Acabado 2 (P.1)
Muñeco by Sarae. Temporada IV
Capítulo 2 (P.1)

Derek… Sparky. Mi rubio.

Un sudor pegajoso me recorrió la espalda, provocándome una desagradable sensación. Tragué saliva y lo siguiente que hice fue girar la cabeza hacia el chiringuito. Miré a Tom. Con la cabeza apoyada en el puño se había quedado dormido… o esa era la impresión que me daba. Sabía perfectamente cómo dormía Tom y sabría decir sin duda alguna cuando se estaba haciendo el dormido y cuando no. En aquel momento tan estresante, no lo sabía y eso me puso de los nervios.

—¿Sigues ahí? — suspiré y pegué mi oído al teléfono, vigilando a los demás Encadenados lo suficientemente lejos como para no poder escuchar la conversación. Aún así, hablé en voz baja.

—Sí, sigo aquí.

—Supongo que preguntarte dónde estás no tiene sentido a estas alturas.

—Supongo que no. Oye… Sparky… — murmuré. Quería decirle algo que suavizara la tensa situación, pero enmudecí.

—Y preguntarte por qué no has llamado hasta ahora tampoco.

—Sí que he llamado. Es solo que…

—Es solo que has llamado a tu madre y le has mandado algún que otro mensaje a tus mejores amigos, sí. Se me olvidaba. — estaba hablando con sarcasmo puro y yo sabía que me merecía esa actitud tan mezquina. ¡Joder, no le había llamado desde hacía más de dos meses por puro miedo después de lo bien que se había portado conmigo! Aún así, me molestó.

—Oye, ¿me has llamado solo para hacerme sentir una mierda o quieres decirme algo importante?

—Quería decirte algo importante, pero creo que te mereces un pequeño sermón después de todo ¿no? — gruñó.

—Pareces mi padre.

—No. Parezco tu madre. Tú no tienes padre. — por el lago correteó una suave brisa que me puso los pelos de punta al entrar en contacto con mi sudor.

Mi padre… ¿qué decir de él? De los dos meses que había estado en casa de Tom, él había aparecido solo tres veces, se había quedado dos días solo por las noches y luego se había ido. Apenas habíamos tenido conversaciones y en la mayoría, el tema era Tom. Mi padre no volvía no porque prefiriera trabajar, si no porque prefería no arriesgarse a pillar cabreado a su hijo. No había pronunciado las palabras específicas, pero estaba claro que le temía.

Me contó que una vez Tom le llenó una botella de cerveza de ácido puro y que ésta, por un golpe, cayó sobre la mesa de madera y el ácido la destrozó, abriendo un enorme boquete en ella. Esa fue la única que vez que mi padre se atrevió a pegarle un guantazo a mi hermano en la cara y él… se lo devolvió con una patada en la entrepierna.

Si bien, en los últimos días había vuelto más veces de lo acostumbrado. La semana pasada vino tres noches y esta, dos. E incluso se quedó durante el día, cosa que nunca hacía, ya que Tom descansaba en ese tiempo y papá temía molestarle. Dice que se levanta con un humor de perros cuando le despiertan (algo raro. Conmigo nunca se ha levantado de mal genio). Cuando le pregunté el por qué se quedaba, él dijo: “Es que Tom está muy tranquilo cuando está contigo. Es como una bestia domada. Ya no pone mala cara cuando me ve, simplemente me ignora y a veces, incluso me habla. Eso es gratificante. Nunca había visto a Tom tan tranquilo y estoy seguro de que es gracias a ti. Creo que está incluso… feliz.”

Mi padre me caía bien, pero nuestra relación dejaba mucho que desear. Había un abismo entre nosotros después de tantos años separados.

—Tengo padre. Quizás el que no lo tiene eres tú. — Derek se quedó callado durante unos segundos. Había dado en la yaga, supuse.

—Dejémonos de royos, Bill. ¿Por qué no has contestado a mis llamadas? Estaba preocupado, ¿sabes?

—¿Preocupado? Pero si me dijiste que te llamara sólo para una emergencia. Eso es lo que he hecho. No tenía necesidad de llamarte, eso dijiste ¿no?

—Sí, pero habría agradecido aunque fuera un mensaje que dijera, “estoy bien, no me han matado ni me han quitado ningún órgano mientras dormía”. O, al menos, que contestaras al móvil cuando te llamara.

—¡Pues lo siento, no he tenido tiempo para eso! — mentí. — Tampoco me he dado cuenta de que me llamabas. Estaba trabajando. — me escocían los ojos, ardiendo. ¡Pero qué alimaña estaba hecho!

—¿Ah, sí? ¿Y lo has conseguido? ¿Tienes trabajo? — preguntó, aún enfadado, pero tanteando el terreno para salir de aquella discusión.

—Sí. Trabajo en una pastelería.

—¿Una pastelería? — oí un bufido, pero más que eso era un amago de risa al otro lado de la línea. — ¿Estás de coña?

—Claro que no, ¿por qué iba a estarlo?

—No sé. Me imaginaba que serías modelo o algo así, no… pastelero. — oí un borbotón de carcajadas. Una era de Derek y las demás, no las reconocí. Pero era obvio que Sparky no estaba solo riéndose de mí.

—¿Con quién estás?

—¿Con quién? ¿Quieres saberlo?

—Oye, oye, como te hayas unido a esa puñetera mole de cabrones homófobo incestuosos, te cuelgo.

—¡Eh, eh, espera! Te voy a pasar con alguien que tiene que echarte otro sermón. Y no. No son esa mole homófobo incestuosa. Los conoces bien. — oí como el teléfono cambiaba de manos y un grito que decía, “¡déjamelo a mí, joder, yo primero!” reconocí esa voz al momento y pegué el móvil más a mi oído, con el corazón acelerado.

—¡Por fin! — suspiró alguien al otro lado de la línea. — ¿Bill?

—¡Georg! — pegué un bote sobre la arena de alegría, tan sorprendido que se me encogió el pecho.

—¡BIIIIILL, POR FIN CONTESTAS, HIJO DE PUTA! ¿Sabes cómo me tenías, cabrón? ¿Sabes cómo nos tenías a los dos?

—¿Gustav está ahí? — escuché un gruñido y el teléfono zarandeándose de un lado para otro. Un borbotón de arenilla voló delante de mí y tuve que cerrar los ojos cuando me entró arena en ellos.

—¡Claro que estoy aquí, gilipollas!

—¡GUSTAV! — grité mientras me restregaba los ojos. Las lágrimas cayeron libremente y no sabría decir si por la arena o por la sorpresa. — ¿Qué hacéis ahí? Quiero decir…

—Pues llamarte, cojones, ¿qué vamos a hacer? Como no te dignas a contestar a nuestros mensajes, hemos tenido que probar a ver si había suerte. — habló Gus.

—¡No me puedo creer que hayas contestado después de tanto tiempo! — escuché a Georg de fondo. Empezaba a moquear por la nariz, así que me sorbí los mocos y volví a restregarme la mano por los ojos. Scotty, a mi lado, se sentó en la arena y me miró con curiosidad, moviendo el rabo. — ¿Estás llorando?

—¿Eh? No, no. Se me ha metido algo en el ojo.

—¡Sí, claro! Tranquilo, Bill. Gustav también está llorando. Se ha emocionado.

—¡Eh, eso no es verdad! — oí replicar a mi amigo rubio.

—¡Oye, que es verdad! Se me ha metido arena en el ojo. La arena de la playa jode.

—¿Playa? ¿Estás en la playa? — gritaron a voz en grito los tres. — ¿Qué coño haces en la playa? ¿Estás en la costa francesa?

—No. Un lago. Quería decir que estoy en un lago, pero tiene arena y… ¡se me ha metido en el ojo y me pica! — Scotty empezó a ladrar al verme llorar. Los ojos ya no me escocían, pero seguí llorando igual.

—¿Estás en un lago, de vacaciones? — preguntó Gustav.

—¿Nosotros preocupados por ti y tú de vacaciones en un puto lago? — tronó Georg. Quería aparentar enfado, pero no podía. La voz se le notaba demasiado emocionada como para replicar nada. Me limpié los mocos con el dorso de la mano y suspiré profundamente.

—Llevo meses trabajando sin parar, desde junio. Me merecía un descanso ¿no?

—Ah, es verdad. Eso de poner los bollos en el horno tiene que ser realmente difícil.

—¡Pues sí! ¿Sabes cómo se me han puesto las manos al llevar bandejas cargadas a los clientes, barriendo, limpiando y fregando platos, sirviendo cucuruchos helados y metiendo en el horno los pasteles? Las tengo llenas de cayos. ¡Es doloroso!

—Ahhh. Pues no parece tan difícil. — replicó Georg.

—Prefiero estudiar. Estoy a punto de acabar la carrera. — asintió Gus, orgulloso.

—¡Estupendo, seréis licenciados y yo un Don Nadie! Gracias por recordármelo. — bromeé.

—De nada, de nada. Oye ¿y dónde estás viviendo?

—Ah, eso. Estoy viviendo con mi… — entonces, se me atascaron las cuerdas vocales. Me puse pálido, dirigiéndole una mirada a Tom otra vez. Seguía durmiendo, esta vez con la cabeza apoyada sobre la mesa. Pude ver hasta un hilo de baba desciendo por su mejilla, algo que me provocó risa y una ternura tan grande, que hinché el pecho. Estaba muy feliz de haber arreglado las cosas con Tom, y orgulloso. Pero de ahí a decirles a Georg, Gustav y Sparky que había vuelto con él… tragué hondo. — Con mi compañera de piso. Sí. Mis compañeras.

—¿Tus compañeras? — oí hablar a Derek otra vez. Precisamente por él había dicho compañeras y no compañeros.

—Sí. Son todas chicas. Son… eh… tres.

—¡Pero qué potra, tío! — gritó Georg a todo pulmón.

—De potra nada, ¿no ves que le gustan los tíos? — le recordó Gust y Georg calló.

—Mierda, es verdad.

—¿Y cómo son? — interrogó Derek otra vez. Por su tono de voz, parecía un poco picado. Si él supiera…

—Pues son… — mi cabeza se dirigió hacia el agua cristalina. Heidi se había montado sobre los hombros de Kam y Sabela los imitaba, sobre los hombros de Black. En aquel momento, se peleaban, intentando arrojar al agua a la otra. — Son tres hermanas. Son muy… eh… monas. — me giré hacia el chiringuito. Ricky todavía estaba con la tal Eva, pero ahora parecía haberse integrado en la conversación y hablaba emocionada con ella mientras su amiga se reía. Eva dijo algo y Ricky se puso roja, como si llevara todo el día bajo el sol sin crema protectora. — Y una de ellas es lesbiana. — dije.

—Ah, qué suerte, joder.

—Vaya, pues esperemos que no tengan tu misma costumbre, Bill. — noté como una enorme tensión surgía al otro lado de la línea y como los tres se sumergían en un intenso silencio. — Perdona, Bill. No quería decir eso.

—¿Decir qué?

—Eh… ya sabes. Lo que pasó. — murmuró Gus, avergonzado. Intenté hacer memoria, pero como no entendía a qué se refería, lo dejé pasar.

—Bueno, da igual. Oye… ¿y qué hacéis vosotros con Derek? — esa pregunta me llevaba rondando por la cabeza desde hacía rato. Se suponía que Georg y Gus siempre habían odiado a Sparky.

—Pues… nada en especial, la verdad. — habló Georg.

—Es que se ha tirado los últimos meses preguntándonos por ti, por si habías llamado, si sabíamos algo de ti y todo eso, así que nos ha dado pena y lo hemos acabado adoptando. No es tan subnormal cuando hablas con él sin gritarle. — se burló Gus, con voz altanera. Oí como Derek replicaba con un gruñido y Georg le imitaba, amenazando con pelearse. No parecían llevarse bien, pero claro, tenían una causa común para unirse. Yo.

De repente dejé de sentir la arena entre mis dedos. Dejé de ver a los demás Encadenados jugando y divirtiéndose en el lago, a Ricky hablando con Eva, a Tom durmiendo como un niño sobre la mesa. Scotty dejó de mover la cola y daleó la cabeza, emitiendo un suave gemido mientras me miraba.

—Os echo de menos. — sollocé y al otro lado del teléfono se hizo un gran silencio. — A los tres. Siento no haberos llamado, pero no quería causar más problemas. Cada vez que lo intentaba, me llovían los mensajes y las preguntas y no… me agobio un poco. Lo siento, tenía que haberlo intentado. — volví a suspirar, pestañeando sin parar, intentando tragarme todas y cada una de las lágrimas de frustración. — Lo siento.

—Da igual, Bill.

—Sólo queríamos que supieras que aunque estés lejos, nos acordamos de ti porque… porque también te echamos mucho de menos. — oí un bufido y supe que alguien se estaba emocionando por allí. Probablemente Georg, cuya voz sonaba más ronca que de costumbre.

—Estáis bien ¿verdad? — pregunté.

—Sí. Muy bien.

—No os han hecho nada ¿no?

—¡No, que va! Sabemos defendernos.

—Menos mal. — Derek les dijo algo. Se lo pidió por favor y Georg y Gustav se quedaron callados. — ¿Derk?

—Georg y Gustav han ido a otra habitación. Quería hablar contigo… a solas.

—Ah. — esperé a que empezara su interrogatorio y, efectivamente, su primera frase fue una pregunta.

—¿Estás bien, Bill?

—Sí. ¿Sabes? He engordado siete kilos.

—¿En serio?

—Sí. De hecho, me dicen que estoy muy bueno, porque hago bastante ejercicio. — Derek se rió. Lo del ejercicio no era mentira. No paraba de ir de aquí a allá en la pastelería y cuando empecé a engordar, decidí hacer ejercicio para distribuir bien la grasa. Tom me obligaba a hacer cien flexiones todos los días y me enseñaba a pelear o, al menos, lo intentaba. Y el sexo era un ejercicio realmente sano, para quien dijera lo contrario.

—¿Y por lo demás?

—¡Soy todo un macho! Ya no lloro apenas, ni me pongo histérico, ni me dan bruscos cambios de humor, al menos no muy a menudo.

—Entonces… ¿eres feliz?

—Sí. — y decía la verdad. Derek suspiró al otro lado de la línea.

—Quiero verte, Bill. ¿Podríamos quedar? — tragué saliva. Las cosas se me estaban complicando. Quizás debería aceptar su petición y arreglar las cosas. Decirle que estaba con otro, que me había enamorado (cosa que no era mentira) y que sería mejor dejarlo. No quería hacer todo eso por teléfono.

—Bueno… no estoy seguro, no tengo coche ni nada. ¿Dónde nos veríamos?

—Yo puedo ir a por ti a donde estés. — me mordí el labio inferior.

—No voy a decirte donde estoy, así que lo mejor será buscar un punto medio. Esto… ¿Frankfurt?

—Frankfurt. ¿Podrías llegar hasta allí?

—Podría intentarlo. Puedo llamarte cuando consiga billetes de tren o…

—Te llamaré yo. — declaró, de lo más autoritario y yo asentí en silencio.

—Bueno…

—Tus amigos están pegados a la puerta del salón, así que seré breve.

—Ah, de acuerdo, entonces diles que les quiero mucho, que espero verles pronto, que les llamaré más a menudo a partir de ahora y que…

—Espero que no te hayas comprometido con nadie en este tiempo, porque en cuanto te vea, te follaré por detrás hasta partirte en dos. — abrí los ojos como platos y antes de poder decir nada (diez segundos mínimo), Derek ya había colgado.

Hostias ¡eso no me lo esperaba!

Me puse nervioso, el sudor aumentó en un momento, empecé a chorrear literalmente hablando y empecé a marearme. Quizás fuera cosa del Sol, aunque yo no confiaba en ello. No solté el móvil hasta pasado un minuto, con un nudo en el estómago y en la garganta.

Mierda, como Tom se enterara, rodarían cabezas.

—¿Y ahora qué hago? — murmuré, a punto de sumergirme en una reflexión de dos horas.

—Vete con él a Hamburgo y olvida Stuttgart. — dijo Scotty a mi lado.

—Sí, claro y dejo a Tom solo ahora que lo hemos arreglado, ni ha… — me quedé cortado. Scotty hablaba en mi imaginación, pero no en la realidad y lo que había oído era una voz real. Giré la cabeza. La melena rubia de Andreas resplandecía a mi lado mientras acariciaba a mi perro, el cual, para mi sorpresa, se dejó sobar a gusto. Andy me miró seriamente, pero sus ojos entrecerrados me dejaban ver una sonrisa amplia y calculadora que no prometía nada bueno. — Oh…

—Sí, oh. — ahora sí. Andreas sonrió y sin dejar de acariciar el lomo de Scotty, se tumbó sobre la arena con aparente tranquilidad. — Y antes de que lo preguntes, sí. Lo he oído todo. Estaba tan cerca que incluso he oído ese “te follaré” final. Vaya, vaya… ¡Qué mala pata!

¡MIERDA, MIERDA Y MÁS MIERDA!

Mi respuesta fue inmediata. Me di la vuelta y clavé los ojos en Tom. El muy bastardo se había despertado y bostezaba. Vi como se levantaba de la silla y estirándose, se rascaba la cabeza. Empezó a caminar hacia nosotros entre bostezo y bostezo. Observé cómo se agarraba las rastas recogidas en su cabeza y les daba un tirón. Estas le cayeron sobre la espalda y los hombros, libres de esa prisión de goma.

Con las rastas sueltas y solo con el bañador puesto, noté un espasmo peligroso en el pene. Ahí venía mi Tarzán.

—¿Vas a decírselo? — le pregunté a Andy.

—Tú no quieres que lo haga ¿no?

—Me meterás en un lío si lo dices. Tom se pondrá celoso.

—Sí, es posible que te pegue.

—Sí. — bajé la cabeza, esperando a que Tom llegara y Andreas soltara la bomba. No pensaba pedirle que no se lo dijera porque no tenía derecho a hacerlo y no me daba la gana suplicarle. Andy también esperó, pero entonces Hippie apareció e interceptó el paso de Tom. Empezaron a hablar y a reírse y cuando escuché la primera carcajada, supe que iba para rato.

—Si no quieres que se lo diga, vuelve a Hamburgo. — dijo Andreas, tan tranquilo. Yo negué con la cabeza.

—Prefiero pelearme con Tom.

—Te lo perdona todo, eh.

—Andreas… lo siento. — murmuré.

—¿Crees que no voy a decírselo porque me pidas perdón?

—No, es simplemente que lo siento. Es… es una putada.

—¿Una putada? No. Es una traición. Una puñalada por la espalda. Dudo mucho que tú sepas lo que es eso. — recordé la escena. Tom y yo en el baño de la universidad, él sonriente y yo a punto de desplomarme. “Esto es un jaque mate”.

—Puede que no así, pero algo sé. A veces Tom se olvida de ciertas cosas… hay que reconocer que es muy egoísta y…

—¿Quieres dejar de hablarme y de intentar caerme bien? — me cortó bruscamente. — ¿Quieres dejar de hablar de Tom como si él tuviera la culpa? — escupió. — A ver si te enteras, Bill. No te odio porque me lo hayas robado, te odio por aparecer, simplemente por eso. — me sentí confuso. Se suponía que Andreas y yo nos llevábamos bien antes de que Tom se decidiera por mí. Él fue la primera persona que se me acercó amablemente en Stuttgart y creo… creía que yo le caía bien.

—Puedo entender que me odies ahora, pero no que me odiaras nada más aparecer. Creo que al principio yo te caía bien. — admití. Andreas se rió, sin gracia.

—¿Te crees que estamos hablando solo de Tom? ¿Qué me dices de Ricky?

—¿Ricky? — giré la cabeza hacia el chiringuito. Ricky se reía a carcajada limpia con Eva, que la imitaba. — ¿Qué pasa con ella?

—¿Sabes a quien llamaba antes cuando quería salir de juerga, a quien llamaba cuando tenía problemas, a quien llamaba cuando quería hablar de tíos y ponerlos verdes? A mí. ¿Sabes a quien llama ahora? A ti. — me mordí el labio. Ricky y yo nos veíamos a menudo y hablábamos mucho por teléfono, pero no sabía que para ello hubiera dejado de lado a Andreas.

—Conmigo no sale de marcha.

—No, prefiere quedarse en casa hablándote por teléfono. ¿Y sabes qué? Que no es solo Ricky. Black te defiende con su cuerpo y con su boca. Al principio era cosa de Tom, pero cuando él no está, sigue haciéndolo. Cuando alguien dice algo desagradable de ti, Black se mete en medio y te defiende, incluso cuando no estás. Kam es un loco de primera, pero se acuerda de ti más que de mí y Aaron… parece que te odia, pero en realidad le caes bien, solo se monta un farol. De repente, todo el mundo habla del increíble hermano pequeño de Tom, de lo loco que está, de lo débil que parece, de los ojos tan grandes que tiene, de que Tom siempre lo protege, de que es precioso. De que en lugar de parecer una pareja de gemelos, parecéis una pareja de amantes. — tragué saliva. Se me instaló un nudo en la garganta al ver como Andreas me asesinaba con la mirada y en mi cabeza saltó una alarma que decía ¡Peligro, peligro! — No estamos hablando de Tom. Estamos hablando de mis amigos, de mi gente, con la que he compartido mi vida y la cual ahora te prefiere a ti. ¿Y sabes qué? Que tú no los conoces, no los entiendes. Yo sí. — apreté la arena entre mis manos cuando Andreas se inclinó hacia mí, acercando su cara hasta situarla a escasos cinco centímetros de la mía, devorándome con esos ojos tan amenazantes que querían intimidarme… y lo estaban consiguiendo. — Tú no te mereces a ninguno de ellos. No te mereces a Tom. Lo olvidaste aquí, solo, muriéndose de hambre y de frío. Yo estuve ¿sabes? Estuve siempre ¡siempre! Le entiendo mejor que nadie, lo sé todo sobre él… no como tú. — me quedé mudo. Vi de reojo como Hippie terminaba su monólogo y seguía su camino y como Tom seguía su camino hacia nosotros otra vez. Frunció el ceño cuando nos vio tan pegados y Andreas se apartó, captando el movimiento de mi hermano. Se levantó del suelo y fingiendo una sonrisa, dijo — No los conoces… y ellos tampoco te conocen a ti. ¿Qué crees que harían si se enteraran de que te abres el culo para tu propio hermano y de que te guste rajarte los brazos? ¿No fue por eso por lo que te echaron de Hamburgo?

—¿De qué habláis? — preguntó Tom cuando llegó. Más que hacer una pregunta general, me la hizo a mí, mirándome con mala cara.

—Eso, ¿de qué estábamos hablando, Muñeco? — me preguntó Andreas, no sabía si poniéndome a prueba o vacilándome. En cualquier caso, yo no dije nada. Me sentí irritado en lugar de culpable. Estaba preocupado porque no sabía si Andreas me estaba amenazando con contarle a todo el mundo que me acostaba con Tom o si solo era un farol. En cualquier caso, lo que me irritaba era que hubiera pasado de ser un tío tan enrollado y guay, a alguien tan mezquino.

Al ver que no contestaba, Andreas empezó a andar.

—Hasta luego, Tom. — saludó y mi hermano sonrió.

—Como le hayas dicho algo raro, será un hasta nunca.

—Cállate, Tom. — gruñí.

—¿Por qué? ¿Prefieres que use los puños?

—¡No, prefiero que no uses nada! — me levanté de un salto, repentinamente cabreado. — Si tengo que darle un puñetazo lo haré yo.

—¿Ah, sí? Estupendo, adelante. — me instó Andy.

—He dicho, si tengo que hacerlo. Deja de protegerme como si fuera una puñetera niña en apuros.

—Ohhh… sí que le has dicho algo raro ¿no? — Vi como Tom hacía crujir los nudillos y le pegué un guantazo en la clavícula desnuda.

—¡Que te estés quieto, coño!

—Aún no he hecho nada, Muñeco… y eso ha picado. ¿Qué puñetas te ha dicho? — Andreas se volvió hacia Tom, altanero y provocador.

—Que quizás la gente de aquí no le aprecie tanto si se enteran de que le abres el culo. — fue entonces cuando mi hermano se volvió como una pantera, lo agarró de la camiseta de tirantes y lo levantó hasta que los dedos de sus pies dejaron de tocar la arena de la playa.

—¿Estás amenazando con soltarlo? Inténtalo y te arrancaré la lengua de un mordisco.

—Estoy deseando ver eso. — le vaciló Andy. Eso fue el colmo. Andreas tenía razón. ¡Tom no tenía derecho a tocarlo, era una injusticia para él, para su mejor amigo! Estaba tan irritado que me atreví a levantar una pierna y darle una patada en el culo a mi hermano, que soltó a su presa en el suelo con brusquedad, casi haciéndola caer.

Esta vez sí que rocé el límite de su escasa paciencia.

—¡Deja de hacerte el macho, imbécil! No te vendría mal tener menos polla y un poco más de tacto. Se supone que es tu mejor amigo. En lugar de pegarle, ¡arréglalo con él de una puñetera vez!

—¿Me has pegado una patada en el culo? — gruñó, ignorando todo lo que le había soltado ¡qué típico de él ignorar aquello que no quería escuchar! Sus rastas se sacudieron cuando se dio la vuelta para encararme. — Ya me estás empezando a tocar los huevos, Bill. Y yo que venía con la mejor intención de disfrutar de unas vacaciones. Pídeme perdón y no te lo tendré en cuenta, Muñeco.

—¿Pedirte perdón? No lo he hecho nunca hasta ahora ¿qué te hace pensar que lo haré? — Tom se cruzó de brazos. Era imposible borrar esa sonrisa maliciosa de su cara.

—Que quizás se me vaya la mano y te parta el culo sin querer, pero a lo bestia… y no de una patada.

—¿Siempre tienes que recurrir a esa frase para acojonarme? ¡A ver si eres más origina, rastas!

—Te la estás buscando, reina.

—Como vuelvas a llamarme reina, te meto…

—¿Qué, qué me vas a meter, eh? — y de repente, cuando en realidad debía estar peleándome con Andreas, al intentar evitar precisamente pelearme con Tom por la llamada de Derek, empezamos a gritarnos por una gilipollez (¿por qué exactamente nos habíamos peleado? ¡bah, choque de orgullos!).

Así que comenzamos a dar voces, a gritar a los cuatro vientos, poniéndonos de todos los colores, llamándonos de todo y sacando a relucir incluso los secretos más vergonzosos, como por ejemplo, que Tom no apuntaba bien cuando meaba o que yo manchaba los bóxers de presemen casi todas las mañanas (que nadie pregunte por qué ¡y sí, los lavaba todos los días y me los cambiaba!)

Así que en menos de medio minuto, todos los que estaban disfrutando en el lago nos rodeaban y nos miraban con la boca abierta, incluidos en su mayoría, por supuesto, todos y cada uno de los Encadenados.

—¡Ya tuvo que hablar el que se rasca los huevos con cubiertos! — grité y Tom se puso rojo de rabia (una vez, borrachos, Tom cogió uno de los cucharones y se lo pasó por la entrepierna a modo de broma. Nos descojonamos los dos. Fue una broma divertida y obscena)

—¿Quién eres tú para hablar, eh? ¡Tú, el que se mete las pastillas de jabón por el culo!

—¿Y tú? ¿Y el vaso que llenaste de semen y mezclaste con leche para hacer la gracia? ¡Casi me lo trago, hijo de puta!

—¡Pues cualquiera diría que te da asco si te comes la comida del perro!

—¡Estaba caducada y Scotty se puso malo por tu culpa! ¡No le cambiaste la comida cuando te lo dije y tuve que probarla para saber si era la misma de la de la semana pasada!

—¡Sí, sí, excusas! ¡Te estuvo oliendo el aliento a perro durante una semana!

—¡Pues tú no te quejabas!

—Por no hacerte el feo, hombre. Ya que estabas tan entregado, no iba a decir que no. — se burló y esa fue la gota que colmó el vaso. Me lancé a por él hecho una furia y le arañé la cara con las uñas antes de pegarle un puñetazo en el pecho. Tom retrocedió y sin darme tregua, me regaló otro puñetazo en la mejilla, flojo, de los que dolían pero era imposible que te rompieran nada, con el dorso de la mano y sin utilizar los nudillos.

—¡Vete a la mierda! — grité, dándole la espalda.

—¡Que te den por el culo! — gruñó él en respuesta. Fue entonces cuando me di cuenta de que todos nos estaban mirando con cara de estar flipándolo. De hecho, algunos incluso aplaudían, como Kam y Ricky. A mí me dio igual. Yo seguí andando, totalmente indignado, ignorando los comentarios y gritos tipo “¡Viva Kamikaze Bill”.

—¡Y que sepas que te estás volviendo un blando! — le grité a lo lejos.

—¿Blando? ¿Blando yo? ¡Vuelve y verás lo blando que soy! ¡De hecho, yo diría que eres el que mejor conoce mi dureza! — esa frase se podía interpretar de muchas formas, pero para mí solo de una. Se refería a la dureza de su polla cuando jugábamos a esos juegos con los que tanto nos divertíamos.

Aún más cabreado, me di la vuelta en la orilla del lago y di el golpe de gracia.

—¡Pues que sepáis que Tom se ha rasurado las pelotas para venir al lago! ¡Es una maricona de primera! — y esta vez, no me di la vuelta, ni aun cuando oí gritar a lo loco como Tom maldecía a mis muertos y meaba encima de ellos. Tampoco cuando Ricky le pidió que le enseñara la entrepierna, para ver cómo era un pene sin pelo, aunque los penes no tienen pelo.

Ah… el rasurado era yo. Pero eso ellos no lo sabían.

Continúa…

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por Sarae

Escritora de Muñeco

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