antes que a ti.” — no me lo podía creer. ¿Se estaba cachondeando de mí?

—Sí, claro ¿y qué dijo él?

—Que no me merecías y que no tenías derecho sobre mí. Se enfadó, yo me enfadé más y le dije que lo dejaba porque tú me lo pedías, que si fuera por mí, estaría con los dos. Pero como tú no querías…

—¡Y una mierda! ¿¡Me has echado toda la culpa a mí!? ¡Serás gilipollas! — me aparté de un salto. Desde luego, si le había dicho eso, el tacto lo tenía en el culo. Normal que Andreas hubiera pasado de ser guay conmigo a odiarme. Yo también lo haría.

—Pero si fue eso lo que me dijiste.

—Pero ¿tú no sabes lo que es el tacto? Además, es tu mejor amigo ¿cómo has podido alejarte de él por mí? — Tom entrecerró los ojos, con cara de circunstancias.

—Pero si te ponías blanco cada vez que hablaba con él. Solo he seguido la preferencia.

—¡Pues si me ponía blanco, me jodo y ya está, pero no puedes ser tan insensible con él! Ahora me odiará…

—¡Dios, Bill, eres tan raro como una mujer, coño! ¿Y qué pasa si te odia? Pues que se aguante, como todo el mundo. Pero yo no voy a renunciar a estar con la persona que me gusta solo porque a él le siente mal. — declaró y fue imposible no enternecerme. Es que Tom era más mono… normalmente, era un vacilón, pero a veces soltaba cada cosa bonita, que me derretía. Suspiré y tuve que sonreír un poco.

—Sí, eres de lo que no hay.

—¿Qué pasa? ¿Tú no lo harías por mí? — preguntó, sonriendo. Volví a sentarme sobre sus rodillas estiradas.

—Dame un beso, macarra. — si nadie estaba pendiente, le dejaría darme un beso en la boca, pero corto. Tom se inclinó para besarme y al rozarme los labios…

—¡AAAAARGGG! — pegué un bote sobre sus rodillas y caí de espaldas en la arena. Tom se levantó de un salto, en posición de defensa al oír el grito y yo lo imité, rascándome la cabeza llena de tierra con una mano.

—¿Qué pasa? ¿Qué…? ¡AAH, SCOTTY! — mi perro, inconfundible entre aquellos dos cachorros bien adiestrados y de pelaje reluciente, después de haberse empapado metiéndose en el lago y haberse revolcado por la arena, se había tirado encima de Zansha, la perra, y… bueno, empezó a hacer cosas de perros sobre ella. Aaron tiraba como una bestia de la cadena de su perra, pero esta apenas movía más que el cuello. Se dejaba hacer sumisamente.
El hermano de Scotty, Duncan, ladraba, pero no se acercaba. Mi perro le ahuyentaba con gruñidos.

—¡BIIIIIIIILL! ¡Sujeta a tu puto perro!

—¡Scotty, guarro, ven aquí! — y el mamón seguía, sin parar, sin hacerme ni puñetero caso. — ¡Serás cerdo! ¡Que es tu hermana, no te tires a tu hermana!

—Mira quien ha ido a darle consejos sobre el incesto al perro, precisamente. — se burló Tom, que pasando del tema, volvió a echarse sobre la silla, partiéndose de risa.

—¡Tom, eres un gilipollas! ¡Te vas a enterar esta noche, capullo! — así que a quien le tocó encargarse del animal, como siempre, fue a mí. Sabía que ir despacio con Scotty no iba a dar resultado, ya que gruñía y enseñaba unos dientes que daba gusto, así que corrí hasta él, ignorando sus gruñidos y me tiré encima suya, apartándolo de un empujón de la perra, revolcándonos los dos por la tierra. — ¡Perro malo!

—¿Perro malo, yo? ¡Pues tú bien que lo haces con tu hermano, pedazo de bicho, y delante de mí, que no digo nada! ¡Animal! — pareció ladrar. Lo agarré por el collar para que no se escapara, porque tenía toda la intención de volver a por la perra. Salivaba por ella.

—Lo siento, Aaron. Está…

—¡Tranquilo, puedo perdonarlo! — habló, con una mueca burlona. — Solo sigue el ejemplo de su dueño ¿no?

—Ja—ja—ja, muy gracioso, Ricitos de Oro. ¿Y los tuyos? Siguen tu ejemplo estirado, desde luego, ¡pero bien que se dejan zumbar por un perro callejero! También siguen tu ejemplo. — Aaron puso cara de asco y yo le imité.

—Oye, oye, de callejero nada, que yo tengo pedigree. — gruñó Scotty.

—Como me preñe a mi perra…

—¿Qué harás? ¿Lo mandarás al otro barrio con una inyección milagrosa? Eres aspirante a médico, ¿o a veterinario? ¿O a ATS? ¿No eras analista? ¡Aclárate de una vez! — el Príncipe sonrió y agarrando bien fuerte a ambos perros con la correa, empezó a andar por la orilla, pasando por mi lado. Acercó los labios a mi oído.

—Lo castraré. — susurró y oí como Scotty emitía un pequeño gemido y se encogía en la arena. Acto seguido, les quitó la correa a ambos perros y estos no se movieron un ápice, sin separarse lo más mínimo de su amo. — Cuidado, puedo hacerlo con los dos. — su sonrisa se hizo macabra y me entró un tembleque horrible.

—El castigo de los incestuosos, Scotty. Horrible, ¿verdad? — le acaricié la cabeza y con la lengua fuera, bostezó. — ¿Y ahora estás cansado? ¡Arggg, guárdate eso! ¿Quieres? Mira, si me prometes no volver a intentar tirarte a la perra de Aaron, te dejaré que te tires la pierna de Tom cuando se quede dormido ¿vale? Tómatelo como un préstamo, pero luego me lo tienes que devolver, eh. ¡Y limpito! — y sin emitir ni un sonido más, se tumbó en la arena en cuanto le solté el collar y ahí se quedó, con las patas estiradas y la cabeza entre ellas. — Eso es. — Yo también tenía ganas de tumbarme en la arena, relajarme y dormir sobre una toalla con el sol encima de mí, tostándome poco a poco. Sobre todo, tenía ganas de quitarme las muñequeras negras que había llevado durante todo el verano, aún cuando notaba el sudor empapándolas. Las cicatrices tan blanquecinas de los brazos que ya apenas se notaban no eran muy perceptibles y nadie se fijaba especialmente en ellas, pero las de las muñecas eran otra cosa. Tenían su propio color rosado oscuro que podía detectarse desde una distancia de diez metros.

Suspiré. Suerte que el bañador era bermuda y me llegaba hasta poco menos de las rodillas. Si hubiera sido uno de esos bañadores ajustados que solo cubrían el principio de los muslos, se me verían las cicatrices más recientes. Esas Tom todavía no las había visto, al menos no las de hace dos días. Cada vez me cortaba menos, pero cuando me estresaba no podía evitar la tentación de hacerme un corte, solo uno, pequeñito, pero uno.

Acariciando a Scotty, observé cómo se bañaban y jugueteaban en el agua los Encadenados, todos con los que tenía más relación. Sabela y Heidi se salpicaban agua con Kam y Black. Aaron se había tumbado en la orilla, con medio cuerpo metido en el agua, pero poco más. Tom seguía sentado en el chiringuito, con la cabeza apoyada sobre una mano. Parecía haberse quedado dormido. Ricky, más allá, hablaba con esa chica, Eva, o más bien escuchaba, porque su amiga no paraba de hablar entre risas. Ella estaba muy cortada, podía vérselo en la cara.

Así que me había quedado solo, con Scotty. No me importaba, la temperatura era agradable y el aire olía a agua y a bosque. Se estaba bien.

Me gustaría ir a explorar el bosque. Si me hubiera traído las deportivas…

Mi móvil empezó a vibrar en el bolsillo del bañador. Me sobresalté. No me acordaba de que lo tenía ahí, ni tampoco encendido. ¡Menos mal que no me había metido en el agua con él! Lo saqué y observé la pantalla, sin reconocer el número que salía en ella. ¿Más publicidad? Tom me acababa de comprar el móvil nuevo y ¿ya estaban con la publicidad?

Ese había sido uno de los regalos de Tom para mitigar mi cabreo. Un móvil nuevo, aunque no de última generación. Lo cierto era que lo había comprado exactamente igual que mi antiguo móvil, de la misma marca, del mismo color, pero un modelo más avanzado, aunque eran casi iguales. La única diferencia era una cámara de más píxeles y la conexión a internet. Por lo demás, eran idénticos. Mi móvil antiguo seguía en casa, apagado. A veces lo encendía para ver los mensajes y las llamadas perdidas, para cerciorarme de que Georg y Gus no se habían olvidado de mí, de que mamá tampoco. Cuando abría los mensajes, uno a uno, encontraba muchas llamadas perdidas suyas. Gus y Georg me mandaban un mensaje al día, aún sabiendo que no les contestaría. Una vez, lo hice, y apagué el móvil. Al día siguiente tenía ciento doce llamadas perdidas y veintidós mensajes suyos, así que prefería no contestar, para que no estuvieran todo el día con el móvil al oído.

Me contaban cosas, anécdotas cortas y simples y me deseaban suerte, que estuviera bien. Me daban consejos. A mí me entraban ganas de llorar.

A veces, entre los mensajes, se colaba un “¡No vuelvas nunca, enfermo!” de alguien de la universidad, pero con el tiempo, habían desistido y se habían olvidado de mí.

El otro móvil, el que me dio Sparky, no lo había usado aún, para nada. Lo tenía escondido. No quería que Tom lo viera, por si acaso. De él también recibía mensajes, pero no los leía. Me carcomía la culpa.

El móvil nuevo dejó de sonar y metiéndomelo en el bolsillo, me tumbé en la arena cuan largo era, mirando el cielo grisáceo. Olía a humedad. Quizás lloviera más tarde. ¡Qué lástima! En Stuttgart no paraba de llover.

El móvil vibró. Luego, dejó de hacerlo. Y volvió otra vez.

Lo cogí, suspirando, para apagarlo. Empezó a sonar de nuevo tras una pequeña parada y vi el mismo número de antes. Suspirando, molesto, puesto que este móvil sí que lo utilizaba para hablar con mis amigos de Stuttgart, me lo llevé al oído y acepté la llamada.

—Lo siento, no estoy interesado en ningún tipo de promoción, regalo o cualquier chanchullo que tenga que ver con la factura de mi teléfono, así que no pierda el tiempo conmigo, gracias…

—¿Bill? — alguien me llamó, una voz que me sonaba, pero no pude situar. El sol me dio en la cara y me tapé los ojos con la mano.

—¿Sí? ¿Quién es?

—…No cuelgues, ¿quieres?

—¿Eh? ¿Quién eres? ¿Por qué iba a colgar? — el desconocido no respondió. — ¿Oye?

—Bill… soy yo.

Soy yo, soy yo, soy yo… reconocí esa voz entonces, pero no podía ser. No tenía mi nuevo número. Extrañado, aparté el teléfono de mi oído y lo miré. La pantalla estaba iluminada y los colores de la misma eran distintos a los que me había acostumbrado últimamente. Un minúsculo rayajo en la esquina superior izquierda de la misma me hizo palidecer.

Me había confundido de móvil.

—Bill, no cuelgues… Soy Derek.

Continúa…

Gracias por la visita. No te vayas sin comentar.

por Sarae

Escritora de Muñeco

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